“¡Más familia, menos estado”. Mi lectura del eslogan.

IMG_5314

El denominado “bus de la libertad” ha traído una serie de reacciones en medios de prensa y en las redes sociales. Quisiera comenzar señalando que considero que mis hermanos en la fe, junto a otros sujetos, de los grupos denominados, a veces peyorativamente, como “pro-familia”, están en todo su derecho de hacerlo, ya sea en sus lugares de reunión, en las calles de las ciudades del país o en instituciones en las que se discutan estos temas. La libertad de expresión debe no sólo garantizarse sino defenderse, por más que se esté en desacuerdo de las ideas expresada, teniendo como única consideración de censura, cuando éstas atentan contra el estado de derecho o cuando en el marco de la expresión de ideas se expresan actos de violencia física o de maltrato verbal de sesgo intolerante real. Digo esto, porque he visto mucha victimización, y ésta poco ayuda a la hora de entablar diálogo y discusión en la sociedad y, en mi opinión, ambos sectores en pugna respecto de este tema, han recurrido a este discurso que emociona y/o causa escozor en quien lo ve. Ni el bus, como performance comunicativa, ni las declaraciones de las élites de los movimientos LGBTI son “incitaciones a la violencia”. Las palabras duras no rompen huesos. Lo realmente violento es acallar una voz que legítimamente puede expresarse en la sociedad, acudiendo a la prepotencia de decir “estoy del lado de la ciencia y por ello de la verdad”.

Dicho eso, quiero pasar al eslogan en cuestión. Me lo he topado en los noticieros, en el inicio del Facebook, y hoy, en una calle de Santiago, cuando me topé con el momento final de la marcha de los grupos que defendían la acción simbólico-comunicacional del “bus de la libertad”. “¡Más familia, menos estado!”, así, con signos de exclamación, porque es un grito de lucha. Grito que obnubila la mirada con una media verdad. Explicaré por qué.

Me parece que la lucha por “más familia” es un principio conducente con el mandato social expresado en la Biblia desde el Génesis en adelante. Una familia activa, vital, centrada en la búsqueda de la gloria de Cristo, campo de misión y desarrollo de todas las posibilidades de expresión con las que hemos sido dotados por el Creador. Familia como lugar de discipulado: caminata de padre, madre e hijos e hijas que siguen a Jesús. Lugar de relación, cercanía, amor, crecimiento, maduración. Más familia, sí. Pero de verdad, no mero panfleto. Porque es súper fácil decir “más familia” cuando no se participa en nada de la educación de los hijos, de su crianza, de su discipulado. Es súper fácil decir “no tocas a mis hijos”, cuando ni siquiera tú los tocas, siendo sólo alguien que ha procreado sin ser padre o madre. Un padre y una madre que viven la fe de Jesús entienden que deben ser activos en la educación de sus vástagos sin tercerizar su labor, ya sea en la escuela o en la iglesia.

“Menos estado”. ¿Por qué? Una de las cosas que más me llamó la atención de la marcha con la que me encontré, fueron la cantidad de pancartas y consignas que hablaban desde la “ciencia” y contra la “ideología” (¡…!), cómo si la ciencia estuviera libre y aséptica de presupuestos. De hecho, los grupos LGBTI también se arrogan el habla desde la ciencia y contra la fe. Graciosa similitud, si se quiere, pero en lo que a mí me toca, como protestante, me parece un pensamiento no sólo complejo, sino riesgoso, por lo menos desde el punto de vista comunicacional, toda vez que no hay ningún argumento fuera del campo ideológico que permita decir “menos estado”. La negación de un estado totalitario o de un estado visto como el papá que actúa por una masa se condice con los principios del cristianismo. Vaya un no rotundo a la “estadolatría”. Pero vaya también un no rotundo a la “estadofobia”. “Menos estado” es producto de la “estadofobia” que emerge del pensamiento liberal y no de la Escritura. Si bien es cierto, la Biblia no nos muestra un sistema político acabado por el cual jugarse en su implantación en la sociedad, si nos brinda principios de acción, entre los cuales aparece claramente la autoridad del magistrado civil a la hora de trabajar por el bienestar de la ciudad. En ese sentido, puede que hoy no nos gusten ciertos proyectos de ley relacionados con la familia, pero un estado activo ha permitido la concreción de leyes como la de matrimonio civil, o las que sancionan la violencia intrafamiliar. ¿Te imaginas que ocurriría con “menos estado” frente a una mujer golpeada y llevada a la muerte dentro de un hogar? ¿Nadie debe meterse con la familia? La ideología del “menos estado” se sustenta en las ideas secularizadoras que piensan que el humano es bueno por naturaleza y que en ese marco está dotado de ejercer libertad individual, no comunitaria, sin tener que rendir cuentas a nadie.

Concluyendo: creo que el derecho preferente a la educación de los niños/as es de padres, madres o tutores asignados; creo que dicho derecho genera el deber constante de vivir junto a los hijos/as esforzándose en su educación; creo que el estado no debe coartar la libertad de acción y pensamiento de las familias que educan a sus hijos en una determinada fe; y creo que el estado tiene deberes a la hora de garantizar, por ejemplo el derecho universal a la educación, en los que la escuela cumple un papel, y también en la regulación social que debilita la aparición de sectas que dañan la vida de las personas.

Más familia entonces, con educación desde la casa, reforzada en la escuela con los conocimientos por área de saber y en la iglesia, para los cristianos, respecto de la fe, junto con un estado que garantiza y promociona derechos y al que se le regula desde la ciudadanía con participación democrática activa y constante.

Luis Pino Moyano.

La titiritera televisión y la performance Soto-Villouta.

Captura de pantalla 2017-06-20 a la(s) 21.41.13

El programa “El Interruptor” del canal Vía X fue el escenario del fallido diálogo entre su animador José Miguel Villouta y el mediático “pastor” Javier Soto. Fallido diálogo, pero no fallida performance. Soto no responde, ora y acto seguido extiende en el piso la que él considera la bandera del movimiento LGBT (otro fallo, por lo demás) y la pisa, pues considera que es un “trapo de inmundicia”. Interviene la directora de contenidos del programa, Claudia Aldana, quien cierra la entrevista ante la actitud ofensiva del invitado.

Toda esta performance televisiva, respecto de la que me quiero pronunciar, me hizo recordar las palabras del sociólogo Pierre Bourdieu, quien señaló que:  “La televisión es un universo en el que se tiene la impresión de que los agentes sociales, por más que aparenten importancia, libertad, autonomía, e incluso a veces gocen de un aura extraordinaria (basta con leer las revistas de televisión), son títeres de unas exigencias que hay que describir, de una estructura que hay que liberar de su ganga y sacar a la luz” (Pierre Bourdieu. Sobre la televisión. Barcelona, Editorial Anagrama, 1997, p. 53).

Debo decir, que detesto la actitud del autodenominado “pastor” Soto. Falto de respeto y de misericordia, carente de la verdad bíblica que nunca está disociada del amor, lleno de una fijación moralista que pone acento en los seres humanos y no en el Dios lleno de gracia y poder transformador. Es sumamente reprochable, que él y ciertos sujetos evangélicos por tener figuración pública reclamen para sí la fuerza de la representatividad, porque no existe “la iglesia evangélica” homogénea, unívoca, monofónica. La actitud de Soto es repudiable y no debe aminorarse. Pensarlo como enfermo es hacerlo carecer de voluntad y racionalidad, por ende, de responsabilidad ante lo que realiza.

Pero es evidente que el ejercicio televisivo no es inocente. Villouta no es un neófito en el quehacer televisivo. Sabe que lo que aparece en la pantalla es un “títere” que sale a la luz, aparentando espontaneidad y liberalidad. ¿Acaso no estaban preparados para esta “salida de libreto” de Soto? ¿Acaso no sabían que su performance circense de poca monta lo iba a llevar a hacer un papelón como éste? ¿Nos creen tan ingenuos para tragarnos la idea de la sorpresa? ¿Por qué no se invita a otros pastores o teólogos evangélicos, inclusive, opositores a muchos proyectos propiciados por las élites gay, pero que con sabiduría, tacto, responsabilidad y amor podrían entablar un diálogo asumiendo premisas diferentes?

Yo no olvido. No dejo de recordar que en un programa de la Red hace unos años atrás, cuando Villouta apelando a una entelequia respecto del estado laico, fue contraargumentado y hasta corregido por Jonathan Muñoz, pastor presbiteriano. Mi reacción al ver eso fue: “no les resultó el circo con un pastor evangélico”. Felizmente para nuestras comunidades, Jonathan no es una excepción a la regla. Hay muchos pastores que, parafraseando al apóstol, hablan y dialogan con el espíritu y también con el entendimiento. Pero en la televisión, medio elitista y performático gozan de invitar al pastor que asienta el sentido común y/o mote del “canuto bruto”, la manera más simplona de reducir el argumento divergente. Soto y otros simplemente son títeres de ese espectáculo.

Y aquí es cuando Bourdieu se funde con la sabiduría popular cuando ésta reza que “no es culpa del chancho, sino del que le da el afrecho”. Soto es responsable de lo que dice y hace. El programa de Villouta es responsable de lo que desea instalar en el auditor como de lo que oculta.

Luis Pino Moyano.

* Posteado originalmente en mi Facebook y luego compartido en el sitio de Metanoia.

Mis lunes con Violeta Parra.

arton31831

El año 2013 comencé una aventura en el Colegio Andino Antuquelén llamada “Taller de Historia y Memoria”. Era una instancia optativa, dentro de diversas posibilidades que el colegio otorga para los miércoles en las tardes. Si bien es cierto, en dicho espacio educativo siempre he tenido la posibilidad de tensionar y criticar el currículum, este taller, me daba la posibilidad de crear en el diálogo con estudiantes, en este caso, desde la disciplina historiográfica. La idea era producir un rescate de la historia y las memorias de Chile y América Latina en el pasado reciente, en el período que Eduardo Devés llamó “todo es política” (desde la década de los sesenta), a partir de fuentes diversas. Desde el 2016, por mi trabajo en la iglesia, ocupo el lunes, mi día libre para continuar con este espacio dialógico.

¿Qué tiene que ver lo anterior con el título del post? Todo, particularmente este año. Pues en el marco de las conmemoraciones del centenario del natalicio de Violeta Parra me decidí a hacer un giro del taller, ocupando la experiencia vital y la obra de esta mayúscula artista como la base y el sustrato del taller que piensa nuestro pasado reciente. Y elegí a Violeta Parra por varias razones. Por su música sencilla y sin grandes aspavientos que dejan artefactos bonitos, pero sin “enjundia” en el decir popular. Elegí a Violeta por su rupturismo con el folklore tradicionalista, ese que le cantaba a la bandera, el huaso y la cordillera, en el marco idealizado de una realidad en la que todo eso, y más, tiene múltiples rostros, y no sólo la belleza de la representación uniforme. Violeta cantó de las experiencias de gente de carne y hueso, miró sus realidades, empatizó con ellas, cosa que no costó porque Violeta procedía del mismo lugar. Mucho se discute en los círculos de las ciencias sociales acerca de la posibilidad de habla del subalterno, pues bien, Violeta Parra precisamente hizo hablar al subalterno no sólo al retratar su vida, en la alegría, el sufrimiento, el trabajo y la lucha vital que ellos encarnaban, sino también, al rescatar canciones en una amplia recopilación que dio permanencia a voces que habrían sido sepultadas junto a los cuerpos de tantos cantores de esta tierra.

Elegí a Violeta por sus letras comprometidas con la historia y su tiempo, canciones que no sólo son “de protesta” como cierto rótulo mercantil y cooptador quiso darle al género, sino canciones que acompañan la vida de la gente más sencilla. Sus descripciones tan acertadas respecto de la realidad del país, en el que la “larga duración” de los actos de poder de los menos que domina y constriñe a los más nos persigue, sumado a la fuerza de los clásicos da vigencia a su mirar, generando utillaje pedagógico en la caja de herramientas del saber y, también, una reserva teórica y conceptual para nuevos análisis. De hecho, en este caso se hace cada vez más manifiesta la perversión que desliga los contenidos del área de lenguaje con la de historia en la educación chilena, imposibilitando el aprendizaje que liga y construye puentes. Aunque, el deber de subvertir aquello está a la orden del día.

Elegí a Violeta porque sus letras de amor y risa celebran apasionadamente el acto bello del encuentro de otros que se unen en un yo, como a su vez, en el caso de su lírica desgarrada posee letras que vomitan rabia y dolor frente al cual no se puede quedar impávido. Por eso es que ocupé el concepto de artista, pues reducirla a cantante o poeta habría anquilosado la mirada. La expresión musical de Violeta es multisensorial apelando a la razón y al sentimiento. Violeta Parra es una “romántica de la noche”, marcada por un ejercicio activo de la voluntad que se expresa desde el fuego vital que empodera su habla como nuestra escucha. Si bien es cierto, su música no era rockera, sus letras lo eran: allí están “El gavilán”, “¿Qué dirá el santo padre?”, “Miren como sonríen” y, por supuesto y entre tantas otras, “Maldigo del alto cielo”, sumado al acto de llamar “Las últimas composiciones de Violeta Parra” al que fue de facto su último disco. Violeta no sólo es antecedente necesario a la hora de analizar la Nueva Canción Chilena, sino otras expresiones musicales, incluso a las que traspasaron la escena artística en el marco dictatorial.

Violeta Parra, la cantante desvalorada en su época y en muchos casos reducida  y caricaturizada como la mujer cantora de “Gracias a la vida” que después se suicidó (como si dicho acto de dolor fuese sólo marcado por la cobardía y la frustración), debe ser rescatada más allá de su centenario. Debe ser leída, escuchada y disfrutada no sólo por el pasado, sino para el presente, por nuestro presente. Podríamos decir con su hermano Nicanor “Cántame una canción inolvidable / Una canción que no termine nunca / Una canción no más / una canción / es lo que pido. / Que te cuesta mujer árbol florido / Álzate en cuerpo y alma del sepulcro / Y haz estallar las piedras con tu voz/ Violeta Parra” (en “Defensa de Violeta Parra”).

Por mi parte, valoro la compañía literaria y musical de Violeta Parra, y no sólo los lunes, sino en mis días, porque ella es la que con la habilidad de la mejor de las profesoras me ha enseñado que “Lo que puede el sentimiento / no lo ha podido el saber / ni el más claro proceder / ni el más ancho pensamiento. / Todo lo cambia el momento / cual mago condescendiente, / nos aleja dulcemente / de rencores y violencias. / Solo el amor con su ciencia / nos vuelve tan inocentes”. La inocencia, frente a los monstruos levantados por la razón moderna, no sólo es desafío… es también, vital.

Luis Pino Moyano.

Cosmovisión cristiana y posmodernidad.

Entre los días 20 al 24 de enero de 2016, se realizó el “Retiro Metanoia” de los Jóvenes del Presbiterio Centro de la Iglesia Presbiteriana de Chile. Allí, tuve la oportunidad de compartir el tema “Posmodernidad y Cosmovisión Cristiana”.

 Comparto este vídeo como un recurso más para la comprensión de la época en la que vivimos y los desafíos que ésta nos propone como cristianos.

Doce tesis sobre la gracia común y la verdad en los no creyentes.

Abraham Kuyper (1837-1920) aan het werk. Ongedateerd.;

Luis Pino Moyano[1].

Publicado en Estudios Evangélicos.

 A propósito del marco de la celebración memoriosa de los quinientos años de la aparición pública de las 95 Tesis de Martín Lutero, quisiera recuperar algo de dicho género. En mi labor como profesor de historia de secundarios, cuando me correspondía hablar de dicho documento, lo comparaba con los tweets, aunque varios excedían el espacio de los 140 caracteres. Son declaraciones breves, que tienen la finalidad de reaccionar frente a otras ideas y, además, de proponer las propias, buscando abrir la discusión. Dicha discusión, se hacía en los márgenes de un método surgido en el Medioevo llamado disputatio. Entonces, la idea era leer la tesis y abrir el diálogo-discusión. Por ende, cuando hablo de tesis en este texto, lo ocupo en dicho sentido, el de una propuesta y opinión respecto de un tema, sentido refrendado por la Real Academia Española en la primera y segunda acepción de la palabra. Lo hago, fundamentalmente, porque creo que uno de los legados importantes que debemos rescatar de la Reforma Protestante es la capacidad de discutir y de proponer, entendiendo que la fe cristiana es activa en relación a la capacidad de pensar. Capacidad que no es otra cosa que un don de Dios. Sin más preámbulos, pasemos a las tesis:

  1. La gracia común es un concepto eje por el carácter de transversalidad que puede alcanzar en la teología sistemática de cuño reformado. Nos da cuenta de una doctrina que apunta a la creación efectuada por Dios, a la imagen de Dios en el ser humano, a los efectos del pecado en la naturaleza, a la redención conseguida en Cristo, a la comprensión de la gracia y la soteriología, a la obra del Espíritu Santo (¡fuera de la iglesia!), a la misión de Dios a través de la comunidad de creyentes y, de una u otra manera, al avance y consumación del Reino de Dios en la era presente y la porvenir. El concepto atraviesa y liga una trama argumentativa en el discurso teológico.
  1. Sin lugar a dudas, el concepto gracia común es caro y relevante para la teología reformacional, sobre todo, en la propuesta inicial, de la mano de Abraham Kuyper. Y si bien es cierto, esta conceptualización no goza de la aprobación de todos los sectores de la teología reformada[2] (lo que viene a ser una muestra más de la amplitud y polifonía de dicha corriente protestante), es mi impresión que la propuesta kuyperiana es consistente tanto con la obra de Calvino, como con el grueso de la propuesta reformada.
  1. El concepto de gracia común no puede disociarse de una cosmovisión cristiano-bíblica. El cristianismo es religión, expresión de fe, un discipulado, una caminata comunitaria y, también, una mirada omniabarcante de la realidad. Todo lo que acontece en la historia trazada de principio a fin por el Dios vivo y real, lo que sucede a nuestro alrededor, lo que nosotros hacemos incluso en nuestra intimidad, puede ser conocido y comprendido por medio del cristianismo. El cristianismo, como “verdad total”, nos permite ver el sentido de la historia y dar significado a la realidad. En dicha afirmación hay dos cuestiones claves, que deben ser aterrizadas del dogma a la vida: Cristo es el Señor y la Escritura es nuestra única y suficiente regla de fe y de práctica. No somos discípulos sólo de un “maestro bueno”, sino del Señor, cuya Palabra vivificadora es normativa. Es decir, el lente con el que miramos la realidad completa es la Escritura. En otras palabras, a partir de ella, es que podemos evaluar todo tipo de conocimiento y la susceptibilidad de asirlo como propio, ya sea a partir de sus declaraciones y mandatos, y a la vez, de sus principios permanentes[3].
  1. Calvino no ocupó el concepto “gracia común”, pero dicho eje doctrinal queda esbozado en su obra magna, la Institución de la Religión Cristiana. El teólogo de Ginebra plantea respecto al gobierno y sistema político humanos, “que no existe nadie que no esté dotado de la luz de la razón”[4], y que, además, en el ámbito del pensamiento, “existe cierto conocimiento general del entendimiento y de la razón, naturalmente impreso en todos los hombres; conocimiento tan universal, que cada uno en particular debe reconocerlo como una gracia peculiar de Dios”[5]. Esta gracia peculiar de Dios, en el sentido de que es distinta a la salvífica, es resultado de “una gran liberalidad de Dios”, toda vez que si “Él no nos hubiera preservado, la caída de Adán hubiera destruido todo cuanto nos había sido dado”[6]. Pero Calvino va más allá, y deja el camino trazado para algunos de sus futuros herederos, motejados de “neocalvinistas”, aludiendo que el Espíritu Santo es quien aplica esa gracia peculiar de la que habla. Cito in extenso: “Por lo tanto, cuando al leer los escritores paganos veamos en ellos esta admirable luz de la verdad que resplandece en sus escritos, ello nos debe servir como testimonio de que el entendimiento humano, por más que haya caído y degenerado de su integridad y perfección, sin embargo no deja de estar aún adornado y enriquecido con excelentes dones de Dios. Si reconocemos al Espíritu de Dios por única fuente y manantial de la verdad, no desecharemos ni menospreciaremos la verdad donde quiera que la halláremos; a no ser que queramos hacer una injuria al Espíritu de Dios, porque los dones del Espíritu no pueden ser menospreciados sin que Él mismo sea menospreciado y rebajado. […] Dios no cesa de llenar, vivificar y mover con la virtud de ese mismo Espíritu a todas sus criaturas; y ello conforme a la naturaleza que a cada una de ellas le dio al crearlas. Si, pues, Dios ha querido que los infieles nos sirviesen para entender la física, la dialéctica, las matemáticas y otras ciencias, sirvámonos de ellos en esto, temiendo que nuestra negligencia sea castigada si despreciamos los dones de Dios doquiera nos fueren ofrecidos”[7]. Es extemporáneo y contrafactual decir que Juan Calvino creía en la gracia común, pues no existía dicha nominación, pero eso no obsta para decir que su producción teológica es basal en dicha elaboración conceptual y, por ende, que lo planteado por Kuyper y los demás reformacionales después de él, es elaborar una propuesta que interpreta y amplía lo relevado-y-producido en el siglo XVI.
  1. Hasta el momento hemos usado el concepto gracia común sin definirlo. La gracia común es el acto por el cual Dios, que guía y preserva la historia de manera providente, que trabaja de manera activa y constante en su creación y en el tiempo, actúa en la especie humana, en cada sujeto, deteniendo los efectos del pecado, llevándolo con ello a producir bienes individuales y colectivos. La gracia común hace que el ser humano no sea tan malvado como podría serlo y, aún más, que inclusive sin ser un creyente como nosotros, pueda comunicar verdad y belleza, que nosotros debemos admirar y retener como fruto del trabajo que Dios hace en el ser humano. Kuyper dirá que: “Si todo lo que es, existe para la gloria de Dios, entonces se sigue que toda la creación tiene que glorificar a Dios”[8]. Esto es interesantísimo, porque el Coram Deo (esta idea de estar siempre delante de la faz de Dios), tiene su correlato con la gracia común, puesto que toda la humanidad está delante de dicha faz. Y el resultado de ello, es que Dios con dicha gracia manifiesta al mundo en los resultados señalados, termina siendo glorificado por todas sus criaturas, busquen o no hacerlo. Todo lo que respira termina alabando al Señor.
  1. La gracia común produce efectos diferentes que la gracia especial, pero eso no quiere decir que existan dos tipos diferentes de gracia. La gracia de Dios es multiforme, inalcanzable en su totalidad por nuestra mente finita. Por ende, la gracia común es una manifestación de la gracia a secas. Es Dios mostrando su amor, amor que tiene por todo lo que Él ha hecho, puesto que todo lo que Él hace lo hace bien. Con la gracia común no cambia la posición de los no creyentes respecto de su relación con Dios. Y si bien es cierto, ella no es salvífica, tampoco es merecida. No merecemos este amor que nos rescata de todas las consecuencias de la caída, permitiéndonos vivir mejor de lo que podríamos experimentar con el pecado en rienda suelta. Dios es bueno, con sus hijos, y también lo es con los pecadores irredentos. Todos sus dones son perfectos (Léase: Salmo 145:9; Hechos 14:15-17; 17:24-28; 1ª Timoteo 4:10; Santiago 1:17). El error de los no creyentes radica en que viendo estas cosas, no glorifican a Dios. Es el punto de Martyn Lloyd-Jones cuando muestra que: “En realidad lo erróneo de la cultura no es ella misma, es más bien que las personas dirigen su alabanza y adoración a los hombres que han creado las obras en lugar del Dios que los ha capacitado para hacerlas. Pero si consideramos estas cosas bajo el encabezamiento de la gracia común, veremos que todas glorifican a Dios porque Él dispensa estos dones generales a la Humanidad por medio del Espíritu Santo”[9].
  1. Todo lo anterior nos encamina a la necesidad de la interdisciplinariedad a la hora de la reflexión teológica. Al teólogo no le debe bastar la formación doctrinal y bíblica, sino que actúa sabia y prudentemente cuando conoce y aprehende de las otras áreas de saber, de sus teorías, métodos, descubrimientos y productos, lo que resultará en una ampliación focal de los fenómenos que piensa. Si la fe cristiana se expresa y comunica en el mundo, y el sujeto está rodeado de otros seres humanos, se debe hacer todo lo posible por comprender dicho mundo y a los otros que viven en él. Aunque posterior, resulta útil acá el concepto de Michel Foucault de “caja de herramientas”, puesto que dicho ejercicio no se trata de adopción acrítica de fuentes de saber y de metodologías de trabajo, sino de conocimiento y práctica mediatizados por la comprensión omniabarcante del cristianismo en su vertiente calvinista y reformacional.
  1. Debemos tener sumamente claro el objetivo de nuestra lucha, a saber, mortificar el pecado y sus consecuencias y no la gracia común y sus frutos. En una de sus conferencias, Kuyper planteará que: “En la medida en que el humanista se esforzó por sustituir lo eterno por la vida en esta tierra, cada calvinista se opuso al humanista. Pero en la medida en que el humanista contendía clamando por un reconocimiento correcto de la vida secular, el calvinista era su aliado”[10]. Esto es un batatazo a las lógicas anabaptistas de corte contraculturalista, como también lo es para quienes sacramentalizan nuestra dogmática pensando que el trino Dios actúa sólo en los creyentes. Como diría Berkhof: “Todo lo que el hombre natural recibe y que no es maldición y muerte, es el resultado indirecto de la obra de Cristo”[11]. En ese sentido, la gracia común no sólo es obra de Dios, sino además, marco hermenéutico para analizar cada producción humana.
  1. Cada vez que analizamos la producción humana de diverso cuño, debemos tener en cuenta la antítesis. Puede notarse en la obra Dooyeweerd, que existe una oposición entre los principios del Reino de Dios y los del sistema humano dañado por la caída. Dicha tensión espiritual atraviesa también los distintos constructos filosóficos humanos y, por supuesto, “alcanza también el corazón de cada creyente en su lucha para vivir una vida de compromiso integral con Dios”[12]. Esto nos lleva a decir que, cada vez que un no creyente dice la verdad, ésta es resultado de la gracia común. En otras palabras, la verdad no deja de serlo a causa de sus emisores, ni todo lo que dice un emisor se condice con nuestra fe porque en una ocasión éste dijese una verdad. Esto es lo que Dooyeweerd conceptualizó como “momentos de verdad”, puesto que sólo se muestra un aspecto de la realidad y, en ese sentido, cualquier absolutización de dicho constructo teórico es parte del “espíritu de engaño” que promueve medias verdades[13]. La única fuente segura de conocimiento es la Palabra de Dios y no existe posibilidad de consistencia teórica y práctica sin una fundada cosmovisión bíblica. Y este asunto no es sólo cuestión teológica o filosófica, en el sentido de disciplinas académicas, sino necesariamente espiritual, pues para creer (que al decir de Stott, es también pensar), es fundamental ser primero abrazado por el Padre, salvado por su gracia como resultado del amor eterno que tuvo como clímax la cruz de Jesucristo.
  1. Despojándonos de miedos, de pretensiones escapistas del mundo, del terrible veneno del dualismo y de las actitudes reaccionarias, podemos recurrir a la obra de otros seres humanos, que sin ser creyentes producen conocimiento que podemos asumir o, en su defecto, redimir desde un punto cosmovisional. Además, para rechazar una producción de saber, debemos primero hacer el ejercicio de leer e interpretar a la luz de la Palabra de Dios lo dicho por un determinado autor y estar seguros en que lo que se dice contraviene de manera abierta el pensamiento cristiano. Allí debemos diferenciar entre marco cosmovisional, propuesta total de un autor y expresiones particulares que podrían ser “momentos de verdad”. Este trabajo no puede hacerse sólo a partir de la lectura de comentarios, ni mucho menos a partir de panfletos (hoy en forma de memes divulgados en las redes sociales, sin fuente identificable), sino a partir de la lectura directa de un autor. Evidentemente, hay riesgos, en los que pueden producirse miradas eclécticas. Pero la solución no es la prohibición que genera un “Index librorum prohibitorum” al estilo inquisitorio, sino educar(nos) en el conocimiento del Dios santo y su Palabra. El cristiano es un sujeto activo frente a su realidad por la fuerza del Espíritu que le llena de poder para ser testigo de Jesús.
  1. Coincidir en puntos focales a la hora de hacer análisis, como también en argumentos y conclusiones con autores no creyentes, no significa, necesariamente, adherir a la totalidad de la propuesta teórica y práctica de un autor. Presuponer eso, es pensar que la ignorancia siempre es una cuestión de los otros y nunca mía, por ende, es prepotencia epistemológica. Podemos leer y citar a no creyentes sin adherir a su trama cosmovisional. En este punto es pertinente traer a colación la precisión conceptual de Francis Schaeffer cuando planteó que: “los cristianos han de darse cuenta de la diferencia que existe entre un cobeligerante y un aliado. A veces parecerá que estamos diciendo lo mismo que la Nueva Izquierda o que la élite de la Institución. Si hay injusticia social diremos que hay injusticia social. Si necesitamos orden, diremos que necesitamos orden. En estos casos específicos seríamos cobeligerantes, pero el serlo no nos hará alistarnos en ninguno de los campos citados porque no seremos aliados de ninguno de ellos. La Iglesia de Cristo Jesús, el Señor, es totalmente distinta de uno y otro, por completo” [14]. Cobeligerante, no es lo mismo que aliado, de la misma manera que contextualización no es lo mismo que adaptación. Lo que hace relevante al cristianismo es precisamente su diferencia, es decir, su experiencia salvífica y su mensaje a proclamar. Y si el mensaje proclamado y la experiencia vital encuentran relación con expresiones de otros sujetos, aunque no sean creyentes, es primordial para la ejecución de la tarea misional de la iglesia construir puentes y lazos. Defender la justicia social no nos hace marxistas, como luchar contra el aborto no nos hace integristas de derecha. Todo lo que contribuya a la extensión del Reino de Dios que es justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo es parte de la tarea de la iglesia, ¡de nuestra tarea! Y en dicha tarea puede haber coincidencia o martirio, pero eso no es lo importante. Lo importante es la coherencia y la consistencia de nuestra vida y mensaje con el evangelio de Cristo.
  1. Puede que veamos a hermanos nuestros en sus carreras y aprendizajes hacer lecturas de autores que, sabemos, en su propuesta global no se condicen con nuestra cosmovisión cristiana. Recordando que Pablo citó en Atenas a Epiménides de Cnosos y a Arato de Solos, sin dejar de ser ortodoxo en su fe, y sin que dichas referencias dejaran de ser parte del registro canónico, ¿cuál debiese ser nuestra actitud? Propongo las siguientes alternativas: a) Actuar de buena fe. ¿Qué razones tengo para pensar mal de un hermano? ¿Lo conozco tanto como para presuponer que está errando en el camino, adaptándose a pensamientos foráneos a la fe, o cayendo en análisis conspirativos, pensar que está operando en la comunidad con la finalidad de infiltrar su pensamiento en ella? Si no conozco, no juzgo acciones ni motivaciones. Esa debiese ser la premisa; b) Si tengo dudas, acercarme y conversar. ¡No existe ninguna razón válida para dejar de lado el diálogo entre creyentes! Especialmente, cuando éste clarifica nuestras dudas y nos permite ver la fuerza cosmovisional en el relato del otro, y así, ser beneficiados por un aprendizaje nuevo gracias a la perspectiva que enriquece, por su diferencia, nuestros análisis. O, en su defecto, ver las deficiencias, las grietas peligrosas en el pensamiento del otro, y ayudar con el amor y la verdad que no se disocian, a salir de una ruta que lleva a un barranco intelectual. Y en ese caso, no vale la satanización ni mucho menos la instalación del mote de ignorante en el otro. Lo que se debe hacer en ese caso es exponer al sujeto a la predicación del evangelio y a la experiencia acogedora del amor fraternal; c) Analizar de dónde proviene mi prejuicio (en el sentido etimológico de la expresión). Y allí la pregunta es fácil pero puede llevarnos a una problemática profunda: ¿mi lucha por la verdad proviene de lo revelado en la Palabra de Dios o en la ideología que he tomado prestada de otras influencias? Si la respuesta es la primera, actúo según lo dicho en el punto “b”. Si es la segunda, debo arrepentirme y pedir perdón al Dios vivo y verdadero. Porque si algo se interpone entre tú y un hermano, salvado por el sacrificio de Cristo al igual que tú, eso no es otra cosa que un ídolo que busca destruir lo que él conquistó con su sangre. Tal vez, encontrarse con el pensamiento de otro sea la oportunidad que Dios trazó de manera providente para que te encontraras con los ídolos que construyes a tu imagen y semejanza. Dios es muy bueno cuando nos libra de la idolatría. Dios es muy amoroso cuando derriba las tiranías del pensamiento que gobiernan nuestro corazón. Eso también es una expresión de la multiforme gracia de Dios. Puedo dar fe de eso. Dios poderosamente lo hizo en mí.

[1] Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

[2] Véase sobre esta discusión: Louis Berkhof. Teología Sistemática. Grand Rapids, Libros Desafío, 1999, pp. 514-532; y Anthony Hoekema. Creados a imagen de Dios. Grand Rapids, Libros Desafío, 2005, pp. 243-262.

[3] Para quienes quieran introducirse en el estudio cosmovisional cristiano, recomiendo las siguientes lecturas: Francis Schaeffer. Huyendo de la razón. Barcelona, Ediciones Evangélicas Europeas, 1969; Herman Dooyeweerd. Las raíces de la cultura occidental. Las opciones pagana, secular y cristiana. Barcelona, Editorial CLIE, 1998; James Sire. El universo de al lado. Grand Rapids, Libros Desafío, 2005; Darrow Miller et al. La cosmovisión del Reino de Dios. Tyler, Ediciones JUCUM, 2011; John Piper. Piense. La vida intelectual y el amor de Dios. Illinois, Tyndale House Foundation, 2011; Theo Donner. Posmodernidad y fe. Una cosmovisión cristiana para un mundo fragmentado. Barcelona, Editorial CLIE, 2012; Albert Wolters y Michael Goheen. La creación recuperada. Bases bíblicas para una cosmovisión reformacional. Medellín y Sioux Center, Poiema Publicaciones y Dordt College Press, 2013; Timothy Keller. La razón de Dios. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2014; Nancy Pearcey. Verdad total. Tyler, Ediciones JUCUM, 2014; y Michael Goheen y Craig Bartholomew. Introduçao à cosmovisão cristã. São Paulo, Edições Vida Nova, 2016.

[4] Juan Calvino. Institución de la Religión Cristiana. Libro II, Capítulo 1, Nº 13. Rijswik, Fundación Editorial de Literatura Reformada, 2006, p. 185.

[5] Ibídem, Libro II, Capítulo 1, Nº 14, p. 185.

[6] Ibídem, Libro II, Capítulo 1, Nº 17, p. 187.

[7] Ibídem, Libro II, Capítulo 1, Nº 15 y Nº16, pp. 185, 186.

[8] Abraham Kuyper. Conferencias sobre el calvinismo. Una cosmovisión bíblica. San José, Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas, 2010, p. 65. Corresponde a la Conferencia “El calvinismo y la religión”.

[9] Martyn Lloyd-Jones. Dios el Espíritu Santo. Ciudad Real, Editorial Peregrino, 2001, p. 39. Es recomendable ver todo el capítulo titulado “Creación y gracia común”, pp. 34-43

[10] Kuyper. Op. Cit., p. 150. Corresponde a la conferencia “Calvinismo y la ciencia”.

[11] Berkhof. Op. Cit., p. 522.

[12] Este marco definitorio sigue el glosario dooyeweerdiano realizado por Albert Wolters, traducido y ampliado por Guilherme de Carvalho en: Herman Dooyeweerd. Estado e soberania. Ensaios sobre cristianismo e política. São Paulo, Edições Vida Nova, 2014, p. 131. El lector debe tener en cuenta que la referencia es tanto implícita como explícita.

[13] Dooyeweerd. Las raíces… Op. Cit., pp. 43, 72, 91.

[14] Francis Schaeffer. La Iglesia al final del siglo XX. Barcelona, Ediciones Evangélicas Españolas, 1973, p. 50.

MOVILH, verdad y conservadurismo.

Bandera Gay

Hace una semana atrás, Alexander Núñez, participante de un programa televisivo para el espectro juvenil hace unos años atrás, hizo algunas declaraciones en el farandulero “Primer Plano” que causaron cierta polémica. Entre las cosas que señaló, me permito citar éstas: “No estoy de acuerdo con el matrimonio homosexual (…). No creo en el amor entre un hombre y un hombre. Yo, que fui homosexual, nunca sentí amor por un hombre”; “Necesitaba que Dios quitara esa pena que había en mi corazón. Uno va por algo y el Señor te entrega mucho más”. Lo que Núñez estaba haciendo en dicho relato era nominar su experiencia en clave de redención. Su experiencia es dotada de coherencia por dicho prisma, lugar de producción, ideología, cosmovisión o como quiera llamársele. No hizo nada ajeno al acto comunicativo, pues cada vez que hablamos lo hacemos desde un lugar. Y es lógico que ante la divergencia de lugares, y luego de opiniones y argumentos, exista reacción. Lo que se esperaría en el debate público es que siempre se comience por la presuposición de inteligibilidad al relato del Otro.

 Llama la atención entonces, la reacción que ha tenido el MOVILH, que sirvió de sustento al periodismo que registró la noticia en la web, mediante su declaración titulada “Consideraciones sobre testimonios de supuestos ‘ex homosexuales’”. Allí no se duda en llamar a las palabras de Núñez como “declaraciones homofóbicas”, “peligrosas e intolerables”. Lo que hace esta nominación del relato de Núñez es impedir el debate, defenestrando al interlocutor. Se anula al otro con un juicio de valor. De hecho, lo que me motivó a escribir estas líneas son particularmente los puntos 1 y 4 de la declaración. Cito textualmente: “1.- La ‘orientación sexual’; sea lésbica, gay, bisexual o heterosexual; no es una elección, ni una decisión, es una realidad natural. Ni la cultura, ni un decreto, ni una ley, ni una religión podrán jamás modificar una ‘orientación sexual’ […] 4.- Toda influencia o intento por modificar la ‘orientación sexual’ de las personas constituye un abuso, una violación a los derechos humanos, que merece el máximo repudio social y estatal, en cuanto sólo genera efectos nocivos, asimilables en el corto o largo plazo a la tortura” (el destacado es del original).

 No deja de ser interesante la pulsión por la verdad que tiene la declaración. Ella es taxativa y axiomática, al nivel de apelar a una “realidad natural”. De hecho, más adelante se apela a “estudios exclusivamente científicos” (punto 5), que darían crédito a sus postulados. Dicho asunto releva la fuerza que tiene todavía la mirada naturalista y positivista de la ciencia en nuestro país, en la idea de un constructo libre de ideologías, que siempre dice la verdad. Esa ciencia aséptica es entronizada en el altar secular del viejo iluminismo en pos de leyes universales. Es la sustitución de la religión trascendental por la religión secular, que necesita de tanta fe como la otra. Y de hecho, es una fe exclusivista y excluyente tanto como el enemigo al que se critica. Se está con esta verdad, o se debe, recibir el “máximo repudio”. Parece que se desconocen las atrocidades que se han ejecutado a lo largo de la historia en pos de la ciencia y su verdad normativa, constructora de leyes naturales inviolables e inexorables, entre las cuales está la tortura a la que se compara con los intentos de modificación de la “orientación sexual” (a modo de paréntesis: sería relevante que quienes criticaron a los actores “pro-vida” que compararon el aborto con los asesinatos y desapariciones acaecidas en el contexto de la dictadura cívico-militar chilena digan algo acerca de éste símil, que resulta tan ofensivo como el anterior).

 Pero lo más (pre)potente de la declaración es su conservadurismo. Sí, conservadurismo, con todas sus letras. De hecho, cuando se apela a una realidad natural se presupone lo que más adelante se declara: algo que jamás se podrá modificar. He ahí la base de la contradicción del lenguaje de derechos que naturaliza la conquista política, perpetuándola en su normatividad universal. Y es ahí donde el MOVILH hace recaer su discurso conservador. Es un discurso conservador porque niega la posibilidad de cambio (tanto como los grupos religiosos fundamentalistas que niegan la posibilidad de que un homosexual cambie). Es un discurso conservador porque apela a constituir una realidad histórica, por ende dinámica, como una realidad natural, constituyendo axiomas inviolables. Es un discurso conservador porque busca la punición del pensamiento divergente. Es un discurso conservador porque responde al constructo de una élite dentro del diverso mundo homosexual. Es un discurso conservador, inclusive en la crítica que hace de su oponente, presuponiendo que todo aquél que discute con dicha producción elitaria dota a la homosexualidad un estatuto de “enfermedad”, lo cual carece de correlato empírico (es como criticar “la ideología de género” presuponiendo la homogeneidad de la producción que releva dicho debate). Y es, inclusive, un discurso conservador dentro de las múltiples ideas de género existentes en el mundo y en la historia. No está demás decir que Simone de Beauvoir, Michel Foucault, Judith Butler, Beatriz Preciado, entre otros exponentes no estarían de acuerdo en la naturalización del género, sino que desde sus matices darán cuenta de una opción que se construye y que es afectada por los mandatos culturales (nadie acusaría de homofóbicos a estos exponentes). Por ello, no resulta menor dar cuenta que esta institución elitaria dentro del mundo homosexual tenga dentro de su proyecto histórico la búsqueda del matrimonio igualitario, siendo esta institución una de las perpetuadoras del constructo patriarcal, en la lógica de diversos estudios de género.

 Lo que más hace falta en este debate es la honestidad. El problema en cuestión no es la homofobia (¿literalmente “miedo al igual”?). El problema concreto para el MOVILH consiste en si se le debe dar cabida al discurso religioso en el espacio público. Y es un problema de marca mayor, puesto que su propuesta discursiva se presenta como el de una minoría victimizada, cuando en realidad su producto tiene acceso hegemónico a medios y se presenta como verdad incuestionable. En ese sentido, el MOVILH, en tanto grupo elitario, es una minoría, pero poderosa, pues tiene la capacidad cultural de instalar conceptos como sentido común. Sus ideas dominan. Y como lo dijeran Marx y Engels en “La ideología alemana”, “las ideas de clase dominante son las ideas dominantes de una determinada época”. Lo que es suficiente razón para que sus ideas no dejen de ser sometidas a la crítica.

Luis Pino Moyano.

Incendios, coherencia y trabajo por hacer.

santa-olga

Gente querida: no se haga parte del juego ensimismado y desinformador de las redes sociales. No asuma la posición cómoda de lanzar frases para la “barra pop”, para quedar súper bien con los demás por su rigurosa certeza, cuando lo que aquí está en juego es el dolor de personas de carne y hueso, con sangre en las venas y con profundas emociones reunidas, sumado a la pérdida material que a varios les ha llevado a quedar sin nada.

 Este no es el momento para lanzar palos a uno y a otro, más allá de si su color político es demasiado diferente al mío. Este no es el momento para elaborar teorías conspirativas sin ningún argumento más que una fértil imaginación acompañada de una alta dosis de ociosidad. Este no es el momento de buscar rédito político que potencie una futura posible elección en un cargo público. Además, ninguno de nosotros es órgano persecutor. Las policías y el ministerio público hacen ese trabajo. Mientras no hayan evidencias no podemos acusar a nadie. Se ha comprobado la intencionalidad, pero no quién llevó a cabo los hechos. ¿Seguiremos acusando a mapuches o dueños de las forestales sin argumentos ciertos y seguros?

 Este es el momento de colaborar con la gente que perdió todo o parte de lo que tenían. Este es el momento de consolar y animar a quienes perdieron a seres queridos. Este es el momento para colaborar con mercadería, ropa, artículos de aseo, servicios, música y alegría (la gente también necesita eso). Este es el momento para defender a los bomberos de este país, jugados y voluntarios (no todas las relaciones son de consumo, por ende, las relaciones pactales no siempre requieren de un pago monetario. ¡Eliminemos esa perversión de nuestra mente!), ayudarles con comida rica que les ayude a recomponer fuerzas. Este es el momento para que aquellos que más tienen puedan contribuir a la sociedad de una vez por todas entendiendo que la misericordia no puede disociarse de la justicia. Este es el momento de que todos aportemos de lo que tenemos, porque la avaricia es una idolatría desgarradora. No por causa de la maldad debe acabarse nuestro amor.

 Lo que he dicho puede ser transversal a todos quienes lean estas palabras. Pero quisiera cerrar con un mensaje para mis amigos cristianos. Seamos prudentes con el uso de las redes sociales, no estemos difundiendo cualquier cosa, pensemos en el daño que podemos ocasionar a otros por nuestra falta de empatía. Oremos mucho por nuestro país, por la gente que sufre y por quienes están “en eminencia”: ¡del bienestar de la ciudad depende nuestro propio bienestar! Estemos atentos a todas las iniciativas que puedan surgir desde nuestras iglesias, desde organizaciones de creyentes y no creyentes en las que podamos hacer concreto eso que decimos y confesamos en las palabras de Jesús: “hay más dicha en dar que en recibir”.

 Un abrazo fraterno, Luis.

(Escrito en Facebook el 26 de enero de 2017).