A propósito de Ricardo Cid.

 

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Varios programas de farándula han centrado su mirada en el pastor evangélico Ricardo Cid, Obispo de la Iglesia Impacto de Dios. A las antiguas acusaciones de affaires homosexuales con miembros de su organización, el no pago del arriendo de un local, los ruidos molestos y al anecdótico “milagro” de oro que caía desde el cielo, se ha sumado, en los últimos días, las acusaciones de abuso sexual de menores, de maltrato físico a su madre, su “intento de suicidio” frente a La Moneda con una pistola a fogueo, las discusiones cantinflescas en programas de periodismo rosa y la acusación de su chófer personal de intento de homicidio. Es evidente, que nuestro sistema judicial presupone la inocencia de los imputados hasta que no se demuestre lo contrario, ¿pero no serán muchas voces contra este sujeto? Ahora bien, cosas como ésta se veían venir. Bastaba ver con paciencia uno de sus sermones, que la mitad de su congregación escuchaba (por los agudos gritos del predicador y, porque la otra mitad estaba sumergida en éxtasis, prorrumpiendo en glosolalia, gritos y danzas). Bastaba verlo vestido con una túnica que emulaba la de un sumo sacerdote hebreo y con su kipá, para ver sus delirios de grandeza. O toparse desde un automóvil con su casa (en realidad dos), llena de peluches y luces de colores durante todo el año y no sólo en las cercanías de la navidad, y con varias banderas de Estados Unidos e Israel (el apoyo a la oposición y a “la presidenta Bachelet” es algo nuevo). ¿Qué demuestra todo esto? Que estamos frente a un desquiciado y que producto a dicha problemática condición cae en este tipo de barbaridades. Es alguien que no resiste el más mínimo análisis. No soy psiquiatra, pero es muy probable que un dictamen médico diga “trastorno esquizoide” y “desvaríos místicos”.

Lo que llama la atención es que hoy, luego de las acusaciones de abuso sexual contra menores, algunos pastores y laicos evangélicos alzaran la voz contra éste sujeto, señalando que no es pastor ni obispo y que no representa a los evangélicos. Sí, las acusaciones actuales remiten una gravedad que no tenían las anteriores, y los evangélicos no queremos vernos involucrados en el actuar de Cid. De hecho, el llamado debiera ser a la máxima colaboración con los tribunales, de manera tal que prontamente se sepa la verdad judicial. Pero Cid, como Obispo y Pastor, era un peligro mucho antes de sus delirios de grandeza y sus mediáticos milagros falsos. Con escasa formación bíblica y teológica, sumado a una congregación caracterizada por una fe ciega en lo que dice el líder, daba cuenta de un comportamiento sectario, que podía conducir a comportamientos autodestructivos (de eso la historia del fanatismo religioso está repleto). ¡Cómo hubo tanta ceguedad para no actuar previendo esto! ¿Acaso no vieron esto los pastores, de otras denominaciones, que le “ungieron” como obispo? ¿Acaso no vieron esto los pastores que permitieron que, en el más antiguo de los programas evangélicos en la televisión abierta chilena, el pastor Cid fuese entrevistado en dos ocasiones y se repitiera la segunda entrevista, en la que contaba su viaje al cielo y al infierno[1]? Me resisto a creer en tanta ceguera, que conllevó a actos interdenominacionales como los que acabo de mencionar, los que no hacían otra cosa que validar y legitimar a un pastor en su ministerio.

Eduardo Gatti diría una canción que “cada uno aferrado a sus dioses / producto de toda una historia / los modelan y los destruyen / y según eso ordenan sus vidas / en frente les ponen monedas / en sus largas manos les cuelgan / candados, letreros y rejas”. Gatti no hacía otra cosa que repetir, tal vez sin conciencia de ello,  lo señalado por Calvino cuando hablaba de que el corazón humano es una fábrica de ídolos. El ver a Ricardo Cid con una gran congregación, y ver otras expresiones de fe tanto o más masivas, no hacen otra cosa que recordarnos dichas verdades. La historia del mundo da cuenta de la presencia de comunidades diversas, pero que dentro de los rasgos comunes, no sólo estaba el tabú del incesto del cual se maravillaban los primeros etnólogos en sus trabajos de campo, sino también un “sentido de lo divino”. La gente tiene sed de lo divino, de lo espiritual, de lo religioso. Y para saciar dicha sed han tomado, muchas veces, de un tipo de agua, no importando su procedencia ni su consistencia. Y es ahí donde nosotros, como comunidades eclesiales, debemos recordar nuestras responsabilidades con Dios, los hermanos y las hermanas y la sociedad. Tenemos tanta responsabilidad de hablar del evangelio y, a la vez, ser comunidades que regulen su convivencia a la luz de las enseñanzas de Cristo tal y  como aparecen reveladas en la Escritura. Debemos cuidarnos de entregar y recibir una sólida enseñanza y evitar los abusos de personas que no entienden que están para servir y no para obtener rédito o para saciar sus bajas intenciones. Recordar que no somos mártires cuando nos amedrentan o nos asesinan, literal o simbólicamente, sino cuando somos todo eso como resultado del mensaje que portamos.

Por eso, tomo el caso de Cid como una provocación para pensar nuestro discurso y práctica. Y, por ello, creo que esta reflexión podría ser sintetizada en dos breves principios: a) No necesitamos de la parafernalia ni de los gritos ni de las luces; y, b) que Cristo y su mensaje siguen teniendo un poder transformador.

Luis Pino Moyano.


[1] La entrevista se realizó en dos capítulos los días 22 y 29 de julio de 2000. Se repitió el 12 de agosto del mismo año. En ese tiempo, “Puertas Abiertas” tenía como comité editorial a varias iglesias e instituciones evangélicas. Dato tomado de http://www.puertasabiertas.com/archivo.htm (revisada en abril de 2013).

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