Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

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Jesús de Nazaret, un día como hoy, experimentó la cruenta muerte de la cruz, sacrificio que los romanos aplicaban para los insurgentes y para los esclavos. Por su parte, la ley de Moisés señalaba que era maldito todo aquél que era colgado en un madero (Deuteronomio 21:23; y citado por Pablo quien lo aplica a Jesús en Gálatas 3:13). Previo al momento de la cruz, Jesús sufrió una presión enorme en Getsemaní, a solas, mientras sus mejores amigos dormían, en la que en oración avizoraba que le tocaría beber una amarga copa, y que lo haría según la voluntad del Padre.

 Jesús es arrestado y sufre juicios injustos, en los que se les acusa de blasfemia, por hacerse igual a Dios, y ante el procurador romano, se le acusa de proclamarse rey, declaración abiertamente subversiva en la lógica imperial. Tanto a manos de los judíos como de los romanos, Jesús recibió burlas, palabras hirientes, golpes de puño, escupitajos y azotes con el horrendo flagrum romano. Se le colocó una corona de espinas. Y, a lo menos, se le obligó a cargar el poste horizontal de su cruz. El pesado travesaño, la sangre perdida, la noche en vela, la enorme presión emocional y espiritual, le llevó al desplome. Se le pidió a un hombre que pasaba por el camino que cargara su cruz. En el monte de la Calavera, el Gólgota, Jesús es crucificado. Clavos de tosco metal atravesaron sus muñecas o manos y sus pies, fijándole en la cruz. Algunos médicos en tiempos contemporáneos hablan del sufrimiento de la cruz: calambres, dolores de cabeza, problemas de respiración (la muerte común de los crucificados era por asfixia, la que era apresurada con la crurifractura, es decir, quebrándole las piernas a los torturados), pérdida de la conciencia momentánea. Jesús sufrió la burla de los maestros de la ley cómplices y testigos del ignominioso sacrificio, de la gente que pasaba por el camino y, al comienzo, de ambos malhechores a su lado. Jesús, tal y como dijo el profeta, fue herido y molido por nuestras rebeliones. Todo este sufrimiento y presión, Jesús lo experimentó como el humano que era, luego de ese profundo misterio de la encarnación.

 Pero el sufrimiento de la cruz no fue sólo físico y emocional. Lo fue también espiritual. Y dicho sufrimiento no sólo fue experimentado en su humanidad. Cristo no dejó de ser Dios al estar en la cruz. Él es eterno Dios, la segunda persona de la Trinidad. La lectura del evangelio nos lleva a adentrarnos en uno de los momentos más oscuros y terribles de la historia. El momento en que la danza eterna de Dios, como llamaban nuestros antiguos hermanos orientales a la relación intratrinitaria, se detuvo. Hubo un momento del sacrificio de Cristo en la cruz en que Dios, misteriosamente, y empleando lenguaje sencillo, dio vuelta la espalda a su Hijo amado. La Escritura dice:

 “Desde el mediodía, toda la tierra quedó sumida en oscuridad hasta las tres de la tarde. Hacia esa hora Jesús gritó con fuerza: -Elí, Elí, ¿lemá sabaqtaní?, es decir: ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’” (Mateo 27:45,46, La Palabra).

 En ese momento, Jesús padeció lo que nuestra teología llama la muerte espiritual, el descenso al infierno, como lo anuncia el Credo Apostólico. A Jesús no sólo lo puso en la cruz las autoridades religiosas judías, el pusilánime procurador Poncio Pilato, la soldadesca imperial… Dios Padre puso a su Hijo en la cruz. En ese momento, Jesús bebió la copa amarga de la ira de Dios en nuestro lugar. Fue en ese momento que Jesús recibió la paga del pecado en nuestro lugar. Fue en ese momento, en que el Mesías prometido cargó el pecado de todos nosotros. El santo, inocente, justo y misericordioso sumo sacerdote y cordero pascual, realizando el sacrificio único y perfecto por nuestra redención. Jesús sufrió el abandono del Padre para que quienes formamos parte del pueblo de Dios, por el puro afecto de su amor, jamás viviésemos dicho abandono. Fuimos absueltos de la muerte espiritual por medio de este sacrificio que satisfizo la justicia de Dios. Y no sólo eso: hoy hemos recibido vida abundante.

 Juan Calvino señaló respecto de este asunto:

 “Nada hubiera sucedido si Jesucristo hubiera muerto solamente de muerte corporal. Pero era necesario a la vez que sintiese en su alma el rigor del castigo de Dios, para oponerse a su ira y satisfacer a su justo juicio. Por lo cual convino también que combatiese con las fuerzas del infierno y que luchase a brazo partido con el horror de la muerte eterna. […] Por tanto, no debemos maravillarnos de que se diga que Jesucristo descendió a los infiernos, puesto que padeció la muerte con la que Dios suele castigar a los perversos en su justa cólera”[1].

 Por su parte, Sally Lloyd-Jones, en el que a mi gusto es el mejor libro de historias bíblicas, relata lo siguiente:

 “-Si eres en realidad el Hijo de Dios, ¡simplemente bájate de esa cruz! – decían.

Por supuesto, tenían razón. Jesús simplemente pudiera haberse bajado de la cruz. En realidad, pudiera haber simplemente dicho una palabra y todo se hubiera detenido. Como cuando sanó a la niña, o calmó la tempestad, o dio de comer a cinco mil personas.

Pero Jesús se quedó en la cruz.

Como ves, ellos no entendían. No fueron los clavos los que mantuvieron a Jesús en la cruz. Fue el amor.

– ¿Papá? – clamó Jesús, frenéticamente buscando en el cielo-. ¿Papá? ¿Dónde estás? ¡No me dejes!

Por primer vez, y por última vez, cuando él habló, nada sucedió. Hubo solo un horrible e interminable silencio. Dios no respondió. Le dio la espalda a su muchacho.

Las lágrimas corrieron por el rostro de Jesús, el rostro de aquel que limpiaría toda lágrima de todo ojo”[2].

 Amor. Eterno y perfecto amor…

 Lo más maravilloso, es que el relato del evangelio no sólo tiene un alcance teológico respecto de nuestra salvación, sino un contenido pastoral potente. Jesús, estando en la cruz, oró las palabras del Salmo 22 “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. En esto, Jesús también nos sustituyó. Él realizó esta oración angustiosa (una lectio divina en el pleno sentido de la expresión), hecha con un fuerte grito, también sustituyéndonos en ella. ¿Estás pasando momentos de adversidad? ¿Crees que estás solo? ¿Estás experimentando el desamor, el desaliento, la traición, la falta de esperanza, el quiebre de relaciones significativas? ¿Vives lo que Martyn Lloyd-Jones llamó “depresión espiritual”? Quiero darte una buena noticia que espero llegue al desierto de tu vida: jamás podrás hacer esta misma oración. ¡Jamás podrás decir y orar “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” porque Jesús ya vivió eso por ti y por mi en la cruz ignominiosa! Cristo experimentó la soledad y el desamparo de Dios para que tú y yo no lo viviéramos. En la dureza de la vida, no estás solo. Podemos recordar con gozo las palabras proclamadas por el profeta:

 “¿Se olvida una madre de su criatura,

deja de amar al hijo de sus entrañas?

Pues aunque una madre se olvidara,

yo jamás me olvidaré.

Aquí estás, tatuada en mis palmas,

tengo siempre a la vista tus murallas”.

(Isaías 49:15,16, La Palabra).

 Sí, amor. Eterno y perfecto amor…

 Luis Pino Moyano.


[1] Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana. Libro II, Capítulo XVI, Punto 10. Rijswik, Fundación Editorial de Literatura Reformada, 2006, p. 382.

[2] Sally Lloyd-Jones. Historias bíblicas de Jesús para niños. Miami, Editorial Vida, 2012, p. 304.

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