Mirando el pentecostalismo chileno a 500 años de la Reforma Protestante.

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Estudio Bíblico de Pastores de la Iglesia Pentecostal Naciente, realizado en la comuna de San Miguel entre los días 12 y 15 de octubre, 1978.

Luis Pino Moyano[1].

Publicado en Pensamiento Pentecostal.

1517, 1909. Wittemberg, Valparaíso. Lutero, Hoover. Siglos y geografías diversas. Mucha historia corriendo con viveza en los actos de hermanos nuestros del ayer. Qué sentido tendría, entonces, escribir algo sobre el pentecostalismo chileno en el marco de la conmemoración que nos convoca este año, a saber los 500 años de la emergencia pública de las 95 tesis del teólogo Martín Lutero. Tiene sentido, y mucho. Jacques Le Goff, destacado medievalista francés señalaba que “los hechos son sólo la espuma de la historia”[2]. Esta metáfora es fascinante, pues puede extenderse con mucha facilidad: los hitos históricos son sólo la espuma de la ola, no la ola ni, mucho menos, el mar. La protesta de Lutero es la espuma de la ola, la Reforma del siglo XVI podría ser la ola (o un conjunto de varias de ellas), mientras que el cristianismo, en la larga duración, viene a ser el mar. El pentecostalismo chileno es otra espuma de la ola, que no puede entenderse fuera del mar.

Debo señalar de inmediato la dificultad de hablar de “pentecostalismo chileno”, en singular, puesto que no damos cuenta de una corriente teológica ni de una denominación eclesial, sino de un movimiento caracterizado por la heterogeneidad y la polifonía de voces, donde cada iglesia y cada pastor construyen un microespacio singular. Sin embargo, hay elementos transversales, o a lo menos similares, que nos permiten presentar un análisis del pentecostalismo chileno, en singular, y siempre desde su movimientalidad. Hablamos de pentecostalismo chileno para relevar su diferencia, en relación al pentecostalismo clásico[3] (proveniente de los Estados Unidos, particularmente, de la mano de las Asambleas de Dios) y del neopentecostalismo como fenómeno de más reciente data. De hecho, es precisamente ese marco de exoticidad que porta el pentecostalismo chileno el que ha generado una amplia preocupación por el análisis de este hecho religioso[4].

¿Cómo generar una ligazón analítica entre la Reforma Protestante y el pentecostalismo chileno? La idea es que lo hagamos desde la utilización de dos conceptos caros para la disciplina historiográfica: continuidad y cambio. Veremos, cuáles elementos de continuidad con la Reforma prevalecieron y/o se mantienen en el pentecostalismo chileno, y cuáles son más bien una ruptura con él, concluyendo con una reflexión final a modo de balance y perspectivas.

  1. Elementos de continuidad con la Reforma Protestante.

 a. La relación con la Biblia.

En los pentecostales chilenos, más allá de los prejuicios que se tienen acerca de él, que llevan a la imposición del mote peyorativo de “ignorantes” (construcción mítica de la que quiero referirme con profusión en un próximo artículo), existe un marcado aprecio por la Biblia, la que se lee desde una consideración literal y devocional, que se memoriza (en porciones a veces extensas) y se aterriza con rapidez a la vida. La lectura bíblica, con regularidad, responde al contexto vital de quien realiza el ejercicio lector. “-¿Qué me dice el texto a mi?”, pasa a ser la pregunta hermenéutica preponderante. La Biblia es la espada, que acompaña siempre, siguiendo la metáfora, al soldado del evangelio.

Existe una fuerte motivación a la proclamación y divulgación de la fe, haciendo uso de la palabra en espacios públicos mediante los “puntos de predicación”, que ya se daban en otras denominaciones protestantes en el Chile decimonónico, pero que los pentecostales radicalizaron producto del avivamiento y de la experiencia vivaz a la que se apela. También se realiza esta divulgación de la enseñanza bíblica por medio de la publicación de revistas y tratados, siendo “Chile Pentecostal” y “Fuego de Pentecostés” ejemplos paradigmáticos.

No es menor decir, que en gran parte del proceso migratorio reciente a iglesias históricas, sobre todo aquellas de cuño reformado, por parte de jóvenes pentecostales, dicho fenómeno emerja de la lectura bíblica y de producción teológica, o por la escucha de predicaciones. Existe una avidez por conocer, lo que puede constatarse en el gusto por aquella predicación que presenta con claridad y fervor lo que la Biblia dice.

b. La relación positiva con la teología protestante.

Existe un fuerte apego a la doctrina trinitaria (salvo el grupo que derivó en unitarismo), la que se expresa en el culto en himnos y cantos, lo que reporta una ortodoxia muy ligada al cristianismo histórico, aunque con énfasis fundamentalista.

Respecto del bautismo, muy interesantemente, y por herencia wesleyano-metodista (que algo recoge de la teología del pacto), los pentecostales chilenos, específicamente la Iglesia Metodista Pentecostal y la Iglesia Evangélica Pentecostal, junto con las iglesias que surgieron de divisiones de ellas, bautizan por mucho tiempo a niños, haciéndolo por aspersión y bajo fórmula trinitaria. Tensiones contemporáneas en el seno de las mismas, responde a la lectura de fuentes anabaptistas, asumiéndolas como propias, haciendo caso omiso de la cuestión del origen: el que las Asambleas de Dios[5] tuviese su origen en iglesias bautistas.

Probablemente, el aspecto de mayor cercanía con los frutos de la Reforma Protestante en el pentecostalismo, tenga que ver con el bagaje doctrinal que lo sustenta. El pentecostalismo chileno no generó una ruptura con la matriz teológica metodista, lo que se ve expresado en los 25 Artículos de Fe, uno añadido a los 24 de Wesley (sobre los gobernantes), que a su vez fueron tomados y resemantizados de los 39 artículos de la Iglesia Anglicana, documento base, por ejemplo, para la Confesión de Fe de Westminster. De allí perviven muchos aspectos relacionados con el cristianismo histórico y el protestantismo. Muy interesantemente, uno de los artículos señala “Ofrecer oración pública en la Iglesia o administrar los sacramentos en una lengua que el pueblo no entiende, es cosa evidentemente repugnante tanto a la Palabra de Dios como al uso de la Iglesia primitiva”[6]. Sin ánimo de polemizar, sino de constatar la realidad polifónica y movimiental del pentecostalismo chileno, este artículo pone en una posición compleja a quienes experimentando una manifestación espiritual hablan en otras lenguas. No puedo cerrar este punto, sin señalar que ha sido la Iglesia Evangélica Pentecostal la más fiel en resguardar la tradición doctrinal metodista, aunque en varios microespacios de la misma, estos no se divulgan (salvo su publicación en el himnario) ni mucho menos son base para un proceso de catecumenado.

c. La concepción de la iglesia.

A nivel eclesiológico es muy interesante relevar el hecho que las iglesias pentecostales fundaron iglesias nacionales (en el sentido de una división legítima por separaciones geográficas e idiosincrásicas, sin el prurito nacionalista), con gobierno propio e independencia en la administración de los recursos económicos.

Otro elemento a relevar acá es la realización de un culto que posee canto, oración y predicación en lenguaje vernáculo, contextualizado en la realidad que les toca por la providencia. Esto es muy importante de destacar, pues el pentecostalismo no sólo fue un espacio de comunicación del evangelio, sino de promoción de la educación, muy similar al perfil redentorista frente a la “cuestión social” del Chile de fines del siglo XIX y principios del XX. Muchos aprendieron a leer con Biblias e Himnarios y enriquecieron su lenguaje con el uso de la Reina Valera (en sus revisiones de 1909 primero, y 1960 después). Me permito un ejemplo de esto: hace unos años yo participaba del ministerio carcelario en el CDP de Puente Alto. Allí uno de los líderes de nuestros hermanos internos me contó que un periodista había ido a realizar un reportaje sobre los evangélicos en la cárcel. Él fue entrevistado. En un momento el periodista detuvo sus preguntas y le pidió hablar en coa, es decir, con códigos carcelarios. Este hermano le respondió: “-Cuando Cristo me redimió, redimió también mi lenguaje”.

  1. Elementos de cambio del pentecostalismo.

 a. La experiencia pentecostal.

Un primer elemento que necesita ser tenido en cuenta es el que constituye lo pentecostal, a saber, la experiencia del bautismo del Espíritu Santo y luego, el ejercicio de los carismas, poniendo mucho énfasis en los dones manifestacionales o extraordinarios. Allí hay debate dentro de los distintos tipos de pentecostalismo, respecto a sí “la experiencia pentecostal” es una segunda o tercera obra de la gracia (conversión-bautismo / conversión-santificación-bautismo). El pentecostalismo chileno tendió a la primera opción, junto con la consideración sobre la evidencia inicial definida como toda manifestación del Espíritu y de poder, poniendo en muchos microespacios especial énfasis a las “danzas”. El planteamiento de la única evidencia del bautismo del Espíritu en el hablar otras lenguas, no es propio del pentecostalismo chileno, teniendo su origen en el pentecostalismo clásico[7].

En mi lectura, debo señalar que el elemento doctrinal distintivo del pentecostalismo se encuentra en esta experiencia, que genera una lectura continuista de los dones de lenguas, profecías y milagros, por lo que ante una ausencia de confesionalidad o de promoción de ella, el cariz polifónico de un movimiento puede preservarse sin generar incoherencias a la hora de la práctica. Es decir, y a modo de ejemplo, un pentecostal puede asumir las llamadas “doctrinas de la gracia” desde el perfil calvinista, sin renunciar ni a la pentecostalidad ni a la membresía de su iglesia, toda vez que eso no pone en cuestión el elemento preponderante. Lo central en lo pentecostal no es el arminianismo mediado por Wesley, sino la experiencia de poder del Espíritu.

b. Lecturas teológicas divergentes de la Reforma.

En su cristología, el énfasis del pentecostalismo chileno es de continuidad con los movimientos de santidad, en la idea de sostener que Cristo es salvador, bautizador en el Espíritu, sanador o santificador, y rey venidero, generando un punto focal distintivo y diferenciador del protestantismo clásico.

Siguiendo al teólogo Juan Sepúlveda los ejes de la teología del pentecostalismo chileno en su etapa inicial (1910-1960), están caracterizados por una visión maniquea del mundo, que tiende a separar radicalmente lo sagrado de lo profano; por el determinismo y pesimismo antropológico; por el reconocimiento de múltiples manifestaciones espirituales y de la realidad de una relación cercana con el Espíritu; por la ausencia de mediación de los profesionales religiosos en la lectura bíblica de los creyentes laicos; y por la configuración de una iglesia militante, a la que se ingresa por conversión y en la que se vive un compromiso total[8].

No puede dejar de decirse algo sobre el premilenarismo dispensacional dentro del elemento diferenciador, porque su adopción por el pentecostalismo chileno, si bien es cierto, tiene que ver principalmente con la lectura escatológica (sobre todo la de corte más popular), genera complicaciones mayores en otros ámbitos. Porque el dispensacionalismo es un método interpretativo de la Escritura en su totalidad y no sólo respecto de los acontecimientos del fin. Mi punto acá no tiene que ver en si hay un rapto secreto o no, o si la iglesia pasa o no pasa por la gran tribulación, sino en que éste sistema atenta contra el pentecostalismo en su base doctrinal y práctica más fundamental, a saber, en la continuidad de las experiencias carismáticas. El dispensacionalismo por definición teológica es cesacionista respecto de los dones espirituales[9]. Cuando se logra reconocer esto, puede entenderse con mayor facilidad la razón de ser de la constante discusión de los pentecostales con “la teología” (a secas), porque ésta mataría la espiritualidad, secando corazones y cerrando mentes a los dones de Dios.

La heterogeneidad teológica de un sector del protestantismo que tiene definiciones fundamentalistas, que es paidobautista, que porta elementos de continuidad del metodismo y de los movimientos de santidad, aquí adquiere una radicalidad polifónica que tensiona el discurso por la práctica.

c. La misiología pentecostal.

El dispensacionalismo, del que nos referimos en el punto anterior, generó en el pentecostalismo chileno una urgencia misional, pues la evangelización se potencia por la noción del “rescate de los perdidos”. Y si bien es cierto, los esfuerzos misionales del pentecostalismo no son mayores que el de otros movimientos y denominaciones en la historia cristiana, sí generó un crecimiento explosivo, que ha llamado la atención de quienes estudian la historia del protestantismo y las misiones en América Latina[10].

La misión, particularmente desarrollada en un arduo proceso de “plantación de iglesias”, estuvo caracterizada por un profundo asentamiento en los sectores populares, por ser un fenómeno eminentemente urbano, por su relevancia contextual (por lo menos, en su primera y segunda generación), junto con un perfil autoeducador y redentorista, por la fundación de iglesias nacionales con fomento de liderazgo autóctono, y por su alto sentido del deber en la misión[11].

d. El poder eclesiástico.

El pentecostalismo chileno, a pesar del papel protagónico dado a los laicos, a lo largo de su historia manifestó particulares problemas con el ejercicio del poder de sus líderes, tendiendo a la construcción de un autoritarismo cooptador y paternalista, llegando en algunos casos, a dirigir muchos aspectos de la vida de los fieles: negocios, matrimonios y hasta las vacaciones. Esto derivó en “pastorlatría”, nepotismo, y muchos procesos divisivos. A muchos líderes eclesiásticos “se les llegó a obedecer a Biblia cerrada y mirándolo[s] hacia arriba”[12].

Lo más lamentable del proceso de migración a otras iglesias, ha tenido que ver con experiencias de abuso espiritual no corregido por adecuados procesos disciplinarios sustentados en el principio protestante del “sacerdocio universal de los creyentes”. Desde el aprecio que tengo del mundo pentecostal, debo decirles que a la migración eclesiástica no sólo se le pone coto con una afirmación doctrinal, sino eminentemente desde la práctica de cuidado de las personas con fuerte sentido pastoral. El abuso espiritual y eclesial debe dejarse de lado por el bien de sus propias iglesias y por el buen testimonio evangélico que debemos dar.

Reflexión final.

 Es indudable que el pentecostalismo chileno ha proporcionado un tremendo aporte a este país, llenando cada ciudad con iglesias construidas con mucho esfuerzo, con sus cánticos alegres sean con instrumentos o a viva voz, con su proclamación del evangelio y por supuesto, con vidas redimidas integralmente. Por otro lado, más allá de las rupturas y elementos de cambio, se han preservado elementos de continuidad con el protestantismo y con el cristianismo histórico. Y es respecto de esto que me quiero permitir una reflexión final.

La gran dificultad del pentecostalismo en el presente se ha vivido porque ha institucionalizado lo que en la primera y segunda generación de pentecostales fue su lógica de movimiento vivaz, convirtiéndolo en pesada tradición. El pentecostalismo fue explosivo no por su novedad, sino por su relevancia, porque tuvo algo que decir al hombre y mujer del siglo XX. El pesado tradicionalismo ha anquilosado al pentecostalismo en formas pasadas, dando poca importancia al diálogo con el presente. Súmese a esto, la ausencia de una confesionalidad propia, que reporte una lectura de la fe desde el pentecostalismo chileno y que no genere incoherencias doctrinales, como la señalada respecto del dispensacionalismo. Esto no puede ni debiese llevar a una ruptura con la producción teológica que otros cristianos hicieron en el pasado.

Lamentablemente, la lectura de la historia acá nos puede jugar una mala pasada. El perfil restauracionista que se le da la Reforma Protestante, como si ésta rompiera con el oscuro pasado medieval, es muy similar al dado al pentecostalismo y el hito fundacional de 1909, como si el cristianismo primigenio, después de un largo intervalo -a lo menos desde el s. III d. C.- hubiese vuelto a existir por la restauración de su pentecostalidad. Ni el protestantismo es una secta de 500 años[13] ni el pentecostalismo chileno es una secta de 108 años. Somos parte de la larga historia de la iglesia de Jesucristo, plural y diversa en tiempos y espacios, pero marcada por la redención conquistada en la cruz.


 

[1] Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Plantador de la Iglesia Refugio de Gracia, Avanzada de la 5ª Iglesia Presbiteriana de Santiago en Maipú. Este artículo fue publicado originalmente en: Daniel Contreras (editor). El libro de los 500 años. Santiago, Sociedad Bíblica Chilena, 2017, pp. 80-86. Para esta edición en Pensamiento Pentecostal, el artículo se ha editado reconfigurando su orden y ampliando algunos de sus análisis, sin perder el carácter de texto de difusión.

[2] “‘Seguimos viviendo en la Edad Media’, dice Jacques Le Goff”. En La Nación, miércoles 12 de octubre de 2005. http://www.lanacion.com.ar/746748-seguimos-viviendo-en-la-edad-media-dice-jacques-le-goff (revisado en julio de 2017).

[3] Véase sobre este asunto: véase: Frederick Dale Bruner. Teología do Espírito Santo. A esperiência pentecostal e o testemunho do Novo Testamento. São Paulo, Editora Cultura Cristã, 2012; y Kittim Silva. La experiencia pentecostal. El despertar que sacudió a la iglesia. Miami, Editorial Carisma, 1996.

[4] Existe literatura clásica al respecto: Christian Lalive d’Epinay. El refugio de las masas. Estudio sociológico del protestantismo en Chile. Santiago, Centro Evangélico de Estudios Pentecostales e Instituto de Estudios Avanzados, 2009; e Ignacio Vergara. El protestantismo en Chile. Santiago, Editorial del Pacífico, 1965. Capítulo tercero “La tercera Reforma”, pp. 109-128. De producción más reciente: Miguel A. Mansilla. La cruz y la esperanza. La cultura del pentecostalismo chileno en la primera mitad del siglo XX. Santiago, Editorial de la Universidad Bolivariana, 2009; José Míguez Bonino. Rostros del protestantismo latinoamericano. Buenos Aires, Nueva Creación, 1995, pp. 57-79. Luis Orellana. El fuego y la nieve. Historia del Movimiento Pentecostal en Chile, 1909-1932. Tomo 1. Concepción. Centro Evangélico de Estudios Pentecostales, 2006. No puede dejar de señalarse acá el relato testimonial de Willis Hoover. Historia del avivamiento pentecostal en Chile. Concepción, Centro Evangélico de Estudios Pentecostales, 2008.

[5] Refiero a esta denominación no sólo por el hecho de ser el correlato con el pentecostalismo clásico, sino por la influencia doctrinal en el mundo pentecostal, particularmente, en los cuadros pastorales y laicos formados luego de la fundación del Instituto Bíblico Pentecostal por el misionero de dicha denominación, el Rev. Pablo Hoff. Véase una de las principales lecturas en el área de Teología Sistemática propiciadas por dicha institución: Myer Pearlman. Teología Bíblica y Sistemática. Miami, Editorial Vida, 1992, pp. 258-261.

[6] Artículos de Fe de la Iglesia Evangélica Pentecostal. Artículo XV. En: http://www.geocities.ws/cuerpojovenes/articulos.pdf (revisada en julio de 2017).

[7] Véase Pearlman, Op. Cit., pp. 203-250. Corresponde al capítulo 10, sobre el Espíritu Santo.

[8] Citado por Míguez, Op. Cit., pp. 66, 67.

[9] Véase respecto de esto: John MacArthur. Fuego extraño: El peligro de ofender al Espíritu Santo con adoración falsa. Nashville, Grupo Nelson, 2014. Desde una perspectiva continuista el análisis de esta lectura por un exprofesor del Seminario Teológico de Dallas, bastión del dispensacionalismo: Jack Deere. Sorprendido por el poder del Espíritu Santo. Miami, Editorial Unilit, 1999.

[10] Véase: Rodolfo Blank. Teología y misión en América Latina. St. Louis, Concordia Publishing House, 1996, pp.200-223; H. Fernando Bullón. Historia de la iglesia y responsabilidad social. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 2008, pp. 194-203; Pablo Deiros. Historia del cristianismo en América Latina. Buenos Aires, Fraternidad Teológica Latinoamericana, 1992, pp. 751-755, 795-800; Samuel Escobar. Cómo comprender la misión. Buenos Aires, Certeza Unida, 2007. Capítulo 7: “El Espíritu Santo y la misión cristiana”, pp. 147-166; Ondina González y Justo González. Historia del Cristianismo en América Latina. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 2012, pp. 373-386; y Ruth Tucker, Ruth. Hasta lo último de la tierra. Historia biográfica de la obra misionera. Miami, Editorial Vida, 1994. Capítulo 12, “El surgimiento del pentecostalismo: ‘Una expansión espectacular’”, pp. 369-372, 379-383.

[11] Esto ha sido trabajado con mayor profusión en: Luis Pino. “Pentecostalismo chileno y plantación de iglesias. Notas reflexivas”. En: Estudios evangélicos. http://estudiosevangelicos.org/pentecostalismo-chileno-y-plantacion-de-iglesias-notas-reflexivas/ (revisado en julio de 2017).

[12] Oscar Pereira. Presencia y arraigo. Protestantismo evangélico en Chile 1845-1925. Santiago, Ediciones Sociedad Bíblica Chilena, 2016, p. 233. Véase, también, respecto de este asunto: Pablo Deiros. Protestantismo en América Latina. Nashville, Editorial Caribe, 1997, p. 61; Pablo Deiros. Historia del cristianismo en América Latina. Buenos Aires, Facultad Teológica Latinoamericana, 1992, p. 754; Kittim Silva. La experiencia pentecostal. El despertar que sacudió a la Iglesia. Miami, Editorial Carisma, 1996, p. 76.

[13] Debo esta idea a mi amigo el Pbro. Carlos Parada.

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Pentecostalismo chileno y plantación de iglesias. Notas reflexivas.

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Luis Pino Moyano

Artículo publicado en Estudios Evangélicos.

Sin lugar a dudas, uno de los temas que reclama atención en el protestantismo latinoamericano es la plantación de iglesias, como modelo misional. Gran parte de lo que se está leyendo sobre el tema proviene de otros países, fundamentalmente de Estados Unidos, lo que no es por definición negativo, pero cuando esto busca instalarse como “calco y copia” mediante un fórceps en nuestras iglesias, es como si aceptáramos el falaz presupuesto de que “si la teoría no se condice con la realidad, es la realidad la que está equivocada”. Hemos caminado mucho tiempo con esa lógica sin mirar el enorme potencial que tenemos en nuestra región, y particularmente desde Chile, país desde donde hablo, si tomáramos en cuenta la experiencia del pentecostalismo chileno. Y sí, no podemos abstraernos de la necesidad hablar del pentecostalismo chileno como un fenómeno particular, que si bien es cierto surge contemporáneamente con la oleada pentecostal de inicios del siglo XX, junto a Estados Unidos, India, Venezuela y Noruega, el que emergiera del metodismo de perfil misiológico combativo-proselitista, sumado a su amplia base popular y a las condiciones históricas propias del país, constituyeron un modelo propio, divergente del “pentecostalismo clásico”[1]. Es decir, partir de los hechos conocidos como “Avivamiento Pentecostal”, desde 1909, se articula una nueva experiencia de fe.

 No es la finalidad de esta breve comunicación sentar una mirada histórica al pentecostalismo chileno, habiendo a estas alturas importante (no suficiente) producción sobre él[2], sino más bien generar unas notas reflexivas, que no temen al uso extemporáneo del concepto “plantación de iglesias”. Esto, porque aunque acudo a herramientas historiográficas para el análisis, estoy haciendo una lectura desde el presente y sobre todo desde la misión, con la finalidad de reconocer elementos basales de las tareas eclesiales del pentecostalismo chileno que nos permitan mirar dicha experiencia, con ojo crítico, pero también con la finalidad de aprender. Sí, lo digo con todas sus letras: de aprender. No por nada, el pentecostalismo chileno protagonizó una fuerte extensión del mensaje evangélico, impactando con él a un sector importante de la población, sobre todo en relación a las otras expresiones denominacionales del protestantismo, lo que ha llamado la atención a quienes estudian globalmente la historia del cristianismo en América Latina, como también los fenómenos misioneros[3]. A la luz de las lecturas de los trabajos realizados desde las ciencias sociales, como de algunas de sus publicaciones propias (los órganos oficiales denominacionales), la escucha por años de testimonios de hermanos y hermanas pentecostales, como mi propia vivencia de veinte años en iglesias pentecostales[4], considero que los siguientes elementos son claves en la conformación de una identidad y praxis misiológica en el pentecostalismo chileno:

  1. El profundo asentamiento del pentecostalismo chileno en el mundo popular.

 Uno de los elementos importantes dentro del mundo pentecostal en Chile, fue su desarrollo y crecimiento en los sectores populares de la población. Y, de hecho, el pregón pentecostal, basado en las ideas perfeccionistas del metodismo y del movimiento de santidad, tiene un interesante paralelo contemporáneo, en los inicios de este movimiento, con los discursos respecto a la llamada Cuestión Social, que daban cuenta de las condiciones paupérrimas de dicho sector social en las postrimerías del siglo XIX y principios del siglo XX. Los conventillos y la vida hacinada (pequeñas casas-dormitorio, pareadas, con un patio central donde se llevaba a cabo la vida social y sin alcantarillado), las amplias horas laborales sin descanso dominical, las altas tasas de desocupación, la escasa higiene y el problema del alcoholismo, eran atacados con un discurso que buscaba propiciar la redención o regeneración del pueblo y la construcción de una moral ad hoc para el sujeto renovado. Si uno lee los discursos de Recabarren, fundador del Partido Obrero Socialista y los compara con la predicación de los primeros pentecostales, en lo relacionado a la ética y a la lucha contra la intemperancia, se encontrará con amplias similitudes[5]. Lo que hacía diferente al pentecostalismo, y por ello, una alternativa para el mundo popular, es que se trataba de una “regeneración hacia adentro”, que propiciaba una separación del mundo, constituyendo a la iglesia y la casa en un microespacio de fe y novedad de vida.

 El sujeto pentecostal configuró una nueva y férrea ética del trabajo, siendo sumamente responsables. Es el que paga las deudas y que no genera desórdenes, no roba, no bebe ni fuma, sumándose a ello una estética que les caracteriza: la corbata en los hombres y el pelo largo en las mujeres, sumado a una vestimenta formal (era lo propio en la época para las ocasiones importantes, particularmente aquello que era expresión de fe, usándose la expresión “andar vestido de domingo”). En otras palabras, el pentecostal era un sujeto que se notaba. Era el vecino en que se podía confiar y, sobre todo, el que “ungía”[6] a los hijos cuando estos enfermaban, especialmente, cuando no había solución médica. La predicación con palabra y testimonio hizo que muchas personas accedieran a la fe evangélica.

 Parker y Orellana señalan a este respecto: “La grandeza del pentecostalismo es que fue un fenómeno religioso que no tuvo mentores e iniciadores como Calvino, Lutero o Wesley para que recibieran sus nombres; no nació en seminarios, aulas magnas o escritorios; nació en la calle. El pentecostalismo ha significado la ‘latinoamericanización’, ‘indigenización’, ‘tercermundización’ y/o ‘sureñización’ del protestantismo”[7]. La fe evangélica se encarnó, con el pentecostalismo en el mundo popular. Esto es sumamente importante, porque lo que debiésemos aprender del pentecostalismo no es sólo el alcance que tuvo del mundo popular, sino su ejercicio de contextualización encarnacional.

 Y si bien es cierto, el pentecostalismo pone su mirada en la venida del Señor y está marcado por un dualismo fe/mundo, éste sí respondió a las necesidades del aquí y el ahora. Con todo el respeto que merece una obra precursora como la de Lalive d’Epinay (publicada en 1968), las iglesias pentecostales fueron mucho más que “el refugio de las masas”, caracterizada por la apoliticidad y la escasa participación social. Respeto crítico que vislumbra el “lugar de producción” del autor, donde el concepto “masa” es clave de lectura, pues sobre todo para la generación sesentista la acción política estaba ligada de manera intrínseca a la militancia partidaria. El partido, como eje de la acción colectiva, era entendido como la vanguardia del quehacer político en la sociedad, y quienes siguen pasivamente a candidatos y programas, son masa, que como tal son volubles a los dictámenes de otros. A partir de eso, claramente los pentecostales son masa. ¿Pero qué ocurre si leemos a los pentecostales, convertidos a la fe de Jesús, que sin salir de sus lugares de habitación ni cambiando su condición de clase, como parte del mundo popular, pujaron por predicar el evangelio, llenar Chile con sus iglesias construidas a veces con materiales precarios, ayudaron a tantos otros a salir de la delincuencia, el alcoholismo y, más recientemente, de la drogadicción sin recibir un solo peso del Estado para ello. ¿Puede llamarse a eso “huelga social”? ¿Puede ser esa acción autónoma, responsable y proyectiva, la acción de una “masa”? Alberto Hurtado, en su libro ¿Es Chile un país católico?, problematiza la acción evangelizadora del romanismo chileno comparándolo con los esfuerzos misionales del protestantismo, relevando en numerosos momentos a los pentecostales a quienes trata, por decir lo menos, con distancia como “fervientes”. El sacerdote jesuita dijo: “Una de las causas del éxito de esta campaña en Chile es la falta de cultivo religioso de nuestra masa popular. Son ovejas sin pastor, pero con un fondo profundamente cristiano. Y esos hombres que poco a poco han ido alejándose de la Iglesia, al ver que los protestantes vienen a ellos con el Evangelio en la mano, hablándoles de Cristo, con desinterés, con insistencia, buscándolos en sus hogares, faltos de cultura para ver la diferencia profunda que separa esta predicación de la católica, abrazan muchos el protestantismo, no por alejarse de la Iglesia, sino porque creen acercarse a Cristo”[8]. Y desde este lado de la vereda, puedo decir firmemente, no sólo creyeron acercarse… sino que Cristo se acercó. Además, la hipótesis de que estos grupos “fervientes” desaparecerían, todavía no tiene correlato empírico con la realidad.

  1. El pentecostalismo chileno como fenómeno urbano.

Si bien es cierto, en un recorrido por Chile, probablemente encontremos iglesias pentecostales hasta en los lugares más alejados de la urbe, el pentecostalismo chileno creció al ritmo que las ciudades crecían. Los procesos migratorios campo-ciudad que marcaron la primera mitad del siglo XX, no fueron ajenos de la misión pentecostal. Influidos por la lógica metodista, las iglesias pentecostales crecieron mediante el establecimiento de iglesias centrales, algunas de ellas en los centros urbanos, o muy próximas a él, y el esparcimiento de locales de avanzada en la mayor cantidad de poblaciones y villas. El pastor Hoover, en su relato memorial “Historia del Avivamiento Pentecostal en Chile” publicada entre 1926-1930, en secciones de las Revistas Chile Pentecostal y Fuego de Pentecostés, señala, a 20 años del inicio de la obra pentecostal que “Las tres congregaciones en que comenzó su existencia se han multiplicado hasta que en la actualidad son más de ciento veinte, bajo el cuidado de veinte pastores ordenados y diez sin ordenación, con otros obreros laicos”. Las iglesias centrales eran dirigidas por pastores (presbíteros, diáconos y probando) y los locales de avanzada, o clases, eran presididas por un guía, que era un hermano laico, recurrentemente quien también era (o llegaba a serlo) oficial de una iglesia local. Estos locales de avanzada estaban conformados por miembros de una iglesia central que vivían en la población o villa en la que se levantaba dicho espacio. Era un lugar de encuentro y fortalecimiento de la vida espiritual, donde el protagonismo lo tenían los laicos. Probablemente, uno de los factores que más incidiera en el crecimiento de estos locales fuese que no eran una “invasión foránea”, sino un esfuerzo misionero de gente que vivía en el lugar, experimentando las mismas realidades, lo que incluye no sólo alegrías, sino también sufrimientos. Era una misión que no necesitaba empatizar, pues simplemente vivía codo a codo circunstancias similares. El crecimiento era tal, que de manera paralela al establecimiento de “poblaciones callampa”[9], crecían las “iglesias callampa”, que de la noche a la mañana se levantaban y llenaban el espacio urbano. Un fenómeno similar ocurrió, desde la década de los sesenta en las “tomas de terreno”, ocupaciones ilegales que en algunos casos, de manera posterior, eran formalizadas por el Estado en su lógica benefactora y solidaria[10]. Lo mismo ocurría con las poblaciones levantadas por los esfuerzos gubernamentales con viviendas sociales. No es exagerado decir que, en tanto la ciudad crece, las iglesias pentecostales crecían con ella.

Aquí los pentecostales lograron leer, a mi juicio, muy acertadamente la idiosincrasia chilena. Pues, si bien es cierto, muchas iglesias y locales de avanzada comenzaron a funcionar dentro de casas, muy rápidamente eso derivaba en la construcción de templos, algunos dentro de dichas casas[11] o en lugares comprados, literalmente, “con el sudor de la frente” de hermanos y hermanas, quienes con diezmos, ofrendas y una serie de actividades de financiamiento, y más adelante, mediante créditos hipotecarios, adquirían propiedades y trabajaban en la construcción de templos[12]. Pongo acento en esto, pues la sociedad chilena, en términos muy globales, tiene una pulsión por el orden, por lo estructurado. María Rosaria Stabili habla del “‘pequeño Portales’ que vive dentro de cada chileno”[13]. Los pentecostales entendían que para dar seriedad a la obra y con ello alcanzar al chileno, había que quitar toda huella de improvisación. Para ellos, reunirse en un templo, no sólo facilitaba las actividades cúlticas, sino daba muestras elocuentes de que lo que se estaba haciendo no era sólo obra del fervor, sino que resultado de una racionalidad organizativa. Ahora bien, importaba poco la pequeñez del recinto, o si los materiales de construcción eran ligeros, lo importante era levantar una “casa de oración y una puerta del cielo”. Estos recintos de reunión eran en su mayoría construidos mediante trabajo voluntario, por hermanos de la comunidad, lo que, en algunos casos, implicaba hacer trabajos nocturnos, de manera posterior a la jornada laboral formal. Muchos de esos templos, con el espacio del tiempo debían ser ampliados, o derechamente reedificados para recibir a mayor cantidad de personas.

  1. El pentecostalismo chileno, la relevancia y la educación.

 No se podría entender el éxito del pentecostalismo chileno sin entender que fue relevante por varios años. De hecho, su crisis de hoy dice relación con que, a diferencia de antaño, no está sabiendo leer los signos de los tiempos. Es decir, el traspaso de pentecostales de tercera y demás generaciones a otras denominaciones, entre ellas, de las llamadas “iglesias históricas”, no sólo dice relación con el crecimiento de capital cultural de sus fieles ni sólo con la ausencia de confesionalidad, sino en la carencia de una lectura clara y pertinente del momento actual. Lo que hoy día es tradición inamovible, ayer era una “puesta al día”, el llamado a una sociedad que podía identificarse con la experiencia pentecostal.

El pentecostalismo chileno, a pesar de la escasa formación teológica de sus cuadros pastorales, fomentaba la lectura bíblica. Dentro de la estética pentecostal no hay miembro de iglesia sin su Biblia a mano. Recuerdo con claridad al hermano Marco Dinamarca, ayudante de guía del local de avanzada de la Iglesia Evangélica Pentecostal en la Población Angelmó de San Bernardo, que me envió de vuelta a mi casa “del punto de predicación”, a mis ocho años de edad, porque debía ir a buscar mi Biblia, puesto que “un soldado nunca anda sin su espada”. Incluso, aquél hermano que es analfabeto la porta en su mano, lo que es también una señal al mundo en derredor del cambio de vida. ¡Cuántos de nuestros hermanos aprendieron a leer, inclusive, milagrosamente sólo con la Biblia como libro de texto! La predicación bíblica era sencilla de entender, sin grandes aspavientos. No sólo era vernácula porque hablaba en el idioma del país, sino porque era clara y entendible. Y eso de que fuera hablada en el idioma español era clave, ante la Iglesia Católica que a la sazón hacía sus misas en latín. Hasta el día de hoy puede oírse a los viejos pentecostales, y a otros por imitación de ellos, decir en sus predicaciones al aire libre, cuando se invita a la iglesia decir que “estos medios de gracia son en castellano y al alcance de todo entendimiento”. La versión de la Biblia leída era la Reina Valera 1909 y posteriormente la de 1960, que con toda la crítica que puede recibir de un sector de eruditos, en cuanto a traducción, sólo desde el perfil de “artefacto literario”, es una joya de la literatura española. Su uso y la memorización, fomentada desde la temprana infancia, sin duda enriquecía el vocabulario de los hermanos pentecostales. Ahí, la clase de la Escuela Dominical, con el texto (versículo) que había que memorizar, cumplía, y cumple, un rol fundamental. En una ocasión, un hermano interno en el Centro de Detención Preventiva de Puente Alto, me comentaba que unos periodistas los habían ido a entrevistar, y luego de hablar con ellos, les pedían hablar en jerga carcelaria, en coa, a lo que él respondió, “-cuando Cristo me redimió, también redimió mi lenguaje”.

Un papel similar cumplen los himnos y coritos pentecostales, los que se cantan una y otra vez, que no sólo terminan siendo vehículo de expresión de la espiritualidad, sino que además, son facilitadores y aplicadores de la doctrina pentecostal. Algunos de ellos proceden de la época de los Wesley, de otras expresiones evangélicas, y otros tantos que fueron creados desde la época del avivamiento. En el caso de la Iglesia Metodista Pentecostal, el uso del banjo, instrumento que originariamente se ocupaba en los prostíbulos del campo o de los arrabales urbanos, se transformó en un objeto evangélico por antonomasia, tal y como ocurrió con el pandero. Dicha denominación eclesial adoptó la influencia de las tunas estudiantiles, las tonadas. ¡Cuántas personas llegaron a los recintos de la IMP con la intención de aprender música (tocar guitarra, sobre todo), porque era el único lugar al que podían acceder, y luego permanecieron allí! Es necesario reconocer el aporte realizado por el musicólogo Cristian Guerra al estudio del canto pentecostal, al que no sólo derivo, sino que recomiendo por su rigurosidad metodológica e histórica[14]. Por otro lado, la otra denominación fundacional del pentecostalismo chileno, la Iglesia Evangélica Pentecostal, que canta a capela y sólo en ocasiones acompañada por un armonio u órgano, se caracterizaba por la formación de coros polifónicos. Estos conjuntos, no tenían como finalidad originaria la profesionalización de la música de la iglesia, o el mero espectáculo vocal, sino enseñar a cantar a la congregación. Ese perfil proviene de la influencia de Hoover. Y aquí, nuevamente el aspecto educador, que hace que gente del mundo popular acceda a conocimientos que en la época eran propios de la élite. En la Iglesia Pentecostal Naciente de Puente Alto, en la década de los sesenta, el iniciador del coro polifónico fue el hermano Jorge Madrid, que desempeñaba el oficio de la jardinería en plazas municipales, y que de manera autodidacta aprendió música, llegando a cantar en las cuatro voces, y enseñando a hermanos y hermanas a hacerlo. Testimonios como ese, se repiten una y otra vez en las iglesias pentecostales.

Pero insisto, la relevancia del pentecostalismo radicaba en que traía una palabra esperanzadora para el momento actual de las personas, para la situación de vida de ellas. El pentecostal era un portador de la buena noticia, que contagiaba a otros el amor de Jesucristo. Nuevamente, me permito citar a Alberto Hurtado quien da cuenta de una serie de testimonios: “Otra costumbre de los canutos es hacer oración con cualquier persona que llega a la casa. Antes de las comidas y después dan gracias, con frecuencia postrados en tierra. / La afiliación de la gente de nuestro pueblo al protestantismo, en la mayoría de los casos, suele ser duradera. La mujer de un marino, muy devota de la Santísima Virgen, recogió por lástima en su casa a una pobre mujer. Esta pobre hizo evangélica a su señora y ésta a su marido, por el gusto al Evangelio. Un hombre de mala vida catequizado por los evangélicos, que vive ahora honradamente en una choza cubierta con latas, hace 22 años que se pasó al Evangelio; aprendió a leer con suma dificultad para estar en mejores condiciones de conocer la Palabra de Dios”[15]. El evangelio tiene el poder de cambiar la vida, toda la vida y todas las vidas. Eso un pentecostal chileno lo sabe bien. Y no sólo ellos, sino también, quienes les rodeaban. Nicomedes Guzmán, en su novela La sangre y la esperanza, refiere a un grupo de pentecostales diciendo: “La fe era en sus corazones como una seda nacida de los más tersos capullos o podía ser también como un puño firme desafiando la maldad. -¡Canutos, canutos malditos! – rumoreaba alguien a sus espaldas. -¡Canutos farsantes! / Pero ellos no oían. La lógica de una lucha en que tenían puesto todo su corazón y toda su conciencia los hacía enteros. Cumplían con una función en la vida: luchaban y en su lucha inútil [sic], eran felices”[16]. Un preclaro testimonio del voluntarismo vitalizador del pentecostal chileno, del que hablaremos en el último punto.

  1. Los pentecostales fundaron iglesias nacionales.

 El pentecostalismo chileno se caracteriza por su carácter autóctono. Desde un comienzo se le dio ese cariz, más allá de la influencia del metodismo y de que uno de sus principales líderes, Willis Hoover, fuese estadounidense. Y más allá, de que cruzara las fronteras a otros países de la región e, inclusive, a otros continentes. En cada iglesia pentecostal del mundo, donde se alcen las manos y se den “tres glorias a Dios”, a modo de salva militar de honor, es porque la influencia chilena llegó hasta allí. Este carácter nacional tiene como hitos a la primera comunidad en transformarse en cuerpo autónomo, la 1ª Iglesia Metodista de Santiago, ubicada en calle Jotabeche (que hoy es sede de una de los tres grupos que se llaman Iglesia Metodista Pentecostal); y al primer pastor pentecostal chileno, Víctor Pávez, que presidió la 2ª Iglesia, ubicada en la calle Sargento Aldea (que hoy es una de las sedes de la Iglesia Evangélica Pentecostal). Antes de llamarse Iglesia Metodista Pentecostal, nombre acuñado en la invitación a Hoover para ser superintendente, estas comunidades ocuparon desde 1909 el nombre de Iglesia Metodista Nacional. Esto no sólo era un gesto, sino el marco de un camino que se seguiría de ahí en adelante. No sólo los pastores y guías de clase en su mayoría serían chilenos, sino también los fondos que la solventarían. Fue a partir de la contribución de las familias pentecostales que esta obra avanzó y se autogestionó, sin necesidad de recurrir a los aportes foráneos. De hecho, luego de la muerte de Hoover en 1936, hubo intentos de parte de las Asambleas de Dios de ligar a su conjunto de iglesias a la Iglesia Evangélica Pentecostal, lo cual no prosperó. Se dice que “quien pone la plata, pone la música”, y las iglesias pentecostales chilenas no generaron situaciones que potencialmente las encaminaran a la cooptación. Esto no quiere decir que los aportes foráneos a obras nacionales no sean bienvenidos cuando tienen como mira la extensión del Reino de Dios. Lo que no es bienvenido es el ánimo de dominar y controlar planes y programas, para que las cosas se hagan según modelos implantados por fórceps en nuestras diversas realidades.

Ligado a esto, dentro de las iglesias pentecostales chilenas se dio un fenómeno sumamente interesante. Éstas, con la incapacidad histórica de no poder reformarse sin dividirse, no vieron sus recursos disminuidos aún en circunstancias adversas como la salida de parte importante de contribuyentes, más otras situaciones críticas (discusiones, difamaciones, historias con mitos fundacionales, etcétera). La politóloga Evguenia Fediakova señala en una de sus investigaciones: “Por el contraste con el protestantismo histórico, que al obtener la autonomía administrativa y financiera de las iglesias titulares extranjeras entró en un período de declinación y disminuyó el número de fieles, la independencia y las divisiones no solamente no debilitaron el movimiento pentecostal, sino que fueron factores para su mayor crecimiento y propagación explosiva en todo el país. Sin tener ningún tipo de apoyo de la iglesia extranjera, las iglesias pentecostales demostraron una gran capacidad para la gestión autónoma, utilizando sus propios recursos (diezmos, ofrendas y otros tipos de donaciones) para el mantenimiento y desarrollo de la iglesia y formación de cuadros pastorales”[17]. Contra todo pronóstico, las iglesias formadas mediante procesos de división, también crecían y mantenían su condición de autogestión. El principio por aprender acá no es la división, sino más bien, el hecho de que en la misión el dinero no es lo más importante ni, mucho menos, lo que constituye las tareas de la iglesia. Los pentecostales chilenos han sabido ser iglesia no sólo en “la tierra que fluye leche y miel”, también lo han sido “en el desierto”. La fe en que el Espíritu Santo está en misión, yendo delante de la iglesia, es una verdad que no debe ser monopolio de un grupo eclesial, sino de todo el pueblo de Dios. Eso no fue inventado por los pentecostales, fue asumido por ellos, pero se desprende de la Escritura y en otros momentos de la historia de la iglesia ha sido declarado y vivido por distintos creyentes y comunidades que estuvieron, y están, en misión.

  1. Los pentecostales y su alto sentido del deber y la misión.

 Si hay algo que puede definir con mucha precisión a un pentecostal chileno es el concepto “militante”. Es decir, se trata de un sujeto que vive toda su realidad desde la idea de ser un “hijo del Rey”, un “soldado de Jesucristo”, lo que dota a su práctica de un voluntarismo vitalizador, lo que tiene muchas implicancias. Para el pentecostal, heredero del metodismo y, sobre todo de Wesley, “el mundo es su parroquia”. Todos los lugares son campo de misión y todas las personas son susceptibles de ser evangelizados. Y como todo creyente se ve a sí mismo como un misionero, constantemente comunica su fe y su testimonio de cambio de vida a otros que no son creyentes, ya sea familiares o desconocidos que encuentra en un trámite, en el hospital o en un microbús. Pasar de un adherente de la iglesia a alguien que comunica su fe marca un antes y un después en la praxis religiosa. Es evidente, que el premilenarismo dispensacionalista tan característico en estas comunidades dota de un sentido de urgencia a dicha predicación. Predicar no sólo implica comunicar el mensaje del Reino sino “sacar personas del infierno”. El pentecostal se siente un deudor de aquellos que van sin salvación, parafraseando uno de sus cantos.

Una de las características más importantes de la evangelización pentecostal es su método del “punto de predicación”. Es decir, el encuentro de hermanos en un horario de la tarde en una determinada intersección de calles, aledañas al local de avanzada o de la iglesia central, en la que se comunica a viva voz el evangelio. La predicación siempre es antecedida por un himno ad hoc (“Ven a él, pecador”, tal vez sea el más conocido de ellos), el que es cantado a capela o con instrumentos dependiendo de la denominación. La predicación es sencilla, se comunica la noticia de que Cristo murió y resucitó, teniendo poder para salvar. En la mayoría de las ocasiones va acompañada de un testimonio de conversión o sanidad, además de palabras respecto al fin del mundo, buscando que el oyente tome conciencia de la urgencia de su decisión de fe (nótese el cariz arminiano o wesleyano). Este método dio resultados fructíferos por largo tiempo, teniendo poca efectividad al día de hoy. No es lo mismo el Chile de puertas abiertas, con juegos de niños y conversaciones de adultos en la calle, al Chile postdictatorial del amurallamiento y enrejamiento que es expresión de un cambio en el modo de vivir. La predicación a la calle era un método que decía relación con una realidad que hoy no se ve de manera profusa. Allí hay que decir una palabra para las nuevas generaciones de pentecostales: una de las grandes virtudes del pentecostalismo chileno fue la de saberse movimiento, es decir, cada método y forma, sin alterar el contenido central, debían responder al momento presente; por ende, cuando dichas prácticas de vuelven tradición inmodificable, eso anquilosa a las iglesias. El pentecostalismo impactó al Chile del siglo XX, porque era un movimiento del siglo XX. Si no se hace ese cruce dialógico, el decrecimiento será un desagradable resultado para el pentecostalismo de hoy.

Ahora bien, dicha tarea evangelística no daría resultado alguno, sin el voluntarismo de sus miembros, de lo cual hay muchas pruebas. Dos ejemplos de ello: a) La predicación en las cárceles, al punto que un símbolo de la conversión de los reclusos sea el “ponerse la corbata”, ha sido fruto del esfuerzo pentecostal, lo que ha derivado en la rehabilitación de miles de sujetos que la sociedad veía como desadaptados e, inclusive, como escoria, pero que el pentecostal vio como alguien con “una preciosa alma que salvar”. b) Otro de los elementos, quizá uno de los más coloridos, es la existencia de Cuerpos de Ciclistas. Cuando el movimiento pentecostal emerge, la mayoría de sus miembros carecía de medios de transporte motorizado, por lo cual, la bicicleta era un medio de acercamiento. Organizar a los hermanos con ese medio, los que usan uniforme (como todos los militantes de partidos y agrupaciones políticas de inicios del siglo XX), dotando de una mística de unidad al grupo, fue sustancial de la tarea misional. Estos grupos eran denominados “el brazo largo de la iglesia”, pues podían llegar a lugares que los demás hermanos, caminando, no podían alcanzar. “Y vamos por los campos, también por la ciudad, / por rutas pedregosas con que dificultad, / en los brazos de Cristo, confiando en su poder”[18], es parte del himno del grupo, que estaba grabado a fuego en su identidad misional. El esfuerzo y el cansancio no son nada al lado de la alegría de participar de la misión, cosa que puedo testimoniar desde mi propia experiencia. El miembro de la iglesia, aunque no tenga un cargo de responsabilidad en su comunidad, se esfuerza por igual en la extensión del Reino. Cómo no recordar al hermano Castillo que a sus noventa años lloraba en la puerta de su casa porque ya no podía salir a predicar a la calle, pues ya no tenía las fuerzas suficientes; o al hermano Panchito que cuatro días antes de su fallecimiento, caminaba hacia la Escuela Dominical deteniéndose cada diez metros, porque desfallecía de cansancio y al que, al encontrarlo en el camino, llevé del brazo; o la hermana Carmelita Olmedo que, en sus últimos días, caminaba afirmándose de las rejas y de los postes de luz, para llegar a la casa del Señor; o el hermano Villa, que participó en cuánta construcción de templos pudo en su trayectoria y un día se lamentaba de no haber hecho nada por la obra del Señor. Santos-pecadores que, con una multitud de errores, sembraron la preciosa semilla con lágrimas, para que ellos, junto a otros, con regocijo recogieran el fruto de ella (cf. Salmo 126:5,6).

Otra muestra del alto sentido del deber del pentecostal chileno es la comprensión que tiene del llamado pastoral. Cuando un pentecostal es vocacionado para dicha labor, entiende que su tarea como obrero del evangelio es urgente, por lo que obedece dicho llamado. Y aquí importa poco la distancia y los recursos. Es sabido que muchos pastores pentecostales en los albores del movimiento, y al inicio de su tarea ministerial, aplicaron el ideal barthiano de andar con la Biblia y el diario debajo del brazo; ahora bien, el diario lo ocupaban para taparse en las noches donde el sueño los encontrara, y no para informarse del acontecer cotidiano. Conocí pastores, en estos tiempos, que dejaron sus labores, algunas de ellas bastante productivas, para ir al trabajo pastoral, teniendo escasez de alimentos y de un techo que los cubriera, porque lo importante era extender el Reino de Dios. El primer pastor evangélico que tuve en mi infancia, era un ministro que a lo largo de su carrera ha presidido una veintena de iglesias, por breve tiempo, pues su labor central ha sido trabajar en comunidades dañadas por procesos de división o ante la disciplina de su anterior pastor. Cuando la iglesia estaba sana, emprendía hacia un nuevo destino donde comenzaba una nueva labor. He ahí el ejemplo de la radicalidad de la obediencia que lleva al desarraigo, frente a amigos y bienes temporales. ¿Cuántos pastores fueron en los inicios de su ministerio zapateros, panaderos, albañiles, gasfíteres, maestros chasquilla[19], etcétera, para llevar el pan a su casa? Ahora, entiéndase bien, no estoy idealizando la falta de sostén económico de los nuevos pastores, porque dicha desafección podría conllevar situaciones que nadie quisiera para una familia, y debiese considerarse un error misional. Lo que me importa relevar es el sentido del deber, la obediencia a las autoridades de la iglesia, la comprensión de la necesidad del evangelio y frente a dicha mirada, los recursos económicos no son lo más importante. El evangelio es lo que importa. Y, por otro lado, si los recursos económicos faltaron, no fue por el egoísmo del Obispo o Superintendente, o del Cuerpo de Presbíteros, sino porque, en la mayoría de los casos, no existían. Entonces, ¿dejaremos de predicar porque la situación es adversa? ¿Dejaremos de obedecer al llamado a la misión porque no tenemos financiamiento? ¿Somos cristianos citadinos o entendemos que nuestro peregrinaje se da en el desierto? ¿Cuánto nos demoramos en la tarea de extender el Reino de Dios porque no hay dinero? La fidelidad pentecostal confronta nuestra comodidad. Y es que el llamado no se desobedece, porque Dios es quien lo ejecuta, y es él, quien con fidelidad y abundante misericordia, provee lo necesario. Y cada pentecostal sabe que lo que hace es por obra del poder del Espíritu Santo, quien capacita con dones al servicio de la iglesia, quien llena de su plenitud, quien santifica, quien garantiza la victoria en la misión más allá de las estadísticas y la mercadotecnia aterrizada en iglecrecimiento. Por eso, es que cuando hablan, al final de cada oportunidad tras un púlpito, ya sea para predicar o testimoniar, digan tradicionalmente: “Para Dios toda la honra y la gloria, y para mí su misericordia”.

Juan A. Mackay decía a mediados de la década de los sesenta del siglo pasado: “Los pentecostales tenían algo que ofrecer, algo que hizo vibrar a gente aletargada por la monotonía y desesperanza de su existencia. Millones respondieron al evangelio. Su vida fue transformada, se les amplió el horizonte; la vida cobró un significado dinámico. La realidad de Dios, Jesucristo y el Espíritu Santo –que previamente no habían sido sino términos sentimentales ligados al ritual y al folclore- cobraron un nuevo significado, llegaron a ser medios por los cuales se comunicaba la luz, fortaleza y esperanza al espíritu humano. La gente se transformó en personas, con un propósito para vivir”[20]. La cita de Mackay, con la que cierro estas palabras, reclama dos herencias: la herencia de mi pasado pentecostal y la de mi presente presbiteriano. Actuaría deshonrando a Dios si no leyera mi historia desde la clave de la providencia, siendo un malagradecido de todo lo que aprendí y vi de fieles hombres y mujeres que sirvieron, y sirven, hasta el fin a su Rey y Señor. Mucho se ha escrito sobre los errores y los abusos del pentecostalismo, cuestión justa y necesaria. Pero también, es justo y necesario, relevar la pasión por Jesucristo en la plantación de iglesias, por parte de estos hermanos, siervos de Dios. Fueron los pentecostales quienes llenaron Chile con la locura de la predicación y, frente a eso, no sólo debemos guardar silencio reflexivo, sino también aprender para ponernos manos a la obra, sobre todo, respecto a los cinco puntos enunciados. Así como dice uno de los himnos que tantas veces resonó por las calles de este país: “¡Trabajad, trabajad! somos siervos de Dios; / seguiremos la senda que el Maestro trazó. / Renovando las fuerzas con bienes que da. / El deber que nos toca cumplido será”[21].


[1] Para conocer el pentecostalismo clásico desde su perfil doctrinal, véase Myer Pearlman. Teología Bíblica y Sistemática. Miami, Editorial Vida, 1992. Particularmente su capítulo 10, sobre el Espíritu Santo, teniendo allí, de primera mano, uno de los textos que más ha influenciado a la formación de una pneumatología pentecostal (pp. 203-250). Si bien es cierto, la experiencia carismática del pentecostalismo chileno difiere de lo señalado por Pearlman (por ejemplo, en el bautismo del Espíritu y su “señal única” de hablar en otras lenguas), a partir del ingreso del misionero Pablo Hoff y la creación del Instituto Bíblico Pentecostal en 1979, este libro se transformó en uno de los más importantes manuales de formación de ministros pentecostales en el país. Desde un perfil doctrinal e histórico, véase: Frederick Dale Bruner. Teología do Espírito Santo. A esperiência pentecostal e o testemunho do Novo Testamento. Sâo Paulo, Editora Cultura Cristâ, 2012; y Kittim Silva. La experiencia pentecostal. El despertar que sacudió a la iglesia. Miami, Editorial Carisma, 1996.

[2] Para asentar un panorama lo más completo posible de la experiencia histórica del pentecostalismo chileno véase: Angélica Barrios. “Canuto: un pasado presente a través del concepto. Antecedentes históricos del pentecostalismo en la vida de Juan Canut de Bon Gil”. En: Daniel Chiquete (coordinador). Voces del Pentecostalismo Latinoamericano II. Historia, teología, identidad. Concepción, Red Latinoamericana de Estudios Pentecostales, 2009, pp. 27-44; Matthew Bothner. “El soplo del Espíritu: Perspectivas sobre el movimiento pentecostal en Chile”. En: Estudios Públicos, Nº 55, invierno de 1994, pp. 261-296; Claudio Colombo. Aproximaciones al origen y naturaleza del pentecostalismo en Chile. En: http://www.prolades.com/cra/regions/sam/chi/Colombo_pentecostalismo.pdf (Consulta: julio de 2014). Manuel Díaz. Las sorpresas del movimiento pentecostal chileno. En: http://sites.netlook.cl/sendas/wp-content/uploads/sites/8/2012/12/las_sorpresas_del_avivamiento_pentecostal-_manuel-diaz.pdf (Consulta: julio de 2014); Cristian Guerra. La música en el movimiento Pentecostal de Chile (1909-1936): El aporte de Willis Collins Hoover y de Genaro Ríos Campos. En: http://sites.netlook.cl/sendas/wp-content/uploads/sites/8/2012/12/investigacion_musica_pentecostal.pdf (Consulta: julio de 2014); Cristian Guerra. “Tiempo, relato y canto en la comunidad pentecostal”. En: Revista Cultura y Religión. Vol. III, Nº 2, 2009, pp. 127-144; Christian Lalive d’Epinay. El refugio de las masas. Estudio sociológico del protestantismo en Chile. Santiago, Centro Evangélico de Estudios Pentecostales e Instituto de Estudios Avanzados, 2009, pp. 39-109; Willis Hoover. Historia del avivamiento pentecostal en Chile. Concepción, Centro Evangélico de Estudios Pentecostales, 2008; Martin Lindhardt. “El fin se acerca. Historia y escatología en el pentecostalismo ‘tradicional’ chileno”. En: Revista Cultura y Religión. Vol. VIII, Nº 1, enero-junio de 2014, pp. 242-261; Martin Lindhardt. “Poder, género y cambio cultural en el pentecostalismo chileno”. En: Revista Cultura y Religión. Vol. III, Nº 2, 2009, pp. 94-112; Miguel A. Mansilla. “De la disidencia a la sumisión. La rebeldía como principio pentecostal y los rudimentos de la pentecosfobia en Chile”. En: Cuadernos Judaicos. Nº 27, diciembre de 2010; Miguel A. Mansilla. La cruz y la esperanza. La cultura del pentecostalismo chileno en la primera mitad del siglo XX. Santiago, Editorial de la Universidad Bolivariana, 2009, pp. 11-28; Miguel A. Mansilla. “Morir… dormir… vivir… ¿Cuál es la diferencia? Las actitudes de la muerte en el pentecostalismo chileno (1909-1936). En: Revista Cultura y Religión. Vol. II., Nº 3, 2008, pp. 114-127; Miguel A. Mansilla. “Pentecostalismo y Ciencias Sociales. Reflexión en torno a las investigaciones del pentecostalismo chileno”. En: Revista Cultura y Religión. Vol. III, Nº 2, 2009, pp. 21-42; Nelson Marín. “La representación social del Diablo en el Pentecostalismo: Un estudio de caso en Santiago de Chile”. En: Revista Cultura y Religión. Vol. IV, Nº 2, octubre de 2010, pp. 225-240; Rodrigo Moulian. “Somatosemiosis e identidad carismática pentecostal”. En: Revista Cultura y Religión. Vol. III, Nº 2, 2009, pp. 188-198; Luis Orellana. El fuego y la nieve. Historia del Movimiento Pentecostal en Chile, 1909-1932. Tomo 1. Concepción. Centro Evangélico de Estudios Pentecostales, 2006, pp. 45-79, 103-155; David Oviedo. “Modernidad y tradición en el pentecostalismo latinoamericano. Alcances socio-políticos en el Chile actual”. En: Historia Actual Online. Nº 11, Otoño 2006, pp. 21-31; Manuel Ossa. “Trabajo y religión en el pentecostalismo”. Mella, Orlando y Frías, Patricio (Editores). Religiosidad popular, trabajo y comunidades de base. Santiago, Primus Ediciones, 1991, pp. 45-72; José Peña. Análisis teológico sobre el Avivamiento Pentecostal en Chile. En: http://www.corporacionsendas.cl/descargas/01-Avivamiento%20Pentecostal,%20analisis%20teol%F3gico%20(Jos%E9%20Pe%F1a).pdf (Consulta: julio de 2014); e Ignacio Vergara. El protestantismo en Chile. Santiago, Editorial del Pacífico, 1965. Capítulo tercero “La tercera Reforma”, pp. 109-128.

[3] Por ejemplo, Rodolfo Blank. Teología y misión en América Latina. St. Louis, Concordia Publishing House, 1996, pp. 200-223; H. Fernando Bullón. Historia de la iglesia y responsabilidad social. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 2008, pp. 194-203; Pablo Deiros. Historia del cristianismo en América Latina. Buenos Aires, Fraternidad Teológica Latinoamericana, 1992, pp. 751-755, 795-800; Samuel Escobar. Cómo comprender la misión. Buenos Aires, Certeza Unida, 2007. Capítulo 7: “”El Espíritu Santo y la misión cristiana”, pp. 147-166; Ondina González y Justo González. Historia del Cristianismo en América Latina. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 2012, pp. 373-386; José Míguez Bonino. Rostros del protestantismo latinoamericano. Buenos Aires, Nueva Creación, 1995. “El rostro pentecostal del protestantismo latinoamericano”, pp. 57-79; y Ruth Tucker, Ruth. Hasta lo último de la tierra. Historia biográfica de la obra misionera. Miami, Editorial Vida, 1994. Capítulo 12, “El surgimiento del pentecostalismo: ‘Una expansión espectacular’”, pp. 369-372, 379-383.

[4] De los 7 a los 12 años asistí a la Iglesia Evangélica Pentecostal en San Bernardo y de los 12 a los 27 años a la Iglesia Pentecostal Naciente, una denominación originada por una división de la IEP en 1966, en Puente Alto. En ella fui miembro en plena comunión y trabajé en los grupos juveniles a nivel local y denominacional.

[5] Véase respecto a la Cuestión Social: Sergio Grez. De la “regeneración del pueblo” a la huelga general: génesis y evolución histórica del movimiento popular en Chile (1810-1890). Santiago, RIL Editores, 2007; y Julio Pinto y Verónica Valdivia. ¿Revolución proletaria o querida chusma? Socialismo y Alessandrismo en la pugna por la politización pampina (1911-1932). Santiago, LOM Ediciones, 2001. Sobre Recabarren, véase: Jaime Massardo. La formación del imaginario político de Luis Emilio Recabarren. Contribución al estudio crítico de las clases subalternas de la sociedad chilena. Santiago, LOM Ediciones, 2008; y Julio Pinto. Luis Emilio Recabarren: una biografía histórica. Santiago, LOM Ediciones, 2013.

[6] No se refiere a “untar con aceite” (aunque no lo excluye en casos extremos), sino a una oración por los enfermos con imposición de manos en la que se declaraba por fe la sanidad.

[7] Cristian Parker y Luis Orellana. “Presentación”. Lalive d’Epinay. El refugio de las masas…, Op. Cit., p. 8.

[8] Alberto Hurtado. Es Chile un país Católico. Santiago, Cámara Chilena de la Construcción, Pontificia Universidad Católica y Dirección de Bibliotecas Archivos y Museos, 2009, pp. 56, 57. Recomiendo leer el capítulo “La campaña protestante en Chile”, pp. 55-67.

[9] Las “Poblaciones Callampa”, eran un conjunto de viviendas en la periferia de la ciudad, levantadas en lo que originalmente eran sitios eriazos y/o desocupados, caracterizada por su desorganización (no hay planificación arquitectónica) y lo liviano de los materiales de construcción, que hacía que rápidamente las viviendas estuvieran formadas (por eso, la alusión a las callampas –hongos-). Tienen su símil con las favelas en Brasil, las villas miseria en Argentina, los cantegril en Uruguay y los pueblos jóvenes en Perú.

[10] Sobre el fenómeno poblacional, véase: Mario Garcés. Tomando su sitio. El movimiento de pobladores de Santiago, 1957-1970. Santiago, LOM Ediciones, 2002. También debe revisarse: Gabriel Salazar. Movimientos Sociales en Chile. Trayectoria histórica y proyección política. Santiago, Uqbar Editores, 2012, pp. 169-226; y Leopoldo Benavides et al. Campamentos y poblaciones de las comunas del Gran Santiago (2ª Edición). Documento de trabajo, Programa FLACSO-Santiago de Chile, Nº 192, Septiembre de 1983.

[11] En algunas ocasiones, no está de más decirlo, esto trajo problemas con los títulos de propiedad, sobre todo cuando familiares reclamaban sus derechos de herencia.

[12] Se ocupa el concepto no en la manera bíblica, sino como es usado de manera común en el mundo pentecostal chileno, y también en otras denominaciones evangélicas latinoamericanas.

[13] María Rosaria Stabili. “Mirando las cosas al revés: Algunas reflexiones a propósito del período parlamentario”. En: Luis Ortega (Editor). La guerra Civil de 1891. 100 años hoy. Santiago, Universidad de Santiago de Chile, 1991, p. 165.

[14] Cristian Guerra. La música en el movimiento Pentecostal de Chile (1909-1936): El aporte de Willis Collins Hoover y de Genaro Ríos Campos. En: http://sites.netlook.cl/sendas/wp-content/uploads/sites/8/2012/12/investigacion_musica_pentecostal.pdf (Consulta: julio de 2014); y Cristian Guerra. “Tiempo, relato y canto en la comunidad pentecostal”. En: Revista Cultura y Religión. Vol. III, Nº 2, 2009, pp. 127-144.

[15] Hurtado. Op. Cit., pp. 58, 59.

[16] Nicomedes Guzmán. La sangre y la esperanza. Lo Hermida, Ediciones Periplos & Peripecias, 2015, p. 48.

[17] Evguenia Fediakova. Evangélicos, política y sociedad en Chile: Dejando “el refugio de las masas” 1990-2010. Concepción y Santiago, Centro Evangélico de Estudios Pentecostales e Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile, 2013, pp. 21, 22

[18] Himnario Pentecostal, Nº 180. Sigo la edición hecha por la Iglesia Pentecostal Naciente.

[19] Un maestro chasquilla es un trabajador informal que hace múltiples labores y arreglos, las que aprendió como autodidactas.

[20] Juan A. Mackay. “Latin America and Revolution – II: ‘The New Mood in the Churches’”: En The Christian Century, 24 de noviembre de 1965, p. 1439. Citado por Míguez Bonino. Rostros del protestantismo…, Op. Cit., p. 58.

[21] Himnario Pentecostal, Nº 116.

¿Por qué ex pentecostales llegan a una Iglesia Presbiteriana como la nuestra?

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Soy ex pentecostal y llegué a inicios de 2010 a una iglesia que estaba en proceso de plantación. En dicho proceso, a partir de lecturas relacionadas con dicha dinámica misional de la iglesia, corría con fuerza la idea de no recibir gente venida de otras denominaciones, con la finalidad de no introducir vicios y malas prácticas en una iglesia que recién estaba comenzando. Con el paso del tiempo, nos fuimos dando cuenta que a nuestra comunidad llegaban muchos miembros de otras confesiones, sobre todo ex pentecostales. Varios de los elementos que escribo acá los hemos conversado con Vladimir Pacheco, mi amigo y pastor (a quien libero de responsabilidad de lo escrito acá, sobre todo de los desaciertos y omisiones), y surgen de la profunda y larga reflexión que hicimos respecto a esta temática. De una u otra manera, esta es también “mi historia”, por lo cual  me presento acá con profundo respeto por los hermanos de mi antigua congregación, como por otros pentecostales, amigos en algunos casos, que leerán este post, de quienes no hablo. Estoy refiriendo acá a ex pentecostales que llegan a nuestras comunidades, buscando las razones de dicha migración y viendo cómo trabajar con ellos.

A partir de conversaciones y lecturas nos fuimos dando cuenta que estábamos frente a un fenómeno amplio a nivel latinoamericano, del cual, de una u otra manera no podíamos escapar. De hecho, existe literatura especializada que ha abordado esta problemática. La cientista política Evguenia Fediakova plantea que: “Para algunos líderes pentecostales, la crisis del movimiento se manifiesta en la ‘mundanización’ del pentecostalismo y la pérdida de fieles. Según esta visión, la inserción a la sociedad ‘ha contaminado’ al pueblo evangélico con ‘males mundanos’ y ‘corrompido’ los fundamentos morales de creyentes. Muchos jóvenes evangélicos que salen al mundo profesional, abandonan la iglesia al descubrir que la doctrina pentecostal no siempre es capaz de dar respuestas adecuadas a los problemas laborales, interprersonales o existenciales que los esperan en ‘la sociedad’”[1]. Si bien es cierto, el planteamiento que alude, desde un perfil sociológico, que el ascenso en el capital cultural de los “jóvenes pentecostales” ha sido parte del proceso de migración de las iglesias de dichas denominaciones, no necesariamente es la única explicación. De hecho, sin ánimo de negar dicha tesis –por el contrario, es una variable-, no tiene en cuenta factores eclesiológicos que son de suma importancia, y que incluye, no sólo a un sector profesionalizado, sino también, a otras personas de distintas edades y acerbos culturales y sociales.

A partir de nuestra experiencia (que no es normativa, como toda experiencia), me permito enumerar algunas de las razones que complementan la mirada desde las ciencias sociales:

a. La ausencia de confesionalidad del mundo pentecostal, lo que da amplias oportunidades a quienes buscan conocimientos. La ausencia de confesionalidad es otra manera de denominar la ausencia de “comunidad de fe” en una congregación, pues existe la posibilidad de la interpretación particular de las Escrituras. Por otro lado, los procesos migratorios de pentecostales no sólo se dan dentro sectores reformados, sino también a otros espectros teológicos (por ejemplo, a sectores liberales), lo que releva las amplias posibilidades de las nuevas lecturas. El acercamiento al mundo reformado se hace por el encuentro, fundamentalmente, con las doctrinas de la gracia (especialmente, de los cinco puntos del calvinismo), lo que luego deriva en el conocimiento, o descubrimiento, de otros elementos de la teología reformada, que enfatizan en la soberanía de Dios y una cosmovisión centrada en la Escritura, la que no sólo tiene implicancias en lo puramente eclesial, sino en la expresión de fe extra-muros de la iglesia: en el trabajo, en los estudios, en la familia, en la vida misma. El encuentro con la fe reformada trasunta en el encuentro con la Escritura y una visión total, omnicomprensiva, provista por ella.

b. La ausencia de la predicación del Evangelio. El énfasis sinérgico en las obras y en el perfeccionismo (de origen wesleyano, metodista, de donde emerge el pentecostalismo chileno), se traduce en una pesada carga para las personas que luchan toda su vida por “ganar la salvación”. “Andar en novedad de vida” no es resultado de la obra del Espíritu Santo, sino del esfuerzo que merece la gracia. Probablemente, no se enuncie siempre (o nunca) de esa manera, pero ahí está la culpa, vergüenza y lucha que cansa de quienes llegan a nuestra iglesia. Eso se hace patente, por ejemplo, en los exámenes de nuevos miembros, ante la pregunta: “¿qué ha sido lo más significativo de participar en nuestra iglesia?” y la mayoría de las personas, da cuenta de este aspecto, el de la liberación de la culpa y del peso innecesario que implica servir al Señor. El evangelio, transforma la visión y, junto con ello, libera para vivir el amor.

c. La ausencia de prácticas sanas del liderazgo. Otro de los aspectos que en la mayoría de las ocasiones enuncian los nuevos miembros de nuestra iglesia, y que proceden del mundo pentecostal, dice relación con los aspectos referidos al gobierno y administración de su ex comunidad. Abusos de poder de liderazgos tiránicos, uso indebido de recursos económicos, poca posibilidad para servir (escaso discernimiento de los dones de los miembros de las iglesias), ausencia de disciplina bíblica, nepotismo, entre otras. Por eso es que de lo que estamos hablando acá no es del “robo de ovejas”, como suele peyorativamente llamarse a los fenómenos migratorios de iglesias, sino de la sanidad de creyentes dañados en sus prácticas de fe. Es así como el sistema de gobierno presbiteriano, que nos libra de todas las tiranías (la de nosotros mismos y los demás), es de los puntos que más destacan, junto a la transparencia respecto a los recursos, los que vienen a ser elementos que tranquilizan la conciencia y permiten vivir la comunidad sin riesgos ni a la defensiva.

 A partir de dichas realidades eclesiales, ¿cómo trabajar con ex pentecostales?

 Los tres aspectos negativos que he enunciado anteriormente, requieren de un proceso de desintoxicación, tanto en la doctrina y la práctica, que debe darse en la participación de todas las instancias que la vida de la iglesia provee: cultos, estudios bíblicos, cursos de catecúmenos, grupos pequeños, vigilias, encuentros presbiteriales, etcétera. Y es, en dichas circunstancias que hemos notado, que nuestros hermanos no son puros cachos (forma en la que en Chile se refiere a personas que causan problemas), sino una verdadera bendición para la vida de la iglesia. Los ex pentecostales han sido un factor dinamizador de la vida comunitaria, destacándose la solicitud manifestada en un cristianismo militante, que implica la disposición a aprender-obedeciendo la Escritura, y sobre todo al servicio voluntario y diligente, no sólo en los aspectos cúlticos, sino además en la integración, la acogida, los trabajos de aseo y ornato de las dependencias del templo, en el compartir la vida con otros, y más. Sin duda, eso no es un aprendizaje reciente, sino algo que aprendieron y vivieron en sus antiguas congregaciones. Y dicho fervor, por gracia, es contagioso.

 Lo anterior, implica un proceso de resignificación del pasado vivido, en la clave del rescate de lo bueno aprendido y del perdón que restaura el daño o lo malo realizado-y-recibido. Ahí la gracia y la providencia son claves de lectura de la vida. Ellos no perdieron el tiempo en su anterior experiencia de fe, por algo estuvieron ahí, por algo Dios los llamó a la caminata de la fe en dichas iglesias. Por ello, el proceso de inducción al presbiterianismo debe emerger de la lectura de la Palabra y el estudio de la confesionalidad, de tal manera que más que iconoclastas de su pasado, estos hermanos aterricen su fe y la vivan, entendiendo que todo lo que Dios ha hecho es bueno y que, por ende, no pueden ni deben hacer tabula rasa de su pasado. Por ende, estos hermanos deben disponerse a no ser meros consumidores de fe, sino miembros que aprenden y sirven en comunidad en un nuevo proceso de hermandad.

Luis Pino Moyano.


[1] Evguenia Fediakova. Evangélicos, política y sociedad en Chile: Dejando el “refugio de las masas” 1990-2010. Santiago, Centro Evangélico de Estudios Pentecostales e Instituto de Estudios Avanzados de la USACH, 2013, p. 39.

Pentecostalismo chileno.

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 El día de ayer comenzamos en la Iglesia Presbiteriana Puente de Vida una serie de conversaciones de teología que hemos denominado Summer Theology, las que se realizarán todos los miércoles de enero, a las 20:00 hrs., en las dependencias de nuestra iglesia. En dicha instancia me correspondió hablar sobre el Pentecostalismo chileno, teniendo presente elementos históricos, teológicos y eclesiológicos. Luego de eso, tuvimos la oportunidad de compartir en torno a preguntas y opiniones que extendieron los análisis, todo en un ambiente fraterno. No sólo habíamos presbiterianos (miembros de nuestra iglesia), sino también hermanos pentecostales, bautistas, luteranos y de otros contextos eclesiales.

Por lo mismo, quisiera compartir con ustedes el audio de la exposición (la conversación posterior no fue grabada. Gracias José Luis Sanhueza por dejar un registro de esta primera sesión).

A su vez, les comparto las diapositivas que ocupé como apuntes. Ayer no proyectamos nada, porque fue sentados en una mesa al aire libre. Las diapos son de una clase en la que me tocó exponer a mis compañeros/as del Seminario Teológico Presbiteriano, sobre esta temática. Agradezco en esto a Manuel Alveal Vera, hermano metodista y amigo, quien me facilitó algunas fotografías y materiales, a partir de su trabajo archivístico. Las diapositivas pueden ser descargadas pinchando acá.

Las diapositivas no entregan datos bibliográficos con la finalidad de no recargar la presentación. Pero quienes quieran conocer los textos estudiados con la idea de profundizar en sus estudios, pueden encontrar dicha bibliografía pinchando acá.

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Una de las fotos de la primera conversación del Summer Theology, realizado el 7 de enero de 2015, sobre pentecostalismo chileno.

 

Para conocer el registro de las otras sesiones, haga clic acá.