Orar y protestar no se contradicen. Leyendo en voz alta a Sidney Rooy y a David J. Bosch.

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En contextos de crisis política y social, muchos cristianos ante la pregunta del qué debo hacer, presentan respuestas que disocian el orar de la protesta. Ante dicha interrogante respondo, me respondo, que “del Señor es la tierra y su plenitud” (Salmo 24:1); que “toda autoridad ha sido puesta por Dios” (Romanos 13:1), que el pecado de Sodoma fue “la soberbia, gula, apatía, e indiferencia hacia el pobre y el indigente” (Ezequiel 16:49), todas acciones que Dios condena. Porque nuestro Dios, el Dios al que sirvo, el Dios de la vida, es el Señor que “hace justicia a los oprimidos, da de comer a los hambrientos y pone en libertad a los cautivos. El Señor da vista a los ciegos, el Señor sostiene a los agobiados, el Señor ama a los justos. El Señor protege al extranjero y sostiene al huérfano y a la viuda, pero frustra los planes de los impíos” (Salmo 146:7-9). Por ende, seguir a Dios implica orar porque “venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo” (Mateo 6:10), con la convicción de que esa oración invita a una acción: amar y obedecer a nuestro Padre implica colaborar con su misión, claramente sostenida en el Salmo recientemente citado. La base de la justicia social para nosotros los cristianos está en la acción de Dios que no sólo es trascendente, absolutamente otro, sino que también  es Señor que reina con sus manos sosteniendo providentemente la historia. Como cristiano protestante que protesta, seguiré orando “por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad” (1ª Timoteo 2:1,2), aunque sean como Nerón y, a la vez, alzaré mi voz todas las veces que sea necesario denunciando los ídolos de nuestra época, teniendo como proyecto histórico la sanidad de los pueblos, la restauración de los heridos y perniquebrados, la caminata que coadyuva a la expansión y consumación del Reino de Dios, que en la definición paulina es “justicia, paz y gozo en el Espíritu” (Romanos 14:17). Porque la verdad siempre camina con el amor (Efesios 5:15), y es inconsistencia teológica disociar aquello que debe caminar junto siempre. Orar y protestar no se contradicen, porque en ambos casos Cristo es suficiente (Colosenses 2:9,10).

 Luis Pino Moyano.


Dicho lo anterior, les invito a leer conmigo unas referencias de Sidney Rooy[1] y David J. Bosch[2].

Sidney Rooy define los siguientes indicadores para la acción política desde un modelo reformado:

“1. La base del quehacer político por parte del cristiano radica en la presencia dinámica del Reino de Dios en todos los aspectos de la realidad histórica.

2. La plena soberanía de Dios, tanto sobre la naturaleza como sobre toda la sociedad humana, exige la obediencia a la ley moral por parte de todas las personas, sean gobernados o gobernantes.

3. La vida plena e integral del hombre incluye los aspectos afectivo, físico y espiritual, sin los cuales no puede llegar a realizarse como ser humano según la meta establecida por Dios.

4. El cristiano tiene la vocación sagrada de responsabilizarse por lo que pase en su área de actuación, particularmente en lo político. No debe actuar como un individuo aislado de los demás, sino como un miembro de una comunidad de personas que se preocupan por el bien de la vida civil.

5. El objetivo primordial del gobierno y por lo tanto del político cristiano es el de alcanzar la equidad y la justicia en todo su territorio, dando prioridad a los pobres y oprimidos. La autoridad de todo gobierno es derivada, secundaria y limitada porque está condicionada al fiel cumplimiento de la tarea que le ha sido encomendada.

6. Los instrumentos que guían al político cristiano son los disponibles en su tiempo y espacio histórico, vistos bajo la luz de la Palabra y el Espíritu divinos.

7. El deber del cristiano como ciudadano particular es el de obedecer las leyes, orar por las autoridades, sufrir si es perseguido, y reclamar por la justicia cuando las autoridades son infieles a su mandato.

8. Se recomienda la resistencia pacífica bajo condiciones normales cuando el gobierno no cumple con su mandato de administrar justicia. Sin embargo, en casos excepcionales podría ser necesario recurrir a una resistencia abierta con el uso de la fuerza como último recurso. Tal acción solo será posible cuando haya sido autorizada por una organización social calificada y después de una consideración profunda y cuidadosa, que haya determinado la necesidad de rebelarse contra un gobierno que sistemáticamente actúa contra el bien de los gobernados.

9. Todo gobierno que traiciona su vocación y en lugar de promover el bien y castigar el mal hace lo inverso, pierde su autoridad para gobernar.

10. La Iglesia cristiana está llamada a realizar una tarea profética frente a las autoridades, una tarea didáctica con referencia a los que están dentro de su esfera de acción, y una tarea de servicio respecto a las víctimas de una política inadecuada o perversa.

11. El sacerdocio universal de los creyentes señala a la necesidad de la participación de todos, sean laicos o pastores, en el quehacer político. La capacitación de ciertos miembros del cuerpo de Cristo con dones especiales requiere la selección y preparación de ciertas personas de la comunidad cristiana para la participación activa en los partidos políticos y en los distintos niveles gubernamentales”[3].

Por su parte, David Bosch, entiende la misión como la acción de creyentes en todas las esferas de la vida, en la que también se encuentran las tareas político-sociales. Dice:

“Tan pronto como entablamos una conversación sobre Dios, en la discusión se incluye al mundo como escenario de su actividad (Hoekendijk 1967a:344). La situación histórica del mundo no es una mera condición exterior para la realización de la misión de la Iglesia; más bien, debe ser incorporada como un elemento constitutivo de nuestro entendimiento de la misión, de su objetivo y su organización (Rütti 1972:231). Tal postura está en pleno acuerdo con el entendimiento que Jesús tenía de su misión, como está reflejado en nuestros Evangelios: Jesús no volaba por las nubes, sino se sumergía en las circunstancias reales de los pobres, los cautivos, los ciegos y los oprimidos (cf. Lc. 4:18s.). Hoy día también Cristo está donde se encuentran los hambrientos y los enfermos, los explotados y los marginados. El poder de su resurrección empuja la historia hacia su final bajo la bandera ‘¡He aquí yo hago nuevas todas las cosas!’ (Ap. 21:5). Igual que su Señor, la Iglesia-en-misión tiene que tomar parte por la vida y en contra de la muerte, por la justicia y en contra de la opresión.

 […]

En vez de buscar conocer el plan de Dios para el futuro del mundo, preguntamos acerca del involucramiento del cristiano en el mundo (:221). Ya no se ve el mundo como un obstáculo sino como un desafío. Cristo ha resucitado y nada queda igual. Fue una victoria estupenda del maligno el habernos hecho creer que las estructuras y condiciones en este mundo no cambiarán ni necesitan realmente de un cambio; el haber considerado que los poderes políticos y sociales (y otros) están investidos de intereses de carácter inviolable; el haberse conformado en condiciones de injusticia y opresión; el haber moderado nuestra expectación hasta el punto de claudicación; el haber perdido la esperanza de una transformación significativa del statu quo; el haber sido ciegos a nuestra propia responsabilidad por el involucramiento en el mundo rumbo a su realización. Al asumir una posición crítica frente a las autoridades, las prescripciones, las tradiciones, las instituciones y las predilecciones ideológicas del orden del mundo existente llegamos a ser un fermento del nuevo mundo de Dios (cf. Gort 1980b:54)”[4].


[1] Sidney Rooy. “Relaciones de la iglesia con el poder político. Modelo reformado”. En: Pablo Deiros (editor). Los evangélicos y el poder político en América Latina. Buenos Aires, Nueva Creación, 1986, pp. 41-72.

[2] David J. Bosch. Misión en transformación. Cambios de paradigma en la teología de la misión. Grand Rapids, Libros Desafío, 2000. Recomiendo la lectura del Capítulo Doce: “Elementos de un nuevo paradigma misionero ecuménico”, pp. 451-619.

[3] Rooy. Op. Cit., pp. 69-70.

[4] Bosch. Op. Cit., pp. 520, 617, 618.

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