Cuando la comunidad se rompe por una idea diferente.

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De la película: “Kingsman: the secret service”.

Leyendo una compilación de entrevistas hechas a Violeta Parra entre 1954 y 1967, me encontré con una en la que se le preguntó sobre la opinión que la prensa tenía respecto de ella. Señaló que particularmente los diarios que discordaban de su opinión política (ella habla de “los diarios de derecha, de la burguesía”) no la trataban bien. Acto seguido, señala lo que a mi me parece relevante sacar a colación en este post. Dice Violeta Parra: “Cada vez que me meto en política, esa gente se enoja conmigo; quisieran que sólo fuera cantante. Pero también hay personas pertenecientes a la burguesía que son muy abiertas y me aprecian. Lo que hay que hacer es juntar a todo el mundo… y a veces los enemigos son más interesantes que los amigos”[1].

Me gusta la fuerza de la expresión parriana, porque me lleva a pensar en la realidad de la iglesia. Hay muchos factores que causan divisiones al interior de las comunidades eclesiales, pero sin duda, la más compleja de vivir y derruir es aquella que dice relación con las posiciones políticas. A veces, se espera que ciertos sujetos no den sus opiniones políticas, acallando el pensamiento diverso y la capacidad de pensar. Entonces, “facho”, “amarillo” y “marxista” surgen como adjetivos calificativos, de corte denigratorio, más que como conceptos respecto de una identidad política. Somos veloces para definir a las personas, sin siquiera hacer el ejercicio de escucharles. Todo esto, a expensas de no aprender ni conocer, precisamente, porque no nos abrimos al diálogo con el diferente, con un otro que tiene la fuerza para mostrarnos la debilidad de nuestros argumentos y no simplemente con el otro-igual que nos palmotea el hombro, nos felicita o de buenas a primeras nos da un like de Facebook. Esto es lamentable, porque a veces no-creyentes nos dan lecciones de “amistad cívica” mayores a las que nos encontramos en muchas comunidades (gloria a Dios por la gracia común). Nos alejamos voluntaria y unilateralmente de la posibilidad de encontrar lo “interesante” que existe en el que a simple vista es un “enemigo”.

Todo esto tiene mucha relación con lo expresado años atrás por el apóstol Pablo en su carta a los Gálatas. Documento clave en el contexto de la Reforma Protestante, por ser un emblema de la libertad cristiana. Pablo es sumamente radical cuando dice: “Todos ustedes son hijos de Dios mediante la fe en Cristo Jesús, porque todos los que han sido bautizados en Cristo se han revestido de Cristo. Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús” (Gálatas 3:26-28, NVI). En el contexto vital de la carta, los paganos eran tenidos por los judíos como “perros”, los griegos consideraban a los esclavos “implementos animados”, las mujeres -como en muchos momentos de la historia- eran vistas como sujetos inferiores. Lo que Pablo exhorta acá debe resonar en nuestras mentes y corazones. Todas las barreras sociales, culturales y de género deben ser abandonadas, porque nadie puede salvarse por ellas, ni mucho menos, puede ganar el favor de Dios por una determinada condición. El Señor proclamó la paz entre nosotros botando con el poder de su Espíritu “el muro de enemistad que nos separaba”, haciéndonos parte de un mismo pueblo. Lo que nos identifica plenamente es que somos “hijos de Dios”. ¡No hay mayor apelativo identificador que podamos recibir!

Con la ayuda del Señor la iglesia se transforma en el único lugar que puede vivir la amistad y hermandad de aquellos que, en otros contextos, nada ni nadie los podría unir. Y esto, porque la iglesia no es lugar para la arrogancia, para creerse mejores que los otros. Todos fuimos comprados al mismo precio: a saber, la sangre preciosa de Jesucristo en la cruz. Somos cristianos por encima de cualquier cosa. Somos de Cristo, eso es lo que marca nuestra existencia y nuestras relaciones con los demás.

Esto nos reporta dos desafíos: evaluar todos nuestros pensamientos a la luz de una sólida cosmovisión cristiana, que tiene como fundamento la única y suficiente regla de fe y de práctica. Aún así, es susceptible que sigamos reconociendo diferencias de opinión en la iglesia de Cristo. Entonces, vale la pena decir con fuerza que ninguna de esas divisiones y diferencias vale algo en el pueblo de Dios. En Cristo, somos uno. Y si usted tiene como mayor cualquier cosa ocurrida en el país en el devenir histórico, a un actor político del pasado o del presente o un determinado principio filosófico-político-o-económico, y eso obstaculiza su relación de hermano con otro en la iglesia, está poniendo otra cosa en lugar de Cristo, como señor y dios de su vida, sustituyendo a la fuente de agua viva por cisternas rotas que no retienen agua (Jeremías 2:13). Si usted ama más un determinado proyecto político que a su propio hermano, como lo mandata la Escritura, no está siguiendo uno de los principales mandamientos de quienes siguen a Jesús (Juan 15:17; 1ª Juan 4:7,8,20,21). Tengamos la capacidad de dialogar y de disentir de manera respetuosa frente a las posiciones ajenas.

Que la ideología propia con la que vemos los ídolos de los demás (y que nos hace gozar cuando éstos se desmoronan), no obnubile la mirada respecto de nuestros propios ídolos. La honestidad del corazón, más que necesaria, es urgente. Claramente esto cuesta. Pero “Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5:9, NVI). No seamos culpables de destruir la unidad del cuerpo de Cristo por levantar muros e ídolos que el Señor derribó y derrotó con su sangre en la cruz. Y en esto, Dios no nos pide tibieza ni medias tintas, sino llegar a “dar la vida por los amigos” (Juan 15:13). Eso de “no meto las manos al fuego por nadie”, no forma parte de los principios del Reino sino de la ideología del mundo. Más allá, de que corras el riesgo de quemarte.

Como dice mi amigo Elemento, con la fuerza de su hip-hop, “Porque, ¿qué son las diferencias? / Cuando se sirve a Cristo ya no hay más rotos ni realeza”[2].

 Luis Pino Moyano.


[1] “Violeta Parra: una gran artista chilena”. Entrevista realizada por Hubert Joanneton para Radio-TV Je Vais Tour, Lausana, Suiza. En: Marisol García. Violeta Parra en sus palabras. Entrevistas (1954-1967). Santiago, Catalonia y Periodismo UDP, 2016, p. 109.

[2] Elemento. “Presuntos enemigos”. En el EP: El poeta es un profeta.

Incendios, coherencia y trabajo por hacer.

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Gente querida: no se haga parte del juego ensimismado y desinformador de las redes sociales. No asuma la posición cómoda de lanzar frases para la “barra pop”, para quedar súper bien con los demás por su rigurosa certeza, cuando lo que aquí está en juego es el dolor de personas de carne y hueso, con sangre en las venas y con profundas emociones reunidas, sumado a la pérdida material que a varios les ha llevado a quedar sin nada.

 Este no es el momento para lanzar palos a uno y a otro, más allá de si su color político es demasiado diferente al mío. Este no es el momento para elaborar teorías conspirativas sin ningún argumento más que una fértil imaginación acompañada de una alta dosis de ociosidad. Este no es el momento de buscar rédito político que potencie una futura posible elección en un cargo público. Además, ninguno de nosotros es órgano persecutor. Las policías y el ministerio público hacen ese trabajo. Mientras no hayan evidencias no podemos acusar a nadie. Se ha comprobado la intencionalidad, pero no quién llevó a cabo los hechos. ¿Seguiremos acusando a mapuches o dueños de las forestales sin argumentos ciertos y seguros?

 Este es el momento de colaborar con la gente que perdió todo o parte de lo que tenían. Este es el momento de consolar y animar a quienes perdieron a seres queridos. Este es el momento para colaborar con mercadería, ropa, artículos de aseo, servicios, música y alegría (la gente también necesita eso). Este es el momento para defender a los bomberos de este país, jugados y voluntarios (no todas las relaciones son de consumo, por ende, las relaciones pactales no siempre requieren de un pago monetario. ¡Eliminemos esa perversión de nuestra mente!), ayudarles con comida rica que les ayude a recomponer fuerzas. Este es el momento para que aquellos que más tienen puedan contribuir a la sociedad de una vez por todas entendiendo que la misericordia no puede disociarse de la justicia. Este es el momento de que todos aportemos de lo que tenemos, porque la avaricia es una idolatría desgarradora. No por causa de la maldad debe acabarse nuestro amor.

 Lo que he dicho puede ser transversal a todos quienes lean estas palabras. Pero quisiera cerrar con un mensaje para mis amigos cristianos. Seamos prudentes con el uso de las redes sociales, no estemos difundiendo cualquier cosa, pensemos en el daño que podemos ocasionar a otros por nuestra falta de empatía. Oremos mucho por nuestro país, por la gente que sufre y por quienes están “en eminencia”: ¡del bienestar de la ciudad depende nuestro propio bienestar! Estemos atentos a todas las iniciativas que puedan surgir desde nuestras iglesias, desde organizaciones de creyentes y no creyentes en las que podamos hacer concreto eso que decimos y confesamos en las palabras de Jesús: “hay más dicha en dar que en recibir”.

 Un abrazo fraterno, Luis.

(Escrito en Facebook el 26 de enero de 2017).

Seis años y la salida de casa.

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“Desde Mileto, Pablo mandó llamar a los ancianos de la iglesia de Éfeso. Cuando llegaron, les dijo: ‘Ustedes saben cómo me porté todo el tiempo que estuve con ustedes, desde el primer día que vine a la provincia de Asia. He servido al Señor con toda humildad y con lágrimas, a pesar de haber sido sometido a duras pruebas por las maquinaciones de los judíos. Ustedes saben que no he vacilado en predicarles nada que les fuera de provecho, sino que les he enseñado públicamente y en las casas. A judíos y a griegos les he instado a convertirse a Dios y a creer en nuestro Señor Jesús. Y ahora tengan en cuenta que voy a Jerusalén obligado por el Espíritu, sin saber lo que allí me espera. Lo único que sé es que en todas las ciudades el Espíritu Santo me asegura que me esperan prisiones y sufrimientos. Sin embargo, considero que mi vida carece de valor para mí mismo, con tal de que termine mi carrera y lleve a cabo el servicio que me ha encomendado el Señor Jesús, que es el de dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios […]. Después de decir esto, Pablo se puso de rodillas con todos ellos y oró. Todos lloraban inconsolablemente mientras lo abrazaban y lo besaban. Lo que más los entristecía era su declaración de que ellos no volverían a verlo. Luego lo acompañaron hasta el barco” (Hechos 20:17-24, 36-38).

 Hace un poco más de tres años me correspondió compartir un mensaje basado en este texto a mi comunidad de fe, la Iglesia Puente de Vida. Poco tiempo atrás, había tenido la experiencia de salir de una iglesia en la que participé activamente por quince años. Conocía la experiencia de salir de una casa que me cobijara por tanto tiempo. La lectura de este texto me impactó por dos razones. La primera dice relación con las palabras del Apóstol Pablo. Si se toma en cuenta el texto completo, incluyendo los versículos que están en el paréntesis de la cita, se puede relevar que esta despedida de Pablo de los obispos de la iglesia de Éfeso, una comunidad que él no había plantado, pero en la que colaboró en su desarrollo, es más que el acto de decir adiós. Se trata de un testamento. Pablo dice que no volverá, arguyendo que le espera un momento de prueba, la prisión. A pesar de ello, lo central no está en su sufrimiento, en lo que él está viviendo, léase su servicio en la predicación, en la enseñanza, en el aliento comunitario, sino en que su vida “carece de valor”, porque lo relevante es el seguimiento de Jesús y la tarea de extensión del Reino de Dios en la que por gracia él, como apóstol, había sido incluido. Esto no se trata de nosotros, se trata de Dios, porque es él quien tiene una misión, es él quien trabaja. Lo segundo que me impactó fue la reacción de los presbíteros, pues crecí en un contexto evangélico en el que las emociones se miraban peyorativamente. Entonces ver a ancianos llorando, abrazando, besando a un compañero en la misión era impactante. Quienes salen a la misión son despedidos de su congregación con lágrimas en los ojos. Saben que la tarea es importante, más importante que la propia vida, lo que produce alegría, pero, misteriosamente, hay ligazón con la pena de la separación. No es el llanto aislado, sino el de una comunidad.

 Este texto anduvo rondando por mi cabeza varios días, hasta hoy, que lo leí a mi querida comunidad. Nuevamente estaba despidiéndome de hermanos y hermanas, amigos queridos, amigas queridas. Aunque la circunstancia era totalmente distinta a la vez anterior. En esta ocasión, se trata de un envío. Salgo como misionero de Puente de Vida a trabajar en la plantación de nuestra iglesia madre en la comuna de Maipú, “Refugio de Gracia”. La salida cuenta con el apoyo de mi familia y el apoyo y anuencia del Consistorio de la iglesia, porque creemos que era el momento de comenzar el trabajo ministerial y, además, extender nuestras manos en ayuda de la iglesia que nos envió a misionar. Algo así como una gozosa vuelta de mano. Y siento alegría y temor ante el Dios de la vida que nos ha comisionado en esta tarea. Porque nuevamente, y sin el afán de compararme con el apóstol, sobre todo por nuestro contexto de estar libres de persecución, lo central no está en la tarea realizada por seis años, sino en la misión, en el ministerio de la reconciliación, en el anuncio que habla de Jesús. Sin embargo, y no puedo dejar de decirlo, hay tristeza, pues salgo de mi casa, de la casa de mi comunidad. La casa a la que hace seis años llegué “piojoso”, lleno de parásitos teóricos, ideológicos, prácticos y proyectivos, que expresaban puro dualismo, lo que dicho de otro modo, es Dios ausente de mi agenda. Y si hoy yo en estoy en la agenda de Dios, ha sido por la gracia manifestada en la vida en comunidad, en el cariño, en la amistad, en la exhortación, en el reto, en la mesa compartida, en la adoración cúltica. Feliz del pastoreo cercano y amigo; de trabajar en un consistorio sin gerentes, sino con amigos que pujan como equipo para un mismo lado: el plantar el evangelio en cada corazón; de la posibilidad de trabajar, de aprender y servir; de disfrutar la risa y la sencillez de la amistad. Y, evidentemente, feliz de tener una familia que está en la misión, porque hubo una vuelta a la Biblia y a lo que ella dice respecto a la que es mi primera congregación.

 Y bueno, esta vez, también hubo llanto, abrazos y besos. Muestras del cariño que sólo es posible dimensionar cabalmente en momentos como éste, el del envío y la ausencia. Por todo eso, y más, quiero agradecer a Dios por su hermosa providencia, por traerme en enero del 2010 a Puente de Vida, por exponerme a la predicación del evangelio que me hizo volver a casa, evangelio que me tiró por el suelo y me hizo, desde allí, volver a poner mi mirada en quien me creó. Agradecer a todos y cada uno de los miembros de Puente de Vida, por tanto cariño, amistad, lealtad, felicidad, vida, sencillez. Gracias por permitirme trabajar como presbítero, en la predicación, la enseñanza y otros menesteres. Gracias por la escucha y la preocupación, manifestada en los momentos oportunos.

 Hoy, si bien es cierto, me coloco con todo el amor la camiseta de Refugio de Gracia, de su iglesia plantadora, la 5ª Iglesia Presbiteriana de Santiago, asumiendo la responsabilidad con alegría, lealtad y profundo respeto, debo señalar que debajo, tal y como Chamagol tenía una con la insignia del albo bajo la del Atlante, y Rivarola una de Vegeta con la camiseta azul, yo llevaré debajo la de Puente de Vida, una como la que nos pusimos como familia hoy, en nuestra despedida, por iniciativa de mi hijo Miguel. Gracias queridos y queridas por acompañarnos a Mónica, Miguel, Sophía y a mi al barco de la misión. Por ayudar a que exista un puerto para el barco que es de aquél que vive y permanece para siempre. Por el trabajo de hacernos misioneros de Puente de Vida.

 Les amo. Oren por nosotros.

 “No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, Sino a tu nombre da gloria, Por tu misericordia, por tu verdad” (Salmo 115:1, en la querida y nunca bien ponderada Reina Valera 1960). Hoy como ayer, y siempre, Soli Deo Gloria.

 Luis Pino Moyano.

Amistad & Reciprocidad.

J.R.R. Tolkien, C.S. Lewis, Charles Williams. Tres amigos.

J.R.R. Tolkien, C.S. Lewis, Charles Williams. Tres amigos.

La amistad nunca es desinteresada, pues siempre requiere de retroalimentación y RECIPROCIDAD. Es en el acto de dar-recibir-dar que la amistad cumple su objetivo: vivir mejor en el otro. Si sólo se recibe, la amistad y la comunidad es puro parloteo vacuo. Palabras, bonitas, pero cero acción.

 Reciprocidad no es dar un kilo y recibir un kilo. Es dar de lo que uno tiene. Eso permite la sensación de estar completo en la amistad. Un buen ejemplo de esto es el planteado por C.S. Lewis, respecto a su amistad con Charles Williams y J.R.R. Tolkien:

 “En cada uno de mis amigos hay algo que solo otro amigo puede sacar plenamente a la luz. Por mí mismo no soy lo suficiente grande como para llamar a todo el hombre a la actividad; quiero otras luces aparte de la mía propia para mostrar todas sus facetas. Ahora que Charles ha muerto, nunca veré de nuevo la reacción de Ronald [Tolkien] a una broma específicamente de Carolina. Lejos de tener más de Ronald, teniéndolo ahora ‘para mí solo’ cuando Charles se ha ido, tengo menos de Ronald. De aquí que la verdadera amistad es el menos celoso de los amores. Dos amigos se deleitan cuando se les une un tercero, y tres por un cuarto […] No poseemos menos a cada amigo, sino más, conforme aumenta el número de aquellos con quienes lo compartimos. En esto, la amistad exhibe una gloriosa ‘cercanía por similitud’ con el cielo […] Porque cada alma, viéndole a ÉL a su propia manera, comunica esa visión singular a todos los demás. Por eso dice un viejo autor, es que los serafines en la visión de Isaías claman ‘Santo, Santo, Santo’ unos a otros (Is 6:3). Cuanto más compartamos así el Pan Celestial entre nosotros, más tendremos todos nosotros”[1].

 Léase también: “Algunas palabras sobre la amistad”.

[1] C.S. Lewis. Los cuatro amores. Citado por Timothy Keller. Iglesia Centrada. Miami, Editorial Vida, 2012, p. 333.

¿Qué celebro el 18 de septiembre?

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Una amiga, en medio de la preparación de un asado dieciochero, me hizo la pregunta: “- Si tú no eres nacionalista, ¿qué celebras en estas fechas?”. Y pensándolo bien, esta es mi mejor respuesta.

 No celebro la patria ni las glorias de institutos armados. Nada de eso es mío, nada de eso me representa.

 Pero tampoco celebro a los grinch, que despotrican desde su moral anquilosada, sobre todo a esa febril revolución que comienza los lunes y termina los viernes.

 Y no celebro lo último, porque si hay mucho que celebrar. Y si una fecha permite hacer un alto, ¿qué nos impide ocuparla desde un sentido transformador?

 Celebro a los chilenos y chilenas que día a día se sacan la mugre trabajando por llevar un mejor mañana a sus hijos e hijas, hijos de este terruño.

 Celebro a los obreros, campesinos, intelectuales, estudiantes, militantes y no, todos y todas quienes lucharon, muriendo por la vida, y a quienes siguen haciéndolo, a pesar de los golpes de la vida, por el sueño de un país.

 Celebro a los y las estudiantes, especialmente a mis estudiantes, “porque son la levadura del pan que saldrá del horno con toda su sabrosura” (Violeta Parra).

 Celebro por nuestros artistas, cantantes, poetas, narradores, pintores, cineastas y actores, porque nos permiten ver en sus representaciones alegrías y desdichas, incertidumbres y esperanzas.

 Celebro a los viejos, aquellos que todavía se visten para la ocasión y nos recuerdan la importancia de la mesa familiar.

Celebro la cueca, la empanada, el asado y el vino tinto, porque nunca son en soledad, sino siempre en amistad.

 No celebro lo oficial, celebro lo nuestro, lo no-dictado ni enseñado, pero si lo aprendido y amado.

 Y ojo, respeto al que no celebra nada, porque piensa y cree que no hay nada que celebrar. De la misma manera respeto al que cree y piensa que hay que celebrar todo.

 Mi punto parte desde otra premisa: efectivamente, las cosas son, pero las cosas también cambian. Y no tengo que esperar la toma del palacio de invierno para celebrar de otra manera. Si otros celebran la nación y su construcción elitaria, allá ellos. Mi vida no consiste en hacerle feo e ingrato su andar a la gente.

 Vivan los chilenos y chilenas.

 Luis Pino Moyano.

Esos días que te invitan a pensar en cosas como el perdón.

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La parábola de los dos hijos, el abrazo del padre que entiende y vive la gracia y perdona. Un hermano que pide misericordia. Otro que se niega a perdonar.

Hace unas horas atrás hermanos y hermanas de la iglesia en la que fui miembro por varios años celebraron su aniversario número 48. En realidad, la fecha del hito fundacional es el 19 de mayo de 1966, pero se celebra el 21 por las facilidades que otorga el día feriado. Es un día en que se recuerda a ese grupo de valientes hombres y mujeres, de quienes crecimos escuchando sus historias (sobre o desde ellos/as), se escuchan predicaciones, se canta, hay discursos de felicitaciones y homenajes, representaciones dramáticas y se comparte la mesa. Memoria y comunión es la característica de este día en la Iglesia Pentecostal Naciente.

Ya van cinco aniversarios en los que no participo, debido a mi renuncia a dicha iglesia el 27 de diciembre de 2009. Y hoy, en medio de mi tiempo de descanso, recordé este día. Son muchos los recuerdos que pasan por mi mente, pero quiero sintetizarlos en una sola palabra: perdón.

Yo no salí feliz de dicha iglesia. El dolor era grande porque el daño fue grande. Cuando uno está ahí, “donde las papas queman”, no se siente el dolor. Es más, se naturaliza. En muchos casos, tiene que venir alguien y hacerte una pregunta como esta: “¿hasta cuándo el masoquismo?”. Y sí pues, ahí te das cuenta cabalmente de los golpes de la incomprensión, la envidia, la hipocresía, la cobardía. Eso que antes no te dolía, te duele. Eso fue lo que me pasó. Quince años se detienen en menos de un mes, diciembre de 2009. No puedo olvidar la tristeza que me apretaba el alma, cuando les leí a mis amigos mi despedida de la iglesia, en el borde del estero El Manzano, mismo texto que leí en la iglesia al finalizar la escuela dominical, mi último servicio prestado a la que la iglesia en la que crecí. No olvidaré tampoco la fila de hermanos y hermanas, que se despidió de mí, al bajar del púlpito ese día. Sí, fue un día triste. Todo esto sin sumar todo el daño que vino después y que alcanzó a mi familia. Simple demostración de la pecaminosidad propia de una humanidad caída. Pocos entienden todas las veces en la que se te aprieta el estómago a la hora del más mínimo recuerdo. Pocos entienden el dolor que se siente no vivir la comunidad en la iglesia, sentir que dicho espacio deja de ser un lugar que produce felicidad y descanso.

Estar en una comunidad de fe como Puente de Vida, produjo algo a lo que he llamado “desintoxicación”. Escuchar el evangelio domingo a domingo; vivir la comunidad no yendo a pelear a la iglesia; tener un pastor que desarrolla labor pastoral, visitando, acompañando, exhortando, consolando; ir eliminando ideas que actuaban como ídolos en mi vida y que se habían enquistado, entre otras cosas, por la ausencia de confesionalidad; reformar mi pensamiento del diezmo, dañado por malas prácticas e incomprensión de la Escritura; reformar mi pensamiento respecto al bautismo infantil, reconociendo el Pacto de Dios; restaurar la comprensión y la práctica de mi rol como esposo y padre dentro de mi hogar. Todo esto, y más, ha sido símbolo de este retorno al hogar. Hoy camino feliz y esperanzado hacia el ministerio como pastor presbiteriano, con la seguridad de que no podría hacerlo en otro lugar.

Pero la desintoxicación de ideas y prácticas sería incompleta si la sanidad no fuese total. Y eso tiene que ver con cómo escribo mi propia historia. Sí, fui dañado y terriblemente. Me costó un montón volver a confiar y no andar a la defensiva. Tuve que entender todas las áreas en las que recibí malas enseñanzas, disociadas de la comprensión sana de la Palabra. Pero el evangelio puede más y tiene un poder cautivador incomparable e insoslayable. Es el evangelio el que me permite entender el perdón y mirar más allá del daño. Mirar que Dios, que me salvó, me amó y perdonó mi ofensa que merecía simplemente la muerte, y que me perdona una y mil veces aunque “tropiece de nuevo con la misma piedra”. ¿Cómo no perdonar, entonces? Y esto es mucho más radical que olvidar el daño, y volver a ponerse en pie para seguir caminando. Es olvidar el daño por amor y extender la mano o un abrazo restaurador. Es poner la otra mejilla. Es entender que la reputación vale nada, porque simplemente lo que vale de nuestra identidad es lo que procede de Cristo. Todo esto ayuda y posibilita “retener lo bueno y dejar pasar lo malo”. Por ello, puedo recordar el cariño, sabiduría, esfuerzo y valentía de una mujer como la pastora Zulema Guajardo, de quien quiero replicar muchas cosas en mi futuro ministerio. Me ayuda a recordar a todos esos ancianos y ancianas, que con amor por Dios y su obra, salían a la calle con calor o frío a anunciar el evangelio, que con escasos recursos educativos y económicos levantaron iglesias a lo largo y ancho de este país, llegando inclusive al extranjero. Me ayuda a recordar ese saludo fraterno y sincero que iba acompañado de un “Dios lo bendiga mijito”, o “estoy orando por usted”. Me ayuda a recordar que también escuché excelentes predicaciones y enseñanzas, que son parte de mi sustrato escritural. Me ayuda a recordar que también reí con ganas, que soñé y luché, con amigos y amigas, por la misión de Dios y la extensión del Reino a todas las esferas de la vida. Me ayuda a recordar y entender que yo no me comporté siempre de manera acorde con el evangelio y que no todas mis enseñanzas procedían de la “Sola Scriptura”, y que por lo tanto, yo también debo pedir perdón. Me ayuda a entender que siempre la iglesia es una comunidad de pecadores santificados por la obra del Espíritu, y no por sus capacidades.

Sí, hoy escucho el evangelio de manera cotidiana, a través de una predicación cristocéntrica.
Sí, hoy vivo en una comunidad como en la que siempre soñé estar. 
Sí, hoy tengo una mayor comprensión de la fe, gracias a los esfuerzos que por años han hecho los cultores de la teología reformada.
Sí, fue la mejor decisión salir de mi anterior iglesia junto a mi familia. La voluntad de Dios se ha expresado en la escucha y proclamación del mensaje bíblico y el trabajo en la misión que es de Dios y no nuestra.
Pero absolutamente nada de eso serviría, si sólo creo en la gracia y no la vivo. No serviría de nada, si me comporto como el hermano mayor de la parábola conocida como la del hijo pródigo, siendo un petulante que se pone en una posición virtuosa, inalcanzable, exaltando mi moral y conducta aparentemente correcta, pero sin amor, y por sobre todo de manera autocentrada, apartando la mirada del Dios vivo. No serviría de nada, si no entiendo que la providencia de Dios, que sabia, amorosa y justamente actúa en mi vida, también lo hizo por los quince años de mi paso por la iglesia de la calle Eyzaguirre, la iglesia que por muchos fue conocida como “la iglesia del amor”. No serviría de nada, si no aprendo a perdonar. No serviría de nada, si no tengo palabras de bien y no de mal, para quienes fueron mis “compañeros de milicia” al decir paulino.

Lo que para los miembros de mi anterior iglesia fue un día de recuerdo y comunión, fue para mí un día para pensar en cosas como el perdón.

Luis Pino Moyano.

Cuando todo parece oscuro, Jesús nos da certezas.

C-Jueves Santo

El lunes 21 de abril se fue a la casa del Padre una bella y luchadora bebé, hija de mis queridos amigos Cristian y Ruth: Amandita. Entre toda la premura de estos días me correspondió una tarea que nunca hubiese querido tener, pero que, a la vez, considero una tremenda honra: compartir el mensaje del evangelio en los funerales. Para ello preparé esta breve reflexión bíblica, que les comparto hoy, registrando en esta bitácora este hecho triste pero esperanzador.

 Juan 14:1-6 (Nueva Versión Internacional): “No se angustien. Confíen en Dios, y confíen también en mí. En el hogar de mi Padre hay muchas viviendas; si no fuera así, ya se lo habría dicho a ustedes. Voy a prepararles un lugar. Y si me voy y se lo preparo, vendré para llevármelos conmigo. Así ustedes estarán donde yo esté. Ustedes ya conocen el camino para ir adonde yo voy. Dijo entonces Tomás: —Señor, no sabemos a dónde vas, así que ¿cómo podemos conocer el camino? —Yo soy el camino, la verdad y la vida —le contestó Jesús—. Nadie llega al Padre sino por mí”.

Introducción: Poco antes de ir a la cruz, en medio de un momento de incertidumbre y turbación, “un valle de sombra o de muerte” para discípulos que aún no entendían con claridad la misión de Dios por Cristo. Cuando todo parece oscuro, cuando la cruz ignominiosa comienza a mostrar sus sombras, Jesús da certezas a sus discípulos. ¿Cuáles son esas certezas?

I. LA CERTEZA DE LA PAZ (JUAN 14:1).

  1. Jesús no nos prometió “parar de sufrir”. De hecho dijo claramente que en el mundo tendríamos aflicción. Pero cuando todo parece inquietud y turbación podemos tener paz, la paz que da Dios.
  2. La razón de la serenidad que les debe caracterizar es la fe en Dios (el Padre que da a su Hijo) y en Cristo (el Hijo que da su vida).
  3. Es un gran consuelo para nosotros saber que el Señor conoce los momentos en que las tribulaciones nos apremian y nos ayuda en nuestra debilidad para que nuestra fe no falte. En Él hay paz.

 II. LA CERTEZA DEL HOGAR (JUAN 14:2,3).

1. La idea del texto original habla de una casa permanente. Todas las casas de esta tierra, por más fastuosas que parezcan pueden ser destruidas, pero la morada en el hogar, junto al Señor, es y será para siempre. Eternidad y seguridad se funden en el hogar.

2. Esta esperanza es real, y podemos saberlo, porque ya vivimos elementos de ella. La presencia de Cristo, su morada en nosotros, es espiritualmente real. “Ya no vivo yo, Cristo vive en mí”.

3. La muerte es un paso para ello. Pablo decía que: “deseo partir y estar con Cristo, que es muchísimo mejor” (Filipenses 1:23).

 III. LA CERTEZA DEL CAMINO (14:4-6). 

  1. Aquellos que se suponía que después de tres años debían saber cuál era el camino al Padre, seguían teniendo dudas, de lo cual Tomás es la personificación.
  2. ¡El camino al hogar del Padre es Cristo! ¡No hay otro camino!
  3. Jesús es la verdad y la vida. Él está queriendo decir: “Yo soy el camino hacia el Padre porque yo soy la verdad y la vida”.
  4. No hay muchas verdades. Cristo es la verdad acerca de Dios. La vida con Dios es verdadera, abundante y plena.
  5. Nuestra seguridad está en Cristo no en lo que podamos hacer. Y todo esto es por pura gracia. En Jesús la verdad y el amor son indisociables.

Conclusión: Cuando todo parece oscuro, Cristo nos da certezas. No necesariamente sabremos todo respecto a los propósitos de Dios a la hora de pasar por los momentos dolorosos. Pero en medio de ese dolor, en el camino bañado por nuestras lágrimas, de manera gozosa y segura podemos tener la certeza de la paz, del hogar y del camino. Y todo eso se sintetiza en una sola palabra, en un solo nombre: Jesús.

 Luis Pino Moyano.