Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

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Jesús de Nazaret, un día como hoy, experimentó la cruenta muerte de la cruz, sacrificio que los romanos aplicaban para los insurgentes y para los esclavos. Por su parte, la ley de Moisés señalaba que era maldito todo aquél que era colgado en un madero (Deuteronomio 21:23; y citado por Pablo quien lo aplica a Jesús en Gálatas 3:13). Previo al momento de la cruz, Jesús sufrió una presión enorme en Getsemaní, a solas, mientras sus mejores amigos dormían, en la que en oración avizoraba que le tocaría beber una amarga copa, y que lo haría según la voluntad del Padre.

 Jesús es arrestado y sufre juicios injustos, en los que se les acusa de blasfemia, por hacerse igual a Dios, y ante el procurador romano, se le acusa de proclamarse rey, declaración abiertamente subversiva en la lógica imperial. Tanto a manos de los judíos como de los romanos, Jesús recibió burlas, palabras hirientes, golpes de puño, escupitajos y azotes con el horrendo flagrum romano. Se le colocó una corona de espinas. Y, a lo menos, se le obligó a cargar el poste horizontal de su cruz. El pesado travesaño, la sangre perdida, la noche en vela, la enorme presión emocional y espiritual, le llevó al desplome. Se le pidió a un hombre que pasaba por el camino que cargara su cruz. En el monte de la Calavera, el Gólgota, Jesús es crucificado. Clavos de tosco metal atravesaron sus muñecas o manos y sus pies, fijándole en la cruz. Algunos médicos en tiempos contemporáneos hablan del sufrimiento de la cruz: calambres, dolores de cabeza, problemas de respiración (la muerte común de los crucificados era por asfixia, la que era apresurada con la crurifractura, es decir, quebrándole las piernas a los torturados), pérdida de la conciencia momentánea. Jesús sufrió la burla de los maestros de la ley cómplices y testigos del ignominioso sacrificio, de la gente que pasaba por el camino y, al comienzo, de ambos malhechores a su lado. Jesús, tal y como dijo el profeta, fue herido y molido por nuestras rebeliones. Todo este sufrimiento y presión, Jesús lo experimentó como el humano que era, luego de ese profundo misterio de la encarnación.

 Pero el sufrimiento de la cruz no fue sólo físico y emocional. Lo fue también espiritual. Y dicho sufrimiento no sólo fue experimentado en su humanidad. Cristo no dejó de ser Dios al estar en la cruz. Él es eterno Dios, la segunda persona de la Trinidad. La lectura del evangelio nos lleva a adentrarnos en uno de los momentos más oscuros y terribles de la historia. El momento en que la danza eterna de Dios, como llamaban nuestros antiguos hermanos orientales a la relación intratrinitaria, se detuvo. Hubo un momento del sacrificio de Cristo en la cruz en que Dios, misteriosamente, y empleando lenguaje sencillo, dio vuelta la espalda a su Hijo amado. La Escritura dice:

 “Desde el mediodía, toda la tierra quedó sumida en oscuridad hasta las tres de la tarde. Hacia esa hora Jesús gritó con fuerza: -Elí, Elí, ¿lemá sabaqtaní?, es decir: ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’” (Mateo 27:45,46, La Palabra).

 En ese momento, Jesús padeció lo que nuestra teología llama la muerte espiritual, el descenso al infierno, como lo anuncia el Credo Apostólico. A Jesús no sólo lo puso en la cruz las autoridades religiosas judías, el pusilánime procurador Poncio Pilato, la soldadesca imperial… Dios Padre puso a su Hijo en la cruz. En ese momento, Jesús bebió la copa amarga de la ira de Dios en nuestro lugar. Fue en ese momento que Jesús recibió la paga del pecado en nuestro lugar. Fue en ese momento, en que el Mesías prometido cargó el pecado de todos nosotros. El santo, inocente, justo y misericordioso sumo sacerdote y cordero pascual, realizando el sacrificio único y perfecto por nuestra redención. Jesús sufrió el abandono del Padre para que quienes formamos parte del pueblo de Dios, por el puro afecto de su amor, jamás viviésemos dicho abandono. Fuimos absueltos de la muerte espiritual por medio de este sacrificio que satisfizo la justicia de Dios. Y no sólo eso: hoy hemos recibido vida abundante.

 Juan Calvino señaló respecto de este asunto:

 “Nada hubiera sucedido si Jesucristo hubiera muerto solamente de muerte corporal. Pero era necesario a la vez que sintiese en su alma el rigor del castigo de Dios, para oponerse a su ira y satisfacer a su justo juicio. Por lo cual convino también que combatiese con las fuerzas del infierno y que luchase a brazo partido con el horror de la muerte eterna. […] Por tanto, no debemos maravillarnos de que se diga que Jesucristo descendió a los infiernos, puesto que padeció la muerte con la que Dios suele castigar a los perversos en su justa cólera”[1].

 Por su parte, Sally Lloyd-Jones, en el que a mi gusto es el mejor libro de historias bíblicas, relata lo siguiente:

 “-Si eres en realidad el Hijo de Dios, ¡simplemente bájate de esa cruz! – decían.

Por supuesto, tenían razón. Jesús simplemente pudiera haberse bajado de la cruz. En realidad, pudiera haber simplemente dicho una palabra y todo se hubiera detenido. Como cuando sanó a la niña, o calmó la tempestad, o dio de comer a cinco mil personas.

Pero Jesús se quedó en la cruz.

Como ves, ellos no entendían. No fueron los clavos los que mantuvieron a Jesús en la cruz. Fue el amor.

– ¿Papá? – clamó Jesús, frenéticamente buscando en el cielo-. ¿Papá? ¿Dónde estás? ¡No me dejes!

Por primer vez, y por última vez, cuando él habló, nada sucedió. Hubo solo un horrible e interminable silencio. Dios no respondió. Le dio la espalda a su muchacho.

Las lágrimas corrieron por el rostro de Jesús, el rostro de aquel que limpiaría toda lágrima de todo ojo”[2].

 Amor. Eterno y perfecto amor…

 Lo más maravilloso, es que el relato del evangelio no sólo tiene un alcance teológico respecto de nuestra salvación, sino un contenido pastoral potente. Jesús, estando en la cruz, oró las palabras del Salmo 22 “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. En esto, Jesús también nos sustituyó. Él realizó esta oración angustiosa (una lectio divina en el pleno sentido de la expresión), hecha con un fuerte grito, también sustituyéndonos en ella. ¿Estás pasando momentos de adversidad? ¿Crees que estás solo? ¿Estás experimentando el desamor, el desaliento, la traición, la falta de esperanza, el quiebre de relaciones significativas? ¿Vives lo que Martyn Lloyd-Jones llamó “depresión espiritual”? Quiero darte una buena noticia que espero llegue al desierto de tu vida: jamás podrás hacer esta misma oración. ¡Jamás podrás decir y orar “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” porque Jesús ya vivió eso por ti y por mi en la cruz ignominiosa! Cristo experimentó la soledad y el desamparo de Dios para que tú y yo no lo viviéramos. En la dureza de la vida, no estás solo. Podemos recordar con gozo las palabras proclamadas por el profeta:

 “¿Se olvida una madre de su criatura,

deja de amar al hijo de sus entrañas?

Pues aunque una madre se olvidara,

yo jamás me olvidaré.

Aquí estás, tatuada en mis palmas,

tengo siempre a la vista tus murallas”.

(Isaías 49:15,16, La Palabra).

 Sí, amor. Eterno y perfecto amor…

 Luis Pino Moyano.


[1] Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana. Libro II, Capítulo XVI, Punto 10. Rijswik, Fundación Editorial de Literatura Reformada, 2006, p. 382.

[2] Sally Lloyd-Jones. Historias bíblicas de Jesús para niños. Miami, Editorial Vida, 2012, p. 304.

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Nada más/menos característico de un reformado.

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No hay nada más característico de un reformado que congregarse y participar activamente de su comunidad local y presbiterial, por ende, no creer que Facebook es su comunidad.

No hay nada más característico de un reformado, que si antes vivió otra experiencia eclesial, glorificar a Dios por ella, y leerla en clave de providencia.

No hay nada más característico de un reformado que someterse a los consejos establecidos, entendiendo, que si bien sus miembros son elegidos, no son meros representantes o “diputados” de la iglesia, al cual cobrarles favores. Conciencia atada a la norma de la norma: la Escritura.

No hay nada menos característico de un reformado que menospreciar a hermanos en la fe por no creer lo mismo que uno, lo que muestra en que creen en la idea de una salvación por gracia y algo más.

No hay nada menos característico de un reformado que ser un “llanero solitario”, que no se somete a nadie, que no rinde cuentas a nadie, que cree que no puede aprender de los demás -por muy humildes que sean esos demás- y que vive la ensoñación de una iglesia que no existe: una libre de santos-pecadores, como tú o como yo.

Luis Pino Moyano.

¿Es posible un calvinismo kelleriano?

 

Keller predicando.

Luis Pino Moyano.

Artículo publicado en Estudios Evangélicos.

  1. La razón de ser de una propuesta calvinista kelleriana.

 Sin lugar a dudas, Timothy Keller[1] es uno de los autores más relevantes emergidos en el cristianismo de cuño protestante en los últimos tiempos. Y su relevancia no radica sólo en la capacidad de generar ideas que se adoptan, sino también, ideas que se debaten. Y, lamentablemente, algunos que desdeñan su lectura, generan la idea de que se trata de un autor heterodoxo, y que sus lectores más asiduos serían parte de una moda más en el ámbito de la teología y la misión. Frente a esa situación, me pregunto acerca de la posibilidad de un calvinismo kelleriano, y para que no queden dudas desde un principio, me respondo que sí. De hecho, es mi opción particular, hecha más allá de la moda y con criterio histórico y responsabilidad teológica.

 Es muy probable que al propio Keller no le guste esta formulación, de la misma manera como a muchos de los que han abierto caminos en tiempos pasados desfavorecen la posibilidad de que su apellido dote de un nombre a una corriente de pensamiento. Pero con esta definición lo que se quiere, en primera instancia, es sacar la lectura del pastor presbiteriano del estado actual de “una moda más” en la literatura cristiana, y que en tanto moda, tiene adherentes que tarde o temprano, producto de nuevas modas, dejarán de citar, leer y estudiar para estar a la orden del día. Y precisamente ahí entra la idea del criterio histórico.

 Evidentemente, Keller habla para un momento histórico determinado, a saber, la crisis de la modernidad y la emergencia de un momento distinto, reciba el nombre que reciba: posmodernidad, modernidad líquida, modernidad radicalizada, entre otros; por otro lado, gran parte de lo dicho por él, emerge de la lectura de su contexto vital, es decir la ciudad de Nueva York, particularmente en Manhattan, en la que desde 1989 pastorea Redeemer Presbyterian Church. Pero si bien es cierto, Keller habla para el presente y para su sitz im leben, pero sus palabras tienen el vigor de “los clásicos”, quienes hablan también para el devenir histórico. ¿Cuál es el elemento clave de la previsión de la durabilidad? A mi gusto, que a diferencia de otros autores, Keller no nos quiere vender un modelo armado y terminado de plantación de iglesias. Él no dice en sus páginas cosas como “-¿Está usted plantando iglesias? Siga entonces los siguientes pasos?”; a lo que nosotros responderíamos con “calco y copia” y cuando las cosas no funcionan, probablemente terminaríamos echándole la culpa a la realidad y no a la teoría leída y seguida. Keller no se esfuerza en presentar métodos y pasos. Por el contrario, su esfuerzo está en presentar principios teológicos y/o marcas bíblicas que pueden aplicarse a las realidades de cada quien. En ese sentido, a pesar del tiempo, y arriesgándome a hacer “ciencia ficción”, en el futuro y mientras el Señor no vuelva, muchos cristianos podrán seguir leyendo a Keller, provechosamente, como lo hacemos con otros de nuestros hermanos del ayer.

 Ahora bien, como he señalado anteriormente, esta formulación debe ser realizada, también, con responsabilidad teológica. Por eso se habla de “calvinismo” y de “kelleriano”. Es decir, el marco general y más amplio estaría dado por el pensamiento de Juan Calvino y el aporte de sus múltiples herederos, particularmente, en mi caso particular como presbiteriano y oficial de una iglesia presbiteriana, de la Confesión de Fe de Westminster a la que he suscrito como norma normada por la Escritura. Y lo de kelleriano (no kellerista), reporta más que un marco, una lectura que aporta dentro de dicho marco general. De hecho, cuando se lee a Keller es posible notar la conciencia de la larga duración del calvinismo y del presbiterianismo, por lo cual en su propuesta no hay, a diferencia del movimiento de “iglesias emergentes”, una ruptura con los factores institucionales, siendo el aspecto de movimiento, la introducción de preguntas desde-y-para la hora actual que llenan de vigor a este espectro de lo reformado. Con esto, estoy declarando abiertamente, además, que no es obligación asumir esta posición, sino simplemente, es una de las posibles lecturas dentro de una opción calvinista o presbiteriana.

 Una de las cosas que más me ha asombrado de la lectura de Timothy Keller es su profunda erudición, la que es fácil de pesquisar por la constante referencia (véanse las numerosas notas bibliográficas de cada capítulo de sus libros) y por el manejo de autores que sobrepasan el ámbito teológico y misiológico, considerando también autores provenientes de la filosofía, las humanidades y las ciencias sociales, introduciéndose en temas de suyo complejos como la cultura y la configuración urbana, haciéndose parte de debates contemporáneos. Se releva también una rigurosidad teológica y escritural, de la cual están empapados sus textos, que cada vez nos invitan a volver a la Palabra de Dios, y con ello a poner nuestra mirada en nuestro Señor. Y, además de eso, y quizá sea uno de los elementos paradigmáticos de su obra, Keller es un predicador por antonomasia, por ende, un sujeto que no sólo está reflexionando y discurriendo sobre temas interesantes, sino que está exhortándonos con sus palabras y motivándonos a creer, pensar y actuar. Leer a Keller es como estar presente en su auditorio, al nivel de que uno siente su preocupación por lo que pensamos cuando seguimos sus páginas y, a su vez, sus libros terminan siendo devorados porque nos detienen una y mil veces a pensar en cada frase u oración significativa para nuestra cotidianidad como trabajadores del Reino de Dios. Como refirió Raymond Bakke: “En 1909 el misionólogo alemán Martin Kahler, en su brillante libro sobre la misión, acuñó la frase: ‘La misión es la madre de la teología’. En otras palabras, es la misión la que obliga a la iglesia a hacerse nuevas preguntas”[2]. Eso se hace realidad de manera consistente en la propuesta kelleriana.

2. ¿Cuál es el aporte de Timothy Keller a la reflexión teólogico-misional?

 A continuación, presentaré de manera introductoria algunas de las ideas de Timothy Keller, en siete puntos. Se trata de un ejercicio sistemático caracterizado por la brevedad, la referencia bibliográfica y la promoción de la lectura. En estricto rigor, una invitación a ir a las fuentes, y a no quedarse sólo con lo que los comentaristas podamos decir. Nunca está de más leer.

a. El cristianismo y la diada evangelio/religión.

 Sin lugar a dudas, el esfuerzo principal de Keller está en la comprensión del cristianismo a la luz del evangelio. El evangelio en esta propuesta es el marco para entender la teología evangélica como un tramado único e integral, que no hace disociación entre teología y vida. Esto, porque la salvación y los efectos de ella en la vida de los creyentes son por y a partir del Señor, y por nadie más. El acto de la gracia que justifica a los creyentes los invita a andar en “novedad de vida”: somos capacitados por el Espíritu Santo para vivir una obediencia renovada, marcada por la humildad y el amor a los demás. Keller dice: “La fe en el evangelio es la que reestructura nuestras motivaciones, nuestra comprensión sobre nosotros mismos y nuestra identidad y nuestra cosmovisión. La conformación de nuestra conducta a unas reglas sin que se haya producido un cambio completo en el corazón será superficial y pasajera”[3]. En ese sentido, sólo la humildad, el reconocimiento de la dependencia en la gracia del Señor, que conlleva la experiencia de la debilidad frente al poder total de Dios, es lo que nos permite vislumbrar el poder de Jesucristo.

 Por eso, la autojusticia y el orgullo son enemigos del evangelio. Cualquier otro pensamiento y forma de vida construido por los seres humanos, es un camino alternativo al evangelio, en palabras de Pablo “otro evangelio”. Es por eso que la autodeterminación que caracteriza al hermano menor de la parábola del hijo pródigo, genera autodestrucción ensimismada; y la autojusticia y el orgullo que caracterizan al hermano mayor de la misma parábola, se constituyen en enemigos del evangelio. Ambos, a pesar de sus diferencias filosóficas, si se quiere, y prácticas, son parte de un mismo tramado: la religión egolátrica que invita a constituir el altar del dios más sanguinario y brutal de todos: uno mismo. El evangelio está marcado por la obra de Cristo y la religión por las obras humanas[4]. Keller señala: “La ‘verdad’ sin gracia no es en realidad verdad y la ‘gracia’ sin verdad no es en realidad gracia. Cualquier religión o filosofía de vida que le reste énfasis o pierda una u otra de estas verdades cae en el legalismo o la licencia. En cualquier caso, uno u otro, nos roban la alegría y el poder y el ‘anuncio’ del evangelio”[5].

 Una crítica que he visto que se hace a Keller es que él usa la palabra religión de manera negativa, como si se tratara de una “demonización conceptual”. Nada más alejado de la realidad. Se trata, más bien, de la operacionalización del concepto en su obra, vale decir, religión es usado así sólo en su obra y no necesariamente dicha significación se aplica (¡ni debe aplicarse!) a todas las reflexiones. Ahora bien, este uso conceptual de Keller, es parte del ejercicio contextualizador misional en el marco de una sociedad secularizada, en la que la palabra religión es considerada de manera negativa. Lo que Keller hace acá es quitar una barrera a la presentación del evangelio y no una renuncia a lo trabajado históricamente por la producción teológica reformada. Prueba de ello, es lo que plantea Keller cuando dice: “Algunas personas contrarrestan ‘religión’ con ‘relación’, como ‘el cristianismo no es una religión, sino una relación’. No es esto lo que quiero decir, y hay quienes hacen esta declaración para significar que el cristianismo exige solo una relación de amor íntimo con Dios, sin obediencia, santidad de vida, vida en comunidad y disciplina”[6].

b. Su diálogo con la posmodernidad.

 Una de las cosas que se agradece de la lectura realizada por Keller es su conciencia crítica de la posmodernidad, que entiende la verdad y la realidad como construcciones sociales, enfatizando en la relación entre sentido e interpretación (la idea de que sólo hay coherencia en el relato y, por ende, en la construcción ficcional de cada quien). Y si bien es cierto, hay bastante producción bibliográfica sobre esta problemática, Keller ha hecho el puente para pensarla en relación al cristianismo.

 ¿Cómo es posible subsistir en un mundo en el cual las verdades totales parecieran no existir? Y ahí hay algo en la lectura de Keller que es sumamente provocador: cuando el piensa en los sectores progresistas, que tienden al relativismo moral, pero que enfatizan muy drásticamente en la justicia social, con mucha brevedad, pero agudeza, plantea una interrogante: “Si la moral es algo relativo, ¿por qué no lo es también la justicia social?”[7]. La pregunta es sólida y de amplios alcances. Por ejemplo, si nosotros pensamos en los derechos humanos vemos su fuente dual: el derecho natural y los derechos políticos, ambos con matrices epistemológicas no sólo diferentes, sino contrapuestas. Lo natural presupone la existencia del derecho; la comprensión política ve los derechos como logros que se alcanzan y ejercen desde un determinado contexto histórico. En el segundo caso, se lucha contra el esencialismo del primero, dando cuenta del origen y de la susceptibilidad del cambio, pero dicha crítica tiene un efecto de espejo, que denota la incoherencia pues, ¿cómo es posible hablar de justicia social si ésta es cambiante y depende de la comprensión y la acción de un sujeto o un grupo de ellos? El origen particular anularía su universalidad. Mi punto acá no es discutir la validez de las declaraciones de derechos, sino más bien, apuntar a que incluso quienes sostienen principios supuestamente relativizadores terminan invocando absolutos. Keller lo dice de la siguiente manera: “Aunque nos cueste admitirlo, la objeción que toda verdad es mero juego de poder y la salvedad que toda verdad está mediatizada culturalmente, se enfrentan por igual a un mismo problema. Al tratar de declarar nula con una explicación toda pretensión de verdad, y ello en cuanto que condicionada por una u otra alternativa, o incluso desde otro posible argumento, el resultado final será siempre una posición insostenible”[8]. Entonces, la invitación de Keller es a reconocer la verdad absoluta revelada en la Escritura o, como mínimo, saber que todos hablamos desde un lugar de producción, y que sin la explicitación de dicho lugar y la concesión de verosimilitud al relato del otro, es imposible dialogar. Por ello, el uso de la apologética presuposicional.

c. Su propuesta reformacional.

 Resulta notorio en la lectura de Keller su deuda teórica con la propuesta reformacional (conocida también como neocalvinismo). Por ende, se hace pertinente leerlo de la mano de Abraham Kuyper, Herman Bavinck, Herman Dooyeweerd, entre sus múltiples proponentes. Desde luego, entre los múltiples, destaca uno de los máximos difusores de las ideas reformacionales en el siglo XX: Francis Schaeffer. ¿Cómo definiría a Timothy Keller? Efectivamente, lo vería como un reformacional, promotor y practicante de un modelo teológico-misional transformacionista, con matices contraculturales. Deconstruyamos esta definición.

 Keller es un reformacional consciente de los matices que dicho modelo ha tomado a lo largo de su historia, con las virtudes y falencias, triunfos y derrotas, que esto le ha traído. Cito en extenso: “Los proponentes originales de la cosmovisión kuyperiana tendían a ser liberales en su política, favoreciendo las economías centralizadas y un gobierno expansivo con énfasis en la justicia y los derechos para las minorías. Sin embargo, en los años sesenta y ochenta surgió otra ‘ala’ de los proponentes de la cosmovisión cristiana en los Estados Unidos: la derecha religiosa. Muchos cristianos fundamentalistas como Jerry Falwell, quien había defendido abiertamente la postura pietista, la abandonaron. Falwell y otros llegaron a creer que la cultura estadounidense estaba apartándose a grandes pasos de sus valores morales, y por eso lideró a los cristianos conservadores a convertirse en una fuerza política dentro del partido republicano. La derecha religiosa usó intensamente el concepto de cosmovisión, como también la idea de la ‘cultura transformadora’, pero conectó estas ideas directamente a acciones políticas en apoyo de medidas conservadoras. El creciente estado secularista tenía que verse como un enemigo que había que reducir, y no sólo porque promovía el aborto y la homosexualidad. La filosofía política conservadora creía que los impuestos debían bajarse, el estado reducirse para favorecer al sector privado y al individuo, y las fuerzas militares ampliarse. Los de la derecha religiosa justificaban a menudo toda la agenda conservadora en base a una visión bíblica del mundo. El movimiento sostenía que necesitábamos líderes políticos que gobernaran desde un punto de vista cristiano, y este estaba definido en su mayoría por un gobierno limitado, impuestos más bajos, una fuerza militar más fuerte y la oposición al aborto y a la homosexualidad”[9]. Si leyéramos someramente este fragmento creeríamos que la adopción crítica de lo reformacional en Keller pasa por una crítica política, que apunta a la ideologización de algunos extremos, sobre todo uno mayoritario en el contexto estadounidense, la “derecha religiosa” (que se confunde, en abundante literatura, como “cosmovisión cristiana”). Pero en realidad, ese elemento es superficial, pues la crítica de Keller pasa por un tema teológico. Él entiende y adhiere a la triada creación-caída-redención como clave de lectura de la historia desde un punto de vista cosmovisional, pero considera, que es necesario subdividir el elemento redención, añadiendo por separado el de “consumación”. Esto no es inédito en Keller, pero él es uno de sus proponentes.

 En ese sentido, esta mirada sigue señalando que la transformación de todas las cosas no tiene que ver con algo inédito en la historia, sino en la restauración de aquello que el pecado dañó desde la caída de Adán. Esa transformación no comienza con un reino futuro, pues los “tiempos postreros” no comienzan con la segunda venida de Cristo, sino con su primera venida (lo que queda claro en los primeros versículos de Hebreos capítulo 1). La prédica de Juan el Bautista y de Jesús fue que el reino de los cielos ya se había acercado. Nuestra vida toda debe propender a la vida del Reino que según Pablo es “justicia, paz y gozo en el Espíritu”. Es en razón de esto que Keller dirá que: “si como cristiano soy consciente de mis creencias cristianas mientras vivo y trabajo, estas creencias afectarán todo lo que hago en la vida. Mi ‘hacer cultura’ moverá a una sociedad en una dirección particular, y consecuentemente estaré cambiando la cultura”[10]. Esto debe ser muy tenido en cuenta para quienes trabajamos en la plantación de iglesias, puesto que, a pesar de que nuestra tarea fundamental está en dicha esfera, la eclesial, la formación comunitaria debe tender a que los creyentes dejen de pensar que la misión está sólo relacionada con la presentación de algunas verdades, a modo de A, B, C del evangelio, sino que cada tarea que se realiza debe ser hecha para la gloria de Dios, por ende, cada lugar de trabajo y de estudio es campo de misión, lugar para anunciar con la voz y con la palabra que Cristo es el Señor[11].

 Dicho esto, resulta trascendental señalar que no veremos plenamente el Shalom de Dios manifestado en la creación, pues es parte de la lógica del “ya” pero “todavía no”. Nuestra esperanza no es la de un mero cambio social ni está puesta en seres humanos, por más inteligentes y poderosos que parezcan; como tampoco están en proyectos y programas que intentan establecer un paraíso terrenal secularizado. Nuestra esperanza es escatológica y está puesta en Jesucristo, que tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas. Claramente somos colaboradores del Reino de Dios, pero no somos los artífices ni los constructores. A esto apunta la subdivisión del eje “Redención”: a que dejemos de poner nuestra mirada en nosotros y la pongamos en Cristo.

 Por su parte, como se dijo anteriormente, la postura de Keller tiene matices contraculturales, lo que se manifiesta en que su lectura de la cultura no es del todo optimista. Si bien es cierto, esto estaba presente en los autores neocalvinistas, con el concepto de “antítesis”[12], Keller agudiza dicha descripción de la realidad, por ejemplo cuando aborda el tema de la idolatría en nuestras sociedades, de las cuales, producto de nuestra pecaminosidad, nuestras iglesias no están exentas de ella. También hay idolatría en nuestras comunidades eclesiásticas, sobre todo, cuando éstas se acomodan al modo de vida del sistema imperante. Keller señala: “Cuando se convierten en ídolos la precisión doctrinal, el éxito en el ministerio o la rectitud moral, esto lleva a unos conflictos internos constantes, a la arrogancia y a la justicia propia, y a la opresión de aquéllos cuyos puntos de vista sean distintos. Estos efectos tóxicos de la idolatría religiosa han producido una amplia falta de aprecio por la religión en general, y por el cristianismo en particular. Pensando que ya hemos probado a Dios, nos hemos vuelto hacia otras esperanzas, y los efectos han sido devastadores”[13]. La idolatría obstaculiza la alegría y la transformación del evangelio tanto en la iglesia como en la sociedad. En ese sentido, la mirada contextualizadora de la cultura busca tomar con alegría aquello que es bueno, transformar aquello que es redimible y desechar aquello que es abiertamente pecaminoso. La contextualización no necesariamente deriva en adaptación.

 d. La concepción de la iglesia y la misión.

 Uno de los elementos más destacables de la propuesta kelleriana tiene que ver con su noción de la iglesia, puesto que su visión no se dejó permear por las técnicas de iglecrecimiento de las megaiglesias, que en otras palabras es una eclesiología del mercado y del consumo; ni tampoco por el de las iglesias emergentes, que enfatizan en lo comunitario, la simpleza y la informalidad como si ese fuese un constructo más cercano al original y libre de “paganismo”. Keller, más bien, busca relevar tanto elementos de continuidad como de cambio en la conformación de iglesia. Señala: “Desde el principio la iglesia fue tanto una institución como un movimiento. Esta naturaleza dual de la iglesia se basa en la obra del Espíritu, y es el Espíritu quien hace a la iglesia simultáneamente un organismo vital y una organización estructurada. Una manera útil de entender este equilibrio es ver la forma en que el ministerio de Jesús se lleva a cabo en la iglesia en un sentido general por medio de cada creyente, así como también mediante roles especializados; distinción a la que comúnmente se hace referencia como oficio general y especial”[14]. En ese sentido, lo que se busca es el equilibrio, que haga emerger una institución con dinámica de movimiento caracterizada por: doctrina sólida, líderes cuyos dones son discernidos por la comunidad (principio de elección), compromiso con la misión que genere unidad, la centralidad del Reino de Dios más que la institución y, una dosis de espontaneidad que facilite el crecimiento. Respecto a esto último, me parece pertinente citar lo siguiente: “Una iglesia con dinámicas de movimiento, sin embargo, genera ideas, líderes e iniciativas desde la base. Las ideas vienen menos de reuniones estratégicas y más de conversaciones regulares entre amigos. Puesto que la motivación para el trabajo no es tanto un asunto de retribución e interés propio como un asunto de una disposición compartida al sacrificio debido de una visión contagiosa, tales iglesias naturalmente producen amistades entre miembros y ministros. Estas amistades se convierten en minimotores que impulsan a la iglesia, junto con las reuniones y eventos más formales y organizados”[15]. Hay aquí un llamado a la eliminación del caciquismo y la tiranía, como a la pérdida del miedo a la comunidad y a la amistad. La vida de la iglesia debe propender al encuentro amical con todo lo que eso implica: compromiso, lealtad y franqueza.

 Por otro lado, frente al debilitamiento de la imagen de la iglesia, Keller ha señalado claramente que no se puede prescindir de ella. Planteó lo siguiente: “La iglesia de Jesucristo es similar a un océano en su amplia diversidad. Y, al igual que las aguas del mar tienen partes claras y más cálidas, y otras más oscuras y más frías, partes en las que entrar confiadamente y otras en las que el riesgo de perecer es grande, la vida de iglesia puede ser una bendición o una dura prueba. Soy de hecho consciente del peligro de aconsejar a mis lectores que busquen una iglesia en la que integrarse. Pero es sin embargo consejo que no doy a la ligera, y para el cual advierto. Pero lo cierto es que no hay otra alternativa. No se puede vivir en cristiano sin la familia de la fe como verdadera iglesia”[16]. No existe cristianismo solitario, éste siempre se da en comunidad. Se debe luchar contra la comodidad que se adapta a la cultura individualista y fragmentada que, más allá de los discursos fáciles, no tolera ni disfruta la diversidad. La iglesia es el lugar donde se reúnen personas que jamás se hubiesen juntado. Eso lo logra la gracia, posibilitando la fraternidad. Esa hermandad implica riesgos, pero éstos deben ser tomados.

 Para Keller, las iglesias deben estar en los lugares donde hay gente (¡por eso el perfil urbano! Es prioridad estratégica), y allí llevar a cabo su servicio. Ese servicio implica contextualización, la que hace inteligible el discurso evangélico al no creyente, pero que también confronta los ídolos de su tiempo y espacio. Esto requiere el compromiso activo en la misión de todos los creyentes. Los principios relevados por Keller enfatizan en la desprofesionalización de la misión, en el sentido de que toda la institución-organismo debe estar involucrada en ella. En ese contexto, la evangelización es eminentemente relacional, marcada por una integridad que no aleja, pero que muestra distintivo cristiano. El amor manifestado por los creyentes es necesario en un mundo que resiente la individuación.

 Una de las razones por las que la propuesta de Keller respecto de este asunto se llama “iglesia centrada” es porque ella manifiesta cuatro frentes que la constituyen en un ministerio integrador. Frentes que no pueden disociarse de la vida de la iglesia, cuando se cree que Jesucristo tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas. Estos frentes son: a) conectar a las personas mediante la evangelización y la adoración; b) conectar a las personas unas con otras mediante la comunidad y el discipulado; c) conectar a las personas con la ciudad mediante la misericordia y la justicia; y d) conectar a las personas con la cultura mediante la integración de fe y trabajo. Acá la misión siempre consiste en proclamación del evangelio: buenas noticias que se dicen y se viven. La conversión y la alegría de quienes nos rodean son indisociables[17].

 e. Culto reformado y contextualización[18].

 Una de las cosas que Keller desarrolla en sus análisis, y muy relacionado con el proceso de plantación y revitalización de iglesias, dice relación con el culto cristiano y su relación con la cultura. Lo primero que se debe tener en consideración acá es la resistencia al consumismo y al simplismo, que derivan, a pesar de su divergencia, en un mismo resultado: la idea de que existe sólo una forma de adorar. Y antes que el “celo que consume” arda en algunos corazones, equivocadamente por cierto, es pertinente señalar que para el autor las verdades que confesamos trascienden la cultura, por ende, nos reportan elementos de continuidad. En este caso, una teología bíblica de la adoración, de la cual se extrae el principio regulador del culto y, con él, la diferenciación de elementos y circunstancias, sigue siendo relevante de ser sostenido. Además, a veces existe más miedo de nuestra parte que de los no creyentes cuando asisten a nuestros lugares de reunión, pues ellos saben que están en un “servicio religioso”. Pero, a su vez, el cómo comunicamos las verdades que confesamos no puede trascender a la cultura. Y allí, no debemos colocar más barreras a las que el mismo evangelio tiene con su “ofensa” (la llamada “mala noticia” del evangelio), haciendo del evangelio algo que no dice nada al hoy de las personas.

 De ahí emerge la idea de la “adoración evangelística”. Para Keller, la Biblia es clara al señalar que todos los pueblos de la tierra son convocados a adorar a Dios, por ende, todos ellos debiesen entender y ser exhortados por lo que allí ocurre. Se trataría, entonces, de una falsa dicotomía la de elegir entre adorar a Dios y que la gente entienda, como si se tratara de cuestiones imposibles de ligar. Nada más alejado de la realidad. El culto es dirigido al Dios vivo y real, se centra en el evangelio de Jesucristo y se comunica en lenguaje vernáculo. Y lo que hace Keller acá no es una innovación, sino rescatar los principios bíblicos que emergen de 1ª Corintios 14 que nos hablan de una espiritualidad que une de manera inquebrantable canto-oración con el entendimiento, la exposición bíblica en un lenguaje claro (brevedad en idioma vernáculo es muy superior a la abundancia de lenguas extrañas), la finalidad de la edificación y la forma decente y ordenada. Puede que algunas de las implicancias que Keller desarrolle en su reflexión hagan ruido en nuestro contexto latinoamericano, caracterizado por la expresión emocional de la adoración y marcado en muchos casos por la experiencia pentecostal (hablo desde lo que fue también mi experiencia), pero eso no puede leerse sin el contexto desde el cual surge la reflexión. Keller dice respecto de esto lo siguiente: “la manera más sutil de caer en el pecado de Pedro [su hipocresía respecto de su relación con los gentiles cuando aparecieron los judaizantes, según el relato de Gálatas 2:11-21] es simplemente tomar nuestras propias preferencias con demasiada seriedad y concederle importancia moral a lo que solo es cultural. Por ejemplo, es muy difícil para los cristianos de iglesias que tienen expresividad emocional y música moderna no sentirse superiores a las iglesias que tienen reservas emocionales y música tradicional, y viceversa. No somos capaces de ver que solo somos diferentes; creemos que nuestro estilo y costumbre son espiritualmente mejores. Esto conduce a todo tipo de divisiones en el cuerpo de Cristo”[19].

No se puede finalizar este punto sin considerar un elemento esbozado más arriba, en lo que respecta al lenguaje vernáculo. La predicación de Keller, de la cual emergen algunos de sus libros, si bien es cierto expone el texto bíblico con fidelidad y rigurosidad, no es definida como una “predicación expositiva”, sino como “predicación apologética”. ¿Qué quiere decir esto? Que su exposición sermonaria tiene como intención a hablar al corazón y la mente de quienes son ateos, agnósticos, que llegan a Redeemer, pero también una palabra que trastoca las ideas de quienes sin dejar de ser creyentes y/o miembros de la comunidad han abrazado ideas foráneas al cristianismo. Respeto que no estupidiza, claridad y franqueza, amor unido a la verdad, tan necesarios para el pastoreo que busca a la oveja perniquebrada.

 f. La relación con los no creyentes.

 Mientras hemos revisado la producción kelleriana se han generado una serie de conexiones respecto de los no creyentes. ¿Por qué agregar un ítem particular respecto de esto? Fundamentalmente, para agregar otro punto focal: ¿cómo mirar al no creyente? Regularmente, y no sólo desde un punto de partida religioso, cuando vemos a otros sujetos tendemos a mirar a las personas a partir de la diferencia. Es un punto de vista legítimo, pero no único. Sobre todo desde el cristianismo, que nos debiese a invitar a ver a los otros como “ovejas sin pastor”, carentes de cuidado, necesitadas de alimento genuino (¡la Palabra de Dios!) y como potenciales receptores de nuestro amor. Se supone que creemos en la salvación por gracia, pero a veces vemos que algunos hombres y mujeres son más candidatos al infierno que otros, porque promueven ideas que nos son adversas. El diferente tiene más rostro de enemigo que de cualquier cosa.

 Frente a esto, me parece pertinente relevar unas palabras de Keller sobre este asunto, teniendo como contexto la desafiante realidad urbana: “Si la salvación ciertamente es por gracia, no por virtud ni mérito, ¿por qué pensaríamos que alguien pueda tener menos opciones que nosotros para ser cristiano? ¿Por qué la conversión de alguien es un milagro mayor que nuestra propia conversión? La ciudad puede obligarnos a descubrir que en realidad no creemos en la pura gracia, que ciertamente creemos que Dios salva, principalmente, a gente linda… gente como nosotros”[20]. Nuestras comunidades no deben ser espacios para “gente como uno”, sino para todas las personas. Si el cristianismo no bota las barreras étnicas, nacionales, culturales, políticas, entre hombres y mujeres, de clases sociales, es porque en algo nos estamos adaptando a la individuación del sistema imperante.

 Cuando estamos en misión, no sólo somos invitados a analizar cosmovisionalmente la ciudad y la cultura, sino que, además, a vivir en ella. Podemos rescatar históricamente al monasticismo como reacción, pero el cristianismo no es ascético ni intramuros, sino que se expresa en el mundo de manera concreta y vital como sal y luz. No somos llamados a formar ghettos de gente virtuosa en la iglesia y la familia, ni fortalezas de censura que nos impiden ver el fruto de la gracia común que se manifiesta en la ciencia, la técnica, el arte. Tal y como la invitación de Jeremías a los exiliados en Babilonia, somos llamados a apuntar al bienestar de la ciudad, porque de dicha acción depende nuestro propio bienestar. La postura del profeta no es reaccionaria, sino profundamente activa. Shalom, no sólo es paz, es justicia social, vida abundante, armonía.

 g. La acción política.

 En la lucha por un cristianismo que se aleja del dualismo, se nos abren todos los temas, inclusive aquellos que nos aparecen como tabú, aún a pesar de los riesgos evidentes que esto puede traer. Keller no se ha librado del mote de “marxista” (hasta en las mejores familias pasa) endosado a cualquier sujeto que hable de la justicia social, como si la Biblia callara al respecto.

 Una de las cosas que permite la lectura de Keller es que no necesitamos recurrir a discursos prestados de otros acervos ideológicos para hablar del tema, porque desde un punto de vista bíblico la justicia social no es mera acción de racionalidad política, sino una práctica espiritual ligada a la adoración al Dios de la vida y al cumplimiento de su voluntad en la Palabra. Ayuno verdadero, al decir de Isaías. Keller, apuntando a la convicción y la práctica política del cristianismo bíblico, señala: “Si están intentando vivir una vida de acuerdo con la Biblia, el concepto y el llamado a la justicia es ineludible. Hacemos justicia cuando le otorgamos a todos los seres humanos su derecho como creaciones de Dios. Hacer justicia no solo incluye la enmienda de males, sino la generosidad y la preocupación social, especialmente hacia los pobres y vulnerables. Esta clase de vida refleja el carácter de Dios. Consiste en un amplio rango de actividades, desde los tratos honestos y justos con la gente en la vida diaria, pasando por donaciones regulares y radicalmente generosas de tu tiempo y recursos, hasta el activismo que busque terminar con formas particulares de injusticia, violencia y opresión”[21].

 Se trata también de un acercamiento a la práctica cotidiana de la iglesia primitiva, puesto que “los primeros obispos cristianos en el Imperio Romano […] eran tan bien conocidos por identificarse con los pobres y débiles que a la larga, aunque eran parte de una religión minoritaria, se les veía como teniendo el derecho de hablar en nombre de la comunidad local como un todo. Preocuparse por los pobres y los débiles llegó a ser, irónicamente, una razón para la influencia cultural que la iglesia llegó a ostentar con el tiempo. Si la iglesia no se identifica con los marginados, será ella misma marginada. Esto es la justicia poética de Dios”[22]. Nuestros primeros hermanos veían la necesidad del otro como un deber que obliga. Keller acierta en esto, actuando con rigor histórico y tratando de tender un puente con el presente de la iglesia. Pero reflexiones como estas no sirven de nada si no tienen correlato empírico. Se habla tanto de martirologio, pobreza y clandestinidad (en la iglesia primitiva y la perseguida en la actualidad), pero no se hace nada por dejar las posiciones de comodidad que nos brindan nuestros templos e instituciones. Ofensivamente a nuestras formas de vida, caracterizadas por el deseo de ascenso social, debemos decir que la frugalidad y el contentamiento son parte de la vida cristiana. La renuncia al estatus siempre es un reflejo de amor al prójimo, y ese amor debe manifestarse intensivamente en la comunidad, para luego extenderse en la sociedad. Por ello, es que el pastor presbiteriano señala: “En este mundo existe una distribución no equitativa tanto de los bienes como de las oportunidades. Por lo tanto, si Dios te ha asignado los bienes de este mundo y no los compartes con los demás, no es solo tacañería: es injusticia”[23]. Keller, leyendo el texto bíblico, dirá que los actos de misericordia son siempre actos de justicia. Y como son manifestaciones de la espiritualidad, el problema de la avaricia está en el corazón ensimismado que busca lo suyo propio y que, por ende, no ama.

 Keller no sólo apunta al pensamiento y la acción, sino que también, evalúa críticamente algunas opciones tomadas por hermanos nuestros en la historia, y particularmente en el tiempo reciente, las que dan cuenta del acomodamiento y el conformismo a lo que los discursos imperantes. Por ejemplo, la pulsión que se tiene desde el mundo evangélico por lo legal, como si las leyes tuvieran el poder de cambiar las conductas de las personas, constatando que “mientras que algunos cristianos esperaban que la legislación cambiaría las actitudes de las personas, ha sido la cultura popular, las instituciones académicas, las artes y los medios de comunicación los que han estado formando la mentalidad popular. La política pública ahora simplemente está empezando a seguir los pasos”[24]. Allí aparece la escasa agudeza analítica de sectores del cristianismo, que tomando una posición facilista culpan de lo malo que ocurre en el mundo a “ellos y los que votan por ellos”. Es una posición facilista porque no pone la mira en nuestra responsabilidad en la entrega de un mensaje escasamente evangélico lo que ha implicado en la pérdida de la relevancia. La invitación es, entonces, a mirar más hacia adentro.

 La otra crítica apunta hacia la actitud de solapar discursos foráneos al cristianismo en un manto de aparente ortodoxia bíblica, sólo con el afán de justificar la postura política propia en detrimento de las de los otros. Keller muestra que: “Muchas iglesias han adoptado sin ningún sentido crítico una agenda política liberal, agenda que tiene una visión muy expansiva del gobierno. Otras adoptan un enfoque de la justicia políticamente conservador, enfoque que insiste en que la pobreza, al menos en Estados Unidos, no es consecuencia de leyes injustas, estructuras sociales y racismo, sino que se debe solo a la desintegración de la familia. Como hemos visto, el material bíblico es tan completo y equilibrado que encaja sin problemas en cualquiera de estos esquemas. Y si atamos la Biblia con demasiada fuerza a un sistema económico particular o a un conjunto concreto de políticas públicas, eso le confiere autoridad divina a dicho sistema”[25]. La actitud poco honesta de pasar por cristianismo nuestros constructos idolátricos debe ser dejada de lado. No debemos tragarnos conjuntos de creencias políticas completos por el sólo hecho de que dicen, o dijeron en algún momento, algo de verdad. Eso, también es suplantar el evangelio de Cristo con aparentes verdades que terminan gobernando el corazón. Y, además, cuando nuestros ídolos sean confrontados y derribados con el poder del evangelio, más que chistar: gocémonos. Dios es muy bueno con nosotros.

3. Sugerencias lectoras de la obra de Keller.

 Una sugerencia que vale, no sólo para la lectura de Keller, sino para todos los artefactos literarios que son objeto de nuestra atención, es que se debe ponderar, evaluar y criticar lo que un autor dice, no lo que no dice. Si lo haces entras al terreno del juicio de las motivaciones, terreno sinuoso, en el que se corre el riesgo de errar. La omisión de un autor podría pasar porque el tema no tiene que ver con su problemática de investigación, porque no tiene acceso a fuentes que le permitan un conocimiento cabal del tema o, derechamente, porque el asunto que tanto te interesa no es de su interés. Entonces, si ves un vacío escriturario, piensa-estudia-escribe del tema y no enarboles la bandera anti contra el que por lo menos se ha dado el tiempo de proponer algo. Es hasta antiestético ese artilugio de no escribir nada y criticar los vacíos de quienes lo han hecho.

 Keller debe ser siempre leído desde su contexto: el de un pastor presbiteriano estadounidense, asentado en Nueva York (una megalópolis) que recurre a un amplio acervo de producción teórico-conceptual para dialogar con la gente que asiste o podría asistir a Redeemer Church. Esa situación vital es incomparable a la nuestra en América Latina, y en el caso más particular, a Chile. Gran parte de la gente que llega a nuestras comunidades tiene un bagaje religioso cristiano, ya sea por medio del catolicismo o incluso del mundo evangélico; sumado al hecho de que nuestro proceso de secularización, si bien es creciente, es mucho más lento. Entonces, en un ejercicio empático, debemos procurar entender por qué Keller usa unos conceptos y no otros, sobre todo a la hora del momento inicial del diálogo evangelizador, y especialmente cuando dicho uso conceptual está enunciado en el texto.

 Keller no es una “vaca sagrada” ni infalible ni normativo. Debe ser leído críticamente, rescatando lo que haya que rescatar y dejando de lado aquello que es dudoso o inaplicable. Además, nuestra mirada debe ser hecha, también, desde el evangelio. Nos guste o no, estemos de acuerdo con sus ideas o no lo estemos, Keller es un hermano nuestro, tan santo-pecador como nosotros. La crítica no debe llegar al extremo de defenestrar a un prójimo muy cercano.

 Si se quiere conocer la propuesta gruesa de Keller de manera rápida y breve, sugiero la lectura del artículo “El evangelio y la supremacía de Cristo en un mundo posmoderno”[26]. Allí encontrará un esbozo preclaro de la propuesta kelleriana. Si se quiere conocer de manera más amplia la propuesta kelleriana, propongo como lectura apropiada: “El Dios pródigo”, “La razón de Dios”, “Dioses falsos”, “Justicia Generosa”, todos citados ya, sumando su reciente libro sobre la oración[27]. Evangelio, diálogo con no creyentes, análisis cultural, política y espiritualidad como temas globales. Ahora bien, podrían obviarse esas lecturas, y pasar de cuajo a la obra magna: “Iglesia centrada”, que aborda todos esos temas.

 A propósito del párrafo anterior, cuando se lee a un sujeto que escribe prolíficamente, se hace necesario evaluar el total a la luz de lo último escrito. La dinámica del pensamiento fluye muy rápido, y cuando no se es discípulo de uno mismo, se tiende a modificar ciertas ideas o a agregar matices. Keller no está exento de aquello.

4. A modo de corolario: ¿Por qué leo a Keller y desde dónde lo hago?

 Leo a Keller porque fue el autor más serio y contundente desde un punto de vista cosmovisional y reformado con el que providencialmente me encontré en medio de un proceso reformacional, que me sacó de la cautividad mental a la libertad del evangelio de Jesucristo, a pesar de no haber dejado de asistir nunca a la iglesia. Keller ayudó en la demolición de ídolos con pies de barro. Ojo con el punto: estoy hablando desde mi propia experiencia, la que como tal, no es normativa.

 Leo a Keller no como un exponente más del “neocalvinismo”, sino como alguien que hace una lectura desde la larga duración protestante y reformada. Lo leo desde mi condición de presbítero de una iglesia, que suscribe la Confesión de Fe de Westminster, sus Catecismos Mayor y Menor, además del Catecismo de Heidelberg, tal y como lo demandó mi comunidad y en lealtad a lo que creo. Dicho eso, postulo que los documentos confesionales tienen todo lo que creo pero ellos no son todo lo que creo. Ellos nos dotan de un lugar de habla comunitario y nunca reducen la posibilidad de hacernos nuevas preguntas, propias del siglo XXI, y encontrar respuestas en la Biblia, desde nuestros contextos, sin la necesidad de hacer tabula rasa del pasado. El calvinismo no puede ser reducido a cinco puntos, treinta y tres capítulos, o ciento noventa y seis preguntas. El calvinismo es eso y es más que eso. Afirmar no significa anquilosar. Sola Escritura y toda la Escritura – Confesionalidad en la iglesia – Posibilidad de pensar desde y para el presente son indisociables en la producción reformada. De hecho, nobleza obliga, la propuesta kelleriana no debe ser definida como lo reformado. Es una corriente posible más.

 Y si hay algo por lo que leo a Keller, es porque releva con sabiduría que la única posibilidad de coherencia se alcanza abrazando una sólida cosmovisión cristiana. Pero previamente a eso, uno debe ser abrazado por el Padre. Los enemigos de Dios y hasta el mismo diablo no dejan su condición e incoherencias porque dicen unas cuantas verdades, como las verdades no dejan de ser verdades a causa de sus emisores. Como propuso Francis Schaeffer: “Luchamos por nuestras vidas, como diría el profeta Ezequiel. Si amamos al ser humano, no es la nuestra una época en la que nos podamos dispensar de comprender a nuestro contemporáneo; no es tiempo de jugar pequeños juegos, no es tiempo de dejarse arrastrar y caer en la misma clase de dualismo y las mismas formas de pensamiento sin darnos cuenta de ello. No es tiempo para permitirnos el lujo de la falta de comprensión”[28].

 Por todo eso, calvinista kelleriano…


[1] Timothy Keller es un pastor presbiteriano estadounidense (de la Presbyterian Church in America), nacido el 23 de septiembre de 1950, siendo oriundo de Pennsilvania. Tiene un Bachiller en Artes de la Bucknell University (1972), un Magíster en Divinidad de Seminario Gordon-Conwell (1975) y un Doctorado en Ministerio del Seminario Teológico de Westminster (1981). Fue pastor en Hopewell, Virginia por nueve años. En 1989, funda la Redeemer Presbyterian Church, en Manhattan, Nueva York, iglesia en la que aún realiza trabajo pastoral. Está casado con Kathy (Licenciada en Teología del Seminario Gordon-Conwell, 1975; posee, también una Maestría en Estudios Teológicos de la misma institución), con quien tiene tres hijos. Es co-fundador de The Gospel Coalition.

[2] Raymond Bakke. Misión integral en la ciudad. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 2002, p. 95.

[3] Timothy Keller. Dioses falsos. Miami, Editorial Vida, 2011, p. 90.

[4] Véase Timothy Keller. El Dios pródigo. Miami, Editorial Vida, 2011. Sugiero, dentro de las lecturas realizadas respecto de la parábola, acompañarla con Henri Nouwen. El regreso del hijo pródigo. Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt. Madrid, Editorial PPC, 2012. El ejercicio primario consiste en reparar en los elementos comunes y en los complementarios.

[5] Timothy Keller. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012, p. 54.

[6] Ibídem, p. 79.

[7] Timothy Keller. La razón de Dios. Creer en una época de escepticismo. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2014, p. 15.

[8] Ibídem, p. 80.

[9] Keller. Iglesia centrada. Op. Cit., p. 198.

[10] Ibídem, pp. 207, 208.

[11] No se puede evitar recordar las palabras de Charles Spurgeon: “Es preciso trabajar como si todo dependiera de nosotros, orar como si todo dependiera de Dios, y dar a Dios la gloria por los resultados obtenidos”. La cita fue tomada de Darrow Miller. Vida, trabajo y vocación. Una teología bíblica del quehacer cotidiano. Tyler, Editorial JUCUM, 2011, p. 170.

[12] La antítesis es un “concepto usado por Dooyeweerd (siguiendo a Abraham Kuyper) en un sentido específicamente religioso para referirse a la oposición espiritual fundamental entre el Reino de Dios y el reino de las tinieblas (Cf. Gl 5.17). Y tratándose de una oposición entre regímenes, no entre dominios, ella se extiende por cada departamento de la vida y cultura humanas, incluyendo la filosofía y el emprendimiento académico como un todo, y alcanza también el corazón de cada creyente en su lucha para vivir una vida de compromiso integral con Dios”. Esta definición forma parte del glosario de conceptos de Dooyeweerd realizado por Albert Wolters, traducido y ampliado por Guilherme de Carvalho en: Herman Dooyeweerd. Estado e soberania. Ensaios sobre cristianismo e política. São Paulo, Edições Vida Nova, 2014, p. 131. Véase también Herman Dooyeweerd. Las raíces de la cultura occidental. Las opciones pagana, secular y cristiana. Barcelona, Editorial CLIE, 1998 (particularmente la sección subtitulada “gracia común”, pp. 37-40).

[13] Keller. Dioses falsos. Op. Cit., pp. 149, 150.

[14] Keller. Iglesia centrada. Op. Cit., p. 365.

[15] Ibídem, p. 371.

[16] Keller. La razón de Dios. Op. Cit., p. 350.

[17] El análisis de este ítem presenta grosso modo las ideas de: Keller. Iglesia centrada. Op. Cit., pp. 265-388 (Parte Tres: Movimiento; Capítulos 19-29). Véase sobre los frentes ministeriales c y d, respectivamente, los siguientes libros: Timothy Keller. Ministérios de misericordia. O chamado para a estrada de Jericó. São Paulo, Edições Vida Nova, 2016 (el primer libro de Keller, publicado en 1989); Timothy Keller y Katherine Leary Alsdorf. Como integrar fé & trabalho: Nossa profissão a serviço do Reino de Deus. São Paulo, Edições Vida Nova, 2014.

[18] Este punto sintetiza lo propuesto en: Keller. Iglesia centrada. Op. Cit., pp. 315-329.

[19] Timothy Keller. Gálatas para ti. Medellín, Poiema Publicaciones, 2014, pp. 59, 60.

[20] Keller. Iglesia centrada. Op. Cit., p. 179.

[21] Timothy Keller. Justicia generosa. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2016, pp. 45, 46.

[22] Keller. Iglesia centrada. Op. Cit., p. 237.

[23] Keller. Justicia generosa. Op. Cit., p. 118.

[24] Keller. Iglesia centrada. Op. Cit., p. 212.

[25] Keller. Justicia generosa. Op. Cit., p. 188.

[26] Timothy Keller. “El evangelio y la supremacía de Cristo en un mundo posmoderno”. En: John Piper y Justin Taylor (editores). La supremacía de Cristo en un mundo posmoderno. Buenos Aires, Editorial Peniel, 2010, pp. 119-145.

[27] Timothy Keller. La oración: Experimentando asombro e intimidad con Dios. Nashville, Broadman & Holman Publishers, 2016. Espero sumar más adelante, un artículo más breve que analice otras lecturas de Keller, más recientemente publicadas en castellano.

[28] Francis Schaeffer. Huyendo de la razón. Barcelona, Ediciones Evangélicas Europeas, 1969, p. 69.

Relato testimonial: El evangelio que hace volver a casa.

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En enero de 2013 comenzaba esta nueva aventura virtual llamada “En el balcón y en el camino”, y en el post “¿Por qué este nuevo blog?”, daba a conocer las razones para ello. Quería que fuese un espacio en el cual dejar atrás el dualismo que hasta ese momento caracterizaba mi pensamiento y acción, emprendiendo una andada reformada, literal y teológicamente hablando.

Esto, porque el evangelio me había hecho volver a casa, haciéndome dejar de lado una serie de ideas y conceptos ajenos a la Biblia, que regulaban mi mente, mi corazón, mi existencia. Ideas que me hacían separar la política y la fe.

Dios es bueno y me proveyó de una comunidad, de un pastoreo, de amigos, que estuvieron conmigo en este proceso de retomar la fe revelada en la Escritura. En este post, coloco un documento en PDF en el que se puede leer mi testimonio. “El seguimiento de Jesús”, “La política, el marxismo”, “¿Qué creo hoy en política?” y “Una última cosa, a modo de petición”, se titulan las partes del testimonio. Tal vez su lectura pueda ayudarte…

Lee el relato testimonial: “El evangelio que hace volver a casa”. 

A 110 años del natalicio de Bonhoeffer: ¿Por qué seguir leyéndolo?

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Mis palabras no tienen la intención de erigirse como un canto laudatorio a un mártir impecable e incuestionable. Sin lugar a dudas, eso sería una ofensa a la memoria de Bonhoeffer, quien con claridad y firmeza relevaba la condición de “santos-pecadores” de los creyentes. Eso es lo que vemos en la historia de la iglesia, no prohombres ni héroes, sino sujetos que obraron por la gracia recibida, mediante la fuerza del Espíritu, como también por las falencias resultantes del pecado, que no es otra cosa que el apartar la mirada del Creador.

 Ahora bien, tampoco es el acto falaz de erigir a un “Bonhoeffer conservador”, e inclusive de derecha, cuya biografía incluso puede ser loada por George W. Bush; ni la construcción del relato izquierdoso del “Che Guevara luterano”, rescatado sólo por su praxis martirial, por su muerte en la resistencia contra el Führer; ni mucho menos la invención de cierto fundamentalismo antitodo (ojo que no estoy refiriendo a toda esa vertiente), que señala los pecados del “teólogo liberal” que muere en su ley, y que por ende, nada de rescatable tiene en su vida y su obra. Lo que pretendo, simplemente, es el rescate, o más bien, la aproximación a la obra de un sujeto que vivió en un momento de la historia y que manifestó los rigores, certezas y contradicciones de una hora particular; de un hombre en un tiempo y un espacio, con todo lo que eso implica. Ver a Bonhoeffer, es encontrarse con un cristiano, un evangélico con bastantes peculiaridades que difícilmente pueden ser delimitadas por la lectura manualística de ciertos “teólogos”, un predicador apasionado y profundo de las Escrituras, uno de los fundadores de la Iglesia Confesante, uno de los autores intelectuales de un tiranicidio frustrado, uno que es mártir en tanto no sólo es alguien que muere, sino quien porta un testimonio que lleva a que su presencia física sea extirpada de la faz de la tierra.

 Entonces, parafraseando a Mariátegui, acá no se trata de hacer calco y copia de las lecturas bonhoefferianas, se trata más bien, de leerlo desde nuestros propios lugares de producción, para crear heroicamente las herramientas que pueden seguir beneficiando a la iglesia en su acción misional en el mundo. ¿Por qué seguir leyendo al pastor y teólogo nacido en Breslau en 1906 un día como hoy? Creo, que por algunas razones como las que me arriesgaré a dar, entendiendo que estas líneas más que un análisis detallado de la obra de Bonhoeffer, buscan ser un estímulo a su lectura. Las razones que propongo son:

1. Por su refutación al liberalismo teológico: Por eso causa una sonrisa y, a veces, otro tipo de reacciones, cuando alguien señala que Bonhoeffer era teológicamente liberal. Quien así procede es porque no ha leído ni media página de lo que él señaló al respecto, y se conformó con la lectura de manuales, o simplemente con la escucha de algún profesor trasnochado. Basta leer el registro de sus discusiones, respetuosas por lo demás de la persona y las ideas, con su profesor Adolf von Harnack. O basta ver el prólogo de su libro “Los salmos: El libro de oración de la Biblia”, para notar que la lectura bíblica es un acto mayor que la mera aplicación del método histórico-crítico (¡y de cualquier otro método hermenéutico!), resultado de la ciencia naturalista, sino una experiencia espiritual de encuentro con la Palabra de Dios, en la que incluso, misteriosamente, oraciones humanas son aquello. Eso era una acción contracultural contra el método que era la ciencia racionalmente incuestionable en las facultades de teología de la fecha.

2. Por su rescate de la catolicidad de la iglesia: Esto en Bonhoeffer era, al igual que en el punto anterior, un acto contracultural, puesto que él provenía de una denominación eclesial que se definía como nacional y que, aún más, estaba ligada al Estado. Por ende, la ecumenicidad de la iglesia, entendida como el alcance universal de la misma, fue un descubrimiento para él, toda vez, que lo que nos debiera unir es la lectura y recepción consciente del mensaje de la Palabra. Hay creyentes de Cristo, pertenecientes a su iglesia, más allá de los límites que pretendemos imaginar. Esto hace total sentido con la idea de la iglesia invisible, aquella que reconoceremos en su total extensión en el Reino consumado.

3. Por su entendimiento de la gracia: Quizá aquí esté el máximo aporte de Bonhoeffer a la teología protestante, la comprensión de la gracia, puesto que ésta fue una de las doctrinas fundantes de la Reforma del siglo XVI. Leyendo “El precio de la gracia. El seguimiento”, nos encontramos con la comprensión de una gracia cara, que al Padre le cuesta su Hijo, que al Hijo le cuesta la muerte ignominiosa en la cruz y que al discípulo le cuesta el seguimiento, es decir, el cortar la mano que hace caer, viene a ser antídoto a dos extremos presentes en distintas denominaciones eclesiales: el legalista y el antinomianismo, ambos espurios hijos de la cristiandad. Es el mensaje que exhorta a aquél que no mira la cruz y que depende de sus obras, como también es el mensaje confrontador para aquél que piensa y cree que Dios te acepta “tal como eres”, sin cambios en la vida y sin esfuerzo en la práctica de la santidad. Es decir, estamos frente a una comprensión que nos recuerda que el resultado de la salvación son las buenas obras, lo que para un reformado que lee, se traducirá en mayor gloria de Dios.

4. Por la práctica de la espiritualidad: Leer a Bonhoeffer, produce en quien lo hace con honestidad, un reencuentro con la espiritualidad. Con la lectura orante de la Biblia, con la meditación detenida de ella, con las disciplinas espirituales, con la confesión de los pecados, cuya riqueza no está en el que realiza dichos “ejercicios”, sino más bien, en quien debe ser fundamento y centro de los mismos: Cristo, porque “no es la pobreza de nuestro corazón, sino la riqueza de la Palabra de Dios la que debe determinar nuestra plegaria”[1] Y esto también es contracultural, pues apelaba en su contexto a una práctica dejada de lado por el liberalismo que se sustentaba en los ideales ilustrados de la razón moderna. Bonhoeffer apelaba a la mística, a la relación devocional con el Redentor, en la que cada acto realizado tiene un cariz espiritual. Era un batatazo al academicismo flemático en pos de una reflexión que diga algo para el aquí y el ahora, como también para el más allá.

5. Por su énfasis en la vida comunitaria: “Vida en comunidad”, sigue siendo lectura obligada para quienes están trabajando en la construcción de comunidades eclesiales, pues centra la mirada en Cristo que es autor y fundamento de la iglesia, pone la mirada en los otros que son tan pecadores como uno, lo que acrecienta una mirada realista frente al ensueño de la “iglesia ideal” de la que uno se va simplemente por la molestia. Es la muestra de vidas que se unen en adoración al Creador, mandatada en la Biblia, ligados fuertemente por el amor al prójimo. Esto, porque la comunidad es la obra del Dios vivo que nos permite una comprensión más firme de la gracia. Cito in extenso: “Debemos persuadirnos de que nuestros sueños de comunidad humana, introducidos en la comunidad, son un auténtico peligro y han de ser destruidos, so pena de muerte para la comunidad. Quien prefiere el propio sueño a la realidad se convierte en un destructor de la comunidad, por más honestas, serias y sinceras que sean sus intenciones personales. / Dios aborrece los ensueños piadosos porque nos hacen duros y pretenciosos. Nos hacen exigir lo imposible a Dios, a los demás y a nosotros mismos. Nos erigen en jueces de los hermanos y de Dios mismo. Nuestra presencia es para los demás un reproche vivo y constante. […] /Todo lo contrario sucede cuando estamos convencidos de que Dios mismo ha puesto el fundamento único sobre el que edificar nuestra comunidad y de que, antes de cualquier iniciativa por nuestra parte, nos ha unido en un solo cuerpo por Jesucristo; pues entonces no entramos en la vida en común con exigencias, sino agradecidos de corazón y en actitud de recibir. Damos gracias a Dios por todo lo que ha obrado en nosotros. Le agradecemos que nos haya dado hermanos que viven, ellos también, bajo su llamada, bajo su perdón, bajo su promesa. No nos quejamos por aquello que no nos da, sino que le damos gracias por cuanto nos concede cada día. Nos da hermanos llamados a compartir nuestra vida pecadora bajo la bendición de su gracia. […] Cuando la vida en comunidad está gravemente amenazada por el pecado y la incomprensión, el hermano, aunque pecador, sigue siendo mi hermano. Estoy con él bajo la palabra de Cristo, y su pecado puede ser para mí una nueva ocasión de bendecir a Dios por permitirnos vivir bajo su gracia. La hora de la gran decepción por causa de los hermanos puede representar para todos nosotros un momento verdaderamente saludable, pues nos hace comprender que no podemos vivir de nuestras propias palabras ni de nuestras obras, sino únicamente de la palabra y de la obra que de verdad nos une con otros, a saber: el perdón de nuestros pecados por Jesucristo”[2].

6. Por su claro entendimiento de la relación entre evangelio y relevancia: Lamentablemente las modas tergiversan a los autores, y es probable que algunas de las reacciones antitodo sean resultado de dicho constructo. Bonhoeffer, el adalid de la relevancia, es una falsificación histórica, puesto que sólo enuncia una media verdad. Los verdaderos adalides de la relevancia eran aquellos que desde la Iglesia Luterana adscribieron al nazismo e hicieron más que genuflexiones a Adolf Hitler y sus esbirros. Ellos estaban a la orden del día. Ellos seguían “los signos de los tiempos” disociados del mensaje. Y esto nos lleva a pensar en Bonhoeffer y su “Ética”, que responde en situaciones complejas a preguntas hechas desde el presente, y desde un presente que exige compromisos y decisiones que no reportan una cotidianidad en contextos de estabilidad social, mostrándonos una vez más que el cristianismo no sólo es expresión de fe, sino una mirada omnicomprensiva de la realidad. Mirada que se hace preguntas y que responde de manera ofensiva a quienes están inmersos en la comodidad de la iglesia intramuros. Pero que se entienda, el mensaje de Bonhoeffer es el mensaje que confiesa a Jesús y la Escritura, que se detiene y basa en dicha proclamación que nace de la fuente de agua viva y no en las cisternas rotas que no retienen agua (Jeremías 2:13). Para el pastor que a la vez es teólogo, la relevancia no está en ponerse a la orden del día. La relevancia de un cristiano está en Cristo y su mensaje y si no está en ella no es. Es agua edulcorada, demasiada actualización que ofende incluso como pregunta. Es entonces, refiriendo a la compilación de sus cartas en prisión, una resistencia que se somete. Resistencia contra el líder y el imperio que se alza como dios y como verdad, enseñándonos a ser minoría que no lloriquea con complejo de víctima, sino más bien, comunidad que avanza en las luchas cotidianas en medio de una cultura que contraviene aquello que creemos, pero que sigue enunciando el mensaje con responsabilidad y claridad. Resistencia de quienes entienden que su verdadera libertad está en quien es Señor de todo y que ella ha sido provista para amar y servir.

 Por estas razones, creo que la lectura de Bonhoeffer sigue siendo pertinente. Manos a la obra. Hay mucho que leer…

 Luis Pino Moyano.


[1] Dietrich Bonhoeffer. Los Salmos: El libro de oración de la Biblia. Bilbao, Editorial Desclée de Brouwer, 2010, p. 19.

[2] Dietrich Bonhoeffer. Vida en comunidad. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2014, pp. 21-23.

Del “Síndrome Martín Lutero” y la “Inquisición Calvinista”.

Cerezo Barredo.

Un terrible monstruo recorre nuestras iglesias y redes sociales. Un monstruo sediento de gratificación del ego. (Pseudo)Teólogos perfectirijillos que disparan contra todo y contra todos quienes se encuentren a su alcance, sobre todo, si no se acercan a su “luminosa brillantez”. Son tan geniales sus elucubraciones, que ya no necesitan de la Sola Gratia para declarar la obra de salvación y santificación que el Espíritu hace en los creyentes, complementándola con un conocimiento superior, al modo de la antigua gnosis, un conocimiento en el que hay que iniciarse para ser un “verdadero creyente”.

Quienes somos protestantes, debemos reclamar como nuestros los postulados reformadores del siglo XVI. A su vez, quienes somos calvinistas, debemos procurar leer y profundizar en la obra de este notable teólogo francés, y no sólo en fragmentos ni mucho menos en los memes de algún Facebook “reformado”. Tenemos que leer, rescatar y seguir reformando según la Palabra de Dios. La historia de la iglesia no es una historia de héroes, es una historia de santos-pecadores que trabajaron por pura gracia en la extensión del Reino. Por ende, nuestro rescate debe ser hecho en su justa dimensión, reconociendo aciertos y errores, teniendo como norma de la norma a la única y suficiente regla de fe y práctica de los creyente: La Biblia. Nuestros credos y confesiones, no son sólo textos para ser regurgitados de vez en cuando en alguna tribuna, son guía para la lectura y base para la vida en la comunidad. Ocupando la cara metáfora orwelliana, si en algún momento tu conocimiento te hace ser “más igual” entre “los iguales”, algo está andando mal. Estás suplementando la obra de Cristo con tus méritos y fuerzas.

Y aquí viene lo que entiendo como “Síndrome Martín Lutero” y como “Inquisición Calvinista”. El síndrome es terrible. Hace que ciertos sujetos, que están comenzando a leer obras teológicas, crean, ilusoriamente por lo demás, que ya saben todo y que están provistos para combatir con sus novedosas y propias “95 tesis” toda herejía que exista por ahí. Porque toda discusión para ellos es dogmática y un atentado contra sus conciencias al decir de Lutero en la Dieta de Worms. Y batallan, y batallan, por sus convicciones haciendo más enemigos que hermanos, fomentando el individualismo y no la comunidad. Citan textos recién leídos, defendiendo la verdad, pero sin amor. Y lo que es peor, sin humildad, entendiendo que el estudio de la teología versa sobre Dios, quien es inalcanzable por nuestra mente finita y limitada.

Y otros sujetos, suman una acción peor: la de la refulgente “inquisición calvinista”. Con Calvino y sus múltiples herederos siendo “vana repetición”, con el libro adquirido para la foto que eleva el estatus y con el apelativo de calvinista y confesional en el pecho. Y ahí pateando en el suelo virtual a quien ose diferenciarse de su supuesta ortodoxia. Sobre todo, la performance de moda, darle duro a los pentecostales. Desde sus cómodos sillones de lectura mancillan el nombre y el testimonio de quienes con pasión por el reino de Dios han desperdigado iglesias a lo largo y ancho del país, iglesias que cobijan a creyentes salvados por la obra única y suficiente de Cristo en la cruz. Y usan sus escasos conocimientos teológicos para burlarse de la comprensión de la iglesia, del Espíritu y su obra, de los dones, de la vida en santidad (¡como si fuera un mensaje alejado del calvinismo!), de la escatología, olvidando que la mayoría de los inquisidores fueron (¡o son todavía!) miembros de iglesias pentecostales. Y lo que es peor, cuando llegan a nuestras iglesias, quieren que los recibamos con aplausos y palmaditas en el hombro, pero ni siquiera quieren someterse al gobierno de la iglesia y aún menos quieren servir. Los inquisidores, que con displicencia cuestionan a otros, son meros consumidores de fe, de sermones, pero no gente que adora y sirve. Pues para eso se necesita de humildad y amor, cosa de la que carecen. Si han llegado hasta el colmo, porque escucharon un sermón de Paul Washer, de cuestionar la salvación de quienes fueron llamados en una predicación a pasar al púlpito para que oraran por ellos. ¿Acaso esa forma es más importante que la obra del Espíritu en el corazón? ¿Qué se creen cuando dilapidan a creyentes, a hermanos en la fe, con ese nivel de grosería botando al tacho de la basura la experiencia más bella que un cristiano pueda tener? No más, por favor. Arrepiéntanse de la altivez.

Oigan bien queridos que adolecen del “síndrome” y calvinistas para quienes sus balbuceos perfectirijillos son tenidos como dogma inquisidor y que creen que la doctrina, sobre todo la de la elección, es para ostentar frente a quienes todavía no la creen, entienden o asumen, algo así como un grado mayor de superioridad cristiana, déjenme decirlo con todas sus letras: toda esa banalidad es basura, estiércol. Porque al contrario, la doctrina reencontrada por los reformadores, más que para ser debatida u ostentada, es para ser celebrada por el pueblo que Dios ha elegido para sí. Y eso es lo que celebramos de la Reforma del siglo XVI: lo que creemos sanamente y la libertad que no engrandece. La libertad para amar y servir. El credo y la libertad cuya conciencia no está sujeta a sus disquisiciones, sino a la viva Palabra que sale de la boca de Dios.

Si tienes el síndrome y te comportas como inquisidor, arrepiéntete y deja que Dios mate al ídolo en el que te convertiste. Vuelve a casa. Al evangelio de la sola gracia.

Luis Pino Moyano

Cajón del Maipo, en el mes de la Reforma 2015.

Orar y protestar no se contradicen. Leyendo en voz alta a Sidney Rooy y a David J. Bosch.

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En contextos de crisis política y social, muchos cristianos ante la pregunta del qué debo hacer, presentan respuestas que disocian el orar de la protesta. Ante dicha interrogante respondo, me respondo, que “del Señor es la tierra y su plenitud” (Salmo 24:1); que “toda autoridad ha sido puesta por Dios” (Romanos 13:1), que el pecado de Sodoma fue “la soberbia, gula, apatía, e indiferencia hacia el pobre y el indigente” (Ezequiel 16:49), todas acciones que Dios condena. Porque nuestro Dios, el Dios al que sirvo, el Dios de la vida, es el Señor que “hace justicia a los oprimidos, da de comer a los hambrientos y pone en libertad a los cautivos. El Señor da vista a los ciegos, el Señor sostiene a los agobiados, el Señor ama a los justos. El Señor protege al extranjero y sostiene al huérfano y a la viuda, pero frustra los planes de los impíos” (Salmo 146:7-9). Por ende, seguir a Dios implica orar porque “venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo” (Mateo 6:10), con la convicción de que esa oración invita a una acción: amar y obedecer a nuestro Padre implica colaborar con su misión, claramente sostenida en el Salmo recientemente citado. La base de la justicia social para nosotros los cristianos está en la acción de Dios que no sólo es trascendente, absolutamente otro, sino que también  es Señor que reina con sus manos sosteniendo providentemente la historia. Como cristiano protestante que protesta, seguiré orando “por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad” (1ª Timoteo 2:1,2), aunque sean como Nerón y, a la vez, alzaré mi voz todas las veces que sea necesario denunciando los ídolos de nuestra época, teniendo como proyecto histórico la sanidad de los pueblos, la restauración de los heridos y perniquebrados, la caminata que coadyuva a la expansión y consumación del Reino de Dios, que en la definición paulina es “justicia, paz y gozo en el Espíritu” (Romanos 14:17). Porque la verdad siempre camina con el amor (Efesios 5:15), y es inconsistencia teológica disociar aquello que debe caminar junto siempre. Orar y protestar no se contradicen, porque en ambos casos Cristo es suficiente (Colosenses 2:9,10).

 Luis Pino Moyano.


Dicho lo anterior, les invito a leer conmigo unas referencias de Sidney Rooy[1] y David J. Bosch[2].

Sidney Rooy define los siguientes indicadores para la acción política desde un modelo reformado:

“1. La base del quehacer político por parte del cristiano radica en la presencia dinámica del Reino de Dios en todos los aspectos de la realidad histórica.

2. La plena soberanía de Dios, tanto sobre la naturaleza como sobre toda la sociedad humana, exige la obediencia a la ley moral por parte de todas las personas, sean gobernados o gobernantes.

3. La vida plena e integral del hombre incluye los aspectos afectivo, físico y espiritual, sin los cuales no puede llegar a realizarse como ser humano según la meta establecida por Dios.

4. El cristiano tiene la vocación sagrada de responsabilizarse por lo que pase en su área de actuación, particularmente en lo político. No debe actuar como un individuo aislado de los demás, sino como un miembro de una comunidad de personas que se preocupan por el bien de la vida civil.

5. El objetivo primordial del gobierno y por lo tanto del político cristiano es el de alcanzar la equidad y la justicia en todo su territorio, dando prioridad a los pobres y oprimidos. La autoridad de todo gobierno es derivada, secundaria y limitada porque está condicionada al fiel cumplimiento de la tarea que le ha sido encomendada.

6. Los instrumentos que guían al político cristiano son los disponibles en su tiempo y espacio histórico, vistos bajo la luz de la Palabra y el Espíritu divinos.

7. El deber del cristiano como ciudadano particular es el de obedecer las leyes, orar por las autoridades, sufrir si es perseguido, y reclamar por la justicia cuando las autoridades son infieles a su mandato.

8. Se recomienda la resistencia pacífica bajo condiciones normales cuando el gobierno no cumple con su mandato de administrar justicia. Sin embargo, en casos excepcionales podría ser necesario recurrir a una resistencia abierta con el uso de la fuerza como último recurso. Tal acción solo será posible cuando haya sido autorizada por una organización social calificada y después de una consideración profunda y cuidadosa, que haya determinado la necesidad de rebelarse contra un gobierno que sistemáticamente actúa contra el bien de los gobernados.

9. Todo gobierno que traiciona su vocación y en lugar de promover el bien y castigar el mal hace lo inverso, pierde su autoridad para gobernar.

10. La Iglesia cristiana está llamada a realizar una tarea profética frente a las autoridades, una tarea didáctica con referencia a los que están dentro de su esfera de acción, y una tarea de servicio respecto a las víctimas de una política inadecuada o perversa.

11. El sacerdocio universal de los creyentes señala a la necesidad de la participación de todos, sean laicos o pastores, en el quehacer político. La capacitación de ciertos miembros del cuerpo de Cristo con dones especiales requiere la selección y preparación de ciertas personas de la comunidad cristiana para la participación activa en los partidos políticos y en los distintos niveles gubernamentales”[3].

Por su parte, David Bosch, entiende la misión como la acción de creyentes en todas las esferas de la vida, en la que también se encuentran las tareas político-sociales. Dice:

“Tan pronto como entablamos una conversación sobre Dios, en la discusión se incluye al mundo como escenario de su actividad (Hoekendijk 1967a:344). La situación histórica del mundo no es una mera condición exterior para la realización de la misión de la Iglesia; más bien, debe ser incorporada como un elemento constitutivo de nuestro entendimiento de la misión, de su objetivo y su organización (Rütti 1972:231). Tal postura está en pleno acuerdo con el entendimiento que Jesús tenía de su misión, como está reflejado en nuestros Evangelios: Jesús no volaba por las nubes, sino se sumergía en las circunstancias reales de los pobres, los cautivos, los ciegos y los oprimidos (cf. Lc. 4:18s.). Hoy día también Cristo está donde se encuentran los hambrientos y los enfermos, los explotados y los marginados. El poder de su resurrección empuja la historia hacia su final bajo la bandera ‘¡He aquí yo hago nuevas todas las cosas!’ (Ap. 21:5). Igual que su Señor, la Iglesia-en-misión tiene que tomar parte por la vida y en contra de la muerte, por la justicia y en contra de la opresión.

 […]

En vez de buscar conocer el plan de Dios para el futuro del mundo, preguntamos acerca del involucramiento del cristiano en el mundo (:221). Ya no se ve el mundo como un obstáculo sino como un desafío. Cristo ha resucitado y nada queda igual. Fue una victoria estupenda del maligno el habernos hecho creer que las estructuras y condiciones en este mundo no cambiarán ni necesitan realmente de un cambio; el haber considerado que los poderes políticos y sociales (y otros) están investidos de intereses de carácter inviolable; el haberse conformado en condiciones de injusticia y opresión; el haber moderado nuestra expectación hasta el punto de claudicación; el haber perdido la esperanza de una transformación significativa del statu quo; el haber sido ciegos a nuestra propia responsabilidad por el involucramiento en el mundo rumbo a su realización. Al asumir una posición crítica frente a las autoridades, las prescripciones, las tradiciones, las instituciones y las predilecciones ideológicas del orden del mundo existente llegamos a ser un fermento del nuevo mundo de Dios (cf. Gort 1980b:54)”[4].


[1] Sidney Rooy. “Relaciones de la iglesia con el poder político. Modelo reformado”. En: Pablo Deiros (editor). Los evangélicos y el poder político en América Latina. Buenos Aires, Nueva Creación, 1986, pp. 41-72.

[2] David J. Bosch. Misión en transformación. Cambios de paradigma en la teología de la misión. Grand Rapids, Libros Desafío, 2000. Recomiendo la lectura del Capítulo Doce: “Elementos de un nuevo paradigma misionero ecuménico”, pp. 451-619.

[3] Rooy. Op. Cit., pp. 69-70.

[4] Bosch. Op. Cit., pp. 520, 617, 618.