María: una discípula radical del Redentor.

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No es una mujer que pase desapercibida. Unos la adoran y/o veneran de manera extrema (hiperdulía). Otros la han mirado como una mujer desvergonzada que monta un fraude, haciendo pasar un hijo de otro como fruto de la obra del Espíritu. Otros la comparan con otras mujeres de la historia, como por ejemplo, con la Malinche, una como la mujer virgen e inmaculada, la otra violentada y cuyos hijos son “los hijos de la chingada”, según lo releva Octavio Paz en “El laberinto de la soledad”. Por otro lado, nosotros, los evangélicos, en muchos momentos la hemos mirado con cierta indiferencia, lo que nos ha hecho guardar un silencio impropio con respecto de María. Esto es fácil de constatar haciéndose la pregunta: ¿cuántas predicaciones escuchaste sobre la vida de María en la iglesia a la que asistes?

Evidentemente, dicho silencio proviene como una reacción a la lectura católica, ya sea la de la dogmática o la de la religiosidad popular. No nos referimos a ella como “Santísima” ni como “madre de Dios” (aunque ese concepto surge en medio de las controversias cristológicas, por lo que esa afirmación más que hablar de María, habla de Jesús y su persona divina), “corredentora y mediadora con Cristo”, “madre de perpetua ayuda”, “reina del cielo” ni “dispensadora de todas las gracias”. Tampoco creemos en su “inmaculada concepción” ni en su “perpetua virginidad” ni en su “ascensión al cielo”. Pero todo eso no es obstáculo para hablar de ella, ni de mirarla como una hermana nuestra en el seguimiento del Salvador, digna de un trato amoroso y honroso, sobre todo a partir de la memoria de su labor en la misión de Dios.

Nosotros, los evangélicos debiésemos creer todo lo que la Biblia nos dice acerca de ella: una mujer joven, descendiente de David, comprometida y luego casada con José, un carpintero originario de Belén, también descendiente de David (por otra raíz familiar), que vivía en Nazaret, un lugar de baja alcurnia. Debiésemos creer que María, en cumplimiento de las profecías con respecto del Mesías, fue virgen hasta el nacimiento de Jesús y que luego le siguió obedientemente, inclusive estando a los pies de la cruz, cuando los discípulos estaban escondidos llenos de miedo por lo ocurrido con su maestro. María, nuestra hermana, fue parte la primera iglesia, fue humilde, devota, con una vida de mucha profundidad espiritual y practicante de la meditación nacida de la Palabra de Dios. ¡Fue una mujer más que bienaventurada! El proverbista señalaba: “El encanto es engañoso, y la belleza no perdura, pero la mujer que teme al Señor será sumamente alabada” (Proverbios 31:30 NTV). Hacemos bien, como creyentes al igual que ella, al mirar lo que nos dice la Biblia, para aprender y vivir.

  1. La Biblia nos habla de una mujer valiente.

¡Qué duda cabe de esto! María fue una mujer valiente. Arriesgó la piel por la obediencia radical al Dios todopoderoso. No fue una obediencia ciega, pues ella sabía que si el Altísimo encomienda una labor, la única posibilidad coherente es obedecer a esa voluntad que es buena, agradable y perfecta. Fue una mujer valiente porque aceptó la comisión de ser la madre del Salvador, sin saber cómo sería esto sin una relación sexual de por medio, siendo esto, tal y como lo es para nosotros, un misterio. Además de eso, corriendo el riesgo del cominillo de su pueblo, la incomprensión e, inclusive, la posibilidad de la pena capital si la impresión espiritual hubiese sido un invento de la cabeza de esta joven mujer. Ella piensa, cree y actúa. Basa su confianza en la sabiduría y la bondad de Dios, porque nada es imposible para Él.

María experimentó el sufrimiento al ver los intentos de Herodes de matar a Jesús, como también producto de los sobresaltos que el ministerio de su hijo experimentó, sobre todo con las autoridades religiosas de la época. Y para qué hablar del juicio injusto y la cruz ignominiosa que sufrió nuestro amado Señor. María, la mujer dada a la meditación, la que guardó todas las cosas en su corazón, con seguridad debe haber recordado las palabras del viejo sacerdote Simeón, que luego de tomar en los brazos al niño llevado por José y María al rito de inclusión de los hijos a la familia del Pacto (la circuncisión), y cantar el bello “Nunc Dimittis” (Lucas 2:29-32), dijo a María: “Este niño está destinado a provocar la caída de muchos en Israel, pero también será la alegría de muchos otros. Fue enviado como una señal de Dios, pero muchos se le opondrán. Como resultado, saldrán a la luz los pensamientos más profundos de muchos corazones, y una espada atravesará tu propia alma” (2:34,35). ¿Alguien hablaría así a una madre con su bebé de ocho días de nacido? Simeón estaba diciendo que una espada ancha, como símbolo de un dolor angustioso, penetraría el alma de María. Y así fue. Ayudan a nuestra imaginación “La Piedad”, de Miguel Ángel, como también, la escena en la que Olivia Hussey personificando a María, toma a su hijo replicando la escultura renacentista, en la tremenda película de Franco Zeffirelli. María no calza en los estándares de prosperidad y de autoayuda que abunda en mucha predicación que se dice evangélica. Su vida estuvo marcada por la sombra de la cruz.

2. La Biblia nos habla de una mujer que canta y ora. 

María fue la autora de una de las canciones más conmovedoras y confrontadoras de la Biblia, y me atrevo a decirlo, a lo largo de la historia. Tal vez Bach podría ser de mucha ayuda en esto, aunque la lectura de El Magnificat, por sí sola nos grita fuerte al corazón. Se conoce así a este canto por su primera palabra en la Vulgata, que podría traducirse como “engrandece” o “glorifica”. Es el canto de una mujer que asume la voluntad de Dios, a pesar de los riesgos, actuando así por la vista de la acción de Dios en la historia, acción llena de prodigios y de poder. El canto de María no disocia los atributos de Dios, por ello es que le alaba por su amor, por la gracia manifestada en el Salvador, por la fidelidad del pacto y por la justicia que se vive en el Reino de Dios. Amor y justicia aquí están unidos intrínsecamente, como lo están la razón y los sentimientos de la mujer que canta.

En el canto, María reconoce a Dios como Señor y Salvador (Lucas 1:46,47), y como consecuencia de ese conocimiento de Dios, ella se reconoce como una humilde sierva (1:48), lo que refiere a su pobre condición social, a la oscuridad desesperanzadora de su contexto, a su insignificancia, como también al pecado que le lleva a necesitar la redención. El título de “bienaventurada” lo tiene por gracia, no por mérito alguno. La alegría proviene de Jesucristo que le salva. Además, la adoración es motivada por Dios, pues Él es quien nos convoca a adorarle. Adorando, María reconoce que la gracia de Dios se ha manifestado en muchos actos en su vida, pues cuando la vida toda es gobernada por Dios podemos ser testigos de las grandes cosas que Él hace (1:46,47,49). Todo esto nos hace recordar el amor y la alegría que brotan del perdón. María nos muestra, también, que nuestras relaciones cambian cuando miramos a los demás con el evangelio, desde los lentes de la gracia.

En el canto, María reconoce la justicia de Dios en su Reino (1:51-53). Es interesante que ella mencione como pasado cosas que seguían sucediendo en su presente, y que están vigentes en nuestro tiempo. El brazo del Señor era un símbolo, según Lutero y Calvino de la actividad de Dios en la historia y en nosotros, comunitaria e individualmente. La fuerza de Dios en acción nos motiva a trabajar en el presente. María habla de los soberbios, poderosos y ricos. Aquí el problema no está ni en la fama ni en el poder ni en el dinero, sino más bien, en la idea de que estamos seguros en nosotros mismos, presumiendo que Dios y los demás deben estar contentos con lo que hacemos y en cómo vivimos. El canto nos muestra a Dios librando a los poderosos y amándoles, doblegándolos, quitándoles el poder. Indefectiblemente, todos los ídolos, los imperios y las tiranías caerán. Sólo el Reino de Dios se mantendrá incólume.

También se nos muestra a los pobres y a los hambrientos. Aquí, vemos a Dios siendo generoso con quienes le siguen con humildad, con pobreza de espíritu, y deja de lado a quienes se sienten con el derecho a ser escuchados por Él. Pero además, nos muestra la justicia vindicativa de Dios, que se ve en su trato, en el que demanda acciones de parte de nosotros, en relación con los pobres, los huérfanos, las viudas y los inmigrantes, lo que hace que nuestra misericordia no sólo sea una muestra de genuina caridad, sino un acto de justicia en el que se da a los desamparados aquello que se les debe. Dios, en la historia, actúa complaciéndose en elegir lo vil, lo débil, lo despreciado del mundo, para llevar a cabo su misión. Eso éramos algunos de nosotros. La opción preferencial por los pobres a muchos les suena a teología de la liberación, aunque el concepto surgió en Medellín en 1968, de los obispos católicos, entre los que una minoría adscribía a esa corriente. Es un concepto que tiene mucha relación con lo que la Biblia dice con respecto a quienes sufren los rigores de la vida y el desamparo (véase esto, con mayor profundidad, en el libro “Justicia generosa” de Timothy Keller). Pero, si no estás de acuerdo con dicha lectura, el oponerse a una opción preferencial no debiese implicar una opción “despreferencial”. Es nuestro deber cuidar a los pequeñitos de Dios que requieren de ayuda activa. Es parte de la misión de Dios. Es una falsa dicotomía, entonces, decir que la predicación del evangelio excluye las acciones que tienden a la misericordia-justicia. Que algunos lo lleven a cabo de esa manera, no dice NADA con respecto al criterio bíblico. Las experiencias no son normativas. La Biblia lo es. Nuestra justicia proviene de Cristo, por ende, no nos debemos dejar dominar por los discursos de nuestra época. No hay verdadero amor si éste no se sustenta en Dios. No hay verdadera justicia social si no se sustenta en Dios. No hay real valoración de la vida humana si no se sustenta en Dios.

En el canto, María reconoce que Dios ha sido fiel al pacto, porque Él es fiel, trinitariamente consigo mismo, y es fiel con su pueblo. Según Gálatas 3:16, el pacto que Dios hizo con Abraham tuvo su cumplimiento con el nacimiento de Cristo. El Reino de los cielos se ha acercado y está presente, por más gris que parezca nuestra época, por lo que debemos aprender a vivir con la convicción y la esperanza de que Cristo es nuestro rey.

3. La Biblia nos habla de una mujer discípula que es fiel a su Señor y Maestro.

Todo lo que ya hemos visto nos da cuenta de una vida cristocéntrica. Pero, hay otros hechos de la vida de María que nos pueden seguir hablando. Hechos 1:14 nos muestra a María congregándose con los demás discípulos luego de la ascensión de Jesús. Eso es un signo de su vida: alguien que fue salvada por la cruz, tanto como los demás.

Y retrotrayéndonos en la historia de esta mujer, podemos recordar su confesión de fe, una declaración que debe marcar nuestro compromiso. En Juan capítulo 2 se nos muestra la escena de las bodas de Caná, y particularmente el momento en que se acaba el vino para la fiesta. Jesús sabe de esta situación por María. Jesús le hace entender no sólo que eso no era su problema, sino que además, ella no debía interponerse en su misión. María no discutió con Jesús, reconociendo con eso su autoridad respecto de ella. Pero además, se acercó a los sirvientes y les dijo: “Hagan lo que él les diga” (Juan 2:5). Si hay algo que debe marcar el discipulado de Jesucristo es la confianza y obediencia al camino que Jesucristo ha trazado, y que podemos conocer no por medio de nuestras ensoñaciones, sino que por medio de la Palabra que es inquebrantable. “Hagan lo que él les diga”, es un llamado a la renuncia que pone a Jesús como centro de la vida y a su Palabra como sólida base para el pensamiento, la emoción y la acción. ¿Estás dispuesto a hacer caso a estas palabras de María? Nada es más “mariano” que hacer lo que Jesús dice.

El evangelio nos muestra que en una ocasión, mientras Jesús estaba enseñando, una mujer maravillada por las enseñanzas del Maestro de Galilea, exclamó: “¡Que Dios bendiga a tu madre, el vientre del cual saliste y los pechos que te amamantaron!” (Lucas 11:27). Hermosa declaración de una mujer desconocida a su congénere, María. Jesús dijo: “Pero aún más bendito es todo el que escucha la palabra de Dios y la pone en práctica” (11:28). Esta no es una declaración contra María. Por el contrario, es una buena noticia para quienes compartimos el seguimiento de Jesús, tal y como María, y otros lo hicieron en el pasado y lo siguen haciendo hoy. María es una discípula que “nos lleva la delantera”, como decían los viejos entrañables pentecostales. No seguimos sus pisadas. Seguimos a Cristo. Pero su vida nos llena de ánimo, porque nos muestra la gracia de Dios, gracia que sigue operando. En el Magnificat, María dijo: “de ahora en adelante todas las generaciones me llamarán bendita” (Lucas 1:48). No temamos hacerlo ni decirlo.

Luis Pino Moyano.

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La Navidad, el Reino de Dios y los pobres de la tierra.

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Moralismo es la palabra. Veo en las redes sociales a un sinnúmero de gente despotricar contra la Navidad, interesantemente de distintos acervos, desde cristianos a agnósticos, sustentados simplemente en una moral dudosa y de poca enjundia. No estaría de más que le dieran una vueltecita al libro de Tomás Moulian, El consumo me consume, para darse cuenta de que nadie, ¡absolutamente nadie!, está libre del consumo. Pero quisiera tirar la piedra más allá. Para quienes creemos en el poder de aquél que puede hacer nuevas todas las cosas, nunca el Viejo Pascuero ni los regalos son un problema, porque nunca imaginar (la ficción no es lo mismo que la mentira) ni dar han sido un problema. Nuestro verdadero problema radica en dejar de dar la centralidad a Cristo, y una de las maneras de acometer eso es anteponiendo un discurso moralista contra quienes asumen la tradición religiosa de celebrar Adviento y la Navidad y, quienes por otro lado, se deleitan en celebrar y regalar. Ese no es un discurso bíblico, porque es un discurso ensimismado, que no anuncia la gracia, puesto que su deleite está en obras que buscan la autojustificación. Eso no es celebrar a Jesús.

Durante este tiempo de Adviento he tenido la posibilidad de compartir la Escritura en tres de los cuatro domingos que conforman esta celebración. En dichas predicaciones se encuentra la base de esta reflexión respecto a la Navidad en clave del Reino de Dios. Si hay una constante en los escritos veterotestamentarios es la esperanza mesiánica. Dicho sentimiento, aunque permanente, era agudizado en contextos de opresión imperial. Las palabras del salmista (Salomón) son un ruego que grita desde el fondo del alma: “Oh Dios, confía tus juicios al rey, tu justicia al hijo del monarca. Él juzgará a tu pueblo con justicia, a los humildes con rectitud. De los montes llegará al pueblo la paz, de las colinas la justicia. Hará justicia a los humildes, salvará a los oprimidos, aplastará al explotador” (Salmo 72:1-4). Lo que anuncian los salmos y los profetas cuando hablan del Mesías es un rey cuyo ejercicio siempre estará ligado a la justicia. Su tarea es llevar a cabo el proyecto de Dios en la historia, la restauración del orden creado. Cuando la Escritura habla de la redención o de lo nuevo, no se está refiriendo a algo inédito, sino que está dirigiendo su mirada al jardín en el que todo era Shalom: paz, justicia, armonía, vida en abundancia, gozo. Eso es lo que Jesús tiene presente cuando en la sinagoga de Nazaret lee las Escrituras: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado para llevar a los pobres la buena noticia de la salvación; me ha enviado a anunciar la libertad a los presos y a dar vista a los ciegos; a liberar a los oprimidos y a proclamar un año en el que el Señor concederá su gracia” (Lucas 4:18,19). Y en uno de los sermones más breves y más polémicos de la historia, el Maestro de Galilea declara: “Este pasaje de la Escritura se ha cumplido hoy mismo en presencia de ustedes” (4:21). Cristo es Dios con nosotros, el rey prometido, quien consumará la consolación. Cuando pensamos en la Misión no podemos disociar estos elementos integrales del Reino, dejando de ver a Jesús como el pastor que se compadece y se muestra empático con quienes sufren los rigores de la vida.

Esto nos lleva a un tema complejo, pero no menos presente en las Escrituras: la justicia vindicativa de Dios. Dios no tiene favoritos, no hace acepción de personas, no es clasista. Su propósito es el Shalom, condición social que se sustenta en su justicia. El profeta Isaías dice claramente: “la justicia producirá la paz, el resultado de la justicia será tranquilidad y confianza eternas” (Isaías 32:17). Por ende, la vida del Reino de Dios ha de ser aquella en que la mirada hacia los pobres no es marginadora ni discriminadora, sino más bien redentiva, buscando cambiar su situación mediante la redistribución de los bienes y labores en la sociedad. Esto es sumamente interesante: el Reino de Dios no es asistencialista, sino que busca la colaboración y propende a la acción. Y dentro de las acciones más importantes, también manifestación de la fidelidad y voluntad perfecta de Dios, está la redistribución de la riqueza y el cambio en el ejercicio del poder. Es lo que canta María en el Magnificat: “Con la fuerza de su brazo destruyó los planes de los soberbios. Derribó a los poderosos de sus tronos y encumbró a los humildes. Llenó de bienes a los hambriento y despidió a los ricos con las manos vacías” (Lucas 1:51-53). Dios es fiel con su pueblo y actúa en la historia con justicia contra la opresión. Por lo mismo, debemos decir que es parte del ejercicio de amor al prójimo quitar toda posibilidad de ejercer el poder a quien lo usa para dañar. No podemos estar pasivos, quienes buscamos colaborar con la extensión del Reino en todas las esferas de la vida, cuando vemos el abuso impertérrito e insolente de quienes son marginados día a día en la sociedad. Debemos alzar nuestra voz siempre, no para anunciar nuestra justicia y moral, sucias como trapos de inmundicia, sino para declarar el consejo de Dios, lo que la Escritura señala en relación al poder y a los pobres de la tierra. Sin miedo podemos señalar, tomando las palabras de Gustavo Gutiérrez, que debemos aprender a distinguir entre aquellos que tienen hambre y sed de justicia y hambre de pan y sed de agua, porque sólo así podremos saber a quienes llamar “bienaventurados”. En la esperanza alimentada por adviento no nos olvidemos de quienes sufren el hambre, la injusticia, el oprobio, sino que anunciemos la buena nueva del “año en el que el Señor concederá su gracia”.

En Navidad podemos vislumbrar la gracia del Salvador, la justicia del Reino y la fidelidad al Pacto. Amor, justicia y fidelidad no actúan por separado en el Dios en quien hemos creído. Por eso, con María podemos decir: “Todo mi ser ensalza al Señor. Mi corazón está lleno de alegría a causa de Dios, mi Salvador” (Lucas 1:46,47). Alegres miramos a quien teniendo toda la alabanza en el cielo se hizo pobre, para que en su vida y muerte, pudiésemos hablar de Dios como “mi Salvador”. Por eso hacemos bien en mirar al establo de Belén y ver a Jesús recostado en el pesebre. Aquí viene bien citar las palabras de Raymond Bakke, quien señaló que

“La historia de Navidad trata de un inmigrante intercontinental llamado Jesús, que nació en un establo prestado, vivió en el África, volvió para ser asesinado como criminal y enterrado en una tumba prestada, pero que resucitó de entre los muertos y ahora es el Salvador triunfal del mundo. Como ven, no contamos la historia de la Navidad de esta manera. La hemos envuelto en oropel de clase media. Hemos difamado la historia. La hemos sacado de su contexto misional”[1].

Cuando contemplamos la encarnación no sólo nos encontramos con un hecho teológico, ni con uno meramente estético. Nos encontramos con un hecho profundamente misiológico, que da cuenta de la ética que debiese caracterizar nuestro cristianismo, la del desprendimiento sacrificial de una vida que goza de darse a los demás. Es la renuncia al prestigio y a la fama que tanto nos gusta y al ascenso social que anhelamos. Mirar a Jesús en el pesebre nos hace matar el ego que ensimisma, para aprehender la comunidad. Partamos por ella, por nuestras comunidades, en la práctica de la justicia vindicativa y luego procuremos y trabajemos por su extensión en la sociedad.

Sin lugar a dudas, Navidad es un tiempo para cantar, orar y anunciar que la esperanza de los pobres de la tierra se ha cumplido: “Basta, hermanos, con que se fijen en cómo se ha realizado su propia elección: no abundan entre ustedes los que el mundo considera sabios, poderosos o aristócratas. Al contrario, Dios ha escogido lo que el mundo tiene por necio, para poner en ridículo a los que se creen sabios; ha escogido lo que el mundo tiene por débil, para poner en ridículo a los que se creen fuertes; ha escogido lo sin importancia según el mundo, lo despreciable, lo que nada cuenta, para anular a quienes piensan que son algo” (1ª Corintios 1:26-28).

El Reino es la proclamación visible de la gracia, en el cual la justicia de Dios es la que brilla, no la nuestra. ¡Aleluya!

Luis Pino Moyano


[1] Raymond Bakke. Misión integral en la ciudad. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 2002, pp. 67, 68.