Evangélicos y política chilena: el desafío de ser minoría inteligente.

Escribo estas palabras con la sensación amarga de la derrota. De una derrota, en términos futboleros “por goleada”. Y lo que hace que dicha sensación sea gigantesca, es lo poco y nada que estamos realizando como creyentes cristianos por revertir la situación difícil que vivimos y que parece avecinarse. Veo la realidad chilena, del país que no ha eliminado los lastres autoritarios, la educación de mercado que segrega a los más carenciados, el drama de las AFP’s y las pensiones paupérrimas de hoy y mañana, la corrupción política que nos muestra que de nada valen los colores políticos frente al dinero de quienes ponen la plata, la agenda y la música de gobiernos y parlamentos, con un Estado hecho a la medida para la legitimación del contubernio. El Chile clasista y pigmentocrático. El país que tuvo pretensiones de jaguar económico, pero en el que nada crece ni chorrea. El Chile individualista que prefiere legislar respecto al aborto como un derecho individual, sin pensar en la comunidad, en el ser vivo que crece dentro de un vientre.

Mientras, nuestras miradas cortoplacistas no dan el ancho. O nos quedamos apertrechados dentro de las cuatro murallas de nuestras iglesias –porque “el Señor viene pronto”, o porque la política es sucia-; o buscamos pequeñas cuotitas de poder que nos permitan aparecer en la tele un par de días más que en el Te Deum y el 31 de octubre; o nos acomodamos a las agendas y discursos de otros (incluso de algunos que esconden sus posiciones diciendo “Señor, Señor”), dejándonos “amoldar por el mundo actual” (léase Romanos 12:2[1]). He ahí nuestra derrota: ser sal que no tiene sabor y luz que se esconde debajo de un cajón.

Y sí. Felicito a los hermanos y hermanas de diversas comunidades cristianas que, saliendo de la comodidad, participaron del proceso pre-constituyente, porque dejaron de lado algunas lógicas mencionadas en el párrafo anterior. Daba gusto ver sus fotos desperdigadas en las redes sociales, mostrando el esfuerzo por debatir bajo la lógica de una política con mayúscula. Pero ese esfuerzo es estéril si no se atiende a la historia de Chile, que nos muestra que las tres constituciones de más larga duración en nuestro país, a saber 1833, 1925 y 1980, surgieron bajo estados de excepción, con el Congreso cerrado y con el amparo de la mano militar. Y, sólo por mencionar una de ellas, la de 1925, en cuya coyuntura constituyente, dio lo mismo el esfuerzo y trabajo de la “Asamblea Constituyente de Obreros e Intelectuales”, pues Alessandri nombró a dedo a una comisión que terminó armando el texto que llevó su firma para ser consagrada como carta fundamental. ¿Qué quiero decir con esto? Que a todas luces, sin una asamblea constituyente, cuyo ejercicio sea efectivo y vinculante, lo que tendremos es un gol de media cancha (¡otra vez!) por parte de quienes detentan el poder, y tienen su texto constitucional armado hace rato. Y ojalá, la larga duración no nos persiga.

También me parece excelente que algunos de los miembros de distintas comunidades de fe tengan dentro de sus proyectos el asumir responsabilidades políticas, pasando por procesos eleccionarios. Se habla, por el momento, de candidatos a concejales, alcaldes y diputados, que convergen dentro de un movimiento interdenominacional llamado “Por un Chile para Cristo”. Lo que me parece preocupante, por decir lo menos, es que se repitan discursos carentes de peso: léase la pretendida apoliticidad discursiva (¿qué hacen en política entonces?); la representatividad del mundo evangélico, como si existiera sólo un mundo evangélico; el discurso de los valores que sólo tienen concreción en lo sexual, lo familiar, lo privado; y, por supuesto, la idea reaccionaria de aparecer en la escena pública porque no les dan lo que les prometieron desde el púlpito cuando estaban en campaña. Política con minúscula, que sólo se queda en lo superficial y aparente, en el boato del cargo de poca monta, no entendiendo que para quienes ejercen de verdad el poder, serán simples aparecidos: “canutos siúticos que quieren vivir un rato en el mundo de Bilz y Pap”. ¡Despierten de esa terrible ensoñación por Dios!

¡Tengamos, por favor, claridad de la derrota!

Teniendo claridad de la derrota, podemos comenzar a trabajar en el desafío de ser una “minoría inteligente”. Somos minoría en términos estadísticos (aunque por el bendito “mejor censo de la historia” no tenemos ideas de números certeros). Pero somos minoría, también, y de manera mucho más potente, en términos cualitativos, pues nuestras ideas no aparecen en los medios de comunicación de masas, no están marcando tendencia, no son las ideas de quienes dominan. El desafío está en ser minoría inteligente.

¿Cuándo no somos minoría inteligente?

  • Cuando nos victimizamos, cuando creemos que estamos siendo perseguidos por la causa de Cristo siendo que eso, por lo menos todavía, no ocurre.
  • Cuando nos quejamos de la educación secularizada y culpamos a colegios ideologizadores y escuelas dominicales enclenques, y como padres no asumimos que la responsabilidad de educar a los hijos es nuestra, sea que estén en un colegio público, privado, confesional o en homeschool.
  • Cuando suplicamos a los políticos profesionales que nos tomen en cuenta y nos concedan las migajas que pedimos, cuando los lisonjeamos en los actos públicos, y no pronunciamos una palabra con sentido profético contentándonos con el regalo típico de la Biblia que irá a parar quizá dónde.
  • Cuando nuestros actos reactivos de protesta se quedan en un pintarrajeo rojo de manos, una foto en Facebook, una marcha gritando “¡Cristo vive!” y otras en el mismo tono.
  • Cuando nuestra reacción a frases como la del tolerante-intolerante Rolando Jiménez de “hacer crema con los fetos”, sólo es respondida con un “te vas a quemar en el infierno” u otras del mismo grueso calibre religioso, que simplemente reciben un bloqueo virtual por parte de quien la recibe.
  • Pero, por sobre todas las cosas, cuando nos compramos paquetes completos de ideologías que no se condicen con una cosmovisión bíblica-y-cristiana, por el simple hecho de que dicen, o dijeron, en algún momento de la historia alguna verdad.

Entonces, ¿qué significa ser minoría inteligente?

  • Significa entender que no necesitamos las migajas políticas de nadie para seguir cumpliendo la tarea de proclamar el evangelio de Jesucristo. Aprendamos de nuestros primeros hermanos, que en muchas ocasiones desde los márgenes del imperio, y con las escasas posibilidades que tuvieron, llenaron al mundo conocido con su predicación.
  • Significa capacitarse sólidamente, de manera individual y colectiva (familia e iglesia), en los principios permanentes de la Palabra de Dios, tenida como única y suficiente regla de fe y práctica, afianzando con ello una cosmovisión bíblica-y-cristiana, teniendo en cuenta nuestra tarea como “columna y fundamento de la verdad” (1ª Timoteo 3:15[2])[3]. Seamos activos en la educación que lleva a ser discípulos que siguen a Jesús por sobre todas las cosas. 
  • Significa que quienes tienen una vocación política y son creyentes, no esperan que votemos por ellos simplemente porque “somos hermanos”, sino porque se preparan, conocen y no les da miedo la política. Significa también que nunca van a pretender representar al polifónico pueblo evangélico, sino que se concentrarán en llevar a cabo su trabajo con excelencia y dando buen testimonio. Significa que ellos, más allá de las alianzas o partidos políticos en los que militen, serán fieles a la Palabra de Dios en detrimento de las órdenes que atenten contra ella. 
  • Significa que nuestra contraculturalidad no es reaccionaria, sino más bien, porque afirmamos principios diferentes a los de la cultura imperante. Significa que somos creyentes que leemos la Biblia, que oramos, que protestamos amando y diciendo la verdad, y que trabajamos en pos de un mejor lugar para vivir. Un cristianismo activo, vital. 
  • Significa que en el debate público no nos comportamos como loros que repiten panfletos vulgares, sino que buscamos argumentar con contenido, seriedad, precisión y claridad nuestras ideas, en el marco del diálogo que se posiciona sin temor desde la religión cristiana que comprende toda la realidad y que dota de inteligibilidad el relato del otro, esperando un acto recíproco (evidentemente, habrá ocasiones en que eso será imposible, pero no necesariamente debemos dar todas las batallas que se nos presentan).
  • Significa que denunciamos todos los constructos idolátricos y no sólo aquellos que no son de mi agrado. Pues cuando lo hacemos, vemos que para Dios justicia es aquello que se vive tanto en la sociedad como en lo íntimo (véase Amós 2:6,7[4]), lo que conllevará a una fe que tiene expresión concreta y cotidiana en lo privado y también en lo público. ¡Los valores no sólo tienen que ver con la sexualidad y la familia como la justicia no sólo tiene que ver con retribuir a los desamparados! Seamos minoría que defiende, ama y puja junto a los desamparados cuyas voces son día a día acalladas: pobres, huérfanos, viudas, inmigrantes y niños y niñas que todavía no nacen, cuyos gritos son inaudibles desde el exterior. Minoría que no tiene miedo, porque sabemos y creemos que el Cordero de Dios será victorioso, y que todas las tiranías caerán.

Como diría Jürgen Moltmann: “Cuanto más conscientes son los cristianos hoy día de una situación minoritaria y pierden la protección de una sociedad ‘cristiana’, tanto más pueden aprender de la moral calvinista a hacerse extraños en la propia sociedad y nación por amor de Cristo. En la historia del cristianismo reformado se evidencia claramente el ‘valor de ser distinto de los demás. Únicamente quien es distinto es capaz de ‘existir para los demás’; de lo contrario, es uno más entre la masa”[5].

 Sigamos luchando contracorriente, extendiendo el Reino de Dios, por medio de la predicación del evangelio y la plantación de iglesias, y trabajando en el lugar que nos toca y en nuestra cotidianidad con responsabilidad, excelencia, con distintivo cristiano y, por sobre todo y en todo, para la gloria del que vive para siempre y tiene poder de hacer nuevas todas las cosas. Las oportunidades que tenemos si miramos la realidad desde ese prisma, son mayores a las que las situaciones contingentes y su tufillo aparente nos muestran.

Luis Pino Moyano.


[1] “No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta” (Romanos 12:2).

[2] “[…] que es la iglesia del Dios viviente, columna y fundamento de la verdad” (1ª Timoteo 3:15).

[3] Primero: lee tu Biblia, ámala y empápate de ella. Segundo: pide a tus líderes que enseñen sobre cosmovisión y aprovecha seminarios o congresos que traten este tema. Finalmente, autoedúcate leyendo buenos libros. Te recomiendo algunos: “La cosmovisión del Reino de Dios”, de Darrow Miller y otros (JUCUM, 2011); “La creación recuperada”, de Albert Wolters y Michael Goheen (Poiema, 2013); “El universo de al lado”, de James Sire (Desafío, 2005); “Posmodernidad y fe”, de Theo Donner (CLIE, 2012); “Piense”, de John Piper (Tyndale, 2011); y “La razón de Dios”, de Timothy Keller (Andamio, 2014).

[4] “Así dice el Señor: ‘Los delitos de Israel han llegado a su colmo; por tanto, no revocaré su castigo: Venden al justo por monedas, y al necesitado, por un par de sandalias. Pisotean la cabeza de los desvalidos como si fuera el polvo de la tierra, y pervierten el camino de los pobres. Padre e hijo se acuestan con la misma mujer, profanando así mi santo nombre’” (Amós 2:6, 7).

[5] Jürgen Moltmann. “La ética del calvinismo”. En: Leopoldo Cervantes-Ortiz. Juan Calvino: su vida y obra a 500 años de su nacimiento. Barcelona, Editorial CLIE, 2009, pp. 263, 264.

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2 pensamientos en “Evangélicos y política chilena: el desafío de ser minoría inteligente.

  1. Interesante, su punto de vista. Si no ha leído el libro “Bonhoeffer – Pastor, Mártir, Profeta, Espía” de Eric Metaxas, se lo recomiendo. Resume la historia y dificultades que tuvo que vivir un teólogo luterano que se sentía obligado a participar en al conspiración para “asesinar” a Hitler; suena a un acto mu grotesco para un cristiano, pero en ese momento de la historia… simplemente era lo correcto. De ese mismo autor también puede leer el libro “Ética” en el que aborda la forma en que los cristianos debemos asumir las “zonas grises” no abordadas explícitamente en la Biblia.

    ¡Saludos!

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