Biblia y ecología. Una aproximación.

Foto mía, tomada en Viña del Mar en enero de 2016.

Foto mía, tomada en Viña del Mar en enero de 2016.

Una de las preocupaciones mayores del mundo actual dice relación con el descuido del medioambiente. Por lo mismo, en los últimos cuarenta años, hemos visto proliferar una serie estudios y acciones con respecto al deterioro del planeta. Los hippies, Greenpeace y otras instituciones y ONG’s, el “buen vivir” de las culturas andinoamericanas (rescatado actualmente por el canciller boliviano David Choquehuanca), la crítica al daño ecológico desde la variable económica (en las vertientes investigativas, por ejemplo, de Naomi Klein en su reciente libro “Esto lo cambia todo. El capitalismo contra el clima”, o en su vertiente más cercana y popular, como la de Pepe Mujica), hasta “Laudato si’” de Francisco, nos gritan de forma elocuente respecto al daño ecológico.

 Frente a esto, llama la atención, no sólo las actitudes de indiferencia, sino de rechazo abierto a pensar con seriedad el tema, como si simplemente se tratase de una “eco-histeria” producto de las voces religiosas del “dragón verde”. Evidentemente, hacemos bien en mirar con ojo aguzado a los exponentes de estos pensamientos y las bases de sus pensamientos: el animismo, el panteísmo, el materialismo, las doctrinas New Age, e, inclusive, la teología natural que supone lo creado como revelación paralela a la Biblia, y con ello, efectuar una sólida crítica bíblica que ponga en su lugar aquello que debemos desechar. Pero, por otro lado, cerrar nuestros oídos a esta temática nos hace quedarnos sin tema y, con ello, sin personas que nos escuchen porque “el cristianismo no tiene nada que decirles”. A su vez, nosotros creemos en la “gracia común” que nos hace reconocer los elementos de verdad en otros, aunque no sean creyentes, además de aquellos elementos que son redimibles desde una cosmovisión cristiana. Aunque, tal vez, lo más terrible sea que, siguiendo la cara metáfora de Jesús, “las piedras” hayan hablado ante nuestro silencio.

 La contaminación, la destrucción de espacios geográficos, la erosión de los suelos, la cacería indiscriminada, la reducción de la capa de ozono, el cambio climático (sea calentamiento, enfriamiento o cualquiera otra alternativa en debate), son voces fuertes y elocuentes que debieran llamar nuestra atención como creyentes. El cuidado de la creación es un tema urgente del mundo actual, y no preocuparse de aquello es muestra de una terrible ignorancia o, lisa y llanamente, el resultado de una fría e insensible indiferencia. Si decimos con Abraham Kuyper que “No hay un centímetro cuadrado en todo el dominio de la existencia humana sobre el cual Cristo, quien es soberano sobre todo, no proclama: ‘¡Es mío!’”; debiésemos afirmar entonces que Cristo es Señor de la naturaleza. Eso cambia el panorama, porque nos permite asentar como base de nuestra comprensión de la naturaleza y de su cuidado nada más y nada menos que el señorío de Cristo quien es “rey de reyes y señor de señores”. Pues tal y como dijera Francis Schaeffer: “Los hombres hacen de acuerdo con lo que creen. Cualquiera que sea el punto de vista sobre su mundo, eso es lo que será trasladado al mundo exterior”. El creer siempre implica un sentido amplio del deber-hacer. Esta breve aproximación, partiendo desde un punto de vista creacional, mostrará el sentido, propósito y responsabilidad de cuidado del creyente por la creación dado por la triada: creer-pensar-hacer.

  1. ¿Qué debemos creer del señorío de Cristo sobre la naturaleza?

 La Biblia señala: “Al Señor tu Dios le pertenecen los cielos y lo más alto de los cielos, la tierra y todo lo que hay en ella” (Deuteronomio 10:14); “¿Y quién tiene alguna cuenta que cobrarme? ¡Mío es todo cuanto hay bajo los cielos!” (Job 41:11); “Del Señor es la tierra y todo cuanto hay en ella, el mundo y cuantos lo habitan” (Salmo 24:1). Dios quien no sólo es trascendente, sino también inmanente, se muestra activo en su creación, que le pertenece. La tierra es de Él, lo que le hace no sólo Señor de su devenir, de su historia, sino también de su estado de natural, y en su interrelación, del espacio geográfico. En una declaración cósmica, el apóstol Pablo refiere, también, al señorío de Cristo sobre el planeta, cuya pertenencia radica en su derecho de creación, redención y de futura heredad. El texto dice: “Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación, porque por medio de él fueron creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra, visibles e invisibles, sean tronos, poderes, principados o autoridades: todo ha sido creado por medio de él y para él. Él es anterior a todas las cosas, que por medio de él forman un todo coherente. Él es la cabeza del cuerpo, que es la iglesia. Él es el principio, el primogénito de la resurrección, para ser en todo el primero. Porque a Dios le agradó habitar en él con toda su plenitud y, por medio de él, reconciliar consigo todas las cosas, tanto las que están en la tierra como las que están en el cielo, haciendo la paz mediante la sangre que derramó en la cruz” (Colosenses 1:15-20).

  1. ¿Qué debemos pensar respecto al señorío de Cristo sobre la naturaleza?

 La tierra es buena, eso lo declara Génesis 1 y 2, porque ha sido creada por Dios que es bueno. Esta bondad es a priori de nuestra comprensión de la misma, aunque no intrínseca, pues es el resultado de la aprobación de Dios a su creación. Por ende, no hablamos de ella como divinidad ni como persona, lo que es propio de las idolatrías del pasado y del presente. Es decir, no la adoramos. La creación está bajo el diseño y el mandato divino, revelando su gloria, implicando la provisión de alimentos y goce a los seres humanos, e inclusive, en ocasiones, ser un instrumento del juicio del Creador según su sabia providencia.

 Génesis 3 señala que la tierra sería maldita a causa del ser humano, lo que se traduce que ella también está en una situación caída, a causa del pecado. Y es que como diría Francis Schaeffer: “Cuando el hombre quebranta la verdad de Dios, sólo se acarrea sufrimientos”. La creación anhela su redención, a la que debemos colaborar como parte de la extensión del Reino. Aunque, habrá una redención final, en el momento de la consumación de la historia: “Después vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían dejado de existir, lo mismo que el mar. Vi además la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, procedente de Dios, preparada como una novia hermosamente vestida para su prometido. Oí una potente voz que provenía del trono y decía: ‘¡Aquí, entre los seres humanos, está la morada de Dios! Él acampará en medio de ellos, y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios. Él les enjugará toda lágrima de los ojos. Ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir’” (Apocalipsis 21:1-4). Cristo, que tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas redimirá la tierra, haciéndola un espacio de justicia, porque Dios mismo morará junto a su pueblo, lo que hará de este espacio redimido un lugar de alegría, libre de penas y dolores. La tierra será un espacio de trabajo satisfactorio, libre de enajenación, explotación y depredación. El sueño moderno, inalcanzado en ese progreso indefinido que nunca llegó, era un camino religioso alternativo al cristianismo.

 “Los cielos le pertenecen al Señor, pero a la humanidad le ha dado la tierra” (Salmo 115:16). No somos dueños de la tierra, no tenemos el título de propiedad, somos algo así como los inquilinos (la figura del “patrón de fundo” no sólo es violenta por una serie de prácticas constatables en la historia hacendal latinoamericana, sino porque buscaba constituirse en amo y señor de un espacio limitado) responsables ante Dios por la forma en que tratamos lo que a Dios le pertenece. La creación existe para la gloria de Dios y cuando disfrutamos de ella, disfrutamos de Dios que la creó. Reflejamos nuestra adoración a Dios cuando cuidamos y amamos aquello que nos ha provisto. Conocemos a Dios cuando valoramos lo que Él valora. Schaeffer señalaba: “Si amo al Amante, amo lo que el Amante ha hecho. Quizás esta es la razón por la que tantos cristianos sienten una falta de realidad en sus vidas. Si yo no amo lo que el amante ha hecho -en el área del hombre y en la de la naturaleza- y realmente lo amo porque él lo ha hecho, ¿amo realmente al Amante?”.

  1. ¿Qué debemos hacer a partir del señorío de Cristo sobre la naturaleza?

 Debemos, en primer lugar, tener clara conciencia de quiénes somos: criaturas de Dios, hechos a su imagen y semejanza, puestos por Dios como representantes y mayordomos de casa común. La Biblia habla del dominio que tenemos sobre el resto de la creación, por ende animales y vegetales no son iguales a nosotros (los perros y gatos no son nuestros hijos, por más que los queramos), teniendo un menor valor que la vida humana, lo que no implica que no valgan nada. Por el contrario, Dios nos hace responsables en el mandato cultural, puesto que ser cabeza en la Biblia implica más tareas, responsabilidades y servicio, que mero liderazgo. Dominamos la creación dependiendo del Creador. Cuando nos acercamos a animales y vegetales nunca estamos frente a “materia neutra” susceptible de uso, abuso, manipulación y/o comercialización. No son seres humanos, pero tampoco “astillas sin valor”.

 En segundo lugar, debemos trabajar por el cuidado del medioambiente como parte de la misión de Dios, que colabora en la extensión del Reino hasta su consumación final. La misión es evangelización, pero es mucho más. Limitar el hecho de que Dios estaba reconciliando con Cristo y su cruz al mundo debilita nuestro mensaje y labor (2ª Corintios 5:17-21). Cuidar el espacio, esté o no esté en una situación crítica (y esto lo señalo para quienes dudan de esa situación de crisis), es un asunto de alegría y esperanza, pues forma parte de nuestro “ministerio de reconciliación”. Cristopher Wright señala: “La verdadera acción ambiental cristiana es también provechosa para la evangelización, no porque sea algún tipo de portada para la ‘misión real’ sino porque declara en palabras y en hechos el amor ilimitado del Creador por toda su creación (el que por supuesto incluye su amor por los seres humanos) y no esconde la historia bíblica del costo que pagó el Creador por redimir a ambos, Esa acción es una encarnación misional de las verdades bíblicas de que el Señor ama todo lo creado y que ese mismo Dios amó de tal manera al mundo que dio a su único Hijo no solamente para que los creyentes no perezcan, sino en definitiva para que todas las cosas sean reconciliadas con Dios por medio de la sangre de su cruz. Porque Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo”. Si creemos en la redención final de todas las cosas, dicha escatología debería ser base de nuestra ética: lo que esperamos de Dios debería afectar la forma en que vivimos ahora y debiese determinar nuestros objetivos, con la finalidad de realizar cambios en nuestro presente. Cuidar la creación es una oportunidad profética para la iglesia, porque nos lleva a ejercitar la compasión, la armonía social y la justicia propias del Shalom de Dios. La naturaleza es más que una prueba para mostrar la existencia de Dios. Saquemos esa comprensión platónica de “salvación del alma”, que espera sólo la vida futura sin hacer nada en el presente. Debemos trabajar por la sanidad de la tierra en el aquí y el ahora.

 En tercer lugar, debemos plegarnos a la serie de tareas que, desde más tiempo que nosotros, distintas personas, creyentes y no creyentes, llevan haciendo por el cuidado del medioambiente, eligiendo formas sustentables de energía, desconectando aparatos innecesarios; adquiriendo comida, ropa, bienes y servicios de empresas cuyas prácticas de política ambiental son sustentables y éticamente sólidas. Participando, ¡y creando!, asociaciones de mayordomos del espacio. Evitando el consumo y los gastos excesivos, reciclando todo lo que podamos, comprometiéndonos con un estilo de vida frugal, poniendo el acento en el compartir y el disfrutar más que en el derrochar.

 En cuarto y último lugar, debemos entender que trabajar por el medioambiente, lo que es parte integral de la misión de Dios a la que se encuentra convocada la iglesia, no es otra cosa que trabajar por la justicia social. El salmista dice: “Oh Dios, otorga tu justicia al rey, tu rectitud al príncipe heredero. Así juzgará con rectitud a tu pueblo y hará justicia a tus pobres. Brindarán los montes bienestar al pueblo, y fruto de justicia las colinas. El rey hará justicia a los pobres del pueblo y salvará a los necesitados; ¡él aplastará a los opresores!” (Salmo 72:1-4). Debemos entender que gran parte de los problemas del medioambiente, la contaminación, la desforestación a gran escala, la extinción de especies, no son resultado de esfuerzos mal habidos de individuos comunes y corrientes, sino del quehacer inescrupuloso de quienes se sienten dueños de la tierra. Y si bien es cierto, la Biblia declara el principio de propiedad, este se encuentra subsumido al principio bíblico de que los frutos de la tierra fueron hechos para todos: “La tierra no se venderá a perpetuidad, porque la tierra es mía y ustedes no son aquí más que forasteros y huéspedes” (Levítico 25:23). La creación debe ser usada para el beneficio del prójimo y no para la destrucción de ella, ni menos de las personas. No se puede hacer cualquier cosa en nombre del progreso. Actuar en justicia según los parámetros bíblicos también trae consigo la armonía con el mundo natural. Eso es parte del Shalom de Dios, pues la vida abundante está relacionada con una tierra abundante. Además, como ya hemos esbozado, nuestros esfuerzos ecológicos tienen el valor profético de señalar la realización cósmica de que Cristo es Señor de todo.

 Es pertinente terminar con las palabras del salmista: “¡Oh Señor, cuán numerosas son tus obras! ¡Todas ellas las hiciste con sabiduría! ¡Rebosa la tierra con todas tus criaturas! Allí está el mar, ancho e infinito, que abunda en animales, grandes y pequeños, cuyo número es imposible conocer. Allí navegan los barcos y se mece Leviatán, que tú creaste para jugar con él. Todos ellos esperan de ti que a su tiempo les des su alimento. Tú les das, y ellos recogen; abres la mano, y se colman de bienes. Si escondes tu rostro, se aterran; si les quitas el aliento, mueren y vuelven al polvo. Pero si envías tu Espíritu, son creados, y así renuevas la faz de la tierra. Que la gloria del Señor perdure eternamente; que el Señor se regocije en sus obras” (Salmo 104:24-31).

 Luis Pino Moyano.


Esta breve aproximación a la Biblia y la ecología es resultado de una predicación realizada en la Iglesia Presbiteriana Puente de Vida, el domingo 27 de diciembre de 2015, en el marco de la serie “Señor Total. El señorío de Cristo en todas las esferas de la vida”. El mensaje se tituló, “Cristo, Señor de la Naturaleza”. He realizado un arreglo posterior del texto para que siga la lógica de un artículo de difusión.

Soy tributario en esta reflexión de dos autores que he citado en este texto y que no he referido a la manera clásica, pues lo que deseo referenciar es todo lo señalado por ellos, promoviendo su lectura, reflexión y discusión:

  •  Francis Schaeffer. Polución y la muerte del hombre. Enfoque cristiano a la ecología. El Paso, Editorial Mundo Hispano, 1973. Su versión en inglés fue publicada en 1970, lo que lo hace un texto precursor respecto a una problemática que recién se avizoraba. Además, es un texto, que como todo “clásico” mantiene inusitada vigencia.
  •  Cristopher Wright. La misión de Dios. Descubriendo el gran mensaje de la Biblia. Buenos Aires, Ediciones Certeza Unida, 2009. Particularmente, respecto a este tema, propongo la lectura de su Parte 4: “El campo de la misión”, pp. 529 y ss. En ella Wright liga las tareas ecológicas a la gran comisión, la que comienza con una declaración del Señorío de Cristo sobre el universo (véase Mateo 28:18). Gracias a mi amigo Gerardo Vásquez por la recomendación de este libro.
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