Doce tesis sobre la gracia común y la verdad en los no creyentes.

Abraham Kuyper (1837-1920) aan het werk. Ongedateerd.;

Luis Pino Moyano[1].

 A propósito del marco de la celebración memoriosa de los quinientos años de la aparición pública de las 95 Tesis de Martín Lutero, quisiera recuperar algo de dicho género. En mi labor como profesor de historia de secundarios, cuando me correspondía hablar de dicho documento, lo comparaba con los tweets, aunque varios excedían el espacio de los 140 caracteres. Son declaraciones breves, que tienen la finalidad de reaccionar frente a otras ideas y, además, de proponer las propias, buscando abrir la discusión. Dicha discusión, se hacía en los márgenes de un método surgido en el Medioevo llamado disputatio. Entonces, la idea era leer la tesis y abrir el diálogo-discusión. Por ende, cuando hablo de tesis en este texto, lo ocupo en dicho sentido, el de una propuesta y opinión respecto de un tema, sentido refrendado por la Real Academia Española en la primera y segunda acepción de la palabra. Lo hago, fundamentalmente, porque creo que uno de los legados importantes que debemos rescatar de la Reforma Protestante es la capacidad de discutir y de proponer, entendiendo que la fe cristiana es activa en relación a la capacidad de pensar. Capacidad que no es otra cosa que un don de Dios. Sin más preámbulos, pasemos a las tesis:

  1. La gracia común es un concepto eje por el carácter de transversalidad que puede alcanzar en la teología sistemática de cuño reformado. Nos da cuenta de una doctrina que apunta a la creación efectuada por Dios, a la imagen de Dios en el ser humano, a los efectos del pecado en la naturaleza, a la redención conseguida en Cristo, a la comprensión de la gracia y la soteriología, a la obra del Espíritu Santo (¡fuera de la iglesia!), a la misión de Dios a través de la comunidad de creyentes y, de una u otra manera, al avance y consumación del Reino de Dios en la era presente y la porvenir. El concepto atraviesa y liga una trama argumentativa en el discurso teológico.
  1. Sin lugar a dudas, el concepto gracia común es caro y relevante para la teología reformacional, sobre todo, en la propuesta inicial, de la mano de Abraham Kuyper. Y si bien es cierto, esta conceptualización no goza de la aprobación de todos los sectores de la teología reformada[2] (lo que viene a ser una muestra más de la amplitud y polifonía de dicha corriente protestante), es mi impresión que la propuesta kuyperiana es consistente tanto con la obra de Calvino, como con el grueso de la propuesta reformada.
  1. El concepto de gracia común no puede disociarse de una cosmovisión cristiano-bíblica. El cristianismo es religión, expresión de fe, un discipulado, una caminata comunitaria y, también, una mirada omniabarcante de la realidad. Todo lo que acontece en la historia trazada de principio a fin por el Dios vivo y real, lo que sucede a nuestro alrededor, lo que nosotros hacemos incluso en nuestra intimidad, puede ser conocido y comprendido por medio del cristianismo. El cristianismo, como “verdad total”, nos permite ver el sentido de la historia y dar significado a la realidad. En dicha afirmación hay dos cuestiones claves, que deben ser aterrizadas del dogma a la vida: Cristo es el Señor y la Escritura es nuestra única y suficiente regla de fe y de práctica. No somos discípulos sólo de un “maestro bueno”, sino del Señor, cuya Palabra vivificadora es normativa. Es decir, el lente con el que miramos la realidad completa es la Escritura. En otras palabras, a partir de ella, es que podemos evaluar todo tipo de conocimiento y la susceptibilidad de asirlo como propio, ya sea a partir de sus declaraciones y mandatos, y a la vez, de sus principios permanentes[3].
  1. Calvino no ocupó el concepto “gracia común”, pero dicho eje doctrinal queda esbozado en su obra magna, la Institución de la Religión Cristiana. El teólogo de Ginebra plantea respecto al gobierno y sistema político humanos, “que no existe nadie que no esté dotado de la luz de la razón”[4], y que, además, en el ámbito del pensamiento, “existe cierto conocimiento general del entendimiento y de la razón, naturalmente impreso en todos los hombres; conocimiento tan universal, que cada uno en particular debe reconocerlo como una gracia peculiar de Dios”[5]. Esta gracia peculiar de Dios, en el sentido de que es distinta a la salvífica, es resultado de “una gran liberalidad de Dios”, toda vez que si “Él no nos hubiera preservado, la caída de Adán hubiera destruido todo cuanto nos había sido dado”[6]. Pero Calvino va más allá, y deja el camino trazado para algunos de sus futuros herederos, motejados de “neocalvinistas”, aludiendo que el Espíritu Santo es quien aplica esa gracia peculiar de la que habla. Cito in extenso: “Por lo tanto, cuando al leer los escritores paganos veamos en ellos esta admirable luz de la verdad que resplandece en sus escritos, ello nos debe servir como testimonio de que el entendimiento humano, por más que haya caído y degenerado de su integridad y perfección, sin embargo no deja de estar aún adornado y enriquecido con excelentes dones de Dios. Si reconocemos al Espíritu de Dios por única fuente y manantial de la verdad, no desecharemos ni menospreciaremos la verdad donde quiera que la halláremos; a no ser que queramos hacer una injuria al Espíritu de Dios, porque los dones del Espíritu no pueden ser menospreciados sin que Él mismo sea menospreciado y rebajado. […] Dios no cesa de llenar, vivificar y mover con la virtud de ese mismo Espíritu a todas sus criaturas; y ello conforme a la naturaleza que a cada una de ellas le dio al crearlas. Si, pues, Dios ha querido que los infieles nos sirviesen para entender la física, la dialéctica, las matemáticas y otras ciencias, sirvámonos de ellos en esto, temiendo que nuestra negligencia sea castigada si despreciamos los dones de Dios doquiera nos fueren ofrecidos”[7]. Es extemporáneo y contrafactual decir que Juan Calvino creía en la gracia común, pues no existía dicha nominación, pero eso no obsta para decir que su producción teológica es basal en dicha elaboración conceptual y, por ende, que lo planteado por Kuyper y los demás reformacionales después de él, es elaborar una propuesta que interpreta y amplía lo relevado-y-producido en el siglo XVI.
  1. Hasta el momento hemos usado el concepto gracia común sin definirlo. La gracia común es el acto por el cual Dios, que guía y preserva la historia de manera providente, que trabaja de manera activa y constante en su creación y en el tiempo, actúa en la especie humana, en cada sujeto, deteniendo los efectos del pecado, llevándolo con ello a producir bienes individuales y colectivos. La gracia común hace que el ser humano no sea tan malvado como podría serlo y, aún más, que inclusive sin ser un creyente como nosotros, pueda comunicar verdad y belleza, que nosotros debemos admirar y retener como fruto del trabajo que Dios hace en el ser humano. Kuyper dirá que: “Si todo lo que es, existe para la gloria de Dios, entonces se sigue que toda la creación tiene que glorificar a Dios”[8]. Esto es interesantísimo, porque el Coram Deo (esta idea de estar siempre delante de la faz de Dios), tiene su correlato con la gracia común, puesto que toda la humanidad está delante de dicha faz. Y el resultado de ello, es que Dios con dicha gracia manifiesta al mundo en los resultados señalados, termina siendo glorificado por todas sus criaturas, busquen o no hacerlo. Todo lo que respira termina alabando al Señor.
  1. La gracia común produce efectos diferentes que la gracia especial, pero eso no quiere decir que existan dos tipos diferentes de gracia. La gracia de Dios es multiforme, inalcanzable en su totalidad por nuestra mente finita. Por ende, la gracia común es una manifestación de la gracia a secas. Es Dios mostrando su amor, amor que tiene por todo lo que Él ha hecho, puesto que todo lo que Él hace lo hace bien. Y si bien es cierto, la gracia común no es salvífica, tampoco es merecida. No merecemos este amor que nos rescata de todas las consecuencias de la caída, permitiéndonos vivir mejor de lo que podríamos experimentar con el pecado en rienda suelta. Dios es bueno, con sus hijos, y también lo es con los pecadores irredentos. Todos sus dones son perfectos. El error de los no creyentes radica en que viendo estas cosas, no glorifican a Dios. Es el punto de Martyn Lloyd-Jones cuando muestra que: “En realidad lo erróneo de la cultura no es ella misma, es más bien que las personas dirigen su alabanza y adoración a los hombres que han creado las obras en lugar del Dios que los ha capacitado para hacerlas. Pero si consideramos estas cosas bajo el encabezamiento de la gracia común, veremos que todas glorifican a Dios porque Él dispensa estos dones generales a la Humanidad por medio del Espíritu Santo”[9].
  1. Todo lo anterior nos encamina a la necesidad de la interdisciplinariedad a la hora de la reflexión teológica. Al teólogo no le debe bastar la formación doctrinal y bíblica, sino que actúa sabia y prudentemente cuando conoce y aprehende de las otras áreas de saber, de sus teorías, métodos, descubrimientos y productos, lo que resultará en una ampliación focal de los fenómenos que piensa. Si la fe cristiana se expresa y comunica en el mundo, y el sujeto está rodeado de otros seres humanos, se debe hacer todo lo posible por comprender dicho mundo y a los otros que viven en él. Aunque posterior, resulta útil acá el concepto de Michel Foucault de “caja de herramientas”, puesto que dicho ejercicio no se trata de adopción acrítica de fuentes de saber y de metodologías de trabajo, sino de conocimiento y práctica mediatizados por la comprensión omniabarcante del cristianismo en su vertiente calvinista y reformacional.
  1. Debemos tener sumamente claro el objetivo de nuestra lucha, a saber, mortificar el pecado y sus consecuencias y no la gracia común y sus frutos. En una de sus conferencias, Kuyper planteará que: “En la medida en que el humanista se esforzó por sustituir lo eterno por la vida en esta tierra, cada calvinista se opuso al humanista. Pero en la medida en que el humanista contendía clamando por un reconocimiento correcto de la vida secular, el calvinista era su aliado”[10]. Esto es un batatazo a las lógicas anabaptistas de corte contraculturalista, como también lo es para quienes sacramentalizan nuestra dogmática pensando que el trino Dios actúa sólo en los creyentes. Como diría Berkhof: “Todo lo que el hombre natural recibe y que no es maldición y muerte, es el resultado indirecto de la obra de Cristo”[11]. En ese sentido, la gracia común no sólo es obra de Dios, sino además, marco hermenéutico para analizar cada producción humana.
  1. Cada vez que analizamos la producción humana de diverso cuño, debemos tener en cuenta la antítesis. Puede notarse en la obra Dooyeweerd, que existe una oposición entre los principios del Reino de Dios y los del sistema humano dañado por la caída. Dicha tensión espiritual atraviesa también los distintos constructos filosóficos humanos y, por supuesto, “alcanza también el corazón de cada creyente en su lucha para vivir una vida de compromiso integral con Dios”[12]. Esto nos lleva a decir que, cada vez que un no creyente dice la verdad, ésta es resultado de la gracia común. En otras palabras, la verdad no deja de serlo a causa de sus emisores, ni todo lo que dice un emisor se condice con nuestra fe porque en una ocasión éste dijese una verdad. Esto es lo que Dooyeweerd conceptualizó como “momentos de verdad”, puesto que sólo se muestra un aspecto de la realidad y, en ese sentido, cualquier absolutización de dicho constructo teórico es parte del “espíritu de engaño” que promueve medias verdades[13]. La única fuente segura de conocimiento es la Palabra de Dios y no existe posibilidad de consistencia teórica y práctica sin una fundada cosmovisión bíblica. Y este asunto no es sólo cuestión teológica o filosófica, en el sentido de disciplinas académicas, sino necesariamente espiritual, pues para creer (que al decir de Stott, es también pensar), es fundamental ser primero abrazado por el Padre, salvado por su gracia como resultado del amor eterno que tuvo como clímax la cruz de Jesucristo.
  1. Despojándonos de miedos, de pretensiones escapistas del mundo, del terrible veneno del dualismo y de las actitudes reaccionarias, podemos recurrir a la obra de otros seres humanos, que sin ser creyentes producen conocimiento que podemos asumir o, en su defecto, redimir desde un punto cosmovisional. Además, para rechazar una producción de saber, debemos primero hacer el ejercicio de leer e interpretar a la luz de la Palabra de Dios lo dicho por un determinado autor y estar seguros en que lo que se dice contraviene de manera abierta el pensamiento cristiano. Allí debemos diferenciar entre marco cosmovisional, propuesta total de un autor y expresiones particulares que podrían ser “momentos de verdad”. Este trabajo no puede hacerse sólo a partir de la lectura de comentarios, ni mucho menos a partir de panfletos (hoy en forma de memes divulgados en las redes sociales, sin fuente identificable), sino a partir de la lectura directa de un autor. Evidentemente, hay riesgos, en los que pueden producirse miradas eclécticas. Pero la solución no es la prohibición que genera un “Index librorum prohibitorum” al estilo inquisitorio, sino educar(nos) en el conocimiento del Dios santo y su Palabra. El cristiano es un sujeto activo frente a su realidad por la fuerza del Espíritu que le llena de poder para ser testigo de Jesús.
  1. Coincidir en puntos focales a la hora de hacer análisis, como también en argumentos y conclusiones con autores no creyentes, no significa, necesariamente, adherir a la totalidad de la propuesta teórica y práctica de un autor. Presuponer eso, es pensar que la ignorancia siempre es una cuestión de los otros y nunca mía, por ende, es prepotencia epistemológica. Podemos leer y citar a no creyentes sin adherir a su trama cosmovisional. En este punto es pertinente traer a colación la precisión conceptual de Francis Schaeffer cuando planteó que: “los cristianos han de darse cuenta de la diferencia que existe entre un cobeligerante y un aliado. A veces parecerá que estamos diciendo lo mismo que la Nueva Izquierda o que la élite de la Institución. Si hay injusticia social diremos que hay injusticia social. Si necesitamos orden, diremos que necesitamos orden. En estos casos específicos seríamos cobeligerantes, pero el serlo no nos hará alistarnos en ninguno de los campos citados porque no seremos aliados de ninguno de ellos. La Iglesia de Cristo Jesús, el Señor, es totalmente distinta de uno y otro, por completo” [14]. Cobeligerante, no es lo mismo que aliado, de la misma manera que contextualización no es lo mismo que adaptación. Lo que hace relevante al cristianismo es precisamente su diferencia, es decir, su experiencia salvífica y su mensaje a proclamar. Y si el mensaje proclamado y la experiencia vital encuentran relación con expresiones de otros sujetos, aunque no sean creyentes, es primordial para la ejecución de la tarea misional de la iglesia construir puentes y lazos. Defender la justicia social no nos hace marxistas, como luchar contra el aborto no nos hace integristas de derecha. Todo lo que contribuya a la extensión del Reino de Dios que es justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo es parte de la tarea de la iglesia, ¡de nuestra tarea! Y en dicha tarea puede haber coincidencia o martirio, pero eso no es lo importante. Lo importante es la coherencia y la consistencia de nuestra vida y mensaje con el evangelio de Cristo.
  1. Puede que veamos a hermanos nuestros en sus carreras y aprendizajes hacer lecturas de autores que, sabemos, en su propuesta global no se condicen con nuestra cosmovisión cristiana. Recordando que Pablo citó en Atenas a Epiménides de Cnosos y a Arato de Solos, sin dejar de ser ortodoxo en su fe, y sin que dichas referencias dejaran de ser parte del registro canónico, ¿cuál debiese ser nuestra actitud? Propongo las siguientes alternativas: a) Actuar de buena fe. ¿Qué razones tengo para pensar mal de un hermano? ¿Lo conozco tanto como para presuponer que está errando en el camino, adaptándose a pensamientos foráneos a la fe, o cayendo en análisis conspirativos, pensar que está operando en la comunidad con la finalidad de infiltrar su pensamiento en ella? Si no conozco, no juzgo acciones ni motivaciones. Esa debiese ser la premisa; b) Si tengo dudas, acercarme y conversar. ¡No existe ninguna razón válida para dejar de lado el diálogo entre creyentes! Especialmente, cuando éste clarifica nuestras dudas y nos permite ver la fuerza cosmovisional en el relato del otro, y así, ser beneficiados por un aprendizaje nuevo gracias a la perspectiva que enriquece, por su diferencia, nuestros análisis. O, en su defecto, ver las deficiencias, las grietas peligrosas en el pensamiento del otro, y ayudar con el amor y la verdad que no se disocian, a salir de una ruta que lleva a un barranco intelectual. Y en ese caso, no vale la satanización ni mucho menos la instalación del mote de ignorante en el otro. Lo que se debe hacer en ese caso es exponer al sujeto a la predicación del evangelio y a la experiencia acogedora del amor fraternal; c) Analizar de dónde proviene mi prejuicio (en el sentido etimológico de la expresión). Y allí la pregunta es fácil pero puede llevarnos a una problemática profunda: ¿mi lucha por la verdad proviene de lo revelado en la Palabra de Dios o en la ideología que he tomado prestada de otras influencias? Si la respuesta es la primera, actúo según lo dicho en el punto “b”. Si es la segunda, debo arrepentirme y pedir perdón al Dios vivo y verdadero. Porque si algo se interpone entre tú y un hermano, salvado por el sacrificio de Cristo al igual que tú, eso no es otra cosa que un ídolo que busca destruir lo que el conquistó con su sangre. Tal vez, encontrarse con el pensamiento de otro sea la oportunidad que Dios trazó de manera providente para que te encontraras con los ídolos que construyes a tu imagen y semejanza. Dios es muy bueno cuando nos libra de la idolatría. Dios es muy amoroso cuando derriba las tiranías del pensamiento que gobiernan nuestro corazón. Eso también es una expresión de la multiforme gracia de Dios. Puedo dar fe de eso. Dios poderosamente lo hizo en mí.

 


[1] Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

[2] Véase sobre esta discusión: Louis Berkhof. Teología Sistemática. Grand Rapids, Libros Desafío, 1999, pp. 514-532; y Anthony Hoekema. Creados a imagen de Dios. Grand Rapids, Libros Desafío, 2005, pp. 243-262.

[3] Para quienes quieran introducirse en el estudio cosmovisional cristiano, recomiendo las siguientes lecturas: Francis Schaeffer. Huyendo de la razón. Barcelona, Ediciones Evangélicas Europeas, 1969; Herman Dooyeweerd. Las raíces de la cultura occidental. Las opciones pagana, secular y cristiana. Barcelona, Editorial CLIE, 1998; James Sire. El universo de al lado. Grand Rapids, Libros Desafío, 2005; Darrow Miller et al. La cosmovisión del Reino de Dios. Tyler, Ediciones JUCUM, 2011; John Piper. Piense. La vida intelectual y el amor de Dios. Illinois, Tyndale House Foundation, 2011; Theo Donner. Posmodernidad y fe. Una cosmovisión cristiana para un mundo fragmentado. Barcelona, Editorial CLIE, 2012; Albert Wolters y Michael Goheen. La creación recuperada. Bases bíblicas para una cosmovisión reformacional. Medellín y Sioux Center, Poiema Publicaciones y Dordt College Press, 2013; Timothy Keller. La razón de Dios. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2014; Nancy Pearcey. Verdad total. Tyler, Ediciones JUCUM, 2014; y Michael Goheen y Craig Bartholomew. Introduçao à cosmovisão cristã. São Paulo, Edições Vida Nova, 2016.

[4] Juan Calvino. Institución de la Religión Cristiana. Libro II, Capítulo 1, Nº 13. Rijswik, Fundación Editorial de Literatura Reformada, 2006, p. 185.

[5] Ibídem, Libro II, Capítulo 1, Nº 14, p. 185.

[6] Ibídem, Libro II, Capítulo 1, Nº 17, p. 187.

[7] Ibídem, Libro II, Capítulo 1, Nº 15 y Nº16, pp. 185, 186.

[8] Abraham Kuyper. Conferencias sobre el calvinismo. Una cosmovisión bíblica. San José, Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas, 2010, p. 65. Corresponde a la Conferencia “El calvinismo y la religión”.

[9] Martyn Lloyd-Jones. Dios el Espíritu Santo. Ciudad Real, Editorial Peregrino, 2001, p. 39. Es recomendable ver todo el capítulo titulado “Creación y gracia común”, pp. 34-43

[10] Kuyper. Op. Cit., p. 150. Corresponde a la conferencia “Calvinismo y la ciencia”.

[11] Berkhof. Op. Cit., p. 522.

[12] Este marco definitorio sigue el glosario dooyeweerdiano realizado por Albert Wolters, traducido y ampliado por Guilherme de Carvalho en: Herman Dooyeweerd. Estado e soberania. Ensaios sobre cristianismo e política. São Paulo, Edições Vida Nova, 2014, p. 131. El lector debe tener en cuenta que la referencia es tanto implícita como explícita.

[13] Dooyeweerd. Las raíces… Op. Cit., pp. 43, 72, 91.

[14] Francis Schaeffer. La Iglesia al final del siglo XX. Barcelona, Ediciones Evangélicas Españolas, 1973, p. 50.

MOVILH, verdad y conservadurismo.

Bandera Gay

Hace una semana atrás, Alexander Núñez, participante de un programa televisivo para el espectro juvenil hace unos años atrás, hizo algunas declaraciones en el farandulero “Primer Plano” que causaron cierta polémica. Entre las cosas que señaló, me permito citar éstas: “No estoy de acuerdo con el matrimonio homosexual (…). No creo en el amor entre un hombre y un hombre. Yo, que fui homosexual, nunca sentí amor por un hombre”; “Necesitaba que Dios quitara esa pena que había en mi corazón. Uno va por algo y el Señor te entrega mucho más”. Lo que Núñez estaba haciendo en dicho relato era nominar su experiencia en clave de redención. Su experiencia es dotada de coherencia por dicho prisma, lugar de producción, ideología, cosmovisión o como quiera llamársele. No hizo nada ajeno al acto comunicativo, pues cada vez que hablamos lo hacemos desde un lugar. Y es lógico que ante la divergencia de lugares, y luego de opiniones y argumentos, exista reacción. Lo que se esperaría en el debate público es que siempre se comience por la presuposición de inteligibilidad al relato del Otro.

 Llama la atención entonces, la reacción que ha tenido el MOVILH, que sirvió de sustento al periodismo que registró la noticia en la web, mediante su declaración titulada “Consideraciones sobre testimonios de supuestos ‘ex homosexuales’”. Allí no se duda en llamar a las palabras de Núñez como “declaraciones homofóbicas”, “peligrosas e intolerables”. Lo que hace esta nominación del relato de Núñez es impedir el debate, defenestrando al interlocutor. Se anula al otro con un juicio de valor. De hecho, lo que me motivó a escribir estas líneas son particularmente los puntos 1 y 4 de la declaración. Cito textualmente: “1.- La ‘orientación sexual’; sea lésbica, gay, bisexual o heterosexual; no es una elección, ni una decisión, es una realidad natural. Ni la cultura, ni un decreto, ni una ley, ni una religión podrán jamás modificar una ‘orientación sexual’ […] 4.- Toda influencia o intento por modificar la ‘orientación sexual’ de las personas constituye un abuso, una violación a los derechos humanos, que merece el máximo repudio social y estatal, en cuanto sólo genera efectos nocivos, asimilables en el corto o largo plazo a la tortura” (el destacado es del original).

 No deja de ser interesante la pulsión por la verdad que tiene la declaración. Ella es taxativa y axiomática, al nivel de apelar a una “realidad natural”. De hecho, más adelante se apela a “estudios exclusivamente científicos” (punto 5), que darían crédito a sus postulados. Dicho asunto releva la fuerza que tiene todavía la mirada naturalista y positivista de la ciencia en nuestro país, en la idea de un constructo libre de ideologías, que siempre dice la verdad. Esa ciencia aséptica es entronizada en el altar secular del viejo iluminismo en pos de leyes universales. Es la sustitución de la religión trascendental por la religión secular, que necesita de tanta fe como la otra. Y de hecho, es una fe exclusivista y excluyente tanto como el enemigo al que se critica. Se está con esta verdad, o se debe, recibir el “máximo repudio”. Parece que se desconocen las atrocidades que se han ejecutado a lo largo de la historia en pos de la ciencia y su verdad normativa, constructora de leyes naturales inviolables e inexorables, entre las cuales está la tortura a la que se compara con los intentos de modificación de la “orientación sexual” (a modo de paréntesis: sería relevante que quienes criticaron a los actores “pro-vida” que compararon el aborto con los asesinatos y desapariciones acaecidas en el contexto de la dictadura cívico-militar chilena digan algo acerca de éste símil, que resulta tan ofensivo como el anterior).

 Pero lo más (pre)potente de la declaración es su conservadurismo. Sí, conservadurismo, con todas sus letras. De hecho, cuando se apela a una realidad natural se presupone lo que más adelante se declara: algo que jamás se podrá modificar. He ahí la base de la contradicción del lenguaje de derechos que naturaliza la conquista política, perpetuándola en su normatividad universal. Y es ahí donde el MOVILH hace recaer su discurso conservador. Es un discurso conservador porque niega la posibilidad de cambio (tanto como los grupos religiosos fundamentalistas que niegan la posibilidad de que un homosexual cambie). Es un discurso conservador porque apela a constituir una realidad histórica, por ende dinámica, como una realidad natural, constituyendo axiomas inviolables. Es un discurso conservador porque busca la punición del pensamiento divergente. Es un discurso conservador porque responde al constructo de una élite dentro del diverso mundo homosexual. Es un discurso conservador, inclusive en la crítica que hace de su oponente, presuponiendo que todo aquél que discute con dicha producción elitaria dota a la homosexualidad un estatuto de “enfermedad”, lo cual carece de correlato empírico (es como criticar “la ideología de género” presuponiendo la homogeneidad de la producción que releva dicho debate). Y es, inclusive, un discurso conservador dentro de las múltiples ideas de género existentes en el mundo y en la historia. No está demás decir que Simone de Beauvoir, Michel Foucault, Judith Butler, Beatriz Preciado, entre otros exponentes no estarían de acuerdo en la naturalización del género, sino que desde sus matices darán cuenta de una opción que se construye y que es afectada por los mandatos culturales (nadie acusaría de homofóbicos a estos exponentes). Por ello, no resulta menor dar cuenta que esta institución elitaria dentro del mundo homosexual tenga dentro de su proyecto histórico la búsqueda del matrimonio igualitario, siendo esta institución una de las perpetuadoras del constructo patriarcal, en la lógica de diversos estudios de género.

 Lo que más hace falta en este debate es la honestidad. El problema en cuestión no es la homofobia (¿literalmente “miedo al igual”?). El problema concreto para el MOVILH consiste en si se le debe dar cabida al discurso religioso en el espacio público. Y es un problema de marca mayor, puesto que su propuesta discursiva se presenta como el de una minoría victimizada, cuando en realidad su producto tiene acceso hegemónico a medios y se presenta como verdad incuestionable. En ese sentido, el MOVILH, en tanto grupo elitario, es una minoría, pero poderosa, pues tiene la capacidad cultural de instalar conceptos como sentido común. Sus ideas dominan. Y como lo dijeran Marx y Engels en “La ideología alemana”, “las ideas de clase dominante son las ideas dominantes de una determinada época”. Lo que es suficiente razón para que sus ideas no dejen de ser sometidas a la crítica.

Luis Pino Moyano.

¿Existe una “ortodoxia muerta”?

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Vengo masticando esta pregunta desde el culto de clausura del año académico del Seminario Teológico Presbiteriano, en diciembre pasado, cuando el pastor Oswaldo Fernández, refiriendo a consejos de Pablo a Timoteo mostró dos características de la doctrina: que es sana y es buena. Insisto en esto: no es que la sana doctrina pueda no ser buena, y viceversa, sino que son características indivorciables de una misma doctrina, que emana y se sustenta en la Palabra de Dios. Después de la escucha de ese sermón, no he dejado de darle vueltas a dicha proposición. La doctrina sólidamente correcta debe estar siempre acompañada de su fruto, léase, una vida conforme a la ética bíblica, es decir, sujetos marcados por la santidad producida por el Espíritu, por el cual presentamos sacrificios que agradan a Dios (véase Romanos 12:1,2 y Hebreos 13:15,16[1]).

 Es lo anteriormente dicho que origina la pregunta por la existencia de una ortodoxia muerta. He leído varios posts de amigos que refieren a aquello. Lo he escuchado y leído en libros de los más eminentes autores. Lo he pensado por años respecto del riesgo de disociar estudios teológicos y espiritualidad, aferrándome a una idea de características separadas que vienen a complementarse. No basta con teología buena, sino hay que desarrollar una fértil espiritualidad. Y, bueno, al revés también. La ausencia de complemento llevaría al error, al camino de la insolencia y la temeridad. Y, en verdad, me arrepiento de esa mirada que no hace justicia a la doctrina que nace de la Palabra viva y verdadera.

 Estoy peleando duramente con la idea que dice que existe una ortodoxia muerta. ¡No existe ortodoxia muerta! Si hay conocimiento bíblico, si hay sana doctrina, ese sano conocimiento doctrinal nos conducirá por la senda de la justicia, y no por el pecado. Y si incursionamos en el pecado, esa sana doctrina, porque es buena, nos llevará al arrepentimiento, y no a la justificación ni al encubrimiento de nuestro pecado, ni mucho menos a la tibieza vomitiva del “-perdón, pero…” que relativiza la ofensa.

 La ortodoxia no es sólo un acto teórico que se ve reflejado por la pronunciación de ciertos enunciados teológicos y confesionales, sino además, un acto de espiritualidad adoradora del Dios de la vida. No puede ser ortodoxia aquello que declara con su boca que “la Biblia es la única y suficiente regla de fe y práctica”, si dicho principio no se aterriza a la vida, haciendo que la normatividad de la Palabra sea sólo un acto fingido de labios hacia fuera, pues ella no gobierna nuestros pensamientos y acciones. Y lo que es peor, si se afirma que la Palabra es inspirada por Dios, esa doctrina, que no puede ser ortodoxia, no reconoce a Dios en su soberanía. Si gobernamos nuestras vidas, Dios es relegado de nuestro ser, no es reconocido Rey y Señor.

 Como señalaría Calvino: “porque la ‘doctrina’ no será consistente con ‘la piedad’, si no nos instruye en el temor y reverencia a Dios, si no edifica nuestra fe, si no nos entrena en la paciencia, la humildad y en todos los deberes de ese amor que debemos a nuestros prójimos. Por consiguiente, cualquiera que no se esfuerce por enseñar provechosamente, no enseña como debería enseñar; y no sólo eso, sino que la doctrina no es piadosa, ni sana, no importa cual sea su brillantez u ostentación, si no tiene como fin el provecho de los oyentes”[2].

 Dios nos ayude a encaminarnos por la verdadera ortodoxia: por la doctrina sana y buena.

Luis Pino Moyano.


[1] “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Romanos 12:1,2);
“Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre. Y de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios” (Hebreos 13:15-16).

[2] Juan Calvino. Comentario a las Epístolas Pastorales. Grand Rapids, Libros Desafío, 2005, p. 181. Calvino está comentando acá 1ª Timoteo 6:3.

Incendios, coherencia y trabajo por hacer.

santa-olga

Gente querida: no se haga parte del juego ensimismado y desinformador de las redes sociales. No asuma la posición cómoda de lanzar frases para la “barra pop”, para quedar súper bien con los demás por su rigurosa certeza, cuando lo que aquí está en juego es el dolor de personas de carne y hueso, con sangre en las venas y con profundas emociones reunidas, sumado a la pérdida material que a varios les ha llevado a quedar sin nada.

 Este no es el momento para lanzar palos a uno y a otro, más allá de si su color político es demasiado diferente al mío. Este no es el momento para elaborar teorías conspirativas sin ningún argumento más que una fértil imaginación acompañada de una alta dosis de ociosidad. Este no es el momento de buscar rédito político que potencie una futura posible elección en un cargo público. Además, ninguno de nosotros es órgano persecutor. Las policías y el ministerio público hacen ese trabajo. Mientras no hayan evidencias no podemos acusar a nadie. Se ha comprobado la intencionalidad, pero no quién llevó a cabo los hechos. ¿Seguiremos acusando a mapuches o dueños de las forestales sin argumentos ciertos y seguros?

 Este es el momento de colaborar con la gente que perdió todo o parte de lo que tenían. Este es el momento de consolar y animar a quienes perdieron a seres queridos. Este es el momento para colaborar con mercadería, ropa, artículos de aseo, servicios, música y alegría (la gente también necesita eso). Este es el momento para defender a los bomberos de este país, jugados y voluntarios (no todas las relaciones son de consumo, por ende, las relaciones pactales no siempre requieren de un pago monetario. ¡Eliminemos esa perversión de nuestra mente!), ayudarles con comida rica que les ayude a recomponer fuerzas. Este es el momento para que aquellos que más tienen puedan contribuir a la sociedad de una vez por todas entendiendo que la misericordia no puede disociarse de la justicia. Este es el momento de que todos aportemos de lo que tenemos, porque la avaricia es una idolatría desgarradora. No por causa de la maldad debe acabarse nuestro amor.

 Lo que he dicho puede ser transversal a todos quienes lean estas palabras. Pero quisiera cerrar con un mensaje para mis amigos cristianos. Seamos prudentes con el uso de las redes sociales, no estemos difundiendo cualquier cosa, pensemos en el daño que podemos ocasionar a otros por nuestra falta de empatía. Oremos mucho por nuestro país, por la gente que sufre y por quienes están “en eminencia”: ¡del bienestar de la ciudad depende nuestro propio bienestar! Estemos atentos a todas las iniciativas que puedan surgir desde nuestras iglesias, desde organizaciones de creyentes y no creyentes en las que podamos hacer concreto eso que decimos y confesamos en las palabras de Jesús: “hay más dicha en dar que en recibir”.

 Un abrazo fraterno, Luis.

(Escrito en Facebook el 26 de enero de 2017).

Dios nos reforma para buscar la santidad.

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Los días 20 al 23 de enero de 2017, se realizó en la Granja Presbiteriana en El Tabo, el Retiro del Departamento de Jóvenes del Presbiterio Centro de la Iglesia Presbiteriana de Chile. Durante esos días estuvimos analizando el texto de Colosenses 1:13-23 bajo la siguiente parcelación:

vv. 13,14: Dios nos reforma por la obra consumada de Cristo.

vv. 15-17: Dios reforma nuestra visión del mundo y de la vida (¡Cristo es Señor sobre todo!).

vv. 18-20: Dios nos reforma haciéndonos parte de la iglesia (no hay cristianismo sin comunidad).

vv. 21,22. Dios nos reforma para buscar la santidad.

v. 23. Dios nos reforma para que anunciemos el evangelio.

En síntesis, vemos el señorío de Cristo en la creación y en la iglesia. Una de sus manifestaciones es el poder reformador de Dios. A mí me correspondió hablar de los versículos 21 y 22 en la predicación de la mañana del domingo en la Iglesia Mar de Gracia. Allí relevamos el hecho de que Cristo ha reconciliado a los suyos con Dios (el verbo en pasado no es casual: esa obra ya ha sido aplicada). Por ende, al ser reconciliados, debemos vivir de acuerdo a esa renovación total de nuestra vida. Un reconciliado no vive inmerso en el pecado, vive como hijo adoptado por pura gracia por el Dios vivo y real. La propuesta del sermón fue ver lo que nosotros hacíamos, lo que Cristo hizo por nosotros y lo que nosotros tenemos que hacer.

A quienes estén interesados en este tema, les comparto el diaporama de dicha ocasión, el cual pueden descargar haciendo clic aquí.

Culto del domingo 22 de enero de 2017, en la Iglesia Mar de Gracia.

Jóvenes asistentes al Retiro Metanoia 2

Jóvenes asistentes al Retiro Metanoia 2 “Semper Reformanda”.

Ha sido un tremendo honor y bendición compartir con los jóvenes durante estos dos períodos de trabajo, en la tarea de asesor. El aprendizaje y la comunicación de las enseñanzas de la Palabra bullen al calor de la comunidad. La fuerza vital de los jóvenes hace del cansancio algo grato. Dios ha sido bueno y fiel.

¿Es posible un calvinismo kelleriano?

 

Keller predicando.

Luis Pino Moyano.

Artículo publicado en Estudios Evangélicos.

  1. La razón de ser de una propuesta calvinista kelleriana.

 Sin lugar a dudas, Timothy Keller[1] es uno de los autores más relevantes emergidos en el cristianismo de cuño protestante en los últimos tiempos. Y su relevancia no radica sólo en la capacidad de generar ideas que se adoptan, sino también, ideas que se debaten. Y, lamentablemente, algunos que desdeñan su lectura, generan la idea de que se trata de un autor heterodoxo, y que sus lectores más asiduos serían parte de una moda más en el ámbito de la teología y la misión. Frente a esa situación, me pregunto acerca de la posibilidad de un calvinismo kelleriano, y para que no queden dudas desde un principio, me respondo que sí. De hecho, es mi opción particular, hecha más allá de la moda y con criterio histórico y responsabilidad teológica.

 Es muy probable que al propio Keller no le guste esta formulación, de la misma manera como a muchos de los que han abierto caminos en tiempos pasados desfavorecen la posibilidad de que su apellido dote de un nombre a una corriente de pensamiento. Pero con esta definición lo que se quiere, en primera instancia, es sacar la lectura del pastor presbiteriano del estado actual de “una moda más” en la literatura cristiana, y que en tanto moda, tiene adherentes que tarde o temprano, producto de nuevas modas, dejarán de citar, leer y estudiar para estar a la orden del día. Y precisamente ahí entra la idea del criterio histórico.

 Evidentemente, Keller habla para un momento histórico determinado, a saber, la crisis de la modernidad y la emergencia de un momento distinto, reciba el nombre que reciba: posmodernidad, modernidad líquida, modernidad radicalizada, entre otros; por otro lado, gran parte de lo dicho por él, emerge de la lectura de su contexto vital, es decir la ciudad de Nueva York, particularmente en Manhattan, en la que desde 1989 pastorea Redeemer Presbyterian Church. Pero si bien es cierto, Keller habla para el presente y para su sitz im leben, pero sus palabras tienen el vigor de “los clásicos”, quienes hablan también para el devenir histórico. ¿Cuál es el elemento clave de la previsión de la durabilidad? A mi gusto, que a diferencia de otros autores, Keller no nos quiere vender un modelo armado y terminado de plantación de iglesias. Él no dice en sus páginas cosas como “-¿Está usted plantando iglesias? Siga entonces los siguientes pasos?”; a lo que nosotros responderíamos con “calco y copia” y cuando las cosas no funcionan, probablemente terminaríamos echándole la culpa a la realidad y no a la teoría leída y seguida. Keller no se esfuerza en presentar métodos y pasos. Por el contrario, su esfuerzo está en presentar principios teológicos y/o marcas bíblicas que pueden aplicarse a las realidades de cada quien. En ese sentido, a pesar del tiempo, y arriesgándome a hacer “ciencia ficción”, en el futuro y mientras el Señor no vuelva, muchos cristianos podrán seguir leyendo a Keller, provechosamente, como lo hacemos con otros de nuestros hermanos del ayer.

 Ahora bien, como he señalado anteriormente, esta formulación debe ser realizada, también, con responsabilidad teológica. Por eso se habla de “calvinismo” y de “kelleriano”. Es decir, el marco general y más amplio estaría dado por el pensamiento de Juan Calvino y el aporte de sus múltiples herederos, particularmente, en mi caso particular como presbiteriano y oficial de una iglesia presbiteriana, de la Confesión de Fe de Westminster a la que he suscrito como norma normada por la Escritura. Y lo de kelleriano (no kellerista), reporta más que un marco, una lectura que aporta dentro de dicho marco general. De hecho, cuando se lee a Keller es posible notar la conciencia de la larga duración del calvinismo y del presbiterianismo, por lo cual en su propuesta no hay, a diferencia del movimiento de “iglesias emergentes”, una ruptura con los factores institucionales, siendo el aspecto de movimiento, la introducción de preguntas desde-y-para la hora actual que llenan de vigor a este espectro de lo reformado. Con esto, estoy declarando abiertamente, además, que no es obligación asumir esta posición, sino simplemente, es una de las posibles lecturas dentro de una opción calvinista o presbiteriana.

 Una de las cosas que más me ha asombrado de la lectura de Timothy Keller es su profunda erudición, la que es fácil de pesquisar por la constante referencia (véanse las numerosas notas bibliográficas de cada capítulo de sus libros) y por el manejo de autores que sobrepasan el ámbito teológico y misiológico, considerando también autores provenientes de la filosofía, las humanidades y las ciencias sociales, introduciéndose en temas de suyo complejos como la cultura y la configuración urbana, haciéndose parte de debates contemporáneos. Se releva también una rigurosidad teológica y escritural, de la cual están empapados sus textos, que cada vez nos invitan a volver a la Palabra de Dios, y con ello a poner nuestra mirada en nuestro Señor. Y, además de eso, y quizá sea uno de los elementos paradigmáticos de su obra, Keller es un predicador por antonomasia, por ende, un sujeto que no sólo está reflexionando y discurriendo sobre temas interesantes, sino que está exhortándonos con sus palabras y motivándonos a creer, pensar y actuar. Leer a Keller es como estar presente en su auditorio, al nivel de que uno siente su preocupación por lo que pensamos cuando seguimos sus páginas y, a su vez, sus libros terminan siendo devorados porque nos detienen una y mil veces a pensar en cada frase u oración significativa para nuestra cotidianidad como trabajadores del Reino de Dios. Como refirió Raymond Bakke: “En 1909 el misionólogo alemán Martin Kahler, en su brillante libro sobre la misión, acuñó la frase: ‘La misión es la madre de la teología’. En otras palabras, es la misión la que obliga a la iglesia a hacerse nuevas preguntas”[2]. Eso se hace realidad de manera consistente en la propuesta kelleriana.

2. ¿Cuál es el aporte de Timothy Keller a la reflexión teólogico-misional?

 A continuación, presentaré de manera introductoria algunas de las ideas de Timothy Keller, en siete puntos. Se trata de un ejercicio sistemático caracterizado por la brevedad, la referencia bibliográfica y la promoción de la lectura. En estricto rigor, una invitación a ir a las fuentes, y a no quedarse sólo con lo que los comentaristas podamos decir. Nunca está de más leer.

a. El cristianismo y la diada evangelio/religión.

 Sin lugar a dudas, el esfuerzo principal de Keller está en la comprensión del cristianismo a la luz del evangelio. El evangelio en esta propuesta es el marco para entender la teología evangélica como un tramado único e integral, que no hace disociación entre teología y vida. Esto, porque la salvación y los efectos de ella en la vida de los creyentes son por y a partir del Señor, y por nadie más. El acto de la gracia que justifica a los creyentes los invita a andar en “novedad de vida”: somos capacitados por el Espíritu Santo para vivir una obediencia renovada, marcada por la humildad y el amor a los demás. Keller dice: “La fe en el evangelio es la que reestructura nuestras motivaciones, nuestra comprensión sobre nosotros mismos y nuestra identidad y nuestra cosmovisión. La conformación de nuestra conducta a unas reglas sin que se haya producido un cambio completo en el corazón será superficial y pasajera”[3]. En ese sentido, sólo la humildad, el reconocimiento de la dependencia en la gracia del Señor, que conlleva la experiencia de la debilidad frente al poder total de Dios, es lo que nos permite vislumbrar el poder de Jesucristo.

 Por eso, la autojusticia y el orgullo son enemigos del evangelio. Cualquier otro pensamiento y forma de vida construido por los seres humanos, es un camino alternativo al evangelio, en palabras de Pablo “otro evangelio”. Es por eso que la autodeterminación que caracteriza al hermano menor de la parábola del hijo pródigo, genera autodestrucción ensimismada; y la autojusticia y el orgullo que caracterizan al hermano mayor de la misma parábola, se constituyen en enemigos del evangelio. Ambos, a pesar de sus diferencias filosóficas, si se quiere, y prácticas, son parte de un mismo tramado: la religión egolátrica que invita a constituir el altar del dios más sanguinario y brutal de todos: uno mismo. El evangelio está marcado por la obra de Cristo y la religión por las obras humanas[4]. Keller señala: “La ‘verdad’ sin gracia no es en realidad verdad y la ‘gracia’ sin verdad no es en realidad gracia. Cualquier religión o filosofía de vida que le reste énfasis o pierda una u otra de estas verdades cae en el legalismo o la licencia. En cualquier caso, uno u otro, nos roban la alegría y el poder y el ‘anuncio’ del evangelio”[5].

 Una crítica que he visto que se hace a Keller es que él usa la palabra religión de manera negativa, como si se tratara de una “demonización conceptual”. Nada más alejado de la realidad. Se trata, más bien, de la operacionalización del concepto en su obra, vale decir, religión es usado así sólo en su obra y no necesariamente dicha significación se aplica (¡ni debe aplicarse!) a todas las reflexiones. Ahora bien, este uso conceptual de Keller, es parte del ejercicio contextualizador misional en el marco de una sociedad secularizada, en la que la palabra religión es considerada de manera negativa. Lo que Keller hace acá es quitar una barrera a la presentación del evangelio y no una renuncia a lo trabajado históricamente por la producción teológica reformada. Prueba de ello, es lo que plantea Keller cuando dice: “Algunas personas contrarrestan ‘religión’ con ‘relación’, como ‘el cristianismo no es una religión, sino una relación’. No es esto lo que quiero decir, y hay quienes hacen esta declaración para significar que el cristianismo exige solo una relación de amor íntimo con Dios, sin obediencia, santidad de vida, vida en comunidad y disciplina”[6].

b. Su diálogo con la posmodernidad.

 Una de las cosas que se agradece de la lectura realizada por Keller es su conciencia crítica de la posmodernidad, que entiende la verdad y la realidad como construcciones sociales, enfatizando en la relación entre sentido e interpretación (la idea de que sólo hay coherencia en el relato y, por ende, en la construcción ficcional de cada quien). Y si bien es cierto, hay bastante producción bibliográfica sobre esta problemática, Keller ha hecho el puente para pensarla en relación al cristianismo.

 ¿Cómo es posible subsistir en un mundo en el cual las verdades totales parecieran no existir? Y ahí hay algo en la lectura de Keller que es sumamente provocador: cuando el piensa en los sectores progresistas, que tienden al relativismo moral, pero que enfatizan muy drásticamente en la justicia social, con mucha brevedad, pero agudeza, plantea una interrogante: “Si la moral es algo relativo, ¿por qué no lo es también la justicia social?”[7]. La pregunta es sólida y de amplios alcances. Por ejemplo, si nosotros pensamos en los derechos humanos vemos su fuente dual: el derecho natural y los derechos políticos, ambos con matrices epistemológicas no sólo diferentes, sino contrapuestas. Lo natural presupone la existencia del derecho; la comprensión política ve los derechos como logros que se alcanzan y ejercen desde un determinado contexto histórico. En el segundo caso, se lucha contra el esencialismo del primero, dando cuenta del origen y de la susceptibilidad del cambio, pero dicha crítica tiene un efecto de espejo, que denota la incoherencia pues, ¿cómo es posible hablar de justicia social si ésta es cambiante y depende de la comprensión y la acción de un sujeto o un grupo de ellos? El origen particular anularía su universalidad. Mi punto acá no es discutir la validez de las declaraciones de derechos, sino más bien, apuntar a que incluso quienes sostienen principios supuestamente relativizadores terminan invocando absolutos. Keller lo dice de la siguiente manera: “Aunque nos cueste admitirlo, la objeción que toda verdad es mero juego de poder y la salvedad que toda verdad está mediatizada culturalmente, se enfrentan por igual a un mismo problema. Al tratar de declarar nula con una explicación toda pretensión de verdad, y ello en cuanto que condicionada por una u otra alternativa, o incluso desde otro posible argumento, el resultado final será siempre una posición insostenible”[8]. Entonces, la invitación de Keller es a reconocer la verdad absoluta revelada en la Escritura o, como mínimo, saber que todos hablamos desde un lugar de producción, y que sin la explicitación de dicho lugar y la concesión de verosimilitud al relato del otro, es imposible dialogar. Por ello, el uso de la apologética presuposicional.

c. Su propuesta reformacional.

 Resulta notorio en la lectura de Keller su deuda teórica con la propuesta reformacional (conocida también como neocalvinismo). Por ende, se hace pertinente leerlo de la mano de Abraham Kuyper, Herman Bavinck, Herman Dooyeweerd, entre sus múltiples proponentes. Desde luego, entre los múltiples, destaca uno de los máximos difusores de las ideas reformacionales en el siglo XX: Francis Schaeffer. ¿Cómo definiría a Timothy Keller? Efectivamente, lo vería como un reformacional, promotor y practicante de un modelo teológico-misional transformacionista, con matices contraculturales. Deconstruyamos esta definición.

 Keller es un reformacional consciente de los matices que dicho modelo ha tomado a lo largo de su historia, con las virtudes y falencias, triunfos y derrotas, que esto le ha traído. Cito en extenso: “Los proponentes originales de la cosmovisión kuyperiana tendían a ser liberales en su política, favoreciendo las economías centralizadas y un gobierno expansivo con énfasis en la justicia y los derechos para las minorías. Sin embargo, en los años sesenta y ochenta surgió otra ‘ala’ de los proponentes de la cosmovisión cristiana en los Estados Unidos: la derecha religiosa. Muchos cristianos fundamentalistas como Jerry Falwell, quien había defendido abiertamente la postura pietista, la abandonaron. Falwell y otros llegaron a creer que la cultura estadounidense estaba apartándose a grandes pasos de sus valores morales, y por eso lideró a los cristianos conservadores a convertirse en una fuerza política dentro del partido republicano. La derecha religiosa usó intensamente el concepto de cosmovisión, como también la idea de la ‘cultura transformadora’, pero conectó estas ideas directamente a acciones políticas en apoyo de medidas conservadoras. El creciente estado secularista tenía que verse como un enemigo que había que reducir, y no sólo porque promovía el aborto y la homosexualidad. La filosofía política conservadora creía que los impuestos debían bajarse, el estado reducirse para favorecer al sector privado y al individuo, y las fuerzas militares ampliarse. Los de la derecha religiosa justificaban a menudo toda la agenda conservadora en base a una visión bíblica del mundo. El movimiento sostenía que necesitábamos líderes políticos que gobernaran desde un punto de vista cristiano, y este estaba definido en su mayoría por un gobierno limitado, impuestos más bajos, una fuerza militar más fuerte y la oposición al aborto y a la homosexualidad”[9]. Si leyéramos someramente este fragmento creeríamos que la adopción crítica de lo reformacional en Keller pasa por una crítica política, que apunta a la ideologización de algunos extremos, sobre todo uno mayoritario en el contexto estadounidense, la “derecha religiosa” (que se confunde, en abundante literatura, como “cosmovisión cristiana”). Pero en realidad, ese elemento es superficial, pues la crítica de Keller pasa por un tema teológico. Él entiende y adhiere a la triada creación-caída-redención como clave de lectura de la historia desde un punto de vista cosmovisional, pero considera, que es necesario subdividir el elemento redención, añadiendo por separado el de “consumación”. Esto no es inédito en Keller, pero él es uno de sus proponentes.

 En ese sentido, esta mirada sigue señalando que la transformación de todas las cosas no tiene que ver con algo inédito en la historia, sino en la restauración de aquello que el pecado dañó desde la caída de Adán. Esa transformación no comienza con un reino futuro, pues los “tiempos postreros” no comienzan con la segunda venida de Cristo, sino con su primera venida (lo que queda claro en los primeros versículos de Hebreos capítulo 1). La prédica de Juan el Bautista y de Jesús fue que el reino de los cielos ya se había acercado. Nuestra vida toda debe propender a la vida del Reino que según Pablo es “justicia, paz y gozo en el Espíritu”. Es en razón de esto que Keller dirá que: “si como cristiano soy consciente de mis creencias cristianas mientras vivo y trabajo, estas creencias afectarán todo lo que hago en la vida. Mi ‘hacer cultura’ moverá a una sociedad en una dirección particular, y consecuentemente estaré cambiando la cultura”[10]. Esto debe ser muy tenido en cuenta para quienes trabajamos en la plantación de iglesias, puesto que, a pesar de que nuestra tarea fundamental está en dicha esfera, la eclesial, la formación comunitaria debe tender a que los creyentes dejen de pensar que la misión está sólo relacionada con la presentación de algunas verdades, a modo de A, B, C del evangelio, sino que cada tarea que se realiza debe ser hecha para la gloria de Dios, por ende, cada lugar de trabajo y de estudio es campo de misión, lugar para anunciar con la voz y con la palabra que Cristo es el Señor[11].

 Dicho esto, resulta trascendental señalar que no veremos plenamente el Shalom de Dios manifestado en la creación, pues es parte de la lógica del “ya” pero “todavía no”. Nuestra esperanza no es la de un mero cambio social ni está puesta en seres humanos, por más inteligentes y poderosos que parezcan; como tampoco están en proyectos y programas que intentan establecer un paraíso terrenal secularizado. Nuestra esperanza es escatológica y está puesta en Jesucristo, que tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas. Claramente somos colaboradores del Reino de Dios, pero no somos los artífices ni los constructores. A esto apunta la subdivisión del eje “Redención”: a que dejemos de poner nuestra mirada en nosotros y la pongamos en Cristo.

 Por su parte, como se dijo anteriormente, la postura de Keller tiene matices contraculturales, lo que se manifiesta en que su lectura de la cultura no es del todo optimista. Si bien es cierto, esto estaba presente en los autores neocalvinistas, con el concepto de “antítesis”[12], Keller agudiza dicha descripción de la realidad, por ejemplo cuando aborda el tema de la idolatría en nuestras sociedades, de las cuales, producto de nuestra pecaminosidad, nuestras iglesias no están exentas de ella. También hay idolatría en nuestras comunidades eclesiásticas, sobre todo, cuando éstas se acomodan al modo de vida del sistema imperante. Keller señala: “Cuando se convierten en ídolos la precisión doctrinal, el éxito en el ministerio o la rectitud moral, esto lleva a unos conflictos internos constantes, a la arrogancia y a la justicia propia, y a la opresión de aquéllos cuyos puntos de vista sean distintos. Estos efectos tóxicos de la idolatría religiosa han producido una amplia falta de aprecio por la religión en general, y por el cristianismo en particular. Pensando que ya hemos probado a Dios, nos hemos vuelto hacia otras esperanzas, y los efectos han sido devastadores”[13]. La idolatría obstaculiza la alegría y la transformación del evangelio tanto en la iglesia como en la sociedad. En ese sentido, la mirada contextualizadora de la cultura busca tomar con alegría aquello que es bueno, transformar aquello que es redimible y desechar aquello que es abiertamente pecaminoso. La contextualización no necesariamente deriva en adaptación.

 d. La concepción de la iglesia y la misión.

 Uno de los elementos más destacables de la propuesta kelleriana tiene que ver con su noción de la iglesia, puesto que su visión no se dejó permear por las técnicas de iglecrecimiento de las megaiglesias, que en otras palabras es una eclesiología del mercado y del consumo; ni tampoco por el de las iglesias emergentes, que enfatizan en lo comunitario, la simpleza y la informalidad como si ese fuese un constructo más cercano al original y libre de “paganismo”. Keller, más bien, busca relevar tanto elementos de continuidad como de cambio en la conformación de iglesia. Señala: “Desde el principio la iglesia fue tanto una institución como un movimiento. Esta naturaleza dual de la iglesia se basa en la obra del Espíritu, y es el Espíritu quien hace a la iglesia simultáneamente un organismo vital y una organización estructurada. Una manera útil de entender este equilibrio es ver la forma en que el ministerio de Jesús se lleva a cabo en la iglesia en un sentido general por medio de cada creyente, así como también mediante roles especializados; distinción a la que comúnmente se hace referencia como oficio general y especial”[14]. En ese sentido, lo que se busca es el equilibrio, que haga emerger una institución con dinámica de movimiento caracterizada por: doctrina sólida, líderes cuyos dones son discernidos por la comunidad (principio de elección), compromiso con la misión que genere unidad, la centralidad del Reino de Dios más que la institución y, una dosis de espontaneidad que facilite el crecimiento. Respecto a esto último, me parece pertinente citar lo siguiente: “Una iglesia con dinámicas de movimiento, sin embargo, genera ideas, líderes e iniciativas desde la base. Las ideas vienen menos de reuniones estratégicas y más de conversaciones regulares entre amigos. Puesto que la motivación para el trabajo no es tanto un asunto de retribución e interés propio como un asunto de una disposición compartida al sacrificio debido de una visión contagiosa, tales iglesias naturalmente producen amistades entre miembros y ministros. Estas amistades se convierten en minimotores que impulsan a la iglesia, junto con las reuniones y eventos más formales y organizados”[15]. Hay aquí un llamado a la eliminación del caciquismo y la tiranía, como a la pérdida del miedo a la comunidad y a la amistad. La vida de la iglesia debe propender al encuentro amical con todo lo que eso implica: compromiso, lealtad y franqueza.

 Por otro lado, frente al debilitamiento de la imagen de la iglesia, Keller ha señalado claramente que no se puede prescindir de ella. Planteó lo siguiente: “La iglesia de Jesucristo es similar a un océano en su amplia diversidad. Y, al igual que las aguas del mar tienen partes claras y más cálidas, y otras más oscuras y más frías, partes en las que entrar confiadamente y otras en las que el riesgo de perecer es grande, la vida de iglesia puede ser una bendición o una dura prueba. Soy de hecho consciente del peligro de aconsejar a mis lectores que busquen una iglesia en la que integrarse. Pero es sin embargo consejo que no doy a la ligera, y para el cual advierto. Pero lo cierto es que no hay otra alternativa. No se puede vivir en cristiano sin la familia de la fe como verdadera iglesia”[16]. No existe cristianismo solitario, éste siempre se da en comunidad. Se debe luchar contra la comodidad que se adapta a la cultura individualista y fragmentada que, más allá de los discursos fáciles, no tolera ni disfruta la diversidad. La iglesia es el lugar donde se reúnen personas que jamás se hubiesen juntado. Eso lo logra la gracia, posibilitando la fraternidad. Esa hermandad implica riesgos, pero éstos deben ser tomados.

 Para Keller, las iglesias deben estar en los lugares donde hay gente (¡por eso el perfil urbano! Es prioridad estratégica), y allí llevar a cabo su servicio. Ese servicio implica contextualización, la que hace inteligible el discurso evangélico al no creyente, pero que también confronta los ídolos de su tiempo y espacio. Esto requiere el compromiso activo en la misión de todos los creyentes. Los principios relevados por Keller enfatizan en la desprofesionalización de la misión, en el sentido de que toda la institución-organismo debe estar involucrada en ella. En ese contexto, la evangelización es eminentemente relacional, marcada por una integridad que no aleja, pero que muestra distintivo cristiano. El amor manifestado por los creyentes es necesario en un mundo que resiente la individuación.

 Una de las razones por las que la propuesta de Keller respecto de este asunto se llama “iglesia centrada” es porque ella manifiesta cuatro frentes que la constituyen en un ministerio integrador. Frentes que no pueden disociarse de la vida de la iglesia, cuando se cree que Jesucristo tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas. Estos frentes son: a) conectar a las personas mediante la evangelización y la adoración; b) conectar a las personas unas con otras mediante la comunidad y el discipulado; c) conectar a las personas con la ciudad mediante la misericordia y la justicia; y d) conectar a las personas con la cultura mediante la integración de fe y trabajo. Acá la misión siempre consiste en proclamación del evangelio: buenas noticias que se dicen y se viven. La conversión y la alegría de quienes nos rodean son indisociables[17].

 e. Culto reformado y contextualización[18].

 Una de las cosas que Keller desarrolla en sus análisis, y muy relacionado con el proceso de plantación y revitalización de iglesias, dice relación con el culto cristiano y su relación con la cultura. Lo primero que se debe tener en consideración acá es la resistencia al consumismo y al simplismo, que derivan, a pesar de su divergencia, en un mismo resultado: la idea de que existe sólo una forma de adorar. Y antes que el “celo que consume” arda en algunos corazones, equivocadamente por cierto, es pertinente señalar que para el autor las verdades que confesamos trascienden la cultura, por ende, nos reportan elementos de continuidad. En este caso, una teología bíblica de la adoración, de la cual se extrae el principio regulador del culto y, con él, la diferenciación de elementos y circunstancias, sigue siendo relevante de ser sostenido. Además, a veces existe más miedo de nuestra parte que de los no creyentes cuando asisten a nuestros lugares de reunión, pues ellos saben que están en un “servicio religioso”. Pero, a su vez, el cómo comunicamos las verdades que confesamos no puede trascender a la cultura. Y allí, no debemos colocar más barreras a las que el mismo evangelio tiene con su “ofensa” (la llamada “mala noticia” del evangelio), haciendo del evangelio algo que no dice nada al hoy de las personas.

 De ahí emerge la idea de la “adoración evangelística”. Para Keller, la Biblia es clara al señalar que todos los pueblos de la tierra son convocados a adorar a Dios, por ende, todos ellos debiesen entender y ser exhortados por lo que allí ocurre. Se trataría, entonces, de una falsa dicotomía la de elegir entre adorar a Dios y que la gente entienda, como si se tratara de cuestiones imposibles de ligar. Nada más alejado de la realidad. El culto es dirigido al Dios vivo y real, se centra en el evangelio de Jesucristo y se comunica en lenguaje vernáculo. Y lo que hace Keller acá no es una innovación, sino rescatar los principios bíblicos que emergen de 1ª Corintios 14 que nos hablan de una espiritualidad que une de manera inquebrantable canto-oración con el entendimiento, la exposición bíblica en un lenguaje claro (brevedad en idioma vernáculo es muy superior a la abundancia de lenguas extrañas), la finalidad de la edificación y la forma decente y ordenada. Puede que algunas de las implicancias que Keller desarrolle en su reflexión hagan ruido en nuestro contexto latinoamericano, caracterizado por la expresión emocional de la adoración y marcado en muchos casos por la experiencia pentecostal (hablo desde lo que fue también mi experiencia), pero eso no puede leerse sin el contexto desde el cual surge la reflexión. Keller dice respecto de esto lo siguiente: “la manera más sutil de caer en el pecado de Pedro [su hipocresía respecto de su relación con los gentiles cuando aparecieron los judaizantes, según el relato de Gálatas 2:11-21] es simplemente tomar nuestras propias preferencias con demasiada seriedad y concederle importancia moral a lo que solo es cultural. Por ejemplo, es muy difícil para los cristianos de iglesias que tienen expresividad emocional y música moderna no sentirse superiores a las iglesias que tienen reservas emocionales y música tradicional, y viceversa. No somos capaces de ver que solo somos diferentes; creemos que nuestro estilo y costumbre son espiritualmente mejores. Esto conduce a todo tipo de divisiones en el cuerpo de Cristo”[19].

No se puede finalizar este punto sin considerar un elemento esbozado más arriba, en lo que respecta al lenguaje vernáculo. La predicación de Keller, de la cual emergen algunos de sus libros, si bien es cierto expone el texto bíblico con fidelidad y rigurosidad, no es definida como una “predicación expositiva”, sino como “predicación apologética”. ¿Qué quiere decir esto? Que su exposición sermonaria tiene como intención a hablar al corazón y la mente de quienes son ateos, agnósticos, que llegan a Redeemer, pero también una palabra que trastoca las ideas de quienes sin dejar de ser creyentes y/o miembros de la comunidad han abrazado ideas foráneas al cristianismo. Respeto que no estupidiza, claridad y franqueza, amor unido a la verdad, tan necesarios para el pastoreo que busca a la oveja perniquebrada.

 f. La relación con los no creyentes.

 Mientras hemos revisado la producción kelleriana se han generado una serie de conexiones respecto de los no creyentes. ¿Por qué agregar un ítem particular respecto de esto? Fundamentalmente, para agregar otro punto focal: ¿cómo mirar al no creyente? Regularmente, y no sólo desde un punto de partida religioso, cuando vemos a otros sujetos tendemos a mirar a las personas a partir de la diferencia. Es un punto de vista legítimo, pero no único. Sobre todo desde el cristianismo, que nos debiese a invitar a ver a los otros como “ovejas sin pastor”, carentes de cuidado, necesitadas de alimento genuino (¡la Palabra de Dios!) y como potenciales receptores de nuestro amor. Se supone que creemos en la salvación por gracia, pero a veces vemos que algunos hombres y mujeres son más candidatos al infierno que otros, porque promueven ideas que nos son adversas. El diferente tiene más rostro de enemigo que de cualquier cosa.

 Frente a esto, me parece pertinente relevar unas palabras de Keller sobre este asunto, teniendo como contexto la desafiante realidad urbana: “Si la salvación ciertamente es por gracia, no por virtud ni mérito, ¿por qué pensaríamos que alguien pueda tener menos opciones que nosotros para ser cristiano? ¿Por qué la conversión de alguien es un milagro mayor que nuestra propia conversión? La ciudad puede obligarnos a descubrir que en realidad no creemos en la pura gracia, que ciertamente creemos que Dios salva, principalmente, a gente linda… gente como nosotros”[20]. Nuestras comunidades no deben ser espacios para “gente como uno”, sino para todas las personas. Si el cristianismo no bota las barreras étnicas, nacionales, culturales, políticas, entre hombres y mujeres, de clases sociales, es porque en algo nos estamos adaptando a la individuación del sistema imperante.

 Cuando estamos en misión, no sólo somos invitados a analizar cosmovisionalmente la ciudad y la cultura, sino que, además, a vivir en ella. Podemos rescatar históricamente al monasticismo como reacción, pero el cristianismo no es ascético ni intramuros, sino que se expresa en el mundo de manera concreta y vital como sal y luz. No somos llamados a formar ghettos de gente virtuosa en la iglesia y la familia, ni fortalezas de censura que nos impiden ver el fruto de la gracia común que se manifiesta en la ciencia, la técnica, el arte. Tal y como la invitación de Jeremías a los exiliados en Babilonia, somos llamados a apuntar al bienestar de la ciudad, porque de dicha acción depende nuestro propio bienestar. La postura del profeta no es reaccionaria, sino profundamente activa. Shalom, no sólo es paz, es justicia social, vida abundante, armonía.

 g. La acción política.

 En la lucha por un cristianismo que se aleja del dualismo, se nos abren todos los temas, inclusive aquellos que nos aparecen como tabú, aún a pesar de los riesgos evidentes que esto puede traer. Keller no se ha librado del mote de “marxista” (hasta en las mejores familias pasa) endosado a cualquier sujeto que hable de la justicia social, como si la Biblia callara al respecto.

 Una de las cosas que permite la lectura de Keller es que no necesitamos recurrir a discursos prestados de otros acervos ideológicos para hablar del tema, porque desde un punto de vista bíblico la justicia social no es mera acción de racionalidad política, sino una práctica espiritual ligada a la adoración al Dios de la vida y al cumplimiento de su voluntad en la Palabra. Ayuno verdadero, al decir de Isaías. Keller, apuntando a la convicción y la práctica política del cristianismo bíblico, señala: “Si están intentando vivir una vida de acuerdo con la Biblia, el concepto y el llamado a la justicia es ineludible. Hacemos justicia cuando le otorgamos a todos los seres humanos su derecho como creaciones de Dios. Hacer justicia no solo incluye la enmienda de males, sino la generosidad y la preocupación social, especialmente hacia los pobres y vulnerables. Esta clase de vida refleja el carácter de Dios. Consiste en un amplio rango de actividades, desde los tratos honestos y justos con la gente en la vida diaria, pasando por donaciones regulares y radicalmente generosas de tu tiempo y recursos, hasta el activismo que busque terminar con formas particulares de injusticia, violencia y opresión”[21].

 Se trata también de un acercamiento a la práctica cotidiana de la iglesia primitiva, puesto que “los primeros obispos cristianos en el Imperio Romano […] eran tan bien conocidos por identificarse con los pobres y débiles que a la larga, aunque eran parte de una religión minoritaria, se les veía como teniendo el derecho de hablar en nombre de la comunidad local como un todo. Preocuparse por los pobres y los débiles llegó a ser, irónicamente, una razón para la influencia cultural que la iglesia llegó a ostentar con el tiempo. Si la iglesia no se identifica con los marginados, será ella misma marginada. Esto es la justicia poética de Dios”[22]. Nuestros primeros hermanos veían la necesidad del otro como un deber que obliga. Keller acierta en esto, actuando con rigor histórico y tratando de tender un puente con el presente de la iglesia. Pero reflexiones como estas no sirven de nada si no tienen correlato empírico. Se habla tanto de martirologio, pobreza y clandestinidad (en la iglesia primitiva y la perseguida en la actualidad), pero no se hace nada por dejar las posiciones de comodidad que nos brindan nuestros templos e instituciones. Ofensivamente a nuestras formas de vida, caracterizadas por el deseo de ascenso social, debemos decir que la frugalidad y el contentamiento son parte de la vida cristiana. La renuncia al estatus siempre es un reflejo de amor al prójimo, y ese amor debe manifestarse intensivamente en la comunidad, para luego extenderse en la sociedad. Por ello, es que el pastor presbiteriano señala: “En este mundo existe una distribución no equitativa tanto de los bienes como de las oportunidades. Por lo tanto, si Dios te ha asignado los bienes de este mundo y no los compartes con los demás, no es solo tacañería: es injusticia”[23]. Keller, leyendo el texto bíblico, dirá que los actos de misericordia son siempre actos de justicia. Y como son manifestaciones de la espiritualidad, el problema de la avaricia está en el corazón ensimismado que busca lo suyo propio y que, por ende, no ama.

 Keller no sólo apunta al pensamiento y la acción, sino que también, evalúa críticamente algunas opciones tomadas por hermanos nuestros en la historia, y particularmente en el tiempo reciente, las que dan cuenta del acomodamiento y el conformismo a lo que los discursos imperantes. Por ejemplo, la pulsión que se tiene desde el mundo evangélico por lo legal, como si las leyes tuvieran el poder de cambiar las conductas de las personas, constatando que “mientras que algunos cristianos esperaban que la legislación cambiaría las actitudes de las personas, ha sido la cultura popular, las instituciones académicas, las artes y los medios de comunicación los que han estado formando la mentalidad popular. La política pública ahora simplemente está empezando a seguir los pasos”[24]. Allí aparece la escasa agudeza analítica de sectores del cristianismo, que tomando una posición facilista culpan de lo malo que ocurre en el mundo a “ellos y los que votan por ellos”. Es una posición facilista porque no pone la mira en nuestra responsabilidad en la entrega de un mensaje escasamente evangélico lo que ha implicado en la pérdida de la relevancia. La invitación es, entonces, a mirar más hacia adentro.

 La otra crítica apunta hacia la actitud de solapar discursos foráneos al cristianismo en un manto de aparente ortodoxia bíblica, sólo con el afán de justificar la postura política propia en detrimento de las de los otros. Keller muestra que: “Muchas iglesias han adoptado sin ningún sentido crítico una agenda política liberal, agenda que tiene una visión muy expansiva del gobierno. Otras adoptan un enfoque de la justicia políticamente conservador, enfoque que insiste en que la pobreza, al menos en Estados Unidos, no es consecuencia de leyes injustas, estructuras sociales y racismo, sino que se debe solo a la desintegración de la familia. Como hemos visto, el material bíblico es tan completo y equilibrado que encaja sin problemas en cualquiera de estos esquemas. Y si atamos la Biblia con demasiada fuerza a un sistema económico particular o a un conjunto concreto de políticas públicas, eso le confiere autoridad divina a dicho sistema”[25]. La actitud poco honesta de pasar por cristianismo nuestros constructos idolátricos debe ser dejada de lado. No debemos tragarnos conjuntos de creencias políticas completos por el sólo hecho de que dicen, o dijeron en algún momento, algo de verdad. Eso, también es suplantar el evangelio de Cristo con aparentes verdades que terminan gobernando el corazón. Y, además, cuando nuestros ídolos sean confrontados y derribados con el poder del evangelio, más que chistar: gocémonos. Dios es muy bueno con nosotros.

3. Sugerencias lectoras de la obra de Keller.

 Una sugerencia que vale, no sólo para la lectura de Keller, sino para todos los artefactos literarios que son objeto de nuestra atención, es que se debe ponderar, evaluar y criticar lo que un autor dice, no lo que no dice. Si lo haces entras al terreno del juicio de las motivaciones, terreno sinuoso, en el que se corre el riesgo de errar. La omisión de un autor podría pasar porque el tema no tiene que ver con su problemática de investigación, porque no tiene acceso a fuentes que le permitan un conocimiento cabal del tema o, derechamente, porque el asunto que tanto te interesa no es de su interés. Entonces, si ves un vacío escriturario, piensa-estudia-escribe del tema y no enarboles la bandera anti contra el que por lo menos se ha dado el tiempo de proponer algo. Es hasta antiestético ese artilugio de no escribir nada y criticar los vacíos de quienes lo han hecho.

 Keller debe ser siempre leído desde su contexto: el de un pastor presbiteriano estadounidense, asentado en Nueva York (una megalópolis) que recurre a un amplio acervo de producción teórico-conceptual para dialogar con la gente que asiste o podría asistir a Redeemer Church. Esa situación vital es incomparable a la nuestra en América Latina, y en el caso más particular, a Chile. Gran parte de la gente que llega a nuestras comunidades tiene un bagaje religioso cristiano, ya sea por medio del catolicismo o incluso del mundo evangélico; sumado al hecho de que nuestro proceso de secularización, si bien es creciente, es mucho más lento. Entonces, en un ejercicio empático, debemos procurar entender por qué Keller usa unos conceptos y no otros, sobre todo a la hora del momento inicial del diálogo evangelizador, y especialmente cuando dicho uso conceptual está enunciado en el texto.

 Keller no es una “vaca sagrada” ni infalible ni normativo. Debe ser leído críticamente, rescatando lo que haya que rescatar y dejando de lado aquello que es dudoso o inaplicable. Además, nuestra mirada debe ser hecha, también, desde el evangelio. Nos guste o no, estemos de acuerdo con sus ideas o no lo estemos, Keller es un hermano nuestro, tan santo-pecador como nosotros. La crítica no debe llegar al extremo de defenestrar a un prójimo muy cercano.

 Si se quiere conocer la propuesta gruesa de Keller de manera rápida y breve, sugiero la lectura del artículo “El evangelio y la supremacía de Cristo en un mundo posmoderno”[26]. Allí encontrará un esbozo preclaro de la propuesta kelleriana. Si se quiere conocer de manera más amplia la propuesta kelleriana, propongo como lectura apropiada: “El Dios pródigo”, “La razón de Dios”, “Dioses falsos”, “Justicia Generosa”, todos citados ya, sumando su reciente libro sobre la oración[27]. Evangelio, diálogo con no creyentes, análisis cultural, política y espiritualidad como temas globales. Ahora bien, podrían obviarse esas lecturas, y pasar de cuajo a la obra magna: “Iglesia centrada”, que aborda todos esos temas.

 A propósito del párrafo anterior, cuando se lee a un sujeto que escribe prolíficamente, se hace necesario evaluar el total a la luz de lo último escrito. La dinámica del pensamiento fluye muy rápido, y cuando no se es discípulo de uno mismo, se tiende a modificar ciertas ideas o a agregar matices. Keller no está exento de aquello.

4. A modo de corolario: ¿Por qué leo a Keller y desde dónde lo hago?

 Leo a Keller porque fue el autor más serio y contundente desde un punto de vista cosmovisional y reformado con el que providencialmente me encontré en medio de un proceso reformacional, que me sacó de la cautividad mental a la libertad del evangelio de Jesucristo, a pesar de no haber dejado de asistir nunca a la iglesia. Keller ayudó en la demolición de ídolos con pies de barro. Ojo con el punto: estoy hablando desde mi propia experiencia, la que como tal, no es normativa.

 Leo a Keller no como un exponente más del “neocalvinismo”, sino como alguien que hace una lectura desde la larga duración protestante y reformada. Lo leo desde mi condición de presbítero de una iglesia, que suscribe la Confesión de Fe de Westminster, sus Catecismos Mayor y Menor, además del Catecismo de Heidelberg, tal y como lo demandó mi comunidad y en lealtad a lo que creo. Dicho eso, postulo que los documentos confesionales tienen todo lo que creo pero ellos no son todo lo que creo. Ellos nos dotan de un lugar de habla comunitario y nunca reducen la posibilidad de hacernos nuevas preguntas, propias del siglo XXI, y encontrar respuestas en la Biblia, desde nuestros contextos, sin la necesidad de hacer tabula rasa del pasado. El calvinismo no puede ser reducido a cinco puntos, treinta y tres capítulos, o ciento noventa y seis preguntas. El calvinismo es eso y es más que eso. Afirmar no significa anquilosar. Sola Escritura y toda la Escritura – Confesionalidad en la iglesia – Posibilidad de pensar desde y para el presente son indisociables en la producción reformada. De hecho, nobleza obliga, la propuesta kelleriana no debe ser definida como lo reformado. Es una corriente posible más.

 Y si hay algo por lo que leo a Keller, es porque releva con sabiduría que la única posibilidad de coherencia se alcanza abrazando una sólida cosmovisión cristiana. Pero previamente a eso, uno debe ser abrazado por el Padre. Los enemigos de Dios y hasta el mismo diablo no dejan su condición e incoherencias porque dicen unas cuantas verdades, como las verdades no dejan de ser verdades a causa de sus emisores. Como propuso Francis Schaeffer: “Luchamos por nuestras vidas, como diría el profeta Ezequiel. Si amamos al ser humano, no es la nuestra una época en la que nos podamos dispensar de comprender a nuestro contemporáneo; no es tiempo de jugar pequeños juegos, no es tiempo de dejarse arrastrar y caer en la misma clase de dualismo y las mismas formas de pensamiento sin darnos cuenta de ello. No es tiempo para permitirnos el lujo de la falta de comprensión”[28].

 Por todo eso, calvinista kelleriano…


[1] Timothy Keller es un pastor presbiteriano estadounidense (de la Presbyterian Church in America), nacido el 23 de septiembre de 1950, siendo oriundo de Pennsilvania. Tiene un Bachiller en Artes de la Bucknell University (1972), un Magíster en Divinidad de Seminario Gordon-Conwell (1975) y un Doctorado en Ministerio del Seminario Teológico de Westminster (1981). Fue pastor en Hopewell, Virginia por nueve años. En 1989, funda la Redeemer Presbyterian Church, en Manhattan, Nueva York, iglesia en la que aún realiza trabajo pastoral. Está casado con Kathy (Licenciada en Teología del Seminario Gordon-Conwell, 1975; posee, también una Maestría en Estudios Teológicos de la misma institución), con quien tiene tres hijos. Es co-fundador de The Gospel Coalition.

[2] Raymond Bakke. Misión integral en la ciudad. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 2002, p. 95.

[3] Timothy Keller. Dioses falsos. Miami, Editorial Vida, 2011, p. 90.

[4] Véase Timothy Keller. El Dios pródigo. Miami, Editorial Vida, 2011. Sugiero, dentro de las lecturas realizadas respecto de la parábola, acompañarla con Henri Nouwen. El regreso del hijo pródigo. Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt. Madrid, Editorial PPC, 2012. El ejercicio primario consiste en reparar en los elementos comunes y en los complementarios.

[5] Timothy Keller. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012, p. 54.

[6] Ibídem, p. 79.

[7] Timothy Keller. La razón de Dios. Creer en una época de escepticismo. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2014, p. 15.

[8] Ibídem, p. 80.

[9] Keller. Iglesia centrada. Op. Cit., p. 198.

[10] Ibídem, pp. 207, 208.

[11] No se puede evitar recordar las palabras de Charles Spurgeon: “Es preciso trabajar como si todo dependiera de nosotros, orar como si todo dependiera de Dios, y dar a Dios la gloria por los resultados obtenidos”. La cita fue tomada de Darrow Miller. Vida, trabajo y vocación. Una teología bíblica del quehacer cotidiano. Tyler, Editorial JUCUM, 2011, p. 170.

[12] La antítesis es un “concepto usado por Dooyeweerd (siguiendo a Abraham Kuyper) en un sentido específicamente religioso para referirse a la oposición espiritual fundamental entre el Reino de Dios y el reino de las tinieblas (Cf. Gl 5.17). Y tratándose de una oposición entre regímenes, no entre dominios, ella se extiende por cada departamento de la vida y cultura humanas, incluyendo la filosofía y el emprendimiento académico como un todo, y alcanza también el corazón de cada creyente en su lucha para vivir una vida de compromiso integral con Dios”. Esta definición forma parte del glosario de conceptos de Dooyeweerd realizado por Albert Wolters, traducido y ampliado por Guilherme de Carvalho en: Herman Dooyeweerd. Estado e soberania. Ensaios sobre cristianismo e política. São Paulo, Edições Vida Nova, 2014, p. 131. Véase también Herman Dooyeweerd. Las raíces de la cultura occidental. Las opciones pagana, secular y cristiana. Barcelona, Editorial CLIE, 1998 (particularmente la sección subtitulada “gracia común”, pp. 37-40).

[13] Keller. Dioses falsos. Op. Cit., pp. 149, 150.

[14] Keller. Iglesia centrada. Op. Cit., p. 365.

[15] Ibídem, p. 371.

[16] Keller. La razón de Dios. Op. Cit., p. 350.

[17] El análisis de este ítem presenta grosso modo las ideas de: Keller. Iglesia centrada. Op. Cit., pp. 265-388 (Parte Tres: Movimiento; Capítulos 19-29). Véase sobre los frentes ministeriales c y d, respectivamente, los siguientes libros: Timothy Keller. Ministérios de misericordia. O chamado para a estrada de Jericó. São Paulo, Edições Vida Nova, 2016 (el primer libro de Keller, publicado en 1989); Timothy Keller y Katherine Leary Alsdorf. Como integrar fé & trabalho: Nossa profissão a serviço do Reino de Deus. São Paulo, Edições Vida Nova, 2014.

[18] Este punto sintetiza lo propuesto en: Keller. Iglesia centrada. Op. Cit., pp. 315-329.

[19] Timothy Keller. Gálatas para ti. Medellín, Poiema Publicaciones, 2014, pp. 59, 60.

[20] Keller. Iglesia centrada. Op. Cit., p. 179.

[21] Timothy Keller. Justicia generosa. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2016, pp. 45, 46.

[22] Keller. Iglesia centrada. Op. Cit., p. 237.

[23] Keller. Justicia generosa. Op. Cit., p. 118.

[24] Keller. Iglesia centrada. Op. Cit., p. 212.

[25] Keller. Justicia generosa. Op. Cit., p. 188.

[26] Timothy Keller. “El evangelio y la supremacía de Cristo en un mundo posmoderno”. En: John Piper y Justin Taylor (editores). La supremacía de Cristo en un mundo posmoderno. Buenos Aires, Editorial Peniel, 2010, pp. 119-145.

[27] Timothy Keller. La oración: Experimentando asombro e intimidad con Dios. Nashville, Broadman & Holman Publishers, 2016. Espero sumar más adelante, un artículo más breve que analice otras lecturas de Keller, más recientemente publicadas en castellano.

[28] Francis Schaeffer. Huyendo de la razón. Barcelona, Ediciones Evangélicas Europeas, 1969, p. 69.

María: una discípula radical del Redentor.

maria

No es una mujer que pase desapercibida. Unos la adoran y/o veneran de manera extrema (hiperdulía). Otros la han mirado como una mujer desvergonzada que monta un fraude, haciendo pasar un hijo de otro como fruto de la obra del Espíritu. Otros la comparan con otras mujeres de la historia, como por ejemplo, con la Malinche, una como la mujer virgen e inmaculada, la otra violentada y cuyos hijos son “los hijos de la chingada”, según lo releva Octavio Paz en “El laberinto de la soledad”. Por otro lado, nosotros, los evangélicos, en muchos momentos la hemos mirado con cierta indiferencia, lo que nos ha hecho guardar un silencio impropio con respecto de María. Esto es fácil de constatar haciéndose la pregunta: ¿cuántas predicaciones escuchaste sobre la vida de María en la iglesia a la que asistes?

Evidentemente, dicho silencio proviene como una reacción a la lectura católica, ya sea la de la dogmática o la de la religiosidad popular. No nos referimos a ella como “Santísima” ni como “madre de Dios” (aunque ese concepto surge en medio de las controversias cristológicas, por lo que esa afirmación más que hablar de María, habla de Jesús y su persona divina), “corredentora y mediadora con Cristo”, “madre de perpetua ayuda”, “reina del cielo” ni “dispensadora de todas las gracias”. Tampoco creemos en su “inmaculada concepción” ni en su “perpetua virginidad” ni en su “ascensión al cielo”. Pero todo eso no es obstáculo para hablar de ella, ni de mirarla como una hermana nuestra en el seguimiento del Salvador, digna de un trato amoroso y honroso, sobre todo a partir de la memoria de su labor en la misión de Dios.

Nosotros, los evangélicos debiésemos creer todo lo que la Biblia nos dice acerca de ella: una mujer joven, descendiente de David, comprometida y luego casada con José, un carpintero originario de Belén, también descendiente de David (por otra raíz familiar), que vivía en Nazaret, un lugar de baja alcurnia. Debiésemos creer que María, en cumplimiento de las profecías con respecto del Mesías, fue virgen hasta el nacimiento de Jesús y que luego le siguió obedientemente, inclusive estando a los pies de la cruz, cuando los discípulos estaban escondidos llenos de miedo por lo ocurrido con su maestro. María, nuestra hermana, fue parte la primera iglesia, fue humilde, devota, con una vida de mucha profundidad espiritual y practicante de la meditación nacida de la Palabra de Dios. ¡Fue una mujer más que bienaventurada! El proverbista señalaba: “El encanto es engañoso, y la belleza no perdura, pero la mujer que teme al Señor será sumamente alabada” (Proverbios 31:30 NTV). Hacemos bien, como creyentes al igual que ella, al mirar lo que nos dice la Biblia, para aprender y vivir.

  1. La Biblia nos habla de una mujer valiente.

¡Qué duda cabe de esto! María fue una mujer valiente. Arriesgó la piel por la obediencia radical al Dios todopoderoso. No fue una obediencia ciega, pues ella sabía que si el Altísimo encomienda una labor, la única posibilidad coherente es obedecer a esa voluntad que es buena, agradable y perfecta. Fue una mujer valiente porque aceptó la comisión de ser la madre del Salvador, sin saber cómo sería esto sin una relación sexual de por medio, siendo esto, tal y como lo es para nosotros, un misterio. Además de eso, corriendo el riesgo del cominillo de su pueblo, la incomprensión e, inclusive, la posibilidad de la pena capital si la impresión espiritual hubiese sido un invento de la cabeza de esta joven mujer. Ella piensa, cree y actúa. Basa su confianza en la sabiduría y la bondad de Dios, porque nada es imposible para Él.

María experimentó el sufrimiento al ver los intentos de Herodes de matar a Jesús, como también producto de los sobresaltos que el ministerio de su hijo experimentó, sobre todo con las autoridades religiosas de la época. Y para qué hablar del juicio injusto y la cruz ignominiosa que sufrió nuestro amado Señor. María, la mujer dada a la meditación, la que guardó todas las cosas en su corazón, con seguridad debe haber recordado las palabras del viejo sacerdote Simeón, que luego de tomar en los brazos al niño llevado por José y María al rito de inclusión de los hijos a la familia del Pacto (la circuncisión), y cantar el bello “Nunc Dimittis” (Lucas 2:29-32), dijo a María: “Este niño está destinado a provocar la caída de muchos en Israel, pero también será la alegría de muchos otros. Fue enviado como una señal de Dios, pero muchos se le opondrán. Como resultado, saldrán a la luz los pensamientos más profundos de muchos corazones, y una espada atravesará tu propia alma” (2:34,35). ¿Alguien hablaría así a una madre con su bebé de ocho días de nacido? Simeón estaba diciendo que una espada ancha, como símbolo de un dolor angustioso, penetraría el alma de María. Y así fue. Ayudan a nuestra imaginación “La Piedad”, de Miguel Ángel, como también, la escena en la que Olivia Hussey personificando a María, toma a su hijo replicando la escultura renacentista, en la tremenda película de Franco Zeffirelli. María no calza en los estándares de prosperidad y de autoayuda que abunda en mucha predicación que se dice evangélica. Su vida estuvo marcada por la sombra de la cruz.

2. La Biblia nos habla de una mujer que canta y ora. 

María fue la autora de una de las canciones más conmovedoras y confrontadoras de la Biblia, y me atrevo a decirlo, a lo largo de la historia. Tal vez Bach podría ser de mucha ayuda en esto, aunque la lectura de El Magnificat, por sí sola nos grita fuerte al corazón. Se conoce así a este canto por su primera palabra en la Vulgata, que podría traducirse como “engrandece” o “glorifica”. Es el canto de una mujer que asume la voluntad de Dios, a pesar de los riesgos, actuando así por la vista de la acción de Dios en la historia, acción llena de prodigios y de poder. El canto de María no disocia los atributos de Dios, por ello es que le alaba por su amor, por la gracia manifestada en el Salvador, por la fidelidad del pacto y por la justicia que se vive en el Reino de Dios. Amor y justicia aquí están unidos intrínsecamente, como lo están la razón y los sentimientos de la mujer que canta.

En el canto, María reconoce a Dios como Señor y Salvador (Lucas 1:46,47), y como consecuencia de ese conocimiento de Dios, ella se reconoce como una humilde sierva (1:48), lo que refiere a su pobre condición social, a la oscuridad desesperanzadora de su contexto, a su insignificancia, como también al pecado que le lleva a necesitar la redención. El título de “bienaventurada” lo tiene por gracia, no por mérito alguno. La alegría proviene de Jesucristo que le salva. Además, la adoración es motivada por Dios, pues Él es quien nos convoca a adorarle. Adorando, María reconoce que la gracia de Dios se ha manifestado en muchos actos en su vida, pues cuando la vida toda es gobernada por Dios podemos ser testigos de las grandes cosas que Él hace (1:46,47,49). Todo esto nos hace recordar el amor y la alegría que brotan del perdón. María nos muestra, también, que nuestras relaciones cambian cuando miramos a los demás con el evangelio, desde los lentes de la gracia.

En el canto, María reconoce la justicia de Dios en su Reino (1:51-53). Es interesante que ella mencione como pasado cosas que seguían sucediendo en su presente, y que están vigentes en nuestro tiempo. El brazo del Señor era un símbolo, según Lutero y Calvino de la actividad de Dios en la historia y en nosotros, comunitaria e individualmente. La fuerza de Dios en acción nos motiva a trabajar en el presente. María habla de los soberbios, poderosos y ricos. Aquí el problema no está ni en la fama ni en el poder ni en el dinero, sino más bien, en la idea de que estamos seguros en nosotros mismos, presumiendo que Dios y los demás deben estar contentos con lo que hacemos y en cómo vivimos. El canto nos muestra a Dios librando a los poderosos y amándoles, doblegándolos, quitándoles el poder. Indefectiblemente, todos los ídolos, los imperios y las tiranías caerán. Sólo el Reino de Dios se mantendrá incólume.

También se nos muestra a los pobres y a los hambrientos. Aquí, vemos a Dios siendo generoso con quienes le siguen con humildad, con pobreza de espíritu, y deja de lado a quienes se sienten con el derecho a ser escuchados por Él. Pero además, nos muestra la justicia vindicativa de Dios, que se ve en su trato, en el que demanda acciones de parte de nosotros, en relación con los pobres, los huérfanos, las viudas y los inmigrantes, lo que hace que nuestra misericordia no sólo sea una muestra de genuina caridad, sino un acto de justicia en el que se da a los desamparados aquello que se les debe. Dios, en la historia, actúa complaciéndose en elegir lo vil, lo débil, lo despreciado del mundo, para llevar a cabo su misión. Eso éramos algunos de nosotros. La opción preferencial por los pobres a muchos les suena a teología de la liberación, aunque el concepto surgió en Medellín en 1968, de los obispos católicos, entre los que una minoría adscribía a esa corriente. Es un concepto que tiene mucha relación con lo que la Biblia dice con respecto a quienes sufren los rigores de la vida y el desamparo (véase esto, con mayor profundidad, en el libro “Justicia generosa” de Timothy Keller). Pero, si no estás de acuerdo con dicha lectura, el oponerse a una opción preferencial no debiese implicar una opción “despreferencial”. Es nuestro deber cuidar a los pequeñitos de Dios que requieren de ayuda activa. Es parte de la misión de Dios. Es una falsa dicotomía, entonces, decir que la predicación del evangelio excluye las acciones que tienden a la misericordia-justicia. Que algunos lo lleven a cabo de esa manera, no dice NADA con respecto al criterio bíblico. Las experiencias no son normativas. La Biblia lo es. Nuestra justicia proviene de Cristo, por ende, no nos debemos dejar dominar por los discursos de nuestra época. No hay verdadero amor si éste no se sustenta en Dios. No hay verdadera justicia social si no se sustenta en Dios. No hay real valoración de la vida humana si no se sustenta en Dios.

En el canto, María reconoce que Dios ha sido fiel al pacto, porque Él es fiel, trinitariamente consigo mismo, y es fiel con su pueblo. Según Gálatas 3:16, el pacto que Dios hizo con Abraham tuvo su cumplimiento con el nacimiento de Cristo. El Reino de los cielos se ha acercado y está presente, por más gris que parezca nuestra época, por lo que debemos aprender a vivir con la convicción y la esperanza de que Cristo es nuestro rey.

3. La Biblia nos habla de una mujer discípula que es fiel a su Señor y Maestro.

Todo lo que ya hemos visto nos da cuenta de una vida cristocéntrica. Pero, hay otros hechos de la vida de María que nos pueden seguir hablando. Hechos 1:14 nos muestra a María congregándose con los demás discípulos luego de la ascensión de Jesús. Eso es un signo de su vida: alguien que fue salvada por la cruz, tanto como los demás.

Y retrotrayéndonos en la historia de esta mujer, podemos recordar su confesión de fe, una declaración que debe marcar nuestro compromiso. En Juan capítulo 2 se nos muestra la escena de las bodas de Caná, y particularmente el momento en que se acaba el vino para la fiesta. Jesús sabe de esta situación por María. Jesús le hace entender no sólo que eso no era su problema, sino que además, ella no debía interponerse en su misión. María no discutió con Jesús, reconociendo con eso su autoridad respecto de ella. Pero además, se acercó a los sirvientes y les dijo: “Hagan lo que él les diga” (Juan 2:5). Si hay algo que debe marcar el discipulado de Jesucristo es la confianza y obediencia al camino que Jesucristo ha trazado, y que podemos conocer no por medio de nuestras ensoñaciones, sino que por medio de la Palabra que es inquebrantable. “Hagan lo que él les diga”, es un llamado a la renuncia que pone a Jesús como centro de la vida y a su Palabra como sólida base para el pensamiento, la emoción y la acción. ¿Estás dispuesto a hacer caso a estas palabras de María? Nada es más “mariano” que hacer lo que Jesús dice.

El evangelio nos muestra que en una ocasión, mientras Jesús estaba enseñando, una mujer maravillada por las enseñanzas del Maestro de Galilea, exclamó: “¡Que Dios bendiga a tu madre, el vientre del cual saliste y los pechos que te amamantaron!” (Lucas 11:27). Hermosa declaración de una mujer desconocida a su congénere, María. Jesús dijo: “Pero aún más bendito es todo el que escucha la palabra de Dios y la pone en práctica” (11:28). Esta no es una declaración contra María. Por el contrario, es una buena noticia para quienes compartimos el seguimiento de Jesús, tal y como María, y otros lo hicieron en el pasado y lo siguen haciendo hoy. María es una discípula que “nos lleva la delantera”, como decían los viejos entrañables pentecostales. No seguimos sus pisadas. Seguimos a Cristo. Pero su vida nos llena de ánimo, porque nos muestra la gracia de Dios, gracia que sigue operando. En el Magnificat, María dijo: “de ahora en adelante todas las generaciones me llamarán bendita” (Lucas 1:48). No temamos hacerlo ni decirlo.

Luis Pino Moyano.