Jaime Parada, Moisés y el Estado laico.

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¿Cuándo comenzó esta teleserie? Para ser exactos, el domingo 17 de julio, cuando El Mercurio publicó en sus páginas un reportaje titulado “¿Quién es el zar de las series bíblicas y cómo funciona su millonaria industria?”. Horas más tarde, el concejal de Providencia Jaime Parada Hoyl publicó una serie de razones por las cuales estas teleseries son un “peligro real”. Esas son las palabras con las que el titula su reflexión (¿disquisición?). Lamentablemente, algunas de las reacciones de ciertos evangélicos no han estado a la altura de la necesaria discusión, enviándolo al infierno entre otras fórmulas. Aunque, no está de más decir, que ha sido el mismo concejal el que las ha republicado generando un tufillo morboso frente a esta situación. Pero pasemos a la discusión de lo importante.

En primer lugar, quisiera partir por reconocer un mérito en las declaraciones de Parada. Es el énfasis de que el dueño del canal Rede Record es Edir Macedo, fundador y líder de una secta llamada “Pare de Sufrir”. Este no es un grupo evangélico. Es un grupo que sigue a ciegas “las verdades” de un líder, identificándose plenamente con él, quien genera una pesada estructura para el mantenimiento sólido de su discurso y una lealtad inquebrantable. No sólo se rompe con las doctrinas claves del cristianismo histórico, sino que, además, con el principio de sacerdocio universal de los creyentes tan defendido por el protestantismo. Yo no obstaría por ocupar los mismos adjetivos respecto de Macedo: “charlatán multimillonario, pastor, enriquecido”. Esto debieran tenerlo en cuenta quienes ven la serie y son evangélicos, sumado a la idea de que es una producción fílimica, cuyos elementos ficcionales pueden separarse de lo dicho por la Biblia. Esta serie no es la Escritura, no reemplaza su lectura, ni dice con fidelidad todo lo que ella dice.

En segundo lugar, donde creo que Parada equivoca el análisis es con respecto al “peligro real” que esta serie tendría. Peligro real que atentaría contra el “Estado laico”, que tiene un medio de comunicación de masas, a saber, Televisión Nacional de Chile. ¿Dónde equivoca el análisis el concejal? En lo que él significa como laico. Para él un Estado laico no sólo debe estar caracterizado por su “a-confesionalidad”, sino por la ausencia de expresiones religiosas en sus reuniones y medios. Lo que no tiene en cuenta, es que los Estados laicos, que surgieron al alero del protestantismo, buscan garantizar las libertades públicas y el ejercicio de las mismas por parte de la ciudadanía. Entre esas libertades está la profesión pública y privada de cualquier credo religioso (ya no estamos en 1833 con una religión única del Estado). A su vez, el mismo Estado laico se transforma en garante de que estas libertades públicas no atenten contra la vida ni la dignidad de las personas. Sobre esto escribí hace un tiempo en una columna llamada “Laico no es laicista”. Bajo esta definición, ¿en qué atentarían las teleseries “bíblicas” contra el Estado laico? Con todas sus letras: en nada. Absolutamente nada.

¿Dónde está el problema real y manifiesto? En la disputa del espacio público y, en ella, la producción de discursos que buscan constituirse en hegemónicos. El último punto de la reflexión del concejal señala: “Efectivamente: son los evangélicos, una gran mayoría de ellos, los que consideran que la homosexualidad es mala; que la discriminación es admisible en varios aspectos de la vida social y personal; y que el Estado debe ‘volverse a Cristo’. Podrán haber mil excepciones, pero esta es la norma”. He aquí la evidencia de la disputa de dicho espacio. Y aquí también puedo concordar con Parada: todo discurso tiene ideología, en un sentido filosófico positivo. El suyo también. Y eso se denota en la idea de una “minoría victimizada”. En su discurso, el mundo gay (léase, élite gay) es discriminado por producciones discursivas como estas. ¿En qué momento las teleseries han puesto en cuestión lo que Parada señala? ¿Fomentan dicho discurso? ¿O es, simplemente, un palo de ciego? Llama la atención, que los discursos ideológicos que fomenta Parada tengan tribuna en noticieros y programas en horario prime, se instalen como sentido común, y sigan promocionándose como los discursos de una minoría discriminada. Téngase en cuenta el cargo público que detenta Parada, concejal, lo que le otorga tribunas que otros ciudadanos no tienen, facilitando la difusión de sus ideas, y para qué hablar de su origen social que no sólo le dio facilidades en la vida, sino que además le otorgó redes que trascienden las dinámicas partidarias. ¿Podríamos seguir pensando en una minoría víctimizada? En una minoría sí, pero que no es víctima. Más bien, estamos frente a una minoría poderosa, que puede hablar en los medios de comunicación de masas y usarlos a su antojo, tal como las teleseries de Macedo. Y allí, hay ideología, pero en su sentido filosófico negativo, a lo Marx y Althusser, develando que las ideas dominantes de una época son las ideas de quienes dominan en la sociedad. Hoy, las ideas cristianas, cada vez más, no tienen ese alcance societal. Son otras las ideas que se precian de ser la verdad mayoritaria, avalada por estudios científicos y por las estadísticas de popularidad (mala mezcla que tiene correlato con algunas expresiones totalitarias dadas en la historia).

El problema de Parada, no es el Estado laico, es el choque entre discursos antagónicos que pretenden ser hegemónicos en la sociedad. Es decir, el problema tiene que ver más con el poder y quien lo ejerce, que con la religión y su expresión en el espacio público.

Luis Pino Moyano.

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