“¡Más familia, menos estado”. Mi lectura del eslogan.

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El denominado “bus de la libertad” ha traído una serie de reacciones en medios de prensa y en las redes sociales. Quisiera comenzar señalando que considero que mis hermanos en la fe, junto a otros sujetos, de los grupos denominados, a veces peyorativamente, como “pro-familia”, están en todo su derecho de hacerlo, ya sea en sus lugares de reunión, en las calles de las ciudades del país o en instituciones en las que se discutan estos temas. La libertad de expresión debe no sólo garantizarse sino defenderse, por más que se esté en desacuerdo de las ideas expresada, teniendo como única consideración de censura, cuando éstas atentan contra el estado de derecho o cuando en el marco de la expresión de ideas se expresan actos de violencia física o de maltrato verbal de sesgo intolerante real. Digo esto, porque he visto mucha victimización, y ésta poco ayuda a la hora de entablar diálogo y discusión en la sociedad y, en mi opinión, ambos sectores en pugna respecto de este tema, han recurrido a este discurso que emociona y/o causa escozor en quien lo ve. Ni el bus, como performance comunicativa, ni las declaraciones de las élites de los movimientos LGBTI son “incitaciones a la violencia”. Las palabras duras no rompen huesos. Lo realmente violento es acallar una voz que legítimamente puede expresarse en la sociedad, acudiendo a la prepotencia de decir “estoy del lado de la ciencia y por ello de la verdad”.

Dicho eso, quiero pasar al eslogan en cuestión. Me lo he topado en los noticieros, en el inicio del Facebook, y hoy, en una calle de Santiago, cuando me topé con el momento final de la marcha de los grupos que defendían la acción simbólico-comunicacional del “bus de la libertad”. “¡Más familia, menos estado!”, así, con signos de exclamación, porque es un grito de lucha. Grito que obnubila la mirada con una media verdad. Explicaré por qué.

Me parece que la lucha por “más familia” es un principio conducente con el mandato social expresado en la Biblia desde el Génesis en adelante. Una familia activa, vital, centrada en la búsqueda de la gloria de Cristo, campo de misión y desarrollo de todas las posibilidades de expresión con las que hemos sido dotados por el Creador. Familia como lugar de discipulado: caminata de padre, madre e hijos e hijas que siguen a Jesús. Lugar de relación, cercanía, amor, crecimiento, maduración. Más familia, sí. Pero de verdad, no mero panfleto. Porque es súper fácil decir “más familia” cuando no se participa en nada de la educación de los hijos, de su crianza, de su discipulado. Es súper fácil decir “no tocas a mis hijos”, cuando ni siquiera tú los tocas, siendo sólo alguien que ha procreado sin ser padre o madre. Un padre y una madre que viven la fe de Jesús entienden que deben ser activos en la educación de sus vástagos sin tercerizar su labor, ya sea en la escuela o en la iglesia.

“Menos estado”. ¿Por qué? Una de las cosas que más me llamó la atención de la marcha con la que me encontré, fueron la cantidad de pancartas y consignas que hablaban desde la “ciencia” y contra la “ideología” (¡…!), cómo si la ciencia estuviera libre y aséptica de presupuestos. De hecho, los grupos LGBTI también se arrogan el habla desde la ciencia y contra la fe. Graciosa similitud, si se quiere, pero en lo que a mí me toca, como protestante, me parece un pensamiento no sólo complejo, sino riesgoso, por lo menos desde el punto de vista comunicacional, toda vez que no hay ningún argumento fuera del campo ideológico que permita decir “menos estado”. La negación de un estado totalitario o de un estado visto como el papá que actúa por una masa se condice con los principios del cristianismo. Vaya un no rotundo a la “estadolatría”. Pero vaya también un no rotundo a la “estadofobia”. “Menos estado” es producto de la “estadofobia” que emerge del pensamiento liberal y no de la Escritura. Si bien es cierto, la Biblia no nos muestra un sistema político acabado por el cual jugarse en su implantación en la sociedad, si nos brinda principios de acción, entre los cuales aparece claramente la autoridad del magistrado civil a la hora de trabajar por el bienestar de la ciudad. En ese sentido, puede que hoy no nos gusten ciertos proyectos de ley relacionados con la familia, pero un estado activo ha permitido la concreción de leyes como la de matrimonio civil, o las que sancionan la violencia intrafamiliar. ¿Te imaginas que ocurriría con “menos estado” frente a una mujer golpeada y llevada a la muerte dentro de un hogar? ¿Nadie debe meterse con la familia? La ideología del “menos estado” se sustenta en las ideas secularizadoras que piensan que el humano es bueno por naturaleza y que en ese marco está dotado de ejercer libertad individual, no comunitaria, sin tener que rendir cuentas a nadie.

Concluyendo: creo que el derecho preferente a la educación de los niños/as es de padres, madres o tutores asignados; creo que dicho derecho genera el deber constante de vivir junto a los hijos/as esforzándose en su educación; creo que el estado no debe coartar la libertad de acción y pensamiento de las familias que educan a sus hijos en una determinada fe; y creo que el estado tiene deberes a la hora de garantizar, por ejemplo el derecho universal a la educación, en los que la escuela cumple un papel, y también en la regulación social que debilita la aparición de sectas que dañan la vida de las personas.

Más familia entonces, con educación desde la casa, reforzada en la escuela con los conocimientos por área de saber y en la iglesia, para los cristianos, respecto de la fe, junto con un estado que garantiza y promociona derechos y al que se le regula desde la ciudadanía con participación democrática activa y constante.

Luis Pino Moyano.

Mis lunes con Violeta Parra.

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El año 2013 comencé una aventura en el Colegio Andino Antuquelén llamada “Taller de Historia y Memoria”. Era una instancia optativa, dentro de diversas posibilidades que el colegio otorga para los miércoles en las tardes. Si bien es cierto, en dicho espacio educativo siempre he tenido la posibilidad de tensionar y criticar el currículum, este taller, me daba la posibilidad de crear en el diálogo con estudiantes, en este caso, desde la disciplina historiográfica. La idea era producir un rescate de la historia y las memorias de Chile y América Latina en el pasado reciente, en el período que Eduardo Devés llamó “todo es política” (desde la década de los sesenta), a partir de fuentes diversas. Desde el 2016, por mi trabajo en la iglesia, ocupo el lunes, mi día libre para continuar con este espacio dialógico.

¿Qué tiene que ver lo anterior con el título del post? Todo, particularmente este año. Pues en el marco de las conmemoraciones del centenario del natalicio de Violeta Parra me decidí a hacer un giro del taller, ocupando la experiencia vital y la obra de esta mayúscula artista como la base y el sustrato del taller que piensa nuestro pasado reciente. Y elegí a Violeta Parra por varias razones. Por su música sencilla y sin grandes aspavientos que dejan artefactos bonitos, pero sin “enjundia” en el decir popular. Elegí a Violeta por su rupturismo con el folklore tradicionalista, ese que le cantaba a la bandera, el huaso y la cordillera, en el marco idealizado de una realidad en la que todo eso, y más, tiene múltiples rostros, y no sólo la belleza de la representación uniforme. Violeta cantó de las experiencias de gente de carne y hueso, miró sus realidades, empatizó con ellas, cosa que no costó porque Violeta procedía del mismo lugar. Mucho se discute en los círculos de las ciencias sociales acerca de la posibilidad de habla del subalterno, pues bien, Violeta Parra precisamente hizo hablar al subalterno no sólo al retratar su vida, en la alegría, el sufrimiento, el trabajo y la lucha vital que ellos encarnaban, sino también, al rescatar canciones en una amplia recopilación que dio permanencia a voces que habrían sido sepultadas junto a los cuerpos de tantos cantores de esta tierra.

Elegí a Violeta por sus letras comprometidas con la historia y su tiempo, canciones que no sólo son “de protesta” como cierto rótulo mercantil y cooptador quiso darle al género, sino canciones que acompañan la vida de la gente más sencilla. Sus descripciones tan acertadas respecto de la realidad del país, en el que la “larga duración” de los actos de poder de los menos que domina y constriñe a los más nos persigue, sumado a la fuerza de los clásicos da vigencia a su mirar, generando utillaje pedagógico en la caja de herramientas del saber y, también, una reserva teórica y conceptual para nuevos análisis. De hecho, en este caso se hace cada vez más manifiesta la perversión que desliga los contenidos del área de lenguaje con la de historia en la educación chilena, imposibilitando el aprendizaje que liga y construye puentes. Aunque, el deber de subvertir aquello está a la orden del día.

Elegí a Violeta porque sus letras de amor y risa celebran apasionadamente el acto bello del encuentro de otros que se unen en un yo, como a su vez, en el caso de su lírica desgarrada posee letras que vomitan rabia y dolor frente al cual no se puede quedar impávido. Por eso es que ocupé el concepto de artista, pues reducirla a cantante o poeta habría anquilosado la mirada. La expresión musical de Violeta es multisensorial apelando a la razón y al sentimiento. Violeta Parra es una “romántica de la noche”, marcada por un ejercicio activo de la voluntad que se expresa desde el fuego vital que empodera su habla como nuestra escucha. Si bien es cierto, su música no era rockera, sus letras lo eran: allí están “El gavilán”, “¿Qué dirá el santo padre?”, “Miren como sonríen” y, por supuesto y entre tantas otras, “Maldigo del alto cielo”, sumado al acto de llamar “Las últimas composiciones de Violeta Parra” al que fue de facto su último disco. Violeta no sólo es antecedente necesario a la hora de analizar la Nueva Canción Chilena, sino otras expresiones musicales, incluso a las que traspasaron la escena artística en el marco dictatorial.

Violeta Parra, la cantante desvalorada en su época y en muchos casos reducida  y caricaturizada como la mujer cantora de “Gracias a la vida” que después se suicidó (como si dicho acto de dolor fuese sólo marcado por la cobardía y la frustración), debe ser rescatada más allá de su centenario. Debe ser leída, escuchada y disfrutada no sólo por el pasado, sino para el presente, por nuestro presente. Podríamos decir con su hermano Nicanor “Cántame una canción inolvidable / Una canción que no termine nunca / Una canción no más / una canción / es lo que pido. / Que te cuesta mujer árbol florido / Álzate en cuerpo y alma del sepulcro / Y haz estallar las piedras con tu voz/ Violeta Parra” (en “Defensa de Violeta Parra”).

Por mi parte, valoro la compañía literaria y musical de Violeta Parra, y no sólo los lunes, sino en mis días, porque ella es la que con la habilidad de la mejor de las profesoras me ha enseñado que “Lo que puede el sentimiento / no lo ha podido el saber / ni el más claro proceder / ni el más ancho pensamiento. / Todo lo cambia el momento / cual mago condescendiente, / nos aleja dulcemente / de rencores y violencias. / Solo el amor con su ciencia / nos vuelve tan inocentes”. La inocencia, frente a los monstruos levantados por la razón moderna, no sólo es desafío… es también, vital.

Luis Pino Moyano.

Un libro de sexo y una sobre-reacción “evangélica”.

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Hace un par de semanas, por iniciativa de la Municipalidad de Santiago, fue publicado el libro “100 preguntas sobre sexualidad adolescente”, el que tiene como finalidad fortalecer los programas de educación sexual de los colegios municipales de dicha comuna. Las reacciones no se hicieron esperar, algunas bastante destempladas, por decir lo menos. Ojo, mi post no apunta a criticar la posibilidad de reaccionar. Es parte de nuestra vida de fe en el mundo que nos toca vivir reaccionar a los estímulos que nos presenta la cultura imperante. Pero una cosa es reaccionar, y otra cosa es ser “reaccionario”. La fe evangélica no es meramente reaccionaria. La fe evangélica es viva, propositiva, proyectiva. Reacciona frente a la ofensa, la distorsión y la perversión; pero, a la vez, piensa su fe, vive lo que cree y confiesa, y actúa glorificando a Dios y extendiendo su Reino.

 ¿Por qué hablo de sobre-reacción?

  • Porque los creyentes tenemos (o debiésemos tener) clara la cosmovisión bíblica respecto de la familia.

La Biblia nos muestra de manera muy clara qué es la familia y cuál es su misión. Y sí: nos habla de la heterosexualidad del esposo y la esposa, nos habla de la monogamia y su exclusivismo (“dejará el hombre a su padre y su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne”), nos habla de la sexualidad como fuente de placer y procreación, nos habla de la crianza de hijos y de roles que todos debemos cumplir. Pero por sobre todas las cosas, la Biblia nos habla de que la familia no es base de nada, porque sólo Cristo es la roca. Y, por ende, la misión no es la exaltación de los sujetos que la componen, sino que es la gloria de Dios y la extensión de su Reino.

Ahora bien, dicha cosmovisión bíblica prepondera en la iglesia, y no necesariamente en los no-creyentes. Si hay algo que nos une y diferencia entre todos los sujetos, es que cada cual tiene un lugar de habla, una cosmovisión, que da significado y dota de sentido lo que se ve y se hace. En ese sentido, claramente nosotros los creyentes tenemos todo el derecho de expresar nuestras opiniones en el espacio público, aunque para el desprecio de algunos, éstas procedan de nuestro credo religioso. Pero también, debemos tener la clara noción de que no necesariamente influiremos con nuestra opinión en los no-creyentes, y que ellos tendrán sus propias visiones acordes a lo que creen y postulan.

Dos cosas para finalizar este punto: a) fíjense por favor en que dos veces insisto en un “no necesariamente”; y b) esto que parece ser un párrafo sólo para creyentes, en realidad lo es en primera instancia, pero lo es también para no-creyentes. Tú, que no eres creyente, también tienes tu cosmovisión, tus prejuicios en el sentido semántico de la expresión (y como, por ejemplo, Gadamer lo usa en su “Verdad y método”), que no necesariamente tienen correlato con una ciencia de corte naturalista, sino que, también, son objetos de fe. ¿Qué obstaculiza tu diálogo con un creyente?

  • Porque el libro no promueve en ningún momento una determinada práctica sexual.

Las primeras cosas que vi con respecto al libro fue la idea de que el libro promovería la práctica del sexo anal. Quiero ser muy honesto. Cuando leí el libro, traté de usar una hermenéutica empática con mis hermanos de fe. Traté de ponerme en su lugar. Pero en ningún momento el libro promociona dicha práctica. Dos razones que puedo dar: la primera, específica a esa temática, es que de la misma manera que el libro señala la existencia de dicha forma de relación sexual, plantea la posibilidad de contraer enfermedades de transmisión sexual. Es decir, se plantea la existencia y el riesgo. Y, en segundo lugar, porque el libro provee respuestas a preguntas de adolescentes de los colegios municipales. Trece jóvenes, de diez colegios municipales de Santiago, participaron en la puesta en común de preguntas de sus propios compañeros.

Padre cristiano, ¿tú crees que tus hijos o hijas no hacen este tipo de preguntas? ¿Estás seguro que puedes controlar todo lo que pasa por la cabeza y el corazón de tu hijo/a? ¿Crees que la historia contada en la película “Joven y alocada” es una excepción a lo que ocurre en la cotidianidad de jóvenes evangélicos? Por mucho tiempo he trabajado con jóvenes cristianos, y por un tiempo trabajé con adolescentes y jóvenes haciéndoles clases, y estas y otras preguntas surgían de ellos. Me referiré en el próximo punto sobre la educación sexual, pero antes de eso quisiera proponer lo siguiente: reacciona al libro “100 preguntas sobre sexualidad adolescente”, léelo, estúdialo comparativamente con otros materiales, y dialoga con tu hijo basado en tu cosmovisión cristiana, asumiendo lo que haya que asumir, transformando lo que haya que transformar, y rechazando lo que se tenga que rechazar. Actúa desde una posición contracultural que no ve el libro y otros recursos como enemigos, sino como posibilidades de compartir una mirada de la sexualidad desde la fe cristiana.

  • Porque me parece que la idea de la educación sexual dentro del hogar, tanto en las familias como en las iglesias, en la generalidad, no es más que un bello sueño.

Es sumamente fácil en la reacción al libro, protestar diciendo “¡La educación le corresponde a los padres y las madres, dentro del núcleo familiar!”. Y yo concuerdo con eso. Concuerdo en que no hay que tercerizar la educación ni a la iglesia ni a los colegios. La Biblia habla del padre de familia como quien toma a sus hijos, como si fueran flechas en manos de un sujeto diestro con el arco, direccionando a sus hijos en un camino recto. Claramente la educación es responsabilidad de la familia. Pero, ¿cuántos padres y madres dentro de los hogares cristianos educan con respecto a la sexualidad a sus hijos? ¿Sus hijos tienen otra alternativa que ir a sus profesores o a sus pares a preguntar sobre el tema? ¿Cuántas preguntas son respondidas sin evasivas, vergüenza y con fundamentos sólidos? ¿A qué edad esperas enseñar a tu hijo/a sobre la temática?

Dentro de mi vida en la iglesia (me congrego desde los 6 años, hoy tengo 34 años), una de las cosas más dolorosas que me ha tocado ver es cómo jóvenes creyentes chocan con el embarazo precoz, precisamente, por falta de una educación sexual sana, fundada en la Biblia y en las verdades que dicen las ciencias que abordan este asunto. Y sobre todo, pienso en las chicas que viven esta experiencia, pues en una sociedad en la que impera el machismo, a ellas se les ha hecho mucho más difícil vivir con un bebé. Reitero la pregunta: ¿cuántos padres y madres dentro de los hogares cristianos educan con respecto a la sexualidad a sus hijos? Pero sumo otras dos: ¿cuántas iglesias tienen dentro de sus planes y programas educar sobre la sexualidad, desde principios, pero también respondiendo sin tabúes a las preguntas honestas que adolescentes y jóvenes tienen? ¿Cuántas editoriales cristianas han invitado a expertos en la Biblia y a diseñadores gráficos para generar libros fáciles de leer y atractivos visualmente, como el “100 preguntas sobre sexualidad adolescente”? Lamentablemente, el grito de “¡nosotros somos los que educamos!” no se queda más que en panfleto lindo pero irreal.

¿Cuál es la invitación?

  • Reaccionar contraculturalmente;
  • pensar y vivir de acuerdo a la fe, en este caso en lo referido a la sexualidad;
  • dejar de ser minoría que se victimiza buscando enemigos por doquier;
  • pasar, de una vez por todas, de lo dicho a lo que se hace concretamente.

Luis Pino Moyano.


Algunas de estas cosas las conversé previamente con mi amigo Jano Molina, quien influyó en algunas de estas reflexiones, pero a quien libero, obviamente, de la responsabilidad de estas letras.

Breves palabras sobre “Historia de un Oso”.

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No quise publicar nada sobre “Historia de un Oso”, luego de ganar el premio Oscar, el primero para una producción cien por ciento chilena. ¿Por qué? Simplemente porque no la había visto. Eso, hasta hace un rato atrás, en que junto a Miguel y Sophía vimos este conmovedor cortometraje, evocador de un pasado que no sólo sigue estando presente sino que nos pesa. Con una sutil simpleza nos muestra la historia del desarraigo físico que no pudo significar desarraigo emocional. Dicha representación fílmica debe ser ocupada en la sala de clases para recordar-reflexionando, así como en los hogares chilenos sin distinción.

 Emocionante como, a su vez, la realidad sigue superando la ficción. Hoy, los ganadores del Oscar fueron invitados al Palacio de La Moneda por la presidenta de la república, junto al oso de verdad, don Leopoldo Osorio, quien fuera Regidor de la Comuna de Maipú y secretario de Salvador Allende, quien no quiso asistir. Dijo: “Hoy me llamaron desde La Moneda para que a las 18:00 fuera a acompañar a Gabriel y su equipo, pero no quiero volver ahí porque es un lugar muy triste”, para luego señalar: “volvería a ir a La Moneda cuando cambie la Constitución, cuando no esté la que creó Pinochet”. Ojalá se ponga fin al espectáculo circense, en la cara metáfora fílmica, que tanto daño ha hecho a este país.

 Merecido reconocimiento.

Luis Pino Moyano.

El aporte de Paulo Freire a la Pedagogía Crítica.

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El miércoles 23 de diciembre de este año, realicé mi último trabajo formal para el Colegio Andino Antuquelén, como parte del equipo docente. Esto en el marco de una serie de talleres de autoformación que se harán, en pos de una reapropiación y fortalecimiento del proyecto educativo institucional. A mi me correspondió hablar de pedagogía crítica, y para acotar la mirada, decidí repasar las ideas del pedagogo brasileño Paulo Freire. Fue un tiempo genial, porque en la preparación pude releer textos de este insigne pensador latinoamericano, junto a la lectura de otros que no había leído, sumado al diálogo con mis compañeros/as de trabajo.

Algunas personas me han pedido compartir estos materiales. Y lo haré señalando dos cosas: a) el diaporama no reporta todo lo planteado en el acto comunicativo del miércoles; y b) tiene muchas citas, amplias citas, porque tiene la finalidad de ser un material que dé pistas, orientando caminos en la lectura freiriana.

El diaporama se puede descargar haciendo clic aquí.

En medio de la presentación, vimos este vídeo, en el que Freire aporta su visión de la educación.

Una lágrima por Galeano.

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Puede parecer exagerado, pero así fue. Iba manejando camino al trabajo cuando me enteré de la noticia: “-hoy, 13 de abril de 2015, ha muerto el escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano, a los 74 años de edad”. Y me cayó una lágrima, sobrecogido por la noticia de la muerte de alguien a quien sólo conocí por sus letras y decires. Recordé que algo similar me pasó cuando murió Benedetti, otro uruguayo-latinoamericano entrañable. Y es que esa es la palabra, entrañable. Galeano no produjo, meramente, herramientas académicas. Sus libros nos hablaron de algo que conocíamos bien, que sufríamos, que soñábamos. Nos habló de ese pasado que nos sigue pesando, de realidades sangrantes como aquellas “venas abiertas” que no han cicatrizado ni menos curado, y de un horizonte que nos parece lejano y dificultoso, pero que seguimos soñando y hacia el cual caminamos. Su producción no es resentida, como dicen algunos comentaristas de redes sociales que ni siquiera leyeron un párrafo, sino sendero del mañana mejor de los hasta hoy desharrapados del mundo.

 Galeano, el periodista que no fue obsecuente y que contó realidades sin cortoplacismos y con bastante lectura de por medio (¡otro periodismo es posible!). El escritor que hacía avanzar sus letras con la misma cadencia de su habla reposada, serena, segura. El narrador que nos habló de pasados sin los clichés del gremio historiador y con mayor fuerza y relevancia, con mayor claridad de su literatura dialécticamente histórica y novelada. El pensador que recogió lo mejor que produjo las ciencias sociales de nuestro continente: la teoría de la dependencia, aquella que nos hizo ver-recordar que el capitalismo no es simplemente mercado e iniciativa privada, sino que además, y por sobre todo, un sistema de acumulación, de empoderamiento de los menos, de racionalización disciplinante, de opresión y de explotación, de anulación del otro en el que nunca hay reconocimiento, como esa figura metafórica del “ladrillo que cae sobre un charquito” y que se releva en que el bienestar de una clase no puede confundirse con el de todo un país. Porque el subdesarrollo no es simple falta de desarrollo, como aparentemente se nos define (como lo hizo la CEPAL, por ejemplo, en los años cincuenta del siglo pasado), sino que es dependencia de un centro que irradia y perpetúa su dominación hacia una periferia. Aquello que es sintetizado en el mapa diseñado a 501 años de la llegada del hombre blanco a estas tierras, ese instrumento aparentemente neutro, pero que nos muestra cabeza abajo. Las palabras de Galeano decían al pie de dicha carta geográfica:

 Hasta el mapa miente. Aprendemos la geografía del mundo en un mapa que no muestra al mundo tal cual es, sino como sus dueños mandan que sea. En el planisferio tradicional, el que se usa en las escuelas y en todas partes, el Ecuador no está en el centro, el norte ocupa dos tercios y el sur, uno. América Latina abarca en el mapamundi menos espacio que Europa y mucho menos que la suma de Estados Unidos y Canadá, cuando en realidad América Latina es dos veces más grande que Europa y bastante mayor que Estados Unidos y Canadá. El mapa, que nos achica, simboliza todo lo demás. Geografía robada, economía saqueada, historia falsificada, usurpación cotidiana de la realidad: el llamado Tercer Mundo, habitado por gentes de tercera, abarca menos, come menos, recuerda menos, vive menos, dice menos.

 Pero Galeano no es el tipo del llanto ni del masoquismo autoflagelante de cierta izquierda. Por el contrario, es el que rescata a sujetos que perviven en la memoria de nuestros pueblos (como el Allende de “El nombre encontrado”), y otros que fueron silenciados hasta el olvido, los nadies. Sin dejar de mencionar a derrotados y a los análisis forzados (tampoco hay autocomplacencia), Galeano es el que nos habla de sueños, esperanzas, proyectos históricos, actos que subvierten esta realidad perversa, de actos de asociatividad expresados en abrazos, en regresos al corazón (el recuerdo en su significado literal), en resistencias que se expresan, por ejemplo, en el fútbol que no es sólo instrumento-opio (la foto no fue casual, refiere a uno de los referentes más importantes del fútbol uruguayo: Obdulio Varela, capitán de la celeste campeona en Brasil ’50), sino alternativamente espacio de libertad y rebelde amistad. Es verba fértil que liga lo indisociable: historia, memoria (que es como el fuego) y política, que no son lo mismo, pero que caminan juntas. Y que, como la utopía, nos sigue haciendo caminar y encontrar. Aquello que hace recordar sus palabras finales en la conclusión de siete años después de la primera publicación de Las venas abiertas de América Latina, siete cortos años pero tan llenos de larga duración, que cambiaron tanto para que todo siguiera igual (fines de 1970 a abril de 1978):

 El subdesarrollo de América Latina proviene del desarrollo ajeno y continúa alimentándolo. Impotente por su función de servidumbre internacional, moribundo desde que nació, el sistema tiene pies de barro. Se postula a sí mismo como destino y quisiera confundirse con la eternidad. Toda memoria es subversiva, porque es diferente, y también todo proyecto de futuro. Se obliga al zombi a comer sin sal: la sal, peligrosa, podría despertarlo. El sistema encuentra su paradigma en la inmutable sociedad de las hormigas. Por eso se lleva mal con la historia de los hombres, por lo mucho que cambia. Y porque en la historia de los hombres cada acto de destrucción encuentra su respuesta, tarde o temprano, en un acto de creación.

 Por eso ha sido, y es, referencia y lectura obligada en las clases y en la conversación amical. Por eso la lágrima de hoy, por tanto aprendizaje significativo, del real, concreto, experienciable y memorizable.

 Por lo mismo, no se puede terminar sin un ¡hasta siempre! Y, desde luego, ¡hasta la victoria!

 Luis Pino Moyano.

Descargar libros de Eduardo Galeano.

El mapa referido en el post...

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