La alegría de sufrir en Cristo. Algunas palabras sobre cristianismo, misión y martirio.

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El título que precede a estas palabras desde un comienzo suena paradójico. Inclusive, para muchos, tal vez hasta incoherente. “La alegría… de sufrir”. Sobre todo cuando en el “contexto eclesial pop” se presenta la teología del “derecho a ser feliz” y de la “oferta y la demanda”, en la cual el sufrimiento sólo es resultado de la miseria que un cristiano de verdad no debiese experimentar. Alegrarse de sufrir, es de mediocres, pobres y de aquellos que todavía no habrían despertado a la luz del mensaje motivador del éxito y la comodidad con disfraz de bendición. Pero cuando hablo de la alegría del sufrimiento no estoy inventando la pólvora ni nada por el estilo. Simplemente me estoy remitiendo a lo que dice la Escritura. El apóstol Pedro le dice lo siguiente a los hermanos de Asia Menor, en una epístola que tiene un tono cuasi paternal:

“Queridos hermanos, no se extrañen del fuego de la prueba que están soportando, como si fuera algo insólito. Al contrario, alégrense de tener parte en los sufrimientos de Cristo, para que también sea inmensa su alegría cuando se revele la gloria de Cristo. Dichosos ustedes si los insultan por causa del nombre de Cristo, porque el glorioso Espíritu de Dios reposa sobre ustedes. Que ninguno tenga que sufrir por asesino, ladrón o delincuente, ni siquiera por entrometido. Pero si alguien sufre por ser cristiano, que no se avergüence, sino que alabe a Dios por llevar el nombre de Cristo. Porque es tiempo de que el juicio comience por la familia de Dios; y si comienza por nosotros, ¡cuál no será el fin de los que se rebelan contra el evangelio de Dios! ‘Si el justo a duras penas se salva, ¿qué será del impío y del pecador?’. Así pues, los que sufren según la voluntad de Dios, entréguense a su fiel Creador y sigan practicando el bien” (1ª Pedro 4:12-19).

El viejo apóstol Pedro cuando dice estas palabras está siguiendo la tónica de toda su carta, instándoles a soportar las pruebas, y no sólo a eso, sino que a sentirse plenamente dichosos de sufrir los padecimientos por la causa de Cristo (2:20; 3:14, 17; 4:12-19). Además, les recuerda que Cristo, el santo e inocente, había padecido por amor a ellos, y siguiendo su ejemplo debían asumir el duro presente motivados por amor (1:18-20; 2:21-24; 4:13). Y no sólo eso: debían vivir una vida conforme al cambio que Cristo había operado en ellos, teniendo en cuenta que sólo Él debía ser glorificado por los actos perseverantes de los cretentes (1:13-16, 23; 2:1-3; 2:11–4:11). Y, a modo de corolario, la carta concluye con palabras de ánimo y de real esperanza, escritas con una hermosura incomparable: “Y después de que ustedes hayan sufrido un poco de tiempo, Dios mismo, el Dios de toda gracia que los llamó a su gloria eterna en Cristo, los restaurará y los hará fuertes, firmes y estables” (5:10).

La 1ª Pedro 4:12-19 viene a ser algo así como “el corazón” de la carta. Es palabra de ánimo a los hermanos del Asia Menor que están sufriendo los rigores de la persecución imperial bajo el dominio neroniano. En los versículos 12 y 13 les hace entender que no es cosa ajena al cristianismo el tema del padecimiento, por ende, no debía causar en ellos tristeza ni desesperación sino alegría. Y sí, Pedro tiene sumamente claro lo que sufren. De hecho se refiere a la situación como “el fuego de la prueba”, metáfora rica que connota el poder abrasador y exterminador de la persecución. Muy probablemente, este tropo habría nacido de alguna de las formas de martirio: cristianos puestos como antorchas vivientes en los jardines del emperador. Entonces, podríamos preguntar: “-¿por qué alegrarse del sufrimiento? ¿Por qué alegrarse cuando creyentes están siendo exterminados de la forma más terrible?”. La respuesta la da el mismo Pedro en el versículo 14: los hermanos están sufriendo por la causa de Cristo, el mismo que murió para que ellos fuesen salvos y tuviesen vida en abundancia, y quien les da a su Espíritu que les anima y consuela. 

Ahora bien, el sufrimiento digno de alegría es aquél que nace de la persecución. Pedro en los versículos 15 y 16 argumentará que los que padecen por cometer algún delito merecen el castigo, por ende, hay un llamado a la ética: no llamar padecimiento por Cristo a lo que nace del mal obrar. De hecho es interesante el uso del concepto “cristiano” en el texto, puesto que no sólo se refiere a los que imitan o siguen a Cristo, sino a los que padecen por él. El padecimiento está ligado íntimamente al cristianismo, y todos los actos de la providencia de Dios deben motivar a los creyentes a la adoración.

Se da término al texto referido con una alusión al juicio divino. Pedro aduce que el momento que los creyentes estaban pasando era el juicio sobre la casa de Dios, que da cuenta de la fe de aquellos que son sostenidos por Dios. La “salvación que cuesta” (“con dificultad se salva”), se refiere a la finalización de la carrera cristiana en la que Dios ha dado todo y en la que el creyente también, motivado por la fuerza del Espíritu y sólo por gracia, ha puesto todo. Es un juicio que premia a los vencedores. Nótese lo contracultural de esto. Los que padecen, son vencedores. Cristo, el Siervo Sufriente anunciado por los profetas, les hace vencedores. Lo que contrasta con los impíos y pecadores juzgados por el Dios santo por su maldad, rebelión y obstinación. Por esto es que Pedro nuevamente les insta a seguir viviendo el sacrosanto evangelio de la gracia que predican y en el cual han sido enseñados, porque ellos están, nada más y nada menos, que al cuidado del fiel Creador: Dios.

 He querido volver al texto petrino de esta epístola, producto de noticias que todos los días me estremecen. Ver sufrir por Cristo a creyentes en Iraq y Siria, llevados a la muerte. Lo que se suma a tantos y tantas, que a lo largo de la historia del cristianismo, en distintos contextos han padecido la persecución, la prisión, la tortura, el asesinato y la desaparición. Son miles y miles de cristianos y cristianas en misión permanente, comprometidos con la extensión del Reino de Dios, que han sufrido el terror de quienes se levantan como opresores en el mundo. Pero tampoco debemos confundirnos: lo que hace a un cristiano mártir no es el hecho de que muera, sino el testimonio que porta por el cual muere. No hay martirio sin mensaje proclamado. Ser mártir es ser testigo. Y como veíamos en la carta de Pedro, dicho sufrimiento está ligado inseparablemente al cristianismo. No hay misión sin el sufrimiento, por lo menos en su forma potencial. Y eso debiese estar muy presente en nuestra conciencia. Y estoy seguro, que estas palabras, como tantas otras de la Biblia, estaban presentes en todos aquellos que subían al cadalso a expedir el último suspiro arrebatado por la violencia de sus captores. Es probable, que por dicha situación nadie les haya dicho adiós, pero en la casa del Padre con toda seguridad ya fueron bienvenidos. He ahí la alegría de sufrir en Cristo.

Y esto me lleva a pensar en mí y en nosotros. Pienso en esto y me duele, no la muerte de mis hermanos y hermanas, que hasta la saciedad hemos leído que es motivo de alegría. Me duele mi comodidad, mis deseos de ascenso social, mi falsa seguridad y la anteposición de mi frágil agenda por sobre la misión de Dios. Me duele todas las veces que me cuesta orar y anunciar el evangelio a quienes me rodean. Me duele cuando escucho críticas de los “pobres pentecostales chilenos”, “ignorantes” y demás, cuando ellos con sus escasos recursos educativos y monetarios llenaron este país con el mensaje de Cristo y con la plantación de nuevas iglesias. Me duele cuando pensamos en el totalitarismo opresor de quienes hacen sufrir a nuestros hermanos, sin pensar en el estado de cosas con el que nos hace soñar nuestro sistema occidental, consumiendo consumidos, apertrechados en nuestras casas, enceguecidos por nuestros productos cargados de obsolescencia programada y percibida. Porque digámoslo con todas sus letras: es súper lindo hablar de la “gracia cara” y del seguimiento, citando a Bonhoeffer pareciendo lectores empedernidos, o de una manera mucho más popular, cuando ponemos una letra “Nun” como avatar en nuestro Facebook y Twitter, cuando ni siquiera hemos derramado una gota de sudor por Cristo. Y ahí, creo que Piper y Platt, en una prédica y un libro respectivamente, han acertado cuando han tomado el sufrimiento no para fomentar la apariencia de una vida radical, sino una de a de veras, una que está preparada para dar la vida por Cristo. “La sangre de los mártires es semilla de la iglesia”, diría Tertuliano. Pero sólo es semilla cuando hay identificación, y no sólo con estos testigos, sino con Cristo “el testigo fiel”. Mi identificación, nuestra identificación, con el cristiano que sufre está en la oración por quienes misionan, en la contribución a la extensión del Reino, en la proclamación del mensaje de Cristo, en el seguimiento de una vida que se gasta para Dios y que tiene a Cristo como su roca. Si no, es pura palabra pasajera e indiferente, mero lloriqueo sin lágrimas. Arrepintámonos pronto de nuestra falsa justicia. 

En medio del dolor, la Palabra de Dios, viva y eficaz, me alienta y da felicidad. Me alegra la fidelidad fruto de la obra del Espíritu en la vida de quienes hoy están sufriendo. Me alegra la certeza de que solo no me la puedo ni me la podré jamás. Me alegra que sea el Espíritu Santo el que nos anime a seguir, que Cristo el que sufrió y venció sea el camino, y que Dios el fiel Creador nos sostenga de manera firme en cada hora de nuestra vida. Eso, y sólo eso, produce la certeza de la bienaventuranza en medio del llanto y del sufrimiento. La alegría de sufrir en Cristo.

Luis Pino Moyano.

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