“¡Más familia, menos estado”. Mi lectura del eslogan.

IMG_5314

El denominado “bus de la libertad” ha traído una serie de reacciones en medios de prensa y en las redes sociales. Quisiera comenzar señalando que considero que mis hermanos en la fe, junto a otros sujetos, de los grupos denominados, a veces peyorativamente, como “pro-familia”, están en todo su derecho de hacerlo, ya sea en sus lugares de reunión, en las calles de las ciudades del país o en instituciones en las que se discutan estos temas. La libertad de expresión debe no sólo garantizarse sino defenderse, por más que se esté en desacuerdo de las ideas expresada, teniendo como única consideración de censura, cuando éstas atentan contra el estado de derecho o cuando en el marco de la expresión de ideas se expresan actos de violencia física o de maltrato verbal de sesgo intolerante real. Digo esto, porque he visto mucha victimización, y ésta poco ayuda a la hora de entablar diálogo y discusión en la sociedad y, en mi opinión, ambos sectores en pugna respecto de este tema, han recurrido a este discurso que emociona y/o causa escozor en quien lo ve. Ni el bus, como performance comunicativa, ni las declaraciones de las élites de los movimientos LGBTI son “incitaciones a la violencia”. Las palabras duras no rompen huesos. Lo realmente violento es acallar una voz que legítimamente puede expresarse en la sociedad, acudiendo a la prepotencia de decir “estoy del lado de la ciencia y por ello de la verdad”.

Dicho eso, quiero pasar al eslogan en cuestión. Me lo he topado en los noticieros, en el inicio del Facebook, y hoy, en una calle de Santiago, cuando me topé con el momento final de la marcha de los grupos que defendían la acción simbólico-comunicacional del “bus de la libertad”. “¡Más familia, menos estado!”, así, con signos de exclamación, porque es un grito de lucha. Grito que obnubila la mirada con una media verdad. Explicaré por qué.

Me parece que la lucha por “más familia” es un principio conducente con el mandato social expresado en la Biblia desde el Génesis en adelante. Una familia activa, vital, centrada en la búsqueda de la gloria de Cristo, campo de misión y desarrollo de todas las posibilidades de expresión con las que hemos sido dotados por el Creador. Familia como lugar de discipulado: caminata de padre, madre e hijos e hijas que siguen a Jesús. Lugar de relación, cercanía, amor, crecimiento, maduración. Más familia, sí. Pero de verdad, no mero panfleto. Porque es súper fácil decir “más familia” cuando no se participa en nada de la educación de los hijos, de su crianza, de su discipulado. Es súper fácil decir “no tocas a mis hijos”, cuando ni siquiera tú los tocas, siendo sólo alguien que ha procreado sin ser padre o madre. Un padre y una madre que viven la fe de Jesús entienden que deben ser activos en la educación de sus vástagos sin tercerizar su labor, ya sea en la escuela o en la iglesia.

“Menos estado”. ¿Por qué? Una de las cosas que más me llamó la atención de la marcha con la que me encontré, fueron la cantidad de pancartas y consignas que hablaban desde la “ciencia” y contra la “ideología” (¡…!), cómo si la ciencia estuviera libre y aséptica de presupuestos. De hecho, los grupos LGBTI también se arrogan el habla desde la ciencia y contra la fe. Graciosa similitud, si se quiere, pero en lo que a mí me toca, como protestante, me parece un pensamiento no sólo complejo, sino riesgoso, por lo menos desde el punto de vista comunicacional, toda vez que no hay ningún argumento fuera del campo ideológico que permita decir “menos estado”. La negación de un estado totalitario o de un estado visto como el papá que actúa por una masa se condice con los principios del cristianismo. Vaya un no rotundo a la “estadolatría”. Pero vaya también un no rotundo a la “estadofobia”. “Menos estado” es producto de la “estadofobia” que emerge del pensamiento liberal y no de la Escritura. Si bien es cierto, la Biblia no nos muestra un sistema político acabado por el cual jugarse en su implantación en la sociedad, si nos brinda principios de acción, entre los cuales aparece claramente la autoridad del magistrado civil a la hora de trabajar por el bienestar de la ciudad. En ese sentido, puede que hoy no nos gusten ciertos proyectos de ley relacionados con la familia, pero un estado activo ha permitido la concreción de leyes como la de matrimonio civil, o las que sancionan la violencia intrafamiliar. ¿Te imaginas que ocurriría con “menos estado” frente a una mujer golpeada y llevada a la muerte dentro de un hogar? ¿Nadie debe meterse con la familia? La ideología del “menos estado” se sustenta en las ideas secularizadoras que piensan que el humano es bueno por naturaleza y que en ese marco está dotado de ejercer libertad individual, no comunitaria, sin tener que rendir cuentas a nadie.

Concluyendo: creo que el derecho preferente a la educación de los niños/as es de padres, madres o tutores asignados; creo que dicho derecho genera el deber constante de vivir junto a los hijos/as esforzándose en su educación; creo que el estado no debe coartar la libertad de acción y pensamiento de las familias que educan a sus hijos en una determinada fe; y creo que el estado tiene deberes a la hora de garantizar, por ejemplo el derecho universal a la educación, en los que la escuela cumple un papel, y también en la regulación social que debilita la aparición de sectas que dañan la vida de las personas.

Más familia entonces, con educación desde la casa, reforzada en la escuela con los conocimientos por área de saber y en la iglesia, para los cristianos, respecto de la fe, junto con un estado que garantiza y promociona derechos y al que se le regula desde la ciudadanía con participación democrática activa y constante.

Luis Pino Moyano.

Anuncios

Relato testimonial: El evangelio que hace volver a casa.

img_8322

En enero de 2013 comenzaba esta nueva aventura virtual llamada “En el balcón y en el camino”, y en el post “¿Por qué este nuevo blog?”, daba a conocer las razones para ello. Quería que fuese un espacio en el cual dejar atrás el dualismo que hasta ese momento caracterizaba mi pensamiento y acción, emprendiendo una andada reformada, literal y teológicamente hablando.

Esto, porque el evangelio me había hecho volver a casa, haciéndome dejar de lado una serie de ideas y conceptos ajenos a la Biblia, que regulaban mi mente, mi corazón, mi existencia. Ideas que me hacían separar la política y la fe.

Dios es bueno y me proveyó de una comunidad, de un pastoreo, de amigos, que estuvieron conmigo en este proceso de retomar la fe revelada en la Escritura. En este post, coloco un documento en PDF en el que se puede leer mi testimonio. “El seguimiento de Jesús”, “La política, el marxismo”, “¿Qué creo hoy en política?” y “Una última cosa, a modo de petición”, se titulan las partes del testimonio. Tal vez su lectura pueda ayudarte…

Lee el relato testimonial: “El evangelio que hace volver a casa”. 

#NiUnaMenos. Pensando en voz alta.

ni_una_menos_liniers_original

* Publicado posteriormente en Estudios Evangélicos.

“Mis venas no terminan en mí,

sino en la sangre unánime de los que luchan por la vida,

el amor, las cosas, el paisaje y el pan, la poesía de todos”

(Roque Dalton).

“¡Ni una menos!”, un grito desgarrado, doliente, rabioso… necesario. Tan necesario que se hace evidente lo urgente de una reflexión profunda, detenida, que implique acciones coherentes con el discurso. Es decir, hacer que el “Ni una menos”, sea más que un hashtag que se transforme en trending topic de la red del pájaro azul, o en el eslogan de una campaña, o el emblema de una marcha o movilización como la que se realizará esta noche (19-10-2016), en varios lugares del país, como en el extranjero.

 Respecto a lo anterior, decir que en la sociedad de lo transparente todo urge por ser mostrado en la careta pública, el muro de la red social. Hay una compulsión por decir y estar a tono con lo que ocurre. Lamentablemente, lo que ocurre es lo que suena, lo que aparece en los medios, lo que es trending topic, o asegura muchos likes. #JeSuisCharlie, a propósito del atentado sufrido por la revista Charlie Hebdo en enero de 2015, fue la muestra mayor, a mi gusto, de este ser políticamente correctos en la virtualidad. Pura moda decadente que no tiene correlativa con la realidad cuando el mismo Charlie Hebdo se reía de los inmigrantes sirios. La visibilización es necesaria, pero es un camino corto e inconcluso si no tiene aterrizaje a la realidad y queda simplemente como una foto colgada en la web. Se asume la pancarta de moda, pero en el cotidiano no se establecen relaciones significativas y coherentes con lo dicho, y se aplasta con palabras y acciones a quienes nos parecen diferentes. Por otro lado, y en el mismo tono, resulta aberrante que el criterio de evaluación de las luchas por mejores condiciones de vida se realicen en torno a lo que se publica o no en las redes sociales, o si se puso una bandera traslucida en la fotografía de perfil o en el avatar, o una imagen ad hoc.

 Cuando uno señala esto se corre un riesgo: pensar que se está en contra del grito, en este caso, de “¡Ni una menos!”. Nada más lejos de mi intención al plantear esto. De hecho, mi crítica es a la banalización del discurso y no al repudio de la violencia machista. De hecho, me parece carente de sentido y vulgar que, a modo de contrarrestar la campaña del #NiUnaMenos, aparezca el hashtag o imágenes con un #NadieMenos. Sin lugar a dudas, creo y pujo, por un “ni una menos” al igual que un “nadie menos”. No veo la contradicción en ello. Pero sí resulta ofensivo no ponerse en el lugar de quienes sufren estructuralmente mayor violencia, jugar a la lógica del empate y reducir a consigna y panfleto algo que no se vive en la cotidianidad.

 De mi parte valoro y reconozco aportes que ha realizado el feminismo, en sus diversas corrientes, al análisis social y a las prácticas políticas y societales, sobre todo de la primera ola del feminismo. Hablo además, del feminismo reflexivo y político, y no del discurso vulgar que repite entelequias sin sentido. Como también, huelga decir, soy crítico de los fundamentos e implicancias de ciertos discursos, sobre todo emergidos de quienes son mayoritariamente tributarias de la segunda y tercera olas del feminismo, de la instalación artificial y ahistórica de un patriarcado esencializado y de la innecesaria fragmentación práctica que es mala consecuencia de la fragmentación analítica. Pero en esta hora, dichos análisis críticos están de más. Resulta insensible, carente de empatía y hasta vergonzante, que no se tenga la disposición a lo menos de comprender la reacción frente a la violencia machista constante que sufren las mujeres, que adquiere ribetes estructurales, como dije anteriormente. Lucía Pérez, de 16 años violada, empalada y asesinada hace unos días atrás en Argentina; Florencia Aguirre, de 9 años, asesinada y quemada por su padrastro en Coyhaique el sábado pasado; Lorenza Cayuan, mujer mapuche, quien dio a luz esposada y con tres gendarmes vigilándola; todos estos hechos y estas mujeres han salido a la luz en menos de una semana y son razón más que suficiente para protestar contra esto.

 Insistamos en esto: hoy no cabe ni buscar las contradicciones respecto al constructo masculino y las tensiones del ser hombre en una cultura como la nuestra. Tampoco el debate sordo desde el cristianismo con la “ideología de género” es oportuno en este momento. Dejemos la victimización a un lado y la acentuación en la antítesis cosmovisional, que suena muy ortodoxa, pero que no abraza el dolor del Otro como propio, haciéndonos parecer más fariseos que buenos samaritanos. Como señalé en otro lugar, una cosa es reaccionar, y otra cosa es ser “reaccionario”. La fe evangélica no es meramente reaccionaria. La fe evangélica es viva, propositiva, proyectiva. Reacciona frente a la ofensa, la distorsión y la perversión; pero, a la vez, piensa su fe, vive lo que cree y confiesa, y actúa glorificando a Dios y extendiendo su Reino.

 Cuando veo esto, pienso, en primer lugar, en el relato de Génesis 38, que nos muestra la historia de una mujer llamada Tamar. Ella fue una mujer abusada sexualmente y vejada socialmente. Pero la historia no termina allí. Ella, explícitamente en el texto, es amada por Dios, a quien se le ve enojadísimo por esos actos injustos y opresores, trazando una historia en la que ella es justificada no sólo religiosamente sino que, también, socialmente, lo que se traduce en un acto reivindicativo de esta mujer. Además, misteriosamente y en un acto de gracia, Dios incluye a esta mujer en la genealogía de Jesús. ¿Qué nos muestra este texto? Que el libro que sin ser leído ni estudiado y que ha sido declarado como un texto que subyuga a la mujer y fundamenta su opresión (es decir, imponiendo sobre él un estereotipo cargado de violencia), dice algo totalmente distinto: que Dios ama a las mujeres, que las ha creado a su imagen y semejanza por lo que su dignidad no está puesta en duda, que jamás se les ha subyugado a una posición inferior en la Biblia y que, por sobre todas las cosas, Jesús de Nazaret también les ha redimido, libertado de cualquier cautividad y esclavitud de la cual sistemas y hombres cobardes y pusilánimes les han impuesto.

 Y pienso también en el texto de Gálatas 3:26-28 que me correspondió predicar hace unas semanas atrás. Dice Pablo: “Pues por la fe en Cristo Jesús todos ustedes son hijos de Dios, ya que al unirse a Cristo en el bautismo, han quedado revestidos de Cristo. Ya no importa el ser judío o griego, esclavo o libre, hombre o mujer; porque unidos a Cristo Jesús, todos ustedes son uno solo”[1]. El texto que escribe el apóstol es sumamente contracultural. Para el tiempo en que fue escrito, quienes no eran judíos eran considerados “perros”, y aunque fuesen prosélitos de dicha religión, nunca llegaban a ser considerados “hijos de Abraham”; por su parte, la sociedad grecolatina, tenía un desprecio profundo por los esclavos, a los que consideraban un “implemento animado”; súmese tanto para judíos y gentiles, la extrema jerarquización que dejaba a la mujer en completa inferioridad. Todas estas distinciones deben ser abandonadas porque todos somos iguales en Cristo. Dios, en su pueblo, elimina las barreras culturales, sociales y de género, lo que se traduce en que ninguna distinción humana sirve como ventaja en términos de salvación.

 Pero hay un detalle, que es contracultural en dicho texto para el presente. Hay algunas tendencias de moda, que se molestarían mucho con respecto al uso de la palabra “hijos de Dios” y que no se hable, también, de “hijas de Dios”. Aquí me gustaría citar a Timothy Keller, quien comentando este texto y en diálogo con la cultura actual, señala que esa preocupación genera el perderse la “naturaleza revolucionaria” y “radicalmente igualitaria” de la expresión. Dice: “En la mayoría de las culturas antiguas, las hijas no podían heredar propiedades. Por lo tanto, ‘hijo’ significaba un ‘heredero legal’; lo que era un estatus prohibido para las mujeres. Pero el evangelio nos dice que todos somos hijos de Dios en Cristo. Todos somos herederos. De manera similar, la Biblia describe de forma conjunta a todos los cristianos, incluyendo a los hombres, como la ‘novia de Cristo’ (Apocalipsis 21:2). Dios es imparcial en Sus metáforas de género. Los hombres son parte de la novia de Su Hijo; y las mujeres son Sus hijos, sus herederos. Si no dejamos que Pablo llame a las mujeres cristianas ‘hijos de Dios’, perdemos lo radical y maravillosa que es esta afirmación”[2].

 La Biblia no da lugar al machismo, no fundamenta la opresión ni la marginación de las mujeres. También genera una base mucho más rotunda para condenar la idea que justifica o busca paliar el daño realizado, cuando se dice que “las mujeres provocan a los hombres con sus vestidos cortos y bla bla bla”. Cuando Jesús habla del adulterio que se produce en el corazón, da una base trascendental-religiosa contra este tipo de abuso comunicacional (véase Mateo 5:27-30). Ni maltrato, abuso, violación, acoso sexual privado ni callejero ni infidelidad son avalados por el Dios de la vida revelado en la Escritura. Por eso, es mi anhelo que el Cristo Redentor, autor y consumador de la fe, bendiga grandemente a las mujeres, y que nos responsabilice y ayude, como hombres y sociedad, en la tarea de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Él tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas…

 Cada día tiene su propio afán, nos planteaba Jesús (Mateo 6:34). Ni una menos, nadie menos. Pero hoy, en este caso, el grito unánime, acompañado de la acción correspondiente, sin lugar a dudas, debiese ser NI UNA MENOS.

 Luis Pino Moyano.


[1] Tomado de la Biblia Dios habla hoy.

[2] Timothy Keller. Gálatas para ti. Medellín, Poiema Publicaciones, 2014, p. 96.

presentacion1

Un libro de sexo y una sobre-reacción “evangélica”.

captura-de-pantalla-2016-10-11-a-las-15-50-49

Hace un par de semanas, por iniciativa de la Municipalidad de Santiago, fue publicado el libro “100 preguntas sobre sexualidad adolescente”, el que tiene como finalidad fortalecer los programas de educación sexual de los colegios municipales de dicha comuna. Las reacciones no se hicieron esperar, algunas bastante destempladas, por decir lo menos. Ojo, mi post no apunta a criticar la posibilidad de reaccionar. Es parte de nuestra vida de fe en el mundo que nos toca vivir reaccionar a los estímulos que nos presenta la cultura imperante. Pero una cosa es reaccionar, y otra cosa es ser “reaccionario”. La fe evangélica no es meramente reaccionaria. La fe evangélica es viva, propositiva, proyectiva. Reacciona frente a la ofensa, la distorsión y la perversión; pero, a la vez, piensa su fe, vive lo que cree y confiesa, y actúa glorificando a Dios y extendiendo su Reino.

 ¿Por qué hablo de sobre-reacción?

  • Porque los creyentes tenemos (o debiésemos tener) clara la cosmovisión bíblica respecto de la familia.

La Biblia nos muestra de manera muy clara qué es la familia y cuál es su misión. Y sí: nos habla de la heterosexualidad del esposo y la esposa, nos habla de la monogamia y su exclusivismo (“dejará el hombre a su padre y su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne”), nos habla de la sexualidad como fuente de placer y procreación, nos habla de la crianza de hijos y de roles que todos debemos cumplir. Pero por sobre todas las cosas, la Biblia nos habla de que la familia no es base de nada, porque sólo Cristo es la roca. Y, por ende, la misión no es la exaltación de los sujetos que la componen, sino que es la gloria de Dios y la extensión de su Reino.

Ahora bien, dicha cosmovisión bíblica prepondera en la iglesia, y no necesariamente en los no-creyentes. Si hay algo que nos une y diferencia entre todos los sujetos, es que cada cual tiene un lugar de habla, una cosmovisión, que da significado y dota de sentido lo que se ve y se hace. En ese sentido, claramente nosotros los creyentes tenemos todo el derecho de expresar nuestras opiniones en el espacio público, aunque para el desprecio de algunos, éstas procedan de nuestro credo religioso. Pero también, debemos tener la clara noción de que no necesariamente influiremos con nuestra opinión en los no-creyentes, y que ellos tendrán sus propias visiones acordes a lo que creen y postulan.

Dos cosas para finalizar este punto: a) fíjense por favor en que dos veces insisto en un “no necesariamente”; y b) esto que parece ser un párrafo sólo para creyentes, en realidad lo es en primera instancia, pero lo es también para no-creyentes. Tú, que no eres creyente, también tienes tu cosmovisión, tus prejuicios en el sentido semántico de la expresión (y como, por ejemplo, Gadamer lo usa en su “Verdad y método”), que no necesariamente tienen correlato con una ciencia de corte naturalista, sino que, también, son objetos de fe. ¿Qué obstaculiza tu diálogo con un creyente?

  • Porque el libro no promueve en ningún momento una determinada práctica sexual.

Las primeras cosas que vi con respecto al libro fue la idea de que el libro promovería la práctica del sexo anal. Quiero ser muy honesto. Cuando leí el libro, traté de usar una hermenéutica empática con mis hermanos de fe. Traté de ponerme en su lugar. Pero en ningún momento el libro promociona dicha práctica. Dos razones que puedo dar: la primera, específica a esa temática, es que de la misma manera que el libro señala la existencia de dicha forma de relación sexual, plantea la posibilidad de contraer enfermedades de transmisión sexual. Es decir, se plantea la existencia y el riesgo. Y, en segundo lugar, porque el libro provee respuestas a preguntas de adolescentes de los colegios municipales. Trece jóvenes, de diez colegios municipales de Santiago, participaron en la puesta en común de preguntas de sus propios compañeros.

Padre cristiano, ¿tú crees que tus hijos o hijas no hacen este tipo de preguntas? ¿Estás seguro que puedes controlar todo lo que pasa por la cabeza y el corazón de tu hijo/a? ¿Crees que la historia contada en la película “Joven y alocada” es una excepción a lo que ocurre en la cotidianidad de jóvenes evangélicos? Por mucho tiempo he trabajado con jóvenes cristianos, y por un tiempo trabajé con adolescentes y jóvenes haciéndoles clases, y estas y otras preguntas surgían de ellos. Me referiré en el próximo punto sobre la educación sexual, pero antes de eso quisiera proponer lo siguiente: reacciona al libro “100 preguntas sobre sexualidad adolescente”, léelo, estúdialo comparativamente con otros materiales, y dialoga con tu hijo basado en tu cosmovisión cristiana, asumiendo lo que haya que asumir, transformando lo que haya que transformar, y rechazando lo que se tenga que rechazar. Actúa desde una posición contracultural que no ve el libro y otros recursos como enemigos, sino como posibilidades de compartir una mirada de la sexualidad desde la fe cristiana.

  • Porque me parece que la idea de la educación sexual dentro del hogar, tanto en las familias como en las iglesias, en la generalidad, no es más que un bello sueño.

Es sumamente fácil en la reacción al libro, protestar diciendo “¡La educación le corresponde a los padres y las madres, dentro del núcleo familiar!”. Y yo concuerdo con eso. Concuerdo en que no hay que tercerizar la educación ni a la iglesia ni a los colegios. La Biblia habla del padre de familia como quien toma a sus hijos, como si fueran flechas en manos de un sujeto diestro con el arco, direccionando a sus hijos en un camino recto. Claramente la educación es responsabilidad de la familia. Pero, ¿cuántos padres y madres dentro de los hogares cristianos educan con respecto a la sexualidad a sus hijos? ¿Sus hijos tienen otra alternativa que ir a sus profesores o a sus pares a preguntar sobre el tema? ¿Cuántas preguntas son respondidas sin evasivas, vergüenza y con fundamentos sólidos? ¿A qué edad esperas enseñar a tu hijo/a sobre la temática?

Dentro de mi vida en la iglesia (me congrego desde los 6 años, hoy tengo 34 años), una de las cosas más dolorosas que me ha tocado ver es cómo jóvenes creyentes chocan con el embarazo precoz, precisamente, por falta de una educación sexual sana, fundada en la Biblia y en las verdades que dicen las ciencias que abordan este asunto. Y sobre todo, pienso en las chicas que viven esta experiencia, pues en una sociedad en la que impera el machismo, a ellas se les ha hecho mucho más difícil vivir con un bebé. Reitero la pregunta: ¿cuántos padres y madres dentro de los hogares cristianos educan con respecto a la sexualidad a sus hijos? Pero sumo otras dos: ¿cuántas iglesias tienen dentro de sus planes y programas educar sobre la sexualidad, desde principios, pero también respondiendo sin tabúes a las preguntas honestas que adolescentes y jóvenes tienen? ¿Cuántas editoriales cristianas han invitado a expertos en la Biblia y a diseñadores gráficos para generar libros fáciles de leer y atractivos visualmente, como el “100 preguntas sobre sexualidad adolescente”? Lamentablemente, el grito de “¡nosotros somos los que educamos!” no se queda más que en panfleto lindo pero irreal.

¿Cuál es la invitación?

  • Reaccionar contraculturalmente;
  • pensar y vivir de acuerdo a la fe, en este caso en lo referido a la sexualidad;
  • dejar de ser minoría que se victimiza buscando enemigos por doquier;
  • pasar, de una vez por todas, de lo dicho a lo que se hace concretamente.

Luis Pino Moyano.


Algunas de estas cosas las conversé previamente con mi amigo Jano Molina, quien influyó en algunas de estas reflexiones, pero a quien libero, obviamente, de la responsabilidad de estas letras.

Entrevista en la página de la Iglesia Presbiteriana de Chile.

Captura de pantalla 2015-07-02 a las 11.15.46

El día 1 de julio de 2015, la página de la Iglesia Presbiteriana de Chile compartió una entrevista que me realizaron, para conocer de mi quehacer y reflexión en torno a lo realizado hasta el momento como candidato al sagrado ministerio del Presbiterio Centro de dicha comunidad.

  1. Cuéntanos un poco de ti ¿Nombre? ¿Estado civil? ¿Hijos?

 Soy Luis Rodrigo Pino Moyano, puentealtino de nacimiento, tengo 33 años, estoy casado con Mónica González. Juntos somos padres de Miguel Ignacio de 5 años y Sophía Javiera de 2 años y 8 meses.

  1. ¿En qué iglesias estás actualmente sirviendo y cuéntanos un poco de lo que haces?

 Soy miembro de la 11ª Iglesia Presbiteriana de Santiago “Puente de Vida”. En esta comunidad tengo distintas labores como presbítero regente: colaboro en la predicación, lo que es un tremendo desafío y responsabilidad. A la par de eso, en algunas ocasiones he trabajado junto al pastor Vladimir en el diseño de algunas de las series de mensajes. Lidero el grupo pequeño de “Lomas de Eyzaguirre” (los viernes, desde las 21:00 hrs.), que es un conjunto de condominios muy cerca del límite entre Puente Alto y el Cajón del Maipo, en el que estudiamos y conversamos los textos que serán expuestos en el sermón del día domingo. Colaboro con una de las clases del curso de catecúmenos, y este año, junto a Carlos Parada, tenemos la tarea de hacer clases de historia de la iglesia, todos los primeros sábados del mes, siguiendo el plan del libro de Justo González, “Historia del cristianismo”. Hemos tenido dos clases y ha sido una experiencia muy bella, puesto que nos conduce a vislumbrar que somos comunidad, que somos iglesia, no sólo con nuestros hermanos del hoy, sino también con los del ayer, además de un llamado a la humildad, puesto que nos encontramos que no inventamos nada. Los temas, discusiones, preocupaciones y problemáticas más relevantes llevan siglos de antigüedad. También soy secretario del consistorio, cosa bastante compleja para quien gusta de la historia, porque siempre estoy pensando en qué me gustaría encontrar en “los papeles” para hacer historia.

A nivel presbiterial, este año me ha correspondido ser asesor del Departamento de Jóvenes, lo que no sólo ha sido un desafío, sino también un reencuentro con una labor que me apasiona. Ver a jóvenes que aman a Jesús, que luchan día a día por la fuerza que el Espíritu les da, ya sea en los estudios, en el trabajo, en las familias, en sus relaciones amicales, y poder tender una mano con sentido pastoral es una hermosa bendición. Trabajar con David y con Claudio, y con los líderes de cada iglesia, ha sido un tremendo privilegio

Paralelo a todo eso, soy profesor en el Colegio Andino Antuquelén, en El Manzano (Cajón del Maipo), el que es un espacio de inclusión y mediado por el arte. Ahí hago clases de historia y de realidad nacional, unos talleres, coordino el área de Ciencias Sociales, trabajo en la web y en las redes sociales del colegio. Algo así como tirar el córner y cabecearlo. Uf! Mucha pega. Pero Dios es quien me llena de fuerzas en todas estas labores que son parte de la Misión, que sólo es suya.

  1. ¿Cómo llegaste al convencimiento de que Dios te estaba llamando al ministerio?

 A los 18 años, siendo un joven pentecostal, sentí en mi corazón, en un culto que despertó varias vocaciones, el llamado al pastorado. Por ello, ingresé a estudiar teología al Instituto Bíblico Nacional, con el anhelo de aprender para servir. En mi antiguo contexto eclesial no se estilaba señalar dicho llamado, por lo cual era una cuestión oculta, aparentemente. Pero dicho llamado salía a la luz en el trabajo con jóvenes y sobre todo en la predicación. Si hay algo que me encanta y apasiona realizar es predicar, hablar de Jesús, de la gracia soberana y abundante.

Lamentablemente, lo que nos pasa a muchos en dichos contextos, cuando tenemos ganas de aprender, ante la ausencia de confesionalidad, nos llenamos de otras ideas y pensamientos, lo que conlleva a otros proyectos. Cuando mis pasos iban enrielados a otro camino (sin dejar de asistir a la iglesia, por lo demás), la llegada a Puente de Vida me trajo de regreso a casa. Allí el papel de Vladimir fue clave. En una ocasión, me pidió predicar basado en el texto de Nehemías capítulo 5. El sermón se llamaba “El poder de la justicia social”. Yo me froté las manos y sonrientemente me dije “- este es mi tema”. Cuando estaba terminando el sermón, me hago una pregunta simple que de un sopetón se convirtió en la pregunta existencial: “- ¿Con qué ojos estoy leyendo esto? ¿Con los ojos de Cristo o con los ojos de Marx?”. La respuesta fue dura, porque no sólo mi sermón, sino mi vida la estaba viendo con otros ojos y no con los de quien es el camino, la verdad y la vida. Estaba cambiando a la fuente de agua viva por cisternas rotas que no retienen agua. Allí, la predicación del evangelio domingo a domingo, el pastoreo presente y significativo, la vida en comunidad reconstruida, la confrontación con el pecado, todo eso me restauró y despertó la vocación oculta, tanto como un fuego ardiendo que no pude resistir. Hoy no quiero ser-y-hacer otra cosa que un siervo de Cristo mi Señor y predicar hasta que mi cabeza tenga memoria de la sola gracia.

Sólo decir algo más. Hay dos tipos de ejemplos que me motivan en el camino al ministerio pastoral. El pastor presbiteriano que exhorta aprendiendo, que expone con claridad el mensaje, que es leal a los símbolos de la fe reformada y a su comunidad, que entiende que el trabajo no lo hace solo sino al lado, hombro con hombro, junto a un consistorio. Y por otro lado, los viejos pastores pentecostales que pude conocer. Hombres honrados, fieles, militantes cristianos, que andaban con la Biblia y el diario debajo del brazo, y este último no para informarse sino para taparse en las noches teniendo las estrellas del cielo como techo. Hombres que eran convocados al pastorado y a la semana estaban en el destino, por lejano que fuera, por amor a Cristo. Ambos modelos tienen algo en común: la gloria de Dios. Dios me ayude.

  1. ¿Tu familia cómo se lo ha tomado?

 Mi esposa Mónica ha sido fundamental en este proceso. Con ella he aprendido a ser esposo y padre, hombre en definitiva, con todo lo que ello implica. Recuerdo cuando le dije que volvería al Seminario para proseguir los pasos al ministerio pastoral. Su respuesta fue breve pero elocuente: “-Menos mal que te diste cuenta”. Ese día lo conversamos con Vladimir y nos enfilamos en este camino. Es maravilloso tener una mujer que camina codo a codo con uno, que apoya y alienta en las distintas tareas, trasnoches de estudio, domingos de predicación en Puente de Vida o cuando me invitan a otras iglesias. Ver que con ella, Miguel y Sophía mis hijos, van creciendo y conociendo el amor de Jesús, orando por mí y colaborando en los trabajos, amando la misión y la comunidad. Dones de Dios que me hacen sentir un hombre feliz por todos estos instrumentos de paz que me ayudan en esta caminata.

  1. Hoy estás estudiando para seguir el proceso de capacitación, cuéntanos ¿Qué ha significado el seminario para tu vida?

El Seminario Teológico Presbiteriano ha sido tremendamente relevante en este tiempo. Por varias razones, siendo la primera de ellas el que sea el Seminario de la Iglesia Presbiteriana de Chile. Es decir, todo lo que nosotros estamos aprendiendo tiene que ver con el servicio a nuestras iglesias, rescatando todo lo bueno de ellas y buscando reformar lo malo de estas comunidades de santos pecadores. Por otro lado, el Seminario es un espacio confesional, que busca relevar, rescatar y producir teología reformada, expresando lealtad a nuestros símbolos de fe, haciendo nuestra la herencia de Calvino, Knox, Bavinck, Kuyper, Berkhof y tantos otros, a modo de marco teórico y lugar de producción. Además, es un espacio académico, que desde “el sentido presbiteriano de la vida” dialoga con otras disciplinas de estudio, no perdiendo la capacidad de asombro frente al Dios eterno, haciéndonos viejas y nuevas preguntas para el hoy, a la par del amplio proceso de lecturas que aportan a la caja de herramientas teológica, misional y pastoral. Otra de las cosas que más me ha marcado del seminario es su perfil misional. La misiología no disocia la reflexión y el análisis del quehacer, por el contrario, nos lleva a pensar y vivir la misión en la ciudad, la plantación y revitalización de nuevas iglesias, junto a otras tareas extensivas del Reino de Dios en la sociedad. Y quizá lo más importante, es que el Seminario es un taller de oficios, en el que varios de los que pasamos por sus aulas caminamos al ministerio pastoral, o sea, en un futuro, potencialmente, seremos colegas en el ministerio. A su vez, nuestros profesores, en su mayoría son pastores de la IPCH, que leen sus materias desde esa labor, y que más adelante, también serán nuestros colegas. La reflexión, la amistad-fraternidad, los proyectos y las aulas confluyen en dicho espacio que debemos potenciar. De hecho, espero en un futuro no muy lejano apoyar a nuestra casa de estudios desde la docencia, sobre todo en el área de la historia, las ciencias sociales y la pedagogía, lo cual no sólo veo como una tarea o un privilegio, sino también como un deber: dar de gracia de lo que por gracia he recibido. Nada más que eso.

  1. ¿Cuáles son, según tu punto de vista, los mayores desafíos de la IPCH? ¿Cómo podrías aportar en esto?

Según mi punto de vista, la IPCH vive un momento de aceleración en su historia. En términos historiográficos, de esos escasos momentos en los que confluyen factores de corta, mediana y larga duración. Dichos factores tienen que ver con la plantación de nuevas iglesias y con la misión. Todo eso trae desafíos. El primero de ellos no es transar el mensaje de Cristo, verdadera agua viva, por la relevancia y el éxito financiero y numérico. Cosas importantes, pero que en nuestros corazones pueden transformarse en ídolos. Es decir, sin transar el mensaje responder al hombre, la mujer, el joven y el niño de hoy. Además de eso, un desafío de larga duración es cómo fortalecemos nuestra identidad presbiteriana sobrepasando las barreras subjetivas que impone la pesada tradición episcopal y jerárquica del catolicismo romano presente en América Latina desde la Colonia. La pregunta es, ¿cómo generamos más liderazgos colaborativos? Y mejor aún, ¿cómo hacemos para que los consistorios no se transformen en espacios burocráticos que ralentizan la misión, sino que se constituyan en talleres para obreros que miran pastoralmente sus procesos? Pienso también en la tendencia latinoamericana de pentecostales y neopentecostales que están llegando a nuestras iglesias por el acercamiento a algunas de las verdades reformadas, preguntándome en ¿cómo hacemos para ayudarles en sus preguntas y en su búsqueda de conocer al Dios de la Biblia, sin matar su amor por la obra y el carácter servicial que mayormente les caracteriza? O más aún, ¿cómo dejamos de lado el falso concepto de hermanos mayores y de iglesia histórica, que nos hemos o nos han impuesto, para servir a quienes buscan sanidad de la mente y el corazón? ¿Cómo aportar? Pienso en dos miradas que debería hacer caminar juntas: la mirada pastoral y fraternal, junto a la mirada académica. Creo que debiésemos generar muchos espacios multidisciplinarios y desde las distintas áreas de servicio de la IPCH, para orar por nuestra realidad y pensarla. A veces caemos en el mismo error de distintos grupos en América Latina: tratar de imponer por fórceps todo aquello que nos dictan desde Europa y Estados Unidos en nuestra realidad, pensado en que si la teoría no se condice la realidad es la realidad la que está equivocada. Debemos, sin dejar de leer todos los libros y producciones que aportan, producir y sistematizar conocimiento que esté ligado a nuestras realidades, sea esta nacional, regional, comunal, barrial. Y ahí tenemos mucha gente, que de dar trabajo puede pasar a trabajar y a seguir el proyecto de Dios. Biblia abierta, ojos bien abiertos, manos que trabajan y ayudan. En todo esto me gustaría aportar.

  1. ¿Por qué quisieras que la Iglesia Presbiteriana de Chile orara por ti?

Quisiera que me ayudaran a orar por tres motivos: en primer lugar, por mi familia, por Mónica mi esposa, por Miguel y Sophía, y al orar por ellos, oren por mí para que Dios me ayude a ser el esposo y padre que pastorea el corazón de la que es “mi primera iglesia”. En segundo lugar, quisiera que oraran por los proyectos que estamos pensando para el próximo año, tanto para ser seminarista a tiempo completo y a la vez el inicio de la caminata a un nuevo proyecto de plantación de iglesia en Puente Alto. Y finalmente, para que Dios sea glorificado siempre y para que la fuerza del Espíritu Santo me anime en toda labor. Muchas gracias, de antemano, por sus oraciones al Dios de la vida.

Aprendiendo a hablar con Dios de mi familia.

Martin Luther King orando junto a su familia por los alimentos.

Este domingo 8 de febrero compartí la Escritura en la Iglesia Refugio de Gracia. Se trató del Salmo 127, en un sermón titulado “Aprendiendo a hablar con Dios de mi familia”.

Algunas premisas del Sermón tienen que ver con la oración y con la familia:

La oración no es simplemente comunicación con Dios. Es también disciplina espiritual. Por ende, es algo que se tiene que aprender. ¿Qué debemos aprender? Aprender a conversar con Dios con todo lo que ello implica: a) aprender a leer orando la Escritura, b) cantar con gozo, c) llorar con esperanza, d) pedir con sabiduría, e) arrojar nuestros proyectos a las manos del Señor, f) guardar silencio cuando no sabemos que pedir (¡el Espíritu intercede por nosotros con gemidos indecibles!). Y los salmos son una buena escuela para ello”.

La Biblia nos muestra de manera muy clara qué es la familia y cuál es su misión. Y sí: nos habla de la heterosexualidad del esposo y la esposa, nos habla de la monogamia y su exclusivismo (“dejará el hombre a su padre y su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne”), nos habla de la sexualidad como fuente de placer y procreación, nos habla de la crianza de hijos y de roles que todos debemos cumplir. Pero por sobre todas las cosas, la Biblia nos habla de que la familia no es base de nada, porque sólo Cristo es la roca. Y, por ende, la misión no es la exaltación de los sujetos que la componen, sino que es la gloria de Dios y la extensión de su Reino.

Les comparto el audio de dicha predicación:

http://www.ivoox.com/aprendiendo-a-conversar-dios-mi-familia_md_4055030_wp_1.mp3″

También, les comparto los apuntes, a los que pueden acceder haciendo clic aquí.

Un abrazo, Luis Pino Moyano.

 Muchas gracias al Pastor Cristóbal Cerón de la Iglesia Santiago Apóstol quien me invitó a compartir la Escritura en su comunidad el domingo 25 de enero de 2015, en la serie “Salmos: aprendiendo a hablar con Dios”, que dio pie a esta reflexión bíblica.