A 110 años del natalicio de Bonhoeffer: ¿Por qué seguir leyéndolo?

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Mis palabras no tienen la intención de erigirse como un canto laudatorio a un mártir impecable e incuestionable. Sin lugar a dudas, eso sería una ofensa a la memoria de Bonhoeffer, quien con claridad y firmeza relevaba la condición de “santos-pecadores” de los creyentes. Eso es lo que vemos en la historia de la iglesia, no prohombres ni héroes, sino sujetos que obraron por la gracia recibida, mediante la fuerza del Espíritu, como también por las falencias resultantes del pecado, que no es otra cosa que el apartar la mirada del Creador.

 Ahora bien, tampoco es el acto falaz de erigir a un “Bonhoeffer conservador”, e inclusive de derecha, cuya biografía incluso puede ser loada por George W. Bush; ni la construcción del relato izquierdoso del “Che Guevara luterano”, rescatado sólo por su praxis martirial, por su muerte en la resistencia contra el Führer; ni mucho menos la invención de cierto fundamentalismo antitodo (ojo que no estoy refiriendo a toda esa vertiente), que señala los pecados del “teólogo liberal” que muere en su ley, y que por ende, nada de rescatable tiene en su vida y su obra. Lo que pretendo, simplemente, es el rescate, o más bien, la aproximación a la obra de un sujeto que vivió en un momento de la historia y que manifestó los rigores, certezas y contradicciones de una hora particular; de un hombre en un tiempo y un espacio, con todo lo que eso implica. Ver a Bonhoeffer, es encontrarse con un cristiano, un evangélico con bastantes peculiaridades que difícilmente pueden ser delimitadas por la lectura manualística de ciertos “teólogos”, un predicador apasionado y profundo de las Escrituras, uno de los fundadores de la Iglesia Confesante, uno de los autores intelectuales de un tiranicidio frustrado, uno que es mártir en tanto no sólo es alguien que muere, sino quien porta un testimonio que lleva a que su presencia física sea extirpada de la faz de la tierra.

 Entonces, parafraseando a Mariátegui, acá no se trata de hacer calco y copia de las lecturas bonhoefferianas, se trata más bien, de leerlo desde nuestros propios lugares de producción, para crear heroicamente las herramientas que pueden seguir beneficiando a la iglesia en su acción misional en el mundo. ¿Por qué seguir leyendo al pastor y teólogo nacido en Breslau en 1906 un día como hoy? Creo, que por algunas razones como las que me arriesgaré a dar, entendiendo que estas líneas más que un análisis detallado de la obra de Bonhoeffer, buscan ser un estímulo a su lectura. Las razones que propongo son:

1. Por su refutación al liberalismo teológico: Por eso causa una sonrisa y, a veces, otro tipo de reacciones, cuando alguien señala que Bonhoeffer era teológicamente liberal. Quien así procede es porque no ha leído ni media página de lo que él señaló al respecto, y se conformó con la lectura de manuales, o simplemente con la escucha de algún profesor trasnochado. Basta leer el registro de sus discusiones, respetuosas por lo demás de la persona y las ideas, con su profesor Adolf von Harnack. O basta ver el prólogo de su libro “Los salmos: El libro de oración de la Biblia”, para notar que la lectura bíblica es un acto mayor que la mera aplicación del método histórico-crítico (¡y de cualquier otro método hermenéutico!), resultado de la ciencia naturalista, sino una experiencia espiritual de encuentro con la Palabra de Dios, en la que incluso, misteriosamente, oraciones humanas son aquello. Eso era una acción contracultural contra el método que era la ciencia racionalmente incuestionable en las facultades de teología de la fecha.

2. Por su rescate de la catolicidad de la iglesia: Esto en Bonhoeffer era, al igual que en el punto anterior, un acto contracultural, puesto que él provenía de una denominación eclesial que se definía como nacional y que, aún más, estaba ligada al Estado. Por ende, la ecumenicidad de la iglesia, entendida como el alcance universal de la misma, fue un descubrimiento para él, toda vez, que lo que nos debiera unir es la lectura y recepción consciente del mensaje de la Palabra. Hay creyentes de Cristo, pertenecientes a su iglesia, más allá de los límites que pretendemos imaginar. Esto hace total sentido con la idea de la iglesia invisible, aquella que reconoceremos en su total extensión en el Reino consumado.

3. Por su entendimiento de la gracia: Quizá aquí esté el máximo aporte de Bonhoeffer a la teología protestante, la comprensión de la gracia, puesto que ésta fue una de las doctrinas fundantes de la Reforma del siglo XVI. Leyendo “El precio de la gracia. El seguimiento”, nos encontramos con la comprensión de una gracia cara, que al Padre le cuesta su Hijo, que al Hijo le cuesta la muerte ignominiosa en la cruz y que al discípulo le cuesta el seguimiento, es decir, el cortar la mano que hace caer, viene a ser antídoto a dos extremos presentes en distintas denominaciones eclesiales: el legalista y el antinomianismo, ambos espurios hijos de la cristiandad. Es el mensaje que exhorta a aquél que no mira la cruz y que depende de sus obras, como también es el mensaje confrontador para aquél que piensa y cree que Dios te acepta “tal como eres”, sin cambios en la vida y sin esfuerzo en la práctica de la santidad. Es decir, estamos frente a una comprensión que nos recuerda que el resultado de la salvación son las buenas obras, lo que para un reformado que lee, se traducirá en mayor gloria de Dios.

4. Por la práctica de la espiritualidad: Leer a Bonhoeffer, produce en quien lo hace con honestidad, un reencuentro con la espiritualidad. Con la lectura orante de la Biblia, con la meditación detenida de ella, con las disciplinas espirituales, con la confesión de los pecados, cuya riqueza no está en el que realiza dichos “ejercicios”, sino más bien, en quien debe ser fundamento y centro de los mismos: Cristo, porque “no es la pobreza de nuestro corazón, sino la riqueza de la Palabra de Dios la que debe determinar nuestra plegaria”[1] Y esto también es contracultural, pues apelaba en su contexto a una práctica dejada de lado por el liberalismo que se sustentaba en los ideales ilustrados de la razón moderna. Bonhoeffer apelaba a la mística, a la relación devocional con el Redentor, en la que cada acto realizado tiene un cariz espiritual. Era un batatazo al academicismo flemático en pos de una reflexión que diga algo para el aquí y el ahora, como también para el más allá.

5. Por su énfasis en la vida comunitaria: “Vida en comunidad”, sigue siendo lectura obligada para quienes están trabajando en la construcción de comunidades eclesiales, pues centra la mirada en Cristo que es autor y fundamento de la iglesia, pone la mirada en los otros que son tan pecadores como uno, lo que acrecienta una mirada realista frente al ensueño de la “iglesia ideal” de la que uno se va simplemente por la molestia. Es la muestra de vidas que se unen en adoración al Creador, mandatada en la Biblia, ligados fuertemente por el amor al prójimo. Esto, porque la comunidad es la obra del Dios vivo que nos permite una comprensión más firme de la gracia. Cito in extenso: “Debemos persuadirnos de que nuestros sueños de comunidad humana, introducidos en la comunidad, son un auténtico peligro y han de ser destruidos, so pena de muerte para la comunidad. Quien prefiere el propio sueño a la realidad se convierte en un destructor de la comunidad, por más honestas, serias y sinceras que sean sus intenciones personales. / Dios aborrece los ensueños piadosos porque nos hacen duros y pretenciosos. Nos hacen exigir lo imposible a Dios, a los demás y a nosotros mismos. Nos erigen en jueces de los hermanos y de Dios mismo. Nuestra presencia es para los demás un reproche vivo y constante. […] /Todo lo contrario sucede cuando estamos convencidos de que Dios mismo ha puesto el fundamento único sobre el que edificar nuestra comunidad y de que, antes de cualquier iniciativa por nuestra parte, nos ha unido en un solo cuerpo por Jesucristo; pues entonces no entramos en la vida en común con exigencias, sino agradecidos de corazón y en actitud de recibir. Damos gracias a Dios por todo lo que ha obrado en nosotros. Le agradecemos que nos haya dado hermanos que viven, ellos también, bajo su llamada, bajo su perdón, bajo su promesa. No nos quejamos por aquello que no nos da, sino que le damos gracias por cuanto nos concede cada día. Nos da hermanos llamados a compartir nuestra vida pecadora bajo la bendición de su gracia. […] Cuando la vida en comunidad está gravemente amenazada por el pecado y la incomprensión, el hermano, aunque pecador, sigue siendo mi hermano. Estoy con él bajo la palabra de Cristo, y su pecado puede ser para mí una nueva ocasión de bendecir a Dios por permitirnos vivir bajo su gracia. La hora de la gran decepción por causa de los hermanos puede representar para todos nosotros un momento verdaderamente saludable, pues nos hace comprender que no podemos vivir de nuestras propias palabras ni de nuestras obras, sino únicamente de la palabra y de la obra que de verdad nos une con otros, a saber: el perdón de nuestros pecados por Jesucristo”[2].

6. Por su claro entendimiento de la relación entre evangelio y relevancia: Lamentablemente las modas tergiversan a los autores, y es probable que algunas de las reacciones antitodo sean resultado de dicho constructo. Bonhoeffer, el adalid de la relevancia, es una falsificación histórica, puesto que sólo enuncia una media verdad. Los verdaderos adalides de la relevancia eran aquellos que desde la Iglesia Luterana adscribieron al nazismo e hicieron más que genuflexiones a Adolf Hitler y sus esbirros. Ellos estaban a la orden del día. Ellos seguían “los signos de los tiempos” disociados del mensaje. Y esto nos lleva a pensar en Bonhoeffer y su “Ética”, que responde en situaciones complejas a preguntas hechas desde el presente, y desde un presente que exige compromisos y decisiones que no reportan una cotidianidad en contextos de estabilidad social, mostrándonos una vez más que el cristianismo no sólo es expresión de fe, sino una mirada omnicomprensiva de la realidad. Mirada que se hace preguntas y que responde de manera ofensiva a quienes están inmersos en la comodidad de la iglesia intramuros. Pero que se entienda, el mensaje de Bonhoeffer es el mensaje que confiesa a Jesús y la Escritura, que se detiene y basa en dicha proclamación que nace de la fuente de agua viva y no en las cisternas rotas que no retienen agua (Jeremías 2:13). Para el pastor que a la vez es teólogo, la relevancia no está en ponerse a la orden del día. La relevancia de un cristiano está en Cristo y su mensaje y si no está en ella no es. Es agua edulcorada, demasiada actualización que ofende incluso como pregunta. Es entonces, refiriendo a la compilación de sus cartas en prisión, una resistencia que se somete. Resistencia contra el líder y el imperio que se alza como dios y como verdad, enseñándonos a ser minoría que no lloriquea con complejo de víctima, sino más bien, comunidad que avanza en las luchas cotidianas en medio de una cultura que contraviene aquello que creemos, pero que sigue enunciando el mensaje con responsabilidad y claridad. Resistencia de quienes entienden que su verdadera libertad está en quien es Señor de todo y que ella ha sido provista para amar y servir.

 Por estas razones, creo que la lectura de Bonhoeffer sigue siendo pertinente. Manos a la obra. Hay mucho que leer…

 Luis Pino Moyano.


[1] Dietrich Bonhoeffer. Los Salmos: El libro de oración de la Biblia. Bilbao, Editorial Desclée de Brouwer, 2010, p. 19.

[2] Dietrich Bonhoeffer. Vida en comunidad. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2014, pp. 21-23.

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