La titiritera televisión y la performance Soto-Villouta.

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El programa “El Interruptor” del canal Vía X fue el escenario del fallido diálogo entre su animador José Miguel Villouta y el mediático “pastor” Javier Soto. Fallido diálogo, pero no fallida performance. Soto no responde, ora y acto seguido extiende en el piso la que él considera la bandera del movimiento LGBT (otro fallo, por lo demás) y la pisa, pues considera que es un “trapo de inmundicia”. Interviene la directora de contenidos del programa, Claudia Aldana, quien cierra la entrevista ante la actitud ofensiva del invitado.

Toda esta performance televisiva, respecto de la que me quiero pronunciar, me hizo recordar las palabras del sociólogo Pierre Bourdieu, quien señaló que:  “La televisión es un universo en el que se tiene la impresión de que los agentes sociales, por más que aparenten importancia, libertad, autonomía, e incluso a veces gocen de un aura extraordinaria (basta con leer las revistas de televisión), son títeres de unas exigencias que hay que describir, de una estructura que hay que liberar de su ganga y sacar a la luz” (Pierre Bourdieu. Sobre la televisión. Barcelona, Editorial Anagrama, 1997, p. 53).

Debo decir, que detesto la actitud del autodenominado “pastor” Soto. Falto de respeto y de misericordia, carente de la verdad bíblica que nunca está disociada del amor, lleno de una fijación moralista que pone acento en los seres humanos y no en el Dios lleno de gracia y poder transformador. Es sumamente reprochable, que él y ciertos sujetos evangélicos por tener figuración pública reclamen para sí la fuerza de la representatividad, porque no existe “la iglesia evangélica” homogénea, unívoca, monofónica. La actitud de Soto es repudiable y no debe aminorarse. Pensarlo como enfermo es hacerlo carecer de voluntad y racionalidad, por ende, de responsabilidad ante lo que realiza.

Pero es evidente que el ejercicio televisivo no es inocente. Villouta no es un neófito en el quehacer televisivo. Sabe que lo que aparece en la pantalla es un “títere” que sale a la luz, aparentando espontaneidad y liberalidad. ¿Acaso no estaban preparados para esta “salida de libreto” de Soto? ¿Acaso no sabían que su performance circense de poca monta lo iba a llevar a hacer un papelón como éste? ¿Nos creen tan ingenuos para tragarnos la idea de la sorpresa? ¿Por qué no se invita a otros pastores o teólogos evangélicos, inclusive, opositores a muchos proyectos propiciados por las élites gay, pero que con sabiduría, tacto, responsabilidad y amor podrían entablar un diálogo asumiendo premisas diferentes?

Yo no olvido. No dejo de recordar que en un programa de la Red hace unos años atrás, cuando Villouta apelando a una entelequia respecto del estado laico, fue contraargumentado y hasta corregido por Jonathan Muñoz, pastor presbiteriano. Mi reacción al ver eso fue: “no les resultó el circo con un pastor evangélico”. Felizmente para nuestras comunidades, Jonathan no es una excepción a la regla. Hay muchos pastores que, parafraseando al apóstol, hablan y dialogan con el espíritu y también con el entendimiento. Pero en la televisión, medio elitista y performático gozan de invitar al pastor que asienta el sentido común y/o mote del “canuto bruto”, la manera más simplona de reducir el argumento divergente. Soto y otros simplemente son títeres de ese espectáculo.

Y aquí es cuando Bourdieu se funde con la sabiduría popular cuando ésta reza que “no es culpa del chancho, sino del que le da el afrecho”. Soto es responsable de lo que dice y hace. El programa de Villouta es responsable de lo que desea instalar en el auditor como de lo que oculta.

Luis Pino Moyano.

* Posteado originalmente en mi Facebook y luego compartido en el sitio de Metanoia.

Cuando la comunidad se rompe por una idea diferente.

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De la película: “Kingsman: the secret service”.

Leyendo una compilación de entrevistas hechas a Violeta Parra entre 1954 y 1967, me encontré con una en la que se le preguntó sobre la opinión que la prensa tenía respecto de ella. Señaló que particularmente los diarios que discordaban de su opinión política (ella habla de “los diarios de derecha, de la burguesía”) no la trataban bien. Acto seguido, señala lo que a mi me parece relevante sacar a colación en este post. Dice Violeta Parra: “Cada vez que me meto en política, esa gente se enoja conmigo; quisieran que sólo fuera cantante. Pero también hay personas pertenecientes a la burguesía que son muy abiertas y me aprecian. Lo que hay que hacer es juntar a todo el mundo… y a veces los enemigos son más interesantes que los amigos”[1].

Me gusta la fuerza de la expresión parriana, porque me lleva a pensar en la realidad de la iglesia. Hay muchos factores que causan divisiones al interior de las comunidades eclesiales, pero sin duda, la más compleja de vivir y derruir es aquella que dice relación con las posiciones políticas. A veces, se espera que ciertos sujetos no den sus opiniones políticas, acallando el pensamiento diverso y la capacidad de pensar. Entonces, “facho”, “amarillo” y “marxista” surgen como adjetivos calificativos, de corte denigratorio, más que como conceptos respecto de una identidad política. Somos veloces para definir a las personas, sin siquiera hacer el ejercicio de escucharles. Todo esto, a expensas de no aprender ni conocer, precisamente, porque no nos abrimos al diálogo con el diferente, con un otro que tiene la fuerza para mostrarnos la debilidad de nuestros argumentos y no simplemente con el otro-igual que nos palmotea el hombro, nos felicita o de buenas a primeras nos da un like de Facebook. Esto es lamentable, porque a veces no-creyentes nos dan lecciones de “amistad cívica” mayores a las que nos encontramos en muchas comunidades (gloria a Dios por la gracia común). Nos alejamos voluntaria y unilateralmente de la posibilidad de encontrar lo “interesante” que existe en el que a simple vista es un “enemigo”.

Todo esto tiene mucha relación con lo expresado años atrás por el apóstol Pablo en su carta a los Gálatas. Documento clave en el contexto de la Reforma Protestante, por ser un emblema de la libertad cristiana. Pablo es sumamente radical cuando dice: “Todos ustedes son hijos de Dios mediante la fe en Cristo Jesús, porque todos los que han sido bautizados en Cristo se han revestido de Cristo. Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús” (Gálatas 3:26-28, NVI). En el contexto vital de la carta, los paganos eran tenidos por los judíos como “perros”, los griegos consideraban a los esclavos “implementos animados”, las mujeres -como en muchos momentos de la historia- eran vistas como sujetos inferiores. Lo que Pablo exhorta acá debe resonar en nuestras mentes y corazones. Todas las barreras sociales, culturales y de género deben ser abandonadas, porque nadie puede salvarse por ellas, ni mucho menos, puede ganar el favor de Dios por una determinada condición. El Señor proclamó la paz entre nosotros botando con el poder de su Espíritu “el muro de enemistad que nos separaba”, haciéndonos parte de un mismo pueblo. Lo que nos identifica plenamente es que somos “hijos de Dios”. ¡No hay mayor apelativo identificador que podamos recibir!

Con la ayuda del Señor la iglesia se transforma en el único lugar que puede vivir la amistad y hermandad de aquellos que, en otros contextos, nada ni nadie los podría unir. Y esto, porque la iglesia no es lugar para la arrogancia, para creerse mejores que los otros. Todos fuimos comprados al mismo precio: a saber, la sangre preciosa de Jesucristo en la cruz. Somos cristianos por encima de cualquier cosa. Somos de Cristo, eso es lo que marca nuestra existencia y nuestras relaciones con los demás.

Esto nos reporta dos desafíos: evaluar todos nuestros pensamientos a la luz de una sólida cosmovisión cristiana, que tiene como fundamento la única y suficiente regla de fe y de práctica. Aún así, es susceptible que sigamos reconociendo diferencias de opinión en la iglesia de Cristo. Entonces, vale la pena decir con fuerza que ninguna de esas divisiones y diferencias vale algo en el pueblo de Dios. En Cristo, somos uno. Y si usted tiene como mayor cualquier cosa ocurrida en el país en el devenir histórico, a un actor político del pasado o del presente o un determinado principio filosófico-político-o-económico, y eso obstaculiza su relación de hermano con otro en la iglesia, está poniendo otra cosa en lugar de Cristo, como señor y dios de su vida, sustituyendo a la fuente de agua viva por cisternas rotas que no retienen agua (Jeremías 2:13). Si usted ama más un determinado proyecto político que a su propio hermano, como lo mandata la Escritura, no está siguiendo uno de los principales mandamientos de quienes siguen a Jesús (Juan 15:17; 1ª Juan 4:7,8,20,21). Tengamos la capacidad de dialogar y de disentir de manera respetuosa frente a las posiciones ajenas.

Que la ideología propia con la que vemos los ídolos de los demás (y que nos hace gozar cuando éstos se desmoronan), no obnubile la mirada respecto de nuestros propios ídolos. La honestidad del corazón, más que necesaria, es urgente. Claramente esto cuesta. Pero “Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5:9, NVI). No seamos culpables de destruir la unidad del cuerpo de Cristo por levantar muros e ídolos que el Señor derribó y derrotó con su sangre en la cruz. Y en esto, Dios no nos pide tibieza ni medias tintas, sino llegar a “dar la vida por los amigos” (Juan 15:13). Eso de “no meto las manos al fuego por nadie”, no forma parte de los principios del Reino sino de la ideología del mundo. Más allá, de que corras el riesgo de quemarte.

Como dice mi amigo Elemento, con la fuerza de su hip-hop, “Porque, ¿qué son las diferencias? / Cuando se sirve a Cristo ya no hay más rotos ni realeza”[2].

 Luis Pino Moyano.


[1] “Violeta Parra: una gran artista chilena”. Entrevista realizada por Hubert Joanneton para Radio-TV Je Vais Tour, Lausana, Suiza. En: Marisol García. Violeta Parra en sus palabras. Entrevistas (1954-1967). Santiago, Catalonia y Periodismo UDP, 2016, p. 109.

[2] Elemento. “Presuntos enemigos”. En el EP: El poeta es un profeta.

Mis lunes con Violeta Parra.

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El año 2013 comencé una aventura en el Colegio Andino Antuquelén llamada “Taller de Historia y Memoria”. Era una instancia optativa, dentro de diversas posibilidades que el colegio otorga para los miércoles en las tardes. Si bien es cierto, en dicho espacio educativo siempre he tenido la posibilidad de tensionar y criticar el currículum, este taller, me daba la posibilidad de crear en el diálogo con estudiantes, en este caso, desde la disciplina historiográfica. La idea era producir un rescate de la historia y las memorias de Chile y América Latina en el pasado reciente, en el período que Eduardo Devés llamó “todo es política” (desde la década de los sesenta), a partir de fuentes diversas. Desde el 2016, por mi trabajo en la iglesia, ocupo el lunes, mi día libre para continuar con este espacio dialógico.

¿Qué tiene que ver lo anterior con el título del post? Todo, particularmente este año. Pues en el marco de las conmemoraciones del centenario del natalicio de Violeta Parra me decidí a hacer un giro del taller, ocupando la experiencia vital y la obra de esta mayúscula artista como la base y el sustrato del taller que piensa nuestro pasado reciente. Y elegí a Violeta Parra por varias razones. Por su música sencilla y sin grandes aspavientos que dejan artefactos bonitos, pero sin “enjundia” en el decir popular. Elegí a Violeta por su rupturismo con el folklore tradicionalista, ese que le cantaba a la bandera, el huaso y la cordillera, en el marco idealizado de una realidad en la que todo eso, y más, tiene múltiples rostros, y no sólo la belleza de la representación uniforme. Violeta cantó de las experiencias de gente de carne y hueso, miró sus realidades, empatizó con ellas, cosa que no costó porque Violeta procedía del mismo lugar. Mucho se discute en los círculos de las ciencias sociales acerca de la posibilidad de habla del subalterno, pues bien, Violeta Parra precisamente hizo hablar al subalterno no sólo al retratar su vida, en la alegría, el sufrimiento, el trabajo y la lucha vital que ellos encarnaban, sino también, al rescatar canciones en una amplia recopilación que dio permanencia a voces que habrían sido sepultadas junto a los cuerpos de tantos cantores de esta tierra.

Elegí a Violeta por sus letras comprometidas con la historia y su tiempo, canciones que no sólo son “de protesta” como cierto rótulo mercantil y cooptador quiso darle al género, sino canciones que acompañan la vida de la gente más sencilla. Sus descripciones tan acertadas respecto de la realidad del país, en el que la “larga duración” de los actos de poder de los menos que domina y constriñe a los más nos persigue, sumado a la fuerza de los clásicos da vigencia a su mirar, generando utillaje pedagógico en la caja de herramientas del saber y, también, una reserva teórica y conceptual para nuevos análisis. De hecho, en este caso se hace cada vez más manifiesta la perversión que desliga los contenidos del área de lenguaje con la de historia en la educación chilena, imposibilitando el aprendizaje que liga y construye puentes. Aunque, el deber de subvertir aquello está a la orden del día.

Elegí a Violeta porque sus letras de amor y risa celebran apasionadamente el acto bello del encuentro de otros que se unen en un yo, como a su vez, en el caso de su lírica desgarrada posee letras que vomitan rabia y dolor frente al cual no se puede quedar impávido. Por eso es que ocupé el concepto de artista, pues reducirla a cantante o poeta habría anquilosado la mirada. La expresión musical de Violeta es multisensorial apelando a la razón y al sentimiento. Violeta Parra es una “romántica de la noche”, marcada por un ejercicio activo de la voluntad que se expresa desde el fuego vital que empodera su habla como nuestra escucha. Si bien es cierto, su música no era rockera, sus letras lo eran: allí están “El gavilán”, “¿Qué dirá el santo padre?”, “Miren como sonríen” y, por supuesto y entre tantas otras, “Maldigo del alto cielo”, sumado al acto de llamar “Las últimas composiciones de Violeta Parra” al que fue de facto su último disco. Violeta no sólo es antecedente necesario a la hora de analizar la Nueva Canción Chilena, sino otras expresiones musicales, incluso a las que traspasaron la escena artística en el marco dictatorial.

Violeta Parra, la cantante desvalorada en su época y en muchos casos reducida  y caricaturizada como la mujer cantora de “Gracias a la vida” que después se suicidó (como si dicho acto de dolor fuese sólo marcado por la cobardía y la frustración), debe ser rescatada más allá de su centenario. Debe ser leída, escuchada y disfrutada no sólo por el pasado, sino para el presente, por nuestro presente. Podríamos decir con su hermano Nicanor “Cántame una canción inolvidable / Una canción que no termine nunca / Una canción no más / una canción / es lo que pido. / Que te cuesta mujer árbol florido / Álzate en cuerpo y alma del sepulcro / Y haz estallar las piedras con tu voz/ Violeta Parra” (en “Defensa de Violeta Parra”).

Por mi parte, valoro la compañía literaria y musical de Violeta Parra, y no sólo los lunes, sino en mis días, porque ella es la que con la habilidad de la mejor de las profesoras me ha enseñado que “Lo que puede el sentimiento / no lo ha podido el saber / ni el más claro proceder / ni el más ancho pensamiento. / Todo lo cambia el momento / cual mago condescendiente, / nos aleja dulcemente / de rencores y violencias. / Solo el amor con su ciencia / nos vuelve tan inocentes”. La inocencia, frente a los monstruos levantados por la razón moderna, no sólo es desafío… es también, vital.

Luis Pino Moyano.

La teología es para la doxología.

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Luis Pino Moyano[1].

* Publicado originalmente en Cantemos el Evangelio.

A comienzos de la década del 2000 iba rumbo a mi casa en un microbús, luego de una jornada laboral ardua, y viendo por la ventana me encontré con una muy humilde librería que tenía en su mostrador un ejemplar de un libro que hace un tiempo buscaba: Teología concisa, del teólogo anglicano J. I. Packer. Me paré de un sopetón, toqué el timbre, crucé la calle y compré el libro. Tomé otro microbús y me fui a casa. Mientras viajaba comencé a leer y en el prefacio, en la segunda página del libro, me encontré con una de las declaraciones más bellas y contundentes que he leído de la pluma de un teólogo. El impacto fue inmediato. Y la memoria, desde ese día, comenzó su trabajo de discernimiento de la realidad. Packer dijo: “Tal como les digo con frecuencia a mis estudiantes, la teología es para la doxología y la consagración; esto es para alabar a Dios y practicar la santidad. Por consiguiente, se la debe presentar de tal forma que nos haga conscientes de la presencia divina. La teología se halla en su momento más sano cuando se halla conscientemente bajo el ojo de Dios y cuando está cantando para su gloria”[2]. Analicemos lo dicho acá.

  1. La teología es para la doxología.

 Doxología, literalmente, significa palabra o discurso de gloria. A lo largo de la historia se aplicaba a la alabanza a la Trinidad. Cuando Packer hace su planteamiento nos vuela la cabeza, porque nos muestra a la teología con una finalidad bastante diferente a la que nosotros pensamos en la cotidianidad: la teología no es para agigantar nuestros cerebros de conocimiento memorable ni mucho menos para aparentar saber tanto que despreciamos a hermanos que carecerían de dicho saber; no, la teología es para la adoración, para alabar al Dios de la vida, conociendo lo que la Biblia nos dice acerca del ser de Dios, de su carácter santo, de sus atributos.

Entonces, no es verdadero conocimiento de Dios aquél que busca meros aprendizajes, o el aplauso de las personas, o los likes de Facebook. Conocer, bíblicamente, implica intimidad, cercanía, la que no es posible sin un acto de gracia de aquél que nos amó desde la eternidad. Cuando conocemos a Dios reconocemos que Él es eterno, grande, impecable, todopoderoso, omnisciente, omnipresente, mientras que nosotros somos finitos, pequeños, pecables, débiles, con capacidades físicas y cognitivas limitadas. Frente a dicha realidad, no queda otra alternativa que alzar las manos al cielo y adorar al Dios que vive y permanece para siempre. Pero, por si esto fuera poco, la revelación registrada en la Biblia por inspiración del Espíritu Santo es un acto de condescendencia tan grande, al nivel que Dios puso en su boca santa nuestras palabras. Moisés señaló: “El Señor nuestro Dios tiene secretos que nadie conoce. No se nos pedirá cuenta de ellos. Sin embargo, nosotros y nuestros hijos somos responsables por siempre de todo lo que se nos ha revelado, a fin de que obedezcamos todas las condiciones de estas instrucciones” (Deuteronomio 29:29 NTV). Ante ese Dios graciosamente condescendiente, no sólo hablamos, sino también callamos, rindiéndonos ante su presencia, alzando nuestras manos con alegría y sencillez de corazón.

Isaías 12 es uno de los muchos textos de la Biblia que nos habla sobre la adoración. Nos dice que debemos adorar a Dios, siendo Él la razón única verdadera, concreta y consistente de dicho acto. Nos señala los motivos: hemos sido salvados por Él y recibimos de su parte la fuerza necesaria para la vida. Releva que dicha adoración no está limitada por los momentos, por ende, no surge ni de la alegría ni de la tristeza, sino de la gracia de Dios que vive en nosotros y nos da alegría constante. Y el texto nos señala, también, quiénes adoran: el pueblo de Dios y todos los pueblos de la tierra. Esto quiere decir que la adoración bíblica siempre es comunal y es convocante. Respecto de esto último me parece pertinente citar al pastor John Piper cuando plantea que “Las misiones no son el objetivo último de la Iglesia. El objetivo último es la adoración. Las misiones existen porque no hay adoración. La adoración es el objetivo último, y no las misiones, porque Dios es la realidad última, no el Hombre. Cuando esta era se acabe, y los millones de redimidos se postren ante el trono de Dios, las misiones dejarán de existir. Es una necesidad temporal. Pero la adoración permanece para siempre”[3]. En síntesis, la adoración comunitaria del pueblo de Dios, particularmente en el culto estricto del día del Señor, es una celebración escatológica y misional, es anuncio de la esperanza bienaventurada y proclamación de la buena noticia de Jesucristo.

  1. ¿Y la práctica de la santidad?

 ¿Podría haber recortado esta parte porque el artículo habla de adoración? Sí. Claramente sí. Era cómodo para ti y para mí (habría escrito menos y tú habrías ocupado menos tiempo en leer). Ahora bien, no será una mirada amplia, sino una aplicada al acto de adorar.

La adoración es parte de la práctica de la santidad. Estamos Coram Deo, ante la faz del Dios tres veces santo, de quien no podemos jamás ocultarnos, en el que temor y amor se conjugan en el misterio de la gracia que nos hizo vivir de verdad. La adoración es parte de la práctica de la santidad, porque nos enseña a someternos tal y como nos dice el salmista: “Reconoced que Jehová es Dios; Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos; Pueblo suyo somos, y ovejas de su prado” (Salmo 100:3, RV 1960). La adoración surge del verdadero conocimiento, que al decir de Calvino procede del conocimiento de Dios y de nosotros mismos. No hay adoración cuando no nos reconocemos como criaturas, pueblo, ovejas, frente al único Dios verdadero y soberano sobre todo. La adoración es parte de la práctica de santidad porque nos invita a la honestidad delante de Dios. El profeta Isaías proclamó la palabra de Yahvé que dice: “Este pueblo dice que me pertenece; me honra con sus labios, pero su corazón está lejos de mí. Y la adoración que me dirige no es más que reglas humanas, aprendidas de memoria” (Isaías 29:13 NTV). Por muy melodiosas que sean nuestras voces (soy muy solidario conmigo en esto) eso no sirve de nada si lo que emana de ella no es el resultado de un corazón agradecido.

  1. Cantar para la gloria de Dios.

 En este punto quisiera centrarme en el canto comunitario del pueblo de Dios a la hora del culto, no por excluir a quienes se dedican a la producción e interpretación musical, sino simplemente porque éste se encuentra conectado con mis tareas en la iglesia. En el momento del culto es la iglesia la que canta, por ende, los equipos de adoración ayudan a dicha tarea dirigiendo. Esa dirección no es tomar el lugar de la congregación profesionalizando la expresión celebrativa del culto, sino una guía por medio de la enseñanza práctica del canto que se expresa con decencia y orden. A 500 años de la Reforma retomemos la fuerte convicción del canto congregacional como sello del culto protestante.

Por su parte, los cantos deben expresar lo que la Palabra de Dios dice. Los cantos son instrumentos que sirven a la Biblia en la producción y declaración de una teología sana. En dicha teología el conocimiento nunca está disociado de la emoción, pues como planteó el apóstol Pablo: Oraré en el espíritu y también oraré con palabras que entiendo. Cantaré en el espíritu y también cantaré con palabras que entiendo” (1ª Corintios 14:15, NTV). La disociación entre razón y emociones es propia de la modernidad humanista y secular. Somos seres integrales que no nos sacamos el cerebro a la hora de cultuar al Señor. Por esto, lo que se canta debe ser trabajado o estudiado, según el caso, a la luz de las Escrituras. Dietrich Bonhoeffer señaló en su Vida en comunidad que “El corazón canta porque está lleno de la presencia de Cristo. De ahí que, en la Iglesia, el canto sea un acto espiritual. Presupone sumisión a la palabra y a la comunidad, mucha humildad y una gran disciplina. Un cántico que no fuese cantado con el corazón no sería más que un himno horrible y confuso de autoalabanza humana. Cuando no se canta por Dios, se canta por uno mismo o por la música. Pero de esa forma el cántico nuevo degenera en un canto a los ídolos”[4]. Me gusta mucho el énfasis del pastor y teólogo alemán porque abre camino a una lectura confesional. Las confesiones de fe no sólo son declaraciones teológicas que se creen y afirman, sino que además, son marcos para la vida común: nos hacen estar de acuerdo, a lo menos, en una serie de puntos definidos. Los equipos de adoración no son independientes a la hora de definir lo que se canta en la congregación, debiendo fundamentar su elección en la Palabra de Dios, con la ayuda de la añosa sabiduría confesional. Se canta lo que se cree es un viejo principio que no debemos quitar en el afán de inventar la pólvora emergiendo a un devenir incierto.

Aquí surge una pregunta: ¿Hasta qué punto nuestro culto busca satisfacer nuestros gustos y emociones? Y ojo con esto, que con el boom de la teología reformada en América Latina hasta la “salmodia exclusiva” puede transformarse en objeto de consumo, pues el mercado da para todo. Debemos matar el espíritu de “culto para consumidores”. Ni la búsqueda de la creatividad, de lo inspirador, de lo motivacional y del constituirnos en sujetos agradables, reemplaza a la obediencia y a la fidelidad. El ejemplo de la salmodia exclusiva es valioso en este punto. Quiero dar mi opinión sin dogmatizar ni generalizar. Postulo que los salmos y otros textos bíblicos musicalizados ponen en nuestros labios con seguridad la Palabra de Dios. Pero eso no obsta, para que lo que cantemos en himnos y canciones, expresando lo que la Biblia dice, quede fuera del culto. Me juego, entonces, por una “salmodia preferente”. Ahora bien, frente a la problemática de cantar sólo salmos, yo me pregunto: ¿qué pasa si los salmos musicalizados suenan a rock, cueca o tonada, hip-hop y demás? ¿Los promotores de la salmodia exclusiva los aceptarían? ¿Hasta qué punto eso, en algunos casos, no es simplemente una práctica de consumo cúltico que busca resucitar expresiones del pasado como una moda?

Respecto del estilo musical empleado en el culto congregacional concuerdo con lo señalado por el pastor Ricardo Agreste que plantea que: “El estilo musical […] puede combinar diferentes elementos, mas siempre demostrando gran sensibilidad cultural con las personas a las cuales la comunidad es enviada. El factor más importante acá no es la preferencia de sus miembros, sino un estilo encarnacional que se desenvuelve a partir de la conciencia de una iglesia que adora misionalmente a Dios”[5]. Y aquí, nuevamente otras preguntas que invito a que te hagas: ¿Hasta qué punto nuestros cultos son una copia de la cultura anglosajona de ayer y hoy, o de las iglesias del Chile del siglo XIX, o de las iglesias madres o de las que colaboran en nuestro financiamiento? ¿Hasta qué punto son un viaje en una máquina del tiempo y el espacio, que produce bienestar sólo a los que han sido iniciados en un tipo de cultura? La sana teología, sin necesidad de transar con lo permanente, es siempre dialogante con la cultura y con los sujetos de hoy, creyentes o no.

Y aquí llegamos al punto central de la declaración, despejando las aristas que se nos presentan respecto del tema: El culto es para Dios, no para nosotros. Debe centrarse en Él, basarse en su Palabra, realizarse con pasión-fervor-y-excelencia. Dios es celoso, no comparte su gloria con nadie (Isaías 42:8). Cualquier obstáculo, por muy piadoso que parezca, si interfiere en la comunión con Dios, se transforma en un acto idolátrico. Dicho esto, es evidente que la adoración gozosa trae resultados consigo para el pueblo de Dios. El tema es que dichos resultados no son la finalidad, sino que existen por la adoración al trino Dios, y debemos alegrarnos por ello. En la adoración somos confrontados, transformados y liberados por quien tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas. Y ese acto redentivo trae felicidad a la comunidad fraterna en Jesús. Por eso, “¿Alguno está feliz? Que cante alabanzas” (Santiago 5:13, NTV).


[1] Esposo de Mónica, papá de Miguel y Sophía. Plantador de la Iglesia Refugio de Gracia (Maipú, Chile). Licenciado en Historia.

[2] Packer, James I. Teología Concisa. Una guía a las creencias del cristianismo histórico. Miami, Editorial Unilit, 1998, p. xi.

[3] John Piper. ¡Alégrense las naciones! La supremacía de Dios en las misiones. Barcelona, Editorial CLIE, 2007, p. 27.

[4] Dietrich Bonhoeffer. Vida en comunidad. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2014, pp. 58, 59.

[5] Ricardo Agreste. Igreja? Tô fora! São Paulo, Z3 Editora, 2015, p. 122. La traducción es mía.

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Presbiterianismo en Chile, 1903-1964.

El sábado 1 de abril de 2017 compartí una exposición sobre la historia del presbiterianismo chileno en la primera parte del siglo XX, esto en el marco de un ciclo de conferencias que se realiza durante este año en la 1ª Iglesia Presbiteriana de Santiago, en preparación de las celebraciones del 150º Aniversario de la Iglesia Presbiteriana de Chile el próximo año.

Comparto el vídeo y las dispositivas, la que usted puede descargar haciendo clic aquí.

En la imagen, las fechas de las siguientes exposiciones:

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La liturgia en la plantación y la revitalización de iglesias.

El 24 de septiembre de 2016, en la 1ª Iglesia Presbiteriana de Santiago, se llevó a cabo el Encuentro Presbiterial Planta! 2016. En él se abordó el tema del culto en el contexto de la plantación y la revitalización de iglesias.

 En dicha instancia me correspondió realizar el taller de liturgia. Les comparto el vídeo y las diapositivas de la presentación, esperando que sean útiles en la reflexión de este tema.

 Puede descargar las diapositivas haciendo clic aquí.

Cosmovisión cristiana y posmodernidad.

Entre los días 20 al 24 de enero de 2016, se realizó el “Retiro Metanoia” de los Jóvenes del Presbiterio Centro de la Iglesia Presbiteriana de Chile. Allí, tuve la oportunidad de compartir el tema “Posmodernidad y Cosmovisión Cristiana”.

 Comparto este vídeo como un recurso más para la comprensión de la época en la que vivimos y los desafíos que ésta nos propone como cristianos.