Entrevista en la página de la Iglesia Presbiteriana de Chile.

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El día 1 de julio de 2015, la página de la Iglesia Presbiteriana de Chile compartió una entrevista que me realizaron, para conocer de mi quehacer y reflexión en torno a lo realizado hasta el momento como candidato al sagrado ministerio del Presbiterio Centro de dicha comunidad.

  1. Cuéntanos un poco de ti ¿Nombre? ¿Estado civil? ¿Hijos?

 Soy Luis Rodrigo Pino Moyano, puentealtino de nacimiento, tengo 33 años, estoy casado con Mónica González. Juntos somos padres de Miguel Ignacio de 5 años y Sophía Javiera de 2 años y 8 meses.

  1. ¿En qué iglesias estás actualmente sirviendo y cuéntanos un poco de lo que haces?

 Soy miembro de la 11ª Iglesia Presbiteriana de Santiago “Puente de Vida”. En esta comunidad tengo distintas labores como presbítero regente: colaboro en la predicación, lo que es un tremendo desafío y responsabilidad. A la par de eso, en algunas ocasiones he trabajado junto al pastor Vladimir en el diseño de algunas de las series de mensajes. Lidero el grupo pequeño de “Lomas de Eyzaguirre” (los viernes, desde las 21:00 hrs.), que es un conjunto de condominios muy cerca del límite entre Puente Alto y el Cajón del Maipo, en el que estudiamos y conversamos los textos que serán expuestos en el sermón del día domingo. Colaboro con una de las clases del curso de catecúmenos, y este año, junto a Carlos Parada, tenemos la tarea de hacer clases de historia de la iglesia, todos los primeros sábados del mes, siguiendo el plan del libro de Justo González, “Historia del cristianismo”. Hemos tenido dos clases y ha sido una experiencia muy bella, puesto que nos conduce a vislumbrar que somos comunidad, que somos iglesia, no sólo con nuestros hermanos del hoy, sino también con los del ayer, además de un llamado a la humildad, puesto que nos encontramos que no inventamos nada. Los temas, discusiones, preocupaciones y problemáticas más relevantes llevan siglos de antigüedad. También soy secretario del consistorio, cosa bastante compleja para quien gusta de la historia, porque siempre estoy pensando en qué me gustaría encontrar en “los papeles” para hacer historia.

A nivel presbiterial, este año me ha correspondido ser asesor del Departamento de Jóvenes, lo que no sólo ha sido un desafío, sino también un reencuentro con una labor que me apasiona. Ver a jóvenes que aman a Jesús, que luchan día a día por la fuerza que el Espíritu les da, ya sea en los estudios, en el trabajo, en las familias, en sus relaciones amicales, y poder tender una mano con sentido pastoral es una hermosa bendición. Trabajar con David y con Claudio, y con los líderes de cada iglesia, ha sido un tremendo privilegio

Paralelo a todo eso, soy profesor en el Colegio Andino Antuquelén, en El Manzano (Cajón del Maipo), el que es un espacio de inclusión y mediado por el arte. Ahí hago clases de historia y de realidad nacional, unos talleres, coordino el área de Ciencias Sociales, trabajo en la web y en las redes sociales del colegio. Algo así como tirar el córner y cabecearlo. Uf! Mucha pega. Pero Dios es quien me llena de fuerzas en todas estas labores que son parte de la Misión, que sólo es suya.

  1. ¿Cómo llegaste al convencimiento de que Dios te estaba llamando al ministerio?

 A los 18 años, siendo un joven pentecostal, sentí en mi corazón, en un culto que despertó varias vocaciones, el llamado al pastorado. Por ello, ingresé a estudiar teología al Instituto Bíblico Nacional, con el anhelo de aprender para servir. En mi antiguo contexto eclesial no se estilaba señalar dicho llamado, por lo cual era una cuestión oculta, aparentemente. Pero dicho llamado salía a la luz en el trabajo con jóvenes y sobre todo en la predicación. Si hay algo que me encanta y apasiona realizar es predicar, hablar de Jesús, de la gracia soberana y abundante.

Lamentablemente, lo que nos pasa a muchos en dichos contextos, cuando tenemos ganas de aprender, ante la ausencia de confesionalidad, nos llenamos de otras ideas y pensamientos, lo que conlleva a otros proyectos. Cuando mis pasos iban enrielados a otro camino (sin dejar de asistir a la iglesia, por lo demás), la llegada a Puente de Vida me trajo de regreso a casa. Allí el papel de Vladimir fue clave. En una ocasión, me pidió predicar basado en el texto de Nehemías capítulo 5. El sermón se llamaba “El poder de la justicia social”. Yo me froté las manos y sonrientemente me dije “- este es mi tema”. Cuando estaba terminando el sermón, me hago una pregunta simple que de un sopetón se convirtió en la pregunta existencial: “- ¿Con qué ojos estoy leyendo esto? ¿Con los ojos de Cristo o con los ojos de Marx?”. La respuesta fue dura, porque no sólo mi sermón, sino mi vida la estaba viendo con otros ojos y no con los de quien es el camino, la verdad y la vida. Estaba cambiando a la fuente de agua viva por cisternas rotas que no retienen agua. Allí, la predicación del evangelio domingo a domingo, el pastoreo presente y significativo, la vida en comunidad reconstruida, la confrontación con el pecado, todo eso me restauró y despertó la vocación oculta, tanto como un fuego ardiendo que no pude resistir. Hoy no quiero ser-y-hacer otra cosa que un siervo de Cristo mi Señor y predicar hasta que mi cabeza tenga memoria de la sola gracia.

Sólo decir algo más. Hay dos tipos de ejemplos que me motivan en el camino al ministerio pastoral. El pastor presbiteriano que exhorta aprendiendo, que expone con claridad el mensaje, que es leal a los símbolos de la fe reformada y a su comunidad, que entiende que el trabajo no lo hace solo sino al lado, hombro con hombro, junto a un consistorio. Y por otro lado, los viejos pastores pentecostales que pude conocer. Hombres honrados, fieles, militantes cristianos, que andaban con la Biblia y el diario debajo del brazo, y este último no para informarse sino para taparse en las noches teniendo las estrellas del cielo como techo. Hombres que eran convocados al pastorado y a la semana estaban en el destino, por lejano que fuera, por amor a Cristo. Ambos modelos tienen algo en común: la gloria de Dios. Dios me ayude.

  1. ¿Tu familia cómo se lo ha tomado?

 Mi esposa Mónica ha sido fundamental en este proceso. Con ella he aprendido a ser esposo y padre, hombre en definitiva, con todo lo que ello implica. Recuerdo cuando le dije que volvería al Seminario para proseguir los pasos al ministerio pastoral. Su respuesta fue breve pero elocuente: “-Menos mal que te diste cuenta”. Ese día lo conversamos con Vladimir y nos enfilamos en este camino. Es maravilloso tener una mujer que camina codo a codo con uno, que apoya y alienta en las distintas tareas, trasnoches de estudio, domingos de predicación en Puente de Vida o cuando me invitan a otras iglesias. Ver que con ella, Miguel y Sophía mis hijos, van creciendo y conociendo el amor de Jesús, orando por mí y colaborando en los trabajos, amando la misión y la comunidad. Dones de Dios que me hacen sentir un hombre feliz por todos estos instrumentos de paz que me ayudan en esta caminata.

  1. Hoy estás estudiando para seguir el proceso de capacitación, cuéntanos ¿Qué ha significado el seminario para tu vida?

El Seminario Teológico Presbiteriano ha sido tremendamente relevante en este tiempo. Por varias razones, siendo la primera de ellas el que sea el Seminario de la Iglesia Presbiteriana de Chile. Es decir, todo lo que nosotros estamos aprendiendo tiene que ver con el servicio a nuestras iglesias, rescatando todo lo bueno de ellas y buscando reformar lo malo de estas comunidades de santos pecadores. Por otro lado, el Seminario es un espacio confesional, que busca relevar, rescatar y producir teología reformada, expresando lealtad a nuestros símbolos de fe, haciendo nuestra la herencia de Calvino, Knox, Bavinck, Kuyper, Berkhof y tantos otros, a modo de marco teórico y lugar de producción. Además, es un espacio académico, que desde “el sentido presbiteriano de la vida” dialoga con otras disciplinas de estudio, no perdiendo la capacidad de asombro frente al Dios eterno, haciéndonos viejas y nuevas preguntas para el hoy, a la par del amplio proceso de lecturas que aportan a la caja de herramientas teológica, misional y pastoral. Otra de las cosas que más me ha marcado del seminario es su perfil misional. La misiología no disocia la reflexión y el análisis del quehacer, por el contrario, nos lleva a pensar y vivir la misión en la ciudad, la plantación y revitalización de nuevas iglesias, junto a otras tareas extensivas del Reino de Dios en la sociedad. Y quizá lo más importante, es que el Seminario es un taller de oficios, en el que varios de los que pasamos por sus aulas caminamos al ministerio pastoral, o sea, en un futuro, potencialmente, seremos colegas en el ministerio. A su vez, nuestros profesores, en su mayoría son pastores de la IPCH, que leen sus materias desde esa labor, y que más adelante, también serán nuestros colegas. La reflexión, la amistad-fraternidad, los proyectos y las aulas confluyen en dicho espacio que debemos potenciar. De hecho, espero en un futuro no muy lejano apoyar a nuestra casa de estudios desde la docencia, sobre todo en el área de la historia, las ciencias sociales y la pedagogía, lo cual no sólo veo como una tarea o un privilegio, sino también como un deber: dar de gracia de lo que por gracia he recibido. Nada más que eso.

  1. ¿Cuáles son, según tu punto de vista, los mayores desafíos de la IPCH? ¿Cómo podrías aportar en esto?

Según mi punto de vista, la IPCH vive un momento de aceleración en su historia. En términos historiográficos, de esos escasos momentos en los que confluyen factores de corta, mediana y larga duración. Dichos factores tienen que ver con la plantación de nuevas iglesias y con la misión. Todo eso trae desafíos. El primero de ellos no es transar el mensaje de Cristo, verdadera agua viva, por la relevancia y el éxito financiero y numérico. Cosas importantes, pero que en nuestros corazones pueden transformarse en ídolos. Es decir, sin transar el mensaje responder al hombre, la mujer, el joven y el niño de hoy. Además de eso, un desafío de larga duración es cómo fortalecemos nuestra identidad presbiteriana sobrepasando las barreras subjetivas que impone la pesada tradición episcopal y jerárquica del catolicismo romano presente en América Latina desde la Colonia. La pregunta es, ¿cómo generamos más liderazgos colaborativos? Y mejor aún, ¿cómo hacemos para que los consistorios no se transformen en espacios burocráticos que ralentizan la misión, sino que se constituyan en talleres para obreros que miran pastoralmente sus procesos? Pienso también en la tendencia latinoamericana de pentecostales y neopentecostales que están llegando a nuestras iglesias por el acercamiento a algunas de las verdades reformadas, preguntándome en ¿cómo hacemos para ayudarles en sus preguntas y en su búsqueda de conocer al Dios de la Biblia, sin matar su amor por la obra y el carácter servicial que mayormente les caracteriza? O más aún, ¿cómo dejamos de lado el falso concepto de hermanos mayores y de iglesia histórica, que nos hemos o nos han impuesto, para servir a quienes buscan sanidad de la mente y el corazón? ¿Cómo aportar? Pienso en dos miradas que debería hacer caminar juntas: la mirada pastoral y fraternal, junto a la mirada académica. Creo que debiésemos generar muchos espacios multidisciplinarios y desde las distintas áreas de servicio de la IPCH, para orar por nuestra realidad y pensarla. A veces caemos en el mismo error de distintos grupos en América Latina: tratar de imponer por fórceps todo aquello que nos dictan desde Europa y Estados Unidos en nuestra realidad, pensado en que si la teoría no se condice la realidad es la realidad la que está equivocada. Debemos, sin dejar de leer todos los libros y producciones que aportan, producir y sistematizar conocimiento que esté ligado a nuestras realidades, sea esta nacional, regional, comunal, barrial. Y ahí tenemos mucha gente, que de dar trabajo puede pasar a trabajar y a seguir el proyecto de Dios. Biblia abierta, ojos bien abiertos, manos que trabajan y ayudan. En todo esto me gustaría aportar.

  1. ¿Por qué quisieras que la Iglesia Presbiteriana de Chile orara por ti?

Quisiera que me ayudaran a orar por tres motivos: en primer lugar, por mi familia, por Mónica mi esposa, por Miguel y Sophía, y al orar por ellos, oren por mí para que Dios me ayude a ser el esposo y padre que pastorea el corazón de la que es “mi primera iglesia”. En segundo lugar, quisiera que oraran por los proyectos que estamos pensando para el próximo año, tanto para ser seminarista a tiempo completo y a la vez el inicio de la caminata a un nuevo proyecto de plantación de iglesia en Puente Alto. Y finalmente, para que Dios sea glorificado siempre y para que la fuerza del Espíritu Santo me anime en toda labor. Muchas gracias, de antemano, por sus oraciones al Dios de la vida.

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Parar la máquina.

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Y si en vez de seguir caminando

hacia horizontes inconclusos,

caminando por tierras áridas,

sembrando semillas estériles,

masticando el amargo dolor, 
durmiendo sin soñar,

escribiendo para que te lean sin leer,

peleando con la vida sin disfrutar-la,

aguantando lágrimas que luchan con la gravedad,

apretando dientes y el ceño hasta explosionar,

viviendo sin hacer,

andando sin avanzar…

 

damos un paso al costado,

cerramos el boliche,

y sin que nadie nos vea,

tocando la cada vez más real soledad,

nos atrevemos de una vez por todas

a descansar de verdad,

a parar la máquina…

 

No es necesario el esfuerzo vacuo.

El mundo caminará.

Al carajo Brecht y sus imprescindibles que luchan toda la vida.

Al carajo… total hace rato no soy el mejor.

Ni quiero serlo.

Eso.

 

Luis Pino Moyano.

¿Salir de la “vieja y querida sinagoga de Nazaret”?

Jesús en Nazaret.

“Por eso les dijo: — Sólo en su propia tierra, en su propia casa y entre sus familiares menosprecian a un profeta” (Marcos 6:4).

 Cuando Jesús ocupa este proverbio y lo enuncia en la sinagoga de Nazaret, no está avalando una realidad. Simplemente está constatando una realidad. Una triste realidad. Tristemente, en muchos lugares la actitud de menosprecio a los que crecen en un espacio, impidiendo el desarrollo de los dones que por gracia han recibido, se sigue repitiendo. Pero más tristemente aún, algunos piensan que deben gastar sus energías dando batallas personales para que las cosas cambien, simplemente por el gustito de seguir estando en la “vieja y querida sinagoga de Nazaret”…

 Es triste, porque piensan en la muerte al más puro estilo del mártir, esforzándose y gastándose por una posible pequeña victoria, o muriendo en el intento, para luego pasar del desuso al olvido.

 Es triste, porque, en el fondo, piensan en su muerte y no en la muerte de Cristo que les da la vida por gracia.

 Es triste, porque olvidan que la misión no es de ellos, sino de Dios que les ha convocado a la misión.

 Es triste, porque gastan sus fuerzas en cuestiones inútiles, toda vez que su condición de miembro del cuerpo parece más una prótesis forzada e incómoda.

 Es triste, porque no viven el evangelio de la gracia y el gozo y descanso para el alma que él produce.

 Si en tu “sinagoga de Nazaret” te menosprecian no pienses que ir a otro espacio constituye al que te recibe en “ladrón de ovejas”. No es ladrón aquél que abre la puerta del redil a una oveja desamparada y perniquebrada.

 Y por otro lado, es probable que mires con más gracia a los miembros de la “vieja y querida sinagoga de Nazaret” estando fuera de ella, que combatiendo por girar sus pesadas y naturalizadas realidades. A veces, será mejor, ir como Jesús a “las aldeas de alrededor” (v. 6b).

 Un abrazo, Luis…

Con las manos en el arado…

Asamblea del H. Presbiterio Centro de la IPCH, 23 al 25 de enero de 2014.

Asamblea del H. Presbiterio Centro de la IPCH, 23 al 25 de enero de 2014.

El Pr. Vladimir Pacheco comunicándome la aprobación de mi candidatura al Sagrado Ministerio y de que el sería mi tutor eclesiástico.

El Pr. Vladimir Pacheco comunicándome la aprobación de mi candidatura al Sagrado Ministerio y de que el sería mi tutor eclesiástico.

“Se comprende lo que es el sistema de gobierno presbiteral sólo cuando se participa en una Asamblea Presbiteral. En medio de la COMUNIDAD DE HERMANOS es dónde uno se da cuenta de la dimensión concreta del ejercicio del oficio de servicio y de gobierno para la gloria del Nombre de Dios en la Iglesia. Todos iguales, comprados por igual precio, cada uno en la Brisa del mismo Espíritu con las notas de la particularidad de los dones de la multiforme gracia del Señor. Sabiduría, prudencia, humildad, honestidad, humor, fraternidad verdadera y constatable. Doy gracias a Dios por haber participado en esta Asamblea de Verano del H. Presbiterio Centro… Alegría de saberme parte de un Cuerpo… del Cuerpo de Cristo. ¡Aleluyah! SOLI DEO GLORIA”. Cuánta razón hay en las palabras de mi amigo, el Presbítero Carlos Parada. Eso fue lo que vivimos en la Asamblea de Verano del Presbiterio Centro de la Iglesia Presbiteriana de Chile, durante los días 23 al 25 de enero de 2014, realizada en la 2ª Iglesia Presbiteriana de Santiago. Maravilloso poder conocer a pastores y hermanos que con esfuerzo y dedicación contribuyen a la edificación del cuerpo de Cristo, teniendo como motivación la gloria de Dios.

Durante el día viernes 24 de enero me tocó vivir un momento inolvidable. Fue presentada mi candidatura al Sagrado Ministerio y, por ello, fui examinado sobre mi vocación pastoral. Estaba muy nervioso, pero en un clima de madurez, honestidad y solidaridad emergieron recuerdos, certezas y proyecciones. Y por lo mismo, mucho que agradecer a Dios. Debo agradecer por mi familia consanguínea, por mi papá, mamá, hermanos y hermanas, porque fue en ese hogar el primer lugar en el que se me anunció el evangelio, experimentando la bendición del pacto que Dios hace con familias. Agradecer por el paso formador en el Instituto Bíblico Nacional, en la Universidad Arturo Prat, en la Universidad Academia de Humanismo Cristiano y en la Universidad de Santiago de Chile, lugares en los que aprendí y tuve la oportunidad de conocer a amigos y profesores con los cuales el ejercicio intelectual, el diálogo y el aprendizaje fueron parte de un ejercicio cotidiano. Agradecer por mi paso por la Iglesia Pentecostal Naciente, por la bendición de haber sido pastoreado por una mujer ejemplar, virtuosa al decir del proverbista, la pastora Zulema Guajardo. También por las personas que ayudaron en mi crecimiento y formación, en especial al Departamento Juvenil, lugar en el que trabajé junto amigos por largos años. Agradecer por mis amigos Pablo y Cristian, quienes siempre han estado. Agradecer por la Iglesia Puente de Vida, mi comunidad de fe, el lugar donde están amigos y hermanos que me ayudan a crecer cada día, con quienes puedo servir y aprender. En Puente de Vida, me he encontrado con el evangelio, con la luz de la Sola Escritura. Allí he aprendido a ser hombre, padre y esposo (¡Gracias Luis y Silvia por el aporte tremendo!). Y he podido volver al hogar, a tomar, nuevamente, la mancera del arado. A los 18 años ingresé a estudiar al IBN con el íntimo propósito de prepararme para el ministerio y hoy estoy, nuevamente, en ese camino. Aquí ha sido clave el trabajo de Vladimir, mi amigo y pastor, quien desde antes del 24 de enero ha sido, informalmente, mi tutor eclesiástico, exhortando, enseñando, ayudando y confrontando con su palabra y vida. Agradecer por la Iglesia Presbiteriana de Chile por su énfasis escritural, teológico, confesional y constitucional. Al Seminario Teológico Presbiteriano José Manuel Ibáñez Guzmán, a sus profesores, funcionarios y estudiantes, por la enseñanza de calidad, por el aprendizaje, el diálogo y la amistad. Agradecer por mi familia, por Mónica mi amada esposa que siempre ha estado conmigo y con su amor, paciencia, sabiduría y complicidad he podido crecer y refundar mi vida, nuestras vidas, en las Escrituras, por mis hijos Miguel y Sophía, los hijos que Dios me ha dado y a quienes por sola gracia puedo pastorear, enseñar y amar. En definitiva, y por sobre todas las cosas, agradecer a Dios, porque en su providencia he podido vivir todo lo que he señalado con antelación, a Jesús mi Redentor, el maestro que ha trazado el camino por el cual debo vivir y el Señor al que me someto de todo corazón y al Espíritu que me anima a trabajar para mayor gloria de Aquél que vive y permanece para siempre.

Esto recién comienza. Hay mucho que trabajar, estudiar y vivir. Faltan procesos por empezar y culminar. Pero hay una tremenda certeza: Mi familia, mi pasado-presente-futuro está en las manos de quien me creó y me amó. Y sólo por gracia, con mis manos en el arado. Soli Deo Gloria. Estoy feliz y con un fuerte sentido de responsabilidad. Feliz porque la misión es de Dios. Sentido de responsabilidad, porque la agenda de esa misión no está en mis manos, por lo que mi respuesta es, simplemente, “heme aquí, envíame a mí”.

Luis Pino Moyano.

A mi Tata.

Manuel Pino Parada.

Desde que leí La Tregua de Mario Benedetti no puedo decir que alguien “falleció”. Mi Tata murió ayer, y tal como muchas veces lo pensé, recibí la noticia de ese acontecimiento mientras estaba con mis compañer@s estudiantes del Andino haciendo una clase de Historia. Cómo poder explicar que algo es previsible pero inesperado. Por eso no había palabras preparadas y ante la premura de esta ocasión quise escribir estas letras, porque quiero hacer un digno homenaje a mi Tata. Quiero expresar palabras claras y firmes sin titubear por algún instante.

Tata, en esta ocasión me tomaré una licencia como escribiente de estas palabras. Haré algo que nunca he hecho cuando conversé contigo. Hablaré de “tú-a-tú”. Ayer Vladimir, mi amigo y pastor, dijo que tú habías atravesado casi todo el siglo XX y así fue. Eso es lo primero que quiero decirte. Miguel alcanzó escasamente a conocerte y Sophía sólo te dio algunas sonrisas sin comprender a cabalidad quien eras. Pero quiero señalarte que tu memoria será imperecedera. Que los tallos podrán ser cortados, como decía la lira popular, pero nunca la raíz. Mi hijo e hija sabrán de ese humilde niño talagantino que iba a la escuela y que en invierno hacía sonar la escarcha con sus pies azulados desnudos. Sabrán también del estudiante que, en una sociedad elitista, con mucho esfuerzo llegó a estudiar al Valentín Letelier y, luego, a la Escuela de Artes y Oficios. Sabrán del niño que tuvo que hacerse hombre volviendo a trabajar a la talabartería de su padre. Sabrán de quien manejó carros y micros por las calles de Santiago y que fuiste testigo de las dos “huelgas de la chaucha”. Sabrán de quien fue taxista y dirigente, luchando por la organización y los derechos de los trabajadores, inclusive, en las épocas más álgidas de nuestra historia. Sabrán de quien fue mecánico en el Haras de Pirque. Sabrán del “Maestro Pino”, a quien siempre vi recibir el saludo de cariño y respeto. Sabrán de aquél trabajador que hasta hace muy poco se levantaba a las 5:30 de la mañana para ir a laburar, que compraba las herramientas que le hacían falta para ejercer con calidad su oficio. Sabrán de quien gustaba del buen fútbol, y que, probablemente, siguiendo a su jugador favorito, el mejor de la historia según tú, René Orlando Melendez, dejó de hacer barra al Everton de Viña del Mar para hinchar por el equipo azul, la Universidad de Chile. Sabrán también de quien fue esposo de una mujer inigualable e imprescindible, Graciela, mi Mamita Chela, y que con ella engendraste a Luis, Patricia y Jessica. Sabrán del abuelo de siete nietos y del bisabuelo de cinco hermosos niños y niñas.

Pero quiero también, en esta ocasión, agradecerte por ser más que un “abuelo”. Por ser mi Tata. Porque hasta el último día en que tu memoria pudo reconocerme me dijiste Rodriguito. Y, porque cuando en tu propia batalla por la memoria no pudiste reconocerme, un día le dijiste a mi bienamada Mónica que me cuidara. Cómo olvidar todos los partidos de fútbol y carreras de Fórmula 1 que vimos. Cómo olvidar los pollitos asados de la calle Clavero que compraste para compartirlos conmigo. Cómo lamento no haberme tomado nunca un Schop contigo mientras comíamos un lomito o un completo en el Nino Pizza. Cómo olvidar esos paseos a Cartagena que organizabas para tus compañeros de trabajo. Cómo olvidar las veces que me enseñaste a escribir, a memorizar las tablas de multiplicar. Cómo no recordar aquella ocasión cuando me retaste porque me colgué una moneda de $1 como medalla, impugnando el hecho de que tuviese a O’Higgins, un traidor en mi pecho, y acto seguido diciéndome que Manuel Rodríguez era el verdadero “padre de la patria”. Cómo olvidar que fue contigo con quien conocí de Salvador Allende, y que si hoy podría recitar su último discurso de memoria fue por todas las veces que lo escuché contigo en ese casete que era la copia de la copia de la copia. Cómo olvidar la vida contigo, los fines de semana y los veranos de mi infancia, en los que te esperaba para ayudarte a cargar tu maletín lleno de herramientas, o las noches en las que te visitaba, o aquél tiempo desde el 2005 al 2007 en el que vivimos juntos. Cómo olvidar esas noches viendo a Paulsen en Última Mirada o a la Carola Urrejola en Medianoche, mediados por un té o una sopa Maggie cuando hacía mucho frío, y las conversaciones y discusiones de política, en las que con mucha pasión argumentábamos nuestras posiciones. Cómo no recordar tu complicidad la que se manifestó por años en actos simples y cotidianos y, también, en los más importantes, en los que repitiendo la historia fuiste el primero en apoyar mi matrimonio. Son tantos momentos, tantos recuerdos, tantas esperanzas, tantas convicciones.

Yo sé que cometiste muchos errores como esposo, pero no olvidaré tus esfuerzos y lealtad por mantener viva la memoria de quien fuera tu esposa. Sé que cometiste muchos errores como padre, pero si pudiera imitar algo de ti, sería que nunca te vi decirles un solo garabato a tu hijo e hijas, que nunca te vi tutearlos, que siempre te escuché verbalmente tratarlos con mucho respeto, además de ir en ayuda de él y ellas en los momentos difíciles de la vida. Y, por supuesto, si viviera muchos años y Miguel y Sophía hicieran que fuese abuelo, me encantaría ser un Tata como tú, respetuoso, figura paternal y protectora, maestro de vida, compañero en el pleno sentido de la expresión, cariñoso, solidario, entregado totalmente. Fuiste un hombre de verdad, por eso te amo y te admiro.

No quisiera terminar estas palabras sin agradecer a mi papá, a mi mamá, a Dámaris, Camilo y Abigail, por vivir estos últimos años con él, por cuidarlo, por alimentarlo y por experimentar algo que ningún testigo afuerino puede dimensionar a cabalidad: el sacrificio de sostener y vivir junto a un enfermo postrado y que poco a poco fue perdiendo su memoria. Yo sé que la semilla que ustedes hicieron caer en buena tierra germinará en hermosos frutos. Y, por supuesto, agradecer a Dios porque en su soberana providencia nos permitió gozar la vida junto a Héctor Manuel Pino Parada, por todos los aprendizajes y alegrías y, también, por las penas, enojos y luchas.

La letra avanzó, nuevamente, sola. Algunas lágrimas también. Termino de escribir esto con la seguridad de que no será la última vez que hable de ti. Hasta siempre, Tata.

San Bernardo, 18 de mayo de 2013.

Luis Rodrigo Pino Moyano.

Manuel, Miguel, Luis y Luis.