Metanoia, secularización y el devenir de Chile.

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* Publicado originalmente en Metanoia, en dos partes.

Primera parte. Segunda Parte

Desde el año 2016 he tenido el privilegio-y-deber de trabajar como asesor de los jóvenes del Presbiterio Centro de la Iglesia Presbiteriana de Chile. En el marco de dicho trabajo, y en la lectura de la realidad de la juventud de nuestra iglesia, surgió la idea de trabajar con este concepto: “Metanoia”. Cuando lo hicimos, tuvimos en mente la fuerza de esta palabra griega, que tuvo como origen una orden militar, muy parecida al contemporáneo “¡media vuelta, mar…!”, que, probablemente, hemos escuchado en más de una ocasión. Ahora bien, quisimos relevar no sólo su uso ligado al arrepentimiento, sino por sobre todo, la idea de la transformación de la mente, del corazón y de las emociones realizada en nosotros por el Espíritu Santo, que se fundamenta y se solidifica día tras día en una lectura atenta de la Palabra de Dios.

Fue esto lo que nos llevó a poner un énfasis en la formación cosmovisional, siempre aterrizándola a la práctica cotidiana de la misión en todo lugar donde nos toca estar, con la idea reformada de vivir para la gloria de Dios. Ha sido eso, lo que nos ha llevado a leer[1] y conversar sobre cosmovisión, y luego generar un esfuerzo, ayudado por la gentileza de pastores y hermanos que nos han acompañado en nuestras actividades desde sus áreas de experticia, aterrizando dicha mirada a la situación posmoderna, a la sexualidad, a la cultura, a la política y la justicia social, al arte, a la vida saludable, a la práctica de la piedad producto de la reforma que el Espíritu Santo ha hecho en nosotros, y a la centralidad que tiene el Reino de Dios en nuestra agenda. Pronto estaremos en Recoleta viendo cómo la Reforma Protestante, en el marco de los 500 años de la protesta de Lutero, tuvo una relación con los procesos migratorios, y cómo tuvo y sigue teniendo un mensaje respecto de nuestra relación con el extranjero que vive en nuestra tierra.

La formación cosmovisional que pensamos tuvo en su origen un alcance reactivo respecto de la realidad, producto de la constatación del alto grado de acceso a otras cosmovisiones por medio de escuelas, universidades, medios de comunicación de masas y alternativos-virtuales, lecturas, junto con expresiones múltiples de arte. Pero no podía quedarse en pura reacción, porque la idea no era construir ghettos virtuosos que se configuran en la ciudad pero que viven fuera de ella. Y allí está el componente propositivo. La idea es vivir en la ciudad con una mente transformada, lo que nos permite leer, disfrutar, dialogar y discutir con todas las expresiones que están en derredor. Y eso, sólo puede ser posible porque Cristo es el Señor por sobre todo y porque su Palabra, única y suficiente regla de fe y práctica, la que es leída siempre en comunidad (¡por eso la Confesión de Fe!), como fundamento. Y eso es más que una declaración teológica: es principio de vida. He ahí el énfasis cosmovisional: todo lo que acontece en la historia trazada de principio a fin por el Dios vivo y real, lo que sucede a nuestro alrededor, inclusive lo que nosotros hacemos en nuestra intimidad, puede ser conocido y comprendido por medio del cristianismo. El cristianismo, como “verdad total”, nos permite ver el sentido de la historia y dar significado a la realidad[2]. Por ende, para saber qué cosas e ideas podemos (¡y debemos!) asumir, modificar y rechazar necesitamos de una profunda y sólida cosmovisión cristiana. ¡Ora y trabaja!, el viejo lema debe ser revivido en nuestra cotidianidad.

Viendo nuestra realidad y conversando acerca de ella en nuestro contexto eclesial, cada vez más emerge en las voces el concepto secularización, o el adjetivo “secularizado”. La palabra etimológicamente alude a lo relacionado con el siglo. Ahora bien, filosóficamente la idea apunta a un proceso propio de la modernidad que releva el progresivo desgajamiento o desapego de los motivos religiosos a la hora de comprender la realidad natural y social.

Aquí se debe señalar que en la lectura fatalista de la historia que hacen los “progresistas” de hoy, este proceso no tendría vuelta y debe derivar, en su versión moderada, en el desplazamiento del discurso religioso al espacio privado, o en el discurso más radical, a la eliminación de la religión de la sociedad. Dicha lectura yerra el blanco cuando piensa y cree que en la modernidad inmediatamente se habría producido “la muerte de Dios” (según lo planteado metafóricamente por Nietzsche) o la crítica de la “religión opio” (según lo señalado por Marx, simbólicamente también), cuando en Europa tenemos entre Galileo y Hegel a pensadores que adscribían, también, a la dotación de inteligibilidad del relato religioso, siendo algunos de ellos creyentes. Evidentemente, el obstáculo lo puso el cientificismo naturalista con su estatuto de la verdad. Pero dicha forma de entender y hacer la ciencia, de manera posterior a la Segunda Guerra Mundial y hasta la actualidad, tiene un férreo cuestionamiento, sobre todo cuando parte importante de los cultores de las ciencias de la naturaleza y de la sociedad han aceptado la idea de que “quien mide modifica lo medido”. El filtro cosmovisional es relevante a la hora de mirar la realidad, y podría considerarse un acto deshonesto no reconocer ni explicitar dicho punto de mira.

En Chile, el proceso de secularización, quizá por ripios coloniales, ha tenido en la larga duración su disputa en el ámbito legal. Y aquí debemos poner atención a esto: la pulsión chilena por el orden y lo legal no discrimina entre conservadores y progresistas, pues como diría María Rosaria Stabili hay un “‘pequeño Portalesque vive dentro de cada chileno[3]. Tanto así, que esto también alcanza a nuestra mirada desde la religión[4]. El proceso de secularización del país ha estado ligado desde sus inicios a la libertad de culto. No por nada Francisco Bilbao, filósofo chileno de mediados del siglo diecinueve, en un texto que en su época le valió de ser acusado de “sedicioso, blasfemo e inmoral”, señalara con toda claridad que: “El individuo como hombre en jeneral [sic] pide la libertad del pensamiento, de donde nace la libertad de culto”[5]. Para Bilbao, Dios no es reaccionario ni impide el conocimiento racional, como el catolicismo romano, la religión oficial del estado según la Constitución de 1833, que excluía el ejercicio público de cualquiera otra religión.

A eso se fue a lo que se sumó de manera táctica David Trumbull cuando pujó por la separación de la iglesia y el estado, teniendo en su horizonte de expectativas lo siguiente:

“Aún aquí en las repúblicas Sud-americanas hay síntomas que indican semejantes tendencias de romper con las tradiciones erróneas del pasado, de emplear la razón y de escudriñar las escrituras. Esparcidos rayos de luz indican, esperanzadamente, la proximidad del alba aún en Chile. El sol de justicia de Dios está trepando las cimas de los Andes, y creemos que no estará distante el día de la regeneración religiosa de la nación chilena. Cuando el clero del país dirija sus miradas al cielo y no a Roma; cuando estas iglesias descansen sobre Jesucristo, la Piedra viva, verdadera y divina, y no sobre concilios ambiciosos y sectarios; y cuando el pueblo chileno lea y estudie la Biblia para conocer y obedecer la revelada verdad de Dios en Cristo; entonces se verá una reformación, saludable y permanente en el sentido del verdadero cristianismo”[6].

La esperanza de Trumbull no fue cumplida en 1865 cuando se promulgó una ley interpretativa del artículo 5 de la Constitución del ’33. Tampoco en 1925 cuando el estado se separó de la iglesia en el documento constitucional, lo que fue ampliamente celebrado por el mundo protestante. Tampoco se cumplió en 1970 con el primer Te Deum ecuménico celebrado en el país, ni en 1975 con el primer Te Deum evangélico, ni en 1999 con la mal llamada “ley de culto”, ni mucho menos en 2005 con la institución del “Día nacional de las Iglesias Cristianas Evangélicas y Protestantes”. La esperanza de Trumbull no se reducía a lo legal, por lo que su alianza con liberales, masones y radicales de la época era táctica, y no estratégica, por ende, su carácter no era permanente en el tiempo. La esperanza de Trumbull estaba en Jesucristo y en el avance de la misión sostenida por el Señor hasta el fin, lo que hacía que la proclamación del evangelio siempre cumpla su finalidad.

Y es aquí donde la secularización se liga con la cosmovisión en el devenir de Chile (esto no es un capítulo de Los Simpsons, que empieza con un tema y termina con otro). El proceso inconcluso de secularización en el país, que no ha logrado derribar el discurso religioso ni su trama comunitaria, nos reporta una serie de desafíos que presento a continuación:

a. El proceso de secularización que sigue viviendo Chile nos reporta cuál es nuestra batalla principal en el presente. Y sí, está bien que invirtamos energías contra la teología liberal y sus múltiples variaciones modernas y posmodernas. Es excelente que luchemos contra la agenda “progre” que quiere instalar en el país el aborto libre, el matrimonio homosexual y la adopción homoparental. Es necesario que luchemos contraculturalmente con las diversas teorías de género. Pero esos no son nuestros enemigos primordiales hoy. De hecho, en algunas de estas luchas, y quizá en todas (a sabiendas que predecir en ciencias sociales es más que algo riesgoso), dichas batallas estén potencialmente perdidas.

Pero si nos enfocamos en dichas batallas, y probablemente ganemos alguna, luego de la celebración termináremos dándonos cuenta que hemos perdido más de lo que ganamos. Dicho elegantemente, habremos conquistado una victoria pírrica[7]. La batalla principal que debemos dar tiene que ver, una vez más, pero en una situación distinta, con la presencia de lo religioso en el espacio público. Y, aguzando más la mirada, no sólo tiene que ver con el significado correcto de un estado laico que presupone la libre circulación de ideas mientras estas no violenten o pongan en tensión el estado de derecho, ni sólo en las implicancias de su correcta aplicación, sino por sobre todo en el ejercicio del poder. La lucha de hoy tiene que ver fundamentalmente con quien ejerce el suficiente poder como para hegemonizar la sociedad y convertir en sentido común sus ideas en el presente. Mucha razón tuvo Foucault cuando invirtió la máxima de Carl von Clausewitz, llegando a decir que “la política es la continuación de la guerra por otros medios” (¡nada más que gracia común!).

b. El proceso de secularización que sigue viviendo Chile cuando releva nuestra batalla principal, y teniendo la Biblia como fundamento, nos reporta cuál es nuestro enemigo principal en el presente. Nuestro mayor enemigo de hoy es (¡y sigue siendo!) el dualismo pecaminoso que nos lleva a un amor desordenado. El profeta Jeremías señaló: “Son dos los males en que ha incurrido mi pueblo: Me han dejado a mí, que soy fuente de agua viva, y han cavado sus propias cisternas, ¡tan agrietadas que no retienen el agua!” (Jeremías 2:13, RVC). Cavamos cisternas agrietadas cuando “necesitamos” recurrir a discursos prestados, foráneos al cristianismo bíblico, para fundamentar nuestras acciones en el mundo. Cavamos cisternas agrietadas cuando asumimos paquetes ideológicos completos que obnubilan nuestra mirada de lo que dice la Biblia, leyendo la Biblia con los ojos de cualquier hombre o mujer y sus ideas pecaminosas y no con los ojos de Cristo. Cavamos cisternas agrietadas cuando pensamos que hablar de moral es venderse a la derecha, y que cuando hablamos de justicia social es venderse a la izquierda, cuando en realidad ambas cosas las podemos extraer de la Biblia, y en ocasiones, como en el caso de Amós 2:6,7 les encontramos juntos y revueltos porque la cosmovisión que viene de Dios une lo que nos aparece fragmentado: “Así ha dicho el Señor: Por tres pecados de Israel, y por el cuarto, no revocaré su castigo. Porque han vendido al justo por dinero, y al pobre por un par de zapatos; han aplastado en el suelo a los desvalidos, han torcido el camino de los humildes; ¡hijos y padres profanan mi santo nombre al acostarse con la misma joven!” (RVC). Es verdadero pecado contra Dios y contra nuestro prójimo cuando teniendo a la fuente de agua viva, el Señor Todopoderoso que nos da conocimiento, emociones y voluntad para vivir, cavamos cisternas agrietadas. ¡Matemos, con la ayuda del Espíritu Santo, el dualismo que nos hace construir ídolos con pies de barro y bagatelas que no nos permiten aterrizar nuestra fe a la realidad! Arrepintámonos. Reconciliémonos. Porque si algo de lo que Cristo ha botado con su cruz para constituir un solo pueblo se interpone en nuestra comunión, eso no debiese recibir otro nombre que “falso dios”.

Esto reporta tareas: los pastores y todos aquellos que tenemos la responsabilidad de enseñar, debemos colaborar activamente en el fortalecimiento de una mirada cosmovisional en la iglesia; y, por supuesto, tú tienes el deber de educarte en esta área, asistiendo a todas las instancias que puedas y leyendo buena literatura (ve la nota a pie de página número 2, en la primera parte del artículo). Ambas tareas deben presuponer que no existe separación entre una teología recta y una vida santa, porque ambas se producen por el Espíritu Santo que inspiró las Escrituras, que aplicó la obra salvífica en nuestras vidas, y que nos llena de poder individual y comunitariamente.

c. El proceso de secularización que sigue viviendo Chile debiese acercarnos a nuestra Confesión de Fe. Esto es lo maravilloso de la teología reformada que presupone que la iglesia puede seguir siendo reformada por la obra del Espíritu y según la Palabra de Dios. La Confesión de Fe de Westminster fue escrita originalmente en un mundo en el que la monarquía absoluta era la forma de gobierno para la sociedad, cuyo poder también podía penetrar la iglesia. En 1788 los presbiterianos estadounidenses hicieron algunas reformas a la Confesión de Fe, y entre los cambios, que nosotros preservamos en el documento que como oficiales de la iglesia suscribimos haciendo un voto de lealtad, señala lo siguiente respecto del Magistrado Civil:

Los magistrados civiles no deben tomar para sí la administración de la palabra, de los sacramentos. (2ª Crónicas 26:18.) o el poder de las llaves del reino de los cielos, (Mateo 16:19; 1ª Corintios 4:1-2.) ni se entrometerán lo más mínimo en las cosas de la fe. (Juan 18:36; Malaquías 2:7. Hechos 5:29) Sin embargo, como padres pacificadores en el deber de los magistrados civiles proteger la Iglesia de nuestro común Señor sin dar la preferencia sobre las demás a alguna denominación de cristianos, sino obrando de tal modo que todas las personas eclesiásticas, cualquiera que sean, gocen de libertad incuestionable, plena y perfecta en el desempeño de cada parte de sus funciones sagradas, sin violencia ni peligro; (Isaías 49:23.) y además, como Jesucristo ha señalado un gobierno regular y una disciplina en su iglesia, ninguna ley de cuerpo político alguno deberá entrometerse con ella, estorbando o limitando los ejercicios debidos que verifiquen sus miembros voluntarios de alguna denominación de cristianos conforme a su propia confesión y creencia. (Salmo 105:15; Hechos 17:14,15.) Es el deber de los magistrados civiles proteger las personas y buen nombre de todo su pueblo de tal manera que no se permita a ninguna persona que so pretexto de religión o incredulidad haga alguna indignidad, violencia, abuso o injuria a otra persona cualquiera; debiendo procurar además que toda reunión eclesiástica religiosa se verifique sin molestia o disturbio. (2ª Samuel 23:3; 1ª Timoteo 21:2; Romanos 13:4.)”.

Nuestra Confesión nos invita a una mirada correcta de la relación entre la iglesia y el estado, presuponiendo su separación. Ambos están en esferas diferentes, no pudiendo el estado entrometerse en la tarea y roles de la iglesia. Y no sólo eso, garantizando su libertad. Aquí está el fundamento confesional, y por ende comunitario, de lo que debiese ser nuestra comprensión y base de nuestra acción: la separación no sólo es del estado respecto de la iglesia, sino nuestra respecto del estado. No porque quienes hoy dirijan los organismos del estado difieran de los principios de la Palabra del Señor, eso necesariamente tendrá la fuerza de coartar nuestra predicación y vida. Podemos y debemos vivir contraculturalmente. Nuestra obediencia al magistrado civil es relativa y activa, porque nuestra obediencia total está en relación a lo que la Biblia dice. Además de eso, Cristo sigue siendo Señor sobre todo[8].

d. El proceso de secularización que sigue viviendo Chile, visto de manera cosmovisional nos debe llevar a convertir los desafíos y dificultades en oportunidades. Sin lugar a dudas, si los cristianos leyéramos más la Biblia y fuésemos felices de vivir la fe, no viviríamos paranoicamente, con delirio de persecución, victimizándonos innecesariamente y construyendo ghettos virtuosos de gente como nosotros. Muy por el contrario, veríamos al mundo en el que vivimos y las discusiones que emergen en él, pensando en las ricas oportunidades que tenemos para compartir la buena noticia. En otras palabras, valoraríamos las posibilidades de hablar y vivir la verdad con amor. Que se apruebe el aborto en tres causales, cosa que niega los principios de la Biblia, no reduce nuestra fe, nuestra acción en el mundo, nuestro amor y oración hacia todos, aunque no crean lo que nosotros creemos. Si amamos, pavimentamos el camino para decir la verdad y ser escuchados.

Pero si no sucediera ese paso lógico, y llegásemos a ser perseguidos por nuestra fe en Jesús, deberíamos alegrarnos del vituperio en Cristo. Jesús dijo: Bienaventurados serán ustedes cuando por mi causa los insulten y persigan, y mientan y digan contra ustedes toda clase de mal. Gócense y alégrense, porque en los cielos ya tienen ustedes un gran galardón; pues así persiguieron a los profetas que vivieron antes que ustedes” (Mateo 5:11,12, RVC). Ese gozo no es masoquismo, sino que es posible por la fuerza del Espíritu Santo operando en favor de la iglesia y se basa en la esperanza de que un día toda lágrima de nuestros ojos será secada.

Pero todavía eso no ocurre. No nos anticipemos a los hechos. Aquí bien vale la pena recordar lo dicho por el teólogo Jürgen Moltmann:

“Cuanto más conscientes son los cristianos hoy día de una situación minoritaria y pierden la protección de una sociedad ‘cristiana, tanto más pueden aprender de la moral calvinista a hacerse extraños en la propia sociedad y nación por amor de Cristo. En la historia del cristianismo reformado se evidencia claramente el valor de ser distinto de los demás. Únicamente quien es distinto es capaz de ‘existir para los demás’; de lo contrario, es uno más entre la masa”[9].

e. El proceso de secularización que sigue viviendo Chile, visto de manera cosmovisional que nos lleva a convertir los desafíos y dificultades en oportunidades, debiese conducirnos a precisar nuestra esperanza escatológica. A la luz de la Biblia, y desde una perspectiva amilenarista, hay que decirlo, podemos notar que las cosas irán de mal en peor. Pero nuestra esperanza no está en hombres, mujeres ni en proyectos políticos. Nada de lo que los seres humanos hagamos pecaminosamente es obstáculo para el triunfo del Reino de Dios y la proclamación del Evangelio por parte de la iglesia. Dicho triunfo y proclamación no depende de esfuerzos humanos ni de las circunstancias aparentemente favorables, sino de Dios que tiene el control de todo según su plan perfecto y que tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas. Nuestra esperanza es escatológica y no se trata un mero cambio social cosmético y de baja intensidad al lado de la ciudad construida por Dios. Nuestra esperanza está en la redención que aguarda la creación toda. Es el anhelo expresado por el profeta Amós, de que “que fluya el derecho como las aguas, y la justicia como arroyo inagotable” (Amós 5:24, NVI). Eso escapa de nuestras posibilidades de acción. Es Dios, en Cristo, que consumará la historia. Cuando tenemos eso claro, podemos trabajar fundamentados y descansando en Dios. Es allí que se hace patente la verdadera metanoia, la transformación de la mente que nos conduce a mirar con los ojos de Cristo.

Luis Pino Moyano, Asesor de Metanoia.


[1] Durante el año 2016, los líderes de jóvenes, en medio de nuestras reuniones informativas, realizamos estudios basados en el libro de Darrow Miller y Marit Newton. Vida, trabajo y vocación. Una teología bíblica del quehacer cotidiano. Tyler, Editorial JUCUM, 2011.

[2] Sobre el asunto cosmovisional, véase en orden de año de publicación en castellano: Francis Schaeffer. Huyendo de la razón. Barcelona, Ediciones Evangélicas Españolas, 1969; Herman Dooyeweerd. Las raíces de la cultura occidental. Las opciones pagana, secular y cristiana. Barcelona, Editorial CLIE, 1998; Abraham Kuyper. Conferencias cobre el calvinismo. Una cosmovisión bíblica. San José, Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas CLIR, 2010; Darrow Miller. Vida, trabajo y vocación: una teología bíblica del quehacer cotidiano. Tyler, Editorial JUCUM, 2011; John Piper. Piense. La vida intelectual y el amor de Dios. Carol Stream, Tyndale House Publishers, 2011; Timothy Keller. La razón de Dios. Creer en una época de escepticismo. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2014; Albert Wolters y Michael Goheen. La creación recuperada. Bases para una cosmovisión reformacional. Medellín, Poiema Publicaciones y Dordt College Press, 2013; Nancy Pearcey. Verdad total. Tyler, Editorial JUCUM, 2014; Michael Goheen y Craig Bartholomew. Introduçao à cosmovisão cristã. São Paulo, Edições Vida Nova, 2016; Timothy Keller. Una fe lógica. Argumentos razonables para creer en Dios. Nashville, B&H Publishing Group, 2017. Para una lectura introductoria, véase: Jonathan Muñoz. “Cosmovisión cristiana: una (muy) breve introducción”. En: Estudios Evangélicos, http://estudiosevangelicos.org/cosmovision-cristiana-una-muy-breve-introduccion/ (Revisada en agosto de 2017).

[3] María Rosaria Stabili. “Mirando las cosas al revés: Algunas reflexiones a propósito del período parlamentario”. En: Luis Ortega (Editor). La guerra Civil de 1891. 100 años hoy. Santiago, Universidad de Santiago de Chile, 1991, p. 165. Respecto de esta pulsión por lo legal, bien vale la pena referir lo dicho por Timothy Keller: “Mientras que algunos cristianos esperaban que la legislación cambiaría las actitudes de las personas, ha sido la cultura popular, las instituciones académicas, las artes y los medios de comunicación los que han estado formando la mentalidad popular. La política pública ahora simplemente está empezando a seguir los pasos” (Timothy Keller. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012, p. 212).

[4] Uso en este caso el concepto religión de manera positiva.

[5] Francisco Bilbao. “Sociabilidad Chilena”. En: El Crepúsculo. Periódico literario y científico. Nº 2, Tomo 2. Santiago, 1 de junio de 1844, p. 74.

[6] La Piedra, Valparaíso, 30 de agosto 1879, año VIII, Nº 29, p. 182. Citado por: Javier Castro. “David Trumbull, entre masonería y protestantismo: la conformación del frente anticlerial en Chile a fines del siglo XIX”. En: Religião & Sociedade. Vol. 33, Nº 1, Rio de Janeiro,  2013. http://www.scielo.br/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0100-85872013000100006 (revisada en agosto de 2017).

[7] En alusión “a Pirro, rey de Epiro, que derrotó en el año 279 a. C. a los romanos en Ásculo, pero a costa de sufrir numerosísimas bajas”. En: http://dle.rae.es/?id=TBDNMum|TBGDp5s (revisada en agosto de 2017).

[8] Respecto de la acción política y social desde el cristianismo, me parece pertinente invitar a la lectura de los siguientes textos: Sidney Rooy. “Relaciones de la iglesia con el poder político. Modelo reformado”. En: Pablo Deiros (editor). Los evangélicos y el poder político en América Latina. Buenos Aires, Nueva Creación, 1986, pp. 41-72; David J. Bosch. Misión en transformación. Cambios de paradigma en la teología de la misión. Grand Rapids, Libros Desafío, 2000 (especialmente la lectura del Capítulo Doce: “Elementos de un nuevo paradigma misionero ecuménico”, pp. 451-619); Vishal Mangalwadi. Verdad y transformación: Un manifiesto para naciones enfermas. Tyler, Editorial JUCUM, 2010; Herman Dooyeweerd. Estado e soberania. Ensaios sobre cristianismo e política. São Paulo, Edições Vida Nova, 2014; Timothy Keller y Katherine Leary Alsdorf. Como integrar fé & trabalho: Nossa profissão a serviço do Reino de Deus. São Paulo, Edições Vida Nova, 2014 (pronto B&H publicará una edición en castellano); Darrow Miller et al. Reformulación de la justicia social: Redención de la compasión bíblica. Tyler, Editorial JUCUM, 2015; Timothy Keller. Justicia generosa. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2016.

[9] Jürgen Moltmann. “La ética del calvinismo”. En: Leopoldo Cervantes-Ortiz. Juan Calvino: su vida y obra a 500 años de su nacimiento. Barcelona, Editorial CLIE, 2009, pp. 263, 264.

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Dios nos reforma para buscar la santidad.

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Los días 20 al 23 de enero de 2017, se realizó en la Granja Presbiteriana en El Tabo, el Retiro del Departamento de Jóvenes del Presbiterio Centro de la Iglesia Presbiteriana de Chile. Durante esos días estuvimos analizando el texto de Colosenses 1:13-23 bajo la siguiente parcelación:

vv. 13,14: Dios nos reforma por la obra consumada de Cristo.

vv. 15-17: Dios reforma nuestra visión del mundo y de la vida (¡Cristo es Señor sobre todo!).

vv. 18-20: Dios nos reforma haciéndonos parte de la iglesia (no hay cristianismo sin comunidad).

vv. 21,22. Dios nos reforma para buscar la santidad.

v. 23. Dios nos reforma para que anunciemos el evangelio.

En síntesis, vemos el señorío de Cristo en la creación y en la iglesia. Una de sus manifestaciones es el poder reformador de Dios. A mí me correspondió hablar de los versículos 21 y 22 en la predicación de la mañana del domingo en la Iglesia Mar de Gracia. Allí relevamos el hecho de que Cristo ha reconciliado a los suyos con Dios (el verbo en pasado no es casual: esa obra ya ha sido aplicada). Por ende, al ser reconciliados, debemos vivir de acuerdo a esa renovación total de nuestra vida. Un reconciliado no vive inmerso en el pecado, vive como hijo adoptado por pura gracia por el Dios vivo y real. La propuesta del sermón fue ver lo que nosotros hacíamos, lo que Cristo hizo por nosotros y lo que nosotros tenemos que hacer.

A quienes estén interesados en este tema, les comparto el diaporama de dicha ocasión, el cual pueden descargar haciendo clic aquí.

Culto del domingo 22 de enero de 2017, en la Iglesia Mar de Gracia.

Jóvenes asistentes al Retiro Metanoia 2

Jóvenes asistentes al Retiro Metanoia 2 “Semper Reformanda”.

Ha sido un tremendo honor y bendición compartir con los jóvenes durante estos dos períodos de trabajo, en la tarea de asesor. El aprendizaje y la comunicación de las enseñanzas de la Palabra bullen al calor de la comunidad. La fuerza vital de los jóvenes hace del cansancio algo grato. Dios ha sido bueno y fiel.

Relato testimonial: El evangelio que hace volver a casa.

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En enero de 2013 comenzaba esta nueva aventura virtual llamada “En el balcón y en el camino”, y en el post “¿Por qué este nuevo blog?”, daba a conocer las razones para ello. Quería que fuese un espacio en el cual dejar atrás el dualismo que hasta ese momento caracterizaba mi pensamiento y acción, emprendiendo una andada reformada, literal y teológicamente hablando.

Esto, porque el evangelio me había hecho volver a casa, haciéndome dejar de lado una serie de ideas y conceptos ajenos a la Biblia, que regulaban mi mente, mi corazón, mi existencia. Ideas que me hacían separar la política y la fe.

Dios es bueno y me proveyó de una comunidad, de un pastoreo, de amigos, que estuvieron conmigo en este proceso de retomar la fe revelada en la Escritura. En este post, coloco un documento en PDF en el que se puede leer mi testimonio. “El seguimiento de Jesús”, “La política, el marxismo”, “¿Qué creo hoy en política?” y “Una última cosa, a modo de petición”, se titulan las partes del testimonio. Tal vez su lectura pueda ayudarte…

Lee el relato testimonial: “El evangelio que hace volver a casa”. 

A 110 años del natalicio de Bonhoeffer: ¿Por qué seguir leyéndolo?

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Mis palabras no tienen la intención de erigirse como un canto laudatorio a un mártir impecable e incuestionable. Sin lugar a dudas, eso sería una ofensa a la memoria de Bonhoeffer, quien con claridad y firmeza relevaba la condición de “santos-pecadores” de los creyentes. Eso es lo que vemos en la historia de la iglesia, no prohombres ni héroes, sino sujetos que obraron por la gracia recibida, mediante la fuerza del Espíritu, como también por las falencias resultantes del pecado, que no es otra cosa que el apartar la mirada del Creador.

 Ahora bien, tampoco es el acto falaz de erigir a un “Bonhoeffer conservador”, e inclusive de derecha, cuya biografía incluso puede ser loada por George W. Bush; ni la construcción del relato izquierdoso del “Che Guevara luterano”, rescatado sólo por su praxis martirial, por su muerte en la resistencia contra el Führer; ni mucho menos la invención de cierto fundamentalismo antitodo (ojo que no estoy refiriendo a toda esa vertiente), que señala los pecados del “teólogo liberal” que muere en su ley, y que por ende, nada de rescatable tiene en su vida y su obra. Lo que pretendo, simplemente, es el rescate, o más bien, la aproximación a la obra de un sujeto que vivió en un momento de la historia y que manifestó los rigores, certezas y contradicciones de una hora particular; de un hombre en un tiempo y un espacio, con todo lo que eso implica. Ver a Bonhoeffer, es encontrarse con un cristiano, un evangélico con bastantes peculiaridades que difícilmente pueden ser delimitadas por la lectura manualística de ciertos “teólogos”, un predicador apasionado y profundo de las Escrituras, uno de los fundadores de la Iglesia Confesante, uno de los autores intelectuales de un tiranicidio frustrado, uno que es mártir en tanto no sólo es alguien que muere, sino quien porta un testimonio que lleva a que su presencia física sea extirpada de la faz de la tierra.

 Entonces, parafraseando a Mariátegui, acá no se trata de hacer calco y copia de las lecturas bonhoefferianas, se trata más bien, de leerlo desde nuestros propios lugares de producción, para crear heroicamente las herramientas que pueden seguir beneficiando a la iglesia en su acción misional en el mundo. ¿Por qué seguir leyendo al pastor y teólogo nacido en Breslau en 1906 un día como hoy? Creo, que por algunas razones como las que me arriesgaré a dar, entendiendo que estas líneas más que un análisis detallado de la obra de Bonhoeffer, buscan ser un estímulo a su lectura. Las razones que propongo son:

1. Por su refutación al liberalismo teológico: Por eso causa una sonrisa y, a veces, otro tipo de reacciones, cuando alguien señala que Bonhoeffer era teológicamente liberal. Quien así procede es porque no ha leído ni media página de lo que él señaló al respecto, y se conformó con la lectura de manuales, o simplemente con la escucha de algún profesor trasnochado. Basta leer el registro de sus discusiones, respetuosas por lo demás de la persona y las ideas, con su profesor Adolf von Harnack. O basta ver el prólogo de su libro “Los salmos: El libro de oración de la Biblia”, para notar que la lectura bíblica es un acto mayor que la mera aplicación del método histórico-crítico (¡y de cualquier otro método hermenéutico!), resultado de la ciencia naturalista, sino una experiencia espiritual de encuentro con la Palabra de Dios, en la que incluso, misteriosamente, oraciones humanas son aquello. Eso era una acción contracultural contra el método que era la ciencia racionalmente incuestionable en las facultades de teología de la fecha.

2. Por su rescate de la catolicidad de la iglesia: Esto en Bonhoeffer era, al igual que en el punto anterior, un acto contracultural, puesto que él provenía de una denominación eclesial que se definía como nacional y que, aún más, estaba ligada al Estado. Por ende, la ecumenicidad de la iglesia, entendida como el alcance universal de la misma, fue un descubrimiento para él, toda vez, que lo que nos debiera unir es la lectura y recepción consciente del mensaje de la Palabra. Hay creyentes de Cristo, pertenecientes a su iglesia, más allá de los límites que pretendemos imaginar. Esto hace total sentido con la idea de la iglesia invisible, aquella que reconoceremos en su total extensión en el Reino consumado.

3. Por su entendimiento de la gracia: Quizá aquí esté el máximo aporte de Bonhoeffer a la teología protestante, la comprensión de la gracia, puesto que ésta fue una de las doctrinas fundantes de la Reforma del siglo XVI. Leyendo “El precio de la gracia. El seguimiento”, nos encontramos con la comprensión de una gracia cara, que al Padre le cuesta su Hijo, que al Hijo le cuesta la muerte ignominiosa en la cruz y que al discípulo le cuesta el seguimiento, es decir, el cortar la mano que hace caer, viene a ser antídoto a dos extremos presentes en distintas denominaciones eclesiales: el legalista y el antinomianismo, ambos espurios hijos de la cristiandad. Es el mensaje que exhorta a aquél que no mira la cruz y que depende de sus obras, como también es el mensaje confrontador para aquél que piensa y cree que Dios te acepta “tal como eres”, sin cambios en la vida y sin esfuerzo en la práctica de la santidad. Es decir, estamos frente a una comprensión que nos recuerda que el resultado de la salvación son las buenas obras, lo que para un reformado que lee, se traducirá en mayor gloria de Dios.

4. Por la práctica de la espiritualidad: Leer a Bonhoeffer, produce en quien lo hace con honestidad, un reencuentro con la espiritualidad. Con la lectura orante de la Biblia, con la meditación detenida de ella, con las disciplinas espirituales, con la confesión de los pecados, cuya riqueza no está en el que realiza dichos “ejercicios”, sino más bien, en quien debe ser fundamento y centro de los mismos: Cristo, porque “no es la pobreza de nuestro corazón, sino la riqueza de la Palabra de Dios la que debe determinar nuestra plegaria”[1] Y esto también es contracultural, pues apelaba en su contexto a una práctica dejada de lado por el liberalismo que se sustentaba en los ideales ilustrados de la razón moderna. Bonhoeffer apelaba a la mística, a la relación devocional con el Redentor, en la que cada acto realizado tiene un cariz espiritual. Era un batatazo al academicismo flemático en pos de una reflexión que diga algo para el aquí y el ahora, como también para el más allá.

5. Por su énfasis en la vida comunitaria: “Vida en comunidad”, sigue siendo lectura obligada para quienes están trabajando en la construcción de comunidades eclesiales, pues centra la mirada en Cristo que es autor y fundamento de la iglesia, pone la mirada en los otros que son tan pecadores como uno, lo que acrecienta una mirada realista frente al ensueño de la “iglesia ideal” de la que uno se va simplemente por la molestia. Es la muestra de vidas que se unen en adoración al Creador, mandatada en la Biblia, ligados fuertemente por el amor al prójimo. Esto, porque la comunidad es la obra del Dios vivo que nos permite una comprensión más firme de la gracia. Cito in extenso: “Debemos persuadirnos de que nuestros sueños de comunidad humana, introducidos en la comunidad, son un auténtico peligro y han de ser destruidos, so pena de muerte para la comunidad. Quien prefiere el propio sueño a la realidad se convierte en un destructor de la comunidad, por más honestas, serias y sinceras que sean sus intenciones personales. / Dios aborrece los ensueños piadosos porque nos hacen duros y pretenciosos. Nos hacen exigir lo imposible a Dios, a los demás y a nosotros mismos. Nos erigen en jueces de los hermanos y de Dios mismo. Nuestra presencia es para los demás un reproche vivo y constante. […] /Todo lo contrario sucede cuando estamos convencidos de que Dios mismo ha puesto el fundamento único sobre el que edificar nuestra comunidad y de que, antes de cualquier iniciativa por nuestra parte, nos ha unido en un solo cuerpo por Jesucristo; pues entonces no entramos en la vida en común con exigencias, sino agradecidos de corazón y en actitud de recibir. Damos gracias a Dios por todo lo que ha obrado en nosotros. Le agradecemos que nos haya dado hermanos que viven, ellos también, bajo su llamada, bajo su perdón, bajo su promesa. No nos quejamos por aquello que no nos da, sino que le damos gracias por cuanto nos concede cada día. Nos da hermanos llamados a compartir nuestra vida pecadora bajo la bendición de su gracia. […] Cuando la vida en comunidad está gravemente amenazada por el pecado y la incomprensión, el hermano, aunque pecador, sigue siendo mi hermano. Estoy con él bajo la palabra de Cristo, y su pecado puede ser para mí una nueva ocasión de bendecir a Dios por permitirnos vivir bajo su gracia. La hora de la gran decepción por causa de los hermanos puede representar para todos nosotros un momento verdaderamente saludable, pues nos hace comprender que no podemos vivir de nuestras propias palabras ni de nuestras obras, sino únicamente de la palabra y de la obra que de verdad nos une con otros, a saber: el perdón de nuestros pecados por Jesucristo”[2].

6. Por su claro entendimiento de la relación entre evangelio y relevancia: Lamentablemente las modas tergiversan a los autores, y es probable que algunas de las reacciones antitodo sean resultado de dicho constructo. Bonhoeffer, el adalid de la relevancia, es una falsificación histórica, puesto que sólo enuncia una media verdad. Los verdaderos adalides de la relevancia eran aquellos que desde la Iglesia Luterana adscribieron al nazismo e hicieron más que genuflexiones a Adolf Hitler y sus esbirros. Ellos estaban a la orden del día. Ellos seguían “los signos de los tiempos” disociados del mensaje. Y esto nos lleva a pensar en Bonhoeffer y su “Ética”, que responde en situaciones complejas a preguntas hechas desde el presente, y desde un presente que exige compromisos y decisiones que no reportan una cotidianidad en contextos de estabilidad social, mostrándonos una vez más que el cristianismo no sólo es expresión de fe, sino una mirada omnicomprensiva de la realidad. Mirada que se hace preguntas y que responde de manera ofensiva a quienes están inmersos en la comodidad de la iglesia intramuros. Pero que se entienda, el mensaje de Bonhoeffer es el mensaje que confiesa a Jesús y la Escritura, que se detiene y basa en dicha proclamación que nace de la fuente de agua viva y no en las cisternas rotas que no retienen agua (Jeremías 2:13). Para el pastor que a la vez es teólogo, la relevancia no está en ponerse a la orden del día. La relevancia de un cristiano está en Cristo y su mensaje y si no está en ella no es. Es agua edulcorada, demasiada actualización que ofende incluso como pregunta. Es entonces, refiriendo a la compilación de sus cartas en prisión, una resistencia que se somete. Resistencia contra el líder y el imperio que se alza como dios y como verdad, enseñándonos a ser minoría que no lloriquea con complejo de víctima, sino más bien, comunidad que avanza en las luchas cotidianas en medio de una cultura que contraviene aquello que creemos, pero que sigue enunciando el mensaje con responsabilidad y claridad. Resistencia de quienes entienden que su verdadera libertad está en quien es Señor de todo y que ella ha sido provista para amar y servir.

 Por estas razones, creo que la lectura de Bonhoeffer sigue siendo pertinente. Manos a la obra. Hay mucho que leer…

 Luis Pino Moyano.


[1] Dietrich Bonhoeffer. Los Salmos: El libro de oración de la Biblia. Bilbao, Editorial Desclée de Brouwer, 2010, p. 19.

[2] Dietrich Bonhoeffer. Vida en comunidad. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2014, pp. 21-23.

Seis años y la salida de casa.

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“Desde Mileto, Pablo mandó llamar a los ancianos de la iglesia de Éfeso. Cuando llegaron, les dijo: ‘Ustedes saben cómo me porté todo el tiempo que estuve con ustedes, desde el primer día que vine a la provincia de Asia. He servido al Señor con toda humildad y con lágrimas, a pesar de haber sido sometido a duras pruebas por las maquinaciones de los judíos. Ustedes saben que no he vacilado en predicarles nada que les fuera de provecho, sino que les he enseñado públicamente y en las casas. A judíos y a griegos les he instado a convertirse a Dios y a creer en nuestro Señor Jesús. Y ahora tengan en cuenta que voy a Jerusalén obligado por el Espíritu, sin saber lo que allí me espera. Lo único que sé es que en todas las ciudades el Espíritu Santo me asegura que me esperan prisiones y sufrimientos. Sin embargo, considero que mi vida carece de valor para mí mismo, con tal de que termine mi carrera y lleve a cabo el servicio que me ha encomendado el Señor Jesús, que es el de dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios […]. Después de decir esto, Pablo se puso de rodillas con todos ellos y oró. Todos lloraban inconsolablemente mientras lo abrazaban y lo besaban. Lo que más los entristecía era su declaración de que ellos no volverían a verlo. Luego lo acompañaron hasta el barco” (Hechos 20:17-24, 36-38).

 Hace un poco más de tres años me correspondió compartir un mensaje basado en este texto a mi comunidad de fe, la Iglesia Puente de Vida. Poco tiempo atrás, había tenido la experiencia de salir de una iglesia en la que participé activamente por quince años. Conocía la experiencia de salir de una casa que me cobijara por tanto tiempo. La lectura de este texto me impactó por dos razones. La primera dice relación con las palabras del Apóstol Pablo. Si se toma en cuenta el texto completo, incluyendo los versículos que están en el paréntesis de la cita, se puede relevar que esta despedida de Pablo de los obispos de la iglesia de Éfeso, una comunidad que él no había plantado, pero en la que colaboró en su desarrollo, es más que el acto de decir adiós. Se trata de un testamento. Pablo dice que no volverá, arguyendo que le espera un momento de prueba, la prisión. A pesar de ello, lo central no está en su sufrimiento, en lo que él está viviendo, léase su servicio en la predicación, en la enseñanza, en el aliento comunitario, sino en que su vida “carece de valor”, porque lo relevante es el seguimiento de Jesús y la tarea de extensión del Reino de Dios en la que por gracia él, como apóstol, había sido incluido. Esto no se trata de nosotros, se trata de Dios, porque es él quien tiene una misión, es él quien trabaja. Lo segundo que me impactó fue la reacción de los presbíteros, pues crecí en un contexto evangélico en el que las emociones se miraban peyorativamente. Entonces ver a ancianos llorando, abrazando, besando a un compañero en la misión era impactante. Quienes salen a la misión son despedidos de su congregación con lágrimas en los ojos. Saben que la tarea es importante, más importante que la propia vida, lo que produce alegría, pero, misteriosamente, hay ligazón con la pena de la separación. No es el llanto aislado, sino el de una comunidad.

 Este texto anduvo rondando por mi cabeza varios días, hasta hoy, que lo leí a mi querida comunidad. Nuevamente estaba despidiéndome de hermanos y hermanas, amigos queridos, amigas queridas. Aunque la circunstancia era totalmente distinta a la vez anterior. En esta ocasión, se trata de un envío. Salgo como misionero de Puente de Vida a trabajar en la plantación de nuestra iglesia madre en la comuna de Maipú, “Refugio de Gracia”. La salida cuenta con el apoyo de mi familia y el apoyo y anuencia del Consistorio de la iglesia, porque creemos que era el momento de comenzar el trabajo ministerial y, además, extender nuestras manos en ayuda de la iglesia que nos envió a misionar. Algo así como una gozosa vuelta de mano. Y siento alegría y temor ante el Dios de la vida que nos ha comisionado en esta tarea. Porque nuevamente, y sin el afán de compararme con el apóstol, sobre todo por nuestro contexto de estar libres de persecución, lo central no está en la tarea realizada por seis años, sino en la misión, en el ministerio de la reconciliación, en el anuncio que habla de Jesús. Sin embargo, y no puedo dejar de decirlo, hay tristeza, pues salgo de mi casa, de la casa de mi comunidad. La casa a la que hace seis años llegué “piojoso”, lleno de parásitos teóricos, ideológicos, prácticos y proyectivos, que expresaban puro dualismo, lo que dicho de otro modo, es Dios ausente de mi agenda. Y si hoy yo en estoy en la agenda de Dios, ha sido por la gracia manifestada en la vida en comunidad, en el cariño, en la amistad, en la exhortación, en el reto, en la mesa compartida, en la adoración cúltica. Feliz del pastoreo cercano y amigo; de trabajar en un consistorio sin gerentes, sino con amigos que pujan como equipo para un mismo lado: el plantar el evangelio en cada corazón; de la posibilidad de trabajar, de aprender y servir; de disfrutar la risa y la sencillez de la amistad. Y, evidentemente, feliz de tener una familia que está en la misión, porque hubo una vuelta a la Biblia y a lo que ella dice respecto a la que es mi primera congregación.

 Y bueno, esta vez, también hubo llanto, abrazos y besos. Muestras del cariño que sólo es posible dimensionar cabalmente en momentos como éste, el del envío y la ausencia. Por todo eso, y más, quiero agradecer a Dios por su hermosa providencia, por traerme en enero del 2010 a Puente de Vida, por exponerme a la predicación del evangelio que me hizo volver a casa, evangelio que me tiró por el suelo y me hizo, desde allí, volver a poner mi mirada en quien me creó. Agradecer a todos y cada uno de los miembros de Puente de Vida, por tanto cariño, amistad, lealtad, felicidad, vida, sencillez. Gracias por permitirme trabajar como presbítero, en la predicación, la enseñanza y otros menesteres. Gracias por la escucha y la preocupación, manifestada en los momentos oportunos.

 Hoy, si bien es cierto, me coloco con todo el amor la camiseta de Refugio de Gracia, de su iglesia plantadora, la 5ª Iglesia Presbiteriana de Santiago, asumiendo la responsabilidad con alegría, lealtad y profundo respeto, debo señalar que debajo, tal y como Chamagol tenía una con la insignia del albo bajo la del Atlante, y Rivarola una de Vegeta con la camiseta azul, yo llevaré debajo la de Puente de Vida, una como la que nos pusimos como familia hoy, en nuestra despedida, por iniciativa de mi hijo Miguel. Gracias queridos y queridas por acompañarnos a Mónica, Miguel, Sophía y a mi al barco de la misión. Por ayudar a que exista un puerto para el barco que es de aquél que vive y permanece para siempre. Por el trabajo de hacernos misioneros de Puente de Vida.

 Les amo. Oren por nosotros.

 “No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, Sino a tu nombre da gloria, Por tu misericordia, por tu verdad” (Salmo 115:1, en la querida y nunca bien ponderada Reina Valera 1960). Hoy como ayer, y siempre, Soli Deo Gloria.

 Luis Pino Moyano.

¿Por qué ex pentecostales llegan a una Iglesia Presbiteriana como la nuestra?

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Soy ex pentecostal y llegué a inicios de 2010 a una iglesia que estaba en proceso de plantación. En dicho proceso, a partir de lecturas relacionadas con dicha dinámica misional de la iglesia, corría con fuerza la idea de no recibir gente venida de otras denominaciones, con la finalidad de no introducir vicios y malas prácticas en una iglesia que recién estaba comenzando. Con el paso del tiempo, nos fuimos dando cuenta que a nuestra comunidad llegaban muchos miembros de otras confesiones, sobre todo ex pentecostales. Varios de los elementos que escribo acá los hemos conversado con Vladimir Pacheco, mi amigo y pastor (a quien libero de responsabilidad de lo escrito acá, sobre todo de los desaciertos y omisiones), y surgen de la profunda y larga reflexión que hicimos respecto a esta temática. De una u otra manera, esta es también “mi historia”, por lo cual  me presento acá con profundo respeto por los hermanos de mi antigua congregación, como por otros pentecostales, amigos en algunos casos, que leerán este post, de quienes no hablo. Estoy refiriendo acá a ex pentecostales que llegan a nuestras comunidades, buscando las razones de dicha migración y viendo cómo trabajar con ellos.

A partir de conversaciones y lecturas nos fuimos dando cuenta que estábamos frente a un fenómeno amplio a nivel latinoamericano, del cual, de una u otra manera no podíamos escapar. De hecho, existe literatura especializada que ha abordado esta problemática. La cientista política Evguenia Fediakova plantea que: “Para algunos líderes pentecostales, la crisis del movimiento se manifiesta en la ‘mundanización’ del pentecostalismo y la pérdida de fieles. Según esta visión, la inserción a la sociedad ‘ha contaminado’ al pueblo evangélico con ‘males mundanos’ y ‘corrompido’ los fundamentos morales de creyentes. Muchos jóvenes evangélicos que salen al mundo profesional, abandonan la iglesia al descubrir que la doctrina pentecostal no siempre es capaz de dar respuestas adecuadas a los problemas laborales, interprersonales o existenciales que los esperan en ‘la sociedad’”[1]. Si bien es cierto, el planteamiento que alude, desde un perfil sociológico, que el ascenso en el capital cultural de los “jóvenes pentecostales” ha sido parte del proceso de migración de las iglesias de dichas denominaciones, no necesariamente es la única explicación. De hecho, sin ánimo de negar dicha tesis –por el contrario, es una variable-, no tiene en cuenta factores eclesiológicos que son de suma importancia, y que incluye, no sólo a un sector profesionalizado, sino también, a otras personas de distintas edades y acerbos culturales y sociales.

A partir de nuestra experiencia (que no es normativa, como toda experiencia), me permito enumerar algunas de las razones que complementan la mirada desde las ciencias sociales:

a. La ausencia de confesionalidad del mundo pentecostal, lo que da amplias oportunidades a quienes buscan conocimientos. La ausencia de confesionalidad es otra manera de denominar la ausencia de “comunidad de fe” en una congregación, pues existe la posibilidad de la interpretación particular de las Escrituras. Por otro lado, los procesos migratorios de pentecostales no sólo se dan dentro sectores reformados, sino también a otros espectros teológicos (por ejemplo, a sectores liberales), lo que releva las amplias posibilidades de las nuevas lecturas. El acercamiento al mundo reformado se hace por el encuentro, fundamentalmente, con las doctrinas de la gracia (especialmente, de los cinco puntos del calvinismo), lo que luego deriva en el conocimiento, o descubrimiento, de otros elementos de la teología reformada, que enfatizan en la soberanía de Dios y una cosmovisión centrada en la Escritura, la que no sólo tiene implicancias en lo puramente eclesial, sino en la expresión de fe extra-muros de la iglesia: en el trabajo, en los estudios, en la familia, en la vida misma. El encuentro con la fe reformada trasunta en el encuentro con la Escritura y una visión total, omnicomprensiva, provista por ella.

b. La ausencia de la predicación del Evangelio. El énfasis sinérgico en las obras y en el perfeccionismo (de origen wesleyano, metodista, de donde emerge el pentecostalismo chileno), se traduce en una pesada carga para las personas que luchan toda su vida por “ganar la salvación”. “Andar en novedad de vida” no es resultado de la obra del Espíritu Santo, sino del esfuerzo que merece la gracia. Probablemente, no se enuncie siempre (o nunca) de esa manera, pero ahí está la culpa, vergüenza y lucha que cansa de quienes llegan a nuestra iglesia. Eso se hace patente, por ejemplo, en los exámenes de nuevos miembros, ante la pregunta: “¿qué ha sido lo más significativo de participar en nuestra iglesia?” y la mayoría de las personas, da cuenta de este aspecto, el de la liberación de la culpa y del peso innecesario que implica servir al Señor. El evangelio, transforma la visión y, junto con ello, libera para vivir el amor.

c. La ausencia de prácticas sanas del liderazgo. Otro de los aspectos que en la mayoría de las ocasiones enuncian los nuevos miembros de nuestra iglesia, y que proceden del mundo pentecostal, dice relación con los aspectos referidos al gobierno y administración de su ex comunidad. Abusos de poder de liderazgos tiránicos, uso indebido de recursos económicos, poca posibilidad para servir (escaso discernimiento de los dones de los miembros de las iglesias), ausencia de disciplina bíblica, nepotismo, entre otras. Por eso es que de lo que estamos hablando acá no es del “robo de ovejas”, como suele peyorativamente llamarse a los fenómenos migratorios de iglesias, sino de la sanidad de creyentes dañados en sus prácticas de fe. Es así como el sistema de gobierno presbiteriano, que nos libra de todas las tiranías (la de nosotros mismos y los demás), es de los puntos que más destacan, junto a la transparencia respecto a los recursos, los que vienen a ser elementos que tranquilizan la conciencia y permiten vivir la comunidad sin riesgos ni a la defensiva.

 A partir de dichas realidades eclesiales, ¿cómo trabajar con ex pentecostales?

 Los tres aspectos negativos que he enunciado anteriormente, requieren de un proceso de desintoxicación, tanto en la doctrina y la práctica, que debe darse en la participación de todas las instancias que la vida de la iglesia provee: cultos, estudios bíblicos, cursos de catecúmenos, grupos pequeños, vigilias, encuentros presbiteriales, etcétera. Y es, en dichas circunstancias que hemos notado, que nuestros hermanos no son puros cachos (forma en la que en Chile se refiere a personas que causan problemas), sino una verdadera bendición para la vida de la iglesia. Los ex pentecostales han sido un factor dinamizador de la vida comunitaria, destacándose la solicitud manifestada en un cristianismo militante, que implica la disposición a aprender-obedeciendo la Escritura, y sobre todo al servicio voluntario y diligente, no sólo en los aspectos cúlticos, sino además en la integración, la acogida, los trabajos de aseo y ornato de las dependencias del templo, en el compartir la vida con otros, y más. Sin duda, eso no es un aprendizaje reciente, sino algo que aprendieron y vivieron en sus antiguas congregaciones. Y dicho fervor, por gracia, es contagioso.

 Lo anterior, implica un proceso de resignificación del pasado vivido, en la clave del rescate de lo bueno aprendido y del perdón que restaura el daño o lo malo realizado-y-recibido. Ahí la gracia y la providencia son claves de lectura de la vida. Ellos no perdieron el tiempo en su anterior experiencia de fe, por algo estuvieron ahí, por algo Dios los llamó a la caminata de la fe en dichas iglesias. Por ello, el proceso de inducción al presbiterianismo debe emerger de la lectura de la Palabra y el estudio de la confesionalidad, de tal manera que más que iconoclastas de su pasado, estos hermanos aterricen su fe y la vivan, entendiendo que todo lo que Dios ha hecho es bueno y que, por ende, no pueden ni deben hacer tabula rasa de su pasado. Por ende, estos hermanos deben disponerse a no ser meros consumidores de fe, sino miembros que aprenden y sirven en comunidad en un nuevo proceso de hermandad.

Luis Pino Moyano.


[1] Evguenia Fediakova. Evangélicos, política y sociedad en Chile: Dejando el “refugio de las masas” 1990-2010. Santiago, Centro Evangélico de Estudios Pentecostales e Instituto de Estudios Avanzados de la USACH, 2013, p. 39.