A propósito del cuento de Nicolás y las reacciones de uno y otro lado.

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Antes de que muchos tuvieran en sus manos, o frente a su computador, “Nicolás tiene dos papás”, ya estaban reaccionando a su publicación. Reacciones de uno o de otro lado, lamentablemente, en su mayoría, cargadas de panfletería y razonamientos sin sentido. Esto, porque se rompe un principio clave en todo diálogo: si voy a escuchar a un Otro debo presuponer la inteligibilidad de su relato; es decir, si considero que su relato es más torpe, estúpido, necio, ¿para qué perder tiempo en un diálogo-discusión de ese talante? Entonces, cuando igual discutimos con personas con relatos que no son inteligentes para nosotros, lo único que hacemos es mostrar un rasgo de nuestra identidad: el ego inmenso que nos oprime y nos lleva a creernos superiores a quienes sólo alcanzan a comer de las migajas que caen de la mesa de la sabiduría. Pura autoafirmación y gusto de empequeñecer a quienes no tienen la misma labia y capacidad cognoscitiva que YO. En buen chileno, la actitud charcha del que se cree más bacán.

En este post quiero desperdigar algunas líneas con las que espero establecer diálogos y discusiones.

En primer lugar, quiero hacer una alusión a la reacción de un sector del mundo evangélico[1] (ojo, no hay un mundo evangélico, un líder evangélico, una opinión evangélica). “Nicolás tiene dos papás” no va a imponer una idea en ellos ni en sus hijos, ni mucho menos les va a llevar a creer otra cosa. A no ser, que entiendan que el trabajo de la enseñanza es tarea de las iglesias y de las escuelas, dejando de lado su propia responsabilidad como padres y madres. A no ser que la fe que estén fomentando sea más bien credulidad, “fe ciega”, fe que exige sacarse el cerebro antes de cantar y orar. Por ende, el rol protagónico de padres y madres está en saber qué cosas están enseñando a sus hijos e hijas, siendo protagónicos en ello, enseñándoles el principio de la divergencia respetuosa. Es decir, que puedan conocer y escuchar lo que otros creen y piensan, de la misma manera en la que ellos pueden hablar lo que creen y piensan, siempre con nosotros de la mano, cuidándoles y ayudándoles a comprender a la luz de la Palabra, aceptando o rechazando ideas según sea el caso. Lo peor que puede ocurrir es criar hijos al estilo Ned Flanders: en una burbuja que pronto explotará en la cara. Nuestros hijos e hijas no deben ver Sodoma y Gomorra en todos lados, por el contrario, deben mirar como Jesús, con compasión a los demás, y como los discípulos vieron “los campos blancos para la siega”. Es tarea de los padres y de las madres cristianos enseñar el evangelio a sus hijos y no discursos que suplementan el mensaje anulando la gracia. El evangelio anuncia la redención y, en ella, los heterosexuales no tienen una ventaja por su género. En el mes de la Reforma volvemos a decir “Sola Gracia”.

En segundo lugar, efectivamente la Biblia declara que las familias son formadas inicialmente por un hombre y una mujer y, luego, por los hijos e hijas de ambos. ¡Pero no es lo único que dice sobre las familias! La Biblia enseña, por ejemplo, que las relaciones sexuales no son primariamente para la procreación, sino para el goce de la pareja, tanto así que siempre la práctica sexual está asociada a casamiento. Tan importante es esto que la Biblia tiene un libro que sólo habla de esto, el “Cantar de los Cantares”, y en el Nuevo Testamento vemos a Pablo (al que algunos consideran machista) diciendo contraculturalmente (Pater Familias de por medio), que ninguno en dicha relación se pertenece a sí mismo sino al otro. A su vez la Biblia enseña a los hombres casados a amar a sus mujeres replicando el amor de Cristo por su iglesia, quien lleva el amor hasta el sacrificio. Amor que se gasta, que lucha, que cuida, que respeta, que restaura, que defiende, que ora y que, en todo eso, está el significado de ser “cabeza del hogar”. El esposo-padre cristiano no es opresor: ama, enseña y lidera siendo siervo. La Biblia también enseña que padres y madres deben amar a sus hijos e hijas, guiando su andar, enseñándoles a ser sabios y responsables frente a cada cosa que hagan. Padres y madres enseñan al fruto de su amor la gracia y la justicia en los conceptos y en la vida. Todo esto lo debieran tener muy presentes los “pro-familia” antes de ver la paja en el ojo ajeno. Y digo sin desparpajo esto: un pro-familia lo único que hace es negar el evangelio de Cristo, toda vez que entiende que la familia es la base de la sociedad y la Biblia al único que muestra cumpliendo dicha función es a Cristo. Él es roca inconmovible. La Palabra la vivimos no por nuestro esfuerzo moral cotidiano, sino por la fuerza del Espíritu que nos anima y libera para el amor en comunidad, sea ésta la familia, la iglesia y cada espacio que nos rodea. En el evangelio, la libertad nunca es solitaria, es comunitaria. No es el “dejar hacer, dejar pasar” del liberalismo, sino el amor que se da por completo para un otro que también es yo. Cristo es quien produce en la realidad concreta un encuentro humano a humano. Es Él quien nos hace vivir familia.

En tercer lugar, quiero hacer algunas reflexiones a partir del cuento en cuestión. Nicolás vive feliz con sus papás, Sebastián y Pablo, que lo cuidan, van al estadio con él, son profesionales realizados, que lo cuidan y lo quieren. Todo bien, hasta ahí. Yo no voy a caer en la torpeza de decir que una familia heterosexual garantiza cuidado y amor por los hijos e hijas, y que las familias homosexuales son inestables y violentas, porque sería poco riguroso históricamente. A lo largo de la vida humana, en muchas familias heterosexuales ha habido violencia, abuso, maltrato y cuánta cosa. Ser heterosexual no garantiza ser un humano que practica la justicia. Vale decir, puede que existan papás y mamás homosexuales que cuiden más y mejor a sus hijos e hijas que quienes son heterosexuales. Y debiésemos pugnar para que todos “los Nicolás” del país tuviesen familias que los cuiden, que les den pan-techo-y-abrigo, que tengan acceso a la educación y que, no por causa de la selección, queden fuera de establecimientos escolares. Y si bien es cierto, éste es un relato ficcional, no deja de presentar dudas. A partir del nombre, uno pudiera hacerse la falsa impresión de que el protagonista de dicha historia es Nicolás, pero no es así. Los protagonistas son los padres de dicha familia homoparental. Nicolás no adquiere identidad en su persona ni en lo que hace, sino en lo que son y hacen sus papás. Son sus papás los que tienen “el derecho a ser felices”, dando lo mismo cuánto la vida de Nicolás cambia por las decisiones que toma. “La ideología del derecho a ser feliz”[2] conlleva a la realización individual. Y si alguno piensa que estoy exagerando, ¿por qué el cuento no se llamó “Nicolás tiene dos papás y una mamá”? Sí, la mamá tiene una muy buena relación con Nicolás y con Sebastián y Pablo. “-¡Viva el respeto a la diversidad!”, dirá más de algún progre. Pero insisto, a pesar de ser un relato ficcional, no puedo dejar de preguntarme, ¿por qué la tuición de Nicolás no la tiene Clara su madre? ¿Qué hizo que se la quitaran? Porque bien nos valdría recordar que en Chile la tuición de los hijos no se les niega a las madres sino que se les quita. Y aquí, a riesgo de ser acusado de facho y machista por algunos “intelectuales de café que pronto tendrán que trabajar”, no puedo olvidar a padres que luchan por la tuición de sus hijos, contra la violencia de sus ex parejas y contra la inoculación de relatos mentirosos en sus hijos. Entonces, en pos de un final más feliz que la historia feliz que se contó, se oscurece en vez de aclarar.

En cuarto lugar, creo que urge dejar de dar peleas innecesarias. Creer que leyes van a cambiar las conductas es como pensar que no sancionar la “Ley de Acuerdo de Vida en Pareja” hará que no existan parejas homosexuales, o como pensar que la llamada “Ley Zamudio” acabará con la discriminación. O sea, ilusorio. Y es ilusorio, porque la aceptación de las ideas de las élites gay en Chile, representadas por MOVILH e Iguales, ha sido parte de una larga lucha que tiene su momento cumbre con la promulgación de leyes reivindicativas. Pero antes de eso, hubo mucho trabajo previo. El pastor Timothy Keller lo explica de la siguiente manera en su libro “Iglesia Centrada”: “mientras que algunos cristianos esperaban que la legislación cambiaría las actitudes de las personas, ha sido la cultura popular, las instituciones académicas, las artes y los medios de comunicación los que han estado formando la mentalidad popular. La política pública ahora simplemente está empezando a seguir los pasos”[3]. Esta declaración nos reporta varios elementos a tener en consideración: a) nos quejamos de la ausencia de los principios del cristianismo, cuando han sido amplios sectores cristianos los que han dejado de usar el espacio público para presentar sus ideas, en pos de una separación del mundo que conlleva una práctica piadosa, que, a mi gusto, en la mayoría de los casos tiene más de santurronería que de santidad; b) en detrimento de lo dicho anteriormente, las élites gay, tanto en sus variantes político-sociales como académicas, han hecho un largo trabajo de estudio y concientización, ocupando todos los medios a su alcance para dar a conocer su pensamiento, desde versiones teóricas de gran nivel de abstracción, hasta versiones simples, como el cuento “Nicolás tiene dos papás”; y c) que se pierde tiempo dando batallas contra el mundo gay, sobre todo desde lo legal, no sólo por el estado de avance de sus postulados, sino porque se tienden obstáculos para la presentación del evangelio. ¡Quiero ocupar más tiempo hablando de Cristo y de su reino que es “justicia, paz y gozo”, que del AVP, los homosexuales y lo que opinan líderes de algunas iglesias! No tengo por qué pasarme la vida intentando cambiar personas y sus conductas, cuando el evangelio me muestra que no me la puedo ni conmigo mismo. No tengo por qué esperar que no creyentes vivan como creyentes. El evangelio no necesita de mi defensa, menos cuando es irrespetuosa, fundada en un moralismo de poca monta y con escaso basamento escritural. El evangelio simplemente debe ser anunciado y vivido por quienes forman parte del pueblo de Dios y eso sólo es posible asidos de Cristo. Y eso, como diría Pablo, no depende del que corre ni del que puede, sino de quien ha sido alcanzado por la misericordia, muy a pesar de él mismo. Es Dios quien puede hacer nuevas todas las cosas, nosotros simplemente nos unimos a su misión, siendo sal y luz en-y-para el mundo.

Finalmente, donde sí creo que no hay alharaca es cuando se instala la pregunta sobre el carácter que adquieren libros, como por ejemplo “Nicolás tiene dos papás”, cuando son introducidos en instituciones escolares, previo patrocinio de instituciones del Estado como la JUNJI y el SENAME. Digo esto, porque hace algunos meses atrás, el MOVILH llamó a un pronunciamiento del Ministerio de Educación contra la lectura del libro “Juventud en Éxtasis”, en sus dos tomos, en establecimientos educacionales, puesto que se trataría de “libros horrorosos” que constituyen un “brutal atropello” contra menores de edad. Hoy, presentan un libro, para ser distribuido en establecimientos educacionales, y se molestan por la reacción de quienes no están de acuerdo con sus ideas, llegándoles a acusar de “intolerantes”, “homófobos”, “discriminadores”, “retrógrados” y más. ¿De dónde “Nicolás tiene dos papás” obtiene un estatuto de “intocable”? ¿De algún descubrimiento científico o de un absoluto moral? Por favor, quien mide modifica lo medido, es imposible que nos saquemos nuestros lentes (cosmovisionales, ideológicos o como quieran llamarlos) para mirar la realidad. Esa es “la intolerancia de los tolerantes” que niega que otros afirmen cosas desde su propio lugar de producción. Cuestiona los moralismos de derecha, católicos y evangélicos, pero no cuestiona su propio esfuerzo moralizador cuando instala sus ideas con estatuto de verdad y de sociedad ideal. Es decir, ¿qué impide que las mismas u otras instituciones del Estado den su patrocinio a textos que escriben desde otro lugar de producción, diferente al de las élites gay? “-Pero no pues, acaso no recuerdas que existe separación de la iglesia y el Estado desde 1925”, me dirá más de alguno, aduciendo al Estado laico, construcción social con la que estoy de acuerdo. A lo que respondo: el Estado laico no tiene por qué ser al estilo Kim Il-sung, proveyendo-obligando una lectura total de la realidad, constituyendo gente más igual que otros iguales, aduciendo a la cara metáfora orwelliana. El Estado laico debe garantizar que todas las formas de opinar se manifiesten en el espacio público en el marco de la democracia y el Estado de derecho. Ahora bien, si aún así, el Estado y sus instituciones se niegan a poner su sello a libros que difieran de la opinión de quienes ejercen el poder ejecutivo, deben siempre recordar que es porque han logrado una hegemonía política que les permite llevar a cabo dichas acciones, pero que dicha hegemonía es histórica (no es natural) y, por ende, se puede disputar. Pues aquí bien vale dejar planteada la pregunta que hiciera, el anteriormente citado, Timothy Keller: “Si la moral es algo relativo, ¿por qué no lo es también la justicia social?”[4]. Dejo instalada esa pregunta para futuros diálogos y discusiones.

Luis Pino Moyano.


[1] Ocupo evangélico aquí en términos denominacionales y no para referir un discurso concordante con el evangelio.

[2] Ocupo el concepto de ideología en el sentido negativo que Marx le daba.

[3] Timothy Keller. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012, p. 212.

[4] Timothy Keller. La razón de Dios. Creer en una época de escepticismo. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2014, p. 15.

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