Pensamiento económico y social de Juan Calvino.

Calvino oct

El domingo 22 de octubre de 2017, me correspondió compartir una exposición sobre el pensamiento económico y social de Juan Calvino.

¿Cuál fue el propósito de abordar esta temática?

Por sobre todo, ampliar la mirada de Calvino. A muchos de nosotros, que no somos presbiterianos de origen, sino que venimos de otras comunidades eclesiales, nuestro acercamiento se debió al reconocimiento de las doctrinas de la gracia. A eso le llamábamos “calvinismo”. Calvino propuso una mirada completa de la realidad. El calvinismo es una cosmovisión en la idea de un filtro para mirar el mundo, además de un “sentido de la vida” como diría Juan Mackay. En dicha ampliación, hemos querido hablar del pensamiento económico y social de Calvino. En otras palabras de Política con mayúsculas. Si Cristo es Señor por sobre todo, de todo y en todos, y el Reino de Dios excede los muros de nuestros templos, no hay temas vedados para los creyentes.

Comparto acá el audio de dicha exposición:

 

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Calvino y la Reforma necesaria.

Congregation Inside Cathedral with John Calvin

Luis Pino Moyano[1].

¿Por qué recordar a Juan Calvino a 500 años de la protesta de Lutero con sus 95 tesis? ¿Se le quiere quitar en algo la figuración a Lutero en esta celebración? La realidad es que no, estamos muy lejos de acometer una empresa como aquella. Lutero es sin dudas el protagonista más preponderante de la Reforma del siglo XVI. Pero aquello, no obsta para señalar que la Reforma no se limita a un acontecimiento histórico, sino que es, más bien, un proceso de más larga data, que con el paso del tiempo, tuvo implicaciones más radicales. Calvino es una buena muestra de aquella acentuación de la Reforma toda vez que el, desde su producción teológica, sus exégesis y sus aproximadamente cuatro mil sermones dio paso a una cosmovisión, en tanto filtro para el análisis de todo cuánto sucede a nuestro alrededor y como un sentido de la vida, en el caro decir de Juan Mackay, que nos hace ser parte del mundo como “teatro de la gloria de Dios”. A su vez, es uno de los aportes que quienes somos calvinistas podemos realizar en esta celebración y recuerdo del inicio del camino a la Reforma.

¿Por qué hablar de la Reforma necesaria según Calvino? El título de esta comunicación es un guiño al tratado del teólogo de la Reforma titulado “La necesidad de reformar la iglesia”[2], que tuvo como destinatario principal al Emperador Carlos V y los príncipes y otras autoridades reunidas en la Dieta en Spires realizada en 1544, en este interés de dar a conocer las verdades del protestantismo a los magistrados civiles, para que no se viese a esta nueva corriente como un elemento disruptivo y cismático del cristianismo histórico. Algunos años antes fue este mismo propósito el que le alentó a dedicar una carta de presentación de su “Institución de la Religión Cristiana” a Francisco I de Francia, en la que señaló que: “La Iglesia de Cristo ciertamente vivió, y vivirá en tanto que Cristo reine a la diestra del Padre: con su mano es sustentada, con su favor es defendida, y con su poder es fortificada. Él sin duda cumplirá lo que una vez prometió: qué él asistirá a los suyos hasta la consumación del siglo. Contra esta Iglesia nosotros no queremos hacer ninguna guerra. Porque de un consentimiento y acuerdo, todo el pueblo de los creyentes reverenciamos y adoramos a un Dios, y a un Cristo Señor nuestro, como siempre fue por todos los creyentes adorado. Pero ellos en no menor forma se han alejado de la verdad cuando no reconocen por iglesia sino a aquella que a simple vista ven, a la que quieren encerrar dentro de ciertos límites en los que ella nunca estuvo encerrada”[3]. Ambas invitaciones tuvieron la finalidad de mostrar la seriedad de la empresa reformada, en otras palabras para mostrar la tarea de restaurar a la iglesia, sacándola de su miserable condición y, a su vez, defendiendo la sana doctrina.

La Reforma era una necesidad, toda vez que se era urgente el rescate de la doctrina bíblica, y con ella, de la adoración la salvación, los sacramentos y el gobierno de la iglesia. En todas estas expresiones del cristianismo se daba abuso, mala administración y tiranía. Por lo que los cambios comenzados por Lutero, y de los cuales el mismo Calvino se consideraba un continuador, se leían como remedios apropiados que debían ser, siguiendo la metáfora farmacológica, “consumidos” en forma inmediata.

Veamos brevemente los asuntos que ameritaban Reforma para Calvino:

1. La adoración. Para Calvino este no era un tema secundario o periférico sino fundamental, porque reporta el modo en que Dios debe ser adorado y el origen de nuestra salvación. Entonces, el rescate parte por el fundamento de nuestro culto, es decir, el reconocer a Dios como Él es: fuente de toda virtud, justicia, santidad, sabiduría, verdad, poder, bondad, misericordia, vida y salvación. La adoración siempre debe ser entendida como una negación del yo. Por eso es que el énfasis de la teología reformada no se halla en cinco puntos, sino en la idea de que Dios es y debe ser glorificado en todo. Y esta glorificación, entre otras cosas, busca tener a Cristo como único mediador entre Dios y los hombres. Por eso el culto reformado debía ser piadoso, eliminando imágenes mentales y físicas de lo que es imposible asir con el intelecto, y suprimiendo todo intento de volver a una suerte de promoción judaizante que se centra en sombras que ya fueron completadas con Cristo que es la luz. La regulación del culto en Calvino no tiene que ver con normas estáticas como algunos calvinistas recientes parecen suponer, sino una bandera de libertad frente a normas ajenas a las Escrituras. Decía Calvino que: “Dios ni habita en ceremonias, ni pone valor alguno en ellas, si se consideran sólo en sí mismas; sino que Él mira la fe y la sinceridad del corazón; y que el único fin por el cual Él las ordenó, y las aprueba, es para que puedan ser ejercidos limpios de la fe, de la oración y de la alabanza”[4]. Dios se complace en la obediencia de su pueblo, por lo que un culto corrupto sólo genera la falsa esperanza de la tarea cumplida, llevándonos a olvidar que ante Dios no somos más que mendigos vulnerables necesitados cada día de su gracia.

2. El origen de la salvación. Para Calvino, como para los reformadores, era un error creer que había obras que nos lleven a recibir la salvación. Es una herida mortal para la iglesia cerrarse a creer en la sola gracia. El reconocer a Cristo como salvador y mediador produce descanso y paz, porque sólo en él se tiene la certeza del perdón. Para Calvino somos incapaces de salvarnos y esto frente a un Dios totalmente justo. Por eso es que el moralismo es un error en la teología calvinista, puesto que invita a poner la mira en los pecados vulgares y visibles, sin pensar en lo mortal y profundo de todos nuestros pecados. Es por esto que el teólogo francés proponía “es que Dios nos reconcilia a sí mismo, sin tomar en cuenta nuestras obras, sino solamente a Cristo; y por una adopción gratuita, en vez de hijos de ira, nos hace sus propios hijos”[5]. Cristo satisfizo la ira de Dios en la cruz y conquistó nuestra redención. Inclusive las recompensas del día final por nuestras obras serán por el puro afecto del Dios de la vida.

3. La administración de los sacramentos. Esto fue un tema muy relevante, particularmente el de la cena del Señor, para los reformadores. Calvino poniendo su vista en la misa señalará que ésta es una performance en la que hay un sacerdote apartado de la comunidad, que come y bebe, mientras la congregación, por mero capricho, sólo come, olvidando que la finalidad de los sacramentos consiste en tomar nuestra mano y dirigirnos a Cristo. Por eso, se debe volver a la simpleza del mismo, desconfiando de cualquier rito externo carente de sentido bíblico, lo que lleva a eliminar la procesión de la hostia y la idea de transubstanciación, y a restaurar la copa al pueblo. El sacramento tiene el misterio, pero eso no obsta a la explicación. Por ello, nuestra mirada de los medios de gracia deben hacernos mirar qué y cuán excelente fruto es el que de allí redunda para con nosotros, y cuán noble es la prenda de vida y salvación que nuestras conciencias reciben de esto”[6].

4. El gobierno de la iglesia. Calvino creía que el objetivo del ministerio pastoral era la edificación de la iglesia con la sana doctrina. Esto conlleva la promoción de un buen testimonio, sustentando en la idea de que los pastores se entiendan como embajadores de Dios y no como gobernantes por sí mismos. El creerse gobernantes por sí mismos conduce a la tiranía eclesiástica y a la mejor excusa de la misma: el sometimiento al Espíritu Santo, generando la tiranía más terrible que es la que produce peso en la conciencia y desautorización de la Palabra. Por el contrario, el pastor debe ser maestro, ministro y guardián fiel de la sana doctrina. De ahí que Calvino declare que “Si un perro ve que se le hace daño a su amo –tanto igual al insulto que se le hace a Dios en los sacramentos- ladra al instante, y expone su vida al peligro cuánto antes, que permitir silenciosamente que su amo sea así maltratado. ¿Deberíamos nosotros mostrar menos fidelidad a Dios que una bestia suele mostrar al hombre?”[7]. El celo por la gloria de Dios es lo que debe hacer que los ministros trabajen y tomen riesgos y no su propia fama. Por eso es que el pastor no debe estar centrado en otras preocupaciones. Para Calvino esta era una regla ministerial: “Que no se envuelvan a sí mismos en asuntos seculares, que no hagan excursiones lejos de sus iglesias, que no se ausenten por mucho tiempo”[8]. El rechazo y la persecución son síntoma de estar realizando bien el trabajo y no algo por lo cual llorar en público y a destajo.

Esta es la Reforma necesaria de Calvino, una en la que Cristo es cabeza sobre todo, en la que la Santa Biblia es creída y predicada, una en la que se vive la libertad de aquellos que han sido reformados, una en la que aquellos que son reformados por el Espíritu, es decir renovados por su acción, dan fruto. Esta es una reforma que nace de la iglesia y que se extiende fuera de sus muros, donde también Dios debe ser glorificado, pues la libertad que viven aquellos que han sido redimidos por Cristo es integral y total. Ejemplo de esto es lo señalado por Giorgio Tourn en su biografía sobre Calvino, cuando releva la influencia de su pensamiento en Ginebra, señalando que: “El mayor éxito de Calvino fue haber creado en Ginebra un nuevo tipo de ser humano, ‘el reformado’, y de haber diseñado los primeros trazos de la futura civilización moderna. Mientras que la Contrarreforma católica llenó a Europa de iglesias barrocas y de pinturas, Ginebra imprimió libros y educó a sus hijos en el colegio. Mientras los nobles italianos y españoles, creyendo representar una realidad política permanente fueron de corte en corte y de fiesta en fiesta, desperdiciando el poco dinero que poseían, los pequeños ginebrinos aprendieron que no se honra a Dios con procesiones y con catedrales o con batallas contra los turcos (Lepanto), sino desarrollando una vida honesta y laboriosa, y que no se es un ciudadano responsable únicamente en la edad adulta sino que también el joven estudioso puede hacer bien sus tareas”[9].

 Ser reformado es más que declarar un par de ideas verdaderas y coherentes. Es una cosmovisión y un sentido de vida. Una expresión de fe que se proyecta del culto a Dios a la vida toda.


 

[1] Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Plantador de la Iglesia Refugio de Gracia. Comunicación presentada en el “Conversatorio sobre Protestantismo”, organizado por la Corporación Sendas, Pensamiento Pentecostal y el Seminario Teológico Presbiteriano, el 24 de agosto de 2017.

[2] Juan Calvino. La necesidad de reformar la Iglesia. Edmonton, Landmark Project Press, 2010.

[3] Juan Calvino. Institución de la Religión Cristiana. Tomo I. Rijswik, Fundación Editorial de Literatura Reformada, 2006, pp. XXXIV, XXXV. Hice una actualización del lenguaje.

[4] Calvino. La necesidad… Op. Cit., p. 39.

[5] Ibídem, p. 49.

[6] Ibídem, p. 57.

[7] Ibídem, p. 82.

[8] Ibídem, p. 59.

[9] Giorgio Tourn. Juan Calvino, el reformador de Ginebra. Barcelona, Editorial CLIE, 2016, p. 86.

Mirando el pentecostalismo chileno a 500 años de la Reforma Protestante.

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Estudio Bíblico de Pastores de la Iglesia Pentecostal Naciente, realizado en la comuna de San Miguel entre los días 12 y 15 de octubre, 1978.

Luis Pino Moyano[1].

Publicado en Pensamiento Pentecostal.

1517, 1909. Wittemberg, Valparaíso. Lutero, Hoover. Siglos y geografías diversas. Mucha historia corriendo con viveza en los actos de hermanos nuestros del ayer. Qué sentido tendría, entonces, escribir algo sobre el pentecostalismo chileno en el marco de la conmemoración que nos convoca este año, a saber los 500 años de la emergencia pública de las 95 tesis del teólogo Martín Lutero. Tiene sentido, y mucho. Jacques Le Goff, destacado medievalista francés señalaba que “los hechos son sólo la espuma de la historia”[2]. Esta metáfora es fascinante, pues puede extenderse con mucha facilidad: los hitos históricos son sólo la espuma de la ola, no la ola ni, mucho menos, el mar. La protesta de Lutero es la espuma de la ola, la Reforma del siglo XVI podría ser la ola (o un conjunto de varias de ellas), mientras que el cristianismo, en la larga duración, viene a ser el mar. El pentecostalismo chileno es otra espuma de la ola, que no puede entenderse fuera del mar.

Debo señalar de inmediato la dificultad de hablar de “pentecostalismo chileno”, en singular, puesto que no damos cuenta de una corriente teológica ni de una denominación eclesial, sino de un movimiento caracterizado por la heterogeneidad y la polifonía de voces, donde cada iglesia y cada pastor construyen un microespacio singular. Sin embargo, hay elementos transversales, o a lo menos similares, que nos permiten presentar un análisis del pentecostalismo chileno, en singular, y siempre desde su movimientalidad. Hablamos de pentecostalismo chileno para relevar su diferencia, en relación al pentecostalismo clásico[3] (proveniente de los Estados Unidos, particularmente, de la mano de las Asambleas de Dios) y del neopentecostalismo como fenómeno de más reciente data. De hecho, es precisamente ese marco de exoticidad que porta el pentecostalismo chileno el que ha generado una amplia preocupación por el análisis de este hecho religioso[4].

¿Cómo generar una ligazón analítica entre la Reforma Protestante y el pentecostalismo chileno? La idea es que lo hagamos desde la utilización de dos conceptos caros para la disciplina historiográfica: continuidad y cambio. Veremos, cuáles elementos de continuidad con la Reforma prevalecieron y/o se mantienen en el pentecostalismo chileno, y cuáles son más bien una ruptura con él, concluyendo con una reflexión final a modo de balance y perspectivas.

  1. Elementos de continuidad con la Reforma Protestante.

 a. La relación con la Biblia.

En los pentecostales chilenos, más allá de los prejuicios que se tienen acerca de él, que llevan a la imposición del mote peyorativo de “ignorantes” (construcción mítica de la que quiero referirme con profusión en un próximo artículo), existe un marcado aprecio por la Biblia, la que se lee desde una consideración literal y devocional, que se memoriza (en porciones a veces extensas) y se aterriza con rapidez a la vida. La lectura bíblica, con regularidad, responde al contexto vital de quien realiza el ejercicio lector. “-¿Qué me dice el texto a mi?”, pasa a ser la pregunta hermenéutica preponderante. La Biblia es la espada, que acompaña siempre, siguiendo la metáfora, al soldado del evangelio.

Existe una fuerte motivación a la proclamación y divulgación de la fe, haciendo uso de la palabra en espacios públicos mediante los “puntos de predicación”, que ya se daban en otras denominaciones protestantes en el Chile decimonónico, pero que los pentecostales radicalizaron producto del avivamiento y de la experiencia vivaz a la que se apela. También se realiza esta divulgación de la enseñanza bíblica por medio de la publicación de revistas y tratados, siendo “Chile Pentecostal” y “Fuego de Pentecostés” ejemplos paradigmáticos.

No es menor decir, que en gran parte del proceso migratorio reciente a iglesias históricas, sobre todo aquellas de cuño reformado, por parte de jóvenes pentecostales, dicho fenómeno emerja de la lectura bíblica y de producción teológica, o por la escucha de predicaciones. Existe una avidez por conocer, lo que puede constatarse en el gusto por aquella predicación que presenta con claridad y fervor lo que la Biblia dice.

b. La relación positiva con la teología protestante.

Existe un fuerte apego a la doctrina trinitaria (salvo el grupo que derivó en unitarismo), la que se expresa en el culto en himnos y cantos, lo que reporta una ortodoxia muy ligada al cristianismo histórico, aunque con énfasis fundamentalista.

Respecto del bautismo, muy interesantemente, y por herencia wesleyano-metodista (que algo recoge de la teología del pacto), los pentecostales chilenos, específicamente la Iglesia Metodista Pentecostal y la Iglesia Evangélica Pentecostal, junto con las iglesias que surgieron de divisiones de ellas, bautizan por mucho tiempo a niños, haciéndolo por aspersión y bajo fórmula trinitaria. Tensiones contemporáneas en el seno de las mismas, responde a la lectura de fuentes anabaptistas, asumiéndolas como propias, haciendo caso omiso de la cuestión del origen: el que las Asambleas de Dios[5] tuviese su origen en iglesias bautistas.

Probablemente, el aspecto de mayor cercanía con los frutos de la Reforma Protestante en el pentecostalismo, tenga que ver con el bagaje doctrinal que lo sustenta. El pentecostalismo chileno no generó una ruptura con la matriz teológica metodista, lo que se ve expresado en los 25 Artículos de Fe, uno añadido a los 24 de Wesley (sobre los gobernantes), que a su vez fueron tomados y resemantizados de los 39 artículos de la Iglesia Anglicana, documento base, por ejemplo, para la Confesión de Fe de Westminster. De allí perviven muchos aspectos relacionados con el cristianismo histórico y el protestantismo. Muy interesantemente, uno de los artículos señala “Ofrecer oración pública en la Iglesia o administrar los sacramentos en una lengua que el pueblo no entiende, es cosa evidentemente repugnante tanto a la Palabra de Dios como al uso de la Iglesia primitiva”[6]. Sin ánimo de polemizar, sino de constatar la realidad polifónica y movimiental del pentecostalismo chileno, este artículo pone en una posición compleja a quienes experimentando una manifestación espiritual hablan en otras lenguas. No puedo cerrar este punto, sin señalar que ha sido la Iglesia Evangélica Pentecostal la más fiel en resguardar la tradición doctrinal metodista, aunque en varios microespacios de la misma, estos no se divulgan (salvo su publicación en el himnario) ni mucho menos son base para un proceso de catecumenado.

c. La concepción de la iglesia.

A nivel eclesiológico es muy interesante relevar el hecho que las iglesias pentecostales fundaron iglesias nacionales (en el sentido de una división legítima por separaciones geográficas e idiosincrásicas, sin el prurito nacionalista), con gobierno propio e independencia en la administración de los recursos económicos.

Otro elemento a relevar acá es la realización de un culto que posee canto, oración y predicación en lenguaje vernáculo, contextualizado en la realidad que les toca por la providencia. Esto es muy importante de destacar, pues el pentecostalismo no sólo fue un espacio de comunicación del evangelio, sino de promoción de la educación, muy similar al perfil redentorista frente a la “cuestión social” del Chile de fines del siglo XIX y principios del XX. Muchos aprendieron a leer con Biblias e Himnarios y enriquecieron su lenguaje con el uso de la Reina Valera (en sus revisiones de 1909 primero, y 1960 después). Me permito un ejemplo de esto: hace unos años yo participaba del ministerio carcelario en el CDP de Puente Alto. Allí uno de los líderes de nuestros hermanos internos me contó que un periodista había ido a realizar un reportaje sobre los evangélicos en la cárcel. Él fue entrevistado. En un momento el periodista detuvo sus preguntas y le pidió hablar en coa, es decir, con códigos carcelarios. Este hermano le respondió: “-Cuando Cristo me redimió, redimió también mi lenguaje”.

  1. Elementos de cambio del pentecostalismo.

 a. La experiencia pentecostal.

Un primer elemento que necesita ser tenido en cuenta es el que constituye lo pentecostal, a saber, la experiencia del bautismo del Espíritu Santo y luego, el ejercicio de los carismas, poniendo mucho énfasis en los dones manifestacionales o extraordinarios. Allí hay debate dentro de los distintos tipos de pentecostalismo, respecto a sí “la experiencia pentecostal” es una segunda o tercera obra de la gracia (conversión-bautismo / conversión-santificación-bautismo). El pentecostalismo chileno tendió a la primera opción, junto con la consideración sobre la evidencia inicial definida como toda manifestación del Espíritu y de poder, poniendo en muchos microespacios especial énfasis a las “danzas”. El planteamiento de la única evidencia del bautismo del Espíritu en el hablar otras lenguas, no es propio del pentecostalismo chileno, teniendo su origen en el pentecostalismo clásico[7].

En mi lectura, debo señalar que el elemento doctrinal distintivo del pentecostalismo se encuentra en esta experiencia, que genera una lectura continuista de los dones de lenguas, profecías y milagros, por lo que ante una ausencia de confesionalidad o de promoción de ella, el cariz polifónico de un movimiento puede preservarse sin generar incoherencias a la hora de la práctica. Es decir, y a modo de ejemplo, un pentecostal puede asumir las llamadas “doctrinas de la gracia” desde el perfil calvinista, sin renunciar ni a la pentecostalidad ni a la membresía de su iglesia, toda vez que eso no pone en cuestión el elemento preponderante. Lo central en lo pentecostal no es el arminianismo mediado por Wesley, sino la experiencia de poder del Espíritu.

b. Lecturas teológicas divergentes de la Reforma.

En su cristología, el énfasis del pentecostalismo chileno es de continuidad con los movimientos de santidad, en la idea de sostener que Cristo es salvador, bautizador en el Espíritu, sanador o santificador, y rey venidero, generando un punto focal distintivo y diferenciador del protestantismo clásico.

Siguiendo al teólogo Juan Sepúlveda los ejes de la teología del pentecostalismo chileno en su etapa inicial (1910-1960), están caracterizados por una visión maniquea del mundo, que tiende a separar radicalmente lo sagrado de lo profano; por el determinismo y pesimismo antropológico; por el reconocimiento de múltiples manifestaciones espirituales y de la realidad de una relación cercana con el Espíritu; por la ausencia de mediación de los profesionales religiosos en la lectura bíblica de los creyentes laicos; y por la configuración de una iglesia militante, a la que se ingresa por conversión y en la que se vive un compromiso total[8].

No puede dejar de decirse algo sobre el premilenarismo dispensacional dentro del elemento diferenciador, porque su adopción por el pentecostalismo chileno, si bien es cierto, tiene que ver principalmente con la lectura escatológica (sobre todo la de corte más popular), genera complicaciones mayores en otros ámbitos. Porque el dispensacionalismo es un método interpretativo de la Escritura en su totalidad y no sólo respecto de los acontecimientos del fin. Mi punto acá no tiene que ver en si hay un rapto secreto o no, o si la iglesia pasa o no pasa por la gran tribulación, sino en que éste sistema atenta contra el pentecostalismo en su base doctrinal y práctica más fundamental, a saber, en la continuidad de las experiencias carismáticas. El dispensacionalismo por definición teológica es cesacionista respecto de los dones espirituales[9]. Cuando se logra reconocer esto, puede entenderse con mayor facilidad la razón de ser de la constante discusión de los pentecostales con “la teología” (a secas), porque ésta mataría la espiritualidad, secando corazones y cerrando mentes a los dones de Dios.

La heterogeneidad teológica de un sector del protestantismo que tiene definiciones fundamentalistas, que es paidobautista, que porta elementos de continuidad del metodismo y de los movimientos de santidad, aquí adquiere una radicalidad polifónica que tensiona el discurso por la práctica.

c. La misiología pentecostal.

El dispensacionalismo, del que nos referimos en el punto anterior, generó en el pentecostalismo chileno una urgencia misional, pues la evangelización se potencia por la noción del “rescate de los perdidos”. Y si bien es cierto, los esfuerzos misionales del pentecostalismo no son mayores que el de otros movimientos y denominaciones en la historia cristiana, sí generó un crecimiento explosivo, que ha llamado la atención de quienes estudian la historia del protestantismo y las misiones en América Latina[10].

La misión, particularmente desarrollada en un arduo proceso de “plantación de iglesias”, estuvo caracterizada por un profundo asentamiento en los sectores populares, por ser un fenómeno eminentemente urbano, por su relevancia contextual (por lo menos, en su primera y segunda generación), junto con un perfil autoeducador y redentorista, por la fundación de iglesias nacionales con fomento de liderazgo autóctono, y por su alto sentido del deber en la misión[11].

d. El poder eclesiástico.

El pentecostalismo chileno, a pesar del papel protagónico dado a los laicos, a lo largo de su historia manifestó particulares problemas con el ejercicio del poder de sus líderes, tendiendo a la construcción de un autoritarismo cooptador y paternalista, llegando en algunos casos, a dirigir muchos aspectos de la vida de los fieles: negocios, matrimonios y hasta las vacaciones. Esto derivó en “pastorlatría”, nepotismo, y muchos procesos divisivos. A muchos líderes eclesiásticos “se les llegó a obedecer a Biblia cerrada y mirándolo[s] hacia arriba”[12].

Lo más lamentable del proceso de migración a otras iglesias, ha tenido que ver con experiencias de abuso espiritual no corregido por adecuados procesos disciplinarios sustentados en el principio protestante del “sacerdocio universal de los creyentes”. Desde el aprecio que tengo del mundo pentecostal, debo decirles que a la migración eclesiástica no sólo se le pone coto con una afirmación doctrinal, sino eminentemente desde la práctica de cuidado de las personas con fuerte sentido pastoral. El abuso espiritual y eclesial debe dejarse de lado por el bien de sus propias iglesias y por el buen testimonio evangélico que debemos dar.

Reflexión final.

 Es indudable que el pentecostalismo chileno ha proporcionado un tremendo aporte a este país, llenando cada ciudad con iglesias construidas con mucho esfuerzo, con sus cánticos alegres sean con instrumentos o a viva voz, con su proclamación del evangelio y por supuesto, con vidas redimidas integralmente. Por otro lado, más allá de las rupturas y elementos de cambio, se han preservado elementos de continuidad con el protestantismo y con el cristianismo histórico. Y es respecto de esto que me quiero permitir una reflexión final.

La gran dificultad del pentecostalismo en el presente se ha vivido porque ha institucionalizado lo que en la primera y segunda generación de pentecostales fue su lógica de movimiento vivaz, convirtiéndolo en pesada tradición. El pentecostalismo fue explosivo no por su novedad, sino por su relevancia, porque tuvo algo que decir al hombre y mujer del siglo XX. El pesado tradicionalismo ha anquilosado al pentecostalismo en formas pasadas, dando poca importancia al diálogo con el presente. Súmese a esto, la ausencia de una confesionalidad propia, que reporte una lectura de la fe desde el pentecostalismo chileno y que no genere incoherencias doctrinales, como la señalada respecto del dispensacionalismo. Esto no puede ni debiese llevar a una ruptura con la producción teológica que otros cristianos hicieron en el pasado.

Lamentablemente, la lectura de la historia acá nos puede jugar una mala pasada. El perfil restauracionista que se le da la Reforma Protestante, como si ésta rompiera con el oscuro pasado medieval, es muy similar al dado al pentecostalismo y el hito fundacional de 1909, como si el cristianismo primigenio, después de un largo intervalo -a lo menos desde el s. III d. C.- hubiese vuelto a existir por la restauración de su pentecostalidad. Ni el protestantismo es una secta de 500 años[13] ni el pentecostalismo chileno es una secta de 108 años. Somos parte de la larga historia de la iglesia de Jesucristo, plural y diversa en tiempos y espacios, pero marcada por la redención conquistada en la cruz.


 

[1] Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Plantador de la Iglesia Refugio de Gracia, Avanzada de la 5ª Iglesia Presbiteriana de Santiago en Maipú. Este artículo fue publicado originalmente en: Daniel Contreras (editor). El libro de los 500 años. Santiago, Sociedad Bíblica Chilena, 2017, pp. 80-86. Para esta edición en Pensamiento Pentecostal, el artículo se ha editado reconfigurando su orden y ampliando algunos de sus análisis, sin perder el carácter de texto de difusión.

[2] “‘Seguimos viviendo en la Edad Media’, dice Jacques Le Goff”. En La Nación, miércoles 12 de octubre de 2005. http://www.lanacion.com.ar/746748-seguimos-viviendo-en-la-edad-media-dice-jacques-le-goff (revisado en julio de 2017).

[3] Véase sobre este asunto: véase: Frederick Dale Bruner. Teología do Espírito Santo. A esperiência pentecostal e o testemunho do Novo Testamento. São Paulo, Editora Cultura Cristã, 2012; y Kittim Silva. La experiencia pentecostal. El despertar que sacudió a la iglesia. Miami, Editorial Carisma, 1996.

[4] Existe literatura clásica al respecto: Christian Lalive d’Epinay. El refugio de las masas. Estudio sociológico del protestantismo en Chile. Santiago, Centro Evangélico de Estudios Pentecostales e Instituto de Estudios Avanzados, 2009; e Ignacio Vergara. El protestantismo en Chile. Santiago, Editorial del Pacífico, 1965. Capítulo tercero “La tercera Reforma”, pp. 109-128. De producción más reciente: Miguel A. Mansilla. La cruz y la esperanza. La cultura del pentecostalismo chileno en la primera mitad del siglo XX. Santiago, Editorial de la Universidad Bolivariana, 2009; José Míguez Bonino. Rostros del protestantismo latinoamericano. Buenos Aires, Nueva Creación, 1995, pp. 57-79. Luis Orellana. El fuego y la nieve. Historia del Movimiento Pentecostal en Chile, 1909-1932. Tomo 1. Concepción. Centro Evangélico de Estudios Pentecostales, 2006. No puede dejar de señalarse acá el relato testimonial de Willis Hoover. Historia del avivamiento pentecostal en Chile. Concepción, Centro Evangélico de Estudios Pentecostales, 2008.

[5] Refiero a esta denominación no sólo por el hecho de ser el correlato con el pentecostalismo clásico, sino por la influencia doctrinal en el mundo pentecostal, particularmente, en los cuadros pastorales y laicos formados luego de la fundación del Instituto Bíblico Pentecostal por el misionero de dicha denominación, el Rev. Pablo Hoff. Véase una de las principales lecturas en el área de Teología Sistemática propiciadas por dicha institución: Myer Pearlman. Teología Bíblica y Sistemática. Miami, Editorial Vida, 1992, pp. 258-261.

[6] Artículos de Fe de la Iglesia Evangélica Pentecostal. Artículo XV. En: http://www.geocities.ws/cuerpojovenes/articulos.pdf (revisada en julio de 2017).

[7] Véase Pearlman, Op. Cit., pp. 203-250. Corresponde al capítulo 10, sobre el Espíritu Santo.

[8] Citado por Míguez, Op. Cit., pp. 66, 67.

[9] Véase respecto de esto: John MacArthur. Fuego extraño: El peligro de ofender al Espíritu Santo con adoración falsa. Nashville, Grupo Nelson, 2014. Desde una perspectiva continuista el análisis de esta lectura por un exprofesor del Seminario Teológico de Dallas, bastión del dispensacionalismo: Jack Deere. Sorprendido por el poder del Espíritu Santo. Miami, Editorial Unilit, 1999.

[10] Véase: Rodolfo Blank. Teología y misión en América Latina. St. Louis, Concordia Publishing House, 1996, pp.200-223; H. Fernando Bullón. Historia de la iglesia y responsabilidad social. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 2008, pp. 194-203; Pablo Deiros. Historia del cristianismo en América Latina. Buenos Aires, Fraternidad Teológica Latinoamericana, 1992, pp. 751-755, 795-800; Samuel Escobar. Cómo comprender la misión. Buenos Aires, Certeza Unida, 2007. Capítulo 7: “El Espíritu Santo y la misión cristiana”, pp. 147-166; Ondina González y Justo González. Historia del Cristianismo en América Latina. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 2012, pp. 373-386; y Ruth Tucker, Ruth. Hasta lo último de la tierra. Historia biográfica de la obra misionera. Miami, Editorial Vida, 1994. Capítulo 12, “El surgimiento del pentecostalismo: ‘Una expansión espectacular’”, pp. 369-372, 379-383.

[11] Esto ha sido trabajado con mayor profusión en: Luis Pino. “Pentecostalismo chileno y plantación de iglesias. Notas reflexivas”. En: Estudios evangélicos. http://estudiosevangelicos.org/pentecostalismo-chileno-y-plantacion-de-iglesias-notas-reflexivas/ (revisado en julio de 2017).

[12] Oscar Pereira. Presencia y arraigo. Protestantismo evangélico en Chile 1845-1925. Santiago, Ediciones Sociedad Bíblica Chilena, 2016, p. 233. Véase, también, respecto de este asunto: Pablo Deiros. Protestantismo en América Latina. Nashville, Editorial Caribe, 1997, p. 61; Pablo Deiros. Historia del cristianismo en América Latina. Buenos Aires, Facultad Teológica Latinoamericana, 1992, p. 754; Kittim Silva. La experiencia pentecostal. El despertar que sacudió a la Iglesia. Miami, Editorial Carisma, 1996, p. 76.

[13] Debo esta idea a mi amigo el Pbro. Carlos Parada.

Exposiciones sobre presbiterianismo en Chile.

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En el marco de los 150 años del presbiterianismo en Chile, y particularmente de la “Iglesia Presbiteriana de Chile”, que se cumplirán el próximo año, la 1ª Iglesia Presbiteriana de Santiago ha estado desarrollando este año una serie de conferencias históricas. En mi caso, me ha tocado participar de dos de ellas, una sobre el presbiterianismo entre 1903 y 1964, y otra sobre la nacionalización de la Iglesia Presbiteriana de Chile en 1964.

Comparto acá los vídeos que registran ambas exposiciones, junto con las diapositivas presentadas en dichas ocasiones, compendiadas en un solo archivo, esperando que sean un aporte a la reflexión sobre la realidad pasada (y presente) de nuestra amada iglesia.

 

Las diapositivas de ambas exposiciones, compendiadas en un solo archivo, puede descargarse haciendo clic aquí.

Les invito a revisar todas las exposiciones, registradas en el canal de YouTube de la 1ª Iglesia Presbiteriana de Santiago.

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Neopuritanismo hoy.

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Existe una tendencia dentro del mundo reformado a rescatar el aporte del puritanismo y alguno de sus exponentes, sean éstos históricos o algunos más contemporáneos, que tienden a ser portadores y resemantizadores de las propuestas originarias. Debo decir desde un comienzo que valoro profundamente el tremendo aporte a la teología y la práctica de los puritanos, manifestado en a) su apelación a la piedad que es fruto de la obra del Espíritu en nosotros, b) en el celo evangelístico, c) el amplio interés por la predicación fiel de la Palabra aplicada a la realidad de la iglesia; y d) la ligazón realizada entre avivamiento y justicia social. Creo que hay bastantes cosas que aprender de ellos y, por supuesto, adoptar, con las pertinentes adaptaciones al momento cultural nuestro, desde variables espacio-temporales.

De hecho, existen varios sujetos, algunos amigos entre ellos, que están realizando con mucho esfuerzo, inteligencia y devoción un rescate del puritanismo, y lo hacen teniendo en cuenta nuestra distancia histórica con ellos, junto con tener una mirada sustentada en el evangelio y en la rigurosidad histórica, que ve en ellos santos-pecadores, por ende, ajenos a un “mecanicismo puritano” que calca y copia. Dicho eso, quisiera manifestar algunas preocupaciones respecto de la reflexión y de la acción del reciente movimiento neopuritano.

  1. El flaco favor del neopuritanismo de Facebook.

Muchos “neopuritanos” de Facebook le hacen un flaco favor al movimiento de rescate de su tradición, generando la antipatía del resto, por su exceso de purismo productor de estructura anquilosante. Esto, porque si hubo algo que caracterizó a los puritanos fue su lucha por la libertad. Su “no conformismo” tenía a la Biblia como regla que actúa al modo de rieles en los que un tren puede moverse a toda velocidad y efectividad, y no como un ancla que detiene a un barco en un puerto.

Súmese a ello, una serie de inventos actuales, como el de la salmodia exclusiva, pues si bien resulta evidente que los puritanos defendían el uso de salmos cantados en el culto, no hay ninguna prueba fehaciente del exclusivismo. Es decir, se usa un concepto ahistórico para dar “prueba de blancura” de una práctica cúltica, generando una entelequia que constituye a neopuritanos más puros que otros.

  1. El neopuritanismo como instrumento de consumo.

Me parece perjudicial para la práctica de la fe la venta del puritanismo como lo auténticamente reformado. Y hablo en concepto de mercado de venta, porque parte de su difusión ha logrado construir un producto con una amplia gama de consumidores conspicuos.

El puritanismo no es lo auténticamente reformado sino una de las tantas expresiones de lo reformado. La idea respecto de si acaso es la expresión más fiel de lo reformado puede ser debatida, según las propuestas de cada cual. A mi juicio, insistiendo en el aporte valorable, creo que no es la expresión más fiel, pues en su devenir histórico por algo el presbiterianismo estadounidense se separó de él, teniendo en cuenta un apego confesional a la Biblia como única y suficiente regla de fe y práctica, junto con la práctica de una piedad comunitaria. Todo esto, en detrimento de nuevas revelaciones y de una piedad individual e intimista.

  1. El puritanismo como herramienta de continuidad pentecostal.

Aquí quisiera manifestar una hipótesis respecto de la relectura y difusión de la producción puritana, y que quiero proponer con amplio respeto, toda vez que yo mismo soy parte, en cierto sentido del fenómeno del cual emerge.

Se puede relevar en mucho de lo que se escribe y dice por parte de los neopuritanos un fuerte influjo pentecostal. Es sabido por muchos, el fuerte proceso migratorio de iglesias pentecostales a iglesias reformadas. Gran parte de ellos llegan a través de las “doctrinas de la gracia”, limitando el calvinismo, por lo menos por un buen tiempo, a una doctrina soteriológica, y no como una cosmovisión amplia de toda la realidad.

En dicha recepción, se ha dado que uno de los problemas que se ha presentado a estos nuevos reformados tiene que ver con el dilema cesacionismo y continuismo. Como ex pentecostales, muchos de estos nuevos reformados sigue creyendo en la continuidad de los dones extraordinarios y una de las posibilidades para no encontrar disonancia con su nueva teología se encuentra en el factor puritano. El puritano-calvinista-continuista, permite al neopuritano no romper con su pentecostalidad. Esto se denota fuertemente del discurso que disocia ortodoxia de piedad, llevando a concluir que es posible tener una sana doctrina que no se condice con la práctica de la santidad. Sin duda, podría parecernos que sí en la superficie. Pero en el corazón está el verdadero albergue de la sana doctrina y no en la boca, y eso lo mira con toda claridad el Señor.

  1. El neopuritanismo y las “iglesitas dentro de la iglesia”.

Existe la tendencia en este neopuritanismo a construir “iglesitas dentro de la iglesia”, con la finalidad inicial de renovar la lectura bíblica, la espiritualidad y la piedad. Sin embargo, todos estos intentos derivan en división indefectible, según el barrido histórico hecho por Lloyd-Jones en su conferencia sobre los puritanos del año 1965[1] (“Ecclesiola in ecclesia”).

Sin lugar a dudas, harían bien en observar los neopuritanos que no existen iglesias a la medida de su pureza reformada mental y que la sana teología se manifiesta, también, en amor por la iglesia santa y pecadora a la que se pertenece. Y ojo con esto, la pertenencia es sumamente importante, porque más allá de cualquier ensoñación, no existe reformado que no se somete a la autoridad de un consejo, elegido por el pueblo y conformado por miembros de éste, y que asienta su discurso y práctica en la Palabra de Dios.

Me permito citar, ahora explícitamente, a Martyn Lloyd-Jones, quien señaló que:

“No habría nada más ridículo que convertir la enseñanza, ni más ni menos que de los puritanos, en un nuevo tipo de escolasticismo y malgastar nuestro tiempo meramente citando textos, repitiendo frases y exhibiendo nuestro conocimiento teórico. Eso sería hacer lo mismo que hicieron los grandes oponentes de los puritanos en su época: me refiero a los carolinos y a gente como ellos, los cuales predicaban sermones que consistían, en buena medida, en ristras de alusiones clásicas”[2] (“El conocimiento falso y el verdadero”, 1960).

Los amigos neopuritanos harían mucho bien en tener estas palabras del Doctor como bandera de lucha.

Luis Pino Moyano.


[1] Martyn Lloyd-Jones. Los puritanos. Sus orígenes y sucesores. Edimburg, El Estandarte de la Verdad, 2013, pp. 197-224.

[2] Ibídem, p. 51.

Clase sobre la Reforma Protestante.

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Este martes 4 de abril de 2017 fui convidado a realizar una clase sobre la Reforma Protestante en el 8º Básico del Colegio Andino Antuquelén.

¿Qué me propuse? Abordar el proceso histórico, haciendo énfasis en la acción y pensamiento de Martín Lutero y Juan Calvino. Respecto de éste último, hago el esfuerzo de mostrar una faceta distinta a la que los libros de textos muestran limitando al teólogo de la Reforma al tema de la Predestinación.

Comparto acá, precisamente, como una síntesis, las diapositivas de la clase, que podrían servir en algo a la preparación de los actos conmemorativos de los quinientos años de la aparición pública de las 95 tesis de Lutero.

Descargue las diapositivas haciendo clic aquí.