Mis lunes con Violeta Parra.

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El año 2013 comencé una aventura en el Colegio Andino Antuquelén llamada “Taller de Historia y Memoria”. Era una instancia optativa, dentro de diversas posibilidades que el colegio otorga para los miércoles en las tardes. Si bien es cierto, en dicho espacio educativo siempre he tenido la posibilidad de tensionar y criticar el currículum, este taller, me daba la posibilidad de crear en el diálogo con estudiantes, en este caso, desde la disciplina historiográfica. La idea era producir un rescate de la historia y las memorias de Chile y América Latina en el pasado reciente, en el período que Eduardo Devés llamó “todo es política” (desde la década de los sesenta), a partir de fuentes diversas. Desde el 2016, por mi trabajo en la iglesia, ocupo el lunes, mi día libre para continuar con este espacio dialógico.

¿Qué tiene que ver lo anterior con el título del post? Todo, particularmente este año. Pues en el marco de las conmemoraciones del centenario del natalicio de Violeta Parra me decidí a hacer un giro del taller, ocupando la experiencia vital y la obra de esta mayúscula artista como la base y el sustrato del taller que piensa nuestro pasado reciente. Y elegí a Violeta Parra por varias razones. Por su música sencilla y sin grandes aspavientos que dejan artefactos bonitos, pero sin “enjundia” en el decir popular. Elegí a Violeta por su rupturismo con el folklore tradicionalista, ese que le cantaba a la bandera, el huaso y la cordillera, en el marco idealizado de una realidad en la que todo eso, y más, tiene múltiples rostros, y no sólo la belleza de la representación uniforme. Violeta cantó de las experiencias de gente de carne y hueso, miró sus realidades, empatizó con ellas, cosa que no costó porque Violeta procedía del mismo lugar. Mucho se discute en los círculos de las ciencias sociales acerca de la posibilidad de habla del subalterno, pues bien, Violeta Parra precisamente hizo hablar al subalterno no sólo al retratar su vida, en la alegría, el sufrimiento, el trabajo y la lucha vital que ellos encarnaban, sino también, al rescatar canciones en una amplia recopilación que dio permanencia a voces que habrían sido sepultadas junto a los cuerpos de tantos cantores de esta tierra.

Elegí a Violeta por sus letras comprometidas con la historia y su tiempo, canciones que no sólo son “de protesta” como cierto rótulo mercantil y cooptador quiso darle al género, sino canciones que acompañan la vida de la gente más sencilla. Sus descripciones tan acertadas respecto de la realidad del país, en el que la “larga duración” de los actos de poder de los menos que domina y constriñe a los más nos persigue, sumado a la fuerza de los clásicos da vigencia a su mirar, generando utillaje pedagógico en la caja de herramientas del saber y, también, una reserva teórica y conceptual para nuevos análisis. De hecho, en este caso se hace cada vez más manifiesta la perversión que desliga los contenidos del área de lenguaje con la de historia en la educación chilena, imposibilitando el aprendizaje que liga y construye puentes. Aunque, el deber de subvertir aquello está a la orden del día.

Elegí a Violeta porque sus letras de amor y risa celebran apasionadamente el acto bello del encuentro de otros que se unen en un yo, como a su vez, en el caso de su lírica desgarrada posee letras que vomitan rabia y dolor frente al cual no se puede quedar impávido. Por eso es que ocupé el concepto de artista, pues reducirla a cantante o poeta habría anquilosado la mirada. La expresión musical de Violeta es multisensorial apelando a la razón y al sentimiento. Violeta Parra es una “romántica de la noche”, marcada por un ejercicio activo de la voluntad que se expresa desde el fuego vital que empodera su habla como nuestra escucha. Si bien es cierto, su música no era rockera, sus letras lo eran: allí están “El gavilán”, “¿Qué dirá el santo padre?”, “Miren como sonríen” y, por supuesto y entre tantas otras, “Maldigo del alto cielo”, sumado al acto de llamar “Las últimas composiciones de Violeta Parra” al que fue de facto su último disco. Violeta no sólo es antecedente necesario a la hora de analizar la Nueva Canción Chilena, sino otras expresiones musicales, incluso a las que traspasaron la escena artística en el marco dictatorial.

Violeta Parra, la cantante desvalorada en su época y en muchos casos reducida  y caricaturizada como la mujer cantora de “Gracias a la vida” que después se suicidó (como si dicho acto de dolor fuese sólo marcado por la cobardía y la frustración), debe ser rescatada más allá de su centenario. Debe ser leída, escuchada y disfrutada no sólo por el pasado, sino para el presente, por nuestro presente. Podríamos decir con su hermano Nicanor “Cántame una canción inolvidable / Una canción que no termine nunca / Una canción no más / una canción / es lo que pido. / Que te cuesta mujer árbol florido / Álzate en cuerpo y alma del sepulcro / Y haz estallar las piedras con tu voz/ Violeta Parra” (en “Defensa de Violeta Parra”).

Por mi parte, valoro la compañía literaria y musical de Violeta Parra, y no sólo los lunes, sino en mis días, porque ella es la que con la habilidad de la mejor de las profesoras me ha enseñado que “Lo que puede el sentimiento / no lo ha podido el saber / ni el más claro proceder / ni el más ancho pensamiento. / Todo lo cambia el momento / cual mago condescendiente, / nos aleja dulcemente / de rencores y violencias. / Solo el amor con su ciencia / nos vuelve tan inocentes”. La inocencia, frente a los monstruos levantados por la razón moderna, no sólo es desafío… es también, vital.

Luis Pino Moyano.

Plantando el evangelio en cada corazón. Hacia una historia de la Iglesia Puente de Vida (2008-2013).

Este 27 de octubre de 2013 tuvimos nuestra primera asamblea y culto de organización de la 11ª Iglesia Presbiteriana de Santiago Puente de Vida. Me correspondió preparar y leer un texto a propósito de nuestra breve historia, el que pongo a disposición de ustedes en este blog.

Uno de los historiadores más importantes del siglo XX, fundador de la Escuela de los Annales, Marc Bloch, señaló en su Apología de la Historia que el cristianismo era una religión de historiadores. Eso lo podemos corroborar, toda vez que en nuestros cultos leemos la Escritura y ellas no sólo nos enseñan doctrinas y principios para la vida, sino además nos relevan la historia trazada por la mano providente de Dios de principio a fin. Lo podemos ver expresado en el sacramento que nos invita a hacer memoria mirando también al futuro. Lo notamos en la Missio Dei, que nos muestra a un Dios misionero actuando en la historia y llamando a sus hijos e hijas a ser ministros de la reconciliación. En nuestra breve historia como comunidad se funden todos estos elementos como reflejo del “teatro de la gloria de Dios”.

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Compañero profesor, compañer@ estudiante.

Luis...

A propósito del día del profesor y la profesora, escribo este post. En algunas ocasiones me han preguntado por qué me refiero a mis estudiantes como “compañer@s estudiantes”. Y esto me lleva a recordar una conversación con una ex estudiante del colegio en el que trabajo, hoy estudiante de Literatura Inglesa en la Universidad de Chile, Sofía Valenzuela. Yo le decía, por mi apego a la teoría y práctica freiriana que prefería los conceptos de “educador-educando” y “educando-educador”. En medio de la conversación, llegamos al convencimiento de que el escaso uso de “educando” implica que uno siempre tenga que andar explicando el significado de dicha expresión. Había que optar, entonces, por un concepto más claro. Así llegamos a la idea del “compañero profesor” y el/la “compañer@ estudiante”, que cargan dentro de sí todo el sustrato de la lectura del pedagogo brasileño Paulo Freire.

Y es que un “compañero profesor” no es aquel que se dedica a cumplimentar planificaciones, o preparar máquinas de respuestas para pruebas homogeneizantes. Un “compañero profesor” no es el que improvisa ni el que simplemente es un “gana pan”. Un compañero profesor, al decir freiriano sería un científico, en tanto realiza su ejercicio desde un saber, desde un conocimiento; es también un técnico porque aplica una metodología a su trabajo; pero, a la vez, es un artista porque trabaja con la belleza incidiendo con ella en la realidad en la que vive. Es uno que entiende que su rol es protagónico, tanto como el de l@s estudiantes, porque la educación estaría sustentada en el diálogo, imposible sin una noción de amor. Y por otro lado, es uno que entiende que la sala de clases no está aislada de un contexto local, nacional y global, que no se trata de un laboratorio en el cual se construye “orden y progreso”, sino un espacio dialógico en el que constantemente se discute lo que pasa fuera-dentro con el anhelo de transformación. De ahí que el ejercicio pedagógico no sea un ejercicio aséptico, sino fundamentalmente político.

Hay una frase de Freire que la leí en mi primera ayudantía en la Academia de Humanismo Cristiano, y luego he vuelto a leer en otros espacios en los que me ha tocado ejercer la docencia. Dice así: “En nombre del respeto que debo a mis alumnos no tengo por qué callarme, por qué ocultar mi opción política, admitir una neutralidad que no existe. Esta, la supresión del profesor en nombre del respeto al alumno, tal vez sea la mejor manera de no respetarlo. Mi papel por el contrario, es el de quien declara el derecho de comparar, de escoger, de romper, de decidir, y estimular la asunción de ese derecho por parte de los educandos”. Mi papel como profesor no es el de repetir y aplicar, sino el de coadyuvar y motivar el pensamiento crítico, no olvidando nunca el rol protagónico de l@s estudiantes en dicho proceso. Por eso, toda vez que preparo mis clases de historia tengo siempre en mente no sólo el pasado como una entelequia inamovible, sino siempre en diálogo y discusión con el presente, y con la intensión de tramar un nuevo y mejor horizonte de expectativas.

Ahora bien, la categoría de “compañer@ estudiante” no se obsequia, no cualquier estudiante la merece. Es algo por lo cual se debe trabajar. Un/a compañer@ estudiante es quien está dispuesto no sólo a cumplir con sus deberes y tareas, sino quien está dispuesto a pensar, dialogar y discutir. No es aquél/aquélla que se molesta cuando uno señala que hay que leer o investigar, sino que gusta de dichos procesos en los cuales deja de ser un mero receptáculo y pasa a ser un sujeto pensante, actor clave de su formación. Es quien entiende que lo que se vive en el aula es también una lucha por una educación digna, tanto como lo que sucede en las calles de nuestro país. Es quien no se entiende como el beneficiario de un servicio por el cual paga y, en algunos casos, se transforma en alguien peor a un explotador. En definitiva, un/a “compañer@ estudiante” es alguien que se precia de protagonista, que entiende que tiene un rol con la historia, con su historia y con la de su sociedad, que aprehende, discute, dialoga, posibilita espacios de conocimiento, que es un/a luchador/a activo/a por un mundo mejor, más allá de lo que crea o piense de esa aspiración. Como dijo Allende, en el que a mi gusto fue el mejor de sus discursos, en la Universidad de Guadalajara, “el maestro […] respeta al buen alumno y tendrá que respetar sus ideas cualesquiera que sean”.

Son estas nociones las que hacen que uno se levante temprano en las mañanas, y más allá de la poca plata que llega a nuestros bolsillos a fin de mes (también somos víctimas de la división del trabajo), hagamos nuestra pega con gusto, dedicación y amor, pega que no empieza ni termina en los 90 minutos que dura un clase, sino que forma parte importante del tiempo que vivimos. Ningún pago es mejor que el respeto y aprecio que un/a compañer@ estudiante te pueda dar. Alegrémonos.

Luis Pino Moyano.

Cristianismo, Socialismo y Revolución. El Movimiento Cristianos por el Socialismo (Chile, 1971-1973).

Reunión de Fidel Castro, en su visita a Chile, con los 80 sacerdotes de Cristianos por el Socialismo. Fotografía tomada de la revista Punto Final. Año VI, Nº 146, martes 7 de diciembre de 1971, p. 51.

El día 3 de septiembre de este año, participé como ponencista en el seminario “A 40 AÑOS DEL GOLPE DE ESTADO EN CHILE. USOS Y ABUSOS EN LA HISTORIA”, realizado en el GAM. Presenté parte de un artículo titulado “Cristianismo, socialismo y revolución. El Movimiento Cristianos por el Socialismo (Chile, 1971‐1973)”. Dicho artículo ha sido publicado en la Revista Razón y Pensamiento Cristiano.

El artículo puede leerse acá.

Agradecería su lectura, discusión y divulgación.

Luis Pino Moyano.

SEMINARIO “A 40 AÑOS DEL GOLPE DE ESTADO EN CHILE. USOS Y ABUSOS EN LA HISTORIA”.

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En el GAM, originalmente Edificio Gabriela Mistral, construido con trabajo voluntario y en tiempo récord en el período de la Unidad Popular para recibir las reuniones de la UNCTAD III, y que luego fue tomado por la dictadura militar y resemantizado con el nombre de Diego Portales, los días 2, 3 y 4 de septiembre de 2013, en el marco de las conmemoraciones por el Golpe Militar, se estará desarrollando el seminario: “A 40 AÑOS DEL GOLPE DE ESTADO EN CHILE. USOS Y ABUSOS EN LA HISTORIA”. La actividad está organizada por escuelas de historia de distintas casas de estudio. Historiadores, historiadoras y otros/as investigadores/as se darán cita para dialogar, reflexionar y debatir en torno a nuestro pasado reciente. Se contará con las exposiciones de Peter Winn y Steve Stern, reconocidos historiadores.

Por su parte, el día martes 3 de septiembre, a las 17:15 hrs., participaré en la mesa titulada “Los ‘otros’ movimientos sociales”, con la ponencia “Cristianismo, socialismo y revolución. El Movimiento Cristianos por el Socialismo (Chile, 1971‐1973)”.

Aquí puede revisar el programa del Seminario.

Se trata, entonces, de una muy buena instancia para pensar la historia de Chile, un pasado que “fue”, pero que sigue “pesando”, y por lo tanto, una ocasión necesaria para pensar, también, lo que será.

Participe, y si le es posible, también difunda. Si necesita más información, puede encontrarla acá.

Luis Pino Moyano.

A mi Tata.

Manuel Pino Parada.

Desde que leí La Tregua de Mario Benedetti no puedo decir que alguien “falleció”. Mi Tata murió ayer, y tal como muchas veces lo pensé, recibí la noticia de ese acontecimiento mientras estaba con mis compañer@s estudiantes del Andino haciendo una clase de Historia. Cómo poder explicar que algo es previsible pero inesperado. Por eso no había palabras preparadas y ante la premura de esta ocasión quise escribir estas letras, porque quiero hacer un digno homenaje a mi Tata. Quiero expresar palabras claras y firmes sin titubear por algún instante.

Tata, en esta ocasión me tomaré una licencia como escribiente de estas palabras. Haré algo que nunca he hecho cuando conversé contigo. Hablaré de “tú-a-tú”. Ayer Vladimir, mi amigo y pastor, dijo que tú habías atravesado casi todo el siglo XX y así fue. Eso es lo primero que quiero decirte. Miguel alcanzó escasamente a conocerte y Sophía sólo te dio algunas sonrisas sin comprender a cabalidad quien eras. Pero quiero señalarte que tu memoria será imperecedera. Que los tallos podrán ser cortados, como decía la lira popular, pero nunca la raíz. Mi hijo e hija sabrán de ese humilde niño talagantino que iba a la escuela y que en invierno hacía sonar la escarcha con sus pies azulados desnudos. Sabrán también del estudiante que, en una sociedad elitista, con mucho esfuerzo llegó a estudiar al Valentín Letelier y, luego, a la Escuela de Artes y Oficios. Sabrán del niño que tuvo que hacerse hombre volviendo a trabajar a la talabartería de su padre. Sabrán de quien manejó carros y micros por las calles de Santiago y que fuiste testigo de las dos “huelgas de la chaucha”. Sabrán de quien fue taxista y dirigente, luchando por la organización y los derechos de los trabajadores, inclusive, en las épocas más álgidas de nuestra historia. Sabrán de quien fue mecánico en el Haras de Pirque. Sabrán del “Maestro Pino”, a quien siempre vi recibir el saludo de cariño y respeto. Sabrán de aquél trabajador que hasta hace muy poco se levantaba a las 5:30 de la mañana para ir a laburar, que compraba las herramientas que le hacían falta para ejercer con calidad su oficio. Sabrán de quien gustaba del buen fútbol, y que, probablemente, siguiendo a su jugador favorito, el mejor de la historia según tú, René Orlando Melendez, dejó de hacer barra al Everton de Viña del Mar para hinchar por el equipo azul, la Universidad de Chile. Sabrán también de quien fue esposo de una mujer inigualable e imprescindible, Graciela, mi Mamita Chela, y que con ella engendraste a Luis, Patricia y Jessica. Sabrán del abuelo de siete nietos y del bisabuelo de cinco hermosos niños y niñas.

Pero quiero también, en esta ocasión, agradecerte por ser más que un “abuelo”. Por ser mi Tata. Porque hasta el último día en que tu memoria pudo reconocerme me dijiste Rodriguito. Y, porque cuando en tu propia batalla por la memoria no pudiste reconocerme, un día le dijiste a mi bienamada Mónica que me cuidara. Cómo olvidar todos los partidos de fútbol y carreras de Fórmula 1 que vimos. Cómo olvidar los pollitos asados de la calle Clavero que compraste para compartirlos conmigo. Cómo lamento no haberme tomado nunca un Schop contigo mientras comíamos un lomito o un completo en el Nino Pizza. Cómo olvidar esos paseos a Cartagena que organizabas para tus compañeros de trabajo. Cómo olvidar las veces que me enseñaste a escribir, a memorizar las tablas de multiplicar. Cómo no recordar aquella ocasión cuando me retaste porque me colgué una moneda de $1 como medalla, impugnando el hecho de que tuviese a O’Higgins, un traidor en mi pecho, y acto seguido diciéndome que Manuel Rodríguez era el verdadero “padre de la patria”. Cómo olvidar que fue contigo con quien conocí de Salvador Allende, y que si hoy podría recitar su último discurso de memoria fue por todas las veces que lo escuché contigo en ese casete que era la copia de la copia de la copia. Cómo olvidar la vida contigo, los fines de semana y los veranos de mi infancia, en los que te esperaba para ayudarte a cargar tu maletín lleno de herramientas, o las noches en las que te visitaba, o aquél tiempo desde el 2005 al 2007 en el que vivimos juntos. Cómo olvidar esas noches viendo a Paulsen en Última Mirada o a la Carola Urrejola en Medianoche, mediados por un té o una sopa Maggie cuando hacía mucho frío, y las conversaciones y discusiones de política, en las que con mucha pasión argumentábamos nuestras posiciones. Cómo no recordar tu complicidad la que se manifestó por años en actos simples y cotidianos y, también, en los más importantes, en los que repitiendo la historia fuiste el primero en apoyar mi matrimonio. Son tantos momentos, tantos recuerdos, tantas esperanzas, tantas convicciones.

Yo sé que cometiste muchos errores como esposo, pero no olvidaré tus esfuerzos y lealtad por mantener viva la memoria de quien fuera tu esposa. Sé que cometiste muchos errores como padre, pero si pudiera imitar algo de ti, sería que nunca te vi decirles un solo garabato a tu hijo e hijas, que nunca te vi tutearlos, que siempre te escuché verbalmente tratarlos con mucho respeto, además de ir en ayuda de él y ellas en los momentos difíciles de la vida. Y, por supuesto, si viviera muchos años y Miguel y Sophía hicieran que fuese abuelo, me encantaría ser un Tata como tú, respetuoso, figura paternal y protectora, maestro de vida, compañero en el pleno sentido de la expresión, cariñoso, solidario, entregado totalmente. Fuiste un hombre de verdad, por eso te amo y te admiro.

No quisiera terminar estas palabras sin agradecer a mi papá, a mi mamá, a Dámaris, Camilo y Abigail, por vivir estos últimos años con él, por cuidarlo, por alimentarlo y por experimentar algo que ningún testigo afuerino puede dimensionar a cabalidad: el sacrificio de sostener y vivir junto a un enfermo postrado y que poco a poco fue perdiendo su memoria. Yo sé que la semilla que ustedes hicieron caer en buena tierra germinará en hermosos frutos. Y, por supuesto, agradecer a Dios porque en su soberana providencia nos permitió gozar la vida junto a Héctor Manuel Pino Parada, por todos los aprendizajes y alegrías y, también, por las penas, enojos y luchas.

La letra avanzó, nuevamente, sola. Algunas lágrimas también. Termino de escribir esto con la seguridad de que no será la última vez que hable de ti. Hasta siempre, Tata.

San Bernardo, 18 de mayo de 2013.

Luis Rodrigo Pino Moyano.

Manuel, Miguel, Luis y Luis.

Agradecimientos en mi Tesis…

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Comenzaré señalando dos cosas. Siempre que leo un libro leo las páginas en las que los autores presentan sus agradecimientos. Lo hago porque creo que son una parte importante de un texto producido. Por otra parte, esta es la primera vez que hago un trabajo tan extendido y que representa el fin-comienzo de una nueva etapa de mi vida, por lo que quiero expresar mi gratitud a todos quienes, de una u otra manera, me han acompañado en esta larga jornada.

En primer lugar, quiero agradecer a mi amada compañera de vida, mi esposa y compañera políticamente evolucionada, Mónica González García. Mónica, mil gracias por acompañarme en este proceso, por sobre todo, tu amor, tu comprensión, paciencia y fortaleza que permitieron que pudiese, no sólo trabajar, sino también llegar a buen puerto. Como en todo lo que escribo, estás presente en mi mente y en el alma de estas líneas. Contigo aprendo constantemente. Amo vivir y ser contigo. Amo saber que tu compañía se extenderá mucho más allá de este período, llegando incluso a lo que hemos imaginado: a viejitos que aún tienen tema de conversación. Te amo vida mía, porque eres mi amor, mi cómplice y todo, y en la calle codo a codo, somos mucho más que dos (Benedetti).

Quiero expresar mi agradecimiento a mi hijo Miguel Ignacio, porque él tuvo que soportar largas horas sin la compañía de su papá, sin poder entender, a su corta edad, el porqué prefería estar frente a la pantalla del notebook y no acostado y/o jugando con él. A pesar de ello, cada vez que podíamos, al reunirnos, aprovechamos hermosos momentos, en los que su sola sonrisa me llenaba de ánimo y fuerzas.

Quiero agradecer a mi papá, Luis Pino Calderón, a mi mamá, Camila Moyano Berland y a mis hermanos y hermanas, Sergio, Dámaris, Camilo y Abigail, mi familia consanguínea, quienes participaron, directa e indirectamente, de mi formación. Sin ustedes esto tampoco habría sido posible. No puedo dejar pasar esta oportunidad sin decirles que les amo y que gracias a ustedes estoy donde estoy.

Quiero expresar mi agradecimiento a mi abuela, María Graciela Calderón O’Ryan, a quien siempre preferí llamar Mamita Chela, por ser una mujer excepcional, que ayudó en mi crianza y en mis primeras letras, que aceptó y fomentó mis gustos por la lectura y la historia. Por ser la mujer que me enseñó a sonreír a carcajadas. Por escuchar mis opiniones en temas de adultos. Por enseñarme el compromiso absoluto con lo que uno hace. Desde diciembre de 1992 que ya no estás físicamente con nosotros, pero la presencia de tu ausencia, cada día me vuelve más capaz.

Quiero agradecer a mi abuelo, Manuel Pino Parada, mi Tata, quien hoy está dando su particular batalla por la memoria. Por ser el abuelo que buscó satisfacer los más recónditos gustos de su nieto regalón. Por haberme aceptado en su casa, ya más grande, donde vivimos solos casi por tres años, con el ritual del té de la noche y la conversación mientras veíamos las noticias en la medianoche. Gracias Tata, por ese día en el que me llevaste de la mano, con un clavel rojo, para depositarlo en la tumba de Manuel Rodríguez. Gracias, porque contigo aprendí lo que era el socialismo y quién era Salvador Allende. Gracias por ser el primero en apoyar varios de mis locos proyectos. Podrán olvidarse muchas cosas, pero esas no. Gracias por darme la felicidad de haber tomado a mi hijo, tu bisnieto, en tus brazos con una alegría que de sólo pensarlo me emociona. Gracias por ser mi Tata.

Quiero agradecer a mi suegra, Clara García Lira, por ser todo lo contrario a lo que esa expresión con que la nominé representa en el sentido común. Gracias por su cariño, comprensión, apoyo y paciencia. Por quererme y cuidarme como su hijo.

Quiero agradecer a mi cuñado, Mario González García, por su cariño y aprecio, por valorarme. Por sus conversaciones y compañía. Por cada día preguntar cómo iba mi tesis.

Agradezco a Patricia García Lira, tía de Mónica, mi tía por opción, por todo su cariño y preocupación constante. Por ser una mujer comprometida con lo que hace. Por su lealtad a toda prueba. Muchas gracias, también porque gracias a usted, puedo trabajar en este notebook, que fue lo mejor que quedó de un frustrado viaje a tierras lejanas.

Agradezco a la gente de la iglesia que me vio crecer, la Iglesia Pentecostal Naciente, de todas las edades, porque con el ejemplo de muchos de ustedes aprendí que el cristianismo es una cuestión de vivencia más que de apariencia. Quiero agradecer al Departamento Juvenil de dicha organización eclesial por permitirme participar del desarrollo de una Escuela Bíblica Juvenil y del Preuniversitario Popular Redención. Quiero encarnar dicho agradecimiento en la persona de mis amigos y compañeros de mil y una batallas Pablo Vargas Martínez y Cristian Estrada Acevedo, con quienes hemos estado en buenos y malos momentos, con quienes he disfrutado de las cosas simples de la vida, como el conversado café amargo dulzón que hace que nuestras conversaciones se extiendan a lo largo de una noche. Gracias, por ser más que mis amigos: ustedes son mis hermanos. Mucho de lo que aparece en esta tesis, lo conversé con ustedes. Gracias por estar siempre ahí.

Quiero expresar mi agradecimiento y compromiso con la Iglesia Presbiteriana Puente de Vida por habernos recibido como familia. Por apoyarnos en muchos momentos. Por permitirnos crecer con ustedes. Quiero agradecer en especial a Vladimir Pacheco Pereda, por ser mi pastor y mi amigo, por las conversaciones que versan de teología, libros y política como por aquellas que dan cuenta de lo sencillo de la vida y porque junto a su esposa, Anita, nos han entregado un respaldo gigantesco. Gracias a Luis Valle y Silvia Villarroel, por el compromiso, cariño, apoyo y enseñanzas que han ido de lo intangible a lo concreto. Gracias a Daniel Rubilar por la amistad, por las constantes conversaciones, por la confianza. Gracias a Carlos Parada, que se viene integrando a Puente de Vida, y que estaba haciendo su tesis sobre Cristianos por el Socialismo y con el que pude conversar una semana antes de entregar mi tesis, sobre estos temas. Él se lleva los créditos de uno de de los subtítulos. Gracias a todos quienes componen esa hermosa comunidad, que es, sin dudas, un oasis en medio del desierto, un espacio, como dice su lema, de acogida, espiritualidad y servicio, en el que todos somos iguales, donde no hay más iguales que otros. Gracias por enseñar y mostrar a Cristo con sus vidas.

Quiero agradecer a mis compañeros en la Universidad, Daniel Canto Molina, Claudio Alvarado Lincopi, Miguel Gutiérrez y José Miguel Sanhueza, con quienes compartimos largas conversaciones, en las que muchos de nuestros planteamientos y convicciones se vieron reforzadas o reconfiguradas, acompañados de nuestra ración de té y pan surgida de nuestros escuálidos bolsillos (aunque son memoriosos esos almuerzos en La Vega, en el Wonder Bar, las andanzas en el Rincón de los Canallas, en La Piojera o en el Cacho’s). Gracias compañeros, porque con ustedes hicimos escuela, más allá de lo que asignaban nuestras obligaciones respecto a mallas y programas. Una de esas labores, realizada con otros compañeros y compañeras a lo largo del tiempo, fueron las tres Jornadas de Estudiantes de Historia de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano, un espacio en el que hemos dialogado y debatido sobre nuestras incipientes investigaciones junto a compañeros y compañeras de otras universidades y docentes que han asistido a presentar sus ponencias.

Quiero agradecer a mi compañera y amiga María José Reyes Larraín, por las largas conversaciones y por los sueños de escritura conjunta que quizás se darán algún día. Porque a pesar de no entender aún tu decisión de dejar este camino, sé que aún no tenemos distancias.

Agradecer también al Núcleo Temático de Investigación “Historiografía Chilena”, dirigido por las profesoras Ana López Dietz y Paula Raposo Quintana en el que participamos junto a Melissa Figueroa, Daniel Canto, Claudio Alvarado, Miguel Gutiérrez y José Miguel Sanhueza. Junto a ellos hemos conformado un muy buen espacio de reflexión y discusión, en esta etapa sobre la historiografía marxista en Chile, que ha servido para potenciar y fortalecer algunos de los argumentos presentados en esta tesis. Mucho de lo expresado en el Capítulo II de esta investigación nace a partir de reflexiones realizadas en torno a los temas del NTI.

Quiero agradecer a la Escuela de Historia de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano por ser un excelente espacio de formación y estudio. Por darnos el privilegio de tener clases con profesores y profesoras como Leopoldo Benavides Navarro, Nancy Nicholls, Igor Goicovic, Kathya Araujo, Isabel Cassigoli, Patricio Quiroga. Mención especial merecen el profesor Milton Godoy Orellana, por las múltiples conversaciones y discusiones, por el excelente terreno de Historia Regional, por la confianza no exenta de crítica y por ser el que más hizo en relación al fallido viaje a Francia; al profesor Hugo Contreras Cruces, por las conversaciones y por su solidaridad increíble; al profesor Manuel Fernández Gaete, por la escucha y la crítica sobre los temas de la historia reciente, sobre todo los que tienen que ver con esta tesis, que se vio fortalecida por sus comentarios; al profesor Miguel Valderrama por enseñarnos que el aprendizaje no necesariamente debe darse bajo estructuras de dominación y por su solidaridad sin límites. Dejo a tres profesoras en párrafos aparte, porque los motivos de agradecimiento exceden a los límites de este punto.

Agradezco a Ana López Dietz, ex compañera de la primera generación de la escuela, hoy profesora, quien siempre tuvo tiempo para conversar de lo académico-político y de la cotidianeidad. Gracias Ana por ser dialécticamente rigurosa y abierta de mente.

Mi más profundo agradecimiento a la profesora Paula Raposo Quintana, por ser una de las mejores profesoras de esta escuela, por su esfuerzo en hacer relucir lo mejor de nosotros mismos, por su crítica certera, por las conversaciones, porque a veces simplemente escuchó, por su preocupación que iba desde lo académico a lo cotidiano, por ende de lo intangible a lo concreto. Son tantas las cosas que pienso en este momento por agradecer, pero las quiero sintetizar en su sinceridad. Me encanta conversar con usted, precisamente porque sé que lo que usted opina en privado lo opina en público, que no tiene dos caras. Eso, en estos tiempos en los que otras prácticas son las que priman, la hace más valorable aún. Más allá de que hoy esté a un paso de ser su colega, usted seguirá siendo mi maestra.

Fundamentalmente agradecer a la profesora Cristina Moyano Barahona, mi profesora guía de tesis. Sus comentarios, apreciaciones y críticas hicieron que esta tesis resultara ser mil veces mejor que lo que se proyectaba originalmente. Gracias por darme un amplio margen de libertad en el proceso investigativo y en la escritura. Pero no solamente quiero agradecer por este período de tesis, sino por lo que antecede y trasciende a este período. Usted fue mi profesora en primer año y desde ahí siento un respeto y admiración profunda a su labor como historiadora, a su rigor académico y metodológico, a su forma de hacer clases. Por ende, su formación ha traspasado los límites de los contenidos y materias, al plano práctico de la investigación y la docencia. Pero mucho más aún, muchas gracias, porque ya no siendo mi profesora me recibió en su oficina en IDEA para conversar. Conversaciones que, ayer como hoy, van de lo académico, lo político-contingente a lo simple y cotidiano. Gracias, porque siendo teniendo todo el mérito académico nunca he sentido que se comporte como “diva del saber” y/o rockstar. Virtud que va acompañada de una honestidad tremenda. Para usted, sólo palabras de admiración, de quien más allá de este proceso la seguirá viendo como su alumno.

Quiero agradecer a los otros espacios en los que he sido formado. Al Instituto Bíblico Nacional, donde hice mis primeras armas en el estudio de la Teología. A los profesores de la Universidad Arturo Prat, Mario Fuentes Bizama y Héctor Fuentes Mancilla porque gracias a ellos me sumergí en el pensamiento crítico, gracias a que sembraron la sospecha. Al Seminario Teológico Presbiteriano José Manuel Ibáñez Guzmán, por ser el espacio donde retomé mi formación y diálogo teológico. Sobre todo mi agradecimiento al profesor Oswaldo Fernández Giles, porque en sus clases de Teología en América Latina he podido resignificar algunos elementos conceptuales que aparecen en esta tesis.

Dejo para el final, por ser el más importante de los agradecimientos, a Jesucristo, Redentor, Rey, Profeta y Sacerdote, el humilde Carpintero de Galilea, por trazar el camino por los que mis pies avanzan y en el que mi mente y corazón viven la felicidad.

Cada uno de ustedes, directa e indirectamente, ha sido fundamental en la realización de esta tesis, por lo tanto, responsables de ella. Sólo les libro de los errores, omisiones y arbitrios de la memoria que mi escritura pudiese conllevar.

A todos y todas ustedes, mil gracias…

Luis Pino Moyano.

San Bernardo, otoño de 2011.

Publicado en un blog extinto, el 20 de junio de 2011.