Decir “laico” no es lo mismo que decir “laicista”.

Francisco Bilbao, autor de

Francisco Bilbao, autor de “Sociabilidad Chilena”, texto por el que fue acusado de “sedición, blasfemia e inmoralidad”.

* La versión original de este post fue publicada en El Mostrador.

El día 27 de julio de 2014, El Mostrador publicó la columna de Alexander Linford titulada “Las batallas del laicismo en el Chile del siglo XXI”, en el cual se comenta la falta de correlato empírico entre la práctica de instituciones, fundamentalmente, públicas y la separación de “la Iglesia” (léase Iglesia Católica Apostólica y Romana) del Estado, la que fue sancionada en la Constitución de 1925 y ratificada en 1980. El autor señala que “algo no cuadra” y esboza sus respuestas a esta interrogante, las que a mi entender más que solucionar el asunto abren nuevas interrogantes. Esto por dos razones fundamentales: la homologación del concepto “laico” con el de “laicismo” y la incomprensión de los procesos de secularización iniciados en Chile en los albores de la vida republicana.

El hecho de que un Estado sea laico no presupone que sea laicista. Tanto en la definición “acotada” de la RAE, como en la propia conceptualización de Linford, el laicismo debiese ser entendido como una doctrina o estilo de vida que propugna de manera presuposicional principios o valores que no necesariamente tienen que ver con la religión. Y digo no necesariamente, puesto que algunos de los principios-valores mencionados como “la igualdad”, que procede de las presuposiciones del “derecho natural” y el “libre examen”, una de las banderas de lucha que emergieron luego de la protesta del teólogo alemán Martin Lutero, tienen su emergencia histórica en contextos religiosos. Por otro lado, ¿acaso quienes miran la realidad desde el laicismo no tienen cosmovisiones propias, lugares de producción, bagajes ideológicos, como quieran llamarlos, desde los cuales aprehenden y nominan las cosas? ¿Acaso el ateísmo y el agnosticismo no son también modos de creer? ¿Por qué se obliga, entonces, a pesar de los variados avances epistemológicos, a seguir adoptando el naturalismo como la base de la verdad? ¿No hay allí valores de por medio? Siempre hablamos desde una “confesionalidad”. Donde hay discurso, inexorablemente se profesa algo.

Por ende, lo que han hecho, y deben seguir haciendo, los estados laicos, la mayoría de ellos bajo la influencia del protestantismo (¡oh, religión!), es garantizar las libertades públicas y el ejercicio de las mismas a la ciudadanía, y dentro de esas libertades públicas está el derecho a la profesión pública y privada de los cultos religiosos, según la normativa vigente. El Estado se convierte en garante, con ello, de que dichos cultos no atenten contra la vida y la dignidad de las personas. Obviamente, me molesta señalar en mi clase de historia que a Luis Emilio Recabarren se le sancionara por no jurar como diputado por Dios y los santos poniendo su mano en la Biblia. Y también creo que el Estado es una esfera diferente de la religiosa y que por ende no debiera obligarse a profesar-jurar algo que no se cree. Pero eso es tema largo, y que tiene que ver con “el pequeño Portales” que llevamos metido dentro nuestro, que nos llama al orden cuando queremos ser disruptivos con él. Por ejemplo, ¿por qué los grupos homosexuales que enuncian los discursos hegemónicos del sector acá en Chile buscan, entre otras demandas, el derecho al matrimonio, siendo ésta la principal institución de patriarcado y la heteronormatividad con el que buscan romper? ¿Acaso eso no es conservadurismo? El mundo progre chilensis destila un conservadurismo del nivel “religión-opio”.

Fortalezcamos el argumento anterior. Linford refiere al final de su columna a varios sujetos, de los cuales referiré a sólo dos, por el peso simbólico que estos tienen, sobre todo para la izquierda chilena y latinoamericana: Francisco Bilbao y Salvador Allende.

El caso de Bilbao es paradigmático, puesto que por su “Sociabilidad Chilena”, publicado el 1 de junio de 1844, recibió la acusación de “sedición, blasfemia e inmoralidad”. Dicho artículo, como todo comienzo del proceso largo de secularización, no rompe con la religiosidad. Es más, su segunda parte, intitulada “Revolución” comienza con la senda declaración: “¡Gloria a Dios!”. La crítica de Bilbao no es a la religión en sí, sino a la que se constituye como “templo del sistema”, legitimando la dominación. Dios no cabe en el dogma católico romano, él no es reaccionario, no impide el conocimiento. De hecho, Bilbao señala este principio laico (¡no laicista!): “El individuo como hombre en jeneral [sic] pide la libertad del pensamiento, de donde nace la libertad de culto”[1]. Lo que Bilbao hace desde su pensamiento secularizador no es romper con el tramado religioso, sino que introduce en él la lectura racional, que sustituye a la fe ciega, presuponiendo que Dios es cognoscible por todos los sujetos, conllevará a la humanidad al conocimiento pleno de todas las cosas.

Saltando al siglo XX, el caso de Salvador Allende, masón y socialista, también es clave. Para la transmisión del mando en el que Allende recibe la primera magistratura del país, el 4 de noviembre de 1970, por solicitud de él, como primer acto oficial, se realizó un Te Deum ecuménico, el primero de esa índole en el país. Allende, por esto, señaló a la prensa nacional y extranjera: “Puedo afirmarle, con la actitud de toda una vida y no sólo la mía personal, sino la de los partidos que forman la vanguardia del movimiento popular, que nunca hemos incursionado en un dogmatismo intransigente en el derecho de cada cual de tener la creencia que más avenga con su ser íntimo, y que ésta mantendremos”[2]. La señal era clara: la vía chilena al socialismo se construía también con cristianos, en tanto la mayoría de los connacionales profesan dicho credo. Si no se entiende esto, tampoco se entiende la urgencia de levantar un nuevo referente como la Izquierda Cristiana, cuando el MAPU en 1971 se declara marxista leninista, renegando de su origen cristiano.

El fundamento del problema, es el mismo: la construcción de entelequias y no de discursos históricos. Los conceptos son históricos, por ende tienen una densidad que va mucho más allá del origen etimológico de las palabras, lo que hace necesario tener siempre presente los contextos de enunciación. Por ello, se yerra el blanco cuando se piensa en secularización y se cree que en la modernidad inmediatamente se produjo “la muerte de Dios” o la crítica de la “religión opio”, cuando en Europa tenemos entre Galileo y Hegel a pensadores que adscribían, también, a la dotación de inteligibilidad del relato religioso, siendo algunos de ellos creyentes, lo que fue obstaculizado por el cientificismo naturalista, que post Segunda Guerra Mundial hasta la actualidad el mundo académico también cuestiona (lamentablemente, todavía nosotros damos demasiada relevancia al método hipotético deductivo, cuando gran parte de las ciencias de la naturaleza han aceptado la idea de que “quien mide modifica lo medido”). En Chile dicho proceso de secularización continúa, y tampoco ha logrado romper con el tramado religioso. Y ahí están las pugnas teóricas y prácticas, que se seguirán dando, en el ámbito político, social, cultural, académico, artístico entre quienes profesamos fe y entre quienes dicen no profesarla.

Sí, como dice Linford, algo no cuadra…

Luis Pino Moyano.


[1] Francisco Bilbao. “Sociabilidad Chilena”. En: El Crepúsculo. Periódico literario y científico. Nº 2, Tomo 2. Santiago, 1 de junio de 1844, p. 74.

[2] Citado por: Frida Modak. Salvador Allende en el umbral del siglo XXI. México D.F., Plaza & Janés Editores, 1998, p. 104.

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