La teología es para la doxología.

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Luis Pino Moyano[1].

* Publicado originalmente en Cantemos el Evangelio.

A comienzos de la década del 2000 iba rumbo a mi casa en un microbús, luego de una jornada laboral ardua, y viendo por la ventana me encontré con una muy humilde librería que tenía en su mostrador un ejemplar de un libro que hace un tiempo buscaba: Teología concisa, del teólogo anglicano J. I. Packer. Me paré de un sopetón, toqué el timbre, crucé la calle y compré el libro. Tomé otro microbús y me fui a casa. Mientras viajaba comencé a leer y en el prefacio, en la segunda página del libro, me encontré con una de las declaraciones más bellas y contundentes que he leído de la pluma de un teólogo. El impacto fue inmediato. Y la memoria, desde ese día, comenzó su trabajo de discernimiento de la realidad. Packer dijo: “Tal como les digo con frecuencia a mis estudiantes, la teología es para la doxología y la consagración; esto es para alabar a Dios y practicar la santidad. Por consiguiente, se la debe presentar de tal forma que nos haga conscientes de la presencia divina. La teología se halla en su momento más sano cuando se halla conscientemente bajo el ojo de Dios y cuando está cantando para su gloria”[2]. Analicemos lo dicho acá.

  1. La teología es para la doxología.

 Doxología, literalmente, significa palabra o discurso de gloria. A lo largo de la historia se aplicaba a la alabanza a la Trinidad. Cuando Packer hace su planteamiento nos vuela la cabeza, porque nos muestra a la teología con una finalidad bastante diferente a la que nosotros pensamos en la cotidianidad: la teología no es para agigantar nuestros cerebros de conocimiento memorable ni mucho menos para aparentar saber tanto que despreciamos a hermanos que carecerían de dicho saber; no, la teología es para la adoración, para alabar al Dios de la vida, conociendo lo que la Biblia nos dice acerca del ser de Dios, de su carácter santo, de sus atributos.

Entonces, no es verdadero conocimiento de Dios aquél que busca meros aprendizajes, o el aplauso de las personas, o los likes de Facebook. Conocer, bíblicamente, implica intimidad, cercanía, la que no es posible sin un acto de gracia de aquél que nos amó desde la eternidad. Cuando conocemos a Dios reconocemos que Él es eterno, grande, impecable, todopoderoso, omnisciente, omnipresente, mientras que nosotros somos finitos, pequeños, pecables, débiles, con capacidades físicas y cognitivas limitadas. Frente a dicha realidad, no queda otra alternativa que alzar las manos al cielo y adorar al Dios que vive y permanece para siempre. Pero, por si esto fuera poco, la revelación registrada en la Biblia por inspiración del Espíritu Santo es un acto de condescendencia tan grande, al nivel que Dios puso en su boca santa nuestras palabras. Moisés señaló: “El Señor nuestro Dios tiene secretos que nadie conoce. No se nos pedirá cuenta de ellos. Sin embargo, nosotros y nuestros hijos somos responsables por siempre de todo lo que se nos ha revelado, a fin de que obedezcamos todas las condiciones de estas instrucciones” (Deuteronomio 29:29 NTV). Ante ese Dios graciosamente condescendiente, no sólo hablamos, sino también callamos, rindiéndonos ante su presencia, alzando nuestras manos con alegría y sencillez de corazón.

Isaías 12 es uno de los muchos textos de la Biblia que nos habla sobre la adoración. Nos dice que debemos adorar a Dios, siendo Él la razón única verdadera, concreta y consistente de dicho acto. Nos señala los motivos: hemos sido salvados por Él y recibimos de su parte la fuerza necesaria para la vida. Releva que dicha adoración no está limitada por los momentos, por ende, no surge ni de la alegría ni de la tristeza, sino de la gracia de Dios que vive en nosotros y nos da alegría constante. Y el texto nos señala, también, quiénes adoran: el pueblo de Dios y todos los pueblos de la tierra. Esto quiere decir que la adoración bíblica siempre es comunal y es convocante. Respecto de esto último me parece pertinente citar al pastor John Piper cuando plantea que “Las misiones no son el objetivo último de la Iglesia. El objetivo último es la adoración. Las misiones existen porque no hay adoración. La adoración es el objetivo último, y no las misiones, porque Dios es la realidad última, no el Hombre. Cuando esta era se acabe, y los millones de redimidos se postren ante el trono de Dios, las misiones dejarán de existir. Es una necesidad temporal. Pero la adoración permanece para siempre”[3]. En síntesis, la adoración comunitaria del pueblo de Dios, particularmente en el culto estricto del día del Señor, es una celebración escatológica y misional, es anuncio de la esperanza bienaventurada y proclamación de la buena noticia de Jesucristo.

  1. ¿Y la práctica de la santidad?

 ¿Podría haber recortado esta parte porque el artículo habla de adoración? Sí. Claramente sí. Era cómodo para ti y para mí (habría escrito menos y tú habrías ocupado menos tiempo en leer). Ahora bien, no será una mirada amplia, sino una aplicada al acto de adorar.

La adoración es parte de la práctica de la santidad. Estamos Coram Deo, ante la faz del Dios tres veces santo, de quien no podemos jamás ocultarnos, en el que temor y amor se conjugan en el misterio de la gracia que nos hizo vivir de verdad. La adoración es parte de la práctica de la santidad, porque nos enseña a someternos tal y como nos dice el salmista: “Reconoced que Jehová es Dios; Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos; Pueblo suyo somos, y ovejas de su prado” (Salmo 100:3, RV 1960). La adoración surge del verdadero conocimiento, que al decir de Calvino procede del conocimiento de Dios y de nosotros mismos. No hay adoración cuando no nos reconocemos como criaturas, pueblo, ovejas, frente al único Dios verdadero y soberano sobre todo. La adoración es parte de la práctica de santidad porque nos invita a la honestidad delante de Dios. El profeta Isaías proclamó la palabra de Yahvé que dice: “Este pueblo dice que me pertenece; me honra con sus labios, pero su corazón está lejos de mí. Y la adoración que me dirige no es más que reglas humanas, aprendidas de memoria” (Isaías 29:13 NTV). Por muy melodiosas que sean nuestras voces (soy muy solidario conmigo en esto) eso no sirve de nada si lo que emana de ella no es el resultado de un corazón agradecido.

  1. Cantar para la gloria de Dios.

 En este punto quisiera centrarme en el canto comunitario del pueblo de Dios a la hora del culto, no por excluir a quienes se dedican a la producción e interpretación musical, sino simplemente porque éste se encuentra conectado con mis tareas en la iglesia. En el momento del culto es la iglesia la que canta, por ende, los equipos de adoración ayudan a dicha tarea dirigiendo. Esa dirección no es tomar el lugar de la congregación profesionalizando la expresión celebrativa del culto, sino una guía por medio de la enseñanza práctica del canto que se expresa con decencia y orden. A 500 años de la Reforma retomemos la fuerte convicción del canto congregacional como sello del culto protestante.

Por su parte, los cantos deben expresar lo que la Palabra de Dios dice. Los cantos son instrumentos que sirven a la Biblia en la producción y declaración de una teología sana. En dicha teología el conocimiento nunca está disociado de la emoción, pues como planteó el apóstol Pablo: Oraré en el espíritu y también oraré con palabras que entiendo. Cantaré en el espíritu y también cantaré con palabras que entiendo” (1ª Corintios 14:15, NTV). La disociación entre razón y emociones es propia de la modernidad humanista y secular. Somos seres integrales que no nos sacamos el cerebro a la hora de cultuar al Señor. Por esto, lo que se canta debe ser trabajado o estudiado, según el caso, a la luz de las Escrituras. Dietrich Bonhoeffer señaló en su Vida en comunidad que “El corazón canta porque está lleno de la presencia de Cristo. De ahí que, en la Iglesia, el canto sea un acto espiritual. Presupone sumisión a la palabra y a la comunidad, mucha humildad y una gran disciplina. Un cántico que no fuese cantado con el corazón no sería más que un himno horrible y confuso de autoalabanza humana. Cuando no se canta por Dios, se canta por uno mismo o por la música. Pero de esa forma el cántico nuevo degenera en un canto a los ídolos”[4]. Me gusta mucho el énfasis del pastor y teólogo alemán porque abre camino a una lectura confesional. Las confesiones de fe no sólo son declaraciones teológicas que se creen y afirman, sino que además, son marcos para la vida común: nos hacen estar de acuerdo, a lo menos, en una serie de puntos definidos. Los equipos de adoración no son independientes a la hora de definir lo que se canta en la congregación, debiendo fundamentar su elección en la Palabra de Dios, con la ayuda de la añosa sabiduría confesional. Se canta lo que se cree es un viejo principio que no debemos quitar en el afán de inventar la pólvora emergiendo a un devenir incierto.

Aquí surge una pregunta: ¿Hasta qué punto nuestro culto busca satisfacer nuestros gustos y emociones? Y ojo con esto, que con el boom de la teología reformada en América Latina hasta la “salmodia exclusiva” puede transformarse en objeto de consumo, pues el mercado da para todo. Debemos matar el espíritu de “culto para consumidores”. Ni la búsqueda de la creatividad, de lo inspirador, de lo motivacional y del constituirnos en sujetos agradables, reemplaza a la obediencia y a la fidelidad. El ejemplo de la salmodia exclusiva es valioso en este punto. Quiero dar mi opinión sin dogmatizar ni generalizar. Postulo que los salmos y otros textos bíblicos musicalizados ponen en nuestros labios con seguridad la Palabra de Dios. Pero eso no obsta, para que lo que cantemos en himnos y canciones, expresando lo que la Biblia dice, quede fuera del culto. Me juego, entonces, por una “salmodia preferente”. Ahora bien, frente a la problemática de cantar sólo salmos, yo me pregunto: ¿qué pasa si los salmos musicalizados suenan a rock, cueca o tonada, hip-hop y demás? ¿Los promotores de la salmodia exclusiva los aceptarían? ¿Hasta qué punto eso, en algunos casos, no es simplemente una práctica de consumo cúltico que busca resucitar expresiones del pasado como una moda?

Respecto del estilo musical empleado en el culto congregacional concuerdo con lo señalado por el pastor Ricardo Agreste que plantea que: “El estilo musical […] puede combinar diferentes elementos, mas siempre demostrando gran sensibilidad cultural con las personas a las cuales la comunidad es enviada. El factor más importante acá no es la preferencia de sus miembros, sino un estilo encarnacional que se desenvuelve a partir de la conciencia de una iglesia que adora misionalmente a Dios”[5]. Y aquí, nuevamente otras preguntas que invito a que te hagas: ¿Hasta qué punto nuestros cultos son una copia de la cultura anglosajona de ayer y hoy, o de las iglesias del Chile del siglo XIX, o de las iglesias madres o de las que colaboran en nuestro financiamiento? ¿Hasta qué punto son un viaje en una máquina del tiempo y el espacio, que produce bienestar sólo a los que han sido iniciados en un tipo de cultura? La sana teología, sin necesidad de transar con lo permanente, es siempre dialogante con la cultura y con los sujetos de hoy, creyentes o no.

Y aquí llegamos al punto central de la declaración, despejando las aristas que se nos presentan respecto del tema: El culto es para Dios, no para nosotros. Debe centrarse en Él, basarse en su Palabra, realizarse con pasión-fervor-y-excelencia. Dios es celoso, no comparte su gloria con nadie (Isaías 42:8). Cualquier obstáculo, por muy piadoso que parezca, si interfiere en la comunión con Dios, se transforma en un acto idolátrico. Dicho esto, es evidente que la adoración gozosa trae resultados consigo para el pueblo de Dios. El tema es que dichos resultados no son la finalidad, sino que existen por la adoración al trino Dios, y debemos alegrarnos por ello. En la adoración somos confrontados, transformados y liberados por quien tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas. Y ese acto redentivo trae felicidad a la comunidad fraterna en Jesús. Por eso, “¿Alguno está feliz? Que cante alabanzas” (Santiago 5:13, NTV).


[1] Esposo de Mónica, papá de Miguel y Sophía. Plantador de la Iglesia Refugio de Gracia (Maipú, Chile). Licenciado en Historia.

[2] Packer, James I. Teología Concisa. Una guía a las creencias del cristianismo histórico. Miami, Editorial Unilit, 1998, p. xi.

[3] John Piper. ¡Alégrense las naciones! La supremacía de Dios en las misiones. Barcelona, Editorial CLIE, 2007, p. 27.

[4] Dietrich Bonhoeffer. Vida en comunidad. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2014, pp. 58, 59.

[5] Ricardo Agreste. Igreja? Tô fora! São Paulo, Z3 Editora, 2015, p. 122. La traducción es mía.

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La liturgia en la plantación y la revitalización de iglesias.

El 24 de septiembre de 2016, en la 1ª Iglesia Presbiteriana de Santiago, se llevó a cabo el Encuentro Presbiterial Planta! 2016. En él se abordó el tema del culto en el contexto de la plantación y la revitalización de iglesias.

 En dicha instancia me correspondió realizar el taller de liturgia. Les comparto el vídeo y las diapositivas de la presentación, esperando que sean útiles en la reflexión de este tema.

 Puede descargar las diapositivas haciendo clic aquí.