Pensamiento económico y social de Juan Calvino.

Calvino oct

El domingo 22 de octubre de 2017, me correspondió compartir una exposición sobre el pensamiento económico y social de Juan Calvino.

¿Cuál fue el propósito de abordar esta temática?

Por sobre todo, ampliar la mirada de Calvino. A muchos de nosotros, que no somos presbiterianos de origen, sino que venimos de otras comunidades eclesiales, nuestro acercamiento se debió al reconocimiento de las doctrinas de la gracia. A eso le llamábamos “calvinismo”. Calvino propuso una mirada completa de la realidad. El calvinismo es una cosmovisión en la idea de un filtro para mirar el mundo, además de un “sentido de la vida” como diría Juan Mackay. En dicha ampliación, hemos querido hablar del pensamiento económico y social de Calvino. En otras palabras de Política con mayúsculas. Si Cristo es Señor por sobre todo, de todo y en todos, y el Reino de Dios excede los muros de nuestros templos, no hay temas vedados para los creyentes.

Comparto acá el audio de dicha exposición:

 

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Calvino y la Reforma necesaria.

Congregation Inside Cathedral with John Calvin

Luis Pino Moyano[1].

¿Por qué recordar a Juan Calvino a 500 años de la protesta de Lutero con sus 95 tesis? ¿Se le quiere quitar en algo la figuración a Lutero en esta celebración? La realidad es que no, estamos muy lejos de acometer una empresa como aquella. Lutero es sin dudas el protagonista más preponderante de la Reforma del siglo XVI. Pero aquello, no obsta para señalar que la Reforma no se limita a un acontecimiento histórico, sino que es, más bien, un proceso de más larga data, que con el paso del tiempo, tuvo implicaciones más radicales. Calvino es una buena muestra de aquella acentuación de la Reforma toda vez que el, desde su producción teológica, sus exégesis y sus aproximadamente cuatro mil sermones dio paso a una cosmovisión, en tanto filtro para el análisis de todo cuánto sucede a nuestro alrededor y como un sentido de la vida, en el caro decir de Juan Mackay, que nos hace ser parte del mundo como “teatro de la gloria de Dios”. A su vez, es uno de los aportes que quienes somos calvinistas podemos realizar en esta celebración y recuerdo del inicio del camino a la Reforma.

¿Por qué hablar de la Reforma necesaria según Calvino? El título de esta comunicación es un guiño al tratado del teólogo de la Reforma titulado “La necesidad de reformar la iglesia”[2], que tuvo como destinatario principal al Emperador Carlos V y los príncipes y otras autoridades reunidas en la Dieta en Spires realizada en 1544, en este interés de dar a conocer las verdades del protestantismo a los magistrados civiles, para que no se viese a esta nueva corriente como un elemento disruptivo y cismático del cristianismo histórico. Algunos años antes fue este mismo propósito el que le alentó a dedicar una carta de presentación de su “Institución de la Religión Cristiana” a Francisco I de Francia, en la que señaló que: “La Iglesia de Cristo ciertamente vivió, y vivirá en tanto que Cristo reine a la diestra del Padre: con su mano es sustentada, con su favor es defendida, y con su poder es fortificada. Él sin duda cumplirá lo que una vez prometió: qué él asistirá a los suyos hasta la consumación del siglo. Contra esta Iglesia nosotros no queremos hacer ninguna guerra. Porque de un consentimiento y acuerdo, todo el pueblo de los creyentes reverenciamos y adoramos a un Dios, y a un Cristo Señor nuestro, como siempre fue por todos los creyentes adorado. Pero ellos en no menor forma se han alejado de la verdad cuando no reconocen por iglesia sino a aquella que a simple vista ven, a la que quieren encerrar dentro de ciertos límites en los que ella nunca estuvo encerrada”[3]. Ambas invitaciones tuvieron la finalidad de mostrar la seriedad de la empresa reformada, en otras palabras para mostrar la tarea de restaurar a la iglesia, sacándola de su miserable condición y, a su vez, defendiendo la sana doctrina.

La Reforma era una necesidad, toda vez que se era urgente el rescate de la doctrina bíblica, y con ella, de la adoración la salvación, los sacramentos y el gobierno de la iglesia. En todas estas expresiones del cristianismo se daba abuso, mala administración y tiranía. Por lo que los cambios comenzados por Lutero, y de los cuales el mismo Calvino se consideraba un continuador, se leían como remedios apropiados que debían ser, siguiendo la metáfora farmacológica, “consumidos” en forma inmediata.

Veamos brevemente los asuntos que ameritaban Reforma para Calvino:

1. La adoración. Para Calvino este no era un tema secundario o periférico sino fundamental, porque reporta el modo en que Dios debe ser adorado y el origen de nuestra salvación. Entonces, el rescate parte por el fundamento de nuestro culto, es decir, el reconocer a Dios como Él es: fuente de toda virtud, justicia, santidad, sabiduría, verdad, poder, bondad, misericordia, vida y salvación. La adoración siempre debe ser entendida como una negación del yo. Por eso es que el énfasis de la teología reformada no se halla en cinco puntos, sino en la idea de que Dios es y debe ser glorificado en todo. Y esta glorificación, entre otras cosas, busca tener a Cristo como único mediador entre Dios y los hombres. Por eso el culto reformado debía ser piadoso, eliminando imágenes mentales y físicas de lo que es imposible asir con el intelecto, y suprimiendo todo intento de volver a una suerte de promoción judaizante que se centra en sombras que ya fueron completadas con Cristo que es la luz. La regulación del culto en Calvino no tiene que ver con normas estáticas como algunos calvinistas recientes parecen suponer, sino una bandera de libertad frente a normas ajenas a las Escrituras. Decía Calvino que: “Dios ni habita en ceremonias, ni pone valor alguno en ellas, si se consideran sólo en sí mismas; sino que Él mira la fe y la sinceridad del corazón; y que el único fin por el cual Él las ordenó, y las aprueba, es para que puedan ser ejercidos limpios de la fe, de la oración y de la alabanza”[4]. Dios se complace en la obediencia de su pueblo, por lo que un culto corrupto sólo genera la falsa esperanza de la tarea cumplida, llevándonos a olvidar que ante Dios no somos más que mendigos vulnerables necesitados cada día de su gracia.

2. El origen de la salvación. Para Calvino, como para los reformadores, era un error creer que había obras que nos lleven a recibir la salvación. Es una herida mortal para la iglesia cerrarse a creer en la sola gracia. El reconocer a Cristo como salvador y mediador produce descanso y paz, porque sólo en él se tiene la certeza del perdón. Para Calvino somos incapaces de salvarnos y esto frente a un Dios totalmente justo. Por eso es que el moralismo es un error en la teología calvinista, puesto que invita a poner la mira en los pecados vulgares y visibles, sin pensar en lo mortal y profundo de todos nuestros pecados. Es por esto que el teólogo francés proponía “es que Dios nos reconcilia a sí mismo, sin tomar en cuenta nuestras obras, sino solamente a Cristo; y por una adopción gratuita, en vez de hijos de ira, nos hace sus propios hijos”[5]. Cristo satisfizo la ira de Dios en la cruz y conquistó nuestra redención. Inclusive las recompensas del día final por nuestras obras serán por el puro afecto del Dios de la vida.

3. La administración de los sacramentos. Esto fue un tema muy relevante, particularmente el de la cena del Señor, para los reformadores. Calvino poniendo su vista en la misa señalará que ésta es una performance en la que hay un sacerdote apartado de la comunidad, que come y bebe, mientras la congregación, por mero capricho, sólo come, olvidando que la finalidad de los sacramentos consiste en tomar nuestra mano y dirigirnos a Cristo. Por eso, se debe volver a la simpleza del mismo, desconfiando de cualquier rito externo carente de sentido bíblico, lo que lleva a eliminar la procesión de la hostia y la idea de transubstanciación, y a restaurar la copa al pueblo. El sacramento tiene el misterio, pero eso no obsta a la explicación. Por ello, nuestra mirada de los medios de gracia deben hacernos mirar qué y cuán excelente fruto es el que de allí redunda para con nosotros, y cuán noble es la prenda de vida y salvación que nuestras conciencias reciben de esto”[6].

4. El gobierno de la iglesia. Calvino creía que el objetivo del ministerio pastoral era la edificación de la iglesia con la sana doctrina. Esto conlleva la promoción de un buen testimonio, sustentando en la idea de que los pastores se entiendan como embajadores de Dios y no como gobernantes por sí mismos. El creerse gobernantes por sí mismos conduce a la tiranía eclesiástica y a la mejor excusa de la misma: el sometimiento al Espíritu Santo, generando la tiranía más terrible que es la que produce peso en la conciencia y desautorización de la Palabra. Por el contrario, el pastor debe ser maestro, ministro y guardián fiel de la sana doctrina. De ahí que Calvino declare que “Si un perro ve que se le hace daño a su amo –tanto igual al insulto que se le hace a Dios en los sacramentos- ladra al instante, y expone su vida al peligro cuánto antes, que permitir silenciosamente que su amo sea así maltratado. ¿Deberíamos nosotros mostrar menos fidelidad a Dios que una bestia suele mostrar al hombre?”[7]. El celo por la gloria de Dios es lo que debe hacer que los ministros trabajen y tomen riesgos y no su propia fama. Por eso es que el pastor no debe estar centrado en otras preocupaciones. Para Calvino esta era una regla ministerial: “Que no se envuelvan a sí mismos en asuntos seculares, que no hagan excursiones lejos de sus iglesias, que no se ausenten por mucho tiempo”[8]. El rechazo y la persecución son síntoma de estar realizando bien el trabajo y no algo por lo cual llorar en público y a destajo.

Esta es la Reforma necesaria de Calvino, una en la que Cristo es cabeza sobre todo, en la que la Santa Biblia es creída y predicada, una en la que se vive la libertad de aquellos que han sido reformados, una en la que aquellos que son reformados por el Espíritu, es decir renovados por su acción, dan fruto. Esta es una reforma que nace de la iglesia y que se extiende fuera de sus muros, donde también Dios debe ser glorificado, pues la libertad que viven aquellos que han sido redimidos por Cristo es integral y total. Ejemplo de esto es lo señalado por Giorgio Tourn en su biografía sobre Calvino, cuando releva la influencia de su pensamiento en Ginebra, señalando que: “El mayor éxito de Calvino fue haber creado en Ginebra un nuevo tipo de ser humano, ‘el reformado’, y de haber diseñado los primeros trazos de la futura civilización moderna. Mientras que la Contrarreforma católica llenó a Europa de iglesias barrocas y de pinturas, Ginebra imprimió libros y educó a sus hijos en el colegio. Mientras los nobles italianos y españoles, creyendo representar una realidad política permanente fueron de corte en corte y de fiesta en fiesta, desperdiciando el poco dinero que poseían, los pequeños ginebrinos aprendieron que no se honra a Dios con procesiones y con catedrales o con batallas contra los turcos (Lepanto), sino desarrollando una vida honesta y laboriosa, y que no se es un ciudadano responsable únicamente en la edad adulta sino que también el joven estudioso puede hacer bien sus tareas”[9].

 Ser reformado es más que declarar un par de ideas verdaderas y coherentes. Es una cosmovisión y un sentido de vida. Una expresión de fe que se proyecta del culto a Dios a la vida toda.


 

[1] Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Plantador de la Iglesia Refugio de Gracia. Comunicación presentada en el “Conversatorio sobre Protestantismo”, organizado por la Corporación Sendas, Pensamiento Pentecostal y el Seminario Teológico Presbiteriano, el 24 de agosto de 2017.

[2] Juan Calvino. La necesidad de reformar la Iglesia. Edmonton, Landmark Project Press, 2010.

[3] Juan Calvino. Institución de la Religión Cristiana. Tomo I. Rijswik, Fundación Editorial de Literatura Reformada, 2006, pp. XXXIV, XXXV. Hice una actualización del lenguaje.

[4] Calvino. La necesidad… Op. Cit., p. 39.

[5] Ibídem, p. 49.

[6] Ibídem, p. 57.

[7] Ibídem, p. 82.

[8] Ibídem, p. 59.

[9] Giorgio Tourn. Juan Calvino, el reformador de Ginebra. Barcelona, Editorial CLIE, 2016, p. 86.

Clase sobre la Reforma Protestante.

Lutero_lderesprotestantes

Este martes 4 de abril de 2017 fui convidado a realizar una clase sobre la Reforma Protestante en el 8º Básico del Colegio Andino Antuquelén.

¿Qué me propuse? Abordar el proceso histórico, haciendo énfasis en la acción y pensamiento de Martín Lutero y Juan Calvino. Respecto de éste último, hago el esfuerzo de mostrar una faceta distinta a la que los libros de textos muestran limitando al teólogo de la Reforma al tema de la Predestinación.

Comparto acá, precisamente, como una síntesis, las diapositivas de la clase, que podrían servir en algo a la preparación de los actos conmemorativos de los quinientos años de la aparición pública de las 95 tesis de Lutero.

Descargue las diapositivas haciendo clic aquí.

Doce tesis sobre la gracia común y la verdad en los no creyentes.

Abraham Kuyper (1837-1920) aan het werk. Ongedateerd.;

Luis Pino Moyano[1].

Publicado en Estudios Evangélicos.

 A propósito del marco de la celebración memoriosa de los quinientos años de la aparición pública de las 95 Tesis de Martín Lutero, quisiera recuperar algo de dicho género. En mi labor como profesor de historia de secundarios, cuando me correspondía hablar de dicho documento, lo comparaba con los tweets, aunque varios excedían el espacio de los 140 caracteres. Son declaraciones breves, que tienen la finalidad de reaccionar frente a otras ideas y, además, de proponer las propias, buscando abrir la discusión. Dicha discusión, se hacía en los márgenes de un método surgido en el Medioevo llamado disputatio. Entonces, la idea era leer la tesis y abrir el diálogo-discusión. Por ende, cuando hablo de tesis en este texto, lo ocupo en dicho sentido, el de una propuesta y opinión respecto de un tema, sentido refrendado por la Real Academia Española en la primera y segunda acepción de la palabra. Lo hago, fundamentalmente, porque creo que uno de los legados importantes que debemos rescatar de la Reforma Protestante es la capacidad de discutir y de proponer, entendiendo que la fe cristiana es activa en relación a la capacidad de pensar. Capacidad que no es otra cosa que un don de Dios. Sin más preámbulos, pasemos a las tesis:

  1. La gracia común es un concepto eje por el carácter de transversalidad que puede alcanzar en la teología sistemática de cuño reformado. Nos da cuenta de una doctrina que apunta a la creación efectuada por Dios, a la imagen de Dios en el ser humano, a los efectos del pecado en la naturaleza, a la redención conseguida en Cristo, a la comprensión de la gracia y la soteriología, a la obra del Espíritu Santo (¡fuera de la iglesia!), a la misión de Dios a través de la comunidad de creyentes y, de una u otra manera, al avance y consumación del Reino de Dios en la era presente y la porvenir. El concepto atraviesa y liga una trama argumentativa en el discurso teológico.
  1. Sin lugar a dudas, el concepto gracia común es caro y relevante para la teología reformacional, sobre todo, en la propuesta inicial, de la mano de Abraham Kuyper. Y si bien es cierto, esta conceptualización no goza de la aprobación de todos los sectores de la teología reformada[2] (lo que viene a ser una muestra más de la amplitud y polifonía de dicha corriente protestante), es mi impresión que la propuesta kuyperiana es consistente tanto con la obra de Calvino, como con el grueso de la propuesta reformada.
  1. El concepto de gracia común no puede disociarse de una cosmovisión cristiano-bíblica. El cristianismo es religión, expresión de fe, un discipulado, una caminata comunitaria y, también, una mirada omniabarcante de la realidad. Todo lo que acontece en la historia trazada de principio a fin por el Dios vivo y real, lo que sucede a nuestro alrededor, lo que nosotros hacemos incluso en nuestra intimidad, puede ser conocido y comprendido por medio del cristianismo. El cristianismo, como “verdad total”, nos permite ver el sentido de la historia y dar significado a la realidad. En dicha afirmación hay dos cuestiones claves, que deben ser aterrizadas del dogma a la vida: Cristo es el Señor y la Escritura es nuestra única y suficiente regla de fe y de práctica. No somos discípulos sólo de un “maestro bueno”, sino del Señor, cuya Palabra vivificadora es normativa. Es decir, el lente con el que miramos la realidad completa es la Escritura. En otras palabras, a partir de ella, es que podemos evaluar todo tipo de conocimiento y la susceptibilidad de asirlo como propio, ya sea a partir de sus declaraciones y mandatos, y a la vez, de sus principios permanentes[3].
  1. Calvino no ocupó el concepto “gracia común”, pero dicho eje doctrinal queda esbozado en su obra magna, la Institución de la Religión Cristiana. El teólogo de Ginebra plantea respecto al gobierno y sistema político humanos, “que no existe nadie que no esté dotado de la luz de la razón”[4], y que, además, en el ámbito del pensamiento, “existe cierto conocimiento general del entendimiento y de la razón, naturalmente impreso en todos los hombres; conocimiento tan universal, que cada uno en particular debe reconocerlo como una gracia peculiar de Dios”[5]. Esta gracia peculiar de Dios, en el sentido de que es distinta a la salvífica, es resultado de “una gran liberalidad de Dios”, toda vez que si “Él no nos hubiera preservado, la caída de Adán hubiera destruido todo cuanto nos había sido dado”[6]. Pero Calvino va más allá, y deja el camino trazado para algunos de sus futuros herederos, motejados de “neocalvinistas”, aludiendo que el Espíritu Santo es quien aplica esa gracia peculiar de la que habla. Cito in extenso: “Por lo tanto, cuando al leer los escritores paganos veamos en ellos esta admirable luz de la verdad que resplandece en sus escritos, ello nos debe servir como testimonio de que el entendimiento humano, por más que haya caído y degenerado de su integridad y perfección, sin embargo no deja de estar aún adornado y enriquecido con excelentes dones de Dios. Si reconocemos al Espíritu de Dios por única fuente y manantial de la verdad, no desecharemos ni menospreciaremos la verdad donde quiera que la halláremos; a no ser que queramos hacer una injuria al Espíritu de Dios, porque los dones del Espíritu no pueden ser menospreciados sin que Él mismo sea menospreciado y rebajado. […] Dios no cesa de llenar, vivificar y mover con la virtud de ese mismo Espíritu a todas sus criaturas; y ello conforme a la naturaleza que a cada una de ellas le dio al crearlas. Si, pues, Dios ha querido que los infieles nos sirviesen para entender la física, la dialéctica, las matemáticas y otras ciencias, sirvámonos de ellos en esto, temiendo que nuestra negligencia sea castigada si despreciamos los dones de Dios doquiera nos fueren ofrecidos”[7]. Es extemporáneo y contrafactual decir que Juan Calvino creía en la gracia común, pues no existía dicha nominación, pero eso no obsta para decir que su producción teológica es basal en dicha elaboración conceptual y, por ende, que lo planteado por Kuyper y los demás reformacionales después de él, es elaborar una propuesta que interpreta y amplía lo relevado-y-producido en el siglo XVI.
  1. Hasta el momento hemos usado el concepto gracia común sin definirlo. La gracia común es el acto por el cual Dios, que guía y preserva la historia de manera providente, que trabaja de manera activa y constante en su creación y en el tiempo, actúa en la especie humana, en cada sujeto, deteniendo los efectos del pecado, llevándolo con ello a producir bienes individuales y colectivos. La gracia común hace que el ser humano no sea tan malvado como podría serlo y, aún más, que inclusive sin ser un creyente como nosotros, pueda comunicar verdad y belleza, que nosotros debemos admirar y retener como fruto del trabajo que Dios hace en el ser humano. Kuyper dirá que: “Si todo lo que es, existe para la gloria de Dios, entonces se sigue que toda la creación tiene que glorificar a Dios”[8]. Esto es interesantísimo, porque el Coram Deo (esta idea de estar siempre delante de la faz de Dios), tiene su correlato con la gracia común, puesto que toda la humanidad está delante de dicha faz. Y el resultado de ello, es que Dios con dicha gracia manifiesta al mundo en los resultados señalados, termina siendo glorificado por todas sus criaturas, busquen o no hacerlo. Todo lo que respira termina alabando al Señor.
  1. La gracia común produce efectos diferentes que la gracia especial, pero eso no quiere decir que existan dos tipos diferentes de gracia. La gracia de Dios es multiforme, inalcanzable en su totalidad por nuestra mente finita. Por ende, la gracia común es una manifestación de la gracia a secas. Es Dios mostrando su amor, amor que tiene por todo lo que Él ha hecho, puesto que todo lo que Él hace lo hace bien. Con la gracia común no cambia la posición de los no creyentes respecto de su relación con Dios. Y si bien es cierto, ella no es salvífica, tampoco es merecida. No merecemos este amor que nos rescata de todas las consecuencias de la caída, permitiéndonos vivir mejor de lo que podríamos experimentar con el pecado en rienda suelta. Dios es bueno, con sus hijos, y también lo es con los pecadores irredentos. Todos sus dones son perfectos (Léase: Salmo 145:9; Hechos 14:15-17; 17:24-28; 1ª Timoteo 4:10; Santiago 1:17). El error de los no creyentes radica en que viendo estas cosas, no glorifican a Dios. Es el punto de Martyn Lloyd-Jones cuando muestra que: “En realidad lo erróneo de la cultura no es ella misma, es más bien que las personas dirigen su alabanza y adoración a los hombres que han creado las obras en lugar del Dios que los ha capacitado para hacerlas. Pero si consideramos estas cosas bajo el encabezamiento de la gracia común, veremos que todas glorifican a Dios porque Él dispensa estos dones generales a la Humanidad por medio del Espíritu Santo”[9].
  1. Todo lo anterior nos encamina a la necesidad de la interdisciplinariedad a la hora de la reflexión teológica. Al teólogo no le debe bastar la formación doctrinal y bíblica, sino que actúa sabia y prudentemente cuando conoce y aprehende de las otras áreas de saber, de sus teorías, métodos, descubrimientos y productos, lo que resultará en una ampliación focal de los fenómenos que piensa. Si la fe cristiana se expresa y comunica en el mundo, y el sujeto está rodeado de otros seres humanos, se debe hacer todo lo posible por comprender dicho mundo y a los otros que viven en él. Aunque posterior, resulta útil acá el concepto de Michel Foucault de “caja de herramientas”, puesto que dicho ejercicio no se trata de adopción acrítica de fuentes de saber y de metodologías de trabajo, sino de conocimiento y práctica mediatizados por la comprensión omniabarcante del cristianismo en su vertiente calvinista y reformacional.
  1. Debemos tener sumamente claro el objetivo de nuestra lucha, a saber, mortificar el pecado y sus consecuencias y no la gracia común y sus frutos. En una de sus conferencias, Kuyper planteará que: “En la medida en que el humanista se esforzó por sustituir lo eterno por la vida en esta tierra, cada calvinista se opuso al humanista. Pero en la medida en que el humanista contendía clamando por un reconocimiento correcto de la vida secular, el calvinista era su aliado”[10]. Esto es un batatazo a las lógicas anabaptistas de corte contraculturalista, como también lo es para quienes sacramentalizan nuestra dogmática pensando que el trino Dios actúa sólo en los creyentes. Como diría Berkhof: “Todo lo que el hombre natural recibe y que no es maldición y muerte, es el resultado indirecto de la obra de Cristo”[11]. En ese sentido, la gracia común no sólo es obra de Dios, sino además, marco hermenéutico para analizar cada producción humana.
  1. Cada vez que analizamos la producción humana de diverso cuño, debemos tener en cuenta la antítesis. Puede notarse en la obra Dooyeweerd, que existe una oposición entre los principios del Reino de Dios y los del sistema humano dañado por la caída. Dicha tensión espiritual atraviesa también los distintos constructos filosóficos humanos y, por supuesto, “alcanza también el corazón de cada creyente en su lucha para vivir una vida de compromiso integral con Dios”[12]. Esto nos lleva a decir que, cada vez que un no creyente dice la verdad, ésta es resultado de la gracia común. En otras palabras, la verdad no deja de serlo a causa de sus emisores, ni todo lo que dice un emisor se condice con nuestra fe porque en una ocasión éste dijese una verdad. Esto es lo que Dooyeweerd conceptualizó como “momentos de verdad”, puesto que sólo se muestra un aspecto de la realidad y, en ese sentido, cualquier absolutización de dicho constructo teórico es parte del “espíritu de engaño” que promueve medias verdades[13]. La única fuente segura de conocimiento es la Palabra de Dios y no existe posibilidad de consistencia teórica y práctica sin una fundada cosmovisión bíblica. Y este asunto no es sólo cuestión teológica o filosófica, en el sentido de disciplinas académicas, sino necesariamente espiritual, pues para creer (que al decir de Stott, es también pensar), es fundamental ser primero abrazado por el Padre, salvado por su gracia como resultado del amor eterno que tuvo como clímax la cruz de Jesucristo.
  1. Despojándonos de miedos, de pretensiones escapistas del mundo, del terrible veneno del dualismo y de las actitudes reaccionarias, podemos recurrir a la obra de otros seres humanos, que sin ser creyentes producen conocimiento que podemos asumir o, en su defecto, redimir desde un punto cosmovisional. Además, para rechazar una producción de saber, debemos primero hacer el ejercicio de leer e interpretar a la luz de la Palabra de Dios lo dicho por un determinado autor y estar seguros en que lo que se dice contraviene de manera abierta el pensamiento cristiano. Allí debemos diferenciar entre marco cosmovisional, propuesta total de un autor y expresiones particulares que podrían ser “momentos de verdad”. Este trabajo no puede hacerse sólo a partir de la lectura de comentarios, ni mucho menos a partir de panfletos (hoy en forma de memes divulgados en las redes sociales, sin fuente identificable), sino a partir de la lectura directa de un autor. Evidentemente, hay riesgos, en los que pueden producirse miradas eclécticas. Pero la solución no es la prohibición que genera un “Index librorum prohibitorum” al estilo inquisitorio, sino educar(nos) en el conocimiento del Dios santo y su Palabra. El cristiano es un sujeto activo frente a su realidad por la fuerza del Espíritu que le llena de poder para ser testigo de Jesús.
  1. Coincidir en puntos focales a la hora de hacer análisis, como también en argumentos y conclusiones con autores no creyentes, no significa, necesariamente, adherir a la totalidad de la propuesta teórica y práctica de un autor. Presuponer eso, es pensar que la ignorancia siempre es una cuestión de los otros y nunca mía, por ende, es prepotencia epistemológica. Podemos leer y citar a no creyentes sin adherir a su trama cosmovisional. En este punto es pertinente traer a colación la precisión conceptual de Francis Schaeffer cuando planteó que: “los cristianos han de darse cuenta de la diferencia que existe entre un cobeligerante y un aliado. A veces parecerá que estamos diciendo lo mismo que la Nueva Izquierda o que la élite de la Institución. Si hay injusticia social diremos que hay injusticia social. Si necesitamos orden, diremos que necesitamos orden. En estos casos específicos seríamos cobeligerantes, pero el serlo no nos hará alistarnos en ninguno de los campos citados porque no seremos aliados de ninguno de ellos. La Iglesia de Cristo Jesús, el Señor, es totalmente distinta de uno y otro, por completo” [14]. Cobeligerante, no es lo mismo que aliado, de la misma manera que contextualización no es lo mismo que adaptación. Lo que hace relevante al cristianismo es precisamente su diferencia, es decir, su experiencia salvífica y su mensaje a proclamar. Y si el mensaje proclamado y la experiencia vital encuentran relación con expresiones de otros sujetos, aunque no sean creyentes, es primordial para la ejecución de la tarea misional de la iglesia construir puentes y lazos. Defender la justicia social no nos hace marxistas, como luchar contra el aborto no nos hace integristas de derecha. Todo lo que contribuya a la extensión del Reino de Dios que es justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo es parte de la tarea de la iglesia, ¡de nuestra tarea! Y en dicha tarea puede haber coincidencia o martirio, pero eso no es lo importante. Lo importante es la coherencia y la consistencia de nuestra vida y mensaje con el evangelio de Cristo.
  1. Puede que veamos a hermanos nuestros en sus carreras y aprendizajes hacer lecturas de autores que, sabemos, en su propuesta global no se condicen con nuestra cosmovisión cristiana. Recordando que Pablo citó en Atenas a Epiménides de Cnosos y a Arato de Solos, sin dejar de ser ortodoxo en su fe, y sin que dichas referencias dejaran de ser parte del registro canónico, ¿cuál debiese ser nuestra actitud? Propongo las siguientes alternativas: a) Actuar de buena fe. ¿Qué razones tengo para pensar mal de un hermano? ¿Lo conozco tanto como para presuponer que está errando en el camino, adaptándose a pensamientos foráneos a la fe, o cayendo en análisis conspirativos, pensar que está operando en la comunidad con la finalidad de infiltrar su pensamiento en ella? Si no conozco, no juzgo acciones ni motivaciones. Esa debiese ser la premisa; b) Si tengo dudas, acercarme y conversar. ¡No existe ninguna razón válida para dejar de lado el diálogo entre creyentes! Especialmente, cuando éste clarifica nuestras dudas y nos permite ver la fuerza cosmovisional en el relato del otro, y así, ser beneficiados por un aprendizaje nuevo gracias a la perspectiva que enriquece, por su diferencia, nuestros análisis. O, en su defecto, ver las deficiencias, las grietas peligrosas en el pensamiento del otro, y ayudar con el amor y la verdad que no se disocian, a salir de una ruta que lleva a un barranco intelectual. Y en ese caso, no vale la satanización ni mucho menos la instalación del mote de ignorante en el otro. Lo que se debe hacer en ese caso es exponer al sujeto a la predicación del evangelio y a la experiencia acogedora del amor fraternal; c) Analizar de dónde proviene mi prejuicio (en el sentido etimológico de la expresión). Y allí la pregunta es fácil pero puede llevarnos a una problemática profunda: ¿mi lucha por la verdad proviene de lo revelado en la Palabra de Dios o en la ideología que he tomado prestada de otras influencias? Si la respuesta es la primera, actúo según lo dicho en el punto “b”. Si es la segunda, debo arrepentirme y pedir perdón al Dios vivo y verdadero. Porque si algo se interpone entre tú y un hermano, salvado por el sacrificio de Cristo al igual que tú, eso no es otra cosa que un ídolo que busca destruir lo que él conquistó con su sangre. Tal vez, encontrarse con el pensamiento de otro sea la oportunidad que Dios trazó de manera providente para que te encontraras con los ídolos que construyes a tu imagen y semejanza. Dios es muy bueno cuando nos libra de la idolatría. Dios es muy amoroso cuando derriba las tiranías del pensamiento que gobiernan nuestro corazón. Eso también es una expresión de la multiforme gracia de Dios. Puedo dar fe de eso. Dios poderosamente lo hizo en mí.

[1] Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

[2] Véase sobre esta discusión: Louis Berkhof. Teología Sistemática. Grand Rapids, Libros Desafío, 1999, pp. 514-532; y Anthony Hoekema. Creados a imagen de Dios. Grand Rapids, Libros Desafío, 2005, pp. 243-262.

[3] Para quienes quieran introducirse en el estudio cosmovisional cristiano, recomiendo las siguientes lecturas: Francis Schaeffer. Huyendo de la razón. Barcelona, Ediciones Evangélicas Europeas, 1969; Herman Dooyeweerd. Las raíces de la cultura occidental. Las opciones pagana, secular y cristiana. Barcelona, Editorial CLIE, 1998; James Sire. El universo de al lado. Grand Rapids, Libros Desafío, 2005; Darrow Miller et al. La cosmovisión del Reino de Dios. Tyler, Ediciones JUCUM, 2011; John Piper. Piense. La vida intelectual y el amor de Dios. Illinois, Tyndale House Foundation, 2011; Theo Donner. Posmodernidad y fe. Una cosmovisión cristiana para un mundo fragmentado. Barcelona, Editorial CLIE, 2012; Albert Wolters y Michael Goheen. La creación recuperada. Bases bíblicas para una cosmovisión reformacional. Medellín y Sioux Center, Poiema Publicaciones y Dordt College Press, 2013; Timothy Keller. La razón de Dios. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2014; Nancy Pearcey. Verdad total. Tyler, Ediciones JUCUM, 2014; y Michael Goheen y Craig Bartholomew. Introduçao à cosmovisão cristã. São Paulo, Edições Vida Nova, 2016.

[4] Juan Calvino. Institución de la Religión Cristiana. Libro II, Capítulo 1, Nº 13. Rijswik, Fundación Editorial de Literatura Reformada, 2006, p. 185.

[5] Ibídem, Libro II, Capítulo 1, Nº 14, p. 185.

[6] Ibídem, Libro II, Capítulo 1, Nº 17, p. 187.

[7] Ibídem, Libro II, Capítulo 1, Nº 15 y Nº16, pp. 185, 186.

[8] Abraham Kuyper. Conferencias sobre el calvinismo. Una cosmovisión bíblica. San José, Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas, 2010, p. 65. Corresponde a la Conferencia “El calvinismo y la religión”.

[9] Martyn Lloyd-Jones. Dios el Espíritu Santo. Ciudad Real, Editorial Peregrino, 2001, p. 39. Es recomendable ver todo el capítulo titulado “Creación y gracia común”, pp. 34-43

[10] Kuyper. Op. Cit., p. 150. Corresponde a la conferencia “Calvinismo y la ciencia”.

[11] Berkhof. Op. Cit., p. 522.

[12] Este marco definitorio sigue el glosario dooyeweerdiano realizado por Albert Wolters, traducido y ampliado por Guilherme de Carvalho en: Herman Dooyeweerd. Estado e soberania. Ensaios sobre cristianismo e política. São Paulo, Edições Vida Nova, 2014, p. 131. El lector debe tener en cuenta que la referencia es tanto implícita como explícita.

[13] Dooyeweerd. Las raíces… Op. Cit., pp. 43, 72, 91.

[14] Francis Schaeffer. La Iglesia al final del siglo XX. Barcelona, Ediciones Evangélicas Españolas, 1973, p. 50.

Del “Síndrome Martín Lutero” y la “Inquisición Calvinista”.

Cerezo Barredo.

Un terrible monstruo recorre nuestras iglesias y redes sociales. Un monstruo sediento de gratificación del ego. (Pseudo)Teólogos perfectirijillos que disparan contra todo y contra todos quienes se encuentren a su alcance, sobre todo, si no se acercan a su “luminosa brillantez”. Son tan geniales sus elucubraciones, que ya no necesitan de la Sola Gratia para declarar la obra de salvación y santificación que el Espíritu hace en los creyentes, complementándola con un conocimiento superior, al modo de la antigua gnosis, un conocimiento en el que hay que iniciarse para ser un “verdadero creyente”.

Quienes somos protestantes, debemos reclamar como nuestros los postulados reformadores del siglo XVI. A su vez, quienes somos calvinistas, debemos procurar leer y profundizar en la obra de este notable teólogo francés, y no sólo en fragmentos ni mucho menos en los memes de algún Facebook “reformado”. Tenemos que leer, rescatar y seguir reformando según la Palabra de Dios. La historia de la iglesia no es una historia de héroes, es una historia de santos-pecadores que trabajaron por pura gracia en la extensión del Reino. Por ende, nuestro rescate debe ser hecho en su justa dimensión, reconociendo aciertos y errores, teniendo como norma de la norma a la única y suficiente regla de fe y práctica de los creyente: La Biblia. Nuestros credos y confesiones, no son sólo textos para ser regurgitados de vez en cuando en alguna tribuna, son guía para la lectura y base para la vida en la comunidad. Ocupando la cara metáfora orwelliana, si en algún momento tu conocimiento te hace ser “más igual” entre “los iguales”, algo está andando mal. Estás suplementando la obra de Cristo con tus méritos y fuerzas.

Y aquí viene lo que entiendo como “Síndrome Martín Lutero” y como “Inquisición Calvinista”. El síndrome es terrible. Hace que ciertos sujetos, que están comenzando a leer obras teológicas, crean, ilusoriamente por lo demás, que ya saben todo y que están provistos para combatir con sus novedosas y propias “95 tesis” toda herejía que exista por ahí. Porque toda discusión para ellos es dogmática y un atentado contra sus conciencias al decir de Lutero en la Dieta de Worms. Y batallan, y batallan, por sus convicciones haciendo más enemigos que hermanos, fomentando el individualismo y no la comunidad. Citan textos recién leídos, defendiendo la verdad, pero sin amor. Y lo que es peor, sin humildad, entendiendo que el estudio de la teología versa sobre Dios, quien es inalcanzable por nuestra mente finita y limitada.

Y otros sujetos, suman una acción peor: la de la refulgente “inquisición calvinista”. Con Calvino y sus múltiples herederos siendo “vana repetición”, con el libro adquirido para la foto que eleva el estatus y con el apelativo de calvinista y confesional en el pecho. Y ahí pateando en el suelo virtual a quien ose diferenciarse de su supuesta ortodoxia. Sobre todo, la performance de moda, darle duro a los pentecostales. Desde sus cómodos sillones de lectura mancillan el nombre y el testimonio de quienes con pasión por el reino de Dios han desperdigado iglesias a lo largo y ancho del país, iglesias que cobijan a creyentes salvados por la obra única y suficiente de Cristo en la cruz. Y usan sus escasos conocimientos teológicos para burlarse de la comprensión de la iglesia, del Espíritu y su obra, de los dones, de la vida en santidad (¡como si fuera un mensaje alejado del calvinismo!), de la escatología, olvidando que la mayoría de los inquisidores fueron (¡o son todavía!) miembros de iglesias pentecostales. Y lo que es peor, cuando llegan a nuestras iglesias, quieren que los recibamos con aplausos y palmaditas en el hombro, pero ni siquiera quieren someterse al gobierno de la iglesia y aún menos quieren servir. Los inquisidores, que con displicencia cuestionan a otros, son meros consumidores de fe, de sermones, pero no gente que adora y sirve. Pues para eso se necesita de humildad y amor, cosa de la que carecen. Si han llegado hasta el colmo, porque escucharon un sermón de Paul Washer, de cuestionar la salvación de quienes fueron llamados en una predicación a pasar al púlpito para que oraran por ellos. ¿Acaso esa forma es más importante que la obra del Espíritu en el corazón? ¿Qué se creen cuando dilapidan a creyentes, a hermanos en la fe, con ese nivel de grosería botando al tacho de la basura la experiencia más bella que un cristiano pueda tener? No más, por favor. Arrepiéntanse de la altivez.

Oigan bien queridos que adolecen del “síndrome” y calvinistas para quienes sus balbuceos perfectirijillos son tenidos como dogma inquisidor y que creen que la doctrina, sobre todo la de la elección, es para ostentar frente a quienes todavía no la creen, entienden o asumen, algo así como un grado mayor de superioridad cristiana, déjenme decirlo con todas sus letras: toda esa banalidad es basura, estiércol. Porque al contrario, la doctrina reencontrada por los reformadores, más que para ser debatida u ostentada, es para ser celebrada por el pueblo que Dios ha elegido para sí. Y eso es lo que celebramos de la Reforma del siglo XVI: lo que creemos sanamente y la libertad que no engrandece. La libertad para amar y servir. El credo y la libertad cuya conciencia no está sujeta a sus disquisiciones, sino a la viva Palabra que sale de la boca de Dios.

Si tienes el síndrome y te comportas como inquisidor, arrepiéntete y deja que Dios mate al ídolo en el que te convertiste. Vuelve a casa. Al evangelio de la sola gracia.

Luis Pino Moyano

Cajón del Maipo, en el mes de la Reforma 2015.

1ª Clase de Teología Sistemática del año en Puente de Vida.

IMG_5945  En el marco de los estudios bíblicos de la Iglesia Presbiteriana Puente de Vida, estamos realizando clases de Teología Sistemática y de Historia Eclesiástica. Hoy (18 de abril de 2015) me correspondió exponer en la primera sesión de Sistemática, basados en el libro de Louis Berkhof “Manual de Doctrina Cristiana”. ¿De qué hablamos? En un primer bloque, nos introdujimos en el estudio de la disciplina teológica, y en el segundo bloque, hablamos sobre religión y revelación.

Ponemos a su disposición los audios en dicho orden.

1. Introducción a la Teología Sistemática.

http://www.ivoox.com/introduccion-a-teologia_md_4373729_wp_1.mp3″

2. Religión y Revelación.

http://www.ivoox.com/religion-revelacion_md_4373834_wp_1.mp3″

 

Ponemos, también, a su alcance los apuntes de la exposición (téngase muy presente eso: son apuntes), los cuales se pueden descargar haciendo clic aquí.

Un abrazo, Luis.

El Espíritu y la Palabra en las letras de Juan Calvino.

JohnCalvin_Best

“Ahora bien, los que desechando la Escritura se imaginan no sé qué camino para llegar a Dios, no deben ser tenidos por hombres equivocados, sino más bien por gente llena de furor y desatino. De ellos ha surgido hace poco cierta gente de mal carácter, que con gran orgullo, jactándose de enseñar en nombre del Espíritu, desprecian la Escritura y se burlan de la sencillez de los que aún siguen la letra muerta y homicida, como ellos dicen. Mas yo querría que me dijeran quién es ese espíritu, cuya inspiración les arrebata tan alto, que se atreven a menospreciar la Escritura como cosa de niños y demasiado vulgar. Porque si responden que es el Espíritu de Cristo el fundamento de su seguridad, es bien ridículo, pues supongo que estarán de acuerdo en que los apóstoles de Jesucristo y, los otros fieles de la Iglesia primitiva estuvieron inspirados precisamente por el Espíritu de Cristo. Ahora bien, ninguno de ellos aprendió de Él a menospreciar la Palabra de Dios, sino, al contrario, la tuvieron en gran veneración, como sus escritos dan testimonio inequívoco de ello. De hecho, así lo había profetizado Isaías, pues cuando dice (Is. 59,21): “El Espíritu mío, que está sobre tí, y mis palabras que puse en tu boca, no faltarán de tu boca, ni de la boca de tu simiente, ni de la boca de la simiente de tu simiente, dijo Jehová, desde ahora y para siempre”, no se dirige con esto al pueblo antiguo para enseñarle como a los niños el A.B.C., sino más bien dice que el bien y la felicidad mayores que podemos desear en el reino de Cristo es ser regidos por la Palabra de Dios y por su Espíritu. De donde deducimos que estos falsarios, con su detestable sacrilegio separan estas dos cosas, que el profeta unió con un lazo inviolable. Añádase a esto el ejemplo de san Pablo, el cual, no obstante haber sido arrebatado hasta el tercer cielo, no descuida el sacar provecho de la Ley y de los Profetas; e igualmente exhorta a Timoteo, aunque era excelente y admirable doctor, a que se entregue a la lectura de la Escritura (1 Tim.4,13). Y es digna de perpetua memoria la alabanza con que ensalza la Escritura, diciendo que es útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instituir en justicia” (2 Tim. 3, 16). ¿No es, pues, un furor diabólico decir que el uso de la Escritura es temporal y caduco, viendo que según el testimonio mismo del Espíritu Santo, ella guía a los hijos de Dios a la cumbre de la perfección?

También querría que me respondiesen a otra cosa, a saber: si ellos han recibido un Espíritu distinto del que el Señor prometió a sus discípulos. Por muy exasperados que estén no creo que llegue a tanto su desvarío que se atrevan a jactarse de esto. Ahora bien, cuando Él se lo prometió, ¿cómo dijo que había de ser su Espíritu? Tal, que no hablaría por sí mismo, sino que sugeriría e inspiraría en el ánimo de los apóstoles lo que Él con su palabra les había enseñado (Jn. 16,13). Por tanto no es cometido del Espíritu Santo que Cristo prometió, inventar revelaciones nuevas y nunca oídas o formar un nuevo género de doctrina, con la cual apartarnos de la enseñanza del Evangelio, después de haberla ya admitido; sino que le compete al Espíritu de Cristo sellar y fortalecer en nuestros corazones aquella misma doctrina que el Evangelio nos enseña”.

Juan Calvino. Institución de la religión cristiana. Libro I, Capítulo IX, Punto 1. Rijswijk, Fundación Editorial de Literatura Reformada, 1999.


El día de ayer, en el Grupo Pequeño en el que participo cerramos nuestro estudio con esta cita de Calvino. Estamos estudiando en la Iglesia Puente de Vida una serie titulada “Reforma: cuatro conceptos claves”, y ayer estuvimos viendo el tema del Espíritu Santo en la vida de los creyentes, a la luz de Romanos 8:1-17. Dicha sección de la epístola paulina muestra la acción del Espíritu Santo manifestada en la salvación de los creyentes, haciendo un especial énfasis en la santificación. Y es ahí donde cabe esta alusión de Calvino: La Palabra de Dios tiene una relación indivorciable con el Espíritu que inspiró dicho mensaje. La fuerza del Espíritu se vive en la Palabra. Ser lleno del Espíritu Santo no consiste en manifestaciones extraordinarias ni nuevas revelaciones, sino en algo que es concreto en la vida ordinaria, en la cotidianidad: en una identificación plena y constante con el Espíritu que es Santo. Quienes hemos sido liberados por Cristo somos llamados a una obediencia nueva, que vive la Escritura. Solos no nos la podemos. Pero el Espíritu nos ayuda y capacita para vivir la vida que Dios quiere que vivamos, aquella que aparece expresada en la Palabra. Es que ser lleno del Espíritu no es otra cosa que ser lleno de la Palabra. 

Y pensar que esto fue dicho hace poco menos de 500 años. 

Luis.