Nos dijeron alegría y no goce. Mirando al 5 de octubre de 1988 y algo más allá.

Plebiscito 1988

Sin lugar a dudas, una fecha cargada de historicidad en nuestro país es el 5 de octubre. Los militares no eligen fechas al azar. Siguen la historia o elementos simbólicos para hacerlo. Un 5 de octubre de 1974, un comando conjunto de las Fuerzas Armadas dio muerte al Secretario General del MIR en un combate desigual. Esa fecha marcada con la sangre militante, con la derrota militar de un partido que encarnaba al enemigo interno, fue la escogida para elegir o defenestrar al Dictador. “Una cantidad suficiente de bayonetazos en el momento preciso genera la cultura del temor, que dura más tiempo que el bayonetazo”, nos diría hace muchos atrás Max Weber.

Pero hombres y mujeres, esperanzados en la alegría que venía, salieron a la calle y fueron a los recintos de votación, venciendo el miedo para con una rayita marcando una cédula de votación derrotar a Pinochet. Hubo intentos de negarlo. Cardemil nos mentía con los resultados. Los militares estaban al acecho esperando las órdenes de Pinochet. Pero la voz de los ’80 se impuso y no se pudo negar la derrota. El Vals del No cantado por Florcita Motuda invitaba a danzar, la alegría llegaba. El 11 de marzo de 1990, Pinochet dejaba la banda presidencial y entregaba la piocha de O’Higgins al demócrata cristiano Patricio Aylwin.

Hoy miramos con cierto desprecio dicho hito histórico por lo que terminó significando la Concertación, pero hay que hacer justicia. Porque el triunfo no fue sólo de las élites políticas, ergo no fue un triunfo meramente electoral. Al dictador no sólo se le derrotó con un lápiz grafito en las urnas. Sino con la lucha del pueblo de Chile que saltó a las calles en las jornadas de protesta, de quienes cacerolearon, pero a la vez hicieron ollas comunes en las poblaciones, de los curas y pastores que no sólo estuvieron detrás de un púlpito sino en las calles codo a codo con quienes pujaban por un mundo mejor, de las mujeres que buscaron democracia en las casas como en el país, de los trabajadores, pobladores, estudiantes y su solidaridad de clase, de los periodistas que en los medios independientes contraculturalmente informaban a la población, de los militantes que tomaron las armas para llevar a cabo la resistencia contra una dictadura que no trepidó en usar el terrorismo de Estado contra quienes eran sus adversarios políticos, de los niños que en medio de nuestros juegos tomábamos banderitas y cantábamos canciones prohibidas, de las madres y abuelas que clamaban por saber el paradero de los desaparecidos. No, la dictadura no fue derrotada en las urnas, fue derrotada por la fuerza del pueblo. A eso le tuvo miedo Pinochet. Por eso tramó una “eterna transición” (Sofía Correa y otros). Una transición hecha a imagen y semejanza del Dictador, con sus amarres y con una pesada “jaula de hierro” (Tomás Moulian) que inmoviliza la democracia y que hace pervivir la sombra del autoritarismo.

Hay quienes creen que la Concertación nos traicionó. Yo no creo en eso. La Concertación nos prometió que vendría la alegría, y llegó la alegría. La alegría es moderada, compuesta, regulada. Pienso en el día en que dejamos de cantar en el colegio la tercera estrofa del himno nacional, la de “vuestros nombres valientes soldados”, por orden del Ministro de Educación Ricardo Lagos. Fue un día alegre, pero formados, con las manos atrás y con los pies juntos. Así fue nuestra transición, con hitos cargados de alegría, pero ordenada, moderada, institucional, con la gente y no con el pueblo. Porque no sólo Pinochet le temió al pueblo y a su fuerza, sino también la Concertación. Eran los técnicos, los especialistas, los que hacían la política, lo demás es gritería y desorden.  “Gana la gente, Aylwin Presidente”, decía el slogan. ¿Qué más insípido que eso? Porque la alegría concertacionista de edulcorada pasó a ser insípida e, inclusive, en algunas ocasiones amarga. Amarga cuando hizo justicia en la medida de lo posible, cuando no encarceló al Dictador, cuando construyó cárceles a la medida de los esbirros de la dictadura, cuando ocultó por 50 años el nombre de los torturadores en el Informe Valech y en todas las ocasiones que invocó la entelequia de la “razón de Estado” para no construir democracia profunda, real. Y es que nos prometieron la alegría y no el goce. El goce es revolucionario, transgresor, cargado de erotismo en tanto “elemento cuestionador del ser” como nos dijera Bataille. La alegría anquilosa y construye una democracia eunuca y pacata, como nos dirían ciertos jóvenes en los ochentas, en cambio el goce está marcado por el movimiento y por el ejercicio horizontal del poder.

Este año, tanto las elecciones presidenciales como el recuerdo del plebiscito de 1988 están marcados por la explosión memorística de los 40 años del golpe militar. El juicio ciudadano mayoritario está recayendo no sólo sobre quienes bombardearon, asesinaron o torturaron, sino también sobre quienes dijeron “Sí” en el plebiscito, apelando a la invención del “país ganador”. Tanto así, que fue un gobierno de Derecha el que cerró el Penal Cordillera, prisión llena de privilegios para quienes practicaron la violación sistemática de los derechos humanos. Y como señaló Pedro Cayuqueo en un tweet, esto nos dijo más de la Concertación que del propio Piñera. Así es, nos dijo más sobre la alegría insípida, aquella que sólo apela a condiciones, como si fueran marionetas de la historia.

La alegría nos dijo “y va a caer”. El goce nos interroga “¿para qué cayó?”. Hoy ya no creemos en la alegría, añoramos el goce. Eso es lo que nos hace cantar, gritar y enunciar cuando caminamos y saltamos por las calles del país, preñados de esperanzas, pletóricos de colores, añorando el fin de la eterna transición de unos pocos, y la emergencia de la democracia de los más.

Chile, el goce ya viene.

Luis Pino Moyano.

San Bernardo, 5 de octubre de 1988.

Movilización estudiantil 2011

Publicado en “El Quinto Poder”.

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