Seis años y la salida de casa.

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“Desde Mileto, Pablo mandó llamar a los ancianos de la iglesia de Éfeso. Cuando llegaron, les dijo: ‘Ustedes saben cómo me porté todo el tiempo que estuve con ustedes, desde el primer día que vine a la provincia de Asia. He servido al Señor con toda humildad y con lágrimas, a pesar de haber sido sometido a duras pruebas por las maquinaciones de los judíos. Ustedes saben que no he vacilado en predicarles nada que les fuera de provecho, sino que les he enseñado públicamente y en las casas. A judíos y a griegos les he instado a convertirse a Dios y a creer en nuestro Señor Jesús. Y ahora tengan en cuenta que voy a Jerusalén obligado por el Espíritu, sin saber lo que allí me espera. Lo único que sé es que en todas las ciudades el Espíritu Santo me asegura que me esperan prisiones y sufrimientos. Sin embargo, considero que mi vida carece de valor para mí mismo, con tal de que termine mi carrera y lleve a cabo el servicio que me ha encomendado el Señor Jesús, que es el de dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios […]. Después de decir esto, Pablo se puso de rodillas con todos ellos y oró. Todos lloraban inconsolablemente mientras lo abrazaban y lo besaban. Lo que más los entristecía era su declaración de que ellos no volverían a verlo. Luego lo acompañaron hasta el barco” (Hechos 20:17-24, 36-38).

 Hace un poco más de tres años me correspondió compartir un mensaje basado en este texto a mi comunidad de fe, la Iglesia Puente de Vida. Poco tiempo atrás, había tenido la experiencia de salir de una iglesia en la que participé activamente por quince años. Conocía la experiencia de salir de una casa que me cobijara por tanto tiempo. La lectura de este texto me impactó por dos razones. La primera dice relación con las palabras del Apóstol Pablo. Si se toma en cuenta el texto completo, incluyendo los versículos que están en el paréntesis de la cita, se puede relevar que esta despedida de Pablo de los obispos de la iglesia de Éfeso, una comunidad que él no había plantado, pero en la que colaboró en su desarrollo, es más que el acto de decir adiós. Se trata de un testamento. Pablo dice que no volverá, arguyendo que le espera un momento de prueba, la prisión. A pesar de ello, lo central no está en su sufrimiento, en lo que él está viviendo, léase su servicio en la predicación, en la enseñanza, en el aliento comunitario, sino en que su vida “carece de valor”, porque lo relevante es el seguimiento de Jesús y la tarea de extensión del Reino de Dios en la que por gracia él, como apóstol, había sido incluido. Esto no se trata de nosotros, se trata de Dios, porque es él quien tiene una misión, es él quien trabaja. Lo segundo que me impactó fue la reacción de los presbíteros, pues crecí en un contexto evangélico en el que las emociones se miraban peyorativamente. Entonces ver a ancianos llorando, abrazando, besando a un compañero en la misión era impactante. Quienes salen a la misión son despedidos de su congregación con lágrimas en los ojos. Saben que la tarea es importante, más importante que la propia vida, lo que produce alegría, pero, misteriosamente, hay ligazón con la pena de la separación. No es el llanto aislado, sino el de una comunidad.

 Este texto anduvo rondando por mi cabeza varios días, hasta hoy, que lo leí a mi querida comunidad. Nuevamente estaba despidiéndome de hermanos y hermanas, amigos queridos, amigas queridas. Aunque la circunstancia era totalmente distinta a la vez anterior. En esta ocasión, se trata de un envío. Salgo como misionero de Puente de Vida a trabajar en la plantación de nuestra iglesia madre en la comuna de Maipú, “Refugio de Gracia”. La salida cuenta con el apoyo de mi familia y el apoyo y anuencia del Consistorio de la iglesia, porque creemos que era el momento de comenzar el trabajo ministerial y, además, extender nuestras manos en ayuda de la iglesia que nos envió a misionar. Algo así como una gozosa vuelta de mano. Y siento alegría y temor ante el Dios de la vida que nos ha comisionado en esta tarea. Porque nuevamente, y sin el afán de compararme con el apóstol, sobre todo por nuestro contexto de estar libres de persecución, lo central no está en la tarea realizada por seis años, sino en la misión, en el ministerio de la reconciliación, en el anuncio que habla de Jesús. Sin embargo, y no puedo dejar de decirlo, hay tristeza, pues salgo de mi casa, de la casa de mi comunidad. La casa a la que hace seis años llegué “piojoso”, lleno de parásitos teóricos, ideológicos, prácticos y proyectivos, que expresaban puro dualismo, lo que dicho de otro modo, es Dios ausente de mi agenda. Y si hoy yo en estoy en la agenda de Dios, ha sido por la gracia manifestada en la vida en comunidad, en el cariño, en la amistad, en la exhortación, en el reto, en la mesa compartida, en la adoración cúltica. Feliz del pastoreo cercano y amigo; de trabajar en un consistorio sin gerentes, sino con amigos que pujan como equipo para un mismo lado: el plantar el evangelio en cada corazón; de la posibilidad de trabajar, de aprender y servir; de disfrutar la risa y la sencillez de la amistad. Y, evidentemente, feliz de tener una familia que está en la misión, porque hubo una vuelta a la Biblia y a lo que ella dice respecto a la que es mi primera congregación.

 Y bueno, esta vez, también hubo llanto, abrazos y besos. Muestras del cariño que sólo es posible dimensionar cabalmente en momentos como éste, el del envío y la ausencia. Por todo eso, y más, quiero agradecer a Dios por su hermosa providencia, por traerme en enero del 2010 a Puente de Vida, por exponerme a la predicación del evangelio que me hizo volver a casa, evangelio que me tiró por el suelo y me hizo, desde allí, volver a poner mi mirada en quien me creó. Agradecer a todos y cada uno de los miembros de Puente de Vida, por tanto cariño, amistad, lealtad, felicidad, vida, sencillez. Gracias por permitirme trabajar como presbítero, en la predicación, la enseñanza y otros menesteres. Gracias por la escucha y la preocupación, manifestada en los momentos oportunos.

 Hoy, si bien es cierto, me coloco con todo el amor la camiseta de Refugio de Gracia, de su iglesia plantadora, la 5ª Iglesia Presbiteriana de Santiago, asumiendo la responsabilidad con alegría, lealtad y profundo respeto, debo señalar que debajo, tal y como Chamagol tenía una con la insignia del albo bajo la del Atlante, y Rivarola una de Vegeta con la camiseta azul, yo llevaré debajo la de Puente de Vida, una como la que nos pusimos como familia hoy, en nuestra despedida, por iniciativa de mi hijo Miguel. Gracias queridos y queridas por acompañarnos a Mónica, Miguel, Sophía y a mi al barco de la misión. Por ayudar a que exista un puerto para el barco que es de aquél que vive y permanece para siempre. Por el trabajo de hacernos misioneros de Puente de Vida.

 Les amo. Oren por nosotros.

 “No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, Sino a tu nombre da gloria, Por tu misericordia, por tu verdad” (Salmo 115:1, en la querida y nunca bien ponderada Reina Valera 1960). Hoy como ayer, y siempre, Soli Deo Gloria.

 Luis Pino Moyano.

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