MOVILH, verdad y conservadurismo.

Bandera Gay

Hace una semana atrás, Alexander Núñez, participante de un programa televisivo para el espectro juvenil hace unos años atrás, hizo algunas declaraciones en el farandulero “Primer Plano” que causaron cierta polémica. Entre las cosas que señaló, me permito citar éstas: “No estoy de acuerdo con el matrimonio homosexual (…). No creo en el amor entre un hombre y un hombre. Yo, que fui homosexual, nunca sentí amor por un hombre”; “Necesitaba que Dios quitara esa pena que había en mi corazón. Uno va por algo y el Señor te entrega mucho más”. Lo que Núñez estaba haciendo en dicho relato era nominar su experiencia en clave de redención. Su experiencia es dotada de coherencia por dicho prisma, lugar de producción, ideología, cosmovisión o como quiera llamársele. No hizo nada ajeno al acto comunicativo, pues cada vez que hablamos lo hacemos desde un lugar. Y es lógico que ante la divergencia de lugares, y luego de opiniones y argumentos, exista reacción. Lo que se esperaría en el debate público es que siempre se comience por la presuposición de inteligibilidad al relato del Otro.

 Llama la atención entonces, la reacción que ha tenido el MOVILH, que sirvió de sustento al periodismo que registró la noticia en la web, mediante su declaración titulada “Consideraciones sobre testimonios de supuestos ‘ex homosexuales’”. Allí no se duda en llamar a las palabras de Núñez como “declaraciones homofóbicas”, “peligrosas e intolerables”. Lo que hace esta nominación del relato de Núñez es impedir el debate, defenestrando al interlocutor. Se anula al otro con un juicio de valor. De hecho, lo que me motivó a escribir estas líneas son particularmente los puntos 1 y 4 de la declaración. Cito textualmente: “1.- La ‘orientación sexual’; sea lésbica, gay, bisexual o heterosexual; no es una elección, ni una decisión, es una realidad natural. Ni la cultura, ni un decreto, ni una ley, ni una religión podrán jamás modificar una ‘orientación sexual’ […] 4.- Toda influencia o intento por modificar la ‘orientación sexual’ de las personas constituye un abuso, una violación a los derechos humanos, que merece el máximo repudio social y estatal, en cuanto sólo genera efectos nocivos, asimilables en el corto o largo plazo a la tortura” (el destacado es del original).

 No deja de ser interesante la pulsión por la verdad que tiene la declaración. Ella es taxativa y axiomática, al nivel de apelar a una “realidad natural”. De hecho, más adelante se apela a “estudios exclusivamente científicos” (punto 5), que darían crédito a sus postulados. Dicho asunto releva la fuerza que tiene todavía la mirada naturalista y positivista de la ciencia en nuestro país, en la idea de un constructo libre de ideologías, que siempre dice la verdad. Esa ciencia aséptica es entronizada en el altar secular del viejo iluminismo en pos de leyes universales. Es la sustitución de la religión trascendental por la religión secular, que necesita de tanta fe como la otra. Y de hecho, es una fe exclusivista y excluyente tanto como el enemigo al que se critica. Se está con esta verdad, o se debe, recibir el “máximo repudio”. Parece que se desconocen las atrocidades que se han ejecutado a lo largo de la historia en pos de la ciencia y su verdad normativa, constructora de leyes naturales inviolables e inexorables, entre las cuales está la tortura a la que se compara con los intentos de modificación de la “orientación sexual” (a modo de paréntesis: sería relevante que quienes criticaron a los actores “pro-vida” que compararon el aborto con los asesinatos y desapariciones acaecidas en el contexto de la dictadura cívico-militar chilena digan algo acerca de éste símil, que resulta tan ofensivo como el anterior).

 Pero lo más (pre)potente de la declaración es su conservadurismo. Sí, conservadurismo, con todas sus letras. De hecho, cuando se apela a una realidad natural se presupone lo que más adelante se declara: algo que jamás se podrá modificar. He ahí la base de la contradicción del lenguaje de derechos que naturaliza la conquista política, perpetuándola en su normatividad universal. Y es ahí donde el MOVILH hace recaer su discurso conservador. Es un discurso conservador porque niega la posibilidad de cambio (tanto como los grupos religiosos fundamentalistas que niegan la posibilidad de que un homosexual cambie). Es un discurso conservador porque apela a constituir una realidad histórica, por ende dinámica, como una realidad natural, constituyendo axiomas inviolables. Es un discurso conservador porque busca la punición del pensamiento divergente. Es un discurso conservador porque responde al constructo de una élite dentro del diverso mundo homosexual. Es un discurso conservador, inclusive en la crítica que hace de su oponente, presuponiendo que todo aquél que discute con dicha producción elitaria dota a la homosexualidad un estatuto de “enfermedad”, lo cual carece de correlato empírico (es como criticar “la ideología de género” presuponiendo la homogeneidad de la producción que releva dicho debate). Y es, inclusive, un discurso conservador dentro de las múltiples ideas de género existentes en el mundo y en la historia. No está demás decir que Simone de Beauvoir, Michel Foucault, Judith Butler, Beatriz Preciado, entre otros exponentes no estarían de acuerdo en la naturalización del género, sino que desde sus matices darán cuenta de una opción que se construye y que es afectada por los mandatos culturales (nadie acusaría de homofóbicos a estos exponentes). Por ello, no resulta menor dar cuenta que esta institución elitaria dentro del mundo homosexual tenga dentro de su proyecto histórico la búsqueda del matrimonio igualitario, siendo esta institución una de las perpetuadoras del constructo patriarcal, en la lógica de diversos estudios de género.

 Lo que más hace falta en este debate es la honestidad. El problema en cuestión no es la homofobia (¿literalmente “miedo al igual”?). El problema concreto para el MOVILH consiste en si se le debe dar cabida al discurso religioso en el espacio público. Y es un problema de marca mayor, puesto que su propuesta discursiva se presenta como el de una minoría victimizada, cuando en realidad su producto tiene acceso hegemónico a medios y se presenta como verdad incuestionable. En ese sentido, el MOVILH, en tanto grupo elitario, es una minoría, pero poderosa, pues tiene la capacidad cultural de instalar conceptos como sentido común. Sus ideas dominan. Y como lo dijeran Marx y Engels en “La ideología alemana”, “las ideas de clase dominante son las ideas dominantes de una determinada época”. Lo que es suficiente razón para que sus ideas no dejen de ser sometidas a la crítica.

Luis Pino Moyano.

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