La Navidad, el Reino de Dios y los pobres de la tierra.

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Moralismo es la palabra. Veo en las redes sociales a un sinnúmero de gente despotricar contra la Navidad, interesantemente de distintos acervos, desde cristianos a agnósticos, sustentados simplemente en una moral dudosa y de poca enjundia. No estaría de más que le dieran una vueltecita al libro de Tomás Moulian, El consumo me consume, para darse cuenta de que nadie, ¡absolutamente nadie!, está libre del consumo. Pero quisiera tirar la piedra más allá. Para quienes creemos en el poder de aquél que puede hacer nuevas todas las cosas, nunca el Viejo Pascuero ni los regalos son un problema, porque nunca imaginar (la ficción no es lo mismo que la mentira) ni dar han sido un problema. Nuestro verdadero problema radica en dejar de dar la centralidad a Cristo, y una de las maneras de acometer eso es anteponiendo un discurso moralista contra quienes asumen la tradición religiosa de celebrar Adviento y la Navidad y, quienes por otro lado, se deleitan en celebrar y regalar. Ese no es un discurso bíblico, porque es un discurso ensimismado, que no anuncia la gracia, puesto que su deleite está en obras que buscan la autojustificación. Eso no es celebrar a Jesús.

Durante este tiempo de Adviento he tenido la posibilidad de compartir la Escritura en tres de los cuatro domingos que conforman esta celebración. En dichas predicaciones se encuentra la base de esta reflexión respecto a la Navidad en clave del Reino de Dios. Si hay una constante en los escritos veterotestamentarios es la esperanza mesiánica. Dicho sentimiento, aunque permanente, era agudizado en contextos de opresión imperial. Las palabras del salmista (Salomón) son un ruego que grita desde el fondo del alma: “Oh Dios, confía tus juicios al rey, tu justicia al hijo del monarca. Él juzgará a tu pueblo con justicia, a los humildes con rectitud. De los montes llegará al pueblo la paz, de las colinas la justicia. Hará justicia a los humildes, salvará a los oprimidos, aplastará al explotador” (Salmo 72:1-4). Lo que anuncian los salmos y los profetas cuando hablan del Mesías es un rey cuyo ejercicio siempre estará ligado a la justicia. Su tarea es llevar a cabo el proyecto de Dios en la historia, la restauración del orden creado. Cuando la Escritura habla de la redención o de lo nuevo, no se está refiriendo a algo inédito, sino que está dirigiendo su mirada al jardín en el que todo era Shalom: paz, justicia, armonía, vida en abundancia, gozo. Eso es lo que Jesús tiene presente cuando en la sinagoga de Nazaret lee las Escrituras: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado para llevar a los pobres la buena noticia de la salvación; me ha enviado a anunciar la libertad a los presos y a dar vista a los ciegos; a liberar a los oprimidos y a proclamar un año en el que el Señor concederá su gracia” (Lucas 4:18,19). Y en uno de los sermones más breves y más polémicos de la historia, el Maestro de Galilea declara: “Este pasaje de la Escritura se ha cumplido hoy mismo en presencia de ustedes” (4:21). Cristo es Dios con nosotros, el rey prometido, quien consumará la consolación. Cuando pensamos en la Misión no podemos disociar estos elementos integrales del Reino, dejando de ver a Jesús como el pastor que se compadece y se muestra empático con quienes sufren los rigores de la vida.

Esto nos lleva a un tema complejo, pero no menos presente en las Escrituras: la justicia vindicativa de Dios. Dios no tiene favoritos, no hace acepción de personas, no es clasista. Su propósito es el Shalom, condición social que se sustenta en su justicia. El profeta Isaías dice claramente: “la justicia producirá la paz, el resultado de la justicia será tranquilidad y confianza eternas” (Isaías 32:17). Por ende, la vida del Reino de Dios ha de ser aquella en que la mirada hacia los pobres no es marginadora ni discriminadora, sino más bien redentiva, buscando cambiar su situación mediante la redistribución de los bienes y labores en la sociedad. Esto es sumamente interesante: el Reino de Dios no es asistencialista, sino que busca la colaboración y propende a la acción. Y dentro de las acciones más importantes, también manifestación de la fidelidad y voluntad perfecta de Dios, está la redistribución de la riqueza y el cambio en el ejercicio del poder. Es lo que canta María en el Magnificat: “Con la fuerza de su brazo destruyó los planes de los soberbios. Derribó a los poderosos de sus tronos y encumbró a los humildes. Llenó de bienes a los hambriento y despidió a los ricos con las manos vacías” (Lucas 1:51-53). Dios es fiel con su pueblo y actúa en la historia con justicia contra la opresión. Por lo mismo, debemos decir que es parte del ejercicio de amor al prójimo quitar toda posibilidad de ejercer el poder a quien lo usa para dañar. No podemos estar pasivos, quienes buscamos colaborar con la extensión del Reino en todas las esferas de la vida, cuando vemos el abuso impertérrito e insolente de quienes son marginados día a día en la sociedad. Debemos alzar nuestra voz siempre, no para anunciar nuestra justicia y moral, sucias como trapos de inmundicia, sino para declarar el consejo de Dios, lo que la Escritura señala en relación al poder y a los pobres de la tierra. Sin miedo podemos señalar, tomando las palabras de Gustavo Gutiérrez, que debemos aprender a distinguir entre aquellos que tienen hambre y sed de justicia y hambre de pan y sed de agua, porque sólo así podremos saber a quienes llamar “bienaventurados”. En la esperanza alimentada por adviento no nos olvidemos de quienes sufren el hambre, la injusticia, el oprobio, sino que anunciemos la buena nueva del “año en el que el Señor concederá su gracia”.

En Navidad podemos vislumbrar la gracia del Salvador, la justicia del Reino y la fidelidad al Pacto. Amor, justicia y fidelidad no actúan por separado en el Dios en quien hemos creído. Por eso, con María podemos decir: “Todo mi ser ensalza al Señor. Mi corazón está lleno de alegría a causa de Dios, mi Salvador” (Lucas 1:46,47). Alegres miramos a quien teniendo toda la alabanza en el cielo se hizo pobre, para que en su vida y muerte, pudiésemos hablar de Dios como “mi Salvador”. Por eso hacemos bien en mirar al establo de Belén y ver a Jesús recostado en el pesebre. Aquí viene bien citar las palabras de Raymond Bakke, quien señaló que

“La historia de Navidad trata de un inmigrante intercontinental llamado Jesús, que nació en un establo prestado, vivió en el África, volvió para ser asesinado como criminal y enterrado en una tumba prestada, pero que resucitó de entre los muertos y ahora es el Salvador triunfal del mundo. Como ven, no contamos la historia de la Navidad de esta manera. La hemos envuelto en oropel de clase media. Hemos difamado la historia. La hemos sacado de su contexto misional”[1].

Cuando contemplamos la encarnación no sólo nos encontramos con un hecho teológico, ni con uno meramente estético. Nos encontramos con un hecho profundamente misiológico, que da cuenta de la ética que debiese caracterizar nuestro cristianismo, la del desprendimiento sacrificial de una vida que goza de darse a los demás. Es la renuncia al prestigio y a la fama que tanto nos gusta y al ascenso social que anhelamos. Mirar a Jesús en el pesebre nos hace matar el ego que ensimisma, para aprehender la comunidad. Partamos por ella, por nuestras comunidades, en la práctica de la justicia vindicativa y luego procuremos y trabajemos por su extensión en la sociedad.

Sin lugar a dudas, Navidad es un tiempo para cantar, orar y anunciar que la esperanza de los pobres de la tierra se ha cumplido: “Basta, hermanos, con que se fijen en cómo se ha realizado su propia elección: no abundan entre ustedes los que el mundo considera sabios, poderosos o aristócratas. Al contrario, Dios ha escogido lo que el mundo tiene por necio, para poner en ridículo a los que se creen sabios; ha escogido lo que el mundo tiene por débil, para poner en ridículo a los que se creen fuertes; ha escogido lo sin importancia según el mundo, lo despreciable, lo que nada cuenta, para anular a quienes piensan que son algo” (1ª Corintios 1:26-28).

El Reino es la proclamación visible de la gracia, en el cual la justicia de Dios es la que brilla, no la nuestra. ¡Aleluya!

Luis Pino Moyano


[1] Raymond Bakke. Misión integral en la ciudad. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 2002, pp. 67, 68.

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