Dios nos reforma para buscar la santidad.

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Los días 20 al 23 de enero de 2017, se realizó en la Granja Presbiteriana en El Tabo, el Retiro del Departamento de Jóvenes del Presbiterio Centro de la Iglesia Presbiteriana de Chile. Durante esos días estuvimos analizando el texto de Colosenses 1:13-23 bajo la siguiente parcelación:

vv. 13,14: Dios nos reforma por la obra consumada de Cristo.

vv. 15-17: Dios reforma nuestra visión del mundo y de la vida (¡Cristo es Señor sobre todo!).

vv. 18-20: Dios nos reforma haciéndonos parte de la iglesia (no hay cristianismo sin comunidad).

vv. 21,22. Dios nos reforma para buscar la santidad.

v. 23. Dios nos reforma para que anunciemos el evangelio.

En síntesis, vemos el señorío de Cristo en la creación y en la iglesia. Una de sus manifestaciones es el poder reformador de Dios. A mí me correspondió hablar de los versículos 21 y 22 en la predicación de la mañana del domingo en la Iglesia Mar de Gracia. Allí relevamos el hecho de que Cristo ha reconciliado a los suyos con Dios (el verbo en pasado no es casual: esa obra ya ha sido aplicada). Por ende, al ser reconciliados, debemos vivir de acuerdo a esa renovación total de nuestra vida. Un reconciliado no vive inmerso en el pecado, vive como hijo adoptado por pura gracia por el Dios vivo y real. La propuesta del sermón fue ver lo que nosotros hacíamos, lo que Cristo hizo por nosotros y lo que nosotros tenemos que hacer.

A quienes estén interesados en este tema, les comparto el diaporama de dicha ocasión, el cual pueden descargar haciendo clic aquí.

Culto del domingo 22 de enero de 2017, en la Iglesia Mar de Gracia.

Jóvenes asistentes al Retiro Metanoia 2

Jóvenes asistentes al Retiro Metanoia 2 “Semper Reformanda”.

Ha sido un tremendo honor y bendición compartir con los jóvenes durante estos dos períodos de trabajo, en la tarea de asesor. El aprendizaje y la comunicación de las enseñanzas de la Palabra bullen al calor de la comunidad. La fuerza vital de los jóvenes hace del cansancio algo grato. Dios ha sido bueno y fiel.

Relato testimonial: El evangelio que hace volver a casa.

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En enero de 2013 comenzaba esta nueva aventura virtual llamada “En el balcón y en el camino”, y en el post “¿Por qué este nuevo blog?”, daba a conocer las razones para ello. Quería que fuese un espacio en el cual dejar atrás el dualismo que hasta ese momento caracterizaba mi pensamiento y acción, emprendiendo una andada reformada, literal y teológicamente hablando.

Esto, porque el evangelio me había hecho volver a casa, haciéndome dejar de lado una serie de ideas y conceptos ajenos a la Biblia, que regulaban mi mente, mi corazón, mi existencia. Ideas que me hacían separar la política y la fe.

Dios es bueno y me proveyó de una comunidad, de un pastoreo, de amigos, que estuvieron conmigo en este proceso de retomar la fe revelada en la Escritura. En este post, coloco un documento en PDF en el que se puede leer mi testimonio. “El seguimiento de Jesús”, “La política, el marxismo”, “¿Qué creo hoy en política?” y “Una última cosa, a modo de petición”, se titulan las partes del testimonio. Tal vez su lectura pueda ayudarte…

Lee el relato testimonial: “El evangelio que hace volver a casa”. 

A 110 años del natalicio de Bonhoeffer: ¿Por qué seguir leyéndolo?

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Mis palabras no tienen la intención de erigirse como un canto laudatorio a un mártir impecable e incuestionable. Sin lugar a dudas, eso sería una ofensa a la memoria de Bonhoeffer, quien con claridad y firmeza relevaba la condición de “santos-pecadores” de los creyentes. Eso es lo que vemos en la historia de la iglesia, no prohombres ni héroes, sino sujetos que obraron por la gracia recibida, mediante la fuerza del Espíritu, como también por las falencias resultantes del pecado, que no es otra cosa que el apartar la mirada del Creador.

 Ahora bien, tampoco es el acto falaz de erigir a un “Bonhoeffer conservador”, e inclusive de derecha, cuya biografía incluso puede ser loada por George W. Bush; ni la construcción del relato izquierdoso del “Che Guevara luterano”, rescatado sólo por su praxis martirial, por su muerte en la resistencia contra el Führer; ni mucho menos la invención de cierto fundamentalismo antitodo (ojo que no estoy refiriendo a toda esa vertiente), que señala los pecados del “teólogo liberal” que muere en su ley, y que por ende, nada de rescatable tiene en su vida y su obra. Lo que pretendo, simplemente, es el rescate, o más bien, la aproximación a la obra de un sujeto que vivió en un momento de la historia y que manifestó los rigores, certezas y contradicciones de una hora particular; de un hombre en un tiempo y un espacio, con todo lo que eso implica. Ver a Bonhoeffer, es encontrarse con un cristiano, un evangélico con bastantes peculiaridades que difícilmente pueden ser delimitadas por la lectura manualística de ciertos “teólogos”, un predicador apasionado y profundo de las Escrituras, uno de los fundadores de la Iglesia Confesante, uno de los autores intelectuales de un tiranicidio frustrado, uno que es mártir en tanto no sólo es alguien que muere, sino quien porta un testimonio que lleva a que su presencia física sea extirpada de la faz de la tierra.

 Entonces, parafraseando a Mariátegui, acá no se trata de hacer calco y copia de las lecturas bonhoefferianas, se trata más bien, de leerlo desde nuestros propios lugares de producción, para crear heroicamente las herramientas que pueden seguir beneficiando a la iglesia en su acción misional en el mundo. ¿Por qué seguir leyendo al pastor y teólogo nacido en Breslau en 1906 un día como hoy? Creo, que por algunas razones como las que me arriesgaré a dar, entendiendo que estas líneas más que un análisis detallado de la obra de Bonhoeffer, buscan ser un estímulo a su lectura. Las razones que propongo son:

1. Por su refutación al liberalismo teológico: Por eso causa una sonrisa y, a veces, otro tipo de reacciones, cuando alguien señala que Bonhoeffer era teológicamente liberal. Quien así procede es porque no ha leído ni media página de lo que él señaló al respecto, y se conformó con la lectura de manuales, o simplemente con la escucha de algún profesor trasnochado. Basta leer el registro de sus discusiones, respetuosas por lo demás de la persona y las ideas, con su profesor Adolf von Harnack. O basta ver el prólogo de su libro “Los salmos: El libro de oración de la Biblia”, para notar que la lectura bíblica es un acto mayor que la mera aplicación del método histórico-crítico (¡y de cualquier otro método hermenéutico!), resultado de la ciencia naturalista, sino una experiencia espiritual de encuentro con la Palabra de Dios, en la que incluso, misteriosamente, oraciones humanas son aquello. Eso era una acción contracultural contra el método que era la ciencia racionalmente incuestionable en las facultades de teología de la fecha.

2. Por su rescate de la catolicidad de la iglesia: Esto en Bonhoeffer era, al igual que en el punto anterior, un acto contracultural, puesto que él provenía de una denominación eclesial que se definía como nacional y que, aún más, estaba ligada al Estado. Por ende, la ecumenicidad de la iglesia, entendida como el alcance universal de la misma, fue un descubrimiento para él, toda vez, que lo que nos debiera unir es la lectura y recepción consciente del mensaje de la Palabra. Hay creyentes de Cristo, pertenecientes a su iglesia, más allá de los límites que pretendemos imaginar. Esto hace total sentido con la idea de la iglesia invisible, aquella que reconoceremos en su total extensión en el Reino consumado.

3. Por su entendimiento de la gracia: Quizá aquí esté el máximo aporte de Bonhoeffer a la teología protestante, la comprensión de la gracia, puesto que ésta fue una de las doctrinas fundantes de la Reforma del siglo XVI. Leyendo “El precio de la gracia. El seguimiento”, nos encontramos con la comprensión de una gracia cara, que al Padre le cuesta su Hijo, que al Hijo le cuesta la muerte ignominiosa en la cruz y que al discípulo le cuesta el seguimiento, es decir, el cortar la mano que hace caer, viene a ser antídoto a dos extremos presentes en distintas denominaciones eclesiales: el legalista y el antinomianismo, ambos espurios hijos de la cristiandad. Es el mensaje que exhorta a aquél que no mira la cruz y que depende de sus obras, como también es el mensaje confrontador para aquél que piensa y cree que Dios te acepta “tal como eres”, sin cambios en la vida y sin esfuerzo en la práctica de la santidad. Es decir, estamos frente a una comprensión que nos recuerda que el resultado de la salvación son las buenas obras, lo que para un reformado que lee, se traducirá en mayor gloria de Dios.

4. Por la práctica de la espiritualidad: Leer a Bonhoeffer, produce en quien lo hace con honestidad, un reencuentro con la espiritualidad. Con la lectura orante de la Biblia, con la meditación detenida de ella, con las disciplinas espirituales, con la confesión de los pecados, cuya riqueza no está en el que realiza dichos “ejercicios”, sino más bien, en quien debe ser fundamento y centro de los mismos: Cristo, porque “no es la pobreza de nuestro corazón, sino la riqueza de la Palabra de Dios la que debe determinar nuestra plegaria”[1] Y esto también es contracultural, pues apelaba en su contexto a una práctica dejada de lado por el liberalismo que se sustentaba en los ideales ilustrados de la razón moderna. Bonhoeffer apelaba a la mística, a la relación devocional con el Redentor, en la que cada acto realizado tiene un cariz espiritual. Era un batatazo al academicismo flemático en pos de una reflexión que diga algo para el aquí y el ahora, como también para el más allá.

5. Por su énfasis en la vida comunitaria: “Vida en comunidad”, sigue siendo lectura obligada para quienes están trabajando en la construcción de comunidades eclesiales, pues centra la mirada en Cristo que es autor y fundamento de la iglesia, pone la mirada en los otros que son tan pecadores como uno, lo que acrecienta una mirada realista frente al ensueño de la “iglesia ideal” de la que uno se va simplemente por la molestia. Es la muestra de vidas que se unen en adoración al Creador, mandatada en la Biblia, ligados fuertemente por el amor al prójimo. Esto, porque la comunidad es la obra del Dios vivo que nos permite una comprensión más firme de la gracia. Cito in extenso: “Debemos persuadirnos de que nuestros sueños de comunidad humana, introducidos en la comunidad, son un auténtico peligro y han de ser destruidos, so pena de muerte para la comunidad. Quien prefiere el propio sueño a la realidad se convierte en un destructor de la comunidad, por más honestas, serias y sinceras que sean sus intenciones personales. / Dios aborrece los ensueños piadosos porque nos hacen duros y pretenciosos. Nos hacen exigir lo imposible a Dios, a los demás y a nosotros mismos. Nos erigen en jueces de los hermanos y de Dios mismo. Nuestra presencia es para los demás un reproche vivo y constante. […] /Todo lo contrario sucede cuando estamos convencidos de que Dios mismo ha puesto el fundamento único sobre el que edificar nuestra comunidad y de que, antes de cualquier iniciativa por nuestra parte, nos ha unido en un solo cuerpo por Jesucristo; pues entonces no entramos en la vida en común con exigencias, sino agradecidos de corazón y en actitud de recibir. Damos gracias a Dios por todo lo que ha obrado en nosotros. Le agradecemos que nos haya dado hermanos que viven, ellos también, bajo su llamada, bajo su perdón, bajo su promesa. No nos quejamos por aquello que no nos da, sino que le damos gracias por cuanto nos concede cada día. Nos da hermanos llamados a compartir nuestra vida pecadora bajo la bendición de su gracia. […] Cuando la vida en comunidad está gravemente amenazada por el pecado y la incomprensión, el hermano, aunque pecador, sigue siendo mi hermano. Estoy con él bajo la palabra de Cristo, y su pecado puede ser para mí una nueva ocasión de bendecir a Dios por permitirnos vivir bajo su gracia. La hora de la gran decepción por causa de los hermanos puede representar para todos nosotros un momento verdaderamente saludable, pues nos hace comprender que no podemos vivir de nuestras propias palabras ni de nuestras obras, sino únicamente de la palabra y de la obra que de verdad nos une con otros, a saber: el perdón de nuestros pecados por Jesucristo”[2].

6. Por su claro entendimiento de la relación entre evangelio y relevancia: Lamentablemente las modas tergiversan a los autores, y es probable que algunas de las reacciones antitodo sean resultado de dicho constructo. Bonhoeffer, el adalid de la relevancia, es una falsificación histórica, puesto que sólo enuncia una media verdad. Los verdaderos adalides de la relevancia eran aquellos que desde la Iglesia Luterana adscribieron al nazismo e hicieron más que genuflexiones a Adolf Hitler y sus esbirros. Ellos estaban a la orden del día. Ellos seguían “los signos de los tiempos” disociados del mensaje. Y esto nos lleva a pensar en Bonhoeffer y su “Ética”, que responde en situaciones complejas a preguntas hechas desde el presente, y desde un presente que exige compromisos y decisiones que no reportan una cotidianidad en contextos de estabilidad social, mostrándonos una vez más que el cristianismo no sólo es expresión de fe, sino una mirada omnicomprensiva de la realidad. Mirada que se hace preguntas y que responde de manera ofensiva a quienes están inmersos en la comodidad de la iglesia intramuros. Pero que se entienda, el mensaje de Bonhoeffer es el mensaje que confiesa a Jesús y la Escritura, que se detiene y basa en dicha proclamación que nace de la fuente de agua viva y no en las cisternas rotas que no retienen agua (Jeremías 2:13). Para el pastor que a la vez es teólogo, la relevancia no está en ponerse a la orden del día. La relevancia de un cristiano está en Cristo y su mensaje y si no está en ella no es. Es agua edulcorada, demasiada actualización que ofende incluso como pregunta. Es entonces, refiriendo a la compilación de sus cartas en prisión, una resistencia que se somete. Resistencia contra el líder y el imperio que se alza como dios y como verdad, enseñándonos a ser minoría que no lloriquea con complejo de víctima, sino más bien, comunidad que avanza en las luchas cotidianas en medio de una cultura que contraviene aquello que creemos, pero que sigue enunciando el mensaje con responsabilidad y claridad. Resistencia de quienes entienden que su verdadera libertad está en quien es Señor de todo y que ella ha sido provista para amar y servir.

 Por estas razones, creo que la lectura de Bonhoeffer sigue siendo pertinente. Manos a la obra. Hay mucho que leer…

 Luis Pino Moyano.


[1] Dietrich Bonhoeffer. Los Salmos: El libro de oración de la Biblia. Bilbao, Editorial Desclée de Brouwer, 2010, p. 19.

[2] Dietrich Bonhoeffer. Vida en comunidad. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2014, pp. 21-23.

Seis años y la salida de casa.

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“Desde Mileto, Pablo mandó llamar a los ancianos de la iglesia de Éfeso. Cuando llegaron, les dijo: ‘Ustedes saben cómo me porté todo el tiempo que estuve con ustedes, desde el primer día que vine a la provincia de Asia. He servido al Señor con toda humildad y con lágrimas, a pesar de haber sido sometido a duras pruebas por las maquinaciones de los judíos. Ustedes saben que no he vacilado en predicarles nada que les fuera de provecho, sino que les he enseñado públicamente y en las casas. A judíos y a griegos les he instado a convertirse a Dios y a creer en nuestro Señor Jesús. Y ahora tengan en cuenta que voy a Jerusalén obligado por el Espíritu, sin saber lo que allí me espera. Lo único que sé es que en todas las ciudades el Espíritu Santo me asegura que me esperan prisiones y sufrimientos. Sin embargo, considero que mi vida carece de valor para mí mismo, con tal de que termine mi carrera y lleve a cabo el servicio que me ha encomendado el Señor Jesús, que es el de dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios […]. Después de decir esto, Pablo se puso de rodillas con todos ellos y oró. Todos lloraban inconsolablemente mientras lo abrazaban y lo besaban. Lo que más los entristecía era su declaración de que ellos no volverían a verlo. Luego lo acompañaron hasta el barco” (Hechos 20:17-24, 36-38).

 Hace un poco más de tres años me correspondió compartir un mensaje basado en este texto a mi comunidad de fe, la Iglesia Puente de Vida. Poco tiempo atrás, había tenido la experiencia de salir de una iglesia en la que participé activamente por quince años. Conocía la experiencia de salir de una casa que me cobijara por tanto tiempo. La lectura de este texto me impactó por dos razones. La primera dice relación con las palabras del Apóstol Pablo. Si se toma en cuenta el texto completo, incluyendo los versículos que están en el paréntesis de la cita, se puede relevar que esta despedida de Pablo de los obispos de la iglesia de Éfeso, una comunidad que él no había plantado, pero en la que colaboró en su desarrollo, es más que el acto de decir adiós. Se trata de un testamento. Pablo dice que no volverá, arguyendo que le espera un momento de prueba, la prisión. A pesar de ello, lo central no está en su sufrimiento, en lo que él está viviendo, léase su servicio en la predicación, en la enseñanza, en el aliento comunitario, sino en que su vida “carece de valor”, porque lo relevante es el seguimiento de Jesús y la tarea de extensión del Reino de Dios en la que por gracia él, como apóstol, había sido incluido. Esto no se trata de nosotros, se trata de Dios, porque es él quien tiene una misión, es él quien trabaja. Lo segundo que me impactó fue la reacción de los presbíteros, pues crecí en un contexto evangélico en el que las emociones se miraban peyorativamente. Entonces ver a ancianos llorando, abrazando, besando a un compañero en la misión era impactante. Quienes salen a la misión son despedidos de su congregación con lágrimas en los ojos. Saben que la tarea es importante, más importante que la propia vida, lo que produce alegría, pero, misteriosamente, hay ligazón con la pena de la separación. No es el llanto aislado, sino el de una comunidad.

 Este texto anduvo rondando por mi cabeza varios días, hasta hoy, que lo leí a mi querida comunidad. Nuevamente estaba despidiéndome de hermanos y hermanas, amigos queridos, amigas queridas. Aunque la circunstancia era totalmente distinta a la vez anterior. En esta ocasión, se trata de un envío. Salgo como misionero de Puente de Vida a trabajar en la plantación de nuestra iglesia madre en la comuna de Maipú, “Refugio de Gracia”. La salida cuenta con el apoyo de mi familia y el apoyo y anuencia del Consistorio de la iglesia, porque creemos que era el momento de comenzar el trabajo ministerial y, además, extender nuestras manos en ayuda de la iglesia que nos envió a misionar. Algo así como una gozosa vuelta de mano. Y siento alegría y temor ante el Dios de la vida que nos ha comisionado en esta tarea. Porque nuevamente, y sin el afán de compararme con el apóstol, sobre todo por nuestro contexto de estar libres de persecución, lo central no está en la tarea realizada por seis años, sino en la misión, en el ministerio de la reconciliación, en el anuncio que habla de Jesús. Sin embargo, y no puedo dejar de decirlo, hay tristeza, pues salgo de mi casa, de la casa de mi comunidad. La casa a la que hace seis años llegué “piojoso”, lleno de parásitos teóricos, ideológicos, prácticos y proyectivos, que expresaban puro dualismo, lo que dicho de otro modo, es Dios ausente de mi agenda. Y si hoy yo en estoy en la agenda de Dios, ha sido por la gracia manifestada en la vida en comunidad, en el cariño, en la amistad, en la exhortación, en el reto, en la mesa compartida, en la adoración cúltica. Feliz del pastoreo cercano y amigo; de trabajar en un consistorio sin gerentes, sino con amigos que pujan como equipo para un mismo lado: el plantar el evangelio en cada corazón; de la posibilidad de trabajar, de aprender y servir; de disfrutar la risa y la sencillez de la amistad. Y, evidentemente, feliz de tener una familia que está en la misión, porque hubo una vuelta a la Biblia y a lo que ella dice respecto a la que es mi primera congregación.

 Y bueno, esta vez, también hubo llanto, abrazos y besos. Muestras del cariño que sólo es posible dimensionar cabalmente en momentos como éste, el del envío y la ausencia. Por todo eso, y más, quiero agradecer a Dios por su hermosa providencia, por traerme en enero del 2010 a Puente de Vida, por exponerme a la predicación del evangelio que me hizo volver a casa, evangelio que me tiró por el suelo y me hizo, desde allí, volver a poner mi mirada en quien me creó. Agradecer a todos y cada uno de los miembros de Puente de Vida, por tanto cariño, amistad, lealtad, felicidad, vida, sencillez. Gracias por permitirme trabajar como presbítero, en la predicación, la enseñanza y otros menesteres. Gracias por la escucha y la preocupación, manifestada en los momentos oportunos.

 Hoy, si bien es cierto, me coloco con todo el amor la camiseta de Refugio de Gracia, de su iglesia plantadora, la 5ª Iglesia Presbiteriana de Santiago, asumiendo la responsabilidad con alegría, lealtad y profundo respeto, debo señalar que debajo, tal y como Chamagol tenía una con la insignia del albo bajo la del Atlante, y Rivarola una de Vegeta con la camiseta azul, yo llevaré debajo la de Puente de Vida, una como la que nos pusimos como familia hoy, en nuestra despedida, por iniciativa de mi hijo Miguel. Gracias queridos y queridas por acompañarnos a Mónica, Miguel, Sophía y a mi al barco de la misión. Por ayudar a que exista un puerto para el barco que es de aquél que vive y permanece para siempre. Por el trabajo de hacernos misioneros de Puente de Vida.

 Les amo. Oren por nosotros.

 “No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, Sino a tu nombre da gloria, Por tu misericordia, por tu verdad” (Salmo 115:1, en la querida y nunca bien ponderada Reina Valera 1960). Hoy como ayer, y siempre, Soli Deo Gloria.

 Luis Pino Moyano.

¿Por qué ex pentecostales llegan a una Iglesia Presbiteriana como la nuestra?

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Soy ex pentecostal y llegué a inicios de 2010 a una iglesia que estaba en proceso de plantación. En dicho proceso, a partir de lecturas relacionadas con dicha dinámica misional de la iglesia, corría con fuerza la idea de no recibir gente venida de otras denominaciones, con la finalidad de no introducir vicios y malas prácticas en una iglesia que recién estaba comenzando. Con el paso del tiempo, nos fuimos dando cuenta que a nuestra comunidad llegaban muchos miembros de otras confesiones, sobre todo ex pentecostales. Varios de los elementos que escribo acá los hemos conversado con Vladimir Pacheco, mi amigo y pastor (a quien libero de responsabilidad de lo escrito acá, sobre todo de los desaciertos y omisiones), y surgen de la profunda y larga reflexión que hicimos respecto a esta temática. De una u otra manera, esta es también “mi historia”, por lo cual  me presento acá con profundo respeto por los hermanos de mi antigua congregación, como por otros pentecostales, amigos en algunos casos, que leerán este post, de quienes no hablo. Estoy refiriendo acá a ex pentecostales que llegan a nuestras comunidades, buscando las razones de dicha migración y viendo cómo trabajar con ellos.

A partir de conversaciones y lecturas nos fuimos dando cuenta que estábamos frente a un fenómeno amplio a nivel latinoamericano, del cual, de una u otra manera no podíamos escapar. De hecho, existe literatura especializada que ha abordado esta problemática. La cientista política Evguenia Fediakova plantea que: “Para algunos líderes pentecostales, la crisis del movimiento se manifiesta en la ‘mundanización’ del pentecostalismo y la pérdida de fieles. Según esta visión, la inserción a la sociedad ‘ha contaminado’ al pueblo evangélico con ‘males mundanos’ y ‘corrompido’ los fundamentos morales de creyentes. Muchos jóvenes evangélicos que salen al mundo profesional, abandonan la iglesia al descubrir que la doctrina pentecostal no siempre es capaz de dar respuestas adecuadas a los problemas laborales, interprersonales o existenciales que los esperan en ‘la sociedad’”[1]. Si bien es cierto, el planteamiento que alude, desde un perfil sociológico, que el ascenso en el capital cultural de los “jóvenes pentecostales” ha sido parte del proceso de migración de las iglesias de dichas denominaciones, no necesariamente es la única explicación. De hecho, sin ánimo de negar dicha tesis –por el contrario, es una variable-, no tiene en cuenta factores eclesiológicos que son de suma importancia, y que incluye, no sólo a un sector profesionalizado, sino también, a otras personas de distintas edades y acerbos culturales y sociales.

A partir de nuestra experiencia (que no es normativa, como toda experiencia), me permito enumerar algunas de las razones que complementan la mirada desde las ciencias sociales:

a. La ausencia de confesionalidad del mundo pentecostal, lo que da amplias oportunidades a quienes buscan conocimientos. La ausencia de confesionalidad es otra manera de denominar la ausencia de “comunidad de fe” en una congregación, pues existe la posibilidad de la interpretación particular de las Escrituras. Por otro lado, los procesos migratorios de pentecostales no sólo se dan dentro sectores reformados, sino también a otros espectros teológicos (por ejemplo, a sectores liberales), lo que releva las amplias posibilidades de las nuevas lecturas. El acercamiento al mundo reformado se hace por el encuentro, fundamentalmente, con las doctrinas de la gracia (especialmente, de los cinco puntos del calvinismo), lo que luego deriva en el conocimiento, o descubrimiento, de otros elementos de la teología reformada, que enfatizan en la soberanía de Dios y una cosmovisión centrada en la Escritura, la que no sólo tiene implicancias en lo puramente eclesial, sino en la expresión de fe extra-muros de la iglesia: en el trabajo, en los estudios, en la familia, en la vida misma. El encuentro con la fe reformada trasunta en el encuentro con la Escritura y una visión total, omnicomprensiva, provista por ella.

b. La ausencia de la predicación del Evangelio. El énfasis sinérgico en las obras y en el perfeccionismo (de origen wesleyano, metodista, de donde emerge el pentecostalismo chileno), se traduce en una pesada carga para las personas que luchan toda su vida por “ganar la salvación”. “Andar en novedad de vida” no es resultado de la obra del Espíritu Santo, sino del esfuerzo que merece la gracia. Probablemente, no se enuncie siempre (o nunca) de esa manera, pero ahí está la culpa, vergüenza y lucha que cansa de quienes llegan a nuestra iglesia. Eso se hace patente, por ejemplo, en los exámenes de nuevos miembros, ante la pregunta: “¿qué ha sido lo más significativo de participar en nuestra iglesia?” y la mayoría de las personas, da cuenta de este aspecto, el de la liberación de la culpa y del peso innecesario que implica servir al Señor. El evangelio, transforma la visión y, junto con ello, libera para vivir el amor.

c. La ausencia de prácticas sanas del liderazgo. Otro de los aspectos que en la mayoría de las ocasiones enuncian los nuevos miembros de nuestra iglesia, y que proceden del mundo pentecostal, dice relación con los aspectos referidos al gobierno y administración de su ex comunidad. Abusos de poder de liderazgos tiránicos, uso indebido de recursos económicos, poca posibilidad para servir (escaso discernimiento de los dones de los miembros de las iglesias), ausencia de disciplina bíblica, nepotismo, entre otras. Por eso es que de lo que estamos hablando acá no es del “robo de ovejas”, como suele peyorativamente llamarse a los fenómenos migratorios de iglesias, sino de la sanidad de creyentes dañados en sus prácticas de fe. Es así como el sistema de gobierno presbiteriano, que nos libra de todas las tiranías (la de nosotros mismos y los demás), es de los puntos que más destacan, junto a la transparencia respecto a los recursos, los que vienen a ser elementos que tranquilizan la conciencia y permiten vivir la comunidad sin riesgos ni a la defensiva.

 A partir de dichas realidades eclesiales, ¿cómo trabajar con ex pentecostales?

 Los tres aspectos negativos que he enunciado anteriormente, requieren de un proceso de desintoxicación, tanto en la doctrina y la práctica, que debe darse en la participación de todas las instancias que la vida de la iglesia provee: cultos, estudios bíblicos, cursos de catecúmenos, grupos pequeños, vigilias, encuentros presbiteriales, etcétera. Y es, en dichas circunstancias que hemos notado, que nuestros hermanos no son puros cachos (forma en la que en Chile se refiere a personas que causan problemas), sino una verdadera bendición para la vida de la iglesia. Los ex pentecostales han sido un factor dinamizador de la vida comunitaria, destacándose la solicitud manifestada en un cristianismo militante, que implica la disposición a aprender-obedeciendo la Escritura, y sobre todo al servicio voluntario y diligente, no sólo en los aspectos cúlticos, sino además en la integración, la acogida, los trabajos de aseo y ornato de las dependencias del templo, en el compartir la vida con otros, y más. Sin duda, eso no es un aprendizaje reciente, sino algo que aprendieron y vivieron en sus antiguas congregaciones. Y dicho fervor, por gracia, es contagioso.

 Lo anterior, implica un proceso de resignificación del pasado vivido, en la clave del rescate de lo bueno aprendido y del perdón que restaura el daño o lo malo realizado-y-recibido. Ahí la gracia y la providencia son claves de lectura de la vida. Ellos no perdieron el tiempo en su anterior experiencia de fe, por algo estuvieron ahí, por algo Dios los llamó a la caminata de la fe en dichas iglesias. Por ello, el proceso de inducción al presbiterianismo debe emerger de la lectura de la Palabra y el estudio de la confesionalidad, de tal manera que más que iconoclastas de su pasado, estos hermanos aterricen su fe y la vivan, entendiendo que todo lo que Dios ha hecho es bueno y que, por ende, no pueden ni deben hacer tabula rasa de su pasado. Por ende, estos hermanos deben disponerse a no ser meros consumidores de fe, sino miembros que aprenden y sirven en comunidad en un nuevo proceso de hermandad.

Luis Pino Moyano.


[1] Evguenia Fediakova. Evangélicos, política y sociedad en Chile: Dejando el “refugio de las masas” 1990-2010. Santiago, Centro Evangélico de Estudios Pentecostales e Instituto de Estudios Avanzados de la USACH, 2013, p. 39.

Dios levanta profetas para incomodarnos.

Incomodidad.

El día domingo 27 de septiembre de 2015 fui cordialmente invitado a compartir la Escritura a Iglesia UNO, una querida iglesia hermana en plantación. Fue una hermosa instancia en medio de una valiente serie de mensajes titulada “[In]Comodidad: Cuando la voz de Dios nos llama al arrepentimiento”, basada en el libro del profeta Amós. En este caso, la predicación estuvo basada en el capítulo 3, los versículos 1 al 8 y se tituló “Dios levanta profetas para incomodarnos”. En el texto podemos ver que cuando la comodidad obnubilaba la realidad, Dios saca de la comodidad a Amós, un cuidador de ovejas y cultivador de higos del sur, para ir a profetizar al norte respecto a esa religiosidad aparente. Amós es el profeta que apela a la justicia social, ligándola a la adoración al Dios de la vida y el cumplimiento cabal de la voluntad de Dios. En síntesis, la justicia social, desde un punto de vista bíblico, no es mera acción de racionalidad política, sino práctica espiritual, “ayuno verdadero” al decir de otro profeta, Isaías. Vemos a Dios incomodándonos al traernos a la Palabra, recordándonos la elección y mostrándonos su voluntad.

Comparto el bosquejo y el vídeo de dicha predicación.

Para descargar el bosquejo, haga clic acá.

Para ver los otros vídeos de la serie, haga clic acá.

Fraternalmente en Cristo, Luis.

Entrevista en la página de la Iglesia Presbiteriana de Chile.

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El día 1 de julio de 2015, la página de la Iglesia Presbiteriana de Chile compartió una entrevista que me realizaron, para conocer de mi quehacer y reflexión en torno a lo realizado hasta el momento como candidato al sagrado ministerio del Presbiterio Centro de dicha comunidad.

  1. Cuéntanos un poco de ti ¿Nombre? ¿Estado civil? ¿Hijos?

 Soy Luis Rodrigo Pino Moyano, puentealtino de nacimiento, tengo 33 años, estoy casado con Mónica González. Juntos somos padres de Miguel Ignacio de 5 años y Sophía Javiera de 2 años y 8 meses.

  1. ¿En qué iglesias estás actualmente sirviendo y cuéntanos un poco de lo que haces?

 Soy miembro de la 11ª Iglesia Presbiteriana de Santiago “Puente de Vida”. En esta comunidad tengo distintas labores como presbítero regente: colaboro en la predicación, lo que es un tremendo desafío y responsabilidad. A la par de eso, en algunas ocasiones he trabajado junto al pastor Vladimir en el diseño de algunas de las series de mensajes. Lidero el grupo pequeño de “Lomas de Eyzaguirre” (los viernes, desde las 21:00 hrs.), que es un conjunto de condominios muy cerca del límite entre Puente Alto y el Cajón del Maipo, en el que estudiamos y conversamos los textos que serán expuestos en el sermón del día domingo. Colaboro con una de las clases del curso de catecúmenos, y este año, junto a Carlos Parada, tenemos la tarea de hacer clases de historia de la iglesia, todos los primeros sábados del mes, siguiendo el plan del libro de Justo González, “Historia del cristianismo”. Hemos tenido dos clases y ha sido una experiencia muy bella, puesto que nos conduce a vislumbrar que somos comunidad, que somos iglesia, no sólo con nuestros hermanos del hoy, sino también con los del ayer, además de un llamado a la humildad, puesto que nos encontramos que no inventamos nada. Los temas, discusiones, preocupaciones y problemáticas más relevantes llevan siglos de antigüedad. También soy secretario del consistorio, cosa bastante compleja para quien gusta de la historia, porque siempre estoy pensando en qué me gustaría encontrar en “los papeles” para hacer historia.

A nivel presbiterial, este año me ha correspondido ser asesor del Departamento de Jóvenes, lo que no sólo ha sido un desafío, sino también un reencuentro con una labor que me apasiona. Ver a jóvenes que aman a Jesús, que luchan día a día por la fuerza que el Espíritu les da, ya sea en los estudios, en el trabajo, en las familias, en sus relaciones amicales, y poder tender una mano con sentido pastoral es una hermosa bendición. Trabajar con David y con Claudio, y con los líderes de cada iglesia, ha sido un tremendo privilegio

Paralelo a todo eso, soy profesor en el Colegio Andino Antuquelén, en El Manzano (Cajón del Maipo), el que es un espacio de inclusión y mediado por el arte. Ahí hago clases de historia y de realidad nacional, unos talleres, coordino el área de Ciencias Sociales, trabajo en la web y en las redes sociales del colegio. Algo así como tirar el córner y cabecearlo. Uf! Mucha pega. Pero Dios es quien me llena de fuerzas en todas estas labores que son parte de la Misión, que sólo es suya.

  1. ¿Cómo llegaste al convencimiento de que Dios te estaba llamando al ministerio?

 A los 18 años, siendo un joven pentecostal, sentí en mi corazón, en un culto que despertó varias vocaciones, el llamado al pastorado. Por ello, ingresé a estudiar teología al Instituto Bíblico Nacional, con el anhelo de aprender para servir. En mi antiguo contexto eclesial no se estilaba señalar dicho llamado, por lo cual era una cuestión oculta, aparentemente. Pero dicho llamado salía a la luz en el trabajo con jóvenes y sobre todo en la predicación. Si hay algo que me encanta y apasiona realizar es predicar, hablar de Jesús, de la gracia soberana y abundante.

Lamentablemente, lo que nos pasa a muchos en dichos contextos, cuando tenemos ganas de aprender, ante la ausencia de confesionalidad, nos llenamos de otras ideas y pensamientos, lo que conlleva a otros proyectos. Cuando mis pasos iban enrielados a otro camino (sin dejar de asistir a la iglesia, por lo demás), la llegada a Puente de Vida me trajo de regreso a casa. Allí el papel de Vladimir fue clave. En una ocasión, me pidió predicar basado en el texto de Nehemías capítulo 5. El sermón se llamaba “El poder de la justicia social”. Yo me froté las manos y sonrientemente me dije “- este es mi tema”. Cuando estaba terminando el sermón, me hago una pregunta simple que de un sopetón se convirtió en la pregunta existencial: “- ¿Con qué ojos estoy leyendo esto? ¿Con los ojos de Cristo o con los ojos de Marx?”. La respuesta fue dura, porque no sólo mi sermón, sino mi vida la estaba viendo con otros ojos y no con los de quien es el camino, la verdad y la vida. Estaba cambiando a la fuente de agua viva por cisternas rotas que no retienen agua. Allí, la predicación del evangelio domingo a domingo, el pastoreo presente y significativo, la vida en comunidad reconstruida, la confrontación con el pecado, todo eso me restauró y despertó la vocación oculta, tanto como un fuego ardiendo que no pude resistir. Hoy no quiero ser-y-hacer otra cosa que un siervo de Cristo mi Señor y predicar hasta que mi cabeza tenga memoria de la sola gracia.

Sólo decir algo más. Hay dos tipos de ejemplos que me motivan en el camino al ministerio pastoral. El pastor presbiteriano que exhorta aprendiendo, que expone con claridad el mensaje, que es leal a los símbolos de la fe reformada y a su comunidad, que entiende que el trabajo no lo hace solo sino al lado, hombro con hombro, junto a un consistorio. Y por otro lado, los viejos pastores pentecostales que pude conocer. Hombres honrados, fieles, militantes cristianos, que andaban con la Biblia y el diario debajo del brazo, y este último no para informarse sino para taparse en las noches teniendo las estrellas del cielo como techo. Hombres que eran convocados al pastorado y a la semana estaban en el destino, por lejano que fuera, por amor a Cristo. Ambos modelos tienen algo en común: la gloria de Dios. Dios me ayude.

  1. ¿Tu familia cómo se lo ha tomado?

 Mi esposa Mónica ha sido fundamental en este proceso. Con ella he aprendido a ser esposo y padre, hombre en definitiva, con todo lo que ello implica. Recuerdo cuando le dije que volvería al Seminario para proseguir los pasos al ministerio pastoral. Su respuesta fue breve pero elocuente: “-Menos mal que te diste cuenta”. Ese día lo conversamos con Vladimir y nos enfilamos en este camino. Es maravilloso tener una mujer que camina codo a codo con uno, que apoya y alienta en las distintas tareas, trasnoches de estudio, domingos de predicación en Puente de Vida o cuando me invitan a otras iglesias. Ver que con ella, Miguel y Sophía mis hijos, van creciendo y conociendo el amor de Jesús, orando por mí y colaborando en los trabajos, amando la misión y la comunidad. Dones de Dios que me hacen sentir un hombre feliz por todos estos instrumentos de paz que me ayudan en esta caminata.

  1. Hoy estás estudiando para seguir el proceso de capacitación, cuéntanos ¿Qué ha significado el seminario para tu vida?

El Seminario Teológico Presbiteriano ha sido tremendamente relevante en este tiempo. Por varias razones, siendo la primera de ellas el que sea el Seminario de la Iglesia Presbiteriana de Chile. Es decir, todo lo que nosotros estamos aprendiendo tiene que ver con el servicio a nuestras iglesias, rescatando todo lo bueno de ellas y buscando reformar lo malo de estas comunidades de santos pecadores. Por otro lado, el Seminario es un espacio confesional, que busca relevar, rescatar y producir teología reformada, expresando lealtad a nuestros símbolos de fe, haciendo nuestra la herencia de Calvino, Knox, Bavinck, Kuyper, Berkhof y tantos otros, a modo de marco teórico y lugar de producción. Además, es un espacio académico, que desde “el sentido presbiteriano de la vida” dialoga con otras disciplinas de estudio, no perdiendo la capacidad de asombro frente al Dios eterno, haciéndonos viejas y nuevas preguntas para el hoy, a la par del amplio proceso de lecturas que aportan a la caja de herramientas teológica, misional y pastoral. Otra de las cosas que más me ha marcado del seminario es su perfil misional. La misiología no disocia la reflexión y el análisis del quehacer, por el contrario, nos lleva a pensar y vivir la misión en la ciudad, la plantación y revitalización de nuevas iglesias, junto a otras tareas extensivas del Reino de Dios en la sociedad. Y quizá lo más importante, es que el Seminario es un taller de oficios, en el que varios de los que pasamos por sus aulas caminamos al ministerio pastoral, o sea, en un futuro, potencialmente, seremos colegas en el ministerio. A su vez, nuestros profesores, en su mayoría son pastores de la IPCH, que leen sus materias desde esa labor, y que más adelante, también serán nuestros colegas. La reflexión, la amistad-fraternidad, los proyectos y las aulas confluyen en dicho espacio que debemos potenciar. De hecho, espero en un futuro no muy lejano apoyar a nuestra casa de estudios desde la docencia, sobre todo en el área de la historia, las ciencias sociales y la pedagogía, lo cual no sólo veo como una tarea o un privilegio, sino también como un deber: dar de gracia de lo que por gracia he recibido. Nada más que eso.

  1. ¿Cuáles son, según tu punto de vista, los mayores desafíos de la IPCH? ¿Cómo podrías aportar en esto?

Según mi punto de vista, la IPCH vive un momento de aceleración en su historia. En términos historiográficos, de esos escasos momentos en los que confluyen factores de corta, mediana y larga duración. Dichos factores tienen que ver con la plantación de nuevas iglesias y con la misión. Todo eso trae desafíos. El primero de ellos no es transar el mensaje de Cristo, verdadera agua viva, por la relevancia y el éxito financiero y numérico. Cosas importantes, pero que en nuestros corazones pueden transformarse en ídolos. Es decir, sin transar el mensaje responder al hombre, la mujer, el joven y el niño de hoy. Además de eso, un desafío de larga duración es cómo fortalecemos nuestra identidad presbiteriana sobrepasando las barreras subjetivas que impone la pesada tradición episcopal y jerárquica del catolicismo romano presente en América Latina desde la Colonia. La pregunta es, ¿cómo generamos más liderazgos colaborativos? Y mejor aún, ¿cómo hacemos para que los consistorios no se transformen en espacios burocráticos que ralentizan la misión, sino que se constituyan en talleres para obreros que miran pastoralmente sus procesos? Pienso también en la tendencia latinoamericana de pentecostales y neopentecostales que están llegando a nuestras iglesias por el acercamiento a algunas de las verdades reformadas, preguntándome en ¿cómo hacemos para ayudarles en sus preguntas y en su búsqueda de conocer al Dios de la Biblia, sin matar su amor por la obra y el carácter servicial que mayormente les caracteriza? O más aún, ¿cómo dejamos de lado el falso concepto de hermanos mayores y de iglesia histórica, que nos hemos o nos han impuesto, para servir a quienes buscan sanidad de la mente y el corazón? ¿Cómo aportar? Pienso en dos miradas que debería hacer caminar juntas: la mirada pastoral y fraternal, junto a la mirada académica. Creo que debiésemos generar muchos espacios multidisciplinarios y desde las distintas áreas de servicio de la IPCH, para orar por nuestra realidad y pensarla. A veces caemos en el mismo error de distintos grupos en América Latina: tratar de imponer por fórceps todo aquello que nos dictan desde Europa y Estados Unidos en nuestra realidad, pensado en que si la teoría no se condice la realidad es la realidad la que está equivocada. Debemos, sin dejar de leer todos los libros y producciones que aportan, producir y sistematizar conocimiento que esté ligado a nuestras realidades, sea esta nacional, regional, comunal, barrial. Y ahí tenemos mucha gente, que de dar trabajo puede pasar a trabajar y a seguir el proyecto de Dios. Biblia abierta, ojos bien abiertos, manos que trabajan y ayudan. En todo esto me gustaría aportar.

  1. ¿Por qué quisieras que la Iglesia Presbiteriana de Chile orara por ti?

Quisiera que me ayudaran a orar por tres motivos: en primer lugar, por mi familia, por Mónica mi esposa, por Miguel y Sophía, y al orar por ellos, oren por mí para que Dios me ayude a ser el esposo y padre que pastorea el corazón de la que es “mi primera iglesia”. En segundo lugar, quisiera que oraran por los proyectos que estamos pensando para el próximo año, tanto para ser seminarista a tiempo completo y a la vez el inicio de la caminata a un nuevo proyecto de plantación de iglesia en Puente Alto. Y finalmente, para que Dios sea glorificado siempre y para que la fuerza del Espíritu Santo me anime en toda labor. Muchas gracias, de antemano, por sus oraciones al Dios de la vida.