Esos días que te invitan a pensar en cosas como el perdón.

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La parábola de los dos hijos, el abrazo del padre que entiende y vive la gracia y perdona. Un hermano que pide misericordia. Otro que se niega a perdonar.

Hace unas horas atrás hermanos y hermanas de la iglesia en la que fui miembro por varios años celebraron su aniversario número 48. En realidad, la fecha del hito fundacional es el 19 de mayo de 1966, pero se celebra el 21 por las facilidades que otorga el día feriado. Es un día en que se recuerda a ese grupo de valientes hombres y mujeres, de quienes crecimos escuchando sus historias (sobre o desde ellos/as), se escuchan predicaciones, se canta, hay discursos de felicitaciones y homenajes, representaciones dramáticas y se comparte la mesa. Memoria y comunión es la característica de este día en la Iglesia Pentecostal Naciente.

Ya van cinco aniversarios en los que no participo, debido a mi renuncia a dicha iglesia el 27 de diciembre de 2009. Y hoy, en medio de mi tiempo de descanso, recordé este día. Son muchos los recuerdos que pasan por mi mente, pero quiero sintetizarlos en una sola palabra: perdón.

Yo no salí feliz de dicha iglesia. El dolor era grande porque el daño fue grande. Cuando uno está ahí, “donde las papas queman”, no se siente el dolor. Es más, se naturaliza. En muchos casos, tiene que venir alguien y hacerte una pregunta como esta: “¿hasta cuándo el masoquismo?”. Y sí pues, ahí te das cuenta cabalmente de los golpes de la incomprensión, la envidia, la hipocresía, la cobardía. Eso que antes no te dolía, te duele. Eso fue lo que me pasó. Quince años se detienen en menos de un mes, diciembre de 2009. No puedo olvidar la tristeza que me apretaba el alma, cuando les leí a mis amigos mi despedida de la iglesia, en el borde del estero El Manzano, mismo texto que leí en la iglesia al finalizar la escuela dominical, mi último servicio prestado a la que la iglesia en la que crecí. No olvidaré tampoco la fila de hermanos y hermanas, que se despidió de mí, al bajar del púlpito ese día. Sí, fue un día triste. Todo esto sin sumar todo el daño que vino después y que alcanzó a mi familia. Simple demostración de la pecaminosidad propia de una humanidad caída. Pocos entienden todas las veces en la que se te aprieta el estómago a la hora del más mínimo recuerdo. Pocos entienden el dolor que se siente no vivir la comunidad en la iglesia, sentir que dicho espacio deja de ser un lugar que produce felicidad y descanso.

Estar en una comunidad de fe como Puente de Vida, produjo algo a lo que he llamado “desintoxicación”. Escuchar el evangelio domingo a domingo; vivir la comunidad no yendo a pelear a la iglesia; tener un pastor que desarrolla labor pastoral, visitando, acompañando, exhortando, consolando; ir eliminando ideas que actuaban como ídolos en mi vida y que se habían enquistado, entre otras cosas, por la ausencia de confesionalidad; reformar mi pensamiento del diezmo, dañado por malas prácticas e incomprensión de la Escritura; reformar mi pensamiento respecto al bautismo infantil, reconociendo el Pacto de Dios; restaurar la comprensión y la práctica de mi rol como esposo y padre dentro de mi hogar. Todo esto, y más, ha sido símbolo de este retorno al hogar. Hoy camino feliz y esperanzado hacia el ministerio como pastor presbiteriano, con la seguridad de que no podría hacerlo en otro lugar.

Pero la desintoxicación de ideas y prácticas sería incompleta si la sanidad no fuese total. Y eso tiene que ver con cómo escribo mi propia historia. Sí, fui dañado y terriblemente. Me costó un montón volver a confiar y no andar a la defensiva. Tuve que entender todas las áreas en las que recibí malas enseñanzas, disociadas de la comprensión sana de la Palabra. Pero el evangelio puede más y tiene un poder cautivador incomparable e insoslayable. Es el evangelio el que me permite entender el perdón y mirar más allá del daño. Mirar que Dios, que me salvó, me amó y perdonó mi ofensa que merecía simplemente la muerte, y que me perdona una y mil veces aunque “tropiece de nuevo con la misma piedra”. ¿Cómo no perdonar, entonces? Y esto es mucho más radical que olvidar el daño, y volver a ponerse en pie para seguir caminando. Es olvidar el daño por amor y extender la mano o un abrazo restaurador. Es poner la otra mejilla. Es entender que la reputación vale nada, porque simplemente lo que vale de nuestra identidad es lo que procede de Cristo. Todo esto ayuda y posibilita “retener lo bueno y dejar pasar lo malo”. Por ello, puedo recordar el cariño, sabiduría, esfuerzo y valentía de una mujer como la pastora Zulema Guajardo, de quien quiero replicar muchas cosas en mi futuro ministerio. Me ayuda a recordar a todos esos ancianos y ancianas, que con amor por Dios y su obra, salían a la calle con calor o frío a anunciar el evangelio, que con escasos recursos educativos y económicos levantaron iglesias a lo largo y ancho de este país, llegando inclusive al extranjero. Me ayuda a recordar ese saludo fraterno y sincero que iba acompañado de un “Dios lo bendiga mijito”, o “estoy orando por usted”. Me ayuda a recordar que también escuché excelentes predicaciones y enseñanzas, que son parte de mi sustrato escritural. Me ayuda a recordar que también reí con ganas, que soñé y luché, con amigos y amigas, por la misión de Dios y la extensión del Reino a todas las esferas de la vida. Me ayuda a recordar y entender que yo no me comporté siempre de manera acorde con el evangelio y que no todas mis enseñanzas procedían de la “Sola Scriptura”, y que por lo tanto, yo también debo pedir perdón. Me ayuda a entender que siempre la iglesia es una comunidad de pecadores santificados por la obra del Espíritu, y no por sus capacidades.

Sí, hoy escucho el evangelio de manera cotidiana, a través de una predicación cristocéntrica.
Sí, hoy vivo en una comunidad como en la que siempre soñé estar. 
Sí, hoy tengo una mayor comprensión de la fe, gracias a los esfuerzos que por años han hecho los cultores de la teología reformada.
Sí, fue la mejor decisión salir de mi anterior iglesia junto a mi familia. La voluntad de Dios se ha expresado en la escucha y proclamación del mensaje bíblico y el trabajo en la misión que es de Dios y no nuestra.
Pero absolutamente nada de eso serviría, si sólo creo en la gracia y no la vivo. No serviría de nada, si me comporto como el hermano mayor de la parábola conocida como la del hijo pródigo, siendo un petulante que se pone en una posición virtuosa, inalcanzable, exaltando mi moral y conducta aparentemente correcta, pero sin amor, y por sobre todo de manera autocentrada, apartando la mirada del Dios vivo. No serviría de nada, si no entiendo que la providencia de Dios, que sabia, amorosa y justamente actúa en mi vida, también lo hizo por los quince años de mi paso por la iglesia de la calle Eyzaguirre, la iglesia que por muchos fue conocida como “la iglesia del amor”. No serviría de nada, si no aprendo a perdonar. No serviría de nada, si no tengo palabras de bien y no de mal, para quienes fueron mis “compañeros de milicia” al decir paulino.

Lo que para los miembros de mi anterior iglesia fue un día de recuerdo y comunión, fue para mí un día para pensar en cosas como el perdón.

Luis Pino Moyano.

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