Los evangélicos, la política y los medios de comunicación.

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Llevo varios días pensando escribir esta columna de opinión. No lo había hecho hasta hoy, simplemente porque quería ordenar las ideas de tal manera que esto no fuese una mera explosión reactiva, sino que, una comunicación de reflexiones y propuestas de acción. Soy protestante, eso que cotidianamente se conoce como evangélico, y desde ese lugar de producción veo la realidad. No creo en la asepsia a la hora de pensar el mundo, porque no creo en la distancia entre sujeto y objeto propia de la modernidad. Por eso, resulta incoherente cuando ciertos sujetos dicen que los cristianos debemos dejar nuestras Biblias a un lado a la hora de discutir sobre los temas de la contingencia política, porque a diferencia de lo que muchos creen, no existe un traje de cristiano que pueda sacarme o colocarme dependiendo de la ocasión. ¿Entenderán que todas las veces que observamos, por el sólo hecho de estar midiendo estamos modificando lo medido? Y ahí también hay violencia, porque presuponer que existe un pensamiento que debe ser dejado de lado a la hora de pensar-y-hablar, es porque implícitamente –y a veces, en forma explícita- se cree que el relato desde el cual ellos hablan es “superior”. No existe posibilidad de diálogo cuando no se presupone la inteligibilidad del relato del “otro”.

 Y como protestante, teniendo en cuenta lo dicho con antelación, quiero hoy protestar…

 Protesto contra los pastores y hermanos/as que salen a las calles u ocupan los medios de comunicación, haciéndose llamar “evangélicos”, cuando el mensaje que comunican es cualquier cosa menos el evangelio. Evangelio que anuncia que nadie puede salvarse por lo que hace o deja de hacer, sino por la obra de Jesús de Nazaret y su gracia inefable. Y ese mensaje apunta a todos, no sólo a quienes no han abrazado nuestra fe, sino que, prioritariamente, a nosotros los creyentes. Por ello, nuestro mensaje no es moralismo, no es una tabla de “debes hacer” y “no debes hacer”. Por el contrario, nuestro mensaje habla sobre Cristo que tiene la fuerza para hacer nuevas todas las cosas y que su reino consiste en justicia, paz y alegría, que pueden ser reales en el hoy y en el mañana, y para lo cual debemos trabajar y contribuir con esmero. En síntesis, hablar de Jesús es hablar de esperanza.

 Protesto contra quienes con mucha ansia de poder, y para obtener sus limitadas cuotas de poder, hablan arrogándose la representatividad del “pueblo evangélico”. Dicho pueblo evangélico es una entelequia que no existe más que en el relato de algunos. Nosotros no tenemos Papa ni un magisterio que nos diga lo que creer y pensar. Nuestras iglesias tienen declaraciones confesionales propias, en las que pueden haber elementos comunes, pero también hay, en la teoría y en la práctica, elementos divergentes. Nada debería obstaculizar que hablaran a título personal, o a nombre de colectivos claramente identificables (iglesias u organizaciones), en definitiva, no faltando a la lealtad hacia quienes como hermanos no les hemos dado la autorización a hablar en nombre nuestro (recomiendo leer el artículo Evangélicos y política. ¿Qué hacer?, de la revista Estudios Evangélicos).

 Protesto contra los medios de comunicación que, antes de informar, no investigan y lanzan al voleo sus mensajes diciendo cosas como “los evangélicos dicen…”, “el obispo de la iglesia evangélica declara…” y otros similares. Como señalé en el punto anterior, eso corresponde a una entelequia. Y los comunicadores profesionales que han caído en esto podrían argumentar, defendiéndose, que están diciendo lo que otros han dicho de sí mismos, lo que relevaría una falta de profesionalismo mucho peor, toda vez que ya hace muchos años existen una serie de estudios que han profundizado y problematizado sobre el desarrollo histórico del protestantismo chileno y sus distintas expresiones. Sólo por mencionar un par, el clásico de Ignacio Vergara “El protestantismo en Chile” (Editorial El Pacífico, 1962) y, el reciente libro del sociólogo Humberto Lagos “Herejía en Chile. Evangélicos y protestantes desde la Colonia hasta 1925” (Ediciones SBCH, 2010). Dichas lecturas podrían ser bastante útiles para quienes tienen que informar con responsabilidad social.

 Protesto contra los mensajes y acciones de los autodenominados pastores Javier Soto y Marcos Morales, y todo el séquito que les sigue y actúa con ellos a la par, porque lo único que hacen es sembrar odiosidad, intolerancia y miedo. Protesto, porque anuncian sus mensajes de profetas trasnochados ausentes del principio evangélico de decir la verdad con amor y de amar con verdad. Quienes han sido ofendidos y dañados por sujetos de este talante deben buscar justicia y denunciar sus actos en las instancias pertinentes. Como protestante reformado vindico la separación de la iglesia con el Estado, que otorga todas las posibilidades para expresar libremente la religión de cada cual, en lo público y en lo privado, bajo los marcos del Estado de derecho.

 Protesto contra los programas televisivos que se dan todo el tiempo para hacer entrevistas a estos sujetos, o reportajes que versan sobre ellos, simplemente por el morbo que producen sus acciones y decires. Es bastante poco serio darles tribuna a quienes predican la locura de su religión vociferante de ruido supino, con la sola finalidad de hacer circo con ellos, cuando hay tanto pastor, teólogo y/o miembro de iglesia que podría aportar en los diálogos con seriedad, respeto y profesionalismo. Lo más preocupante es lo que se instala en las audiencias de esos programas (basta ver las reacciones en las redes sociales). Porque no olvidemos que el lenguaje como la imagen comunicada tienen un poder performativo, que tiene el poder de crear realidades. Y no, no todos los evangélicos dejamos nuestros cerebros en casa cuando asistimos a la iglesia o damos testimonio de nuestra fe. Al decir del apóstol Pablo, cantamos con el espíritu, pero también cantamos con el entendimiento. En la mayoría de los casos, las generalizaciones hacen un flaco favor en los análisis.

 Protesto contra los análisis de algunos profesionales evangélicos, que cuando analizan las actuaciones del Pastor Soto y otros, “pentecostalizan” la discusión. Hablar del pentecostalismo, ese del “canuto de terno y pandero”, como si ellos simplemente dieran apoyos ciegos a quienes les lideran, actuando como masa. Si bien es cierto, el análisis del sociólogo Christian Lalive d’Epinay nos señalaba en su precursor estudio sociológico (del año 1968) que el pentecostalismo actuaba como “el refugio de las masas”, ya que estos tendían a la apoliticidad y a la escasa participación social. Evidentemente, el estudio de Lalive es, y debe ser lectura obligada, pero otra cosa es establecer un canon a partir de él, toda vez que es una mirada de un profesional que observa, como todos lo hacen, desde su lugar de producción. Y allí, el concepto de “masa” es clave, porque sobre todo para la generación sesentista la acción política estaba ligada de manera intrínseca a la militancia partidaria. El partido es la vanguardia del quehacer político en la sociedad, y quienes siguen pasivamente a candidatos y programas, son masa, que como tal son volubles a los dictámenes de otros. Y allí se produce un desconocimiento del pentecostalismo chileno y de su emergencia en un contexto político y social del país a fines del siglo XIX y principios del XX. El pentecostalismo, al igual que los políticos de élite y hasta los de la clase obrera ilustrada, frente a la “cuestión social” proponían la redención social, la regeneración del pueblo. Y dicha regeneración, los pentecostales la vivieron experimentando la conversión, y sin salir de sus lugares de habitación ni cambiando su condición de clase, como parte del mundo popular, pujaron por predicar el evangelio, llenar Chile con sus iglesias construidas a veces con materiales precarios, “andar en novedad de vida” –lo que tenía correlato con la responsabilidad, honradez y el trabajo que realizaban- y ayudar a otros a salir de la delincuencia, el alcoholismo y la drogadicción sin recibir un solo peso del Estado para ello. ¿Puede llamarse a eso “huelga social”? ¿Puede ser esa acción autónoma, responsable y proyectiva, la acción de una “masa”? Debemos, entonces, leer problematizando, sobre todo si lo hacemos desde la condición de protestantes incluyendo variables teológicas, eclesiológicas y misiológicas, que permitan agregar matices, o de plano instalar nuevos indicadores, en los análisis hecho por investigadores cuyos proyectos no tienen esa finalidad, y por ende, no buscan responder a todas nuestras interrogantes.

 Y protesto, también, contra quienes actúan con delirio de persecución frente al disenso. No estar de acuerdo con los postulados de uno u otro no debe restar posibilidades para el encuentro dialógico. Es deleznable pensar que los evangélicos sólo estamos preocupados de los “temas valóricos”, como si sólo pensáramos en cuestiones que van de “la cintura para abajo”. Sí, tenemos visiones respecto al matrimonio, la sexualidad y el aborto más o menos transversales (“de todo hay en la viña del Señor”, dice el viejo adagio), pero también discutimos-y-proponemos respecto a la ética ligada a la acción política contra la disolución maquiavélica. Hablamos de la justicia social en defensa de los pobres de la tierra y los abusos que se cometen contra el prójimo y el espacio habitado. Hablamos y defendemos la libertad de expresión, que como diría Bilbao a mediados del siglo XIX, nace de la libertad de culto. El cristianismo no es monotemático, por el contrario, es una visión total de la persona, la realidad social y los fenómenos históricos, puesto que para nosotros no todo lo sólido se ha disuelto en el aire. Hablamos desde la certeza, como también lo hacen quienes relativizan todo. Aprendamos a escucharnos y a tolerarnos a pesar de nuestras diferencias. Porque nunca la tolerancia es vaciamiento de las convicciones, es escucha y práctica que busca el bien de la convivencia en la ciudad. Opinar y actuar diferente no es violencia. Es violencia estupidizar el relato del otro. Es violencia la caricaturización y la generalización inconsistente. Es violencia el golpe, literal o figurativamente hablando.

 Pero no quiero cerrar esta columna sólo con protesta. Quiero también proponer. Y mi propuesta va a quienes profesan la fe evangélica, re-emergida en la Reforma Protestante del siglo XVI. Se hace necesario que seamos iglesia reformada siempre reformándose a la luz de la Escritura. Que demos suma importancia a lo relacional y a lo dialógico. Que escapemos de la lógica vociferante que grita sin escuchar, que en todo lugar ve persecución, que encandila en vez de alumbrar. Copemos los espacios, pero con el evangelio, que por definición es “buena noticia”. Metafóricamente, no pasemos por el campo una aplanadora que arrasa con todo y con todos, sino que sigamos parsimoniosamente lanzando con nuestra mano extendida la semilla a la tierra, tal cual lo ordenó el Maestro de Galilea.

Luis Pino Moyano.

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