Sobre la participación de Hormachea en la franja de Kast.

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  • Hormachea tiene todo el derecho a apoyar y definirse políticamente por un determinado candidato. Eso, como primera cosa. No es un mal en sí mismo participar como cristiano en la política.
  • Lo que complica es que use su posición de “influyente” conferencista evangélico para generar una cooptación clerical. Un líder no puede comprometer la conciencia de los demás creyentes, señalando que una alternativa es más cristiana que otra. Es un infundio decir que tal o cual candidato representa el proyecto histórico del Reino de Dios.
  • ¿Hasta cuándo reducimos la discusión valórica a lo sexual? ¿Acaso no es valórica la discusión respecto a mejores condiciones de trabajo, salarios y pensiones dignos, acceso universal a la educación, y un largo etcétera?
  • No deja de llamarme la atención que muchos que se escandalizan con lo de Hormachea en la franja de Kast, hagan lo mismo reprendiendo o burlándose de hermanos que tienen una opción electoral aparentemente “menos cristiana”. Ojalá esto nos llame al respeto en la divergencia, a un clima de amistad cívica en la iglesia y la sociedad, a una lectura más profunda de la Escritura, a la oración por el país, y por supuesto, al trabajo que glorifica a Dios en el mundo.
  • Lo que es más grave, a mi gusto, en términos teológicos es supeditar el triunfo de Dios a un resultado electoral que poco cambia. Dios es providente y mucho más sabio y poderoso que nosotros. Un día todos los gobiernos de la tierra caerán, y el Reino de Dios permanecerá firme. Nuestra esperanza no está en actores o proyectos políticos de diverso color. Nuestra esperanza es escatológica y está en Jesucristo.

Luis Pino Moyano.

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Pensamiento económico y social de Juan Calvino.

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El domingo 22 de octubre de 2017, me correspondió compartir una exposición sobre el pensamiento económico y social de Juan Calvino.

¿Cuál fue el propósito de abordar esta temática?

Por sobre todo, ampliar la mirada de Calvino. A muchos de nosotros, que no somos presbiterianos de origen, sino que venimos de otras comunidades eclesiales, nuestro acercamiento se debió al reconocimiento de las doctrinas de la gracia. A eso le llamábamos “calvinismo”. Calvino propuso una mirada completa de la realidad. El calvinismo es una cosmovisión en la idea de un filtro para mirar el mundo, además de un “sentido de la vida” como diría Juan Mackay. En dicha ampliación, hemos querido hablar del pensamiento económico y social de Calvino. En otras palabras de Política con mayúsculas. Si Cristo es Señor por sobre todo, de todo y en todos, y el Reino de Dios excede los muros de nuestros templos, no hay temas vedados para los creyentes.

Comparto acá el audio de dicha exposición:

 

Calvino y la Reforma necesaria.

Congregation Inside Cathedral with John Calvin

Luis Pino Moyano[1].

¿Por qué recordar a Juan Calvino a 500 años de la protesta de Lutero con sus 95 tesis? ¿Se le quiere quitar en algo la figuración a Lutero en esta celebración? La realidad es que no, estamos muy lejos de acometer una empresa como aquella. Lutero es sin dudas el protagonista más preponderante de la Reforma del siglo XVI. Pero aquello, no obsta para señalar que la Reforma no se limita a un acontecimiento histórico, sino que es, más bien, un proceso de más larga data, que con el paso del tiempo, tuvo implicaciones más radicales. Calvino es una buena muestra de aquella acentuación de la Reforma toda vez que el, desde su producción teológica, sus exégesis y sus aproximadamente cuatro mil sermones dio paso a una cosmovisión, en tanto filtro para el análisis de todo cuánto sucede a nuestro alrededor y como un sentido de la vida, en el caro decir de Juan Mackay, que nos hace ser parte del mundo como “teatro de la gloria de Dios”. A su vez, es uno de los aportes que quienes somos calvinistas podemos realizar en esta celebración y recuerdo del inicio del camino a la Reforma.

¿Por qué hablar de la Reforma necesaria según Calvino? El título de esta comunicación es un guiño al tratado del teólogo de la Reforma titulado “La necesidad de reformar la iglesia”[2], que tuvo como destinatario principal al Emperador Carlos V y los príncipes y otras autoridades reunidas en la Dieta en Spires realizada en 1544, en este interés de dar a conocer las verdades del protestantismo a los magistrados civiles, para que no se viese a esta nueva corriente como un elemento disruptivo y cismático del cristianismo histórico. Algunos años antes fue este mismo propósito el que le alentó a dedicar una carta de presentación de su “Institución de la Religión Cristiana” a Francisco I de Francia, en la que señaló que: “La Iglesia de Cristo ciertamente vivió, y vivirá en tanto que Cristo reine a la diestra del Padre: con su mano es sustentada, con su favor es defendida, y con su poder es fortificada. Él sin duda cumplirá lo que una vez prometió: qué él asistirá a los suyos hasta la consumación del siglo. Contra esta Iglesia nosotros no queremos hacer ninguna guerra. Porque de un consentimiento y acuerdo, todo el pueblo de los creyentes reverenciamos y adoramos a un Dios, y a un Cristo Señor nuestro, como siempre fue por todos los creyentes adorado. Pero ellos en no menor forma se han alejado de la verdad cuando no reconocen por iglesia sino a aquella que a simple vista ven, a la que quieren encerrar dentro de ciertos límites en los que ella nunca estuvo encerrada”[3]. Ambas invitaciones tuvieron la finalidad de mostrar la seriedad de la empresa reformada, en otras palabras para mostrar la tarea de restaurar a la iglesia, sacándola de su miserable condición y, a su vez, defendiendo la sana doctrina.

La Reforma era una necesidad, toda vez que se era urgente el rescate de la doctrina bíblica, y con ella, de la adoración la salvación, los sacramentos y el gobierno de la iglesia. En todas estas expresiones del cristianismo se daba abuso, mala administración y tiranía. Por lo que los cambios comenzados por Lutero, y de los cuales el mismo Calvino se consideraba un continuador, se leían como remedios apropiados que debían ser, siguiendo la metáfora farmacológica, “consumidos” en forma inmediata.

Veamos brevemente los asuntos que ameritaban Reforma para Calvino:

1. La adoración. Para Calvino este no era un tema secundario o periférico sino fundamental, porque reporta el modo en que Dios debe ser adorado y el origen de nuestra salvación. Entonces, el rescate parte por el fundamento de nuestro culto, es decir, el reconocer a Dios como Él es: fuente de toda virtud, justicia, santidad, sabiduría, verdad, poder, bondad, misericordia, vida y salvación. La adoración siempre debe ser entendida como una negación del yo. Por eso es que el énfasis de la teología reformada no se halla en cinco puntos, sino en la idea de que Dios es y debe ser glorificado en todo. Y esta glorificación, entre otras cosas, busca tener a Cristo como único mediador entre Dios y los hombres. Por eso el culto reformado debía ser piadoso, eliminando imágenes mentales y físicas de lo que es imposible asir con el intelecto, y suprimiendo todo intento de volver a una suerte de promoción judaizante que se centra en sombras que ya fueron completadas con Cristo que es la luz. La regulación del culto en Calvino no tiene que ver con normas estáticas como algunos calvinistas recientes parecen suponer, sino una bandera de libertad frente a normas ajenas a las Escrituras. Decía Calvino que: “Dios ni habita en ceremonias, ni pone valor alguno en ellas, si se consideran sólo en sí mismas; sino que Él mira la fe y la sinceridad del corazón; y que el único fin por el cual Él las ordenó, y las aprueba, es para que puedan ser ejercidos limpios de la fe, de la oración y de la alabanza”[4]. Dios se complace en la obediencia de su pueblo, por lo que un culto corrupto sólo genera la falsa esperanza de la tarea cumplida, llevándonos a olvidar que ante Dios no somos más que mendigos vulnerables necesitados cada día de su gracia.

2. El origen de la salvación. Para Calvino, como para los reformadores, era un error creer que había obras que nos lleven a recibir la salvación. Es una herida mortal para la iglesia cerrarse a creer en la sola gracia. El reconocer a Cristo como salvador y mediador produce descanso y paz, porque sólo en él se tiene la certeza del perdón. Para Calvino somos incapaces de salvarnos y esto frente a un Dios totalmente justo. Por eso es que el moralismo es un error en la teología calvinista, puesto que invita a poner la mira en los pecados vulgares y visibles, sin pensar en lo mortal y profundo de todos nuestros pecados. Es por esto que el teólogo francés proponía “es que Dios nos reconcilia a sí mismo, sin tomar en cuenta nuestras obras, sino solamente a Cristo; y por una adopción gratuita, en vez de hijos de ira, nos hace sus propios hijos”[5]. Cristo satisfizo la ira de Dios en la cruz y conquistó nuestra redención. Inclusive las recompensas del día final por nuestras obras serán por el puro afecto del Dios de la vida.

3. La administración de los sacramentos. Esto fue un tema muy relevante, particularmente el de la cena del Señor, para los reformadores. Calvino poniendo su vista en la misa señalará que ésta es una performance en la que hay un sacerdote apartado de la comunidad, que come y bebe, mientras la congregación, por mero capricho, sólo come, olvidando que la finalidad de los sacramentos consiste en tomar nuestra mano y dirigirnos a Cristo. Por eso, se debe volver a la simpleza del mismo, desconfiando de cualquier rito externo carente de sentido bíblico, lo que lleva a eliminar la procesión de la hostia y la idea de transubstanciación, y a restaurar la copa al pueblo. El sacramento tiene el misterio, pero eso no obsta a la explicación. Por ello, nuestra mirada de los medios de gracia deben hacernos mirar qué y cuán excelente fruto es el que de allí redunda para con nosotros, y cuán noble es la prenda de vida y salvación que nuestras conciencias reciben de esto”[6].

4. El gobierno de la iglesia. Calvino creía que el objetivo del ministerio pastoral era la edificación de la iglesia con la sana doctrina. Esto conlleva la promoción de un buen testimonio, sustentando en la idea de que los pastores se entiendan como embajadores de Dios y no como gobernantes por sí mismos. El creerse gobernantes por sí mismos conduce a la tiranía eclesiástica y a la mejor excusa de la misma: el sometimiento al Espíritu Santo, generando la tiranía más terrible que es la que produce peso en la conciencia y desautorización de la Palabra. Por el contrario, el pastor debe ser maestro, ministro y guardián fiel de la sana doctrina. De ahí que Calvino declare que “Si un perro ve que se le hace daño a su amo –tanto igual al insulto que se le hace a Dios en los sacramentos- ladra al instante, y expone su vida al peligro cuánto antes, que permitir silenciosamente que su amo sea así maltratado. ¿Deberíamos nosotros mostrar menos fidelidad a Dios que una bestia suele mostrar al hombre?”[7]. El celo por la gloria de Dios es lo que debe hacer que los ministros trabajen y tomen riesgos y no su propia fama. Por eso es que el pastor no debe estar centrado en otras preocupaciones. Para Calvino esta era una regla ministerial: “Que no se envuelvan a sí mismos en asuntos seculares, que no hagan excursiones lejos de sus iglesias, que no se ausenten por mucho tiempo”[8]. El rechazo y la persecución son síntoma de estar realizando bien el trabajo y no algo por lo cual llorar en público y a destajo.

Esta es la Reforma necesaria de Calvino, una en la que Cristo es cabeza sobre todo, en la que la Santa Biblia es creída y predicada, una en la que se vive la libertad de aquellos que han sido reformados, una en la que aquellos que son reformados por el Espíritu, es decir renovados por su acción, dan fruto. Esta es una reforma que nace de la iglesia y que se extiende fuera de sus muros, donde también Dios debe ser glorificado, pues la libertad que viven aquellos que han sido redimidos por Cristo es integral y total. Ejemplo de esto es lo señalado por Giorgio Tourn en su biografía sobre Calvino, cuando releva la influencia de su pensamiento en Ginebra, señalando que: “El mayor éxito de Calvino fue haber creado en Ginebra un nuevo tipo de ser humano, ‘el reformado’, y de haber diseñado los primeros trazos de la futura civilización moderna. Mientras que la Contrarreforma católica llenó a Europa de iglesias barrocas y de pinturas, Ginebra imprimió libros y educó a sus hijos en el colegio. Mientras los nobles italianos y españoles, creyendo representar una realidad política permanente fueron de corte en corte y de fiesta en fiesta, desperdiciando el poco dinero que poseían, los pequeños ginebrinos aprendieron que no se honra a Dios con procesiones y con catedrales o con batallas contra los turcos (Lepanto), sino desarrollando una vida honesta y laboriosa, y que no se es un ciudadano responsable únicamente en la edad adulta sino que también el joven estudioso puede hacer bien sus tareas”[9].

 Ser reformado es más que declarar un par de ideas verdaderas y coherentes. Es una cosmovisión y un sentido de vida. Una expresión de fe que se proyecta del culto a Dios a la vida toda.


 

[1] Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Plantador de la Iglesia Refugio de Gracia. Comunicación presentada en el “Conversatorio sobre Protestantismo”, organizado por la Corporación Sendas, Pensamiento Pentecostal y el Seminario Teológico Presbiteriano, el 24 de agosto de 2017.

[2] Juan Calvino. La necesidad de reformar la Iglesia. Edmonton, Landmark Project Press, 2010.

[3] Juan Calvino. Institución de la Religión Cristiana. Tomo I. Rijswik, Fundación Editorial de Literatura Reformada, 2006, pp. XXXIV, XXXV. Hice una actualización del lenguaje.

[4] Calvino. La necesidad… Op. Cit., p. 39.

[5] Ibídem, p. 49.

[6] Ibídem, p. 57.

[7] Ibídem, p. 82.

[8] Ibídem, p. 59.

[9] Giorgio Tourn. Juan Calvino, el reformador de Ginebra. Barcelona, Editorial CLIE, 2016, p. 86.

Metanoia, secularización y el devenir de Chile.

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* Publicado originalmente en Metanoia, en dos partes.

Primera parte. Segunda Parte

Desde el año 2016 he tenido el privilegio-y-deber de trabajar como asesor de los jóvenes del Presbiterio Centro de la Iglesia Presbiteriana de Chile. En el marco de dicho trabajo, y en la lectura de la realidad de la juventud de nuestra iglesia, surgió la idea de trabajar con este concepto: “Metanoia”. Cuando lo hicimos, tuvimos en mente la fuerza de esta palabra griega, que tuvo como origen una orden militar, muy parecida al contemporáneo “¡media vuelta, mar…!”, que, probablemente, hemos escuchado en más de una ocasión. Ahora bien, quisimos relevar no sólo su uso ligado al arrepentimiento, sino por sobre todo, la idea de la transformación de la mente, del corazón y de las emociones realizada en nosotros por el Espíritu Santo, que se fundamenta y se solidifica día tras día en una lectura atenta de la Palabra de Dios.

Fue esto lo que nos llevó a poner un énfasis en la formación cosmovisional, siempre aterrizándola a la práctica cotidiana de la misión en todo lugar donde nos toca estar, con la idea reformada de vivir para la gloria de Dios. Ha sido eso, lo que nos ha llevado a leer[1] y conversar sobre cosmovisión, y luego generar un esfuerzo, ayudado por la gentileza de pastores y hermanos que nos han acompañado en nuestras actividades desde sus áreas de experticia, aterrizando dicha mirada a la situación posmoderna, a la sexualidad, a la cultura, a la política y la justicia social, al arte, a la vida saludable, a la práctica de la piedad producto de la reforma que el Espíritu Santo ha hecho en nosotros, y a la centralidad que tiene el Reino de Dios en nuestra agenda. Pronto estaremos en Recoleta viendo cómo la Reforma Protestante, en el marco de los 500 años de la protesta de Lutero, tuvo una relación con los procesos migratorios, y cómo tuvo y sigue teniendo un mensaje respecto de nuestra relación con el extranjero que vive en nuestra tierra.

La formación cosmovisional que pensamos tuvo en su origen un alcance reactivo respecto de la realidad, producto de la constatación del alto grado de acceso a otras cosmovisiones por medio de escuelas, universidades, medios de comunicación de masas y alternativos-virtuales, lecturas, junto con expresiones múltiples de arte. Pero no podía quedarse en pura reacción, porque la idea no era construir ghettos virtuosos que se configuran en la ciudad pero que viven fuera de ella. Y allí está el componente propositivo. La idea es vivir en la ciudad con una mente transformada, lo que nos permite leer, disfrutar, dialogar y discutir con todas las expresiones que están en derredor. Y eso, sólo puede ser posible porque Cristo es el Señor por sobre todo y porque su Palabra, única y suficiente regla de fe y práctica, la que es leída siempre en comunidad (¡por eso la Confesión de Fe!), como fundamento. Y eso es más que una declaración teológica: es principio de vida. He ahí el énfasis cosmovisional: todo lo que acontece en la historia trazada de principio a fin por el Dios vivo y real, lo que sucede a nuestro alrededor, inclusive lo que nosotros hacemos en nuestra intimidad, puede ser conocido y comprendido por medio del cristianismo. El cristianismo, como “verdad total”, nos permite ver el sentido de la historia y dar significado a la realidad[2]. Por ende, para saber qué cosas e ideas podemos (¡y debemos!) asumir, modificar y rechazar necesitamos de una profunda y sólida cosmovisión cristiana. ¡Ora y trabaja!, el viejo lema debe ser revivido en nuestra cotidianidad.

Viendo nuestra realidad y conversando acerca de ella en nuestro contexto eclesial, cada vez más emerge en las voces el concepto secularización, o el adjetivo “secularizado”. La palabra etimológicamente alude a lo relacionado con el siglo. Ahora bien, filosóficamente la idea apunta a un proceso propio de la modernidad que releva el progresivo desgajamiento o desapego de los motivos religiosos a la hora de comprender la realidad natural y social.

Aquí se debe señalar que en la lectura fatalista de la historia que hacen los “progresistas” de hoy, este proceso no tendría vuelta y debe derivar, en su versión moderada, en el desplazamiento del discurso religioso al espacio privado, o en el discurso más radical, a la eliminación de la religión de la sociedad. Dicha lectura yerra el blanco cuando piensa y cree que en la modernidad inmediatamente se habría producido “la muerte de Dios” (según lo planteado metafóricamente por Nietzsche) o la crítica de la “religión opio” (según lo señalado por Marx, simbólicamente también), cuando en Europa tenemos entre Galileo y Hegel a pensadores que adscribían, también, a la dotación de inteligibilidad del relato religioso, siendo algunos de ellos creyentes. Evidentemente, el obstáculo lo puso el cientificismo naturalista con su estatuto de la verdad. Pero dicha forma de entender y hacer la ciencia, de manera posterior a la Segunda Guerra Mundial y hasta la actualidad, tiene un férreo cuestionamiento, sobre todo cuando parte importante de los cultores de las ciencias de la naturaleza y de la sociedad han aceptado la idea de que “quien mide modifica lo medido”. El filtro cosmovisional es relevante a la hora de mirar la realidad, y podría considerarse un acto deshonesto no reconocer ni explicitar dicho punto de mira.

En Chile, el proceso de secularización, quizá por ripios coloniales, ha tenido en la larga duración su disputa en el ámbito legal. Y aquí debemos poner atención a esto: la pulsión chilena por el orden y lo legal no discrimina entre conservadores y progresistas, pues como diría María Rosaria Stabili hay un “‘pequeño Portalesque vive dentro de cada chileno[3]. Tanto así, que esto también alcanza a nuestra mirada desde la religión[4]. El proceso de secularización del país ha estado ligado desde sus inicios a la libertad de culto. No por nada Francisco Bilbao, filósofo chileno de mediados del siglo diecinueve, en un texto que en su época le valió de ser acusado de “sedicioso, blasfemo e inmoral”, señalara con toda claridad que: “El individuo como hombre en jeneral [sic] pide la libertad del pensamiento, de donde nace la libertad de culto”[5]. Para Bilbao, Dios no es reaccionario ni impide el conocimiento racional, como el catolicismo romano, la religión oficial del estado según la Constitución de 1833, que excluía el ejercicio público de cualquiera otra religión.

A eso se fue a lo que se sumó de manera táctica David Trumbull cuando pujó por la separación de la iglesia y el estado, teniendo en su horizonte de expectativas lo siguiente:

“Aún aquí en las repúblicas Sud-americanas hay síntomas que indican semejantes tendencias de romper con las tradiciones erróneas del pasado, de emplear la razón y de escudriñar las escrituras. Esparcidos rayos de luz indican, esperanzadamente, la proximidad del alba aún en Chile. El sol de justicia de Dios está trepando las cimas de los Andes, y creemos que no estará distante el día de la regeneración religiosa de la nación chilena. Cuando el clero del país dirija sus miradas al cielo y no a Roma; cuando estas iglesias descansen sobre Jesucristo, la Piedra viva, verdadera y divina, y no sobre concilios ambiciosos y sectarios; y cuando el pueblo chileno lea y estudie la Biblia para conocer y obedecer la revelada verdad de Dios en Cristo; entonces se verá una reformación, saludable y permanente en el sentido del verdadero cristianismo”[6].

La esperanza de Trumbull no fue cumplida en 1865 cuando se promulgó una ley interpretativa del artículo 5 de la Constitución del ’33. Tampoco en 1925 cuando el estado se separó de la iglesia en el documento constitucional, lo que fue ampliamente celebrado por el mundo protestante. Tampoco se cumplió en 1970 con el primer Te Deum ecuménico celebrado en el país, ni en 1975 con el primer Te Deum evangélico, ni en 1999 con la mal llamada “ley de culto”, ni mucho menos en 2005 con la institución del “Día nacional de las Iglesias Cristianas Evangélicas y Protestantes”. La esperanza de Trumbull no se reducía a lo legal, por lo que su alianza con liberales, masones y radicales de la época era táctica, y no estratégica, por ende, su carácter no era permanente en el tiempo. La esperanza de Trumbull estaba en Jesucristo y en el avance de la misión sostenida por el Señor hasta el fin, lo que hacía que la proclamación del evangelio siempre cumpla su finalidad.

Y es aquí donde la secularización se liga con la cosmovisión en el devenir de Chile (esto no es un capítulo de Los Simpsons, que empieza con un tema y termina con otro). El proceso inconcluso de secularización en el país, que no ha logrado derribar el discurso religioso ni su trama comunitaria, nos reporta una serie de desafíos que presento a continuación:

a. El proceso de secularización que sigue viviendo Chile nos reporta cuál es nuestra batalla principal en el presente. Y sí, está bien que invirtamos energías contra la teología liberal y sus múltiples variaciones modernas y posmodernas. Es excelente que luchemos contra la agenda “progre” que quiere instalar en el país el aborto libre, el matrimonio homosexual y la adopción homoparental. Es necesario que luchemos contraculturalmente con las diversas teorías de género. Pero esos no son nuestros enemigos primordiales hoy. De hecho, en algunas de estas luchas, y quizá en todas (a sabiendas que predecir en ciencias sociales es más que algo riesgoso), dichas batallas estén potencialmente perdidas.

Pero si nos enfocamos en dichas batallas, y probablemente ganemos alguna, luego de la celebración termináremos dándonos cuenta que hemos perdido más de lo que ganamos. Dicho elegantemente, habremos conquistado una victoria pírrica[7]. La batalla principal que debemos dar tiene que ver, una vez más, pero en una situación distinta, con la presencia de lo religioso en el espacio público. Y, aguzando más la mirada, no sólo tiene que ver con el significado correcto de un estado laico que presupone la libre circulación de ideas mientras estas no violenten o pongan en tensión el estado de derecho, ni sólo en las implicancias de su correcta aplicación, sino por sobre todo en el ejercicio del poder. La lucha de hoy tiene que ver fundamentalmente con quien ejerce el suficiente poder como para hegemonizar la sociedad y convertir en sentido común sus ideas en el presente. Mucha razón tuvo Foucault cuando invirtió la máxima de Carl von Clausewitz, llegando a decir que “la política es la continuación de la guerra por otros medios” (¡nada más que gracia común!).

b. El proceso de secularización que sigue viviendo Chile cuando releva nuestra batalla principal, y teniendo la Biblia como fundamento, nos reporta cuál es nuestro enemigo principal en el presente. Nuestro mayor enemigo de hoy es (¡y sigue siendo!) el dualismo pecaminoso que nos lleva a un amor desordenado. El profeta Jeremías señaló: “Son dos los males en que ha incurrido mi pueblo: Me han dejado a mí, que soy fuente de agua viva, y han cavado sus propias cisternas, ¡tan agrietadas que no retienen el agua!” (Jeremías 2:13, RVC). Cavamos cisternas agrietadas cuando “necesitamos” recurrir a discursos prestados, foráneos al cristianismo bíblico, para fundamentar nuestras acciones en el mundo. Cavamos cisternas agrietadas cuando asumimos paquetes ideológicos completos que obnubilan nuestra mirada de lo que dice la Biblia, leyendo la Biblia con los ojos de cualquier hombre o mujer y sus ideas pecaminosas y no con los ojos de Cristo. Cavamos cisternas agrietadas cuando pensamos que hablar de moral es venderse a la derecha, y que cuando hablamos de justicia social es venderse a la izquierda, cuando en realidad ambas cosas las podemos extraer de la Biblia, y en ocasiones, como en el caso de Amós 2:6,7 les encontramos juntos y revueltos porque la cosmovisión que viene de Dios une lo que nos aparece fragmentado: “Así ha dicho el Señor: Por tres pecados de Israel, y por el cuarto, no revocaré su castigo. Porque han vendido al justo por dinero, y al pobre por un par de zapatos; han aplastado en el suelo a los desvalidos, han torcido el camino de los humildes; ¡hijos y padres profanan mi santo nombre al acostarse con la misma joven!” (RVC). Es verdadero pecado contra Dios y contra nuestro prójimo cuando teniendo a la fuente de agua viva, el Señor Todopoderoso que nos da conocimiento, emociones y voluntad para vivir, cavamos cisternas agrietadas. ¡Matemos, con la ayuda del Espíritu Santo, el dualismo que nos hace construir ídolos con pies de barro y bagatelas que no nos permiten aterrizar nuestra fe a la realidad! Arrepintámonos. Reconciliémonos. Porque si algo de lo que Cristo ha botado con su cruz para constituir un solo pueblo se interpone en nuestra comunión, eso no debiese recibir otro nombre que “falso dios”.

Esto reporta tareas: los pastores y todos aquellos que tenemos la responsabilidad de enseñar, debemos colaborar activamente en el fortalecimiento de una mirada cosmovisional en la iglesia; y, por supuesto, tú tienes el deber de educarte en esta área, asistiendo a todas las instancias que puedas y leyendo buena literatura (ve la nota a pie de página número 2, en la primera parte del artículo). Ambas tareas deben presuponer que no existe separación entre una teología recta y una vida santa, porque ambas se producen por el Espíritu Santo que inspiró las Escrituras, que aplicó la obra salvífica en nuestras vidas, y que nos llena de poder individual y comunitariamente.

c. El proceso de secularización que sigue viviendo Chile debiese acercarnos a nuestra Confesión de Fe. Esto es lo maravilloso de la teología reformada que presupone que la iglesia puede seguir siendo reformada por la obra del Espíritu y según la Palabra de Dios. La Confesión de Fe de Westminster fue escrita originalmente en un mundo en el que la monarquía absoluta era la forma de gobierno para la sociedad, cuyo poder también podía penetrar la iglesia. En 1788 los presbiterianos estadounidenses hicieron algunas reformas a la Confesión de Fe, y entre los cambios, que nosotros preservamos en el documento que como oficiales de la iglesia suscribimos haciendo un voto de lealtad, señala lo siguiente respecto del Magistrado Civil:

Los magistrados civiles no deben tomar para sí la administración de la palabra, de los sacramentos. (2ª Crónicas 26:18.) o el poder de las llaves del reino de los cielos, (Mateo 16:19; 1ª Corintios 4:1-2.) ni se entrometerán lo más mínimo en las cosas de la fe. (Juan 18:36; Malaquías 2:7. Hechos 5:29) Sin embargo, como padres pacificadores en el deber de los magistrados civiles proteger la Iglesia de nuestro común Señor sin dar la preferencia sobre las demás a alguna denominación de cristianos, sino obrando de tal modo que todas las personas eclesiásticas, cualquiera que sean, gocen de libertad incuestionable, plena y perfecta en el desempeño de cada parte de sus funciones sagradas, sin violencia ni peligro; (Isaías 49:23.) y además, como Jesucristo ha señalado un gobierno regular y una disciplina en su iglesia, ninguna ley de cuerpo político alguno deberá entrometerse con ella, estorbando o limitando los ejercicios debidos que verifiquen sus miembros voluntarios de alguna denominación de cristianos conforme a su propia confesión y creencia. (Salmo 105:15; Hechos 17:14,15.) Es el deber de los magistrados civiles proteger las personas y buen nombre de todo su pueblo de tal manera que no se permita a ninguna persona que so pretexto de religión o incredulidad haga alguna indignidad, violencia, abuso o injuria a otra persona cualquiera; debiendo procurar además que toda reunión eclesiástica religiosa se verifique sin molestia o disturbio. (2ª Samuel 23:3; 1ª Timoteo 21:2; Romanos 13:4.)”.

Nuestra Confesión nos invita a una mirada correcta de la relación entre la iglesia y el estado, presuponiendo su separación. Ambos están en esferas diferentes, no pudiendo el estado entrometerse en la tarea y roles de la iglesia. Y no sólo eso, garantizando su libertad. Aquí está el fundamento confesional, y por ende comunitario, de lo que debiese ser nuestra comprensión y base de nuestra acción: la separación no sólo es del estado respecto de la iglesia, sino nuestra respecto del estado. No porque quienes hoy dirijan los organismos del estado difieran de los principios de la Palabra del Señor, eso necesariamente tendrá la fuerza de coartar nuestra predicación y vida. Podemos y debemos vivir contraculturalmente. Nuestra obediencia al magistrado civil es relativa y activa, porque nuestra obediencia total está en relación a lo que la Biblia dice. Además de eso, Cristo sigue siendo Señor sobre todo[8].

d. El proceso de secularización que sigue viviendo Chile, visto de manera cosmovisional nos debe llevar a convertir los desafíos y dificultades en oportunidades. Sin lugar a dudas, si los cristianos leyéramos más la Biblia y fuésemos felices de vivir la fe, no viviríamos paranoicamente, con delirio de persecución, victimizándonos innecesariamente y construyendo ghettos virtuosos de gente como nosotros. Muy por el contrario, veríamos al mundo en el que vivimos y las discusiones que emergen en él, pensando en las ricas oportunidades que tenemos para compartir la buena noticia. En otras palabras, valoraríamos las posibilidades de hablar y vivir la verdad con amor. Que se apruebe el aborto en tres causales, cosa que niega los principios de la Biblia, no reduce nuestra fe, nuestra acción en el mundo, nuestro amor y oración hacia todos, aunque no crean lo que nosotros creemos. Si amamos, pavimentamos el camino para decir la verdad y ser escuchados.

Pero si no sucediera ese paso lógico, y llegásemos a ser perseguidos por nuestra fe en Jesús, deberíamos alegrarnos del vituperio en Cristo. Jesús dijo: Bienaventurados serán ustedes cuando por mi causa los insulten y persigan, y mientan y digan contra ustedes toda clase de mal. Gócense y alégrense, porque en los cielos ya tienen ustedes un gran galardón; pues así persiguieron a los profetas que vivieron antes que ustedes” (Mateo 5:11,12, RVC). Ese gozo no es masoquismo, sino que es posible por la fuerza del Espíritu Santo operando en favor de la iglesia y se basa en la esperanza de que un día toda lágrima de nuestros ojos será secada.

Pero todavía eso no ocurre. No nos anticipemos a los hechos. Aquí bien vale la pena recordar lo dicho por el teólogo Jürgen Moltmann:

“Cuanto más conscientes son los cristianos hoy día de una situación minoritaria y pierden la protección de una sociedad ‘cristiana, tanto más pueden aprender de la moral calvinista a hacerse extraños en la propia sociedad y nación por amor de Cristo. En la historia del cristianismo reformado se evidencia claramente el valor de ser distinto de los demás. Únicamente quien es distinto es capaz de ‘existir para los demás’; de lo contrario, es uno más entre la masa”[9].

e. El proceso de secularización que sigue viviendo Chile, visto de manera cosmovisional que nos lleva a convertir los desafíos y dificultades en oportunidades, debiese conducirnos a precisar nuestra esperanza escatológica. A la luz de la Biblia, y desde una perspectiva amilenarista, hay que decirlo, podemos notar que las cosas irán de mal en peor. Pero nuestra esperanza no está en hombres, mujeres ni en proyectos políticos. Nada de lo que los seres humanos hagamos pecaminosamente es obstáculo para el triunfo del Reino de Dios y la proclamación del Evangelio por parte de la iglesia. Dicho triunfo y proclamación no depende de esfuerzos humanos ni de las circunstancias aparentemente favorables, sino de Dios que tiene el control de todo según su plan perfecto y que tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas. Nuestra esperanza es escatológica y no se trata un mero cambio social cosmético y de baja intensidad al lado de la ciudad construida por Dios. Nuestra esperanza está en la redención que aguarda la creación toda. Es el anhelo expresado por el profeta Amós, de que “que fluya el derecho como las aguas, y la justicia como arroyo inagotable” (Amós 5:24, NVI). Eso escapa de nuestras posibilidades de acción. Es Dios, en Cristo, que consumará la historia. Cuando tenemos eso claro, podemos trabajar fundamentados y descansando en Dios. Es allí que se hace patente la verdadera metanoia, la transformación de la mente que nos conduce a mirar con los ojos de Cristo.

Luis Pino Moyano, Asesor de Metanoia.


[1] Durante el año 2016, los líderes de jóvenes, en medio de nuestras reuniones informativas, realizamos estudios basados en el libro de Darrow Miller y Marit Newton. Vida, trabajo y vocación. Una teología bíblica del quehacer cotidiano. Tyler, Editorial JUCUM, 2011.

[2] Sobre el asunto cosmovisional, véase en orden de año de publicación en castellano: Francis Schaeffer. Huyendo de la razón. Barcelona, Ediciones Evangélicas Españolas, 1969; Herman Dooyeweerd. Las raíces de la cultura occidental. Las opciones pagana, secular y cristiana. Barcelona, Editorial CLIE, 1998; Abraham Kuyper. Conferencias cobre el calvinismo. Una cosmovisión bíblica. San José, Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas CLIR, 2010; Darrow Miller. Vida, trabajo y vocación: una teología bíblica del quehacer cotidiano. Tyler, Editorial JUCUM, 2011; John Piper. Piense. La vida intelectual y el amor de Dios. Carol Stream, Tyndale House Publishers, 2011; Timothy Keller. La razón de Dios. Creer en una época de escepticismo. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2014; Albert Wolters y Michael Goheen. La creación recuperada. Bases para una cosmovisión reformacional. Medellín, Poiema Publicaciones y Dordt College Press, 2013; Nancy Pearcey. Verdad total. Tyler, Editorial JUCUM, 2014; Michael Goheen y Craig Bartholomew. Introduçao à cosmovisão cristã. São Paulo, Edições Vida Nova, 2016; Timothy Keller. Una fe lógica. Argumentos razonables para creer en Dios. Nashville, B&H Publishing Group, 2017. Para una lectura introductoria, véase: Jonathan Muñoz. “Cosmovisión cristiana: una (muy) breve introducción”. En: Estudios Evangélicos, http://estudiosevangelicos.org/cosmovision-cristiana-una-muy-breve-introduccion/ (Revisada en agosto de 2017).

[3] María Rosaria Stabili. “Mirando las cosas al revés: Algunas reflexiones a propósito del período parlamentario”. En: Luis Ortega (Editor). La guerra Civil de 1891. 100 años hoy. Santiago, Universidad de Santiago de Chile, 1991, p. 165. Respecto de esta pulsión por lo legal, bien vale la pena referir lo dicho por Timothy Keller: “Mientras que algunos cristianos esperaban que la legislación cambiaría las actitudes de las personas, ha sido la cultura popular, las instituciones académicas, las artes y los medios de comunicación los que han estado formando la mentalidad popular. La política pública ahora simplemente está empezando a seguir los pasos” (Timothy Keller. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012, p. 212).

[4] Uso en este caso el concepto religión de manera positiva.

[5] Francisco Bilbao. “Sociabilidad Chilena”. En: El Crepúsculo. Periódico literario y científico. Nº 2, Tomo 2. Santiago, 1 de junio de 1844, p. 74.

[6] La Piedra, Valparaíso, 30 de agosto 1879, año VIII, Nº 29, p. 182. Citado por: Javier Castro. “David Trumbull, entre masonería y protestantismo: la conformación del frente anticlerial en Chile a fines del siglo XIX”. En: Religião & Sociedade. Vol. 33, Nº 1, Rio de Janeiro,  2013. http://www.scielo.br/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0100-85872013000100006 (revisada en agosto de 2017).

[7] En alusión “a Pirro, rey de Epiro, que derrotó en el año 279 a. C. a los romanos en Ásculo, pero a costa de sufrir numerosísimas bajas”. En: http://dle.rae.es/?id=TBDNMum|TBGDp5s (revisada en agosto de 2017).

[8] Respecto de la acción política y social desde el cristianismo, me parece pertinente invitar a la lectura de los siguientes textos: Sidney Rooy. “Relaciones de la iglesia con el poder político. Modelo reformado”. En: Pablo Deiros (editor). Los evangélicos y el poder político en América Latina. Buenos Aires, Nueva Creación, 1986, pp. 41-72; David J. Bosch. Misión en transformación. Cambios de paradigma en la teología de la misión. Grand Rapids, Libros Desafío, 2000 (especialmente la lectura del Capítulo Doce: “Elementos de un nuevo paradigma misionero ecuménico”, pp. 451-619); Vishal Mangalwadi. Verdad y transformación: Un manifiesto para naciones enfermas. Tyler, Editorial JUCUM, 2010; Herman Dooyeweerd. Estado e soberania. Ensaios sobre cristianismo e política. São Paulo, Edições Vida Nova, 2014; Timothy Keller y Katherine Leary Alsdorf. Como integrar fé & trabalho: Nossa profissão a serviço do Reino de Deus. São Paulo, Edições Vida Nova, 2014 (pronto B&H publicará una edición en castellano); Darrow Miller et al. Reformulación de la justicia social: Redención de la compasión bíblica. Tyler, Editorial JUCUM, 2015; Timothy Keller. Justicia generosa. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2016.

[9] Jürgen Moltmann. “La ética del calvinismo”. En: Leopoldo Cervantes-Ortiz. Juan Calvino: su vida y obra a 500 años de su nacimiento. Barcelona, Editorial CLIE, 2009, pp. 263, 264.

En casa del publicano.

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Publicado originalmente Metanoia.

Una de las cosas que más me ha llamado la atención en este último tiempo, respecto de la reaparición en la escena pública de cristianos evangélicos en Chile, con la intención de plantear ideas, algunas de ellas, en cierto sentido, transversales, tiene relación con la falta de atención en la forma en la que nos relacionamos con quienes no son creyentes cristianos como nosotros. En ese andar reflexivo, y ayudado por los jóvenes de la 7ª Iglesia Presbiteriana de Santiago que me invitaron a conversar sobre este asunto a partir de esta pregunta, a quienes agradezco su gran deferencia y, por supuesto, libero de responsabilidad de lo dicho acá, es que me he propuesto plantear algunas ideas. En primer lugar, quiero ir a la historia relatada en el evangelio de Lucas que nos presenta la relación que Jesús llega a tener con Zaqueo. El evangelio dice:

“Jesús entró en Jericó, y comenzó a cruzar la ciudad. Mientras caminaba, un hombre rico llamado Zaqueo, que era jefe de los cobradores de impuestos, trataba de ver quién era Jesús, pero por causa de la multitud no podía hacerlo, pues era de baja estatura. Pero rápidamente se adelantó y, para verlo, se trepó a un árbol, pues Jesús iba a pasar por allí. Cuando Jesús llegó a ese lugar, levantó la vista y le dijo: ‘Zaqueo, apúrate y baja de allí, porque hoy tengo que pasar la noche en tu casa’. Zaqueo bajó de prisa, y con mucho gusto recibió a Jesús. Todos, al ver esto, murmuraban, pues decían que Jesús había entrado en la casa de un pecador. Pero Zaqueo se puso de pie y le dijo al Señor: ‘Señor, voy a dar ahora mismo la mitad de mis bienes a los pobres. Y si en algo he defraudado a alguien, le devolveré cuatro veces más lo defraudado’. Jesús le dijo: ‘Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues este hombre también es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido’” (Lucas 19:1-10, RVC).

La historia nos muestra a un sujeto llamado Zaqueo, cuyo nombre muy bonito (significaba “puro”, “justo”, o inclusive, “Dios se acordó”), no le representaba socialmente. Zaqueo era jefe de los cobradores de impuestos. Éstos tenían una muy mala reputación social, pues eran símbolo de la explotación imperial que recaía sobre sus coterráneos, por medio del cobro de impuestos que enriquecían las arcas romanas, lo que les constituía en enemigos de Israel. No sólo eso marcaba su reputación, sino el hecho sabido: muchos de los publicanos eran ladrones, cobrando más del impuesto asignado, lo que les permitía obtener un oneroso rédito. Rápidamente estos hombres ascendían socialmente, obtenían lujos que otros no podían alcanzar en su vida, pero un dejo de vacío les terminaba consumiendo. Los cobradores de impuestos vivían a las afueras de la ciudad, alejados de las personas. Nadie quería estar cerca de ellos, ni mucho menos, entrar en sus casas. Ningún padre de familia respetable y celoso de la ley del Señor habría permitido que una hija suya se hubiese casado con un cobrador de impuestos, por ende, la única relación posible (no legítima) con el sexo opuesto se efectuaba con prostitutas. Teniéndolo (aparentemente) todo, eran parias de la sociedad. Esta situación estaba exacerbada en Zaqueo, pues era jefe de los cobradores de impuestos de Jericó. O sea, en su ciudad, Zaqueo era el símbolo por excelencia de la corrupción, opresión e inmoralidad.

El jefe de los publicanos, en la cima de su profesión, pero con una necesidad que nada ni nadie podía llenar, por alguna circunstancia que no aparece en el texto conoce a Jesús. Lo que sí aparece con claridad, es que anhelaba profundamente conocerle. La regeneración operada en su corazón por el Espíritu Santo (¡calvinismo a la vena!), le hace no tener en cuenta su dignidad ni lo que dirían acerca de él. Sin miedo al ridículo, se sube a un árbol para ver a Jesús.

Uno tendería a pensar, a la luz del relato, que el protagonista central de esta historia es Zaqueo, cosa que surge de una mirada rápida. Y no es así. Él no es el protagonista central, porque ese papel recae en Jesús, como en todo el evangelio (y como debiese ser en todos nuestros planes y programas). Es Jesús quien busca a Zaqueo, se acerca y le habla. Es Jesús, en una prerrogativa que los reyes tenían, quien no siendo solicitado actúa invitándose a la casa de quien sólo puede ser un súbdito. Y aquí hay otra muestra de la regeneración: el texto señala que Zaqueo bajó de prisa del árbol y con gusto desplegó los preparativos para recibir a Jesús en su hogar. ¡La gracia es irresistible! Jesús, el protagonista de esta historia, actúa escandalosamente. Es probable, que los papás y las mamás judíos hayan tenido algún dicho similar al “dime con quién andas y te diré quién eres”, que escuchamos repetidamente en nuestros hogares. A Jesús eso poco le importa. Él tiene muestras de compasión y acercamiento con pobres, mujeres, samaritanos, leprosos, endemoniados y, por supuesto, con publicanos. Los toca, conversa con ellos, hasta comparte la mesa y, desde luego, sana las heridas del corazón, transformándoles como sólo él sabe hacerlo. Jesús hace lo que ningún judío respetable y preocupado por su alta reputación habría hecho: entra en la casa de Zaqueo a comer con él. Hay un acto de compasión por el pecador que muestra el amor que, al decir de Pablo, supera con creces nuestro entendimiento.

Aquí ocurre algo muy interesante: sin que Jesús dijera una sola palabra respecto de la baja condición moral de Zaqueo, sin exhortarle a cambiar, éste, por la obra del Espíritu, traducida en frutos de arrepentimiento, se compromete a restaurar el daño causado por él a sus conciudadanos, devolviéndoles, tal y como expresaba la ley del Señor (Éxodo 22:1), cuatro veces lo que había tomado de ellos injustamente. Pero Zaqueo, en “el primer amor” de la conversión, se compromete más allá de lo que la ley establecía, cuando señala que dará la mitad de sus bienes a los pobres. La misericordia de Zaqueo, que refleja que su corazón de piedra fue transformado en uno de carne, se palpa en su mirada respecto de las riquezas y cómo éstas pueden ser utilizadas principalmente en beneficio de los demás, porque “Dar algo al pobre es dárselo al Señor; el Señor sabe pagar el bien que se hace” (Proverbios 19:17, RVC). Luego de esto, Jesús alza su voz por primera vez en aquella casa para señalar que este publicano despreciado había sido salvado (¡sola gracia!, protestantismo a la vena), siendo reposicionado en la familia del pacto como un hijo de Abrahán. Jesús releva, también, algo sobre su identidad: el es quien viene a buscar y salvar a los perdidos. Y eso es tan radical en la vida y misión de Jesus, que él estaba en Jericó de paso, camino hacia Jerusalén, para experimentar el doloroso sufrimiento en la cruz por nuestra redención.

Si creemos y confesamos que la Biblia contiene todo lo necesario para nuestra salvación, y no hay nada que falte en ella, debiésemos tener presente que las palabras dichas por Jesús refieran a la salvación de los perdidos y no sean un mensaje centrado en la moralidad individual. Por lo mismo, quisiera invitarte a hacerte la siguiente imagen mental: ¿a quién, por ningún motivo, le predicarías el evangelio de Jesucristo? ¿La tienes ya en tu cabeza? Cumpliendo éste paso, es necesario que te preguntes si de verdad crees en la salvación por pura gracia. ¿De verdad estás dispuesto a dejar tus prejuicios dominantes y la comodidad de no acercarte a personas diferentes a ti por amor a Cristo y su misión?

¿Cómo miramos a los no creyentes? Nosotros tendemos a mirar a las personas, creyentes o no, sobre todo en los primeros acercamientos, a partir de la diferencia. Y si bien es cierto, es un punto focal legítimo, porque tendemos a aprender de manera significativa por comparaciones, no es la única forma que tenemos de mirar. De hecho, los creyentes tenemos un filtro para mirar a los demás llamado evangelio. El evangelio nos hace ver en los otros a “ovejas sin pastor”, carentes de cuidado, necesitadas de alimento genuino (¡la Palabra de Dios!) y como potenciales receptores de nuestro amor. Pero nuestra tendencia, pecaminosa por lo demás, consiste en ver a los demás como candidatos al infierno o, derechamente, como enemigos. La gracia se diluye en nuestras concepciones mentales cuando vemos a las personas de esa manera. Y aquí es necesario decir lo siguiente: si el cristianismo no bota las barreras étnicas, nacionales, culturales, políticas, entre hombres y mujeres, y de clases sociales, es porque en algo nos estamos adaptando a la individuación del sistema imperante. Podemos llamar de manera bíblica y consistente, que cualquier cosa que se transforme en una barrera a la proclamación del evangelio es un ídolo monstruoso, pues “cuando se sirve a Cristo, ya no hay más rotos ni realeza”, al decir hip-hopero de Elemento en su “Presuntos enemigos”.

Es aquí, entonces, donde la cosmovisión cristiana y la misión de Dios se funden en un solo plano, puesto que el cristianismo no es ascético ni intramuros, sino que se expresa en el mundo de manera concreta y vital como sal y luz. Ninguno de nosotros está llamado a formar ghettos de gente virtuosa en la iglesia y la familia, ni a la construcción de fortalezas de censura que nos impiden ver el fruto de la gracia común que se manifiesta en la ciencia, la técnica, el arte. Tal y como la invitación de Jeremías a los exiliados en Babilonia (Jeremías 29:4-7), somos llamados a apuntar al bienestar de la ciudad mediante el trabajo (mandato cultural), la construcción de familias y posteridad (mandato social) y por la búsqueda del bienestar común. Todo esto, porque de dicha acción depende nuestro propio bienestar. La postura del profeta no es reaccionaria, sino profundamente activa. Shalom no sólo es paz, es justicia social, vida abundante, armonía. Y es más, es sumamente contracultural para los receptores originales, pues lo que el profeta les pide a los exiliados en la ciudad símbolo del pecado y la corrupción, Babilonia, es que colaboren en la propagación del Shalom de Dios en un espacio abiertamente pagano.

Entonces, tenemos desafíos por delante:

  1. A la hora de dialogar con otros, tenemos el deber de reconocer no sólo aquello que atenta contra las verdades eternas de la Palabra de Dios, cosa muy necesaria y justa por lo demás, sino también, reconocer la belleza y verdad que por algunos instantes ciertos no creyentes pueden producir. El problema nunca está en leer, ver o escuchar, sino que siempre está en no pensar y en no abrirse a la posibilidad de dialogar. La correcta contextualización del evangelio en los lugares donde vivimos y trabajamos se da en el reconocimiento de aquello que podemos asumir como propio, transformar por medio del trabajo redentivo y, ciertamente, aquello que debemos rechazar radicalmente como pecaminoso. Pero para eso, lo primero que hay que hacer es conocer y no crear búrbujas que cuando se rompen dejan muchos estragos.
  1. Seamos amigos de las personas. Timothy Keller en su libro “Iglesia centrada” utiliza el concepto de integridad relacional, la que se da en la cotidianidad en el hecho de que nosotros somos iguales que nuestros vecinos y amigos, y a la vez, profundamente diferentes en el plano ético sustentado en la Escritura. Esto requiere de vitalidad y trabajo, porque invita a salir del ensimismamiento individualista de nuestra generación, para pasar a la aventura del conocer y amar a quien es diferente a mí. Ese amor que ha marcado el ejercicio de la hospitalidad cristiana por siglos, no puede ser desdeñado en el presente por nuestra omisión. Una base poderosa para la predicación del evangelio, a lo largo de la historia cristiana, ha sido el amor desplegado por los creyentes. Y no es que la salvación que Dios realiza en las personas dependa de nuestras acciones, sino que éstas son ocupadas por él para propiciar oportunidades para compartir el evangelio e invitar a tu comunidad a quienes son tus amigos. Tú cumple el mandato de predicar dicho mensaje, sin importar cuántas veces lo hagas, aunque no den los resultados que esperas. Y, ¡por favor!, no dejes a tus amigos porque no se convierten. La amistad no es un medio maquiavélico que se desecha cuando alguien no es salvo. Es terrible el dolor de personas que muy posteriormente han experimentado la conversión, y se han visto usadas por amigos que les desecharon, simplemente, por no no lograr lo que ellos esperaban. El amor verdadero de relaciones significativas es un puente para la proclamación del evangelio, no un medio infalible ni tampoco uno desechable. El discipulado se da en el marco del amor y la verdad.

Nunca debiésemos olvidar cuando nos relacionamos con no creyentes, que la única posibilidad de coherencia se alcanza abrazando una sólida cosmovisión cristiana. Pero previamente a eso, uno debe ser abrazado por el Padre. Zaqueo no podía por sí mismo cumplir la ley e ir más allá de ella. Necesitó del abrazo del Padre dado en Jesucristo. ¡Sí!, es sumamente importante decir la verdad que emerge de la Biblia como una lámpara constantemente encendida. Pero eso, nunca es un obstáculo para amar. Pues, si Cristo te miró con amor a ti, depravado totalmente (yo, el primero de esos), ¿por qué no puedes mirar a otros con amor? ¿Por qué te molesta tanto, entonces, que otros no puedan con ellos mismos? ¿Acaso tú puedes contigo mismo, para que en una actitud moralista te atrevas a desechar a quienes no alcanzan tus estándares de vida, inalcanzables para ti también? Necesitamos arrepentirnos y volver al evangelio. Al evangelio anunciado por Jesús en Jericó, en la casa de Zaqueo el jefe de los cobradores de impuestos.

Luis Pino Moyano.

Cuando la comunidad se rompe por una idea diferente.

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De la película: “Kingsman: the secret service”.

Leyendo una compilación de entrevistas hechas a Violeta Parra entre 1954 y 1967, me encontré con una en la que se le preguntó sobre la opinión que la prensa tenía respecto de ella. Señaló que particularmente los diarios que discordaban de su opinión política (ella habla de “los diarios de derecha, de la burguesía”) no la trataban bien. Acto seguido, señala lo que a mi me parece relevante sacar a colación en este post. Dice Violeta Parra: “Cada vez que me meto en política, esa gente se enoja conmigo; quisieran que sólo fuera cantante. Pero también hay personas pertenecientes a la burguesía que son muy abiertas y me aprecian. Lo que hay que hacer es juntar a todo el mundo… y a veces los enemigos son más interesantes que los amigos”[1].

Me gusta la fuerza de la expresión parriana, porque me lleva a pensar en la realidad de la iglesia. Hay muchos factores que causan divisiones al interior de las comunidades eclesiales, pero sin duda, la más compleja de vivir y derruir es aquella que dice relación con las posiciones políticas. A veces, se espera que ciertos sujetos no den sus opiniones políticas, acallando el pensamiento diverso y la capacidad de pensar. Entonces, “facho”, “amarillo” y “marxista” surgen como adjetivos calificativos, de corte denigratorio, más que como conceptos respecto de una identidad política. Somos veloces para definir a las personas, sin siquiera hacer el ejercicio de escucharles. Todo esto, a expensas de no aprender ni conocer, precisamente, porque no nos abrimos al diálogo con el diferente, con un otro que tiene la fuerza para mostrarnos la debilidad de nuestros argumentos y no simplemente con el otro-igual que nos palmotea el hombro, nos felicita o de buenas a primeras nos da un like de Facebook. Esto es lamentable, porque a veces no-creyentes nos dan lecciones de “amistad cívica” mayores a las que nos encontramos en muchas comunidades (gloria a Dios por la gracia común). Nos alejamos voluntaria y unilateralmente de la posibilidad de encontrar lo “interesante” que existe en el que a simple vista es un “enemigo”.

Todo esto tiene mucha relación con lo expresado años atrás por el apóstol Pablo en su carta a los Gálatas. Documento clave en el contexto de la Reforma Protestante, por ser un emblema de la libertad cristiana. Pablo es sumamente radical cuando dice: “Todos ustedes son hijos de Dios mediante la fe en Cristo Jesús, porque todos los que han sido bautizados en Cristo se han revestido de Cristo. Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús” (Gálatas 3:26-28, NVI). En el contexto vital de la carta, los paganos eran tenidos por los judíos como “perros”, los griegos consideraban a los esclavos “implementos animados”, las mujeres -como en muchos momentos de la historia- eran vistas como sujetos inferiores. Lo que Pablo exhorta acá debe resonar en nuestras mentes y corazones. Todas las barreras sociales, culturales y de género deben ser abandonadas, porque nadie puede salvarse por ellas, ni mucho menos, puede ganar el favor de Dios por una determinada condición. El Señor proclamó la paz entre nosotros botando con el poder de su Espíritu “el muro de enemistad que nos separaba”, haciéndonos parte de un mismo pueblo. Lo que nos identifica plenamente es que somos “hijos de Dios”. ¡No hay mayor apelativo identificador que podamos recibir!

Con la ayuda del Señor la iglesia se transforma en el único lugar que puede vivir la amistad y hermandad de aquellos que, en otros contextos, nada ni nadie los podría unir. Y esto, porque la iglesia no es lugar para la arrogancia, para creerse mejores que los otros. Todos fuimos comprados al mismo precio: a saber, la sangre preciosa de Jesucristo en la cruz. Somos cristianos por encima de cualquier cosa. Somos de Cristo, eso es lo que marca nuestra existencia y nuestras relaciones con los demás.

Esto nos reporta dos desafíos: evaluar todos nuestros pensamientos a la luz de una sólida cosmovisión cristiana, que tiene como fundamento la única y suficiente regla de fe y de práctica. Aún así, es susceptible que sigamos reconociendo diferencias de opinión en la iglesia de Cristo. Entonces, vale la pena decir con fuerza que ninguna de esas divisiones y diferencias vale algo en el pueblo de Dios. En Cristo, somos uno. Y si usted tiene como mayor cualquier cosa ocurrida en el país en el devenir histórico, a un actor político del pasado o del presente o un determinado principio filosófico-político-o-económico, y eso obstaculiza su relación de hermano con otro en la iglesia, está poniendo otra cosa en lugar de Cristo, como señor y dios de su vida, sustituyendo a la fuente de agua viva por cisternas rotas que no retienen agua (Jeremías 2:13). Si usted ama más un determinado proyecto político que a su propio hermano, como lo mandata la Escritura, no está siguiendo uno de los principales mandamientos de quienes siguen a Jesús (Juan 15:17; 1ª Juan 4:7,8,20,21). Tengamos la capacidad de dialogar y de disentir de manera respetuosa frente a las posiciones ajenas.

Que la ideología propia con la que vemos los ídolos de los demás (y que nos hace gozar cuando éstos se desmoronan), no obnubile la mirada respecto de nuestros propios ídolos. La honestidad del corazón, más que necesaria, es urgente. Claramente esto cuesta. Pero “Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5:9, NVI). No seamos culpables de destruir la unidad del cuerpo de Cristo por levantar muros e ídolos que el Señor derribó y derrotó con su sangre en la cruz. Y en esto, Dios no nos pide tibieza ni medias tintas, sino llegar a “dar la vida por los amigos” (Juan 15:13). Eso de “no meto las manos al fuego por nadie”, no forma parte de los principios del Reino sino de la ideología del mundo. Más allá, de que corras el riesgo de quemarte.

Como dice mi amigo Elemento, con la fuerza de su hip-hop, “Porque, ¿qué son las diferencias? / Cuando se sirve a Cristo ya no hay más rotos ni realeza”[2].

 Luis Pino Moyano.


[1] “Violeta Parra: una gran artista chilena”. Entrevista realizada por Hubert Joanneton para Radio-TV Je Vais Tour, Lausana, Suiza. En: Marisol García. Violeta Parra en sus palabras. Entrevistas (1954-1967). Santiago, Catalonia y Periodismo UDP, 2016, p. 109.

[2] Elemento. “Presuntos enemigos”. En el EP: El poeta es un profeta.