Exposiciones sobre presbiterianismo en Chile.

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En el marco de los 150 años del presbiterianismo en Chile, y particularmente de la “Iglesia Presbiteriana de Chile”, que se cumplirán el próximo año, la 1ª Iglesia Presbiteriana de Santiago ha estado desarrollando este año una serie de conferencias históricas. En mi caso, me ha tocado participar de dos de ellas, una sobre el presbiterianismo entre 1903 y 1964, y otra sobre la nacionalización de la Iglesia Presbiteriana de Chile en 1964.

Comparto acá los vídeos que registran ambas exposiciones, junto con las diapositivas presentadas en dichas ocasiones, compendiadas en un solo archivo, esperando que sean un aporte a la reflexión sobre la realidad pasada (y presente) de nuestra amada iglesia.

 

Las diapositivas de ambas exposiciones, compendiadas en un solo archivo, puede descargarse haciendo clic aquí.

Les invito a revisar todas las exposiciones, registradas en el canal de YouTube de la 1ª Iglesia Presbiteriana de Santiago.

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En casa del publicano.

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Publicado originalmente Metanoia.

Una de las cosas que más me ha llamado la atención en este último tiempo, respecto de la reaparición en la escena pública de cristianos evangélicos en Chile, con la intención de plantear ideas, algunas de ellas, en cierto sentido, transversales, tiene relación con la falta de atención en la forma en la que nos relacionamos con quienes no son creyentes cristianos como nosotros. En ese andar reflexivo, y ayudado por los jóvenes de la 7ª Iglesia Presbiteriana de Santiago que me invitaron a conversar sobre este asunto a partir de esta pregunta, a quienes agradezco su gran deferencia y, por supuesto, libero de responsabilidad de lo dicho acá, es que me he propuesto plantear algunas ideas. En primer lugar, quiero ir a la historia relatada en el evangelio de Lucas que nos presenta la relación que Jesús llega a tener con Zaqueo. El evangelio dice:

“Jesús entró en Jericó, y comenzó a cruzar la ciudad. Mientras caminaba, un hombre rico llamado Zaqueo, que era jefe de los cobradores de impuestos, trataba de ver quién era Jesús, pero por causa de la multitud no podía hacerlo, pues era de baja estatura. Pero rápidamente se adelantó y, para verlo, se trepó a un árbol, pues Jesús iba a pasar por allí. Cuando Jesús llegó a ese lugar, levantó la vista y le dijo: ‘Zaqueo, apúrate y baja de allí, porque hoy tengo que pasar la noche en tu casa’. Zaqueo bajó de prisa, y con mucho gusto recibió a Jesús. Todos, al ver esto, murmuraban, pues decían que Jesús había entrado en la casa de un pecador. Pero Zaqueo se puso de pie y le dijo al Señor: ‘Señor, voy a dar ahora mismo la mitad de mis bienes a los pobres. Y si en algo he defraudado a alguien, le devolveré cuatro veces más lo defraudado’. Jesús le dijo: ‘Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues este hombre también es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido’” (Lucas 19:1-10, RVC).

La historia nos muestra a un sujeto llamado Zaqueo, cuyo nombre muy bonito (significaba “puro”, “justo”, o inclusive, “Dios se acordó”), no le representaba socialmente. Zaqueo era jefe de los cobradores de impuestos. Éstos tenían una muy mala reputación social, pues eran símbolo de la explotación imperial que recaía sobre sus coterráneos, por medio del cobro de impuestos que enriquecían las arcas romanas, lo que les constituía en enemigos de Israel. No sólo eso marcaba su reputación, sino el hecho sabido: muchos de los publicanos eran ladrones, cobrando más del impuesto asignado, lo que les permitía obtener un oneroso rédito. Rápidamente estos hombres ascendían socialmente, obtenían lujos que otros no podían alcanzar en su vida, pero un dejo de vacío les terminaba consumiendo. Los cobradores de impuestos vivían a las afueras de la ciudad, alejados de las personas. Nadie quería estar cerca de ellos, ni mucho menos, entrar en sus casas. Ningún padre de familia respetable y celoso de la ley del Señor habría permitido que una hija suya se hubiese casado con un cobrador de impuestos, por ende, la única relación posible (no legítima) con el sexo opuesto se efectuaba con prostitutas. Teniéndolo (aparentemente) todo, eran parias de la sociedad. Esta situación estaba exacerbada en Zaqueo, pues era jefe de los cobradores de impuestos de Jericó. O sea, en su ciudad, Zaqueo era el símbolo por excelencia de la corrupción, opresión e inmoralidad.

El jefe de los publicanos, en la cima de su profesión, pero con una necesidad que nada ni nadie podía llenar, por alguna circunstancia que no aparece en el texto conoce a Jesús. Lo que sí aparece con claridad, es que anhelaba profundamente conocerle. La regeneración operada en su corazón por el Espíritu Santo (¡calvinismo a la vena!), le hace no tener en cuenta su dignidad ni lo que dirían acerca de él. Sin miedo al ridículo, se sube a un árbol para ver a Jesús.

Uno tendería a pensar, a la luz del relato, que el protagonista central de esta historia es Zaqueo, cosa que surge de una mirada rápida. Y no es así. Él no es el protagonista central, porque ese papel recae en Jesús, como en todo el evangelio (y como debiese ser en todos nuestros planes y programas). Es Jesús quien busca a Zaqueo, se acerca y le habla. Es Jesús, en una prerrogativa que los reyes tenían, quien no siendo solicitado actúa invitándose a la casa de quien sólo puede ser un súbdito. Y aquí hay otra muestra de la regeneración: el texto señala que Zaqueo bajó de prisa del árbol y con gusto desplegó los preparativos para recibir a Jesús en su hogar. ¡La gracia es irresistible! Jesús, el protagonista de esta historia, actúa escandalosamente. Es probable, que los papás y las mamás judíos hayan tenido algún dicho similar al “dime con quién andas y te diré quién eres”, que escuchamos repetidamente en nuestros hogares. A Jesús eso poco le importa. Él tiene muestras de compasión y acercamiento con pobres, mujeres, samaritanos, leprosos, endemoniados y, por supuesto, con publicanos. Los toca, conversa con ellos, hasta comparte la mesa y, desde luego, sana las heridas del corazón, transformándoles como sólo él sabe hacerlo. Jesús hace lo que ningún judío respetable y preocupado por su alta reputación habría hecho: entra en la casa de Zaqueo a comer con él. Hay un acto de compasión por el pecador que muestra el amor que, al decir de Pablo, supera con creces nuestro entendimiento.

Aquí ocurre algo muy interesante: sin que Jesús dijera una sola palabra respecto de la baja condición moral de Zaqueo, sin exhortarle a cambiar, éste, por la obra del Espíritu, traducida en frutos de arrepentimiento, se compromete a restaurar el daño causado por él a sus conciudadanos, devolviéndoles, tal y como expresaba la ley del Señor (Éxodo 22:1), cuatro veces lo que había tomado de ellos injustamente. Pero Zaqueo, en “el primer amor” de la conversión, se compromete más allá de lo que la ley establecía, cuando señala que dará la mitad de sus bienes a los pobres. La misericordia de Zaqueo, que refleja que su corazón de piedra fue transformado en uno de carne, se palpa en su mirada respecto de las riquezas y cómo éstas pueden ser utilizadas principalmente en beneficio de los demás, porque “Dar algo al pobre es dárselo al Señor; el Señor sabe pagar el bien que se hace” (Proverbios 19:17, RVC). Luego de esto, Jesús alza su voz por primera vez en aquella casa para señalar que este publicano despreciado había sido salvado (¡sola gracia!, protestantismo a la vena), siendo reposicionado en la familia del pacto como un hijo de Abrahán. Jesús releva, también, algo sobre su identidad: el es quien viene a buscar y salvar a los perdidos. Y eso es tan radical en la vida y misión de Jesus, que él estaba en Jericó de paso, camino hacia Jerusalén, para experimentar el doloroso sufrimiento en la cruz por nuestra redención.

Si creemos y confesamos que la Biblia contiene todo lo necesario para nuestra salvación, y no hay nada que falte en ella, debiésemos tener presente que las palabras dichas por Jesús refieran a la salvación de los perdidos y no sean un mensaje centrado en la moralidad individual. Por lo mismo, quisiera invitarte a hacerte la siguiente imagen mental: ¿a quién, por ningún motivo, le predicarías el evangelio de Jesucristo? ¿La tienes ya en tu cabeza? Cumpliendo éste paso, es necesario que te preguntes si de verdad crees en la salvación por pura gracia. ¿De verdad estás dispuesto a dejar tus prejuicios dominantes y la comodidad de no acercarte a personas diferentes a ti por amor a Cristo y su misión?

¿Cómo miramos a los no creyentes? Nosotros tendemos a mirar a las personas, creyentes o no, sobre todo en los primeros acercamientos, a partir de la diferencia. Y si bien es cierto, es un punto focal legítimo, porque tendemos a aprender de manera significativa por comparaciones, no es la única forma que tenemos de mirar. De hecho, los creyentes tenemos un filtro para mirar a los demás llamado evangelio. El evangelio nos hace ver en los otros a “ovejas sin pastor”, carentes de cuidado, necesitadas de alimento genuino (¡la Palabra de Dios!) y como potenciales receptores de nuestro amor. Pero nuestra tendencia, pecaminosa por lo demás, consiste en ver a los demás como candidatos al infierno o, derechamente, como enemigos. La gracia se diluye en nuestras concepciones mentales cuando vemos a las personas de esa manera. Y aquí es necesario decir lo siguiente: si el cristianismo no bota las barreras étnicas, nacionales, culturales, políticas, entre hombres y mujeres, y de clases sociales, es porque en algo nos estamos adaptando a la individuación del sistema imperante. Podemos llamar de manera bíblica y consistente, que cualquier cosa que se transforme en una barrera a la proclamación del evangelio es un ídolo monstruoso, pues “cuando se sirve a Cristo, ya no hay más rotos ni realeza”, al decir hip-hopero de Elemento en su “Presuntos enemigos”.

Es aquí, entonces, donde la cosmovisión cristiana y la misión de Dios se funden en un solo plano, puesto que el cristianismo no es ascético ni intramuros, sino que se expresa en el mundo de manera concreta y vital como sal y luz. Ninguno de nosotros está llamado a formar ghettos de gente virtuosa en la iglesia y la familia, ni a la construcción de fortalezas de censura que nos impiden ver el fruto de la gracia común que se manifiesta en la ciencia, la técnica, el arte. Tal y como la invitación de Jeremías a los exiliados en Babilonia (Jeremías 29:4-7), somos llamados a apuntar al bienestar de la ciudad mediante el trabajo (mandato cultural), la construcción de familias y posteridad (mandato social) y por la búsqueda del bienestar común. Todo esto, porque de dicha acción depende nuestro propio bienestar. La postura del profeta no es reaccionaria, sino profundamente activa. Shalom no sólo es paz, es justicia social, vida abundante, armonía. Y es más, es sumamente contracultural para los receptores originales, pues lo que el profeta les pide a los exiliados en la ciudad símbolo del pecado y la corrupción, Babilonia, es que colaboren en la propagación del Shalom de Dios en un espacio abiertamente pagano.

Entonces, tenemos desafíos por delante:

  1. A la hora de dialogar con otros, tenemos el deber de reconocer no sólo aquello que atenta contra las verdades eternas de la Palabra de Dios, cosa muy necesaria y justa por lo demás, sino también, reconocer la belleza y verdad que por algunos instantes ciertos no creyentes pueden producir. El problema nunca está en leer, ver o escuchar, sino que siempre está en no pensar y en no abrirse a la posibilidad de dialogar. La correcta contextualización del evangelio en los lugares donde vivimos y trabajamos se da en el reconocimiento de aquello que podemos asumir como propio, transformar por medio del trabajo redentivo y, ciertamente, aquello que debemos rechazar radicalmente como pecaminoso. Pero para eso, lo primero que hay que hacer es conocer y no crear búrbujas que cuando se rompen dejan muchos estragos.
  1. Seamos amigos de las personas. Timothy Keller en su libro “Iglesia centrada” utiliza el concepto de integridad relacional, la que se da en la cotidianidad en el hecho de que nosotros somos iguales que nuestros vecinos y amigos, y a la vez, profundamente diferentes en el plano ético sustentado en la Escritura. Esto requiere de vitalidad y trabajo, porque invita a salir del ensimismamiento individualista de nuestra generación, para pasar a la aventura del conocer y amar a quien es diferente a mí. Ese amor que ha marcado el ejercicio de la hospitalidad cristiana por siglos, no puede ser desdeñado en el presente por nuestra omisión. Una base poderosa para la predicación del evangelio, a lo largo de la historia cristiana, ha sido el amor desplegado por los creyentes. Y no es que la salvación que Dios realiza en las personas dependa de nuestras acciones, sino que éstas son ocupadas por él para propiciar oportunidades para compartir el evangelio e invitar a tu comunidad a quienes son tus amigos. Tú cumple el mandato de predicar dicho mensaje, sin importar cuántas veces lo hagas, aunque no den los resultados que esperas. Y, ¡por favor!, no dejes a tus amigos porque no se convierten. La amistad no es un medio maquiavélico que se desecha cuando alguien no es salvo. Es terrible el dolor de personas que muy posteriormente han experimentado la conversión, y se han visto usadas por amigos que les desecharon, simplemente, por no no lograr lo que ellos esperaban. El amor verdadero de relaciones significativas es un puente para la proclamación del evangelio, no un medio infalible ni tampoco uno desechable. El discipulado se da en el marco del amor y la verdad.

Nunca debiésemos olvidar cuando nos relacionamos con no creyentes, que la única posibilidad de coherencia se alcanza abrazando una sólida cosmovisión cristiana. Pero previamente a eso, uno debe ser abrazado por el Padre. Zaqueo no podía por sí mismo cumplir la ley e ir más allá de ella. Necesitó del abrazo del Padre dado en Jesucristo. ¡Sí!, es sumamente importante decir la verdad que emerge de la Biblia como una lámpara constantemente encendida. Pero eso, nunca es un obstáculo para amar. Pues, si Cristo te miró con amor a ti, depravado totalmente (yo, el primero de esos), ¿por qué no puedes mirar a otros con amor? ¿Por qué te molesta tanto, entonces, que otros no puedan con ellos mismos? ¿Acaso tú puedes contigo mismo, para que en una actitud moralista te atrevas a desechar a quienes no alcanzan tus estándares de vida, inalcanzables para ti también? Necesitamos arrepentirnos y volver al evangelio. Al evangelio anunciado por Jesús en Jericó, en la casa de Zaqueo el jefe de los cobradores de impuestos.

Luis Pino Moyano.

La liturgia en la plantación y la revitalización de iglesias.

El 24 de septiembre de 2016, en la 1ª Iglesia Presbiteriana de Santiago, se llevó a cabo el Encuentro Presbiterial Planta! 2016. En él se abordó el tema del culto en el contexto de la plantación y la revitalización de iglesias.

 En dicha instancia me correspondió realizar el taller de liturgia. Les comparto el vídeo y las diapositivas de la presentación, esperando que sean útiles en la reflexión de este tema.

 Puede descargar las diapositivas haciendo clic aquí.

¿Es posible un calvinismo kelleriano?

 

Keller predicando.

Luis Pino Moyano.

Artículo publicado en Estudios Evangélicos.

  1. La razón de ser de una propuesta calvinista kelleriana.

 Sin lugar a dudas, Timothy Keller[1] es uno de los autores más relevantes emergidos en el cristianismo de cuño protestante en los últimos tiempos. Y su relevancia no radica sólo en la capacidad de generar ideas que se adoptan, sino también, ideas que se debaten. Y, lamentablemente, algunos que desdeñan su lectura, generan la idea de que se trata de un autor heterodoxo, y que sus lectores más asiduos serían parte de una moda más en el ámbito de la teología y la misión. Frente a esa situación, me pregunto acerca de la posibilidad de un calvinismo kelleriano, y para que no queden dudas desde un principio, me respondo que sí. De hecho, es mi opción particular, hecha más allá de la moda y con criterio histórico y responsabilidad teológica.

 Es muy probable que al propio Keller no le guste esta formulación, de la misma manera como a muchos de los que han abierto caminos en tiempos pasados desfavorecen la posibilidad de que su apellido dote de un nombre a una corriente de pensamiento. Pero con esta definición lo que se quiere, en primera instancia, es sacar la lectura del pastor presbiteriano del estado actual de “una moda más” en la literatura cristiana, y que en tanto moda, tiene adherentes que tarde o temprano, producto de nuevas modas, dejarán de citar, leer y estudiar para estar a la orden del día. Y precisamente ahí entra la idea del criterio histórico.

 Evidentemente, Keller habla para un momento histórico determinado, a saber, la crisis de la modernidad y la emergencia de un momento distinto, reciba el nombre que reciba: posmodernidad, modernidad líquida, modernidad radicalizada, entre otros; por otro lado, gran parte de lo dicho por él, emerge de la lectura de su contexto vital, es decir la ciudad de Nueva York, particularmente en Manhattan, en la que desde 1989 pastorea Redeemer Presbyterian Church. Pero si bien es cierto, Keller habla para el presente y para su sitz im leben, pero sus palabras tienen el vigor de “los clásicos”, quienes hablan también para el devenir histórico. ¿Cuál es el elemento clave de la previsión de la durabilidad? A mi gusto, que a diferencia de otros autores, Keller no nos quiere vender un modelo armado y terminado de plantación de iglesias. Él no dice en sus páginas cosas como “-¿Está usted plantando iglesias? Siga entonces los siguientes pasos?”; a lo que nosotros responderíamos con “calco y copia” y cuando las cosas no funcionan, probablemente terminaríamos echándole la culpa a la realidad y no a la teoría leída y seguida. Keller no se esfuerza en presentar métodos y pasos. Por el contrario, su esfuerzo está en presentar principios teológicos y/o marcas bíblicas que pueden aplicarse a las realidades de cada quien. En ese sentido, a pesar del tiempo, y arriesgándome a hacer “ciencia ficción”, en el futuro y mientras el Señor no vuelva, muchos cristianos podrán seguir leyendo a Keller, provechosamente, como lo hacemos con otros de nuestros hermanos del ayer.

 Ahora bien, como he señalado anteriormente, esta formulación debe ser realizada, también, con responsabilidad teológica. Por eso se habla de “calvinismo” y de “kelleriano”. Es decir, el marco general y más amplio estaría dado por el pensamiento de Juan Calvino y el aporte de sus múltiples herederos, particularmente, en mi caso particular como presbiteriano y oficial de una iglesia presbiteriana, de la Confesión de Fe de Westminster a la que he suscrito como norma normada por la Escritura. Y lo de kelleriano (no kellerista), reporta más que un marco, una lectura que aporta dentro de dicho marco general. De hecho, cuando se lee a Keller es posible notar la conciencia de la larga duración del calvinismo y del presbiterianismo, por lo cual en su propuesta no hay, a diferencia del movimiento de “iglesias emergentes”, una ruptura con los factores institucionales, siendo el aspecto de movimiento, la introducción de preguntas desde-y-para la hora actual que llenan de vigor a este espectro de lo reformado. Con esto, estoy declarando abiertamente, además, que no es obligación asumir esta posición, sino simplemente, es una de las posibles lecturas dentro de una opción calvinista o presbiteriana.

 Una de las cosas que más me ha asombrado de la lectura de Timothy Keller es su profunda erudición, la que es fácil de pesquisar por la constante referencia (véanse las numerosas notas bibliográficas de cada capítulo de sus libros) y por el manejo de autores que sobrepasan el ámbito teológico y misiológico, considerando también autores provenientes de la filosofía, las humanidades y las ciencias sociales, introduciéndose en temas de suyo complejos como la cultura y la configuración urbana, haciéndose parte de debates contemporáneos. Se releva también una rigurosidad teológica y escritural, de la cual están empapados sus textos, que cada vez nos invitan a volver a la Palabra de Dios, y con ello a poner nuestra mirada en nuestro Señor. Y, además de eso, y quizá sea uno de los elementos paradigmáticos de su obra, Keller es un predicador por antonomasia, por ende, un sujeto que no sólo está reflexionando y discurriendo sobre temas interesantes, sino que está exhortándonos con sus palabras y motivándonos a creer, pensar y actuar. Leer a Keller es como estar presente en su auditorio, al nivel de que uno siente su preocupación por lo que pensamos cuando seguimos sus páginas y, a su vez, sus libros terminan siendo devorados porque nos detienen una y mil veces a pensar en cada frase u oración significativa para nuestra cotidianidad como trabajadores del Reino de Dios. Como refirió Raymond Bakke: “En 1909 el misionólogo alemán Martin Kahler, en su brillante libro sobre la misión, acuñó la frase: ‘La misión es la madre de la teología’. En otras palabras, es la misión la que obliga a la iglesia a hacerse nuevas preguntas”[2]. Eso se hace realidad de manera consistente en la propuesta kelleriana.

2. ¿Cuál es el aporte de Timothy Keller a la reflexión teólogico-misional?

 A continuación, presentaré de manera introductoria algunas de las ideas de Timothy Keller, en siete puntos. Se trata de un ejercicio sistemático caracterizado por la brevedad, la referencia bibliográfica y la promoción de la lectura. En estricto rigor, una invitación a ir a las fuentes, y a no quedarse sólo con lo que los comentaristas podamos decir. Nunca está de más leer.

a. El cristianismo y la diada evangelio/religión.

 Sin lugar a dudas, el esfuerzo principal de Keller está en la comprensión del cristianismo a la luz del evangelio. El evangelio en esta propuesta es el marco para entender la teología evangélica como un tramado único e integral, que no hace disociación entre teología y vida. Esto, porque la salvación y los efectos de ella en la vida de los creyentes son por y a partir del Señor, y por nadie más. El acto de la gracia que justifica a los creyentes los invita a andar en “novedad de vida”: somos capacitados por el Espíritu Santo para vivir una obediencia renovada, marcada por la humildad y el amor a los demás. Keller dice: “La fe en el evangelio es la que reestructura nuestras motivaciones, nuestra comprensión sobre nosotros mismos y nuestra identidad y nuestra cosmovisión. La conformación de nuestra conducta a unas reglas sin que se haya producido un cambio completo en el corazón será superficial y pasajera”[3]. En ese sentido, sólo la humildad, el reconocimiento de la dependencia en la gracia del Señor, que conlleva la experiencia de la debilidad frente al poder total de Dios, es lo que nos permite vislumbrar el poder de Jesucristo.

 Por eso, la autojusticia y el orgullo son enemigos del evangelio. Cualquier otro pensamiento y forma de vida construido por los seres humanos, es un camino alternativo al evangelio, en palabras de Pablo “otro evangelio”. Es por eso que la autodeterminación que caracteriza al hermano menor de la parábola del hijo pródigo, genera autodestrucción ensimismada; y la autojusticia y el orgullo que caracterizan al hermano mayor de la misma parábola, se constituyen en enemigos del evangelio. Ambos, a pesar de sus diferencias filosóficas, si se quiere, y prácticas, son parte de un mismo tramado: la religión egolátrica que invita a constituir el altar del dios más sanguinario y brutal de todos: uno mismo. El evangelio está marcado por la obra de Cristo y la religión por las obras humanas[4]. Keller señala: “La ‘verdad’ sin gracia no es en realidad verdad y la ‘gracia’ sin verdad no es en realidad gracia. Cualquier religión o filosofía de vida que le reste énfasis o pierda una u otra de estas verdades cae en el legalismo o la licencia. En cualquier caso, uno u otro, nos roban la alegría y el poder y el ‘anuncio’ del evangelio”[5].

 Una crítica que he visto que se hace a Keller es que él usa la palabra religión de manera negativa, como si se tratara de una “demonización conceptual”. Nada más alejado de la realidad. Se trata, más bien, de la operacionalización del concepto en su obra, vale decir, religión es usado así sólo en su obra y no necesariamente dicha significación se aplica (¡ni debe aplicarse!) a todas las reflexiones. Ahora bien, este uso conceptual de Keller, es parte del ejercicio contextualizador misional en el marco de una sociedad secularizada, en la que la palabra religión es considerada de manera negativa. Lo que Keller hace acá es quitar una barrera a la presentación del evangelio y no una renuncia a lo trabajado históricamente por la producción teológica reformada. Prueba de ello, es lo que plantea Keller cuando dice: “Algunas personas contrarrestan ‘religión’ con ‘relación’, como ‘el cristianismo no es una religión, sino una relación’. No es esto lo que quiero decir, y hay quienes hacen esta declaración para significar que el cristianismo exige solo una relación de amor íntimo con Dios, sin obediencia, santidad de vida, vida en comunidad y disciplina”[6].

b. Su diálogo con la posmodernidad.

 Una de las cosas que se agradece de la lectura realizada por Keller es su conciencia crítica de la posmodernidad, que entiende la verdad y la realidad como construcciones sociales, enfatizando en la relación entre sentido e interpretación (la idea de que sólo hay coherencia en el relato y, por ende, en la construcción ficcional de cada quien). Y si bien es cierto, hay bastante producción bibliográfica sobre esta problemática, Keller ha hecho el puente para pensarla en relación al cristianismo.

 ¿Cómo es posible subsistir en un mundo en el cual las verdades totales parecieran no existir? Y ahí hay algo en la lectura de Keller que es sumamente provocador: cuando el piensa en los sectores progresistas, que tienden al relativismo moral, pero que enfatizan muy drásticamente en la justicia social, con mucha brevedad, pero agudeza, plantea una interrogante: “Si la moral es algo relativo, ¿por qué no lo es también la justicia social?”[7]. La pregunta es sólida y de amplios alcances. Por ejemplo, si nosotros pensamos en los derechos humanos vemos su fuente dual: el derecho natural y los derechos políticos, ambos con matrices epistemológicas no sólo diferentes, sino contrapuestas. Lo natural presupone la existencia del derecho; la comprensión política ve los derechos como logros que se alcanzan y ejercen desde un determinado contexto histórico. En el segundo caso, se lucha contra el esencialismo del primero, dando cuenta del origen y de la susceptibilidad del cambio, pero dicha crítica tiene un efecto de espejo, que denota la incoherencia pues, ¿cómo es posible hablar de justicia social si ésta es cambiante y depende de la comprensión y la acción de un sujeto o un grupo de ellos? El origen particular anularía su universalidad. Mi punto acá no es discutir la validez de las declaraciones de derechos, sino más bien, apuntar a que incluso quienes sostienen principios supuestamente relativizadores terminan invocando absolutos. Keller lo dice de la siguiente manera: “Aunque nos cueste admitirlo, la objeción que toda verdad es mero juego de poder y la salvedad que toda verdad está mediatizada culturalmente, se enfrentan por igual a un mismo problema. Al tratar de declarar nula con una explicación toda pretensión de verdad, y ello en cuanto que condicionada por una u otra alternativa, o incluso desde otro posible argumento, el resultado final será siempre una posición insostenible”[8]. Entonces, la invitación de Keller es a reconocer la verdad absoluta revelada en la Escritura o, como mínimo, saber que todos hablamos desde un lugar de producción, y que sin la explicitación de dicho lugar y la concesión de verosimilitud al relato del otro, es imposible dialogar. Por ello, el uso de la apologética presuposicional.

c. Su propuesta reformacional.

 Resulta notorio en la lectura de Keller su deuda teórica con la propuesta reformacional (conocida también como neocalvinismo). Por ende, se hace pertinente leerlo de la mano de Abraham Kuyper, Herman Bavinck, Herman Dooyeweerd, entre sus múltiples proponentes. Desde luego, entre los múltiples, destaca uno de los máximos difusores de las ideas reformacionales en el siglo XX: Francis Schaeffer. ¿Cómo definiría a Timothy Keller? Efectivamente, lo vería como un reformacional, promotor y practicante de un modelo teológico-misional transformacionista, con matices contraculturales. Deconstruyamos esta definición.

 Keller es un reformacional consciente de los matices que dicho modelo ha tomado a lo largo de su historia, con las virtudes y falencias, triunfos y derrotas, que esto le ha traído. Cito en extenso: “Los proponentes originales de la cosmovisión kuyperiana tendían a ser liberales en su política, favoreciendo las economías centralizadas y un gobierno expansivo con énfasis en la justicia y los derechos para las minorías. Sin embargo, en los años sesenta y ochenta surgió otra ‘ala’ de los proponentes de la cosmovisión cristiana en los Estados Unidos: la derecha religiosa. Muchos cristianos fundamentalistas como Jerry Falwell, quien había defendido abiertamente la postura pietista, la abandonaron. Falwell y otros llegaron a creer que la cultura estadounidense estaba apartándose a grandes pasos de sus valores morales, y por eso lideró a los cristianos conservadores a convertirse en una fuerza política dentro del partido republicano. La derecha religiosa usó intensamente el concepto de cosmovisión, como también la idea de la ‘cultura transformadora’, pero conectó estas ideas directamente a acciones políticas en apoyo de medidas conservadoras. El creciente estado secularista tenía que verse como un enemigo que había que reducir, y no sólo porque promovía el aborto y la homosexualidad. La filosofía política conservadora creía que los impuestos debían bajarse, el estado reducirse para favorecer al sector privado y al individuo, y las fuerzas militares ampliarse. Los de la derecha religiosa justificaban a menudo toda la agenda conservadora en base a una visión bíblica del mundo. El movimiento sostenía que necesitábamos líderes políticos que gobernaran desde un punto de vista cristiano, y este estaba definido en su mayoría por un gobierno limitado, impuestos más bajos, una fuerza militar más fuerte y la oposición al aborto y a la homosexualidad”[9]. Si leyéramos someramente este fragmento creeríamos que la adopción crítica de lo reformacional en Keller pasa por una crítica política, que apunta a la ideologización de algunos extremos, sobre todo uno mayoritario en el contexto estadounidense, la “derecha religiosa” (que se confunde, en abundante literatura, como “cosmovisión cristiana”). Pero en realidad, ese elemento es superficial, pues la crítica de Keller pasa por un tema teológico. Él entiende y adhiere a la triada creación-caída-redención como clave de lectura de la historia desde un punto de vista cosmovisional, pero considera, que es necesario subdividir el elemento redención, añadiendo por separado el de “consumación”. Esto no es inédito en Keller, pero él es uno de sus proponentes.

 En ese sentido, esta mirada sigue señalando que la transformación de todas las cosas no tiene que ver con algo inédito en la historia, sino en la restauración de aquello que el pecado dañó desde la caída de Adán. Esa transformación no comienza con un reino futuro, pues los “tiempos postreros” no comienzan con la segunda venida de Cristo, sino con su primera venida (lo que queda claro en los primeros versículos de Hebreos capítulo 1). La prédica de Juan el Bautista y de Jesús fue que el reino de los cielos ya se había acercado. Nuestra vida toda debe propender a la vida del Reino que según Pablo es “justicia, paz y gozo en el Espíritu”. Es en razón de esto que Keller dirá que: “si como cristiano soy consciente de mis creencias cristianas mientras vivo y trabajo, estas creencias afectarán todo lo que hago en la vida. Mi ‘hacer cultura’ moverá a una sociedad en una dirección particular, y consecuentemente estaré cambiando la cultura”[10]. Esto debe ser muy tenido en cuenta para quienes trabajamos en la plantación de iglesias, puesto que, a pesar de que nuestra tarea fundamental está en dicha esfera, la eclesial, la formación comunitaria debe tender a que los creyentes dejen de pensar que la misión está sólo relacionada con la presentación de algunas verdades, a modo de A, B, C del evangelio, sino que cada tarea que se realiza debe ser hecha para la gloria de Dios, por ende, cada lugar de trabajo y de estudio es campo de misión, lugar para anunciar con la voz y con la palabra que Cristo es el Señor[11].

 Dicho esto, resulta trascendental señalar que no veremos plenamente el Shalom de Dios manifestado en la creación, pues es parte de la lógica del “ya” pero “todavía no”. Nuestra esperanza no es la de un mero cambio social ni está puesta en seres humanos, por más inteligentes y poderosos que parezcan; como tampoco están en proyectos y programas que intentan establecer un paraíso terrenal secularizado. Nuestra esperanza es escatológica y está puesta en Jesucristo, que tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas. Claramente somos colaboradores del Reino de Dios, pero no somos los artífices ni los constructores. A esto apunta la subdivisión del eje “Redención”: a que dejemos de poner nuestra mirada en nosotros y la pongamos en Cristo.

 Por su parte, como se dijo anteriormente, la postura de Keller tiene matices contraculturales, lo que se manifiesta en que su lectura de la cultura no es del todo optimista. Si bien es cierto, esto estaba presente en los autores neocalvinistas, con el concepto de “antítesis”[12], Keller agudiza dicha descripción de la realidad, por ejemplo cuando aborda el tema de la idolatría en nuestras sociedades, de las cuales, producto de nuestra pecaminosidad, nuestras iglesias no están exentas de ella. También hay idolatría en nuestras comunidades eclesiásticas, sobre todo, cuando éstas se acomodan al modo de vida del sistema imperante. Keller señala: “Cuando se convierten en ídolos la precisión doctrinal, el éxito en el ministerio o la rectitud moral, esto lleva a unos conflictos internos constantes, a la arrogancia y a la justicia propia, y a la opresión de aquéllos cuyos puntos de vista sean distintos. Estos efectos tóxicos de la idolatría religiosa han producido una amplia falta de aprecio por la religión en general, y por el cristianismo en particular. Pensando que ya hemos probado a Dios, nos hemos vuelto hacia otras esperanzas, y los efectos han sido devastadores”[13]. La idolatría obstaculiza la alegría y la transformación del evangelio tanto en la iglesia como en la sociedad. En ese sentido, la mirada contextualizadora de la cultura busca tomar con alegría aquello que es bueno, transformar aquello que es redimible y desechar aquello que es abiertamente pecaminoso. La contextualización no necesariamente deriva en adaptación.

 d. La concepción de la iglesia y la misión.

 Uno de los elementos más destacables de la propuesta kelleriana tiene que ver con su noción de la iglesia, puesto que su visión no se dejó permear por las técnicas de iglecrecimiento de las megaiglesias, que en otras palabras es una eclesiología del mercado y del consumo; ni tampoco por el de las iglesias emergentes, que enfatizan en lo comunitario, la simpleza y la informalidad como si ese fuese un constructo más cercano al original y libre de “paganismo”. Keller, más bien, busca relevar tanto elementos de continuidad como de cambio en la conformación de iglesia. Señala: “Desde el principio la iglesia fue tanto una institución como un movimiento. Esta naturaleza dual de la iglesia se basa en la obra del Espíritu, y es el Espíritu quien hace a la iglesia simultáneamente un organismo vital y una organización estructurada. Una manera útil de entender este equilibrio es ver la forma en que el ministerio de Jesús se lleva a cabo en la iglesia en un sentido general por medio de cada creyente, así como también mediante roles especializados; distinción a la que comúnmente se hace referencia como oficio general y especial”[14]. En ese sentido, lo que se busca es el equilibrio, que haga emerger una institución con dinámica de movimiento caracterizada por: doctrina sólida, líderes cuyos dones son discernidos por la comunidad (principio de elección), compromiso con la misión que genere unidad, la centralidad del Reino de Dios más que la institución y, una dosis de espontaneidad que facilite el crecimiento. Respecto a esto último, me parece pertinente citar lo siguiente: “Una iglesia con dinámicas de movimiento, sin embargo, genera ideas, líderes e iniciativas desde la base. Las ideas vienen menos de reuniones estratégicas y más de conversaciones regulares entre amigos. Puesto que la motivación para el trabajo no es tanto un asunto de retribución e interés propio como un asunto de una disposición compartida al sacrificio debido de una visión contagiosa, tales iglesias naturalmente producen amistades entre miembros y ministros. Estas amistades se convierten en minimotores que impulsan a la iglesia, junto con las reuniones y eventos más formales y organizados”[15]. Hay aquí un llamado a la eliminación del caciquismo y la tiranía, como a la pérdida del miedo a la comunidad y a la amistad. La vida de la iglesia debe propender al encuentro amical con todo lo que eso implica: compromiso, lealtad y franqueza.

 Por otro lado, frente al debilitamiento de la imagen de la iglesia, Keller ha señalado claramente que no se puede prescindir de ella. Planteó lo siguiente: “La iglesia de Jesucristo es similar a un océano en su amplia diversidad. Y, al igual que las aguas del mar tienen partes claras y más cálidas, y otras más oscuras y más frías, partes en las que entrar confiadamente y otras en las que el riesgo de perecer es grande, la vida de iglesia puede ser una bendición o una dura prueba. Soy de hecho consciente del peligro de aconsejar a mis lectores que busquen una iglesia en la que integrarse. Pero es sin embargo consejo que no doy a la ligera, y para el cual advierto. Pero lo cierto es que no hay otra alternativa. No se puede vivir en cristiano sin la familia de la fe como verdadera iglesia”[16]. No existe cristianismo solitario, éste siempre se da en comunidad. Se debe luchar contra la comodidad que se adapta a la cultura individualista y fragmentada que, más allá de los discursos fáciles, no tolera ni disfruta la diversidad. La iglesia es el lugar donde se reúnen personas que jamás se hubiesen juntado. Eso lo logra la gracia, posibilitando la fraternidad. Esa hermandad implica riesgos, pero éstos deben ser tomados.

 Para Keller, las iglesias deben estar en los lugares donde hay gente (¡por eso el perfil urbano! Es prioridad estratégica), y allí llevar a cabo su servicio. Ese servicio implica contextualización, la que hace inteligible el discurso evangélico al no creyente, pero que también confronta los ídolos de su tiempo y espacio. Esto requiere el compromiso activo en la misión de todos los creyentes. Los principios relevados por Keller enfatizan en la desprofesionalización de la misión, en el sentido de que toda la institución-organismo debe estar involucrada en ella. En ese contexto, la evangelización es eminentemente relacional, marcada por una integridad que no aleja, pero que muestra distintivo cristiano. El amor manifestado por los creyentes es necesario en un mundo que resiente la individuación.

 Una de las razones por las que la propuesta de Keller respecto de este asunto se llama “iglesia centrada” es porque ella manifiesta cuatro frentes que la constituyen en un ministerio integrador. Frentes que no pueden disociarse de la vida de la iglesia, cuando se cree que Jesucristo tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas. Estos frentes son: a) conectar a las personas mediante la evangelización y la adoración; b) conectar a las personas unas con otras mediante la comunidad y el discipulado; c) conectar a las personas con la ciudad mediante la misericordia y la justicia; y d) conectar a las personas con la cultura mediante la integración de fe y trabajo. Acá la misión siempre consiste en proclamación del evangelio: buenas noticias que se dicen y se viven. La conversión y la alegría de quienes nos rodean son indisociables[17].

 e. Culto reformado y contextualización[18].

 Una de las cosas que Keller desarrolla en sus análisis, y muy relacionado con el proceso de plantación y revitalización de iglesias, dice relación con el culto cristiano y su relación con la cultura. Lo primero que se debe tener en consideración acá es la resistencia al consumismo y al simplismo, que derivan, a pesar de su divergencia, en un mismo resultado: la idea de que existe sólo una forma de adorar. Y antes que el “celo que consume” arda en algunos corazones, equivocadamente por cierto, es pertinente señalar que para el autor las verdades que confesamos trascienden la cultura, por ende, nos reportan elementos de continuidad. En este caso, una teología bíblica de la adoración, de la cual se extrae el principio regulador del culto y, con él, la diferenciación de elementos y circunstancias, sigue siendo relevante de ser sostenido. Además, a veces existe más miedo de nuestra parte que de los no creyentes cuando asisten a nuestros lugares de reunión, pues ellos saben que están en un “servicio religioso”. Pero, a su vez, el cómo comunicamos las verdades que confesamos no puede trascender a la cultura. Y allí, no debemos colocar más barreras a las que el mismo evangelio tiene con su “ofensa” (la llamada “mala noticia” del evangelio), haciendo del evangelio algo que no dice nada al hoy de las personas.

 De ahí emerge la idea de la “adoración evangelística”. Para Keller, la Biblia es clara al señalar que todos los pueblos de la tierra son convocados a adorar a Dios, por ende, todos ellos debiesen entender y ser exhortados por lo que allí ocurre. Se trataría, entonces, de una falsa dicotomía la de elegir entre adorar a Dios y que la gente entienda, como si se tratara de cuestiones imposibles de ligar. Nada más alejado de la realidad. El culto es dirigido al Dios vivo y real, se centra en el evangelio de Jesucristo y se comunica en lenguaje vernáculo. Y lo que hace Keller acá no es una innovación, sino rescatar los principios bíblicos que emergen de 1ª Corintios 14 que nos hablan de una espiritualidad que une de manera inquebrantable canto-oración con el entendimiento, la exposición bíblica en un lenguaje claro (brevedad en idioma vernáculo es muy superior a la abundancia de lenguas extrañas), la finalidad de la edificación y la forma decente y ordenada. Puede que algunas de las implicancias que Keller desarrolle en su reflexión hagan ruido en nuestro contexto latinoamericano, caracterizado por la expresión emocional de la adoración y marcado en muchos casos por la experiencia pentecostal (hablo desde lo que fue también mi experiencia), pero eso no puede leerse sin el contexto desde el cual surge la reflexión. Keller dice respecto de esto lo siguiente: “la manera más sutil de caer en el pecado de Pedro [su hipocresía respecto de su relación con los gentiles cuando aparecieron los judaizantes, según el relato de Gálatas 2:11-21] es simplemente tomar nuestras propias preferencias con demasiada seriedad y concederle importancia moral a lo que solo es cultural. Por ejemplo, es muy difícil para los cristianos de iglesias que tienen expresividad emocional y música moderna no sentirse superiores a las iglesias que tienen reservas emocionales y música tradicional, y viceversa. No somos capaces de ver que solo somos diferentes; creemos que nuestro estilo y costumbre son espiritualmente mejores. Esto conduce a todo tipo de divisiones en el cuerpo de Cristo”[19].

No se puede finalizar este punto sin considerar un elemento esbozado más arriba, en lo que respecta al lenguaje vernáculo. La predicación de Keller, de la cual emergen algunos de sus libros, si bien es cierto expone el texto bíblico con fidelidad y rigurosidad, no es definida como una “predicación expositiva”, sino como “predicación apologética”. ¿Qué quiere decir esto? Que su exposición sermonaria tiene como intención a hablar al corazón y la mente de quienes son ateos, agnósticos, que llegan a Redeemer, pero también una palabra que trastoca las ideas de quienes sin dejar de ser creyentes y/o miembros de la comunidad han abrazado ideas foráneas al cristianismo. Respeto que no estupidiza, claridad y franqueza, amor unido a la verdad, tan necesarios para el pastoreo que busca a la oveja perniquebrada.

 f. La relación con los no creyentes.

 Mientras hemos revisado la producción kelleriana se han generado una serie de conexiones respecto de los no creyentes. ¿Por qué agregar un ítem particular respecto de esto? Fundamentalmente, para agregar otro punto focal: ¿cómo mirar al no creyente? Regularmente, y no sólo desde un punto de partida religioso, cuando vemos a otros sujetos tendemos a mirar a las personas a partir de la diferencia. Es un punto de vista legítimo, pero no único. Sobre todo desde el cristianismo, que nos debiese a invitar a ver a los otros como “ovejas sin pastor”, carentes de cuidado, necesitadas de alimento genuino (¡la Palabra de Dios!) y como potenciales receptores de nuestro amor. Se supone que creemos en la salvación por gracia, pero a veces vemos que algunos hombres y mujeres son más candidatos al infierno que otros, porque promueven ideas que nos son adversas. El diferente tiene más rostro de enemigo que de cualquier cosa.

 Frente a esto, me parece pertinente relevar unas palabras de Keller sobre este asunto, teniendo como contexto la desafiante realidad urbana: “Si la salvación ciertamente es por gracia, no por virtud ni mérito, ¿por qué pensaríamos que alguien pueda tener menos opciones que nosotros para ser cristiano? ¿Por qué la conversión de alguien es un milagro mayor que nuestra propia conversión? La ciudad puede obligarnos a descubrir que en realidad no creemos en la pura gracia, que ciertamente creemos que Dios salva, principalmente, a gente linda… gente como nosotros”[20]. Nuestras comunidades no deben ser espacios para “gente como uno”, sino para todas las personas. Si el cristianismo no bota las barreras étnicas, nacionales, culturales, políticas, entre hombres y mujeres, de clases sociales, es porque en algo nos estamos adaptando a la individuación del sistema imperante.

 Cuando estamos en misión, no sólo somos invitados a analizar cosmovisionalmente la ciudad y la cultura, sino que, además, a vivir en ella. Podemos rescatar históricamente al monasticismo como reacción, pero el cristianismo no es ascético ni intramuros, sino que se expresa en el mundo de manera concreta y vital como sal y luz. No somos llamados a formar ghettos de gente virtuosa en la iglesia y la familia, ni fortalezas de censura que nos impiden ver el fruto de la gracia común que se manifiesta en la ciencia, la técnica, el arte. Tal y como la invitación de Jeremías a los exiliados en Babilonia, somos llamados a apuntar al bienestar de la ciudad, porque de dicha acción depende nuestro propio bienestar. La postura del profeta no es reaccionaria, sino profundamente activa. Shalom, no sólo es paz, es justicia social, vida abundante, armonía.

 g. La acción política.

 En la lucha por un cristianismo que se aleja del dualismo, se nos abren todos los temas, inclusive aquellos que nos aparecen como tabú, aún a pesar de los riesgos evidentes que esto puede traer. Keller no se ha librado del mote de “marxista” (hasta en las mejores familias pasa) endosado a cualquier sujeto que hable de la justicia social, como si la Biblia callara al respecto.

 Una de las cosas que permite la lectura de Keller es que no necesitamos recurrir a discursos prestados de otros acervos ideológicos para hablar del tema, porque desde un punto de vista bíblico la justicia social no es mera acción de racionalidad política, sino una práctica espiritual ligada a la adoración al Dios de la vida y al cumplimiento de su voluntad en la Palabra. Ayuno verdadero, al decir de Isaías. Keller, apuntando a la convicción y la práctica política del cristianismo bíblico, señala: “Si están intentando vivir una vida de acuerdo con la Biblia, el concepto y el llamado a la justicia es ineludible. Hacemos justicia cuando le otorgamos a todos los seres humanos su derecho como creaciones de Dios. Hacer justicia no solo incluye la enmienda de males, sino la generosidad y la preocupación social, especialmente hacia los pobres y vulnerables. Esta clase de vida refleja el carácter de Dios. Consiste en un amplio rango de actividades, desde los tratos honestos y justos con la gente en la vida diaria, pasando por donaciones regulares y radicalmente generosas de tu tiempo y recursos, hasta el activismo que busque terminar con formas particulares de injusticia, violencia y opresión”[21].

 Se trata también de un acercamiento a la práctica cotidiana de la iglesia primitiva, puesto que “los primeros obispos cristianos en el Imperio Romano […] eran tan bien conocidos por identificarse con los pobres y débiles que a la larga, aunque eran parte de una religión minoritaria, se les veía como teniendo el derecho de hablar en nombre de la comunidad local como un todo. Preocuparse por los pobres y los débiles llegó a ser, irónicamente, una razón para la influencia cultural que la iglesia llegó a ostentar con el tiempo. Si la iglesia no se identifica con los marginados, será ella misma marginada. Esto es la justicia poética de Dios”[22]. Nuestros primeros hermanos veían la necesidad del otro como un deber que obliga. Keller acierta en esto, actuando con rigor histórico y tratando de tender un puente con el presente de la iglesia. Pero reflexiones como estas no sirven de nada si no tienen correlato empírico. Se habla tanto de martirologio, pobreza y clandestinidad (en la iglesia primitiva y la perseguida en la actualidad), pero no se hace nada por dejar las posiciones de comodidad que nos brindan nuestros templos e instituciones. Ofensivamente a nuestras formas de vida, caracterizadas por el deseo de ascenso social, debemos decir que la frugalidad y el contentamiento son parte de la vida cristiana. La renuncia al estatus siempre es un reflejo de amor al prójimo, y ese amor debe manifestarse intensivamente en la comunidad, para luego extenderse en la sociedad. Por ello, es que el pastor presbiteriano señala: “En este mundo existe una distribución no equitativa tanto de los bienes como de las oportunidades. Por lo tanto, si Dios te ha asignado los bienes de este mundo y no los compartes con los demás, no es solo tacañería: es injusticia”[23]. Keller, leyendo el texto bíblico, dirá que los actos de misericordia son siempre actos de justicia. Y como son manifestaciones de la espiritualidad, el problema de la avaricia está en el corazón ensimismado que busca lo suyo propio y que, por ende, no ama.

 Keller no sólo apunta al pensamiento y la acción, sino que también, evalúa críticamente algunas opciones tomadas por hermanos nuestros en la historia, y particularmente en el tiempo reciente, las que dan cuenta del acomodamiento y el conformismo a lo que los discursos imperantes. Por ejemplo, la pulsión que se tiene desde el mundo evangélico por lo legal, como si las leyes tuvieran el poder de cambiar las conductas de las personas, constatando que “mientras que algunos cristianos esperaban que la legislación cambiaría las actitudes de las personas, ha sido la cultura popular, las instituciones académicas, las artes y los medios de comunicación los que han estado formando la mentalidad popular. La política pública ahora simplemente está empezando a seguir los pasos”[24]. Allí aparece la escasa agudeza analítica de sectores del cristianismo, que tomando una posición facilista culpan de lo malo que ocurre en el mundo a “ellos y los que votan por ellos”. Es una posición facilista porque no pone la mira en nuestra responsabilidad en la entrega de un mensaje escasamente evangélico lo que ha implicado en la pérdida de la relevancia. La invitación es, entonces, a mirar más hacia adentro.

 La otra crítica apunta hacia la actitud de solapar discursos foráneos al cristianismo en un manto de aparente ortodoxia bíblica, sólo con el afán de justificar la postura política propia en detrimento de las de los otros. Keller muestra que: “Muchas iglesias han adoptado sin ningún sentido crítico una agenda política liberal, agenda que tiene una visión muy expansiva del gobierno. Otras adoptan un enfoque de la justicia políticamente conservador, enfoque que insiste en que la pobreza, al menos en Estados Unidos, no es consecuencia de leyes injustas, estructuras sociales y racismo, sino que se debe solo a la desintegración de la familia. Como hemos visto, el material bíblico es tan completo y equilibrado que encaja sin problemas en cualquiera de estos esquemas. Y si atamos la Biblia con demasiada fuerza a un sistema económico particular o a un conjunto concreto de políticas públicas, eso le confiere autoridad divina a dicho sistema”[25]. La actitud poco honesta de pasar por cristianismo nuestros constructos idolátricos debe ser dejada de lado. No debemos tragarnos conjuntos de creencias políticas completos por el sólo hecho de que dicen, o dijeron en algún momento, algo de verdad. Eso, también es suplantar el evangelio de Cristo con aparentes verdades que terminan gobernando el corazón. Y, además, cuando nuestros ídolos sean confrontados y derribados con el poder del evangelio, más que chistar: gocémonos. Dios es muy bueno con nosotros.

3. Sugerencias lectoras de la obra de Keller.

 Una sugerencia que vale, no sólo para la lectura de Keller, sino para todos los artefactos literarios que son objeto de nuestra atención, es que se debe ponderar, evaluar y criticar lo que un autor dice, no lo que no dice. Si lo haces entras al terreno del juicio de las motivaciones, terreno sinuoso, en el que se corre el riesgo de errar. La omisión de un autor podría pasar porque el tema no tiene que ver con su problemática de investigación, porque no tiene acceso a fuentes que le permitan un conocimiento cabal del tema o, derechamente, porque el asunto que tanto te interesa no es de su interés. Entonces, si ves un vacío escriturario, piensa-estudia-escribe del tema y no enarboles la bandera anti contra el que por lo menos se ha dado el tiempo de proponer algo. Es hasta antiestético ese artilugio de no escribir nada y criticar los vacíos de quienes lo han hecho.

 Keller debe ser siempre leído desde su contexto: el de un pastor presbiteriano estadounidense, asentado en Nueva York (una megalópolis) que recurre a un amplio acervo de producción teórico-conceptual para dialogar con la gente que asiste o podría asistir a Redeemer Church. Esa situación vital es incomparable a la nuestra en América Latina, y en el caso más particular, a Chile. Gran parte de la gente que llega a nuestras comunidades tiene un bagaje religioso cristiano, ya sea por medio del catolicismo o incluso del mundo evangélico; sumado al hecho de que nuestro proceso de secularización, si bien es creciente, es mucho más lento. Entonces, en un ejercicio empático, debemos procurar entender por qué Keller usa unos conceptos y no otros, sobre todo a la hora del momento inicial del diálogo evangelizador, y especialmente cuando dicho uso conceptual está enunciado en el texto.

 Keller no es una “vaca sagrada” ni infalible ni normativo. Debe ser leído críticamente, rescatando lo que haya que rescatar y dejando de lado aquello que es dudoso o inaplicable. Además, nuestra mirada debe ser hecha, también, desde el evangelio. Nos guste o no, estemos de acuerdo con sus ideas o no lo estemos, Keller es un hermano nuestro, tan santo-pecador como nosotros. La crítica no debe llegar al extremo de defenestrar a un prójimo muy cercano.

 Si se quiere conocer la propuesta gruesa de Keller de manera rápida y breve, sugiero la lectura del artículo “El evangelio y la supremacía de Cristo en un mundo posmoderno”[26]. Allí encontrará un esbozo preclaro de la propuesta kelleriana. Si se quiere conocer de manera más amplia la propuesta kelleriana, propongo como lectura apropiada: “El Dios pródigo”, “La razón de Dios”, “Dioses falsos”, “Justicia Generosa”, todos citados ya, sumando su reciente libro sobre la oración[27]. Evangelio, diálogo con no creyentes, análisis cultural, política y espiritualidad como temas globales. Ahora bien, podrían obviarse esas lecturas, y pasar de cuajo a la obra magna: “Iglesia centrada”, que aborda todos esos temas.

 A propósito del párrafo anterior, cuando se lee a un sujeto que escribe prolíficamente, se hace necesario evaluar el total a la luz de lo último escrito. La dinámica del pensamiento fluye muy rápido, y cuando no se es discípulo de uno mismo, se tiende a modificar ciertas ideas o a agregar matices. Keller no está exento de aquello.

4. A modo de corolario: ¿Por qué leo a Keller y desde dónde lo hago?

 Leo a Keller porque fue el autor más serio y contundente desde un punto de vista cosmovisional y reformado con el que providencialmente me encontré en medio de un proceso reformacional, que me sacó de la cautividad mental a la libertad del evangelio de Jesucristo, a pesar de no haber dejado de asistir nunca a la iglesia. Keller ayudó en la demolición de ídolos con pies de barro. Ojo con el punto: estoy hablando desde mi propia experiencia, la que como tal, no es normativa.

 Leo a Keller no como un exponente más del “neocalvinismo”, sino como alguien que hace una lectura desde la larga duración protestante y reformada. Lo leo desde mi condición de presbítero de una iglesia, que suscribe la Confesión de Fe de Westminster, sus Catecismos Mayor y Menor, además del Catecismo de Heidelberg, tal y como lo demandó mi comunidad y en lealtad a lo que creo. Dicho eso, postulo que los documentos confesionales tienen todo lo que creo pero ellos no son todo lo que creo. Ellos nos dotan de un lugar de habla comunitario y nunca reducen la posibilidad de hacernos nuevas preguntas, propias del siglo XXI, y encontrar respuestas en la Biblia, desde nuestros contextos, sin la necesidad de hacer tabula rasa del pasado. El calvinismo no puede ser reducido a cinco puntos, treinta y tres capítulos, o ciento noventa y seis preguntas. El calvinismo es eso y es más que eso. Afirmar no significa anquilosar. Sola Escritura y toda la Escritura – Confesionalidad en la iglesia – Posibilidad de pensar desde y para el presente son indisociables en la producción reformada. De hecho, nobleza obliga, la propuesta kelleriana no debe ser definida como lo reformado. Es una corriente posible más.

 Y si hay algo por lo que leo a Keller, es porque releva con sabiduría que la única posibilidad de coherencia se alcanza abrazando una sólida cosmovisión cristiana. Pero previamente a eso, uno debe ser abrazado por el Padre. Los enemigos de Dios y hasta el mismo diablo no dejan su condición e incoherencias porque dicen unas cuantas verdades, como las verdades no dejan de ser verdades a causa de sus emisores. Como propuso Francis Schaeffer: “Luchamos por nuestras vidas, como diría el profeta Ezequiel. Si amamos al ser humano, no es la nuestra una época en la que nos podamos dispensar de comprender a nuestro contemporáneo; no es tiempo de jugar pequeños juegos, no es tiempo de dejarse arrastrar y caer en la misma clase de dualismo y las mismas formas de pensamiento sin darnos cuenta de ello. No es tiempo para permitirnos el lujo de la falta de comprensión”[28].

 Por todo eso, calvinista kelleriano…


[1] Timothy Keller es un pastor presbiteriano estadounidense (de la Presbyterian Church in America), nacido el 23 de septiembre de 1950, siendo oriundo de Pennsilvania. Tiene un Bachiller en Artes de la Bucknell University (1972), un Magíster en Divinidad de Seminario Gordon-Conwell (1975) y un Doctorado en Ministerio del Seminario Teológico de Westminster (1981). Fue pastor en Hopewell, Virginia por nueve años. En 1989, funda la Redeemer Presbyterian Church, en Manhattan, Nueva York, iglesia en la que aún realiza trabajo pastoral. Está casado con Kathy (Licenciada en Teología del Seminario Gordon-Conwell, 1975; posee, también una Maestría en Estudios Teológicos de la misma institución), con quien tiene tres hijos. Es co-fundador de The Gospel Coalition.

[2] Raymond Bakke. Misión integral en la ciudad. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 2002, p. 95.

[3] Timothy Keller. Dioses falsos. Miami, Editorial Vida, 2011, p. 90.

[4] Véase Timothy Keller. El Dios pródigo. Miami, Editorial Vida, 2011. Sugiero, dentro de las lecturas realizadas respecto de la parábola, acompañarla con Henri Nouwen. El regreso del hijo pródigo. Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt. Madrid, Editorial PPC, 2012. El ejercicio primario consiste en reparar en los elementos comunes y en los complementarios.

[5] Timothy Keller. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012, p. 54.

[6] Ibídem, p. 79.

[7] Timothy Keller. La razón de Dios. Creer en una época de escepticismo. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2014, p. 15.

[8] Ibídem, p. 80.

[9] Keller. Iglesia centrada. Op. Cit., p. 198.

[10] Ibídem, pp. 207, 208.

[11] No se puede evitar recordar las palabras de Charles Spurgeon: “Es preciso trabajar como si todo dependiera de nosotros, orar como si todo dependiera de Dios, y dar a Dios la gloria por los resultados obtenidos”. La cita fue tomada de Darrow Miller. Vida, trabajo y vocación. Una teología bíblica del quehacer cotidiano. Tyler, Editorial JUCUM, 2011, p. 170.

[12] La antítesis es un “concepto usado por Dooyeweerd (siguiendo a Abraham Kuyper) en un sentido específicamente religioso para referirse a la oposición espiritual fundamental entre el Reino de Dios y el reino de las tinieblas (Cf. Gl 5.17). Y tratándose de una oposición entre regímenes, no entre dominios, ella se extiende por cada departamento de la vida y cultura humanas, incluyendo la filosofía y el emprendimiento académico como un todo, y alcanza también el corazón de cada creyente en su lucha para vivir una vida de compromiso integral con Dios”. Esta definición forma parte del glosario de conceptos de Dooyeweerd realizado por Albert Wolters, traducido y ampliado por Guilherme de Carvalho en: Herman Dooyeweerd. Estado e soberania. Ensaios sobre cristianismo e política. São Paulo, Edições Vida Nova, 2014, p. 131. Véase también Herman Dooyeweerd. Las raíces de la cultura occidental. Las opciones pagana, secular y cristiana. Barcelona, Editorial CLIE, 1998 (particularmente la sección subtitulada “gracia común”, pp. 37-40).

[13] Keller. Dioses falsos. Op. Cit., pp. 149, 150.

[14] Keller. Iglesia centrada. Op. Cit., p. 365.

[15] Ibídem, p. 371.

[16] Keller. La razón de Dios. Op. Cit., p. 350.

[17] El análisis de este ítem presenta grosso modo las ideas de: Keller. Iglesia centrada. Op. Cit., pp. 265-388 (Parte Tres: Movimiento; Capítulos 19-29). Véase sobre los frentes ministeriales c y d, respectivamente, los siguientes libros: Timothy Keller. Ministérios de misericordia. O chamado para a estrada de Jericó. São Paulo, Edições Vida Nova, 2016 (el primer libro de Keller, publicado en 1989); Timothy Keller y Katherine Leary Alsdorf. Como integrar fé & trabalho: Nossa profissão a serviço do Reino de Deus. São Paulo, Edições Vida Nova, 2014.

[18] Este punto sintetiza lo propuesto en: Keller. Iglesia centrada. Op. Cit., pp. 315-329.

[19] Timothy Keller. Gálatas para ti. Medellín, Poiema Publicaciones, 2014, pp. 59, 60.

[20] Keller. Iglesia centrada. Op. Cit., p. 179.

[21] Timothy Keller. Justicia generosa. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2016, pp. 45, 46.

[22] Keller. Iglesia centrada. Op. Cit., p. 237.

[23] Keller. Justicia generosa. Op. Cit., p. 118.

[24] Keller. Iglesia centrada. Op. Cit., p. 212.

[25] Keller. Justicia generosa. Op. Cit., p. 188.

[26] Timothy Keller. “El evangelio y la supremacía de Cristo en un mundo posmoderno”. En: John Piper y Justin Taylor (editores). La supremacía de Cristo en un mundo posmoderno. Buenos Aires, Editorial Peniel, 2010, pp. 119-145.

[27] Timothy Keller. La oración: Experimentando asombro e intimidad con Dios. Nashville, Broadman & Holman Publishers, 2016. Espero sumar más adelante, un artículo más breve que analice otras lecturas de Keller, más recientemente publicadas en castellano.

[28] Francis Schaeffer. Huyendo de la razón. Barcelona, Ediciones Evangélicas Europeas, 1969, p. 69.

La misión y la iglesia.

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No es que la iglesia tiene una misión de salvación que cumplir en el mundo; es que la misión del Hijo y del Espíritu por medio del Padre incluye a la Iglesia”.

Jürgen Moltmann. La Iglesia, fuerza del Espíritu. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1978, p. 88 (traducción de Bosch).

El día de ayer, sábado 17 de diciembre, me correspondió compartir una exposición para los líderes de jóvenes del Presbiterio Centro de la Iglesia Presbiteriana de Chile, que trató sobre misión y la iglesia. De una u otra manera, fue una síntesis de lo que venimos estudiando durante dos años: cosmovisión, discipulado, trabajo y vocación.

Les comparto las diapositivas de la exposición, las que puede descargar, haciendo clic aquí.

Un abrazo en Cristo, Luis.

La participación en la Conferencia de Plantación de Iglesias del CTPI 2016.

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Mientras disfruto el mediodía de São Paulo, comienzo a escribir este breve post en la casa de Guilherme y Miriam, quienes muy gentilmente nos han hospedado durante estos días.

Estamos acá por nuestra participación en la VIII Conferencia de Plantación de Iglesias, organizada por el CTPI. Fue una conferencia desafiante, que confrontó y nos llamó a ser iglesias transformadoras, orgánicamente, afectando la vida de la iglesia y de la sociedad con sus miembros diseminados en ella, por el poder del evangelio.

Quisiera compartir mis apuntes de las exposiciones y del taller en el que participé con Michael Goheen y Ronaldo Lidório. Evidentemente, estos apuntes no alcanzan a representar el potencial de las palabras expresadas, pero pueden reportar una ayuda y provocación para quienes están interesados en la plantación y la revitalización de iglesias.

Lea los apuntes haciendo clic aquí (también puede descargarlos).

Ha sido un muy buen tiempo de fraternidad con el Pastor David Vilches, el Presbítero Felipe Aguilar y con David Vilches Lagos, además de todas las lindas personas con las que hemos podido compartir estos día.

Un abrazo en Cristo, Luis…

Iglesia en misión permanente.

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Una de las mejores definiciones que conozco acerca de la misión la escribió el teólogo Jürgen Moltmann. Dijo: “No es que la iglesia tiene una misión de salvación que cumplir en el mundo; es que la misión del Hijo y del Espíritu por medio del Padre incluye a la Iglesia”. Aquí se ponen las cosas en su lugar: la misión no es de la iglesia, es de Dios, y es Él quien, por el puro afecto de su amor, incluye en ella a su pueblo.

 Eso es lo que notamos en el libro de Hechos de los apóstoles, que hemos comenzado a estudiar nuestros domingos. Vemos a una iglesia que está consciente de que depende de la fuerza del Espíritu Santo para llevar a cabo la tarea de extender el Reino de Dios, que entiende que ese poder es para ser testigos y no para ensimismarse y quedarse contemplando el cielo, sin trabajar en la tarea que se le ha encomendado, en la cual, todos los creyentes son misioneros. Vemos a Dios que con su providencia sostiene la historia y la guía hasta su fin, por lo cual los triunfos y sufrimientos que se viven no escapan a su voluntad perfecta, en la cual Cristo siempre triunfa, pues la victoria final fue conseguida en la cruz. Y notamos que, la historia que nos relata Lucas, a diferencia de las hagiografías (historias de los santos o relatos llenos de elogios), o de las historias oficiales, no nos muestra a sujetos impecables a los que nadie puede alcanzar, sino a hombres y mujeres, santos y pecadores a la vez, fuertes y débiles, que logran cosas y que se equivocan. Lo que no es otra cosa que decir que el único héroe impecable, digno de honra y alabanza, encontrado en las páginas de la Biblia es Jesucristo nuestro Señor y Redentor.

 La historia que encontramos en Hechos debiese movilizarnos a ser una iglesia en misión permanente. Dios es el mismo, sigue siendo fiel; el Espíritu sigue llenando de poder y capacitando a la iglesia con dones para servir, y la iglesia sigue siendo santa y pecadora. ¿Qué esperas para disponerte a servir? ¿Eres un misionero en todas las esferas de la vida? ¿Es el seguimiento de Cristo lo más relevante de tu vida? Son preguntas que debemos hacernos y responder hoy.

 Luis Pino Moyano.


* Publicado originalmente en la página de la Iglesia Refugio de Gracia.