Relato testimonial: El evangelio que hace volver a casa.

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En enero de 2013 comenzaba esta nueva aventura virtual llamada “En el balcón y en el camino”, y en el post “¿Por qué este nuevo blog?”, daba a conocer las razones para ello. Quería que fuese un espacio en el cual dejar atrás el dualismo que hasta ese momento caracterizaba mi pensamiento y acción, emprendiendo una andada reformada, literal y teológicamente hablando.

Esto, porque el evangelio me había hecho volver a casa, haciéndome dejar de lado una serie de ideas y conceptos ajenos a la Biblia, que regulaban mi mente, mi corazón, mi existencia. Ideas que me hacían separar la política y la fe.

Dios es bueno y me proveyó de una comunidad, de un pastoreo, de amigos, que estuvieron conmigo en este proceso de retomar la fe revelada en la Escritura. En este post, coloco un documento en PDF en el que se puede leer mi testimonio. “El seguimiento de Jesús”, “La política, el marxismo”, “¿Qué creo hoy en política?” y “Una última cosa, a modo de petición”, se titulan las partes del testimonio. Tal vez su lectura pueda ayudarte…

Lee el relato testimonial: “El evangelio que hace volver a casa”. 

#NiUnaMenos. Pensando en voz alta.

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* Publicado posteriormente en Estudios Evangélicos.

“Mis venas no terminan en mí,

sino en la sangre unánime de los que luchan por la vida,

el amor, las cosas, el paisaje y el pan, la poesía de todos”

(Roque Dalton).

“¡Ni una menos!”, un grito desgarrado, doliente, rabioso… necesario. Tan necesario que se hace evidente lo urgente de una reflexión profunda, detenida, que implique acciones coherentes con el discurso. Es decir, hacer que el “Ni una menos”, sea más que un hashtag que se transforme en trending topic de la red del pájaro azul, o en el eslogan de una campaña, o el emblema de una marcha o movilización como la que se realizará esta noche (19-10-2016), en varios lugares del país, como en el extranjero.

 Respecto a lo anterior, decir que en la sociedad de lo transparente todo urge por ser mostrado en la careta pública, el muro de la red social. Hay una compulsión por decir y estar a tono con lo que ocurre. Lamentablemente, lo que ocurre es lo que suena, lo que aparece en los medios, lo que es trending topic, o asegura muchos likes. #JeSuisCharlie, a propósito del atentado sufrido por la revista Charlie Hebdo en enero de 2015, fue la muestra mayor, a mi gusto, de este ser políticamente correctos en la virtualidad. Pura moda decadente que no tiene correlativa con la realidad cuando el mismo Charlie Hebdo se reía de los inmigrantes sirios. La visibilización es necesaria, pero es un camino corto e inconcluso si no tiene aterrizaje a la realidad y queda simplemente como una foto colgada en la web. Se asume la pancarta de moda, pero en el cotidiano no se establecen relaciones significativas y coherentes con lo dicho, y se aplasta con palabras y acciones a quienes nos parecen diferentes. Por otro lado, y en el mismo tono, resulta aberrante que el criterio de evaluación de las luchas por mejores condiciones de vida se realicen en torno a lo que se publica o no en las redes sociales, o si se puso una bandera traslucida en la fotografía de perfil o en el avatar, o una imagen ad hoc.

 Cuando uno señala esto se corre un riesgo: pensar que se está en contra del grito, en este caso, de “¡Ni una menos!”. Nada más lejos de mi intención al plantear esto. De hecho, mi crítica es a la banalización del discurso y no al repudio de la violencia machista. De hecho, me parece carente de sentido y vulgar que, a modo de contrarrestar la campaña del #NiUnaMenos, aparezca el hashtag o imágenes con un #NadieMenos. Sin lugar a dudas, creo y pujo, por un “ni una menos” al igual que un “nadie menos”. No veo la contradicción en ello. Pero sí resulta ofensivo no ponerse en el lugar de quienes sufren estructuralmente mayor violencia, jugar a la lógica del empate y reducir a consigna y panfleto algo que no se vive en la cotidianidad.

 De mi parte valoro y reconozco aportes que ha realizado el feminismo, en sus diversas corrientes, al análisis social y a las prácticas políticas y societales, sobre todo de la primera ola del feminismo. Hablo además, del feminismo reflexivo y político, y no del discurso vulgar que repite entelequias sin sentido. Como también, huelga decir, soy crítico de los fundamentos e implicancias de ciertos discursos, sobre todo emergidos de quienes son mayoritariamente tributarias de la segunda y tercera olas del feminismo, de la instalación artificial y ahistórica de un patriarcado esencializado y de la innecesaria fragmentación práctica que es mala consecuencia de la fragmentación analítica. Pero en esta hora, dichos análisis críticos están de más. Resulta insensible, carente de empatía y hasta vergonzante, que no se tenga la disposición a lo menos de comprender la reacción frente a la violencia machista constante que sufren las mujeres, que adquiere ribetes estructurales, como dije anteriormente. Lucía Pérez, de 16 años violada, empalada y asesinada hace unos días atrás en Argentina; Florencia Aguirre, de 9 años, asesinada y quemada por su padrastro en Coyhaique el sábado pasado; Lorenza Cayuan, mujer mapuche, quien dio a luz esposada y con tres gendarmes vigilándola; todos estos hechos y estas mujeres han salido a la luz en menos de una semana y son razón más que suficiente para protestar contra esto.

 Insistamos en esto: hoy no cabe ni buscar las contradicciones respecto al constructo masculino y las tensiones del ser hombre en una cultura como la nuestra. Tampoco el debate sordo desde el cristianismo con la “ideología de género” es oportuno en este momento. Dejemos la victimización a un lado y la acentuación en la antítesis cosmovisional, que suena muy ortodoxa, pero que no abraza el dolor del Otro como propio, haciéndonos parecer más fariseos que buenos samaritanos. Como señalé en otro lugar, una cosa es reaccionar, y otra cosa es ser “reaccionario”. La fe evangélica no es meramente reaccionaria. La fe evangélica es viva, propositiva, proyectiva. Reacciona frente a la ofensa, la distorsión y la perversión; pero, a la vez, piensa su fe, vive lo que cree y confiesa, y actúa glorificando a Dios y extendiendo su Reino.

 Cuando veo esto, pienso, en primer lugar, en el relato de Génesis 38, que nos muestra la historia de una mujer llamada Tamar. Ella fue una mujer abusada sexualmente y vejada socialmente. Pero la historia no termina allí. Ella, explícitamente en el texto, es amada por Dios, a quien se le ve enojadísimo por esos actos injustos y opresores, trazando una historia en la que ella es justificada no sólo religiosamente sino que, también, socialmente, lo que se traduce en un acto reivindicativo de esta mujer. Además, misteriosamente y en un acto de gracia, Dios incluye a esta mujer en la genealogía de Jesús. ¿Qué nos muestra este texto? Que el libro que sin ser leído ni estudiado y que ha sido declarado como un texto que subyuga a la mujer y fundamenta su opresión (es decir, imponiendo sobre él un estereotipo cargado de violencia), dice algo totalmente distinto: que Dios ama a las mujeres, que las ha creado a su imagen y semejanza por lo que su dignidad no está puesta en duda, que jamás se les ha subyugado a una posición inferior en la Biblia y que, por sobre todas las cosas, Jesús de Nazaret también les ha redimido, libertado de cualquier cautividad y esclavitud de la cual sistemas y hombres cobardes y pusilánimes les han impuesto.

 Y pienso también en el texto de Gálatas 3:26-28 que me correspondió predicar hace unas semanas atrás. Dice Pablo: “Pues por la fe en Cristo Jesús todos ustedes son hijos de Dios, ya que al unirse a Cristo en el bautismo, han quedado revestidos de Cristo. Ya no importa el ser judío o griego, esclavo o libre, hombre o mujer; porque unidos a Cristo Jesús, todos ustedes son uno solo”[1]. El texto que escribe el apóstol es sumamente contracultural. Para el tiempo en que fue escrito, quienes no eran judíos eran considerados “perros”, y aunque fuesen prosélitos de dicha religión, nunca llegaban a ser considerados “hijos de Abraham”; por su parte, la sociedad grecolatina, tenía un desprecio profundo por los esclavos, a los que consideraban un “implemento animado”; súmese tanto para judíos y gentiles, la extrema jerarquización que dejaba a la mujer en completa inferioridad. Todas estas distinciones deben ser abandonadas porque todos somos iguales en Cristo. Dios, en su pueblo, elimina las barreras culturales, sociales y de género, lo que se traduce en que ninguna distinción humana sirve como ventaja en términos de salvación.

 Pero hay un detalle, que es contracultural en dicho texto para el presente. Hay algunas tendencias de moda, que se molestarían mucho con respecto al uso de la palabra “hijos de Dios” y que no se hable, también, de “hijas de Dios”. Aquí me gustaría citar a Timothy Keller, quien comentando este texto y en diálogo con la cultura actual, señala que esa preocupación genera el perderse la “naturaleza revolucionaria” y “radicalmente igualitaria” de la expresión. Dice: “En la mayoría de las culturas antiguas, las hijas no podían heredar propiedades. Por lo tanto, ‘hijo’ significaba un ‘heredero legal’; lo que era un estatus prohibido para las mujeres. Pero el evangelio nos dice que todos somos hijos de Dios en Cristo. Todos somos herederos. De manera similar, la Biblia describe de forma conjunta a todos los cristianos, incluyendo a los hombres, como la ‘novia de Cristo’ (Apocalipsis 21:2). Dios es imparcial en Sus metáforas de género. Los hombres son parte de la novia de Su Hijo; y las mujeres son Sus hijos, sus herederos. Si no dejamos que Pablo llame a las mujeres cristianas ‘hijos de Dios’, perdemos lo radical y maravillosa que es esta afirmación”[2].

 La Biblia no da lugar al machismo, no fundamenta la opresión ni la marginación de las mujeres. También genera una base mucho más rotunda para condenar la idea que justifica o busca paliar el daño realizado, cuando se dice que “las mujeres provocan a los hombres con sus vestidos cortos y bla bla bla”. Cuando Jesús habla del adulterio que se produce en el corazón, da una base trascendental-religiosa contra este tipo de abuso comunicacional (véase Mateo 5:27-30). Ni maltrato, abuso, violación, acoso sexual privado ni callejero ni infidelidad son avalados por el Dios de la vida revelado en la Escritura. Por eso, es mi anhelo que el Cristo Redentor, autor y consumador de la fe, bendiga grandemente a las mujeres, y que nos responsabilice y ayude, como hombres y sociedad, en la tarea de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Él tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas…

 Cada día tiene su propio afán, nos planteaba Jesús (Mateo 6:34). Ni una menos, nadie menos. Pero hoy, en este caso, el grito unánime, acompañado de la acción correspondiente, sin lugar a dudas, debiese ser NI UNA MENOS.

 Luis Pino Moyano.

[1] Tomado de la Biblia Dios habla hoy.
[2] Timothy Keller. Gálatas para ti. Medellín, Poiema Publicaciones, 2014, p. 96.

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Un libro de sexo y una sobre-reacción “evangélica”.

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Hace un par de semanas, por iniciativa de la Municipalidad de Santiago, fue publicado el libro “100 preguntas sobre sexualidad adolescente”, el que tiene como finalidad fortalecer los programas de educación sexual de los colegios municipales de dicha comuna. Las reacciones no se hicieron esperar, algunas bastante destempladas, por decir lo menos. Ojo, mi post no apunta a criticar la posibilidad de reaccionar. Es parte de nuestra vida de fe en el mundo que nos toca vivir reaccionar a los estímulos que nos presenta la cultura imperante. Pero una cosa es reaccionar, y otra cosa es ser “reaccionario”. La fe evangélica no es meramente reaccionaria. La fe evangélica es viva, propositiva, proyectiva. Reacciona frente a la ofensa, la distorsión y la perversión; pero, a la vez, piensa su fe, vive lo que cree y confiesa, y actúa glorificando a Dios y extendiendo su Reino.

 ¿Por qué hablo de sobre-reacción?

  • Porque los creyentes tenemos (o debiésemos tener) clara la cosmovisión bíblica respecto de la familia.

La Biblia nos muestra de manera muy clara qué es la familia y cuál es su misión. Y sí: nos habla de la heterosexualidad del esposo y la esposa, nos habla de la monogamia y su exclusivismo (“dejará el hombre a su padre y su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne”), nos habla de la sexualidad como fuente de placer y procreación, nos habla de la crianza de hijos y de roles que todos debemos cumplir. Pero por sobre todas las cosas, la Biblia nos habla de que la familia no es base de nada, porque sólo Cristo es la roca. Y, por ende, la misión no es la exaltación de los sujetos que la componen, sino que es la gloria de Dios y la extensión de su Reino.

Ahora bien, dicha cosmovisión bíblica prepondera en la iglesia, y no necesariamente en los no-creyentes. Si hay algo que nos une y diferencia entre todos los sujetos, es que cada cual tiene un lugar de habla, una cosmovisión, que da significado y dota de sentido lo que se ve y se hace. En ese sentido, claramente nosotros los creyentes tenemos todo el derecho de expresar nuestras opiniones en el espacio público, aunque para el desprecio de algunos, éstas procedan de nuestro credo religioso. Pero también, debemos tener la clara noción de que no necesariamente influiremos con nuestra opinión en los no-creyentes, y que ellos tendrán sus propias visiones acordes a lo que creen y postulan.

Dos cosas para finalizar este punto: a) fíjense por favor en que dos veces insisto en un “no necesariamente”; y b) esto que parece ser un párrafo sólo para creyentes, en realidad lo es en primera instancia, pero lo es también para no-creyentes. Tú, que no eres creyente, también tienes tu cosmovisión, tus prejuicios en el sentido semántico de la expresión (y como, por ejemplo, Gadamer lo usa en su “Verdad y método”), que no necesariamente tienen correlato con una ciencia de corte naturalista, sino que, también, son objetos de fe. ¿Qué obstaculiza tu diálogo con un creyente?

  • Porque el libro no promueve en ningún momento una determinada práctica sexual.

Las primeras cosas que vi con respecto al libro fue la idea de que el libro promovería la práctica del sexo anal. Quiero ser muy honesto. Cuando leí el libro, traté de usar una hermenéutica empática con mis hermanos de fe. Traté de ponerme en su lugar. Pero en ningún momento el libro promociona dicha práctica. Dos razones que puedo dar: la primera, específica a esa temática, es que de la misma manera que el libro señala la existencia de dicha forma de relación sexual, plantea la posibilidad de contraer enfermedades de transmisión sexual. Es decir, se plantea la existencia y el riesgo. Y, en segundo lugar, porque el libro provee respuestas a preguntas de adolescentes de los colegios municipales. Trece jóvenes, de diez colegios municipales de Santiago, participaron en la puesta en común de preguntas de sus propios compañeros.

Padre cristiano, ¿tú crees que tus hijos o hijas no hacen este tipo de preguntas? ¿Estás seguro que puedes controlar todo lo que pasa por la cabeza y el corazón de tu hijo/a? ¿Crees que la historia contada en la película “Joven y alocada” es una excepción a lo que ocurre en la cotidianidad de jóvenes evangélicos? Por mucho tiempo he trabajado con jóvenes cristianos, y por un tiempo trabajé con adolescentes y jóvenes haciéndoles clases, y estas y otras preguntas surgían de ellos. Me referiré en el próximo punto sobre la educación sexual, pero antes de eso quisiera proponer lo siguiente: reacciona al libro “100 preguntas sobre sexualidad adolescente”, léelo, estúdialo comparativamente con otros materiales, y dialoga con tu hijo basado en tu cosmovisión cristiana, asumiendo lo que haya que asumir, transformando lo que haya que transformar, y rechazando lo que se tenga que rechazar. Actúa desde una posición contracultural que no ve el libro y otros recursos como enemigos, sino como posibilidades de compartir una mirada de la sexualidad desde la fe cristiana.

  • Porque me parece que la idea de la educación sexual dentro del hogar, tanto en las familias como en las iglesias, en la generalidad, no es más que un bello sueño.

Es sumamente fácil en la reacción al libro, protestar diciendo “¡La educación le corresponde a los padres y las madres, dentro del núcleo familiar!”. Y yo concuerdo con eso. Concuerdo en que no hay que tercerizar la educación ni a la iglesia ni a los colegios. La Biblia habla del padre de familia como quien toma a sus hijos, como si fueran flechas en manos de un sujeto diestro con el arco, direccionando a sus hijos en un camino recto. Claramente la educación es responsabilidad de la familia. Pero, ¿cuántos padres y madres dentro de los hogares cristianos educan con respecto a la sexualidad a sus hijos? ¿Sus hijos tienen otra alternativa que ir a sus profesores o a sus pares a preguntar sobre el tema? ¿Cuántas preguntas son respondidas sin evasivas, vergüenza y con fundamentos sólidos? ¿A qué edad esperas enseñar a tu hijo/a sobre la temática?

Dentro de mi vida en la iglesia (me congrego desde los 6 años, hoy tengo 34 años), una de las cosas más dolorosas que me ha tocado ver es cómo jóvenes creyentes chocan con el embarazo precoz, precisamente, por falta de una educación sexual sana, fundada en la Biblia y en las verdades que dicen las ciencias que abordan este asunto. Y sobre todo, pienso en las chicas que viven esta experiencia, pues en una sociedad en la que impera el machismo, a ellas se les ha hecho mucho más difícil vivir con un bebé. Reitero la pregunta: ¿cuántos padres y madres dentro de los hogares cristianos educan con respecto a la sexualidad a sus hijos? Pero sumo otras dos: ¿cuántas iglesias tienen dentro de sus planes y programas educar sobre la sexualidad, desde principios, pero también respondiendo sin tabúes a las preguntas honestas que adolescentes y jóvenes tienen? ¿Cuántas editoriales cristianas han invitado a expertos en la Biblia y a diseñadores gráficos para generar libros fáciles de leer y atractivos visualmente, como el “100 preguntas sobre sexualidad adolescente”? Lamentablemente, el grito de “¡nosotros somos los que educamos!” no se queda más que en panfleto lindo pero irreal.

¿Cuál es la invitación?

  • Reaccionar contraculturalmente;
  • pensar y vivir de acuerdo a la fe, en este caso en lo referido a la sexualidad;
  • dejar de ser minoría que se victimiza buscando enemigos por doquier;
  • pasar, de una vez por todas, de lo dicho a lo que se hace concretamente.

Luis Pino Moyano.


Algunas de estas cosas las conversé previamente con mi amigo Jano Molina, quien influyó en algunas de estas reflexiones, pero a quien libero, obviamente, de la responsabilidad de estas letras.

Evangélicos y política chilena: el desafío de ser minoría inteligente.

Escribo estas palabras con la sensación amarga de la derrota. De una derrota, en términos futboleros “por goleada”. Y lo que hace que dicha sensación sea gigantesca, es lo poco y nada que estamos realizando como creyentes cristianos por revertir la situación difícil que vivimos y que parece avecinarse. Veo la realidad chilena, del país que no ha eliminado los lastres autoritarios, la educación de mercado que segrega a los más carenciados, el drama de las AFP’s y las pensiones paupérrimas de hoy y mañana, la corrupción política que nos muestra que de nada valen los colores políticos frente al dinero de quienes ponen la plata, la agenda y la música de gobiernos y parlamentos, con un Estado hecho a la medida para la legitimación del contubernio. El Chile clasista y pigmentocrático. El país que tuvo pretensiones de jaguar económico, pero en el que nada crece ni chorrea. El Chile individualista que prefiere legislar respecto al aborto como un derecho individual, sin pensar en la comunidad, en el ser vivo que crece dentro de un vientre.

Mientras, nuestras miradas cortoplacistas no dan el ancho. O nos quedamos apertrechados dentro de las cuatro murallas de nuestras iglesias –porque “el Señor viene pronto”, o porque la política es sucia-; o buscamos pequeñas cuotitas de poder que nos permitan aparecer en la tele un par de días más que en el Te Deum y el 31 de octubre; o nos acomodamos a las agendas y discursos de otros (incluso de algunos que esconden sus posiciones diciendo “Señor, Señor”), dejándonos “amoldar por el mundo actual” (léase Romanos 12:2[1]). He ahí nuestra derrota: ser sal que no tiene sabor y luz que se esconde debajo de un cajón.

Y sí. Felicito a los hermanos y hermanas de diversas comunidades cristianas que, saliendo de la comodidad, participaron del proceso pre-constituyente, porque dejaron de lado algunas lógicas mencionadas en el párrafo anterior. Daba gusto ver sus fotos desperdigadas en las redes sociales, mostrando el esfuerzo por debatir bajo la lógica de una política con mayúscula. Pero ese esfuerzo es estéril si no se atiende a la historia de Chile, que nos muestra que las tres constituciones de más larga duración en nuestro país, a saber 1833, 1925 y 1980, surgieron bajo estados de excepción, con el Congreso cerrado y con el amparo de la mano militar. Y, sólo por mencionar una de ellas, la de 1925, en cuya coyuntura constituyente, dio lo mismo el esfuerzo y trabajo de la “Asamblea Constituyente de Obreros e Intelectuales”, pues Alessandri nombró a dedo a una comisión que terminó armando el texto que llevó su firma para ser consagrada como carta fundamental. ¿Qué quiero decir con esto? Que a todas luces, sin una asamblea constituyente, cuyo ejercicio sea efectivo y vinculante, lo que tendremos es un gol de media cancha (¡otra vez!) por parte de quienes detentan el poder, y tienen su texto constitucional armado hace rato. Y ojalá, la larga duración no nos persiga.

También me parece excelente que algunos de los miembros de distintas comunidades de fe tengan dentro de sus proyectos el asumir responsabilidades políticas, pasando por procesos eleccionarios. Se habla, por el momento, de candidatos a concejales, alcaldes y diputados, que convergen dentro de un movimiento interdenominacional llamado “Por un Chile para Cristo”. Lo que me parece preocupante, por decir lo menos, es que se repitan discursos carentes de peso: léase la pretendida apoliticidad discursiva (¿qué hacen en política entonces?); la representatividad del mundo evangélico, como si existiera sólo un mundo evangélico; el discurso de los valores que sólo tienen concreción en lo sexual, lo familiar, lo privado; y, por supuesto, la idea reaccionaria de aparecer en la escena pública porque no les dan lo que les prometieron desde el púlpito cuando estaban en campaña. Política con minúscula, que sólo se queda en lo superficial y aparente, en el boato del cargo de poca monta, no entendiendo que para quienes ejercen de verdad el poder, serán simples aparecidos: “canutos siúticos que quieren vivir un rato en el mundo de Bilz y Pap”. ¡Despierten de esa terrible ensoñación por Dios!

¡Tengamos, por favor, claridad de la derrota!

Teniendo claridad de la derrota, podemos comenzar a trabajar en el desafío de ser una “minoría inteligente”. Somos minoría en términos estadísticos (aunque por el bendito “mejor censo de la historia” no tenemos ideas de números certeros). Pero somos minoría, también, y de manera mucho más potente, en términos cualitativos, pues nuestras ideas no aparecen en los medios de comunicación de masas, no están marcando tendencia, no son las ideas de quienes dominan. El desafío está en ser minoría inteligente.

¿Cuándo no somos minoría inteligente?

  • Cuando nos victimizamos, cuando creemos que estamos siendo perseguidos por la causa de Cristo siendo que eso, por lo menos todavía, no ocurre.
  • Cuando nos quejamos de la educación secularizada y culpamos a colegios ideologizadores y escuelas dominicales enclenques, y como padres no asumimos que la responsabilidad de educar a los hijos es nuestra, sea que estén en un colegio público, privado, confesional o en homeschool.
  • Cuando suplicamos a los políticos profesionales que nos tomen en cuenta y nos concedan las migajas que pedimos, cuando los lisonjeamos en los actos públicos, y no pronunciamos una palabra con sentido profético contentándonos con el regalo típico de la Biblia que irá a parar quizá dónde.
  • Cuando nuestros actos reactivos de protesta se quedan en un pintarrajeo rojo de manos, una foto en Facebook, una marcha gritando “¡Cristo vive!” y otras en el mismo tono.
  • Cuando nuestra reacción a frases como la del tolerante-intolerante Rolando Jiménez de “hacer crema con los fetos”, sólo es respondida con un “te vas a quemar en el infierno” u otras del mismo grueso calibre religioso, que simplemente reciben un bloqueo virtual por parte de quien la recibe.
  • Pero, por sobre todas las cosas, cuando nos compramos paquetes completos de ideologías que no se condicen con una cosmovisión bíblica-y-cristiana, por el simple hecho de que dicen, o dijeron, en algún momento de la historia alguna verdad.

Entonces, ¿qué significa ser minoría inteligente?

  • Significa entender que no necesitamos las migajas políticas de nadie para seguir cumpliendo la tarea de proclamar el evangelio de Jesucristo. Aprendamos de nuestros primeros hermanos, que en muchas ocasiones desde los márgenes del imperio, y con las escasas posibilidades que tuvieron, llenaron al mundo conocido con su predicación.
  • Significa capacitarse sólidamente, de manera individual y colectiva (familia e iglesia), en los principios permanentes de la Palabra de Dios, tenida como única y suficiente regla de fe y práctica, afianzando con ello una cosmovisión bíblica-y-cristiana, teniendo en cuenta nuestra tarea como “columna y fundamento de la verdad” (1ª Timoteo 3:15[2])[3]. Seamos activos en la educación que lleva a ser discípulos que siguen a Jesús por sobre todas las cosas. 
  • Significa que quienes tienen una vocación política y son creyentes, no esperan que votemos por ellos simplemente porque “somos hermanos”, sino porque se preparan, conocen y no les da miedo la política. Significa también que nunca van a pretender representar al polifónico pueblo evangélico, sino que se concentrarán en llevar a cabo su trabajo con excelencia y dando buen testimonio. Significa que ellos, más allá de las alianzas o partidos políticos en los que militen, serán fieles a la Palabra de Dios en detrimento de las órdenes que atenten contra ella. 
  • Significa que nuestra contraculturalidad no es reaccionaria, sino más bien, porque afirmamos principios diferentes a los de la cultura imperante. Significa que somos creyentes que leemos la Biblia, que oramos, que protestamos amando y diciendo la verdad, y que trabajamos en pos de un mejor lugar para vivir. Un cristianismo activo, vital. 
  • Significa que en el debate público no nos comportamos como loros que repiten panfletos vulgares, sino que buscamos argumentar con contenido, seriedad, precisión y claridad nuestras ideas, en el marco del diálogo que se posiciona sin temor desde la religión cristiana que comprende toda la realidad y que dota de inteligibilidad el relato del otro, esperando un acto recíproco (evidentemente, habrá ocasiones en que eso será imposible, pero no necesariamente debemos dar todas las batallas que se nos presentan).
  • Significa que denunciamos todos los constructos idolátricos y no sólo aquellos que no son de mi agrado. Pues cuando lo hacemos, vemos que para Dios justicia es aquello que se vive tanto en la sociedad como en lo íntimo (véase Amós 2:6,7[4]), lo que conllevará a una fe que tiene expresión concreta y cotidiana en lo privado y también en lo público. ¡Los valores no sólo tienen que ver con la sexualidad y la familia como la justicia no sólo tiene que ver con retribuir a los desamparados! Seamos minoría que defiende, ama y puja junto a los desamparados cuyas voces son día a día acalladas: pobres, huérfanos, viudas, inmigrantes y niños y niñas que todavía no nacen, cuyos gritos son inaudibles desde el exterior. Minoría que no tiene miedo, porque sabemos y creemos que el Cordero de Dios será victorioso, y que todas las tiranías caerán.

Como diría Jürgen Moltmann: “Cuanto más conscientes son los cristianos hoy día de una situación minoritaria y pierden la protección de una sociedad ‘cristiana’, tanto más pueden aprender de la moral calvinista a hacerse extraños en la propia sociedad y nación por amor de Cristo. En la historia del cristianismo reformado se evidencia claramente el ‘valor de ser distinto de los demás. Únicamente quien es distinto es capaz de ‘existir para los demás’; de lo contrario, es uno más entre la masa”[5].

 Sigamos luchando contracorriente, extendiendo el Reino de Dios, por medio de la predicación del evangelio y la plantación de iglesias, y trabajando en el lugar que nos toca y en nuestra cotidianidad con responsabilidad, excelencia, con distintivo cristiano y, por sobre todo y en todo, para la gloria del que vive para siempre y tiene poder de hacer nuevas todas las cosas. Las oportunidades que tenemos si miramos la realidad desde ese prisma, son mayores a las que las situaciones contingentes y su tufillo aparente nos muestran.

Luis Pino Moyano.


[1] “No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta” (Romanos 12:2).
[2] “[…] que es la iglesia del Dios viviente, columna y fundamento de la verdad” (1ª Timoteo 3:15).
[3] Primero: lee tu Biblia, ámala y empápate de ella. Segundo: pide a tus líderes que enseñen sobre cosmovisión y aprovecha seminarios o congresos que traten este tema. Finalmente, autoedúcate leyendo buenos libros. Te recomiendo algunos: “La cosmovisión del Reino de Dios”, de Darrow Miller y otros (JUCUM, 2011); “La creación recuperada”, de Albert Wolters y Michael Goheen (Poiema, 2013); “El universo de al lado”, de James Sire (Desafío, 2005); “Posmodernidad y fe”, de Theo Donner (CLIE, 2012); “Piense”, de John Piper (Tyndale, 2011); y “La razón de Dios”, de Timothy Keller (Andamio, 2014).
[4] “Así dice el Señor: ‘Los delitos de Israel han llegado a su colmo; por tanto, no revocaré su castigo: Venden al justo por monedas, y al necesitado, por un par de sandalias. Pisotean la cabeza de los desvalidos como si fuera el polvo de la tierra, y pervierten el camino de los pobres. Padre e hijo se acuestan con la misma mujer, profanando así mi santo nombre’” (Amós 2:6, 7).
[5] Jürgen Moltmann. “La ética del calvinismo”. En: Leopoldo Cervantes-Ortiz. Juan Calvino: su vida y obra a 500 años de su nacimiento. Barcelona, Editorial CLIE, 2009, pp. 263, 264.

La participación en la Conferencia de Plantación de Iglesias del CTPI 2016.

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Mientras disfruto el mediodía de São Paulo, comienzo a escribir este breve post en la casa de Guilherme y Miriam, quienes muy gentilmente nos han hospedado durante estos días.

Estamos acá por nuestra participación en la VIII Conferencia de Plantación de Iglesias, organizada por el CTPI. Fue una conferencia desafiante, que confrontó y nos llamó a ser iglesias transformadoras, orgánicamente, afectando la vida de la iglesia y de la sociedad con sus miembros diseminados en ella, por el poder del evangelio.

Quisiera compartir mis apuntes de las exposiciones y del taller en el que participé con Michael Goheen y Ronaldo Lidório. Evidentemente, estos apuntes no alcanzan a representar el potencial de las palabras expresadas, pero pueden reportar una ayuda y provocación para quienes están interesados en la plantación y la revitalización de iglesias.

Lea los apuntes haciendo clic aquí (también puede descargarlos).

Ha sido un muy buen tiempo de fraternidad con el Pastor David Vilches, el Presbítero Felipe Aguilar y con David Vilches Lagos, además de todas las lindas personas con las que hemos podido compartir estos día.

Un abrazo en Cristo, Luis…

Jaime Parada, Moisés y el Estado laico.

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¿Cuándo comenzó esta teleserie? Para ser exactos, el domingo 17 de julio, cuando El Mercurio publicó en sus páginas un reportaje titulado “¿Quién es el zar de las series bíblicas y cómo funciona su millonaria industria?”. Horas más tarde, el concejal de Providencia Jaime Parada Hoyl publicó una serie de razones por las cuales estas teleseries son un “peligro real”. Esas son las palabras con las que el titula su reflexión (¿disquisición?). Lamentablemente, algunas de las reacciones de ciertos evangélicos no han estado a la altura de la necesaria discusión, enviándolo al infierno entre otras fórmulas. Aunque, no está de más decir, que ha sido el mismo concejal el que las ha republicado generando un tufillo morboso frente a esta situación. Pero pasemos a la discusión de lo importante.

En primer lugar, quisiera partir por reconocer un mérito en las declaraciones de Parada. Es el énfasis de que el dueño del canal Rede Record es Edir Macedo, fundador y líder de una secta llamada “Pare de Sufrir”. Este no es un grupo evangélico. Es un grupo que sigue a ciegas “las verdades” de un líder, identificándose plenamente con él, quien genera una pesada estructura para el mantenimiento sólido de su discurso y una lealtad inquebrantable. No sólo se rompe con las doctrinas claves del cristianismo histórico, sino que, además, con el principio de sacerdocio universal de los creyentes tan defendido por el protestantismo. Yo no obstaría por ocupar los mismos adjetivos respecto de Macedo: “charlatán multimillonario, pastor, enriquecido”. Esto debieran tenerlo en cuenta quienes ven la serie y son evangélicos, sumado a la idea de que es una producción fílimica, cuyos elementos ficcionales pueden separarse de lo dicho por la Biblia. Esta serie no es la Escritura, no reemplaza su lectura, ni dice con fidelidad todo lo que ella dice.

En segundo lugar, donde creo que Parada equivoca el análisis es con respecto al “peligro real” que esta serie tendría. Peligro real que atentaría contra el “Estado laico”, que tiene un medio de comunicación de masas, a saber, Televisión Nacional de Chile. ¿Dónde equivoca el análisis el concejal? En lo que él significa como laico. Para él un Estado laico no sólo debe estar caracterizado por su “a-confesionalidad”, sino por la ausencia de expresiones religiosas en sus reuniones y medios. Lo que no tiene en cuenta, es que los Estados laicos, que surgieron al alero del protestantismo, buscan garantizar las libertades públicas y el ejercicio de las mismas por parte de la ciudadanía. Entre esas libertades está la profesión pública y privada de cualquier credo religioso (ya no estamos en 1833 con una religión única del Estado). A su vez, el mismo Estado laico se transforma en garante de que estas libertades públicas no atenten contra la vida ni la dignidad de las personas. Sobre esto escribí hace un tiempo en una columna llamada “Laico no es laicista”. Bajo esta definición, ¿en qué atentarían las teleseries “bíblicas” contra el Estado laico? Con todas sus letras: en nada. Absolutamente nada.

¿Dónde está el problema real y manifiesto? En la disputa del espacio público y, en ella, la producción de discursos que buscan constituirse en hegemónicos. El último punto de la reflexión del concejal señala: “Efectivamente: son los evangélicos, una gran mayoría de ellos, los que consideran que la homosexualidad es mala; que la discriminación es admisible en varios aspectos de la vida social y personal; y que el Estado debe ‘volverse a Cristo’. Podrán haber mil excepciones, pero esta es la norma”. He aquí la evidencia de la disputa de dicho espacio. Y aquí también puedo concordar con Parada: todo discurso tiene ideología, en un sentido filosófico positivo. El suyo también. Y eso se denota en la idea de una “minoría victimizada”. En su discurso, el mundo gay (léase, élite gay) es discriminado por producciones discursivas como estas. ¿En qué momento las teleseries han puesto en cuestión lo que Parada señala? ¿Fomentan dicho discurso? ¿O es, simplemente, un palo de ciego? Llama la atención, que los discursos ideológicos que fomenta Parada tengan tribuna en noticieros y programas en horario prime, se instalen como sentido común, y sigan promocionándose como los discursos de una minoría discriminada. Téngase en cuenta el cargo público que detenta Parada, concejal, lo que le otorga tribunas que otros ciudadanos no tienen, facilitando la difusión de sus ideas, y para qué hablar de su origen social que no sólo le dio facilidades en la vida, sino que además le otorgó redes que trascienden las dinámicas partidarias. ¿Podríamos seguir pensando en una minoría víctimizada? En una minoría sí, pero que no es víctima. Más bien, estamos frente a una minoría poderosa, que puede hablar en los medios de comunicación de masas y usarlos a su antojo, tal como las teleseries de Macedo. Y allí, hay ideología, pero en su sentido filosófico negativo, a lo Marx y Althusser, develando que las ideas dominantes de una época son las ideas de quienes dominan en la sociedad. Hoy, las ideas cristianas, cada vez más, no tienen ese alcance societal. Son otras las ideas que se precian de ser la verdad mayoritaria, avalada por estudios científicos y por las estadísticas de popularidad (mala mezcla que tiene correlato con algunas expresiones totalitarias dadas en la historia).

El problema de Parada, no es el Estado laico, es el choque entre discursos antagónicos que pretenden ser hegemónicos en la sociedad. Es decir, el problema tiene que ver más con el poder y quien lo ejerce, que con la religión y su expresión en el espacio público.

Luis Pino Moyano.

La imagen rota y el daño de verdad.

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¿Estoy a favor del movimiento estudiantil? Qué duda cabe. No sólo lo he dicho, sino que he estado compartiendo con ellos en la búsqueda de una educación gratuita, de excelencia, laica y profundamente democrática. Veo las imágenes de hoy, y puedo, porque conozco, disociar a la amplia mayoría de estudiantes de quienes causaron daños hoy. Sé que estudiantes no-creyentes tienen el coraje, desde sus posiciones, de respetar las creencias de quienes somos cristianos.

 Soy cristiano protestante y si no fuera porque estudié y estudio la historia de América Latina y la tarea digna de una serie de curas en la promoción de justicia, no tendría mucha empatía con el catolicismo romano, y si no fuera por las conversaciones con Carlos Parada, probablemente, sería más iconoclasta de lo que soy. Por ende, no es desde el apego a la imagen rota, que no es objeto de mi culto, desde donde hablo.

 Me apena e indigna que sujetos que contravienen lo acordado en asambleas, que desprestigian con sus actos al movimiento estudiantil, que no entienden que ética y política para quienes aspiran un horizonte mejor es una cuestión indisociable, realicen actos de destrucción como éste. ¿Afecta a los que lucran con la educación, o con los que toman las decisiones desde el bloque en el poder? ¿Beneficia la lucha estudiantil? Hace mucho rato venimos insistiendo en el utillaje de estas acciones. Vi un meme que ponía la imagen de miles de manifestantes de hoy al lado de esta imagen, manifestando la sospecha de que en los medios aparezcan más minutos de lo último que de lo primero. A esta altura del partido, ¿de verdad les sorprende? Esto es algo que los que salen “a dejar la patá” [sic] alguna vez deben entender: los discursos y los actos tienen efectos performativos, y siempre la espectacularidad roba la atención de lo que no es inédito o sencillo.

 Esta muestra de intolerancia religiosa, que uno ve en fascistas o en movimientos como ISIS, afecta sólo a dos grupos de personas: a los fieles y humildes devotos de dicha iglesia y al movimiento estudiantil. O sea, a los derrotados de siempre, a los que luchan y luchan día a día, desde las calles o sus puestos de trabajo, por un mañana mejor. ¡Es hora de que entiendan esto! ¡Por favor! Por el bien de la causa estudiantil.

Y dejen de repetir tonteras sin sentido. “La religión es el opio del pueblo” es una referencia qe debe ser leída en todo su contexto, el de la “religión del valle de lágrimas” que criticaba Marx y no desde el panfleto repetido vomitivamente[1]. En Chile, a diferencia de otros países de la región, la Iglesia Católica fue una tenaz defensora de los derechos humanos alienados a parte importante de la población. Es esa institución la dañada. Y sí, hay curas pedófilos y toda la otra monserga: ¡esos curas deben ser condenados! Pero esos curas no son las comunidades eclesiales, no son los fieles feligreses que asisten a la misa diaria, no son aquellos que todavía se esfuerzan por vivir una fe de manera coherente con sus vidas cotidianas.

 ¡Ah! Y la tontera de que en ese lugar se celebró el Te Deum del ‘73. Es cierto. La iglesia tuvo que cambiar el lugar porque Pinochet y la Junta no quisieron ir a la Catedral de Santiago. Pero hagan la pega de leer la homilía del Cardenal Silva Henríquez, que era de la orden religiosa de quienes presiden la Iglesia de la Gratitud Nacional, y vean si hubo algún intento de justificación de la tiranía. O vean las palabras de los participantes. Helmut Frez, pastor luterano, fundador del Comité Pro Paz, primera institución que defendió a los represaliados de la dictadura señaló: “Aunque no he hecho nada, al final de este servicio, estoy bañado en transpiración. Así de penoso es para mí. También sé por qué estado tan tenso. Yo había temido que la ‘alabanza a Dios’ se nos pudiera ir de las manos y se pervirtiera en ‘alabanza del golpe’. ¡Gracias a Dios no se llegó a eso!”[2]. Entonces, por más que busquen un símbolo del autoritarismo en ese templo no lo van a encontrar.

 Todo esto es resultado de la acción de “continentes sin contenido”. De los autoritarios de la crítica vacía y sin sentido.

 Mi repudio total.

 Luis Pino Moyano.

[1] Léase directamente, sin la mediación de manuales: Karl Marx. Crítica de la filosofía del derecho de Hegel. Santiago, Ediciones Clinamen, 2009.
[2] Helmut Frenz. Mi vida chilena. Solidaridad con los oprimidos. Santiago, LOM Ediciones, 2006, p. 136.