Una lágrima por Galeano.

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Puede parecer exagerado, pero así fue. Iba manejando camino al trabajo cuando me enteré de la noticia: “-hoy, 13 de abril de 2015, ha muerto el escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano, a los 74 años de edad”. Y me cayó una lágrima, sobrecogido por la noticia de la muerte de alguien a quien sólo conocí por sus letras y decires. Recordé que algo similar me pasó cuando murió Benedetti, otro uruguayo-latinoamericano entrañable. Y es que esa es la palabra, entrañable. Galeano no produjo, meramente, herramientas académicas. Sus libros nos hablaron de algo que conocíamos bien, que sufríamos, que soñábamos. Nos habló de ese pasado que nos sigue pesando, de realidades sangrantes como aquellas “venas abiertas” que no han cicatrizado ni menos curado, y de un horizonte que nos parece lejano y dificultoso, pero que seguimos soñando y hacia el cual caminamos. Su producción no es resentida, como dicen algunos comentaristas de redes sociales que ni siquiera leyeron un párrafo, sino sendero del mañana mejor de los hasta hoy desharrapados del mundo.

 Galeano, el periodista que no fue obsecuente y que contó realidades sin cortoplacismos y con bastante lectura de por medio (¡otro periodismo es posible!). El escritor que hacía avanzar sus letras con la misma cadencia de su habla reposada, serena, segura. El narrador que nos habló de pasados sin los clichés del gremio historiador y con mayor fuerza y relevancia, con mayor claridad de su literatura dialécticamente histórica y novelada. El pensador que recogió lo mejor que produjo las ciencias sociales de nuestro continente: la teoría de la dependencia, aquella que nos hizo ver-recordar que el capitalismo no es simplemente mercado e iniciativa privada, sino que además, y por sobre todo, un sistema de acumulación, de empoderamiento de los menos, de racionalización disciplinante, de opresión y de explotación, de anulación del otro en el que nunca hay reconocimiento, como esa figura metafórica del “ladrillo que cae sobre un charquito” y que se releva en que el bienestar de una clase no puede confundirse con el de todo un país. Porque el subdesarrollo no es simple falta de desarrollo, como aparentemente se nos define (como lo hizo la CEPAL, por ejemplo, en los años cincuenta del siglo pasado), sino que es dependencia de un centro que irradia y perpetúa su dominación hacia una periferia. Aquello que es sintetizado en el mapa diseñado a 501 años de la llegada del hombre blanco a estas tierras, ese instrumento aparentemente neutro, pero que nos muestra cabeza abajo. Las palabras de Galeano decían al pie de dicha carta geográfica:

 Hasta el mapa miente. Aprendemos la geografía del mundo en un mapa que no muestra al mundo tal cual es, sino como sus dueños mandan que sea. En el planisferio tradicional, el que se usa en las escuelas y en todas partes, el Ecuador no está en el centro, el norte ocupa dos tercios y el sur, uno. América Latina abarca en el mapamundi menos espacio que Europa y mucho menos que la suma de Estados Unidos y Canadá, cuando en realidad América Latina es dos veces más grande que Europa y bastante mayor que Estados Unidos y Canadá. El mapa, que nos achica, simboliza todo lo demás. Geografía robada, economía saqueada, historia falsificada, usurpación cotidiana de la realidad: el llamado Tercer Mundo, habitado por gentes de tercera, abarca menos, come menos, recuerda menos, vive menos, dice menos.

 Pero Galeano no es el tipo del llanto ni del masoquismo autoflagelante de cierta izquierda. Por el contrario, es el que rescata a sujetos que perviven en la memoria de nuestros pueblos (como el Allende de “El nombre encontrado”), y otros que fueron silenciados hasta el olvido, los nadies. Sin dejar de mencionar a derrotados y a los análisis forzados (tampoco hay autocomplacencia), Galeano es el que nos habla de sueños, esperanzas, proyectos históricos, actos que subvierten esta realidad perversa, de actos de asociatividad expresados en abrazos, en regresos al corazón (el recuerdo en su significado literal), en resistencias que se expresan, por ejemplo, en el fútbol que no es sólo instrumento-opio (la foto no fue casual, refiere a uno de los referentes más importantes del fútbol uruguayo: Obdulio Varela, capitán de la celeste campeona en Brasil ’50), sino alternativamente espacio de libertad y rebelde amistad. Es verba fértil que liga lo indisociable: historia, memoria (que es como el fuego) y política, que no son lo mismo, pero que caminan juntas. Y que, como la utopía, nos sigue haciendo caminar y encontrar. Aquello que hace recordar sus palabras finales en la conclusión de siete años después de la primera publicación de Las venas abiertas de América Latina, siete cortos años pero tan llenos de larga duración, que cambiaron tanto para que todo siguiera igual (fines de 1970 a abril de 1978):

 El subdesarrollo de América Latina proviene del desarrollo ajeno y continúa alimentándolo. Impotente por su función de servidumbre internacional, moribundo desde que nació, el sistema tiene pies de barro. Se postula a sí mismo como destino y quisiera confundirse con la eternidad. Toda memoria es subversiva, porque es diferente, y también todo proyecto de futuro. Se obliga al zombi a comer sin sal: la sal, peligrosa, podría despertarlo. El sistema encuentra su paradigma en la inmutable sociedad de las hormigas. Por eso se lleva mal con la historia de los hombres, por lo mucho que cambia. Y porque en la historia de los hombres cada acto de destrucción encuentra su respuesta, tarde o temprano, en un acto de creación.

 Por eso ha sido, y es, referencia y lectura obligada en las clases y en la conversación amical. Por eso la lágrima de hoy, por tanto aprendizaje significativo, del real, concreto, experienciable y memorizable.

 Por lo mismo, no se puede terminar sin un ¡hasta siempre! Y, desde luego, ¡hasta la victoria!

 Luis Pino Moyano.

Descargar libros de Eduardo Galeano.

El mapa referido en el post...

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