De iluminadas, iluminados y lo importante.

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El “caballito de batalla” del programa “Morandé con Compañía”, de la estación privada de televisión Mega, no ha pasado inadvertido. Se trata de la sección cómica, que sábado a sábado ha sido más alargada, intitulada “Las Iluminadas”, cuya representación es clara: dos mujeres evangélicas, más propiamente del mundo pentecostal, que montan una performance con clisés propios de esa vertiente moderna del protestantismo, con sonido de panderos, que no sólo musicalizan sino, también, son usados para reprender la pecaminosidad concupiscente de los invitados al programa, y con movimientos de cuerpo que hacen recordar a los filmes de exorcismos y a los saltos, danzas y la glosolalia posible de atestiguar en varios lugares de culto.

Soy evangélico. Desde niño asistí a una iglesia pentecostal. Hoy soy miembro de una iglesia de teología reformada, pero mi praxis tiene elementos del constructo pentecostal del cual soy heredero. Además, soy un agradecido de la hermandad en la que crecí y coadyuvó en mi formación. Y desde ese perfil fui, desde temprana edad, testigo de “manifestaciones espirituales” que podrían ser parte de la inspiración de esta performance cómica. Por ende, cuando veo a las iluminadas me encuentro con una serie de lugares comunes. Y, no está demás decir, que me río. Entonces, así, de cuajo, las iluminadas me hacen reír.

Respeto profundamente a aquellos que no ven o se molestan con la interpretación cómica de “Eva” y “Angélica”, una suerte de Pinky y Cerebro, en versión evangélica pentecostal. Evidentemente, muchos pueden pensar que dicha representación atenta contra elementos frente a los cuales se debe guardar solemnidad y reverencia. Están en todo su derecho. Y ahí, uno podría hacer un análisis crítico de la industria cultural de masas, sobre todo de aquella que es proyectada por la televisión, y que como diría un humorista de los ochentas, penetra las mentes y conciencias. Y ver cómo la extensión de la parodia crece bajo la lógica del mercado, puesto que hay consumidores que gustan de dicha representación y satisfacen una artificiosa necesidad. Pero en esta ocasión no me extenderé en dicho análisis, ni tampoco en la representación simbólica de las iluminadas, sino en el discurso de otros/as iluminados e iluminadas que han llenado, también, las pantallas de televisión, y lo que podríamos denominar importante. Lo plantearé en los siguientes puntos:

  1. Primero que todo, han aparecido una serie de pastores, hermanos y hermanas de algunas iglesias pentecostales, en diversos programas de farándula, sacando la voz contra el mensaje que implícita y explícitamente brinda la representación cómica de “Las Iluminadas”. Insisto. Están en todo su derecho. El problema del asunto es que lo hacen diciendo representar al “pueblo evangélico”. Mi pregunta es, ¿en qué momento preguntaron a los creyentes evangélicos cuál era su opinión de dicha performance? ¿Encuestaron, entrevistaron o votaron? ¿Quién les hace portadores de dicha representatividad? ¿Un grupo de pastores, que no informan de sus actos a sus congregaciones, y dictan a nombre de ellas sus opiniones? ¿O se eligió en una asamblea a voceros que dieran a conocer la voz de los evangélicos? Y, con cuánta mayor razón, ¿desde cuándo los evangélicos pueden verse a si mismos como “un” pueblo, si en nuestro seno abunda un variopinto espectro de cosmovisiones, visiones e interpretaciones? ¿Desde cuándo una denominación, o más elocuentemente, un sujeto puede hablar a nombre de los evangélicos? En ese sentido, los programas de televisión y otros medios, han errado por omisión al señalar que esta polémica es entre “Los evangélicos” y “Las Iluminadas” y no el conflicto entre un sujeto (o más) con nombre y apellido, que no sabemos si representa a su iglesia local, y las actrices, el programa o el canal que emite dicha programación. En ese sentido, el llamado que habría que hacer es que se hable a título personal, y si se habla a nombre de una generalidad, se garantice con métodos transparentes, dicha representatividad.
  2. Por muy poco espiritual que pueda sonar, ¡esto no es una persecución! Con suerte es respuesta de una acción paranoica de quienes se ven discriminados, vejados y humillados por cualquier acción. Lo más risible de los comentarios que los dizque representantes han realizado es llamar a burlarse de otros/as, por ejemplo, de los “políticos marihuaneros”. No es el llamado a no burlarse de nadie, es a no burlarse de “mí”, porque estoy en un pedestal de impecabilidad que me hace ser indigno de las palabras peyorativas que puedan emerger en cualquier medio. Qué ridiculez más grande. Más todavía, cuando los “representantes” del pueblo monolítico, se han referido con términos como “fletos”, a los homosexuales (refiero en particular al predicador Marcos Morales) o “endemoniados”, al que difiere de sus opiniones. La Biblia nomina actos como buenos o malos y quienes la aceptamos como única y suficiente regla de fe y conducta somos llamados a vivir en concordancia con dichas enseñanzas. Pero hay un grupo de evangélicos que en una actitud farisaica no recuerdan que son humanos y sólo humanos, con todo lo que ello implica, y echan a la gente más carga de la que pueden llevar. Esto no es una persecución de la fe. Es la caricaturización de un sector del mundo evangélico que, ocupando una analogía que alguna vez escuché, irradia tanta luz, que no ilumina, sino que encandila. Ni siquiera es un acto peyorativo del pentecostalismo. Es un acto que toma elementos del pentecostalismo, y los exagera, en pos de una carcajada. Si somos rigurosos históricamente, muchos cristianos han sufrido persecución y esto no le llega ni a los talones. Además, el martirologio cristiano ni siquiera está supeditado por el sufrimiento, sino por el mensaje que se porta y que hace que un sujeto viva un momento doloroso o sea llevado a la muerte. Si el mensaje que se porta no se condice con el de las Escrituras, ¿cómo puedo llamar a esto persecución de la fe?
  3. El problema se hace más grave cuando no quieren que nadie se burle, pero ellos propician, enriquecen y fundamentan la burla, dando material para ella. Señalaba que con la representación de “Las Iluminadas” me río a carcajadas. Pero con la misma seguridad señalo que con lo que se ve en muchos cultos, no me río, sino que me molesto, y a veces, dependiendo del lugar y los sujetos involucrados, me entristezco. Con el sentido de un espectáculo dantesco uno puede ver a sujetos que entran en éxtasis, y sus cuerpos se zarandean, y emiten aullidos y, en vez de glosolalia, prorrumpen en una jerigonza espiritualista (por no decir espiritista), o caen al suelo luego de que alguien sopla sobre ellos o le lanza un vestón, o comienzan a reír sin sentido. Para alguien que ve eso por televisión, sí, por canales de televisión evangélicos, y no pertenece a estos grupos religiosos, ¿qué ve en dichos actos? ¿Manifestaciones sobrenaturales de la gracia divina? ¿Antropológicamente lo leerá como un “trance totémico”? ¿O, lisa y llanamente, como un manicomio, en el que como dicen los sones de un grupo chileno, “está la escoba, está la escoba”? Dejemos que la Biblia (sí, el libro sagrado de quienes profesamos la fe cristiana), nos responda: “Si, pues, toda la iglesia se reúne en un solo lugar, y todos hablan en lenguas, y entran indoctos o incrédulos, ¿no dirán que estáis locos?” (1ª Corintios 14:23). Así que, en vez de demandar a programas y canales de televisión, “esperando llegar hasta las últimas consecuencias”, sean serios y cuidadosos con lo que pasa en sus cultos. ¿Cuánta responsabilidad, tienen ustedes, hermanos, que suben vídeos en plataformas virtuales o los emiten por televisión, otorgando material para que aparezcan personajes cómicos como éstos –y agradezcamos que son cómicos, y no análisis que enjuician estas conductas como controles de las conciencias-. Siguiendo la lectura paulina del capítulo 14 de la primera carta a los corintios, regulen sus cultos teniendo en consideración el gran “pero” para el ejercicio de los dones: “pero hágase todo decentemente y con orden” (v. 40).

Esta es mi lectura de los hechos, por lo tanto la responsabilidad de lo enunciado acá es sólo mía. No represento a nadie, a pesar de estar seguro que algunos se sentirán identificados con estas palabras, ya sea total o parcialmente. Lo importante es no quedarse silentes frente al verdadero espectáculo. No el de la performance cómica, sino el de las patéticas escenas de evangélicos desfilando por programas de farándula, molestos y dispuestos “a llegar hasta las últimas consecuencias”. Siendo que si sienten estar recibiendo el vituperio por seguir a Cristo deberían sentirse gozosos, alegres, frente a dicha situación (véase lo que Pedro dice en su primera carta en el capítulo 4, los versículos 14 al 16). Pero insisto, la molestia no procede del ataque a la fe, sino de un ataque a prácticas que realizan un determinado número de personas, pero que en su debilidad buscan que sus gritos desde la periferia se fortalezcan en la representación de un grupo más masivo. Recalco, que no me siento representado por la performance cómica de las Iluminadas, pero por sobre todo, no me siento representado por las voces iluminadas que reclaman ante dicha parodia. Increíblemente, me siento más representado por la voz del periodista José Miguel Villouta, que ante las reclamaciones de unos hermanos en el programa del cual él forma parte, dio una opinión que es mucho más cercana al ideal bíblico: (cito de memoria) “¿por qué en vez de estar viendo a las Iluminadas, no cambian de canal, o leen la Biblia, que es un gran libro, y son felices?”. Sin lugar a dudas, si los cristianos leyéramos más la Biblia y fuésemos felices de vivir la fe, no viviríamos paranoicamente, con delirio de persecución y sentido de ghetto. Muy por el contrario, veríamos al mundo en el que vivimos y las discusiones que emergen en él, pensando en las ricas oportunidades que tenemos para compartir la buena noticia. En otras palabras, valoraríamos las posibilidades de hablar y vivir la verdad con amor.

Luis Pino Moyano.

Publicado en un blog extinto, el 31 de agosto de 2012.

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