La teología es para la doxología.

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Luis Pino Moyano[1].

* Publicado originalmente en Cantemos el Evangelio.

A comienzos de la década del 2000 iba rumbo a mi casa en un microbús, luego de una jornada laboral ardua, y viendo por la ventana me encontré con una muy humilde librería que tenía en su mostrador un ejemplar de un libro que hace un tiempo buscaba: Teología concisa, del teólogo anglicano J. I. Packer. Me paré de un sopetón, toqué el timbre, crucé la calle y compré el libro. Tomé otro microbús y me fui a casa. Mientras viajaba comencé a leer y en el prefacio, en la segunda página del libro, me encontré con una de las declaraciones más bellas y contundentes que he leído de la pluma de un teólogo. El impacto fue inmediato. Y la memoria, desde ese día, comenzó su trabajo de discernimiento de la realidad. Packer dijo: “Tal como les digo con frecuencia a mis estudiantes, la teología es para la doxología y la consagración; esto es para alabar a Dios y practicar la santidad. Por consiguiente, se la debe presentar de tal forma que nos haga conscientes de la presencia divina. La teología se halla en su momento más sano cuando se halla conscientemente bajo el ojo de Dios y cuando está cantando para su gloria”[2]. Analicemos lo dicho acá.

  1. La teología es para la doxología.

 Doxología, literalmente, significa palabra o discurso de gloria. A lo largo de la historia se aplicaba a la alabanza a la Trinidad. Cuando Packer hace su planteamiento nos vuela la cabeza, porque nos muestra a la teología con una finalidad bastante diferente a la que nosotros pensamos en la cotidianidad: la teología no es para agigantar nuestros cerebros de conocimiento memorable ni mucho menos para aparentar saber tanto que despreciamos a hermanos que carecerían de dicho saber; no, la teología es para la adoración, para alabar al Dios de la vida, conociendo lo que la Biblia nos dice acerca del ser de Dios, de su carácter santo, de sus atributos.

Entonces, no es verdadero conocimiento de Dios aquél que busca meros aprendizajes, o el aplauso de las personas, o los likes de Facebook. Conocer, bíblicamente, implica intimidad, cercanía, la que no es posible sin un acto de gracia de aquél que nos amó desde la eternidad. Cuando conocemos a Dios reconocemos que Él es eterno, grande, impecable, todopoderoso, omnisciente, omnipresente, mientras que nosotros somos finitos, pequeños, pecables, débiles, con capacidades físicas y cognitivas limitadas. Frente a dicha realidad, no queda otra alternativa que alzar las manos al cielo y adorar al Dios que vive y permanece para siempre. Pero, por si esto fuera poco, la revelación registrada en la Biblia por inspiración del Espíritu Santo es un acto de condescendencia tan grande, al nivel que Dios puso en su boca santa nuestras palabras. Moisés señaló: “El Señor nuestro Dios tiene secretos que nadie conoce. No se nos pedirá cuenta de ellos. Sin embargo, nosotros y nuestros hijos somos responsables por siempre de todo lo que se nos ha revelado, a fin de que obedezcamos todas las condiciones de estas instrucciones” (Deuteronomio 29:29 NTV). Ante ese Dios graciosamente condescendiente, no sólo hablamos, sino también callamos, rindiéndonos ante su presencia, alzando nuestras manos con alegría y sencillez de corazón.

Isaías 12 es uno de los muchos textos de la Biblia que nos habla sobre la adoración. Nos dice que debemos adorar a Dios, siendo Él la razón única verdadera, concreta y consistente de dicho acto. Nos señala los motivos: hemos sido salvados por Él y recibimos de su parte la fuerza necesaria para la vida. Releva que dicha adoración no está limitada por los momentos, por ende, no surge ni de la alegría ni de la tristeza, sino de la gracia de Dios que vive en nosotros y nos da alegría constante. Y el texto nos señala, también, quiénes adoran: el pueblo de Dios y todos los pueblos de la tierra. Esto quiere decir que la adoración bíblica siempre es comunal y es convocante. Respecto de esto último me parece pertinente citar al pastor John Piper cuando plantea que “Las misiones no son el objetivo último de la Iglesia. El objetivo último es la adoración. Las misiones existen porque no hay adoración. La adoración es el objetivo último, y no las misiones, porque Dios es la realidad última, no el Hombre. Cuando esta era se acabe, y los millones de redimidos se postren ante el trono de Dios, las misiones dejarán de existir. Es una necesidad temporal. Pero la adoración permanece para siempre”[3]. En síntesis, la adoración comunitaria del pueblo de Dios, particularmente en el culto estricto del día del Señor, es una celebración escatológica y misional, es anuncio de la esperanza bienaventurada y proclamación de la buena noticia de Jesucristo.

  1. ¿Y la práctica de la santidad?

 ¿Podría haber recortado esta parte porque el artículo habla de adoración? Sí. Claramente sí. Era cómodo para ti y para mí (habría escrito menos y tú habrías ocupado menos tiempo en leer). Ahora bien, no será una mirada amplia, sino una aplicada al acto de adorar.

La adoración es parte de la práctica de la santidad. Estamos Coram Deo, ante la faz del Dios tres veces santo, de quien no podemos jamás ocultarnos, en el que temor y amor se conjugan en el misterio de la gracia que nos hizo vivir de verdad. La adoración es parte de la práctica de la santidad, porque nos enseña a someternos tal y como nos dice el salmista: “Reconoced que Jehová es Dios; Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos; Pueblo suyo somos, y ovejas de su prado” (Salmo 100:3, RV 1960). La adoración surge del verdadero conocimiento, que al decir de Calvino procede del conocimiento de Dios y de nosotros mismos. No hay adoración cuando no nos reconocemos como criaturas, pueblo, ovejas, frente al único Dios verdadero y soberano sobre todo. La adoración es parte de la práctica de santidad porque nos invita a la honestidad delante de Dios. El profeta Isaías proclamó la palabra de Yahvé que dice: “Este pueblo dice que me pertenece; me honra con sus labios, pero su corazón está lejos de mí. Y la adoración que me dirige no es más que reglas humanas, aprendidas de memoria” (Isaías 29:13 NTV). Por muy melodiosas que sean nuestras voces (soy muy solidario conmigo en esto) eso no sirve de nada si lo que emana de ella no es el resultado de un corazón agradecido.

  1. Cantar para la gloria de Dios.

 En este punto quisiera centrarme en el canto comunitario del pueblo de Dios a la hora del culto, no por excluir a quienes se dedican a la producción e interpretación musical, sino simplemente porque éste se encuentra conectado con mis tareas en la iglesia. En el momento del culto es la iglesia la que canta, por ende, los equipos de adoración ayudan a dicha tarea dirigiendo. Esa dirección no es tomar el lugar de la congregación profesionalizando la expresión celebrativa del culto, sino una guía por medio de la enseñanza práctica del canto que se expresa con decencia y orden. A 500 años de la Reforma retomemos la fuerte convicción del canto congregacional como sello del culto protestante.

Por su parte, los cantos deben expresar lo que la Palabra de Dios dice. Los cantos son instrumentos que sirven a la Biblia en la producción y declaración de una teología sana. En dicha teología el conocimiento nunca está disociado de la emoción, pues como planteó el apóstol Pablo: Oraré en el espíritu y también oraré con palabras que entiendo. Cantaré en el espíritu y también cantaré con palabras que entiendo” (1ª Corintios 14:15, NTV). La disociación entre razón y emociones es propia de la modernidad humanista y secular. Somos seres integrales que no nos sacamos el cerebro a la hora de cultuar al Señor. Por esto, lo que se canta debe ser trabajado o estudiado, según el caso, a la luz de las Escrituras. Dietrich Bonhoeffer señaló en su Vida en comunidad que “El corazón canta porque está lleno de la presencia de Cristo. De ahí que, en la Iglesia, el canto sea un acto espiritual. Presupone sumisión a la palabra y a la comunidad, mucha humildad y una gran disciplina. Un cántico que no fuese cantado con el corazón no sería más que un himno horrible y confuso de autoalabanza humana. Cuando no se canta por Dios, se canta por uno mismo o por la música. Pero de esa forma el cántico nuevo degenera en un canto a los ídolos”[4]. Me gusta mucho el énfasis del pastor y teólogo alemán porque abre camino a una lectura confesional. Las confesiones de fe no sólo son declaraciones teológicas que se creen y afirman, sino que además, son marcos para la vida común: nos hacen estar de acuerdo, a lo menos, en una serie de puntos definidos. Los equipos de adoración no son independientes a la hora de definir lo que se canta en la congregación, debiendo fundamentar su elección en la Palabra de Dios, con la ayuda de la añosa sabiduría confesional. Se canta lo que se cree es un viejo principio que no debemos quitar en el afán de inventar la pólvora emergiendo a un devenir incierto.

Aquí surge una pregunta: ¿Hasta qué punto nuestro culto busca satisfacer nuestros gustos y emociones? Y ojo con esto, que con el boom de la teología reformada en América Latina hasta la “salmodia exclusiva” puede transformarse en objeto de consumo, pues el mercado da para todo. Debemos matar el espíritu de “culto para consumidores”. Ni la búsqueda de la creatividad, de lo inspirador, de lo motivacional y del constituirnos en sujetos agradables, reemplaza a la obediencia y a la fidelidad. El ejemplo de la salmodia exclusiva es valioso en este punto. Quiero dar mi opinión sin dogmatizar ni generalizar. Postulo que los salmos y otros textos bíblicos musicalizados ponen en nuestros labios con seguridad la Palabra de Dios. Pero eso no obsta, para que lo que cantemos en himnos y canciones, expresando lo que la Biblia dice, quede fuera del culto. Me juego, entonces, por una “salmodia preferente”. Ahora bien, frente a la problemática de cantar sólo salmos, yo me pregunto: ¿qué pasa si los salmos musicalizados suenan a rock, cueca o tonada, hip-hop y demás? ¿Los promotores de la salmodia exclusiva los aceptarían? ¿Hasta qué punto eso, en algunos casos, no es simplemente una práctica de consumo cúltico que busca resucitar expresiones del pasado como una moda?

Respecto del estilo musical empleado en el culto congregacional concuerdo con lo señalado por el pastor Ricardo Agreste que plantea que: “El estilo musical […] puede combinar diferentes elementos, mas siempre demostrando gran sensibilidad cultural con las personas a las cuales la comunidad es enviada. El factor más importante acá no es la preferencia de sus miembros, sino un estilo encarnacional que se desenvuelve a partir de la conciencia de una iglesia que adora misionalmente a Dios”[5]. Y aquí, nuevamente otras preguntas que invito a que te hagas: ¿Hasta qué punto nuestros cultos son una copia de la cultura anglosajona de ayer y hoy, o de las iglesias del Chile del siglo XIX, o de las iglesias madres o de las que colaboran en nuestro financiamiento? ¿Hasta qué punto son un viaje en una máquina del tiempo y el espacio, que produce bienestar sólo a los que han sido iniciados en un tipo de cultura? La sana teología, sin necesidad de transar con lo permanente, es siempre dialogante con la cultura y con los sujetos de hoy, creyentes o no.

Y aquí llegamos al punto central de la declaración, despejando las aristas que se nos presentan respecto del tema: El culto es para Dios, no para nosotros. Debe centrarse en Él, basarse en su Palabra, realizarse con pasión-fervor-y-excelencia. Dios es celoso, no comparte su gloria con nadie (Isaías 42:8). Cualquier obstáculo, por muy piadoso que parezca, si interfiere en la comunión con Dios, se transforma en un acto idolátrico. Dicho esto, es evidente que la adoración gozosa trae resultados consigo para el pueblo de Dios. El tema es que dichos resultados no son la finalidad, sino que existen por la adoración al trino Dios, y debemos alegrarnos por ello. En la adoración somos confrontados, transformados y liberados por quien tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas. Y ese acto redentivo trae felicidad a la comunidad fraterna en Jesús. Por eso, “¿Alguno está feliz? Que cante alabanzas” (Santiago 5:13, NTV).


[1] Esposo de Mónica, papá de Miguel y Sophía. Plantador de la Iglesia Refugio de Gracia (Maipú, Chile). Licenciado en Historia.

[2] Packer, James I. Teología Concisa. Una guía a las creencias del cristianismo histórico. Miami, Editorial Unilit, 1998, p. xi.

[3] John Piper. ¡Alégrense las naciones! La supremacía de Dios en las misiones. Barcelona, Editorial CLIE, 2007, p. 27.

[4] Dietrich Bonhoeffer. Vida en comunidad. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2014, pp. 58, 59.

[5] Ricardo Agreste. Igreja? Tô fora! São Paulo, Z3 Editora, 2015, p. 122. La traducción es mía.

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La liturgia en la plantación y la revitalización de iglesias.

El 24 de septiembre de 2016, en la 1ª Iglesia Presbiteriana de Santiago, se llevó a cabo el Encuentro Presbiterial Planta! 2016. En él se abordó el tema del culto en el contexto de la plantación y la revitalización de iglesias.

 En dicha instancia me correspondió realizar el taller de liturgia. Les comparto el vídeo y las diapositivas de la presentación, esperando que sean útiles en la reflexión de este tema.

 Puede descargar las diapositivas haciendo clic aquí.

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

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Jesús de Nazaret, un día como hoy, experimentó la cruenta muerte de la cruz, sacrificio que los romanos aplicaban para los insurgentes y para los esclavos. Por su parte, la ley de Moisés señalaba que era maldito todo aquél que era colgado en un madero (Deuteronomio 21:23; y citado por Pablo quien lo aplica a Jesús en Gálatas 3:13). Previo al momento de la cruz, Jesús sufrió una presión enorme en Getsemaní, a solas, mientras sus mejores amigos dormían, en la que en oración avizoraba que le tocaría beber una amarga copa, y que lo haría según la voluntad del Padre.

 Jesús es arrestado y sufre juicios injustos, en los que se les acusa de blasfemia, por hacerse igual a Dios, y ante el procurador romano, se le acusa de proclamarse rey, declaración abiertamente subversiva en la lógica imperial. Tanto a manos de los judíos como de los romanos, Jesús recibió burlas, palabras hirientes, golpes de puño, escupitajos y azotes con el horrendo flagrum romano. Se le colocó una corona de espinas. Y, a lo menos, se le obligó a cargar el poste horizontal de su cruz. El pesado travesaño, la sangre perdida, la noche en vela, la enorme presión emocional y espiritual, le llevó al desplome. Se le pidió a un hombre que pasaba por el camino que cargara su cruz. En el monte de la Calavera, el Gólgota, Jesús es crucificado. Clavos de tosco metal atravesaron sus muñecas o manos y sus pies, fijándole en la cruz. Algunos médicos en tiempos contemporáneos hablan del sufrimiento de la cruz: calambres, dolores de cabeza, problemas de respiración (la muerte común de los crucificados era por asfixia, la que era apresurada con la crurifractura, es decir, quebrándole las piernas a los torturados), pérdida de la conciencia momentánea. Jesús sufrió la burla de los maestros de la ley cómplices y testigos del ignominioso sacrificio, de la gente que pasaba por el camino y, al comienzo, de ambos malhechores a su lado. Jesús, tal y como dijo el profeta, fue herido y molido por nuestras rebeliones. Todo este sufrimiento y presión, Jesús lo experimentó como el humano que era, luego de ese profundo misterio de la encarnación.

 Pero el sufrimiento de la cruz no fue sólo físico y emocional. Lo fue también espiritual. Y dicho sufrimiento no sólo fue experimentado en su humanidad. Cristo no dejó de ser Dios al estar en la cruz. Él es eterno Dios, la segunda persona de la Trinidad. La lectura del evangelio nos lleva a adentrarnos en uno de los momentos más oscuros y terribles de la historia. El momento en que la danza eterna de Dios, como llamaban nuestros antiguos hermanos orientales a la relación intratrinitaria, se detuvo. Hubo un momento del sacrificio de Cristo en la cruz en que Dios, misteriosamente, y empleando lenguaje sencillo, dio vuelta la espalda a su Hijo amado. La Escritura dice:

 “Desde el mediodía, toda la tierra quedó sumida en oscuridad hasta las tres de la tarde. Hacia esa hora Jesús gritó con fuerza: -Elí, Elí, ¿lemá sabaqtaní?, es decir: ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’” (Mateo 27:45,46, La Palabra).

 En ese momento, Jesús padeció lo que nuestra teología llama la muerte espiritual, el descenso al infierno, como lo anuncia el Credo Apostólico. A Jesús no sólo lo puso en la cruz las autoridades religiosas judías, el pusilánime procurador Poncio Pilato, la soldadesca imperial… Dios Padre puso a su Hijo en la cruz. En ese momento, Jesús bebió la copa amarga de la ira de Dios en nuestro lugar. Fue en ese momento que Jesús recibió la paga del pecado en nuestro lugar. Fue en ese momento, en que el Mesías prometido cargó el pecado de todos nosotros. El santo, inocente, justo y misericordioso sumo sacerdote y cordero pascual, realizando el sacrificio único y perfecto por nuestra redención. Jesús sufrió el abandono del Padre para que quienes formamos parte del pueblo de Dios, por el puro afecto de su amor, jamás viviésemos dicho abandono. Fuimos absueltos de la muerte espiritual por medio de este sacrificio que satisfizo la justicia de Dios. Y no sólo eso: hoy hemos recibido vida abundante.

 Juan Calvino señaló respecto de este asunto:

 “Nada hubiera sucedido si Jesucristo hubiera muerto solamente de muerte corporal. Pero era necesario a la vez que sintiese en su alma el rigor del castigo de Dios, para oponerse a su ira y satisfacer a su justo juicio. Por lo cual convino también que combatiese con las fuerzas del infierno y que luchase a brazo partido con el horror de la muerte eterna. […] Por tanto, no debemos maravillarnos de que se diga que Jesucristo descendió a los infiernos, puesto que padeció la muerte con la que Dios suele castigar a los perversos en su justa cólera”[1].

 Por su parte, Sally Lloyd-Jones, en el que a mi gusto es el mejor libro de historias bíblicas, relata lo siguiente:

 “-Si eres en realidad el Hijo de Dios, ¡simplemente bájate de esa cruz! – decían.

Por supuesto, tenían razón. Jesús simplemente pudiera haberse bajado de la cruz. En realidad, pudiera haber simplemente dicho una palabra y todo se hubiera detenido. Como cuando sanó a la niña, o calmó la tempestad, o dio de comer a cinco mil personas.

Pero Jesús se quedó en la cruz.

Como ves, ellos no entendían. No fueron los clavos los que mantuvieron a Jesús en la cruz. Fue el amor.

– ¿Papá? – clamó Jesús, frenéticamente buscando en el cielo-. ¿Papá? ¿Dónde estás? ¡No me dejes!

Por primer vez, y por última vez, cuando él habló, nada sucedió. Hubo solo un horrible e interminable silencio. Dios no respondió. Le dio la espalda a su muchacho.

Las lágrimas corrieron por el rostro de Jesús, el rostro de aquel que limpiaría toda lágrima de todo ojo”[2].

 Amor. Eterno y perfecto amor…

 Lo más maravilloso, es que el relato del evangelio no sólo tiene un alcance teológico respecto de nuestra salvación, sino un contenido pastoral potente. Jesús, estando en la cruz, oró las palabras del Salmo 22 “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. En esto, Jesús también nos sustituyó. Él realizó esta oración angustiosa (una lectio divina en el pleno sentido de la expresión), hecha con un fuerte grito, también sustituyéndonos en ella. ¿Estás pasando momentos de adversidad? ¿Crees que estás solo? ¿Estás experimentando el desamor, el desaliento, la traición, la falta de esperanza, el quiebre de relaciones significativas? ¿Vives lo que Martyn Lloyd-Jones llamó “depresión espiritual”? Quiero darte una buena noticia que espero llegue al desierto de tu vida: jamás podrás hacer esta misma oración. ¡Jamás podrás decir y orar “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” porque Jesús ya vivió eso por ti y por mi en la cruz ignominiosa! Cristo experimentó la soledad y el desamparo de Dios para que tú y yo no lo viviéramos. En la dureza de la vida, no estás solo. Podemos recordar con gozo las palabras proclamadas por el profeta:

 “¿Se olvida una madre de su criatura,

deja de amar al hijo de sus entrañas?

Pues aunque una madre se olvidara,

yo jamás me olvidaré.

Aquí estás, tatuada en mis palmas,

tengo siempre a la vista tus murallas”.

(Isaías 49:15,16, La Palabra).

 Sí, amor. Eterno y perfecto amor…

 Luis Pino Moyano.


[1] Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana. Libro II, Capítulo XVI, Punto 10. Rijswik, Fundación Editorial de Literatura Reformada, 2006, p. 382.

[2] Sally Lloyd-Jones. Historias bíblicas de Jesús para niños. Miami, Editorial Vida, 2012, p. 304.

¿Existe una “ortodoxia muerta”?

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Vengo masticando esta pregunta desde el culto de clausura del año académico del Seminario Teológico Presbiteriano, en diciembre pasado, cuando el pastor Oswaldo Fernández, refiriendo a consejos de Pablo a Timoteo mostró dos características de la doctrina: que es sana y es buena. Insisto en esto: no es que la sana doctrina pueda no ser buena, y viceversa, sino que son características indivorciables de una misma doctrina, que emana y se sustenta en la Palabra de Dios. Después de la escucha de ese sermón, no he dejado de darle vueltas a dicha proposición. La doctrina sólidamente correcta debe estar siempre acompañada de su fruto, léase, una vida conforme a la ética bíblica, es decir, sujetos marcados por la santidad producida por el Espíritu, por el cual presentamos sacrificios que agradan a Dios (véase Romanos 12:1,2 y Hebreos 13:15,16[1]).

 Es lo anteriormente dicho que origina la pregunta por la existencia de una ortodoxia muerta. He leído varios posts de amigos que refieren a aquello. Lo he escuchado y leído en libros de los más eminentes autores. Lo he pensado por años respecto del riesgo de disociar estudios teológicos y espiritualidad, aferrándome a una idea de características separadas que vienen a complementarse. No basta con teología buena, sino hay que desarrollar una fértil espiritualidad. Y, bueno, al revés también. La ausencia de complemento llevaría al error, al camino de la insolencia y la temeridad. Y, en verdad, me arrepiento de esa mirada que no hace justicia a la doctrina que nace de la Palabra viva y verdadera.

 Estoy peleando duramente con la idea que dice que existe una ortodoxia muerta. ¡No existe ortodoxia muerta! Si hay conocimiento bíblico, si hay sana doctrina, ese sano conocimiento doctrinal nos conducirá por la senda de la justicia, y no por el pecado. Y si incursionamos en el pecado, esa sana doctrina, porque es buena, nos llevará al arrepentimiento, y no a la justificación ni al encubrimiento de nuestro pecado, ni mucho menos a la tibieza vomitiva del “-perdón, pero…” que relativiza la ofensa.

 La ortodoxia no es sólo un acto teórico que se ve reflejado por la pronunciación de ciertos enunciados teológicos y confesionales, sino además, un acto de espiritualidad adoradora del Dios de la vida. No puede ser ortodoxia aquello que declara con su boca que “la Biblia es la única y suficiente regla de fe y práctica”, si dicho principio no se aterriza a la vida, haciendo que la normatividad de la Palabra sea sólo un acto fingido de labios hacia fuera, pues ella no gobierna nuestros pensamientos y acciones. Y lo que es peor, si se afirma que la Palabra es inspirada por Dios, esa doctrina, que no puede ser ortodoxia, no reconoce a Dios en su soberanía. Si gobernamos nuestras vidas, Dios es relegado de nuestro ser, no es reconocido Rey y Señor.

 Como señalaría Calvino: “porque la ‘doctrina’ no será consistente con ‘la piedad’, si no nos instruye en el temor y reverencia a Dios, si no edifica nuestra fe, si no nos entrena en la paciencia, la humildad y en todos los deberes de ese amor que debemos a nuestros prójimos. Por consiguiente, cualquiera que no se esfuerce por enseñar provechosamente, no enseña como debería enseñar; y no sólo eso, sino que la doctrina no es piadosa, ni sana, no importa cual sea su brillantez u ostentación, si no tiene como fin el provecho de los oyentes”[2].

 Dios nos ayude a encaminarnos por la verdadera ortodoxia: por la doctrina sana y buena.

Luis Pino Moyano.


[1] “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Romanos 12:1,2);
“Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre. Y de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios” (Hebreos 13:15-16).

[2] Juan Calvino. Comentario a las Epístolas Pastorales. Grand Rapids, Libros Desafío, 2005, p. 181. Calvino está comentando acá 1ª Timoteo 6:3.

Dios nos reforma para buscar la santidad.

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Los días 20 al 23 de enero de 2017, se realizó en la Granja Presbiteriana en El Tabo, el Retiro del Departamento de Jóvenes del Presbiterio Centro de la Iglesia Presbiteriana de Chile. Durante esos días estuvimos analizando el texto de Colosenses 1:13-23 bajo la siguiente parcelación:

vv. 13,14: Dios nos reforma por la obra consumada de Cristo.

vv. 15-17: Dios reforma nuestra visión del mundo y de la vida (¡Cristo es Señor sobre todo!).

vv. 18-20: Dios nos reforma haciéndonos parte de la iglesia (no hay cristianismo sin comunidad).

vv. 21,22. Dios nos reforma para buscar la santidad.

v. 23. Dios nos reforma para que anunciemos el evangelio.

En síntesis, vemos el señorío de Cristo en la creación y en la iglesia. Una de sus manifestaciones es el poder reformador de Dios. A mí me correspondió hablar de los versículos 21 y 22 en la predicación de la mañana del domingo en la Iglesia Mar de Gracia. Allí relevamos el hecho de que Cristo ha reconciliado a los suyos con Dios (el verbo en pasado no es casual: esa obra ya ha sido aplicada). Por ende, al ser reconciliados, debemos vivir de acuerdo a esa renovación total de nuestra vida. Un reconciliado no vive inmerso en el pecado, vive como hijo adoptado por pura gracia por el Dios vivo y real. La propuesta del sermón fue ver lo que nosotros hacíamos, lo que Cristo hizo por nosotros y lo que nosotros tenemos que hacer.

A quienes estén interesados en este tema, les comparto el diaporama de dicha ocasión, el cual pueden descargar haciendo clic aquí.

Culto del domingo 22 de enero de 2017, en la Iglesia Mar de Gracia.

Jóvenes asistentes al Retiro Metanoia 2

Jóvenes asistentes al Retiro Metanoia 2 “Semper Reformanda”.

Ha sido un tremendo honor y bendición compartir con los jóvenes durante estos dos períodos de trabajo, en la tarea de asesor. El aprendizaje y la comunicación de las enseñanzas de la Palabra bullen al calor de la comunidad. La fuerza vital de los jóvenes hace del cansancio algo grato. Dios ha sido bueno y fiel.

María: una discípula radical del Redentor.

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No es una mujer que pase desapercibida. Unos la adoran y/o veneran de manera extrema (hiperdulía). Otros la han mirado como una mujer desvergonzada que monta un fraude, haciendo pasar un hijo de otro como fruto de la obra del Espíritu. Otros la comparan con otras mujeres de la historia, como por ejemplo, con la Malinche, una como la mujer virgen e inmaculada, la otra violentada y cuyos hijos son “los hijos de la chingada”, según lo releva Octavio Paz en “El laberinto de la soledad”. Por otro lado, nosotros, los evangélicos, en muchos momentos la hemos mirado con cierta indiferencia, lo que nos ha hecho guardar un silencio impropio con respecto de María. Esto es fácil de constatar haciéndose la pregunta: ¿cuántas predicaciones escuchaste sobre la vida de María en la iglesia a la que asistes?

Evidentemente, dicho silencio proviene como una reacción a la lectura católica, ya sea la de la dogmática o la de la religiosidad popular. No nos referimos a ella como “Santísima” ni como “madre de Dios” (aunque ese concepto surge en medio de las controversias cristológicas, por lo que esa afirmación más que hablar de María, habla de Jesús y su persona divina), “corredentora y mediadora con Cristo”, “madre de perpetua ayuda”, “reina del cielo” ni “dispensadora de todas las gracias”. Tampoco creemos en su “inmaculada concepción” ni en su “perpetua virginidad” ni en su “ascensión al cielo”. Pero todo eso no es obstáculo para hablar de ella, ni de mirarla como una hermana nuestra en el seguimiento del Salvador, digna de un trato amoroso y honroso, sobre todo a partir de la memoria de su labor en la misión de Dios.

Nosotros, los evangélicos debiésemos creer todo lo que la Biblia nos dice acerca de ella: una mujer joven, descendiente de David, comprometida y luego casada con José, un carpintero originario de Belén, también descendiente de David (por otra raíz familiar), que vivía en Nazaret, un lugar de baja alcurnia. Debiésemos creer que María, en cumplimiento de las profecías con respecto del Mesías, fue virgen hasta el nacimiento de Jesús y que luego le siguió obedientemente, inclusive estando a los pies de la cruz, cuando los discípulos estaban escondidos llenos de miedo por lo ocurrido con su maestro. María, nuestra hermana, fue parte la primera iglesia, fue humilde, devota, con una vida de mucha profundidad espiritual y practicante de la meditación nacida de la Palabra de Dios. ¡Fue una mujer más que bienaventurada! El proverbista señalaba: “El encanto es engañoso, y la belleza no perdura, pero la mujer que teme al Señor será sumamente alabada” (Proverbios 31:30 NTV). Hacemos bien, como creyentes al igual que ella, al mirar lo que nos dice la Biblia, para aprender y vivir.

  1. La Biblia nos habla de una mujer valiente.

¡Qué duda cabe de esto! María fue una mujer valiente. Arriesgó la piel por la obediencia radical al Dios todopoderoso. No fue una obediencia ciega, pues ella sabía que si el Altísimo encomienda una labor, la única posibilidad coherente es obedecer a esa voluntad que es buena, agradable y perfecta. Fue una mujer valiente porque aceptó la comisión de ser la madre del Salvador, sin saber cómo sería esto sin una relación sexual de por medio, siendo esto, tal y como lo es para nosotros, un misterio. Además de eso, corriendo el riesgo del cominillo de su pueblo, la incomprensión e, inclusive, la posibilidad de la pena capital si la impresión espiritual hubiese sido un invento de la cabeza de esta joven mujer. Ella piensa, cree y actúa. Basa su confianza en la sabiduría y la bondad de Dios, porque nada es imposible para Él.

María experimentó el sufrimiento al ver los intentos de Herodes de matar a Jesús, como también producto de los sobresaltos que el ministerio de su hijo experimentó, sobre todo con las autoridades religiosas de la época. Y para qué hablar del juicio injusto y la cruz ignominiosa que sufrió nuestro amado Señor. María, la mujer dada a la meditación, la que guardó todas las cosas en su corazón, con seguridad debe haber recordado las palabras del viejo sacerdote Simeón, que luego de tomar en los brazos al niño llevado por José y María al rito de inclusión de los hijos a la familia del Pacto (la circuncisión), y cantar el bello “Nunc Dimittis” (Lucas 2:29-32), dijo a María: “Este niño está destinado a provocar la caída de muchos en Israel, pero también será la alegría de muchos otros. Fue enviado como una señal de Dios, pero muchos se le opondrán. Como resultado, saldrán a la luz los pensamientos más profundos de muchos corazones, y una espada atravesará tu propia alma” (2:34,35). ¿Alguien hablaría así a una madre con su bebé de ocho días de nacido? Simeón estaba diciendo que una espada ancha, como símbolo de un dolor angustioso, penetraría el alma de María. Y así fue. Ayudan a nuestra imaginación “La Piedad”, de Miguel Ángel, como también, la escena en la que Olivia Hussey personificando a María, toma a su hijo replicando la escultura renacentista, en la tremenda película de Franco Zeffirelli. María no calza en los estándares de prosperidad y de autoayuda que abunda en mucha predicación que se dice evangélica. Su vida estuvo marcada por la sombra de la cruz.

2. La Biblia nos habla de una mujer que canta y ora. 

María fue la autora de una de las canciones más conmovedoras y confrontadoras de la Biblia, y me atrevo a decirlo, a lo largo de la historia. Tal vez Bach podría ser de mucha ayuda en esto, aunque la lectura de El Magnificat, por sí sola nos grita fuerte al corazón. Se conoce así a este canto por su primera palabra en la Vulgata, que podría traducirse como “engrandece” o “glorifica”. Es el canto de una mujer que asume la voluntad de Dios, a pesar de los riesgos, actuando así por la vista de la acción de Dios en la historia, acción llena de prodigios y de poder. El canto de María no disocia los atributos de Dios, por ello es que le alaba por su amor, por la gracia manifestada en el Salvador, por la fidelidad del pacto y por la justicia que se vive en el Reino de Dios. Amor y justicia aquí están unidos intrínsecamente, como lo están la razón y los sentimientos de la mujer que canta.

En el canto, María reconoce a Dios como Señor y Salvador (Lucas 1:46,47), y como consecuencia de ese conocimiento de Dios, ella se reconoce como una humilde sierva (1:48), lo que refiere a su pobre condición social, a la oscuridad desesperanzadora de su contexto, a su insignificancia, como también al pecado que le lleva a necesitar la redención. El título de “bienaventurada” lo tiene por gracia, no por mérito alguno. La alegría proviene de Jesucristo que le salva. Además, la adoración es motivada por Dios, pues Él es quien nos convoca a adorarle. Adorando, María reconoce que la gracia de Dios se ha manifestado en muchos actos en su vida, pues cuando la vida toda es gobernada por Dios podemos ser testigos de las grandes cosas que Él hace (1:46,47,49). Todo esto nos hace recordar el amor y la alegría que brotan del perdón. María nos muestra, también, que nuestras relaciones cambian cuando miramos a los demás con el evangelio, desde los lentes de la gracia.

En el canto, María reconoce la justicia de Dios en su Reino (1:51-53). Es interesante que ella mencione como pasado cosas que seguían sucediendo en su presente, y que están vigentes en nuestro tiempo. El brazo del Señor era un símbolo, según Lutero y Calvino de la actividad de Dios en la historia y en nosotros, comunitaria e individualmente. La fuerza de Dios en acción nos motiva a trabajar en el presente. María habla de los soberbios, poderosos y ricos. Aquí el problema no está ni en la fama ni en el poder ni en el dinero, sino más bien, en la idea de que estamos seguros en nosotros mismos, presumiendo que Dios y los demás deben estar contentos con lo que hacemos y en cómo vivimos. El canto nos muestra a Dios librando a los poderosos y amándoles, doblegándolos, quitándoles el poder. Indefectiblemente, todos los ídolos, los imperios y las tiranías caerán. Sólo el Reino de Dios se mantendrá incólume.

También se nos muestra a los pobres y a los hambrientos. Aquí, vemos a Dios siendo generoso con quienes le siguen con humildad, con pobreza de espíritu, y deja de lado a quienes se sienten con el derecho a ser escuchados por Él. Pero además, nos muestra la justicia vindicativa de Dios, que se ve en su trato, en el que demanda acciones de parte de nosotros, en relación con los pobres, los huérfanos, las viudas y los inmigrantes, lo que hace que nuestra misericordia no sólo sea una muestra de genuina caridad, sino un acto de justicia en el que se da a los desamparados aquello que se les debe. Dios, en la historia, actúa complaciéndose en elegir lo vil, lo débil, lo despreciado del mundo, para llevar a cabo su misión. Eso éramos algunos de nosotros. La opción preferencial por los pobres a muchos les suena a teología de la liberación, aunque el concepto surgió en Medellín en 1968, de los obispos católicos, entre los que una minoría adscribía a esa corriente. Es un concepto que tiene mucha relación con lo que la Biblia dice con respecto a quienes sufren los rigores de la vida y el desamparo (véase esto, con mayor profundidad, en el libro “Justicia generosa” de Timothy Keller). Pero, si no estás de acuerdo con dicha lectura, el oponerse a una opción preferencial no debiese implicar una opción “despreferencial”. Es nuestro deber cuidar a los pequeñitos de Dios que requieren de ayuda activa. Es parte de la misión de Dios. Es una falsa dicotomía, entonces, decir que la predicación del evangelio excluye las acciones que tienden a la misericordia-justicia. Que algunos lo lleven a cabo de esa manera, no dice NADA con respecto al criterio bíblico. Las experiencias no son normativas. La Biblia lo es. Nuestra justicia proviene de Cristo, por ende, no nos debemos dejar dominar por los discursos de nuestra época. No hay verdadero amor si éste no se sustenta en Dios. No hay verdadera justicia social si no se sustenta en Dios. No hay real valoración de la vida humana si no se sustenta en Dios.

En el canto, María reconoce que Dios ha sido fiel al pacto, porque Él es fiel, trinitariamente consigo mismo, y es fiel con su pueblo. Según Gálatas 3:16, el pacto que Dios hizo con Abraham tuvo su cumplimiento con el nacimiento de Cristo. El Reino de los cielos se ha acercado y está presente, por más gris que parezca nuestra época, por lo que debemos aprender a vivir con la convicción y la esperanza de que Cristo es nuestro rey.

3. La Biblia nos habla de una mujer discípula que es fiel a su Señor y Maestro.

Todo lo que ya hemos visto nos da cuenta de una vida cristocéntrica. Pero, hay otros hechos de la vida de María que nos pueden seguir hablando. Hechos 1:14 nos muestra a María congregándose con los demás discípulos luego de la ascensión de Jesús. Eso es un signo de su vida: alguien que fue salvada por la cruz, tanto como los demás.

Y retrotrayéndonos en la historia de esta mujer, podemos recordar su confesión de fe, una declaración que debe marcar nuestro compromiso. En Juan capítulo 2 se nos muestra la escena de las bodas de Caná, y particularmente el momento en que se acaba el vino para la fiesta. Jesús sabe de esta situación por María. Jesús le hace entender no sólo que eso no era su problema, sino que además, ella no debía interponerse en su misión. María no discutió con Jesús, reconociendo con eso su autoridad respecto de ella. Pero además, se acercó a los sirvientes y les dijo: “Hagan lo que él les diga” (Juan 2:5). Si hay algo que debe marcar el discipulado de Jesucristo es la confianza y obediencia al camino que Jesucristo ha trazado, y que podemos conocer no por medio de nuestras ensoñaciones, sino que por medio de la Palabra que es inquebrantable. “Hagan lo que él les diga”, es un llamado a la renuncia que pone a Jesús como centro de la vida y a su Palabra como sólida base para el pensamiento, la emoción y la acción. ¿Estás dispuesto a hacer caso a estas palabras de María? Nada es más “mariano” que hacer lo que Jesús dice.

El evangelio nos muestra que en una ocasión, mientras Jesús estaba enseñando, una mujer maravillada por las enseñanzas del Maestro de Galilea, exclamó: “¡Que Dios bendiga a tu madre, el vientre del cual saliste y los pechos que te amamantaron!” (Lucas 11:27). Hermosa declaración de una mujer desconocida a su congénere, María. Jesús dijo: “Pero aún más bendito es todo el que escucha la palabra de Dios y la pone en práctica” (11:28). Esta no es una declaración contra María. Por el contrario, es una buena noticia para quienes compartimos el seguimiento de Jesús, tal y como María, y otros lo hicieron en el pasado y lo siguen haciendo hoy. María es una discípula que “nos lleva la delantera”, como decían los viejos entrañables pentecostales. No seguimos sus pisadas. Seguimos a Cristo. Pero su vida nos llena de ánimo, porque nos muestra la gracia de Dios, gracia que sigue operando. En el Magnificat, María dijo: “de ahora en adelante todas las generaciones me llamarán bendita” (Lucas 1:48). No temamos hacerlo ni decirlo.

Luis Pino Moyano.

Relato testimonial: El evangelio que hace volver a casa.

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En enero de 2013 comenzaba esta nueva aventura virtual llamada “En el balcón y en el camino”, y en el post “¿Por qué este nuevo blog?”, daba a conocer las razones para ello. Quería que fuese un espacio en el cual dejar atrás el dualismo que hasta ese momento caracterizaba mi pensamiento y acción, emprendiendo una andada reformada, literal y teológicamente hablando.

Esto, porque el evangelio me había hecho volver a casa, haciéndome dejar de lado una serie de ideas y conceptos ajenos a la Biblia, que regulaban mi mente, mi corazón, mi existencia. Ideas que me hacían separar la política y la fe.

Dios es bueno y me proveyó de una comunidad, de un pastoreo, de amigos, que estuvieron conmigo en este proceso de retomar la fe revelada en la Escritura. En este post, coloco un documento en PDF en el que se puede leer mi testimonio. “El seguimiento de Jesús”, “La política, el marxismo”, “¿Qué creo hoy en política?” y “Una última cosa, a modo de petición”, se titulan las partes del testimonio. Tal vez su lectura pueda ayudarte…

Lee el relato testimonial: “El evangelio que hace volver a casa”.