Entrevista en la página de la Iglesia Presbiteriana de Chile.

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El día 1 de julio de 2015, la página de la Iglesia Presbiteriana de Chile compartió una entrevista que me realizaron, para conocer de mi quehacer y reflexión en torno a lo realizado hasta el momento como candidato al sagrado ministerio del Presbiterio Centro de dicha comunidad.

  1. Cuéntanos un poco de ti ¿Nombre? ¿Estado civil? ¿Hijos?

 Soy Luis Rodrigo Pino Moyano, puentealtino de nacimiento, tengo 33 años, estoy casado con Mónica González. Juntos somos padres de Miguel Ignacio de 5 años y Sophía Javiera de 2 años y 8 meses.

  1. ¿En qué iglesias estás actualmente sirviendo y cuéntanos un poco de lo que haces?

 Soy miembro de la 11ª Iglesia Presbiteriana de Santiago “Puente de Vida”. En esta comunidad tengo distintas labores como presbítero regente: colaboro en la predicación, lo que es un tremendo desafío y responsabilidad. A la par de eso, en algunas ocasiones he trabajado junto al pastor Vladimir en el diseño de algunas de las series de mensajes. Lidero el grupo pequeño de “Lomas de Eyzaguirre” (los viernes, desde las 21:00 hrs.), que es un conjunto de condominios muy cerca del límite entre Puente Alto y el Cajón del Maipo, en el que estudiamos y conversamos los textos que serán expuestos en el sermón del día domingo. Colaboro con una de las clases del curso de catecúmenos, y este año, junto a Carlos Parada, tenemos la tarea de hacer clases de historia de la iglesia, todos los primeros sábados del mes, siguiendo el plan del libro de Justo González, “Historia del cristianismo”. Hemos tenido dos clases y ha sido una experiencia muy bella, puesto que nos conduce a vislumbrar que somos comunidad, que somos iglesia, no sólo con nuestros hermanos del hoy, sino también con los del ayer, además de un llamado a la humildad, puesto que nos encontramos que no inventamos nada. Los temas, discusiones, preocupaciones y problemáticas más relevantes llevan siglos de antigüedad. También soy secretario del consistorio, cosa bastante compleja para quien gusta de la historia, porque siempre estoy pensando en qué me gustaría encontrar en “los papeles” para hacer historia.

A nivel presbiterial, este año me ha correspondido ser asesor del Departamento de Jóvenes, lo que no sólo ha sido un desafío, sino también un reencuentro con una labor que me apasiona. Ver a jóvenes que aman a Jesús, que luchan día a día por la fuerza que el Espíritu les da, ya sea en los estudios, en el trabajo, en las familias, en sus relaciones amicales, y poder tender una mano con sentido pastoral es una hermosa bendición. Trabajar con David y con Claudio, y con los líderes de cada iglesia, ha sido un tremendo privilegio

Paralelo a todo eso, soy profesor en el Colegio Andino Antuquelén, en El Manzano (Cajón del Maipo), el que es un espacio de inclusión y mediado por el arte. Ahí hago clases de historia y de realidad nacional, unos talleres, coordino el área de Ciencias Sociales, trabajo en la web y en las redes sociales del colegio. Algo así como tirar el córner y cabecearlo. Uf! Mucha pega. Pero Dios es quien me llena de fuerzas en todas estas labores que son parte de la Misión, que sólo es suya.

  1. ¿Cómo llegaste al convencimiento de que Dios te estaba llamando al ministerio?

 A los 18 años, siendo un joven pentecostal, sentí en mi corazón, en un culto que despertó varias vocaciones, el llamado al pastorado. Por ello, ingresé a estudiar teología al Instituto Bíblico Nacional, con el anhelo de aprender para servir. En mi antiguo contexto eclesial no se estilaba señalar dicho llamado, por lo cual era una cuestión oculta, aparentemente. Pero dicho llamado salía a la luz en el trabajo con jóvenes y sobre todo en la predicación. Si hay algo que me encanta y apasiona realizar es predicar, hablar de Jesús, de la gracia soberana y abundante.

Lamentablemente, lo que nos pasa a muchos en dichos contextos, cuando tenemos ganas de aprender, ante la ausencia de confesionalidad, nos llenamos de otras ideas y pensamientos, lo que conlleva a otros proyectos. Cuando mis pasos iban enrielados a otro camino (sin dejar de asistir a la iglesia, por lo demás), la llegada a Puente de Vida me trajo de regreso a casa. Allí el papel de Vladimir fue clave. En una ocasión, me pidió predicar basado en el texto de Nehemías capítulo 5. El sermón se llamaba “El poder de la justicia social”. Yo me froté las manos y sonrientemente me dije “- este es mi tema”. Cuando estaba terminando el sermón, me hago una pregunta simple que de un sopetón se convirtió en la pregunta existencial: “- ¿Con qué ojos estoy leyendo esto? ¿Con los ojos de Cristo o con los ojos de Marx?”. La respuesta fue dura, porque no sólo mi sermón, sino mi vida la estaba viendo con otros ojos y no con los de quien es el camino, la verdad y la vida. Estaba cambiando a la fuente de agua viva por cisternas rotas que no retienen agua. Allí, la predicación del evangelio domingo a domingo, el pastoreo presente y significativo, la vida en comunidad reconstruida, la confrontación con el pecado, todo eso me restauró y despertó la vocación oculta, tanto como un fuego ardiendo que no pude resistir. Hoy no quiero ser-y-hacer otra cosa que un siervo de Cristo mi Señor y predicar hasta que mi cabeza tenga memoria de la sola gracia.

Sólo decir algo más. Hay dos tipos de ejemplos que me motivan en el camino al ministerio pastoral. El pastor presbiteriano que exhorta aprendiendo, que expone con claridad el mensaje, que es leal a los símbolos de la fe reformada y a su comunidad, que entiende que el trabajo no lo hace solo sino al lado, hombro con hombro, junto a un consistorio. Y por otro lado, los viejos pastores pentecostales que pude conocer. Hombres honrados, fieles, militantes cristianos, que andaban con la Biblia y el diario debajo del brazo, y este último no para informarse sino para taparse en las noches teniendo las estrellas del cielo como techo. Hombres que eran convocados al pastorado y a la semana estaban en el destino, por lejano que fuera, por amor a Cristo. Ambos modelos tienen algo en común: la gloria de Dios. Dios me ayude.

  1. ¿Tu familia cómo se lo ha tomado?

 Mi esposa Mónica ha sido fundamental en este proceso. Con ella he aprendido a ser esposo y padre, hombre en definitiva, con todo lo que ello implica. Recuerdo cuando le dije que volvería al Seminario para proseguir los pasos al ministerio pastoral. Su respuesta fue breve pero elocuente: “-Menos mal que te diste cuenta”. Ese día lo conversamos con Vladimir y nos enfilamos en este camino. Es maravilloso tener una mujer que camina codo a codo con uno, que apoya y alienta en las distintas tareas, trasnoches de estudio, domingos de predicación en Puente de Vida o cuando me invitan a otras iglesias. Ver que con ella, Miguel y Sophía mis hijos, van creciendo y conociendo el amor de Jesús, orando por mí y colaborando en los trabajos, amando la misión y la comunidad. Dones de Dios que me hacen sentir un hombre feliz por todos estos instrumentos de paz que me ayudan en esta caminata.

  1. Hoy estás estudiando para seguir el proceso de capacitación, cuéntanos ¿Qué ha significado el seminario para tu vida?

El Seminario Teológico Presbiteriano ha sido tremendamente relevante en este tiempo. Por varias razones, siendo la primera de ellas el que sea el Seminario de la Iglesia Presbiteriana de Chile. Es decir, todo lo que nosotros estamos aprendiendo tiene que ver con el servicio a nuestras iglesias, rescatando todo lo bueno de ellas y buscando reformar lo malo de estas comunidades de santos pecadores. Por otro lado, el Seminario es un espacio confesional, que busca relevar, rescatar y producir teología reformada, expresando lealtad a nuestros símbolos de fe, haciendo nuestra la herencia de Calvino, Knox, Bavinck, Kuyper, Berkhof y tantos otros, a modo de marco teórico y lugar de producción. Además, es un espacio académico, que desde “el sentido presbiteriano de la vida” dialoga con otras disciplinas de estudio, no perdiendo la capacidad de asombro frente al Dios eterno, haciéndonos viejas y nuevas preguntas para el hoy, a la par del amplio proceso de lecturas que aportan a la caja de herramientas teológica, misional y pastoral. Otra de las cosas que más me ha marcado del seminario es su perfil misional. La misiología no disocia la reflexión y el análisis del quehacer, por el contrario, nos lleva a pensar y vivir la misión en la ciudad, la plantación y revitalización de nuevas iglesias, junto a otras tareas extensivas del Reino de Dios en la sociedad. Y quizá lo más importante, es que el Seminario es un taller de oficios, en el que varios de los que pasamos por sus aulas caminamos al ministerio pastoral, o sea, en un futuro, potencialmente, seremos colegas en el ministerio. A su vez, nuestros profesores, en su mayoría son pastores de la IPCH, que leen sus materias desde esa labor, y que más adelante, también serán nuestros colegas. La reflexión, la amistad-fraternidad, los proyectos y las aulas confluyen en dicho espacio que debemos potenciar. De hecho, espero en un futuro no muy lejano apoyar a nuestra casa de estudios desde la docencia, sobre todo en el área de la historia, las ciencias sociales y la pedagogía, lo cual no sólo veo como una tarea o un privilegio, sino también como un deber: dar de gracia de lo que por gracia he recibido. Nada más que eso.

  1. ¿Cuáles son, según tu punto de vista, los mayores desafíos de la IPCH? ¿Cómo podrías aportar en esto?

Según mi punto de vista, la IPCH vive un momento de aceleración en su historia. En términos historiográficos, de esos escasos momentos en los que confluyen factores de corta, mediana y larga duración. Dichos factores tienen que ver con la plantación de nuevas iglesias y con la misión. Todo eso trae desafíos. El primero de ellos no es transar el mensaje de Cristo, verdadera agua viva, por la relevancia y el éxito financiero y numérico. Cosas importantes, pero que en nuestros corazones pueden transformarse en ídolos. Es decir, sin transar el mensaje responder al hombre, la mujer, el joven y el niño de hoy. Además de eso, un desafío de larga duración es cómo fortalecemos nuestra identidad presbiteriana sobrepasando las barreras subjetivas que impone la pesada tradición episcopal y jerárquica del catolicismo romano presente en América Latina desde la Colonia. La pregunta es, ¿cómo generamos más liderazgos colaborativos? Y mejor aún, ¿cómo hacemos para que los consistorios no se transformen en espacios burocráticos que ralentizan la misión, sino que se constituyan en talleres para obreros que miran pastoralmente sus procesos? Pienso también en la tendencia latinoamericana de pentecostales y neopentecostales que están llegando a nuestras iglesias por el acercamiento a algunas de las verdades reformadas, preguntándome en ¿cómo hacemos para ayudarles en sus preguntas y en su búsqueda de conocer al Dios de la Biblia, sin matar su amor por la obra y el carácter servicial que mayormente les caracteriza? O más aún, ¿cómo dejamos de lado el falso concepto de hermanos mayores y de iglesia histórica, que nos hemos o nos han impuesto, para servir a quienes buscan sanidad de la mente y el corazón? ¿Cómo aportar? Pienso en dos miradas que debería hacer caminar juntas: la mirada pastoral y fraternal, junto a la mirada académica. Creo que debiésemos generar muchos espacios multidisciplinarios y desde las distintas áreas de servicio de la IPCH, para orar por nuestra realidad y pensarla. A veces caemos en el mismo error de distintos grupos en América Latina: tratar de imponer por fórceps todo aquello que nos dictan desde Europa y Estados Unidos en nuestra realidad, pensado en que si la teoría no se condice la realidad es la realidad la que está equivocada. Debemos, sin dejar de leer todos los libros y producciones que aportan, producir y sistematizar conocimiento que esté ligado a nuestras realidades, sea esta nacional, regional, comunal, barrial. Y ahí tenemos mucha gente, que de dar trabajo puede pasar a trabajar y a seguir el proyecto de Dios. Biblia abierta, ojos bien abiertos, manos que trabajan y ayudan. En todo esto me gustaría aportar.

  1. ¿Por qué quisieras que la Iglesia Presbiteriana de Chile orara por ti?

Quisiera que me ayudaran a orar por tres motivos: en primer lugar, por mi familia, por Mónica mi esposa, por Miguel y Sophía, y al orar por ellos, oren por mí para que Dios me ayude a ser el esposo y padre que pastorea el corazón de la que es “mi primera iglesia”. En segundo lugar, quisiera que oraran por los proyectos que estamos pensando para el próximo año, tanto para ser seminarista a tiempo completo y a la vez el inicio de la caminata a un nuevo proyecto de plantación de iglesia en Puente Alto. Y finalmente, para que Dios sea glorificado siempre y para que la fuerza del Espíritu Santo me anime en toda labor. Muchas gracias, de antemano, por sus oraciones al Dios de la vida.

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