¿Existe una “ortodoxia muerta”?

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Vengo masticando esta pregunta desde el culto de clausura del año académico del Seminario Teológico Presbiteriano, en diciembre pasado, cuando el pastor Oswaldo Fernández, refiriendo a consejos de Pablo a Timoteo mostró dos características de la doctrina: que es sana y es buena. Insisto en esto: no es que la sana doctrina pueda no ser buena, y viceversa, sino que son características indivorciables de una misma doctrina, que emana y se sustenta en la Palabra de Dios. Después de la escucha de ese sermón, no he dejado de darle vueltas a dicha proposición. La doctrina sólidamente correcta debe estar siempre acompañada de su fruto, léase, una vida conforme a la ética bíblica, es decir, sujetos marcados por la santidad producida por el Espíritu, por el cual presentamos sacrificios que agradan a Dios (véase Romanos 12:1,2 y Hebreos 13:15,16[1]).

 Es lo anteriormente dicho que origina la pregunta por la existencia de una ortodoxia muerta. He leído varios posts de amigos que refieren a aquello. Lo he escuchado y leído en libros de los más eminentes autores. Lo he pensado por años respecto del riesgo de disociar estudios teológicos y espiritualidad, aferrándome a una idea de características separadas que vienen a complementarse. No basta con teología buena, sino hay que desarrollar una fértil espiritualidad. Y, bueno, al revés también. La ausencia de complemento llevaría al error, al camino de la insolencia y la temeridad. Y, en verdad, me arrepiento de esa mirada que no hace justicia a la doctrina que nace de la Palabra viva y verdadera.

 Estoy peleando duramente con la idea que dice que existe una ortodoxia muerta. ¡No existe ortodoxia muerta! Si hay conocimiento bíblico, si hay sana doctrina, ese sano conocimiento doctrinal nos conducirá por la senda de la justicia, y no por el pecado. Y si incursionamos en el pecado, esa sana doctrina, porque es buena, nos llevará al arrepentimiento, y no a la justificación ni al encubrimiento de nuestro pecado, ni mucho menos a la tibieza vomitiva del “-perdón, pero…” que relativiza la ofensa.

 La ortodoxia no es sólo un acto teórico que se ve reflejado por la pronunciación de ciertos enunciados teológicos y confesionales, sino además, un acto de espiritualidad adoradora del Dios de la vida. No puede ser ortodoxia aquello que declara con su boca que “la Biblia es la única y suficiente regla de fe y práctica”, si dicho principio no se aterriza a la vida, haciendo que la normatividad de la Palabra sea sólo un acto fingido de labios hacia fuera, pues ella no gobierna nuestros pensamientos y acciones. Y lo que es peor, si se afirma que la Palabra es inspirada por Dios, esa doctrina, que no puede ser ortodoxia, no reconoce a Dios en su soberanía. Si gobernamos nuestras vidas, Dios es relegado de nuestro ser, no es reconocido Rey y Señor.

 Como señalaría Calvino: “porque la ‘doctrina’ no será consistente con ‘la piedad’, si no nos instruye en el temor y reverencia a Dios, si no edifica nuestra fe, si no nos entrena en la paciencia, la humildad y en todos los deberes de ese amor que debemos a nuestros prójimos. Por consiguiente, cualquiera que no se esfuerce por enseñar provechosamente, no enseña como debería enseñar; y no sólo eso, sino que la doctrina no es piadosa, ni sana, no importa cual sea su brillantez u ostentación, si no tiene como fin el provecho de los oyentes”[2].

 Dios nos ayude a encaminarnos por la verdadera ortodoxia: por la doctrina sana y buena.

Luis Pino Moyano.


[1] “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Romanos 12:1,2);
“Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre. Y de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios” (Hebreos 13:15-16).

[2] Juan Calvino. Comentario a las Epístolas Pastorales. Grand Rapids, Libros Desafío, 2005, p. 181. Calvino está comentando acá 1ª Timoteo 6:3.

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