“A propósito de Baradit: ¿qué libro de historia de Chile me recomiendas?”

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Es sabido que la “Historia secreta de Chile” de Jorge Baradit ha sido un fenómeno literario. Pero como todo fenómeno, no ha estado exento de polémicas. Muchos han acusado al autor de un acto de intrusión reclamando, con ello, la pureza de una práctica que debe ser hecha sólo por cultores. Eso llevó al mismo Baradit a señalar, en el colofón del segundo de sus libros sobre esta temática, que: “Este es primero que todo el libro de un escritor, que va descubriendo y sorprendiéndose con los hechos de su país. Y es desde esa posición que te propongo propongo profundizar y leer a historiadores chilenos, a Alfredo Jocelyn-Holt, Gabriel Salazar, Jorge Pinto, Javier Infante, Felipe Portales o Julio Pinto, entre otros. Piensa en este libro como en una invitación o una puerta hacia regiones de tu propia memoria, territorios inexplorados y llenos de riqueza, signo y símbolo donde podremos encontrarnos con nosotros mismos y entendernos mejor”[1].

Por mi parte, no defenestraría a Baradit porque él tiene un público al que los historiadores no llegan, ni llegarán si sólo escriben papers en un lenguaje para iniciados, cuestión que no es opción para muchos, ya que así lo trazan los parámetros del dispositivo académico actual. Por otro lado, lo que mejor logra Baradit es que evidencia una cuestión de suma importancia: la narración y cómo se traman las historias, lo que hace que los relatos porten elementos ficcionales. Dicho eso, de todos modos resulta molesto que llame a sus tres libros “historia secreta”, cuando mucho de lo que él dice ya ha sido investigado y revelado por otros en libros y artículos. Aunque tiene el mérito de acercar la historia al público masivo, no por ello, puede dar pie a la configuración de un relato de secretos.

A su vez, suele ocurrir que algunos amigos comparten links o posts en redes sociales con contenidos históricos de dudoso origen, llenos de anacronismos y cargados de ahistoricidad. Si bien es cierto pueden coexistir múltiples interpretaciones, eso no es obstáculo para referir a lo factual teniendo en cuenta el “pacto de verdad” del que habla Paul Ricoeur.

Desde que estudiaba historia la pregunta salía a la palestra, y hoy, luego del boom literario de Baradit, ésta emerge con mayor fuerza aún: ¿qué libro de historia de Chile me recomiendas? La verdad es que no puedo recomendar sólo uno, porque me parece un criterio limitadísimo. Lo que haré es presentar una lista de libros de “historias generales” e investigaciones de temas particulares que podrían permitir una vista global a la historia de Chile. Algunas cosas a decir respecto de este ejercicio: a) los lectores pueden decidir qué libros leer según sus intereses; b) es una lista acotada y sólo recoge libros que he leído o consultado para el desarrollo de clases; c) existen muy buenos libros de historia que leído y consultado que no estarán en esta lista, porque simplemente se trata de una muestra que permite una lectura global.

  1. Historias generales.

 José Bengoa. Historia del pueblo mapuche. Siglos XIX y XX. Santiago, LOM Ediciones, 2012.

Simon Collier y William Sater. Historia de Chile (1808-1994). Madrid, Cambridge University Press, 1999.

Armando de Ramón. Historia de Chile. Desde la invasión incaica hasta nuestros días (1500-2000). Santiago, Editorial Catalonia, 2001.

Mario Góngora. Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX. Santiago, Ediciones La Ciudad, 1981.

Rafael Sagredo. Historia mínima de Chile. Madrid y México D.F., Turner y El Colegio de México, 2014.

Gabriel Salazar y Julio Pinto. Historia Contemporánea de Chile. Tomos I-V. Santiago, LOM Ediciones, 1999-2002.

  1. Siglo XIX.

 Cristian Gazmuri. El “48” chileno. Igualitarios, reformistas, radicales, masones y bomberos. Santiago, Editorial Universitaria, 1999.

 Sergio Grez. De la “regeneración del pueblo” a la huelga general: génesis y evolución histórica del movimiento popular en Chile (1810-1890). Santiago, RIL Editores, 2007 (obra monumental, con un trabajo archivístico rigurosamente trabajado).

Alfredo Jocelyn-Holt. El peso de la noche. Nuestra frágil fortaleza histórica. Santiago, Planeta-Ariel, 1997 (un libro que muestra la revisión historiográfica de Jocelyn-Holt respecto de la construcción del estado chileno y el papel de Portales).

Alfredo Jocelyn-Holt. La Independencia de Chile: tradición, modernización y mito. Santiago, Editorial Planeta, 1999.

Leonardo León. Ni patriotas ni realistas. El bajo pueblo durante la Independencia de Chile 1810-1822. Santiago, DIBAM, 2011.

Ivette Lozoya. Delincuentes, bandoleros y montoneros. Violencia social en el espacio rural chileno (1850-1870). Santiago, LOM Ediciones, 2014.

Luis Moulian. La independencia de Chile. Balance historiográfico. Santiago, Factum Ediciones, 1996 (como su nombre lo señala, es un análisis de las lecturas sobre dicho proceso).

Luis Ortega. Chile en ruta hacia el capitalismo. Cambio, euforia y depresión 1850-1880. Santiago, DIBAM, LOM Ediciones y Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, 2005.

Gabriel Salazar. Construcción de Estado en Chile (1800-1837). Democracia de los “pueblos”. Militarismo ciudadano. Golpismo oligárquico. Santiago, Editorial Sudamericana, 2005.

Gabriel Salazar. Ser niño “huacho” en la historia de Chile (siglo XIX). Santiago, LOM Ediciones, 2006.

Sol Serrano. ¿Qué hacer con Dios y la república? Política y secularización en Chile (1845-1885). Santiago, Fondo de Cultura Económica, 2008.

 Sergio Villalobos. Portales: una falsificación histórica. Santiago, Editorial Universitaria, 1989.

  1. Siglo XX.

 Sofía Correa et al. Historia del siglo XX chileno: Balance paradojal. Santiago, Editorial Sudamericana, 2001.

Eduardo Devés. Los que van a morir te saludan. Historia de una masacre. Santiago, Ediciones Documentas, Nuestra América y América Latina Libros, 1988.

Enrique Fernández. Estado y sociedad en Chile 1891-1931. Santiago, LOM Ediciones, 2003.

María Angélica Illanes. La batalla de la memoria. Ensayos históricos de nuestro siglo. Chile, 1900-2000 . Santiago, Editorial Planeta, 2002.

Alfredo Jocelyn-Holt. El Chile perplejo: del avanzar sin transar al transar sin parar. Santiago, Planeta-Ariel, 1998.

Tomás Moulian. Chile actual: Anatomía de un mito. Santiago, LOM Ediciones y Universidad ARCIS, 1997.

(Tanto el libro de Jocelyn-Holt y el de Moulian tienen el mérito de haberse logrado instalar en el debate público, constituyéndose en éxitos de venta. Pero además, generan logradas claves lecturas no sólo de nuestra historia contemporánea sino del presente nacional).

Tomás Moulian. Fracturas. De Pedro Aguirre Cerda a Salvador Allende (1938-1973). Santiago, LOM Ediciones, 2006 (a juicio personal, imposible no seguir a Moulian en su periodización de esa etapa del siglo XX).

Luis Vitale et al. Para recuperar la memoria histórica. Frei, Allende y Pinochet . Santiago, ChileAmérica-CESOC, 1999.

Peter Winn. La revolución chilena. Santiago, LOM Ediciones, 2013 (avanza desde el proyecto de “Revolución en Libertad” de Frei y la DC hasta el momento de publicación del libro).

  1. Clases sociales.

Luis Barros y Ximena Vergara. El modo de ser aristocrático. El caso de la oligarquía chilena hacia 1900. Santiago, Ariadna Ediciones, 2007.

Óscar Contardo. Siútico. Arribismo, abajismo y vida social en Chile. Santiago, Editorial Planeta, 2013 (no es de un historiador, pero vale la pena leerlo, sobre todo para comprender a las clases medias en Chile).

Alberto Edwards. La fronda aristocrática. Santiago, Editorial del Pacífico, 1976.

Luis Alberto Romero. ¿Qué hacer con los pobres? Elite y sectores populares en Santiago de Chile, 1840-1895. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1997.

  1. Mujeres.

Edda Gaviola et al. Queremos votar en las próximas elecciones. Historia del movimiento sufragista chileno 1913-1952. Santiago, LOM Ediciones, 2007.

Sonia Montecino. Madres y huachos. Alegorías del mestizaje chileno. Santiago, Editorial Sudamericana, 2001.

Julio Pinto (editor). Mujeres. Historias chilenas del siglo XX. Santiago, LOM Ediciones, 2010.

  1. Partidos políticos, movimientos sociales, actores colectivos e individuales.

 Rolando Álvarez. Gremios empresariales, política y neoliberalismo. Los casos de Chile y Perú (1986-2010). Santiago, LOM Ediciones, 2015.

Azún Candina. Clase media, Estado y sacrificio: La Agrupación Nacional de Empleados Fiscales en Chile contemporáneo (1943-1983). Santiago, LOM Ediciones, 2013.

Sofía Correa. Con las riendas del poder. La derecha chilena en el siglo XX. Santiago, Editorial Sudamericana, 2005.

Mario Garcés. El despertar de la sociedad. Los movimientos sociales en América Latina y Chile. Santiago, LOM Ediciones, 2012.

Cristina Moyano. MAPU o la seducción del poder y la juventud. Los años fundacionales del partido-mito de nuestra transición (1969-1973). Santiago, Ediciones Universidad Alberto Hurtado, 2009 (si bien es cierto, centra su mirada en el MAPU, genera un renovado prisma analítico de la militancia política).

 Fernando Ortiz Letelier. El movimiento obrero en Chile (1891-1919). Santiago, LOM Ediciones, 2005.

Julio Pinto. Luis Emilio Recabarren. Una biografía histórica. Santiago, LOM Ediciones, 2013.

Julio Pinto y Verónica Valdivia. ¿Revolución proletaria o querida chusma? Socialismo y Alessandrismo en la pugna por la politización pampina (1911-1932). Santiago, LOM Ediciones, 2001.

 Gabriel Salazar. Movimientos Sociales en Chile. Trayectoria histórica y proyección política. Santiago, Uqbar Editores, 2012 (a mi gusto el mejor libro de Gabriel Salazar, lo que es bastante meritorio, pues es posterior a la obtención del Premio Nacional de Historia 2006).

Verónica Valdivia. Nacionales y gremialistas. El parto de la nueva derecha política chilena. Santiago, LOM Ediciones, 2008.

Ricardo Yocelevzky. Chile: partidos políticos, democracia y dictadura 1970-1990. Santiago, Fondo de Cultura Económica, 2002.

  1. Historia de las religiones.

Evguenia Fediakova. Evangélicos, política y sociedad en Chile. Dejando “el refugio de las masas” 1990-2010. Concepción-Santiago, Centro Evangélico de Estudios Pentecostales e Instituto de Estudios Avanzados, 2013.

María Antonieta Huerta y Luis Pacheco. La Iglesia chilena y los cambios sociopolíticos. Santiago, Pehuén Editores, 1988.

 Humberto Lagos. Herejía en Chile. Evangélicos y protestantes desde la Colonia hasta 1925. Santiago, Ediciones Sociedad Bíblica Chilena, 2009.

Maximiliano Salinas. Historia del pueblo de Dios en Chile. La evolución del cristianismo desde la perspectiva de los pobres. Santiago, Ediciones Rehue-CEHILA, 1987.

Ignacio Vergara. El protestantismo en Chile. Santiago, Editorial del Pacífico, 1965.

  1. Análisis de la historiografía chilena.

 Luis De Mussy (Editor). Balance Historiográfico Chileno. El orden del discurso y el giro crítico actual. Santiago, Ediciones Universidad Finis Terrae, 2007 (específicamente los artículos de Alfredo Jocelyn-Holt y Gabriel Salazar).

Sergio Grez. “Escribir la historia de los sectores populares. ¿Con o sin la política incluida? A propósito de dos miradas a la historia social (Chile, siglo XIX)”. Política. Volumen 44, Otoño de 2005.

Julio César Jobet. “Notas sobre la historiografía chilena”. Revista Atenea. Año XXVI, Nº 291/292, septiembre-octubre de 1949.

Julio Pinto. La historiografía chilena durante el siglo XX. Valparaíso, Editorial América en Movimiento, 2016.

Miguel Valderrama. Renovación socialista y renovación historiográfica. Documento Nº 5. Santiago, Programa de Estudios Desarrollo y Sociedad, Universidad de Chile, 2001.

Luis Pino Moyano.


[1] Jorge Baradit. Historia secreta de Chile 2. Santiago, Editorial Sudamericana, 2016, p. 189.

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Metanoia, secularización y el devenir de Chile.

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* Publicado originalmente en Metanoia, en dos partes.

Primera parte. Segunda Parte

Desde el año 2016 he tenido el privilegio-y-deber de trabajar como asesor de los jóvenes del Presbiterio Centro de la Iglesia Presbiteriana de Chile. En el marco de dicho trabajo, y en la lectura de la realidad de la juventud de nuestra iglesia, surgió la idea de trabajar con este concepto: “Metanoia”. Cuando lo hicimos, tuvimos en mente la fuerza de esta palabra griega, que tuvo como origen una orden militar, muy parecida al contemporáneo “¡media vuelta, mar…!”, que, probablemente, hemos escuchado en más de una ocasión. Ahora bien, quisimos relevar no sólo su uso ligado al arrepentimiento, sino por sobre todo, la idea de la transformación de la mente, del corazón y de las emociones realizada en nosotros por el Espíritu Santo, que se fundamenta y se solidifica día tras día en una lectura atenta de la Palabra de Dios.

Fue esto lo que nos llevó a poner un énfasis en la formación cosmovisional, siempre aterrizándola a la práctica cotidiana de la misión en todo lugar donde nos toca estar, con la idea reformada de vivir para la gloria de Dios. Ha sido eso, lo que nos ha llevado a leer[1] y conversar sobre cosmovisión, y luego generar un esfuerzo, ayudado por la gentileza de pastores y hermanos que nos han acompañado en nuestras actividades desde sus áreas de experticia, aterrizando dicha mirada a la situación posmoderna, a la sexualidad, a la cultura, a la política y la justicia social, al arte, a la vida saludable, a la práctica de la piedad producto de la reforma que el Espíritu Santo ha hecho en nosotros, y a la centralidad que tiene el Reino de Dios en nuestra agenda. Pronto estaremos en Recoleta viendo cómo la Reforma Protestante, en el marco de los 500 años de la protesta de Lutero, tuvo una relación con los procesos migratorios, y cómo tuvo y sigue teniendo un mensaje respecto de nuestra relación con el extranjero que vive en nuestra tierra.

La formación cosmovisional que pensamos tuvo en su origen un alcance reactivo respecto de la realidad, producto de la constatación del alto grado de acceso a otras cosmovisiones por medio de escuelas, universidades, medios de comunicación de masas y alternativos-virtuales, lecturas, junto con expresiones múltiples de arte. Pero no podía quedarse en pura reacción, porque la idea no era construir ghettos virtuosos que se configuran en la ciudad pero que viven fuera de ella. Y allí está el componente propositivo. La idea es vivir en la ciudad con una mente transformada, lo que nos permite leer, disfrutar, dialogar y discutir con todas las expresiones que están en derredor. Y eso, sólo puede ser posible porque Cristo es el Señor por sobre todo y porque su Palabra, única y suficiente regla de fe y práctica, la que es leída siempre en comunidad (¡por eso la Confesión de Fe!), como fundamento. Y eso es más que una declaración teológica: es principio de vida. He ahí el énfasis cosmovisional: todo lo que acontece en la historia trazada de principio a fin por el Dios vivo y real, lo que sucede a nuestro alrededor, inclusive lo que nosotros hacemos en nuestra intimidad, puede ser conocido y comprendido por medio del cristianismo. El cristianismo, como “verdad total”, nos permite ver el sentido de la historia y dar significado a la realidad[2]. Por ende, para saber qué cosas e ideas podemos (¡y debemos!) asumir, modificar y rechazar necesitamos de una profunda y sólida cosmovisión cristiana. ¡Ora y trabaja!, el viejo lema debe ser revivido en nuestra cotidianidad.

Viendo nuestra realidad y conversando acerca de ella en nuestro contexto eclesial, cada vez más emerge en las voces el concepto secularización, o el adjetivo “secularizado”. La palabra etimológicamente alude a lo relacionado con el siglo. Ahora bien, filosóficamente la idea apunta a un proceso propio de la modernidad que releva el progresivo desgajamiento o desapego de los motivos religiosos a la hora de comprender la realidad natural y social.

Aquí se debe señalar que en la lectura fatalista de la historia que hacen los “progresistas” de hoy, este proceso no tendría vuelta y debe derivar, en su versión moderada, en el desplazamiento del discurso religioso al espacio privado, o en el discurso más radical, a la eliminación de la religión de la sociedad. Dicha lectura yerra el blanco cuando piensa y cree que en la modernidad inmediatamente se habría producido “la muerte de Dios” (según lo planteado metafóricamente por Nietzsche) o la crítica de la “religión opio” (según lo señalado por Marx, simbólicamente también), cuando en Europa tenemos entre Galileo y Hegel a pensadores que adscribían, también, a la dotación de inteligibilidad del relato religioso, siendo algunos de ellos creyentes. Evidentemente, el obstáculo lo puso el cientificismo naturalista con su estatuto de la verdad. Pero dicha forma de entender y hacer la ciencia, de manera posterior a la Segunda Guerra Mundial y hasta la actualidad, tiene un férreo cuestionamiento, sobre todo cuando parte importante de los cultores de las ciencias de la naturaleza y de la sociedad han aceptado la idea de que “quien mide modifica lo medido”. El filtro cosmovisional es relevante a la hora de mirar la realidad, y podría considerarse un acto deshonesto no reconocer ni explicitar dicho punto de mira.

En Chile, el proceso de secularización, quizá por ripios coloniales, ha tenido en la larga duración su disputa en el ámbito legal. Y aquí debemos poner atención a esto: la pulsión chilena por el orden y lo legal no discrimina entre conservadores y progresistas, pues como diría María Rosaria Stabili hay un “‘pequeño Portalesque vive dentro de cada chileno[3]. Tanto así, que esto también alcanza a nuestra mirada desde la religión[4]. El proceso de secularización del país ha estado ligado desde sus inicios a la libertad de culto. No por nada Francisco Bilbao, filósofo chileno de mediados del siglo diecinueve, en un texto que en su época le valió de ser acusado de “sedicioso, blasfemo e inmoral”, señalara con toda claridad que: “El individuo como hombre en jeneral [sic] pide la libertad del pensamiento, de donde nace la libertad de culto”[5]. Para Bilbao, Dios no es reaccionario ni impide el conocimiento racional, como el catolicismo romano, la religión oficial del estado según la Constitución de 1833, que excluía el ejercicio público de cualquiera otra religión.

A eso se fue a lo que se sumó de manera táctica David Trumbull cuando pujó por la separación de la iglesia y el estado, teniendo en su horizonte de expectativas lo siguiente:

“Aún aquí en las repúblicas Sud-americanas hay síntomas que indican semejantes tendencias de romper con las tradiciones erróneas del pasado, de emplear la razón y de escudriñar las escrituras. Esparcidos rayos de luz indican, esperanzadamente, la proximidad del alba aún en Chile. El sol de justicia de Dios está trepando las cimas de los Andes, y creemos que no estará distante el día de la regeneración religiosa de la nación chilena. Cuando el clero del país dirija sus miradas al cielo y no a Roma; cuando estas iglesias descansen sobre Jesucristo, la Piedra viva, verdadera y divina, y no sobre concilios ambiciosos y sectarios; y cuando el pueblo chileno lea y estudie la Biblia para conocer y obedecer la revelada verdad de Dios en Cristo; entonces se verá una reformación, saludable y permanente en el sentido del verdadero cristianismo”[6].

La esperanza de Trumbull no fue cumplida en 1865 cuando se promulgó una ley interpretativa del artículo 5 de la Constitución del ’33. Tampoco en 1925 cuando el estado se separó de la iglesia en el documento constitucional, lo que fue ampliamente celebrado por el mundo protestante. Tampoco se cumplió en 1970 con el primer Te Deum ecuménico celebrado en el país, ni en 1975 con el primer Te Deum evangélico, ni en 1999 con la mal llamada “ley de culto”, ni mucho menos en 2005 con la institución del “Día nacional de las Iglesias Cristianas Evangélicas y Protestantes”. La esperanza de Trumbull no se reducía a lo legal, por lo que su alianza con liberales, masones y radicales de la época era táctica, y no estratégica, por ende, su carácter no era permanente en el tiempo. La esperanza de Trumbull estaba en Jesucristo y en el avance de la misión sostenida por el Señor hasta el fin, lo que hacía que la proclamación del evangelio siempre cumpla su finalidad.

Y es aquí donde la secularización se liga con la cosmovisión en el devenir de Chile (esto no es un capítulo de Los Simpsons, que empieza con un tema y termina con otro). El proceso inconcluso de secularización en el país, que no ha logrado derribar el discurso religioso ni su trama comunitaria, nos reporta una serie de desafíos que presento a continuación:

a. El proceso de secularización que sigue viviendo Chile nos reporta cuál es nuestra batalla principal en el presente. Y sí, está bien que invirtamos energías contra la teología liberal y sus múltiples variaciones modernas y posmodernas. Es excelente que luchemos contra la agenda “progre” que quiere instalar en el país el aborto libre, el matrimonio homosexual y la adopción homoparental. Es necesario que luchemos contraculturalmente con las diversas teorías de género. Pero esos no son nuestros enemigos primordiales hoy. De hecho, en algunas de estas luchas, y quizá en todas (a sabiendas que predecir en ciencias sociales es más que algo riesgoso), dichas batallas estén potencialmente perdidas.

Pero si nos enfocamos en dichas batallas, y probablemente ganemos alguna, luego de la celebración termináremos dándonos cuenta que hemos perdido más de lo que ganamos. Dicho elegantemente, habremos conquistado una victoria pírrica[7]. La batalla principal que debemos dar tiene que ver, una vez más, pero en una situación distinta, con la presencia de lo religioso en el espacio público. Y, aguzando más la mirada, no sólo tiene que ver con el significado correcto de un estado laico que presupone la libre circulación de ideas mientras estas no violenten o pongan en tensión el estado de derecho, ni sólo en las implicancias de su correcta aplicación, sino por sobre todo en el ejercicio del poder. La lucha de hoy tiene que ver fundamentalmente con quien ejerce el suficiente poder como para hegemonizar la sociedad y convertir en sentido común sus ideas en el presente. Mucha razón tuvo Foucault cuando invirtió la máxima de Carl von Clausewitz, llegando a decir que “la política es la continuación de la guerra por otros medios” (¡nada más que gracia común!).

b. El proceso de secularización que sigue viviendo Chile cuando releva nuestra batalla principal, y teniendo la Biblia como fundamento, nos reporta cuál es nuestro enemigo principal en el presente. Nuestro mayor enemigo de hoy es (¡y sigue siendo!) el dualismo pecaminoso que nos lleva a un amor desordenado. El profeta Jeremías señaló: “Son dos los males en que ha incurrido mi pueblo: Me han dejado a mí, que soy fuente de agua viva, y han cavado sus propias cisternas, ¡tan agrietadas que no retienen el agua!” (Jeremías 2:13, RVC). Cavamos cisternas agrietadas cuando “necesitamos” recurrir a discursos prestados, foráneos al cristianismo bíblico, para fundamentar nuestras acciones en el mundo. Cavamos cisternas agrietadas cuando asumimos paquetes ideológicos completos que obnubilan nuestra mirada de lo que dice la Biblia, leyendo la Biblia con los ojos de cualquier hombre o mujer y sus ideas pecaminosas y no con los ojos de Cristo. Cavamos cisternas agrietadas cuando pensamos que hablar de moral es venderse a la derecha, y que cuando hablamos de justicia social es venderse a la izquierda, cuando en realidad ambas cosas las podemos extraer de la Biblia, y en ocasiones, como en el caso de Amós 2:6,7 les encontramos juntos y revueltos porque la cosmovisión que viene de Dios une lo que nos aparece fragmentado: “Así ha dicho el Señor: Por tres pecados de Israel, y por el cuarto, no revocaré su castigo. Porque han vendido al justo por dinero, y al pobre por un par de zapatos; han aplastado en el suelo a los desvalidos, han torcido el camino de los humildes; ¡hijos y padres profanan mi santo nombre al acostarse con la misma joven!” (RVC). Es verdadero pecado contra Dios y contra nuestro prójimo cuando teniendo a la fuente de agua viva, el Señor Todopoderoso que nos da conocimiento, emociones y voluntad para vivir, cavamos cisternas agrietadas. ¡Matemos, con la ayuda del Espíritu Santo, el dualismo que nos hace construir ídolos con pies de barro y bagatelas que no nos permiten aterrizar nuestra fe a la realidad! Arrepintámonos. Reconciliémonos. Porque si algo de lo que Cristo ha botado con su cruz para constituir un solo pueblo se interpone en nuestra comunión, eso no debiese recibir otro nombre que “falso dios”.

Esto reporta tareas: los pastores y todos aquellos que tenemos la responsabilidad de enseñar, debemos colaborar activamente en el fortalecimiento de una mirada cosmovisional en la iglesia; y, por supuesto, tú tienes el deber de educarte en esta área, asistiendo a todas las instancias que puedas y leyendo buena literatura (ve la nota a pie de página número 2, en la primera parte del artículo). Ambas tareas deben presuponer que no existe separación entre una teología recta y una vida santa, porque ambas se producen por el Espíritu Santo que inspiró las Escrituras, que aplicó la obra salvífica en nuestras vidas, y que nos llena de poder individual y comunitariamente.

c. El proceso de secularización que sigue viviendo Chile debiese acercarnos a nuestra Confesión de Fe. Esto es lo maravilloso de la teología reformada que presupone que la iglesia puede seguir siendo reformada por la obra del Espíritu y según la Palabra de Dios. La Confesión de Fe de Westminster fue escrita originalmente en un mundo en el que la monarquía absoluta era la forma de gobierno para la sociedad, cuyo poder también podía penetrar la iglesia. En 1788 los presbiterianos estadounidenses hicieron algunas reformas a la Confesión de Fe, y entre los cambios, que nosotros preservamos en el documento que como oficiales de la iglesia suscribimos haciendo un voto de lealtad, señala lo siguiente respecto del Magistrado Civil:

Los magistrados civiles no deben tomar para sí la administración de la palabra, de los sacramentos. (2ª Crónicas 26:18.) o el poder de las llaves del reino de los cielos, (Mateo 16:19; 1ª Corintios 4:1-2.) ni se entrometerán lo más mínimo en las cosas de la fe. (Juan 18:36; Malaquías 2:7. Hechos 5:29) Sin embargo, como padres pacificadores en el deber de los magistrados civiles proteger la Iglesia de nuestro común Señor sin dar la preferencia sobre las demás a alguna denominación de cristianos, sino obrando de tal modo que todas las personas eclesiásticas, cualquiera que sean, gocen de libertad incuestionable, plena y perfecta en el desempeño de cada parte de sus funciones sagradas, sin violencia ni peligro; (Isaías 49:23.) y además, como Jesucristo ha señalado un gobierno regular y una disciplina en su iglesia, ninguna ley de cuerpo político alguno deberá entrometerse con ella, estorbando o limitando los ejercicios debidos que verifiquen sus miembros voluntarios de alguna denominación de cristianos conforme a su propia confesión y creencia. (Salmo 105:15; Hechos 17:14,15.) Es el deber de los magistrados civiles proteger las personas y buen nombre de todo su pueblo de tal manera que no se permita a ninguna persona que so pretexto de religión o incredulidad haga alguna indignidad, violencia, abuso o injuria a otra persona cualquiera; debiendo procurar además que toda reunión eclesiástica religiosa se verifique sin molestia o disturbio. (2ª Samuel 23:3; 1ª Timoteo 21:2; Romanos 13:4.)”.

Nuestra Confesión nos invita a una mirada correcta de la relación entre la iglesia y el estado, presuponiendo su separación. Ambos están en esferas diferentes, no pudiendo el estado entrometerse en la tarea y roles de la iglesia. Y no sólo eso, garantizando su libertad. Aquí está el fundamento confesional, y por ende comunitario, de lo que debiese ser nuestra comprensión y base de nuestra acción: la separación no sólo es del estado respecto de la iglesia, sino nuestra respecto del estado. No porque quienes hoy dirijan los organismos del estado difieran de los principios de la Palabra del Señor, eso necesariamente tendrá la fuerza de coartar nuestra predicación y vida. Podemos y debemos vivir contraculturalmente. Nuestra obediencia al magistrado civil es relativa y activa, porque nuestra obediencia total está en relación a lo que la Biblia dice. Además de eso, Cristo sigue siendo Señor sobre todo[8].

d. El proceso de secularización que sigue viviendo Chile, visto de manera cosmovisional nos debe llevar a convertir los desafíos y dificultades en oportunidades. Sin lugar a dudas, si los cristianos leyéramos más la Biblia y fuésemos felices de vivir la fe, no viviríamos paranoicamente, con delirio de persecución, victimizándonos innecesariamente y construyendo ghettos virtuosos de gente como nosotros. Muy por el contrario, veríamos al mundo en el que vivimos y las discusiones que emergen en él, pensando en las ricas oportunidades que tenemos para compartir la buena noticia. En otras palabras, valoraríamos las posibilidades de hablar y vivir la verdad con amor. Que se apruebe el aborto en tres causales, cosa que niega los principios de la Biblia, no reduce nuestra fe, nuestra acción en el mundo, nuestro amor y oración hacia todos, aunque no crean lo que nosotros creemos. Si amamos, pavimentamos el camino para decir la verdad y ser escuchados.

Pero si no sucediera ese paso lógico, y llegásemos a ser perseguidos por nuestra fe en Jesús, deberíamos alegrarnos del vituperio en Cristo. Jesús dijo: Bienaventurados serán ustedes cuando por mi causa los insulten y persigan, y mientan y digan contra ustedes toda clase de mal. Gócense y alégrense, porque en los cielos ya tienen ustedes un gran galardón; pues así persiguieron a los profetas que vivieron antes que ustedes” (Mateo 5:11,12, RVC). Ese gozo no es masoquismo, sino que es posible por la fuerza del Espíritu Santo operando en favor de la iglesia y se basa en la esperanza de que un día toda lágrima de nuestros ojos será secada.

Pero todavía eso no ocurre. No nos anticipemos a los hechos. Aquí bien vale la pena recordar lo dicho por el teólogo Jürgen Moltmann:

“Cuanto más conscientes son los cristianos hoy día de una situación minoritaria y pierden la protección de una sociedad ‘cristiana, tanto más pueden aprender de la moral calvinista a hacerse extraños en la propia sociedad y nación por amor de Cristo. En la historia del cristianismo reformado se evidencia claramente el valor de ser distinto de los demás. Únicamente quien es distinto es capaz de ‘existir para los demás’; de lo contrario, es uno más entre la masa”[9].

e. El proceso de secularización que sigue viviendo Chile, visto de manera cosmovisional que nos lleva a convertir los desafíos y dificultades en oportunidades, debiese conducirnos a precisar nuestra esperanza escatológica. A la luz de la Biblia, y desde una perspectiva amilenarista, hay que decirlo, podemos notar que las cosas irán de mal en peor. Pero nuestra esperanza no está en hombres, mujeres ni en proyectos políticos. Nada de lo que los seres humanos hagamos pecaminosamente es obstáculo para el triunfo del Reino de Dios y la proclamación del Evangelio por parte de la iglesia. Dicho triunfo y proclamación no depende de esfuerzos humanos ni de las circunstancias aparentemente favorables, sino de Dios que tiene el control de todo según su plan perfecto y que tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas. Nuestra esperanza es escatológica y no se trata un mero cambio social cosmético y de baja intensidad al lado de la ciudad construida por Dios. Nuestra esperanza está en la redención que aguarda la creación toda. Es el anhelo expresado por el profeta Amós, de que “que fluya el derecho como las aguas, y la justicia como arroyo inagotable” (Amós 5:24, NVI). Eso escapa de nuestras posibilidades de acción. Es Dios, en Cristo, que consumará la historia. Cuando tenemos eso claro, podemos trabajar fundamentados y descansando en Dios. Es allí que se hace patente la verdadera metanoia, la transformación de la mente que nos conduce a mirar con los ojos de Cristo.

Luis Pino Moyano, Asesor de Metanoia.


[1] Durante el año 2016, los líderes de jóvenes, en medio de nuestras reuniones informativas, realizamos estudios basados en el libro de Darrow Miller y Marit Newton. Vida, trabajo y vocación. Una teología bíblica del quehacer cotidiano. Tyler, Editorial JUCUM, 2011.

[2] Sobre el asunto cosmovisional, véase en orden de año de publicación en castellano: Francis Schaeffer. Huyendo de la razón. Barcelona, Ediciones Evangélicas Españolas, 1969; Herman Dooyeweerd. Las raíces de la cultura occidental. Las opciones pagana, secular y cristiana. Barcelona, Editorial CLIE, 1998; Abraham Kuyper. Conferencias cobre el calvinismo. Una cosmovisión bíblica. San José, Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas CLIR, 2010; Darrow Miller. Vida, trabajo y vocación: una teología bíblica del quehacer cotidiano. Tyler, Editorial JUCUM, 2011; John Piper. Piense. La vida intelectual y el amor de Dios. Carol Stream, Tyndale House Publishers, 2011; Timothy Keller. La razón de Dios. Creer en una época de escepticismo. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2014; Albert Wolters y Michael Goheen. La creación recuperada. Bases para una cosmovisión reformacional. Medellín, Poiema Publicaciones y Dordt College Press, 2013; Nancy Pearcey. Verdad total. Tyler, Editorial JUCUM, 2014; Michael Goheen y Craig Bartholomew. Introduçao à cosmovisão cristã. São Paulo, Edições Vida Nova, 2016; Timothy Keller. Una fe lógica. Argumentos razonables para creer en Dios. Nashville, B&H Publishing Group, 2017. Para una lectura introductoria, véase: Jonathan Muñoz. “Cosmovisión cristiana: una (muy) breve introducción”. En: Estudios Evangélicos, http://estudiosevangelicos.org/cosmovision-cristiana-una-muy-breve-introduccion/ (Revisada en agosto de 2017).

[3] María Rosaria Stabili. “Mirando las cosas al revés: Algunas reflexiones a propósito del período parlamentario”. En: Luis Ortega (Editor). La guerra Civil de 1891. 100 años hoy. Santiago, Universidad de Santiago de Chile, 1991, p. 165. Respecto de esta pulsión por lo legal, bien vale la pena referir lo dicho por Timothy Keller: “Mientras que algunos cristianos esperaban que la legislación cambiaría las actitudes de las personas, ha sido la cultura popular, las instituciones académicas, las artes y los medios de comunicación los que han estado formando la mentalidad popular. La política pública ahora simplemente está empezando a seguir los pasos” (Timothy Keller. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012, p. 212).

[4] Uso en este caso el concepto religión de manera positiva.

[5] Francisco Bilbao. “Sociabilidad Chilena”. En: El Crepúsculo. Periódico literario y científico. Nº 2, Tomo 2. Santiago, 1 de junio de 1844, p. 74.

[6] La Piedra, Valparaíso, 30 de agosto 1879, año VIII, Nº 29, p. 182. Citado por: Javier Castro. “David Trumbull, entre masonería y protestantismo: la conformación del frente anticlerial en Chile a fines del siglo XIX”. En: Religião & Sociedade. Vol. 33, Nº 1, Rio de Janeiro,  2013. http://www.scielo.br/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0100-85872013000100006 (revisada en agosto de 2017).

[7] En alusión “a Pirro, rey de Epiro, que derrotó en el año 279 a. C. a los romanos en Ásculo, pero a costa de sufrir numerosísimas bajas”. En: http://dle.rae.es/?id=TBDNMum|TBGDp5s (revisada en agosto de 2017).

[8] Respecto de la acción política y social desde el cristianismo, me parece pertinente invitar a la lectura de los siguientes textos: Sidney Rooy. “Relaciones de la iglesia con el poder político. Modelo reformado”. En: Pablo Deiros (editor). Los evangélicos y el poder político en América Latina. Buenos Aires, Nueva Creación, 1986, pp. 41-72; David J. Bosch. Misión en transformación. Cambios de paradigma en la teología de la misión. Grand Rapids, Libros Desafío, 2000 (especialmente la lectura del Capítulo Doce: “Elementos de un nuevo paradigma misionero ecuménico”, pp. 451-619); Vishal Mangalwadi. Verdad y transformación: Un manifiesto para naciones enfermas. Tyler, Editorial JUCUM, 2010; Herman Dooyeweerd. Estado e soberania. Ensaios sobre cristianismo e política. São Paulo, Edições Vida Nova, 2014; Timothy Keller y Katherine Leary Alsdorf. Como integrar fé & trabalho: Nossa profissão a serviço do Reino de Deus. São Paulo, Edições Vida Nova, 2014 (pronto B&H publicará una edición en castellano); Darrow Miller et al. Reformulación de la justicia social: Redención de la compasión bíblica. Tyler, Editorial JUCUM, 2015; Timothy Keller. Justicia generosa. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2016.

[9] Jürgen Moltmann. “La ética del calvinismo”. En: Leopoldo Cervantes-Ortiz. Juan Calvino: su vida y obra a 500 años de su nacimiento. Barcelona, Editorial CLIE, 2009, pp. 263, 264.

“¡Más familia, menos estado”. Mi lectura del eslogan.

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El denominado “bus de la libertad” ha traído una serie de reacciones en medios de prensa y en las redes sociales. Quisiera comenzar señalando que considero que mis hermanos en la fe, junto a otros sujetos, de los grupos denominados, a veces peyorativamente, como “pro-familia”, están en todo su derecho de hacerlo, ya sea en sus lugares de reunión, en las calles de las ciudades del país o en instituciones en las que se discutan estos temas. La libertad de expresión debe no sólo garantizarse sino defenderse, por más que se esté en desacuerdo de las ideas expresada, teniendo como única consideración de censura, cuando éstas atentan contra el estado de derecho o cuando en el marco de la expresión de ideas se expresan actos de violencia física o de maltrato verbal de sesgo intolerante real. Digo esto, porque he visto mucha victimización, y ésta poco ayuda a la hora de entablar diálogo y discusión en la sociedad y, en mi opinión, ambos sectores en pugna respecto de este tema, han recurrido a este discurso que emociona y/o causa escozor en quien lo ve. Ni el bus, como performance comunicativa, ni las declaraciones de las élites de los movimientos LGBTI son “incitaciones a la violencia”. Las palabras duras no rompen huesos. Lo realmente violento es acallar una voz que legítimamente puede expresarse en la sociedad, acudiendo a la prepotencia de decir “estoy del lado de la ciencia y por ello de la verdad”.

Dicho eso, quiero pasar al eslogan en cuestión. Me lo he topado en los noticieros, en el inicio del Facebook, y hoy, en una calle de Santiago, cuando me topé con el momento final de la marcha de los grupos que defendían la acción simbólico-comunicacional del “bus de la libertad”. “¡Más familia, menos estado!”, así, con signos de exclamación, porque es un grito de lucha. Grito que obnubila la mirada con una media verdad. Explicaré por qué.

Me parece que la lucha por “más familia” es un principio conducente con el mandato social expresado en la Biblia desde el Génesis en adelante. Una familia activa, vital, centrada en la búsqueda de la gloria de Cristo, campo de misión y desarrollo de todas las posibilidades de expresión con las que hemos sido dotados por el Creador. Familia como lugar de discipulado: caminata de padre, madre e hijos e hijas que siguen a Jesús. Lugar de relación, cercanía, amor, crecimiento, maduración. Más familia, sí. Pero de verdad, no mero panfleto. Porque es súper fácil decir “más familia” cuando no se participa en nada de la educación de los hijos, de su crianza, de su discipulado. Es súper fácil decir “no tocas a mis hijos”, cuando ni siquiera tú los tocas, siendo sólo alguien que ha procreado sin ser padre o madre. Un padre y una madre que viven la fe de Jesús entienden que deben ser activos en la educación de sus vástagos sin tercerizar su labor, ya sea en la escuela o en la iglesia.

“Menos estado”. ¿Por qué? Una de las cosas que más me llamó la atención de la marcha con la que me encontré, fueron la cantidad de pancartas y consignas que hablaban desde la “ciencia” y contra la “ideología” (¡…!), cómo si la ciencia estuviera libre y aséptica de presupuestos. De hecho, los grupos LGBTI también se arrogan el habla desde la ciencia y contra la fe. Graciosa similitud, si se quiere, pero en lo que a mí me toca, como protestante, me parece un pensamiento no sólo complejo, sino riesgoso, por lo menos desde el punto de vista comunicacional, toda vez que no hay ningún argumento fuera del campo ideológico que permita decir “menos estado”. La negación de un estado totalitario o de un estado visto como el papá que actúa por una masa se condice con los principios del cristianismo. Vaya un no rotundo a la “estadolatría”. Pero vaya también un no rotundo a la “estadofobia”. “Menos estado” es producto de la “estadofobia” que emerge del pensamiento liberal y no de la Escritura. Si bien es cierto, la Biblia no nos muestra un sistema político acabado por el cual jugarse en su implantación en la sociedad, si nos brinda principios de acción, entre los cuales aparece claramente la autoridad del magistrado civil a la hora de trabajar por el bienestar de la ciudad. En ese sentido, puede que hoy no nos gusten ciertos proyectos de ley relacionados con la familia, pero un estado activo ha permitido la concreción de leyes como la de matrimonio civil, o las que sancionan la violencia intrafamiliar. ¿Te imaginas que ocurriría con “menos estado” frente a una mujer golpeada y llevada a la muerte dentro de un hogar? ¿Nadie debe meterse con la familia? La ideología del “menos estado” se sustenta en las ideas secularizadoras que piensan que el humano es bueno por naturaleza y que en ese marco está dotado de ejercer libertad individual, no comunitaria, sin tener que rendir cuentas a nadie.

Concluyendo: creo que el derecho preferente a la educación de los niños/as es de padres, madres o tutores asignados; creo que dicho derecho genera el deber constante de vivir junto a los hijos/as esforzándose en su educación; creo que el estado no debe coartar la libertad de acción y pensamiento de las familias que educan a sus hijos en una determinada fe; y creo que el estado tiene deberes a la hora de garantizar, por ejemplo el derecho universal a la educación, en los que la escuela cumple un papel, y también en la regulación social que debilita la aparición de sectas que dañan la vida de las personas.

Más familia entonces, con educación desde la casa, reforzada en la escuela con los conocimientos por área de saber y en la iglesia, para los cristianos, respecto de la fe, junto con un estado que garantiza y promociona derechos y al que se le regula desde la ciudadanía con participación democrática activa y constante.

Luis Pino Moyano.

Mis lunes con Violeta Parra.

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El año 2013 comencé una aventura en el Colegio Andino Antuquelén llamada “Taller de Historia y Memoria”. Era una instancia optativa, dentro de diversas posibilidades que el colegio otorga para los miércoles en las tardes. Si bien es cierto, en dicho espacio educativo siempre he tenido la posibilidad de tensionar y criticar el currículum, este taller, me daba la posibilidad de crear en el diálogo con estudiantes, en este caso, desde la disciplina historiográfica. La idea era producir un rescate de la historia y las memorias de Chile y América Latina en el pasado reciente, en el período que Eduardo Devés llamó “todo es política” (desde la década de los sesenta), a partir de fuentes diversas. Desde el 2016, por mi trabajo en la iglesia, ocupo el lunes, mi día libre para continuar con este espacio dialógico.

¿Qué tiene que ver lo anterior con el título del post? Todo, particularmente este año. Pues en el marco de las conmemoraciones del centenario del natalicio de Violeta Parra me decidí a hacer un giro del taller, ocupando la experiencia vital y la obra de esta mayúscula artista como la base y el sustrato del taller que piensa nuestro pasado reciente. Y elegí a Violeta Parra por varias razones. Por su música sencilla y sin grandes aspavientos que dejan artefactos bonitos, pero sin “enjundia” en el decir popular. Elegí a Violeta por su rupturismo con el folklore tradicionalista, ese que le cantaba a la bandera, el huaso y la cordillera, en el marco idealizado de una realidad en la que todo eso, y más, tiene múltiples rostros, y no sólo la belleza de la representación uniforme. Violeta cantó de las experiencias de gente de carne y hueso, miró sus realidades, empatizó con ellas, cosa que no costó porque Violeta procedía del mismo lugar. Mucho se discute en los círculos de las ciencias sociales acerca de la posibilidad de habla del subalterno, pues bien, Violeta Parra precisamente hizo hablar al subalterno no sólo al retratar su vida, en la alegría, el sufrimiento, el trabajo y la lucha vital que ellos encarnaban, sino también, al rescatar canciones en una amplia recopilación que dio permanencia a voces que habrían sido sepultadas junto a los cuerpos de tantos cantores de esta tierra.

Elegí a Violeta por sus letras comprometidas con la historia y su tiempo, canciones que no sólo son “de protesta” como cierto rótulo mercantil y cooptador quiso darle al género, sino canciones que acompañan la vida de la gente más sencilla. Sus descripciones tan acertadas respecto de la realidad del país, en el que la “larga duración” de los actos de poder de los menos que domina y constriñe a los más nos persigue, sumado a la fuerza de los clásicos da vigencia a su mirar, generando utillaje pedagógico en la caja de herramientas del saber y, también, una reserva teórica y conceptual para nuevos análisis. De hecho, en este caso se hace cada vez más manifiesta la perversión que desliga los contenidos del área de lenguaje con la de historia en la educación chilena, imposibilitando el aprendizaje que liga y construye puentes. Aunque, el deber de subvertir aquello está a la orden del día.

Elegí a Violeta porque sus letras de amor y risa celebran apasionadamente el acto bello del encuentro de otros que se unen en un yo, como a su vez, en el caso de su lírica desgarrada posee letras que vomitan rabia y dolor frente al cual no se puede quedar impávido. Por eso es que ocupé el concepto de artista, pues reducirla a cantante o poeta habría anquilosado la mirada. La expresión musical de Violeta es multisensorial apelando a la razón y al sentimiento. Violeta Parra es una “romántica de la noche”, marcada por un ejercicio activo de la voluntad que se expresa desde el fuego vital que empodera su habla como nuestra escucha. Si bien es cierto, su música no era rockera, sus letras lo eran: allí están “El gavilán”, “¿Qué dirá el santo padre?”, “Miren como sonríen” y, por supuesto y entre tantas otras, “Maldigo del alto cielo”, sumado al acto de llamar “Las últimas composiciones de Violeta Parra” al que fue de facto su último disco. Violeta no sólo es antecedente necesario a la hora de analizar la Nueva Canción Chilena, sino otras expresiones musicales, incluso a las que traspasaron la escena artística en el marco dictatorial.

Violeta Parra, la cantante desvalorada en su época y en muchos casos reducida  y caricaturizada como la mujer cantora de “Gracias a la vida” que después se suicidó (como si dicho acto de dolor fuese sólo marcado por la cobardía y la frustración), debe ser rescatada más allá de su centenario. Debe ser leída, escuchada y disfrutada no sólo por el pasado, sino para el presente, por nuestro presente. Podríamos decir con su hermano Nicanor “Cántame una canción inolvidable / Una canción que no termine nunca / Una canción no más / una canción / es lo que pido. / Que te cuesta mujer árbol florido / Álzate en cuerpo y alma del sepulcro / Y haz estallar las piedras con tu voz/ Violeta Parra” (en “Defensa de Violeta Parra”).

Por mi parte, valoro la compañía literaria y musical de Violeta Parra, y no sólo los lunes, sino en mis días, porque ella es la que con la habilidad de la mejor de las profesoras me ha enseñado que “Lo que puede el sentimiento / no lo ha podido el saber / ni el más claro proceder / ni el más ancho pensamiento. / Todo lo cambia el momento / cual mago condescendiente, / nos aleja dulcemente / de rencores y violencias. / Solo el amor con su ciencia / nos vuelve tan inocentes”. La inocencia, frente a los monstruos levantados por la razón moderna, no sólo es desafío… es también, vital.

Luis Pino Moyano.

Un libro de sexo y una sobre-reacción “evangélica”.

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Hace un par de semanas, por iniciativa de la Municipalidad de Santiago, fue publicado el libro “100 preguntas sobre sexualidad adolescente”, el que tiene como finalidad fortalecer los programas de educación sexual de los colegios municipales de dicha comuna. Las reacciones no se hicieron esperar, algunas bastante destempladas, por decir lo menos. Ojo, mi post no apunta a criticar la posibilidad de reaccionar. Es parte de nuestra vida de fe en el mundo que nos toca vivir reaccionar a los estímulos que nos presenta la cultura imperante. Pero una cosa es reaccionar, y otra cosa es ser “reaccionario”. La fe evangélica no es meramente reaccionaria. La fe evangélica es viva, propositiva, proyectiva. Reacciona frente a la ofensa, la distorsión y la perversión; pero, a la vez, piensa su fe, vive lo que cree y confiesa, y actúa glorificando a Dios y extendiendo su Reino.

 ¿Por qué hablo de sobre-reacción?

  • Porque los creyentes tenemos (o debiésemos tener) clara la cosmovisión bíblica respecto de la familia.

La Biblia nos muestra de manera muy clara qué es la familia y cuál es su misión. Y sí: nos habla de la heterosexualidad del esposo y la esposa, nos habla de la monogamia y su exclusivismo (“dejará el hombre a su padre y su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne”), nos habla de la sexualidad como fuente de placer y procreación, nos habla de la crianza de hijos y de roles que todos debemos cumplir. Pero por sobre todas las cosas, la Biblia nos habla de que la familia no es base de nada, porque sólo Cristo es la roca. Y, por ende, la misión no es la exaltación de los sujetos que la componen, sino que es la gloria de Dios y la extensión de su Reino.

Ahora bien, dicha cosmovisión bíblica prepondera en la iglesia, y no necesariamente en los no-creyentes. Si hay algo que nos une y diferencia entre todos los sujetos, es que cada cual tiene un lugar de habla, una cosmovisión, que da significado y dota de sentido lo que se ve y se hace. En ese sentido, claramente nosotros los creyentes tenemos todo el derecho de expresar nuestras opiniones en el espacio público, aunque para el desprecio de algunos, éstas procedan de nuestro credo religioso. Pero también, debemos tener la clara noción de que no necesariamente influiremos con nuestra opinión en los no-creyentes, y que ellos tendrán sus propias visiones acordes a lo que creen y postulan.

Dos cosas para finalizar este punto: a) fíjense por favor en que dos veces insisto en un “no necesariamente”; y b) esto que parece ser un párrafo sólo para creyentes, en realidad lo es en primera instancia, pero lo es también para no-creyentes. Tú, que no eres creyente, también tienes tu cosmovisión, tus prejuicios en el sentido semántico de la expresión (y como, por ejemplo, Gadamer lo usa en su “Verdad y método”), que no necesariamente tienen correlato con una ciencia de corte naturalista, sino que, también, son objetos de fe. ¿Qué obstaculiza tu diálogo con un creyente?

  • Porque el libro no promueve en ningún momento una determinada práctica sexual.

Las primeras cosas que vi con respecto al libro fue la idea de que el libro promovería la práctica del sexo anal. Quiero ser muy honesto. Cuando leí el libro, traté de usar una hermenéutica empática con mis hermanos de fe. Traté de ponerme en su lugar. Pero en ningún momento el libro promociona dicha práctica. Dos razones que puedo dar: la primera, específica a esa temática, es que de la misma manera que el libro señala la existencia de dicha forma de relación sexual, plantea la posibilidad de contraer enfermedades de transmisión sexual. Es decir, se plantea la existencia y el riesgo. Y, en segundo lugar, porque el libro provee respuestas a preguntas de adolescentes de los colegios municipales. Trece jóvenes, de diez colegios municipales de Santiago, participaron en la puesta en común de preguntas de sus propios compañeros.

Padre cristiano, ¿tú crees que tus hijos o hijas no hacen este tipo de preguntas? ¿Estás seguro que puedes controlar todo lo que pasa por la cabeza y el corazón de tu hijo/a? ¿Crees que la historia contada en la película “Joven y alocada” es una excepción a lo que ocurre en la cotidianidad de jóvenes evangélicos? Por mucho tiempo he trabajado con jóvenes cristianos, y por un tiempo trabajé con adolescentes y jóvenes haciéndoles clases, y estas y otras preguntas surgían de ellos. Me referiré en el próximo punto sobre la educación sexual, pero antes de eso quisiera proponer lo siguiente: reacciona al libro “100 preguntas sobre sexualidad adolescente”, léelo, estúdialo comparativamente con otros materiales, y dialoga con tu hijo basado en tu cosmovisión cristiana, asumiendo lo que haya que asumir, transformando lo que haya que transformar, y rechazando lo que se tenga que rechazar. Actúa desde una posición contracultural que no ve el libro y otros recursos como enemigos, sino como posibilidades de compartir una mirada de la sexualidad desde la fe cristiana.

  • Porque me parece que la idea de la educación sexual dentro del hogar, tanto en las familias como en las iglesias, en la generalidad, no es más que un bello sueño.

Es sumamente fácil en la reacción al libro, protestar diciendo “¡La educación le corresponde a los padres y las madres, dentro del núcleo familiar!”. Y yo concuerdo con eso. Concuerdo en que no hay que tercerizar la educación ni a la iglesia ni a los colegios. La Biblia habla del padre de familia como quien toma a sus hijos, como si fueran flechas en manos de un sujeto diestro con el arco, direccionando a sus hijos en un camino recto. Claramente la educación es responsabilidad de la familia. Pero, ¿cuántos padres y madres dentro de los hogares cristianos educan con respecto a la sexualidad a sus hijos? ¿Sus hijos tienen otra alternativa que ir a sus profesores o a sus pares a preguntar sobre el tema? ¿Cuántas preguntas son respondidas sin evasivas, vergüenza y con fundamentos sólidos? ¿A qué edad esperas enseñar a tu hijo/a sobre la temática?

Dentro de mi vida en la iglesia (me congrego desde los 6 años, hoy tengo 34 años), una de las cosas más dolorosas que me ha tocado ver es cómo jóvenes creyentes chocan con el embarazo precoz, precisamente, por falta de una educación sexual sana, fundada en la Biblia y en las verdades que dicen las ciencias que abordan este asunto. Y sobre todo, pienso en las chicas que viven esta experiencia, pues en una sociedad en la que impera el machismo, a ellas se les ha hecho mucho más difícil vivir con un bebé. Reitero la pregunta: ¿cuántos padres y madres dentro de los hogares cristianos educan con respecto a la sexualidad a sus hijos? Pero sumo otras dos: ¿cuántas iglesias tienen dentro de sus planes y programas educar sobre la sexualidad, desde principios, pero también respondiendo sin tabúes a las preguntas honestas que adolescentes y jóvenes tienen? ¿Cuántas editoriales cristianas han invitado a expertos en la Biblia y a diseñadores gráficos para generar libros fáciles de leer y atractivos visualmente, como el “100 preguntas sobre sexualidad adolescente”? Lamentablemente, el grito de “¡nosotros somos los que educamos!” no se queda más que en panfleto lindo pero irreal.

¿Cuál es la invitación?

  • Reaccionar contraculturalmente;
  • pensar y vivir de acuerdo a la fe, en este caso en lo referido a la sexualidad;
  • dejar de ser minoría que se victimiza buscando enemigos por doquier;
  • pasar, de una vez por todas, de lo dicho a lo que se hace concretamente.

Luis Pino Moyano.


Algunas de estas cosas las conversé previamente con mi amigo Jano Molina, quien influyó en algunas de estas reflexiones, pero a quien libero, obviamente, de la responsabilidad de estas letras.

Breves palabras sobre “Historia de un Oso”.

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No quise publicar nada sobre “Historia de un Oso”, luego de ganar el premio Oscar, el primero para una producción cien por ciento chilena. ¿Por qué? Simplemente porque no la había visto. Eso, hasta hace un rato atrás, en que junto a Miguel y Sophía vimos este conmovedor cortometraje, evocador de un pasado que no sólo sigue estando presente sino que nos pesa. Con una sutil simpleza nos muestra la historia del desarraigo físico que no pudo significar desarraigo emocional. Dicha representación fílmica debe ser ocupada en la sala de clases para recordar-reflexionando, así como en los hogares chilenos sin distinción.

 Emocionante como, a su vez, la realidad sigue superando la ficción. Hoy, los ganadores del Oscar fueron invitados al Palacio de La Moneda por la presidenta de la república, junto al oso de verdad, don Leopoldo Osorio, quien fuera Regidor de la Comuna de Maipú y secretario de Salvador Allende, quien no quiso asistir. Dijo: “Hoy me llamaron desde La Moneda para que a las 18:00 fuera a acompañar a Gabriel y su equipo, pero no quiero volver ahí porque es un lugar muy triste”, para luego señalar: “volvería a ir a La Moneda cuando cambie la Constitución, cuando no esté la que creó Pinochet”. Ojalá se ponga fin al espectáculo circense, en la cara metáfora fílmica, que tanto daño ha hecho a este país.

 Merecido reconocimiento.

Luis Pino Moyano.

El aporte de Paulo Freire a la Pedagogía Crítica.

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El miércoles 23 de diciembre de este año, realicé mi último trabajo formal para el Colegio Andino Antuquelén, como parte del equipo docente. Esto en el marco de una serie de talleres de autoformación que se harán, en pos de una reapropiación y fortalecimiento del proyecto educativo institucional. A mi me correspondió hablar de pedagogía crítica, y para acotar la mirada, decidí repasar las ideas del pedagogo brasileño Paulo Freire. Fue un tiempo genial, porque en la preparación pude releer textos de este insigne pensador latinoamericano, junto a la lectura de otros que no había leído, sumado al diálogo con mis compañeros/as de trabajo.

Algunas personas me han pedido compartir estos materiales. Y lo haré señalando dos cosas: a) el diaporama no reporta todo lo planteado en el acto comunicativo del miércoles; y b) tiene muchas citas, amplias citas, porque tiene la finalidad de ser un material que dé pistas, orientando caminos en la lectura freiriana.

El diaporama se puede descargar haciendo clic aquí.

En medio de la presentación, vimos este vídeo, en el que Freire aporta su visión de la educación.