Anarquismo, terrorismo y medios de comunicación. Un intento de respuesta desde el evangelio.

11-b

a. Tratando de esbozar el estado de la situación política y comunicacional.

“Escuchad esas vociferaciones, ved esos rebaños de hombres andrajosos que arroja el fuego de los arrabales: es el motín que pasa. Ha apestado el aire. He aquí el pueblo… ¡el pueblo soberano! Esa mescolanza de pálidos mata-perros, de vigilados por al justicia, de horrorosas bacantes, esas frentes estúpidas i embardunadas de vino -¿eso es el pueblo?- ¡Vaya pues! Eso es lodo humano… en los días de las grandes crisis, se arrastran esos horribles pigmeos, impuro cardumen que ahulla i que degüella”[1].

 Si no fuera por los rastros propios del lenguaje del siglo XIX, es muy probable que en la actualidad escucháramos discursos similares. Y es que a lo largo de la historia del Estado nacional chileno, construido con mano firme bajo la égida portaliana luego de un triunfo político-militar en la Batalla de Lircay en 1831, siempre se ha luchado contra el “enemigo interno”. Enemigo interno que es el rostro de la maldad, de lo delictual, del terror, del caos que intenta imperar sobre el orden. Así pasaron los pipiolos, los liberales-rojos, los igualitarios, los peones lanzados a los caminos “sin Dios ni ley”, los obreros ilustrados organizados en sus mancomunales, los anarcosindicalistas, los fochistas, los comunistas, los marxistas que no eran otra cosa que “humanoides” -al decir del almirante Merino-, muchos de ellos “exterminados como ratones” –como declarara el tristemente célebre titular del diario La Segunda-, los extremistas. Hoy son “los encapuchados”, los mapuche, los anarquistas. Todos ellos caben bajo una nomenclatura dura y efectista: “terroristas”. Discurso elitario, construido desde el bloque en el poder, que se instala y naturaliza en la sociedad por medio de sus canales comunicacionales.

 No soy anarquista. Me pasé la universidad discutiendo teóricamente con ellos, y también en la práctica, pujando por una estructura como el Centro de Alumnos, en detrimento de las lógicas asamblearias, en mi opinión, igual de autoritarias, toda vez que siempre ganaba la opinión del que hablaba más fuerte y en tono más radicalizado. Pero eso jamás obstó para el diálogo y el compartir, con quienes eran mis compañeros de carrera, que vivían circunstancias iguales o similares a las mías, por cinco años de nuestras vidas. De hecho, cuando vino lo del caso bombas, hicimos una serie de esfuerzos comunicativos y de solidaridad concreta por nuestros compañeros perseguidos por los organismos de control social, lo que nos hizo ganarnos el seguimiento policial. Desde un comienzo señalamos que los argumentos del Fiscal Peña y quienes le secundaban eran falaces y animosos, construidos por un sujeto con aspiraciones de ascender socialmente y en poder. Baste recordar el fiasco de la fiscalía cuando se absolvió de todas las acusaciones a quienes fueron imputados y tratados sin los mismos derechos que gran parte de la población penal, debido a la aplicación de la prejuiciosa “Ley Antiterrorista”, hija a la medida de la dictadura a la hora de perseguir a los sujetos que protestaban contra ella.

 No soy anarquista a sabiendas de sus postulados teóricos. Me di el tiempo de leer a Bakunin, Kropotkin, Reclus –estos dos últimos con tremendos aportes a la geografía y con ello a las ciencias sociales-. También he leído, aunque me falta bastante, sobre el anarquismo español en el contexto de la guerra civil española y también sobre el chileno a fines del siglo XIX y principios del XX. No soy un erudito en el tema, pero mi rechazo a los ejes teóricos del anarquismo trata de ser fundado y no a partir de mero discurso panfletario. De hecho, algo que incluso algunos anarquistas no saben (porque así como hay liberales que no leen a Adam Smith, neoliberales que no leen a Friedman, marxistas que no leen a Marx, calvinistas que no leen a Calvino, y lo que es peor, cristianos que no leen a Jesús; hay, también, anarquistas que no leen de anarquismo), el concepto de autonomía no tiene que ver con la ausencia de principios rectores, porque éste sólo tenía relación con el imperialismo y con la clase dominante. No con la sociedad a la que se aspiraba, ni con el período en camino hacia ella, puesto que como todo discurso moderno, el anarquismo también porta en su discurso un telos, la aspiración de un por venir.

 Hoy día cuando se habla de anarquismo se habla desde el desconocimiento, a partir del sentido común, que como sabemos es el menos común de todos los sentidos, con el cual deberíamos seguir el principio cartesiano de desconfiar, de dudar. Sobre todo en el periodismo masivo chileno, lleno de copy & paste, quienes informan desinformando. Porque antes de hablar por televisión deberían saber que no existe un único anarquismo, sino muchos. Que hay anarquismos de izquierda, de derecha (esos que fomentan el nihilismo y la exaltación del placer individual), hasta anarquismo cristiano (recordar a Jacques Ellul). Deberían saber antes de informar que no es lo mismo ser anarquista que libertario, aunque pueden tener relación. Deberían saber que el anarquismo en Chile, quizá primordialmente por razones idiomáticas, es tributario del español, el más anticlerical de todos (de ahí provienen frases tales como “me cago en dios” o “la única iglesia que ilumina es la que arde”, entre otras). Deberían saber que el rebrote del anarquismo en el país tiene que ver con cómo los hijos e hijas de quienes lucharon contra la dictadura perciben la reducción concertacionista de “pueblo” a “gente”, es decir, cómo se connota la derrota de sus padres y abuelos, notando que las élites partidarias no sólo defenestraron ideales, principios, sino también sujetos. He ahí el favoritismo por las lógicas asamblearias, por la revocabilidad de los voceros, por el control comunitario, por el antiautoritarismo, cosas de las cuales hay elementos que, en mi opinión, hay que aprender. Se desconoce que las “casas okupas” no sólo estaban destinadas para “planificar atentados terroristas” y colgar “temibles posters de Axl Rose”, sino para ciclos de cine, talleres de arte, manualidades, para la autoeducación, y porque no decirlo para ser un espacio que cobijara a jóvenes que seguían, a pesar del paso del tiempo, pateando piedras. No soy anarquista, pero por favor, dejemos de levantar entelequias, y hagamos un ejercicio comprensivo de los fenómenos sociales con rigurosidad metodológica antes de comunicar.

Sí, en las marchas a veces “queda la patá”. No soy ciego. Sí, en Santiago y otros lugares se han puesto bombas. No soy iluso. Sí, en las movilizaciones hay “encapuchados”. No me hago el tonto. ¿Pero quiénes son? Algunos de ellos y ellas son sujetos que ideológicamente contravienen las ideas de orden desde el Estado y las clases dominantes, otros son jóvenes carenciados, otros lumpen. Ergo, sujetos, que en mi opinión, no sólo ejercen “violencia reactiva”, sino que actúan con agresividad lo único que hace es restar a los movimientos sociales. Pero también, como se ha comprobado en ejercicios de investigación, ha existido infiltración de efectivos policiales, que tampoco puede soslayarse. Entonces ahí me surgen muchas preguntas:

  • ¿Por qué las policías no logran detener a quienes originan los desórdenes en las manifestaciones, queman automóviles y buses del Transantiago, ponen bombas o anuncian que las pusieron sin hacerlo? ¿Acaso no tienen la tecnología ni la capacidad ni los equipos de inteligencia para hacerlo? ¿Puede entenderse que los mecanismos represores de la dictadura tuviesen más éxito en la captura de militantes de izquierda en el pasado sin la posibilidad de control que hoy día tienen los aparatos de control social? De verdad, quedan más dudas que claridades.
  • ¿Cómo los medios de comunicación de masas pueden hablar de terrorismo cuando no hay objetivos claros de la violencia, cuando inclusive no hay bombas? ¿Cómo no entienden que su función social no es alarmar, sino que informar? En Chile no hay terrorismo, eso no sólo lo dicen anarquistas ni los mapuche, lo dicen los académicos especializados en el estudio de la violentología, como lo dicen también una serie de organismos exteriores desde las presuposiciones del derecho internacional. No es terrorismo una bomba de ruido, ni un extintor con pólvora que un muchacho lleva en bicicleta a sabiendas de que un pequeño salto lo puede hacer explosionar. Es un delito y para eso existe la Ley de Control de Armas (que también tiene tristes recuerdos en la historia chilena reciente), ni menos el aviso de una bomba. El terrorismo tiene objetivos claros, es profesional, con un grado de efectividad altísimo. Si muere un inocente para el terrorismo es producto del azar, no de lo que no se planificó (en el caso de las torres gemelas y lo de Atocha, si concedemos la hipótesis de que se trata de un ejercicio de movimientos fundamentalistas islámicos, el enemigo sería la sociedad occidental, de ahí la masividad de víctimas).

 Quienes cometen delito deben ser juzgados siguiendo las pautas del debido proceso. Luego de una sentencia, los medios de comunicación como todos los sujetos, podemos lanzar nuestras opiniones, con fundamento y no a partir de entelequias. Pero me niego a llamar “terrorista” o “anarquista” a quien no tiene todavía un rostro. Lo siento, pero un folleto, como un llamado telefónico, como la colocación de una caja, de una mochila, hasta de una bomba, la puede hacer cualquier sujeto y no sólo los anarquistas. ¿Acaso son ellos los únicos que ponen bombas o han puesto bombas a lo largo de la historia de Chile? Y sí, claro que me daría pavor e indignación si en la puerta del jardín infantil al que asiste mi hijo colocaran una bomba cualquiera sea su alcance. Es probable que lanzaría todo mi repudio desde todas las tribunas que tuviera. Pero yo no soy periodista en ese contexto, soy padre, mi tarea no sería informar, sino hablar “desde la guata” y la indignación; ni tampoco soy policía ni instituto armado como para tener el deber de usar la fuerza con discrecionalidad.

b. ¿Qué hago como cristiano/a?

Como cristianos tenemos principios escriturales valiosos a los que haríamos bien en seguir:

  •  Claramente debiésemos respetar el principio de autoridad, en tanto creemos en la providencia de Dios actuando en la historia. Eso es intransable. Pues por lo mismo, con todo respeto a dicho principio, existe la posibilidad de la desobediencia civil cuando se atenta contra los principios bíblicos. Porque por amor al que es dañado debo acusar y luchar contra la opresión, como también por amor debo privar de ejercer abusivamente el poder a quien daña, respetando en todo momento su dignidad como ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, aunque él no se comporte como tal. Los cristianos no creemos en la venganza. Creemos en la justicia, en la verdad, en el perdón que no tapa el error, sino en el que restaura el daño realizado.
  • Por otro lado, el principio de autoridad debe ser tenido en cuenta siempre. Llama mucho la atención que cuando aparecen casos como éste, cristianos desperdigan por las redes sociales y otros medios la cita paulina de que “toda autoridad ha sido puesta por Dios”. Pero cuando, los actores con los que ellos empatizan o siguen, abusan de su poder, actúan dictatorialmente, violan los derechos humanos, defraudan con sus empresas para conseguir rédito, se coluden para tapar sus cobros onerosos, lucran con la educación perpetuando la inequidad, disparan contra los pueblos indígenas no importando si hay niños o no, allí, en esos casos “hay que orar”. Sí, debemos orar, siempre debemos orar. El clamor de que se haga la voluntad del Señor como reza el Padrenuestro debe estar siempre en nuestro clamor, porque la motivación para orar siempre debe ser la misma: reconocer la soberanía de Dios. Pero claramente oramos de manera diferente por quienes sufren la violencia, para que dejen de sufrirla, como por quienes causan la violencia, para que dejen de hacerlo, sin olvidar que quienes dominan llaman violencia inclusive a aquella predicación que declara el juicio a quien oprime al pobre. Nuestra oración no puede ni debe ser un manto hipócrita para tapar a nuestros ídolos, sean de izquierda o de derecha. Allí, con ese clamor de nuestra boca, estamos a adorando a un dios forjado en nuestro taller de ídolos. Nada más que eso. Ofendemos a Dios, al Dios de la Biblia, cuando hacemos eso.
  • La Biblia nos invita a reconocer que nuestra identidad no la alcanzamos ni en nosotros ni en otros sujetos ni en las cosas, sino que en Cristo. Por ende, criticamos con justicia todo intento de construcción autocentrada, puesto que es una réplica de Babel. De la misma manera, entonces, que juzgamos con severidad el ateísmo de ciertas posiciones políticas, debiésemos juzgar la construcción de un ídolo llamado mercado, que oculta en la imagen de una “mano invisible”, al dios que permite lucrar y satisfacer deseos sin ninguna conmiseración. Debiésemos preguntarnos, cada vez que decimos hablar desde el evangelio, si lo estamos haciendo con los ojos de la Escritura o con los ojos de nuestras ideologías. Puesto que aquello que confesamos al decir que la Biblia es nuestra única y suficiente regla de fe y práctica, debiese ser no sólo una declaración dogmática, sino eminentemente pastoral y vital. Por todo ello, debiésemos laborar arduamente por la colaboración en el Reino de Dios que es justicia, paz y gozo en el Espíritu, pujando para que éste se extienda en nuestra cotidianeidad como en la sociedad en la que vivimos. Nuestra fe dice y debe decir mucho, porque Cristo nos llamó a comunicar el evangelio. Pero también debe hacer mucho, porque el mismo maestro señaló que siempre vale más dar que recibir. Cuando pujamos por una sociedad que esté caracterizada por la justicia social, también vivimos el evangelio. Y allí, en dichos esfuerzos debiésemos gozarnos con todos aquellos/as que trabajan para ello, sea cual sea su origen, procedencia, color, fundamento, porque, quiéranlo o no, están glorificando a Dios. Critiquemos con dureza lo que no se condice con la Biblia. Pero tengamos la sencillez de escuchar a quienes expresan la Palabra aunque ella no mencione el nombre del Altísimo. “Prudentes como serpientes, sencillos como palomas”, fue el mandato de Jesús.

 A veces nos hacemos más enemigos de los que debiéramos. Nuestra teología, a lo largo de los años ha sido reactiva, responde con libros y concilios a lo que otros señalan. No señalo que eso sea negativo per se. Pero sí lo es cuando olvidamos que el evangelio tiene un poder transformador que vivifica y confronta de manera inagotable.

 Y sí, tal y como me enseñó un viejo predicador, cuando indico con el dedo a alguien, me estoy apuntando con tres a mí mismo. Todo el rato.

Luis Pino Moyano.


[1] F. Fernández. “Variedades”. En: Revista de Santiago. Vol. 2, Nº 3, 1848. Citado en: Gabriel Salazar y Julio Pinto. Historia Contemporánea de Chile I. Estado, legitimidad y ciudadanía. Santiago, LOM Ediciones, 1999, pp. 135, 136.

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