Terminar con las (políticas de) memorias en la medida de lo posible. A propósito de las entrevistas a Carmen Gloria Quintana.

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 Hace un par de semanas, la voz de Carmen Gloria Quintana, quien en 1986 fue quemada junto a Rodrigo Rojas de Negri volvió a remecer nuestras conciencias. El “caso quemados” volvió a ser puesto en la palestra, puesto que un ex conscripto decidió alzar su voz, derruyendo el silencio militar. Carmen Gloria Quintana nos habló de aquello que no puede silenciarse, taparse, olvidarse nunca. Remeció nuestras conciencias por cómo abordó el tema, y a eso quiero referirme en este post.

 Carmen Gloria Quintana, luego de contarnos, una vez más, los hechos vividos ese día de junio de 1986, ese acto inmisericorde que marcó su cuerpo y mente para siempre, señaló en la entrevista dada al programa Tolerancia Cero, que durante los primeros años del período postdictatorial, concertacionista, sentía que sus heridas molestaban, a quienes pensaban que había que dar vuelta la página. Los mismos que establecieron que la política la hacían los expertos, que hablaban de “gente” en vez de “pueblo”, que decían que la mejor política comunicacional era no comunicar (Tironi dixit) y que planteaban que había que hacer justicia en la medida de lo posible, esos sujetos con un arcoíris que poco a poco “se desvanecería en el aire”, como la alegría, eran incomodados por esta mujer que llevaba en su cuerpo las señales de una dictadura que no había que recordar. En pos de la reconciliación había que olvidar. Informe Rettig, la “Mesa de Diálogo” y el Informe Valech, que tuvieron una serie de méritos nos mostraban una memoria y una política de memoria “en la medida de lo posible”. Una memoria pacata digna de nuestra democracia pactada, constructo a medio terminar, cual elefante blanco, con verdades a medias tintas. Como diría en una homilía el cura Pierre Dubois, “la justicia que no se ejerce cuando corresponde ya es injusta”. Los/as violentados/as por la dictadura, son los/as dañados por este sistema que olvida y calla. Tenemos que hacer algo respecto a ese dolor que desangra nuestro país. El Estado debiera generar un marco legal que restringiera, por ejemplo, los homenajes a violadores sistemáticos de los derechos humanos, instruir a los institutos armados que de una vez por todas colaboren de a de veras con la justicia y que se acabe el silencio de los nombres contenidos en el Informe Valech, vigente por cincuenta años desde su publicación. Por otra parte, eduquemos a nuestros hijos e hijas, planteándoles que cuando se produce la desvalorización de la vida humana, no hay límite en los actos que devienen. Eduquemos para la paz, para el encuentro, para el diálogo. Fomentemos la memoria, porque esta es “la chispa de la esperanza” (W. Benjamin).

 Pero por otro lado, y eso más en la entrevista realizada en El Informante, no sólo pudimos escuchar la voz del dolor, sino también la de la esperanza. Y eso sí que es confrontador. Hasta el momento sabía de Carmen Gloria Quintana por el desdichado hecho bajo la mano militar. Pero ver a la mujer en un camino reconstruido, que superó el trauma toda vez que le ha puesto palabras a su dolor, que camina por una ruta reconstruida, en la que es esposa, madre, psicóloga, con un doctorado y en vías de otro, trabajando como agregada científica de Chile en Canadá. Nos muestra que hay vida después del paso por el “valle de sombra y de muerte”. Pero, quizá, lo más esperanzador tenga que ver con el uso políticamente incorrecto del concepto de “reconciliación”. Esto, porque para un sector importante de los represaliados por la dictadura militar y de sus familias no concibe, dolor-tortura-asesinato-y-desaparición de por medio, la posibilidad del encuentro y del perdón. Y si bien es cierto, el perdón no se obliga y sólo se hace efectivo si el que perdona lo hace con sinceridad y el perdonado reconoce el error y acepta el perdón que lo restaura, debiésemos contribuir y facilitar dicho ejercicio. ¿Cómo? Ligándolo a la justicia efectiva. Carmen Gloria Quintana señaló que ella no quería venganza, sino justicia, ni más ni menos. Eso y no el silencio facilita el encuentro. Ayuda a la sanidad del corazón de quienes sufrieron los rigores del régimen de facto. Restaura y libera al ofensor, toda vez que le quita aquello que lo autodestruye, que es el ejercicio abusivo del poder. El futuro de este país nos será esperanzador si contribuimos a la verdad que da sustento a la justicia, y con el amor que restaura y reconcilia. Mientras sigamos poniendo la basura debajo de la alfombra y borroneando nuestra historia reciente, el dolor y el desamor seguirán tan vigente como hasta ahora, a casi 42 años del golpe militar. La invención del “Plan Z” es un triste recuerdo. Ya no es tiempo de negacionismos. El encuentro con otros que también son un yo, sólo es posible, en toda su fuerza, con el lazo firme de la sinceridad, cuando se sabe con quién se está hablando y viviendo, con la remoción de las máscaras. Queda mucho por hacer para que la cicatriz sea sólo marca del pasado, y no desgarro inmovilizador en la tarea presente-futura.

 El poeta Armando Uribe señaló el punto clave de este asunto: “No hay justos en la medida de lo posible. No hay justicia en la medida de lo posible, ni verdad a la medida, ni reconciliación y amor mesurados por el metro de lo que ‘se puede’”. Estas palabras develan una perversión presente en gran parte de la sociedad: esa torpe disociación que hace creer que cuando se actúa con verdad no se actúa con amor y viceversa. Amor y verdad pueden y deben caminar juntos. Ese tipo de amor es contracultural, confrontador, pues se relaciona, no bajo la escala del merecimiento, sino, en muchos casos del darse a los demás, matando la individualidad, y actuando, inclusive, en el desmerecimiento. Ese amor, bíblicamente, es siempre un acto de justicia. Por ello, puede echar fuera el temor, por eso no se goza de la injusticia, sino que se alegra por la verdad. Confrontación y restauración van de la mano o no van. ¿Qué estamos haciendo para caminar a eso, para ser aquello que Jesús en el sermón del monte nos invita a ser: artesanos de la paz?

 La oración de Francisco de Asís sigue vigente: Señor, hazme un instrumento de tu paz…

 Amor, verdad, memoria y justicia a secas y no en la medida de lo posible.

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