Dios nos reforma para buscar la santidad.

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Los días 20 al 23 de enero de 2017, se realizó en la Granja Presbiteriana en El Tabo, el Retiro del Departamento de Jóvenes del Presbiterio Centro de la Iglesia Presbiteriana de Chile. Durante esos días estuvimos analizando el texto de Colosenses 1:13-23 bajo la siguiente parcelación:

vv. 13,14: Dios nos reforma por la obra consumada de Cristo.

vv. 15-17: Dios reforma nuestra visión del mundo y de la vida (¡Cristo es Señor sobre todo!).

vv. 18-20: Dios nos reforma haciéndonos parte de la iglesia (no hay cristianismo sin comunidad).

vv. 21,22. Dios nos reforma para buscar la santidad.

v. 23. Dios nos reforma para que anunciemos el evangelio.

En síntesis, vemos el señorío de Cristo en la creación y en la iglesia. Una de sus manifestaciones es el poder reformador de Dios. A mí me correspondió hablar de los versículos 21 y 22 en la predicación de la mañana del domingo en la Iglesia Mar de Gracia. Allí relevamos el hecho de que Cristo ha reconciliado a los suyos con Dios (el verbo en pasado no es casual: esa obra ya ha sido aplicada). Por ende, al ser reconciliados, debemos vivir de acuerdo a esa renovación total de nuestra vida. Un reconciliado no vive inmerso en el pecado, vive como hijo adoptado por pura gracia por el Dios vivo y real. La propuesta del sermón fue ver lo que nosotros hacíamos, lo que Cristo hizo por nosotros y lo que nosotros tenemos que hacer.

A quienes estén interesados en este tema, les comparto el diaporama de dicha ocasión, el cual pueden descargar haciendo clic aquí.

Culto del domingo 22 de enero de 2017, en la Iglesia Mar de Gracia.

Jóvenes asistentes al Retiro Metanoia 2

Jóvenes asistentes al Retiro Metanoia 2 “Semper Reformanda”.

Ha sido un tremendo honor y bendición compartir con los jóvenes durante estos dos períodos de trabajo, en la tarea de asesor. El aprendizaje y la comunicación de las enseñanzas de la Palabra bullen al calor de la comunidad. La fuerza vital de los jóvenes hace del cansancio algo grato. Dios ha sido bueno y fiel.

Dios levanta profetas para incomodarnos.

Incomodidad.

El día domingo 27 de septiembre de 2015 fui cordialmente invitado a compartir la Escritura a Iglesia UNO, una querida iglesia hermana en plantación. Fue una hermosa instancia en medio de una valiente serie de mensajes titulada “[In]Comodidad: Cuando la voz de Dios nos llama al arrepentimiento”, basada en el libro del profeta Amós. En este caso, la predicación estuvo basada en el capítulo 3, los versículos 1 al 8 y se tituló “Dios levanta profetas para incomodarnos”. En el texto podemos ver que cuando la comodidad obnubilaba la realidad, Dios saca de la comodidad a Amós, un cuidador de ovejas y cultivador de higos del sur, para ir a profetizar al norte respecto a esa religiosidad aparente. Amós es el profeta que apela a la justicia social, ligándola a la adoración al Dios de la vida y el cumplimiento cabal de la voluntad de Dios. En síntesis, la justicia social, desde un punto de vista bíblico, no es mera acción de racionalidad política, sino práctica espiritual, “ayuno verdadero” al decir de otro profeta, Isaías. Vemos a Dios incomodándonos al traernos a la Palabra, recordándonos la elección y mostrándonos su voluntad.

Comparto el bosquejo y el vídeo de dicha predicación.

Para descargar el bosquejo, haga clic acá.

Para ver los otros vídeos de la serie, haga clic acá.

Fraternalmente en Cristo, Luis.

Amor y justicia en El Magnificat.

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El día 16 de agosto de 2015 tuve la hermosa posibilidad de compartir la Escritura con la hermandad muy querida de Iglesia Santiago Apóstol (iglesia anglicana en Santiago centro). Estoy muy agradecido del Pastor Cristóbal Cerón por la invitación y por los hermanos y hermanas que siempre muestran cariño y buena disposición.

Dicho día, hablamos de “El Magníficat”, el bello y potente canto de María, registrado en Lucas 1:46-55.

Respecto a María: Creemos todo lo que la Biblia dice acerca de ella. Una mujer joven, descendiente de David, comprometida y luego esposa de un carpintero llamado José, que fue virgen hasta el nacimiento de Jesús. Siguió obedientemente a Jesús (“hagan todo lo que él les diga”, en las Bodas de Caná), inclusive estando a los pies de la cruz. Integró la iglesia primitiva. Fue humilde, devota, con una vida de mucha profundidad espiritual y dada a la meditación.

Respecto a su canto: Se le conoce así por la primera palabra de este canto en la Vulgata, lo que se traduce como “engrandece” o glorifica”. Se trata del canto de una mujer que asume la voluntad de Dios más allá de los riesgos. El himno está saturado de citas del Antiguo Testamento y sigue la pauta del cántico de Ana (1ª Samuel 2:1-10). El canto está alimentado por la acción de Dios en la historia. A su vez, María elogia los prodigios de Dios en la historia a causa del niño que lleva en su vientre. Este canto nos habla de atributos que nosotros disociamos: amor y justicia, como si estos fueran contradictorios entre sí. El canto de María no disocia los atributos de Dios, sino que alaba a Dios por su amor, manifestado en la gracia del Salvador y la fidelidad del Pacto, y la justicia manifestada de su Reino.

El audio del sermón fue compartido en la página de ISA y puede escucharse haciendo clic aquí.

También pongo a disposición los apuntes del sermón, los que puede descargar aquí.

Un abrazo, Luis Pino Moyano.

Dejando de lado la profesionalización del púlpito.

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Hace unos días le vengo dando vueltas a esta idea, con la intención de publicar este post en mi blog. Y quisiera comenzar señalando aquello de lo cual no se tratará esta reflexión. Fundamentalmente, no voy a renegar acá de la homilética. Hace casi doce años, en un aula del Instituto Bíblico Nacional, aprendí de esta “ciencia y arte”, como le llamaban los libros clásicos, y desde ese día no he dejado de elaborar-y-exponer mis sermones homiléticamente. De hecho, dicho aprendizaje ha sido tan significativo que ha trascendido a su uso en el púlpito, empapando mis escritos, reflexiones y clases. Tampoco voy a hacer una apología de la improvisación. Nada más peligroso para un púlpito que un predicador que improvisa, que no ha leído varias veces y con detención su texto, que no ha hecho el trabajo de interpretar y pensar en cómo aterrizar, al hoy y a la realidad de la iglesia a la que anuncia el mensaje los principios permanentes de la Escritura. Es tan importante la buena elaboración sermonaria que nos puede reportar, con el paso del tiempo, un “semillero homilético”, con mensajes que pueden volver a ser expuestos en otras comunidades u ocasiones, siendo “resucitados”, es decir, re-estudiados e, inclusive, reelaborados. Todo trabajo humano es susceptible de ser mejorado.

 Un predicador debe ser un amante de la Biblia, conocedor de ella y, a su vez, desarrollar un “ojo homilético” de tal manera que de todo le pueda servir como recurso para su reflexión: lo que lea en libros, revistas, periódicos, de lo que vea en televisión, caminando por las calles, asistiendo a la iglesia o a los grupos de hogar, lo que escuche en la radio o en alguna canción. Quien predica la Palabra debe mirar la realidad en la que vive desde ese lugar. Como he dicho, no entenderé esto como profesionalización, sino como parte del trabajo bien hecho, entendiendo que la tarea de predicar, tanto en contenido y forma, debe glorificar a Dios.

 Ahora bien, todo lo que he señalado puede pasar a formar parte de la profesionalización del púlpito. Es decir, cuando la forma pasa a ser más importante que el contenido, la exposición de la Escritura pasa a segundo plano, olvidando que homilética, en su sentido etimológico nos invita a “decir lo mismo” que el texto señala. Es la Palabra lo realmente importante, más que nuestra exhortación, ilustraciones y aplicaciones. Entonces, el criterio principal a la hora de evaluar una predicación y su significado, pasa por la pregunta: ¿habló el predicador de la Biblia, del texto que leyó, mostrándonos a Cristo y la gracia que ayuda a la vida? Pero, ¿qué es lo que ocurre hoy? Los criterios del mercado también han permeado a nuestras iglesias, llevándonos a dar importancia a lo siguiente:

1. Evaluamos la predicación por el tiempo de duración, la que ojalá no exceda a los 25 minutos. Siempre me he preguntado si dicho tiempo hace alusión a las capacidades cognitivas y la potencialidad del aprendizaje, o lisa y llanamente a que esperamos que el culto dure lo menos posible, porque en “la vida real” tenemos muchas cosas más importantes que realizar. Si la Biblia es realmente importante para ti y para mi, ¿por qué habría de aburrirnos escuchar un mensaje de 45 minutos, 1 hora, 1 hora y media? ¿Acaso no hemos leído más tiempo que ese? ¿O visto una película, programa de televisión o teleserie que dura lo mismo o más? Nuestros hermanos puritanos asistían a la escucha de sermones que a veces duraban tres horas (¡tres horas!). Y, por favor, no quiero ser tergiversado, no estoy diciendo que el buen sermón debe ser largo. En mi caminar cristiano he tenido la honra de predicar en la cárcel, en el culto de nuestros hermanos presidiarios. Allí el culto tiene una hora límite, la cual es anunciada por un gendarme con golpes de bastón en la reja y con un llamado en alta voz, por lo cual, en lo posible, el culto debe terminar antes de esa despedida poco amable. Por ende, quienes predicábamos debíamos hacerlo de manera breve, pero no menos contundente. La duración por sí sola no habla de la calidad del mensaje: es su contenido lo que importa. Y si creen que estoy exagerando, en la Palabra, texto inspirado por Dios, se nos cuenta la historia de Esdras y otros sacerdotes leyendo al pueblo la ley, con todos ellos de pie, desde el alba hasta el mediodía, y lo único que hicieron fue leer con claridad y poner el sentido al texto, es decir, interpretarlo brevemente. Todo eso por alrededor de seis horas. La actitud de los oyentes fue de receptores atentos, que lloraron, se humillaron ante Dios, adoraron, celebraron, pidieron perdón (Nehemías 8 y 9, preferentemente léase en Reina Valera 1960). Seis días nos dio el Señor para hacer toda la obra de nuestras manos, el séptimo es para Él, y debiéramos sentir un deleite al escuchar su voz, más allá de cuánto se extienda la exposición de su Palabra.

2. Evaluamos lo verbosos y eruditos que resultan nuestros predicadores. Y sí, ya lo hemos dicho, un predicador debe ser un conocedor del texto que anuncia y de la realidad en la que vive. Pero no es lo más importante. Dar estatuto de fundamental a la erudición y al uso académico del lenguaje fue lo que llevó a que un número importante de púlpitos se convirtieran en cátedras universitarias. Todo esto, por la lógica moderna de oposiciones binarias, que disoció cerebro de corazón, o dicho de otra forma, razón de emociones. Entonces, hubo sermones que versaban sobre las “Presuposiciones respecto al Logos en el Kerygma con consecuencias en la epistemología y la ontología divina y antropológica”, cosas que sonaban muy bonitas, pero que pocos lograban entender y mucho menos vivir. Ese tipo de sermones ha sido parodiado de manera muy inteligente por Matt Groening con su personaje del Reverendo Alegría, flamante pastor de la 1ª Iglesia Presbiluterana de Springfield, con sus sermones largos, tediosos y somnolientos (de hecho, hay un capítulo de Los Simpson que muestra los sueños “bíblicos” de los personajes de la familia, en medio del sermón del referido pastor). En el púlpito debe haber buen uso del lenguaje, puesto que también cumple una función pedagógica, pero lo central es el anuncio claro y vivaz del mensaje de Cristo que habla impactando la razón y la emoción, a la totalidad del ser. Hoy, lamentablemente, este tipo de evaluación ha ido asociada a una lógica de religión de consumo bastante perversa. Se argumenta que el capital cultural de nuestras iglesias ha crecido bastante, teniendo a muchos profesionales sentados en las bancas de nuestras iglesias, por lo cual los predicadores deben ser versados y bla bla bla. Argumentos de ese tipo me hacen recordar a Jonathan Edwards y quizá uno de los mejores sermones que haya existido en la historia del protestantismo: “Pecadores en manos de un Dios airado”. ¿Por qué este recuerdo? Porque quienes han leído a Edwards se habrán dado cuenta de sus complejos argumentos, con conexiones amplias (por no decir dispersas). Pero además de ello, Edwards tenía problemas de visión, teniendo que usar lentes gruesos y, además, ese sermón fue leído de principio a fin, con muchos tropiezos entre medio. ¿Qué explica, entonces, que a la mitad del mensaje la gente cayera de rodillas confesando sus pecados sintiéndose en las “manos de un Dios airado”? Sin lugar a dudas que el Espíritu Santo actuando en la predicación de este pastor fiel a la Escritura, en una iglesia con personas dispuestas a escuchar lo que Dios diría en esa ocasión. Tristemente los evaluadores consumidores de religión habrían reprobado a Edwards y botado al tacho de la basura el “Pecadores en manos de un Dios airado”. Por ello, si hay algo que predicadores y oyentes no debiéramos olvidar, es que Jesús llamó a sus discípulos ovejas y no jirafas[1], por lo cual el alimento de la Palabra debe ser presentado a ras de piso, al alcance de todos quienes escuchan. La predicación debe ser entendible para todos. No basta que sea dicha en el idioma de los oyentes, debe ser clara tanto como es fiel a la Palabra. Ahí, el lenguaje erudito y evangélico es más un obstáculo que una bendición. Pensemos en Dios, condescendiendo con nosotros, poniéndose a nuestra altura para revelar su conocimiento con nuestras palabras en la Biblia, de tal manera que le podamos entender. Por favor dejemos de lado no sólo la profesionalización del púlpito, sino también a los oyentes consumidores de religión. Tu hambre y sed, como la mía, no es de buenos sermones… nuestra hambre y sed es de Dios, de su verdad, de su Palabra que es como pan al que come y como semilla al que siembra (Isaías 55:10,11).

3. Evaluamos la relevancia de la predicación. Y sí, el púlpito debe ser relevante. Debe hablar para el aquí y el ahora de los oyentes, de la iglesia y de la sociedad en la que viven todos quienes asisten a la iglesia, sean miembros o no de ella. Pero, ¿dónde nace la relevancia del púlpito? ¿En el uso de las palabras que ocupan las distintas culturas que habitan la ciudad, barrio, pueblo, localidad, país? ¿En usar tecnología que visualmente sea minimalista, sencilla, agradable a la vista, algo así como Google Beta o un producto Apple? ¿En asumir opciones preferenciales o des-preferenciales por algún grupo social, político y económico, bajo la lógica amigo-enemigo? ¿Formando comunidades donde todos somos amigos y hablamos cosas lindas y súper cariñosas? ¿En gritar toda nuestra moralidad y limpieza de vida contra todos los inmorales y apóstatas que no viven como yo-nosotros? ¿Huyendo de los conceptos “religión” e “institución” porque huelen mal? ¡En ninguna de esas opciones encontramos la relevancia del púlpito! ¡Lo único que hace relevante la predicación es la Palabra que nos da testimonio de Cristo! Nada más ni nada menos. Todo esfuerzo propio por buscar otra fuente de relevancia para nuestros púlpitos ofende a Dios, es idolatría pura. “-Pero hermano, ¿cómo vamos a llamar la atención de los no-creyentes?”. Dejemos que responda un protestante de la primera mitad del siglo XX. ¿Alguien podría mencionar algo más relevante en dicha época que resistir a Adolf Hitler? Bueno, Dietrich Bonhoeffer, a quien me permito citar latamente, en ese difícil momento histórico señaló: “pues resulta que el verdaderamente sediento está dispuesto a tomar agua desde cualquier recipiente, aunque resulte algo difícil […] El verdaderamente sediento siempre ha encontrado en la Biblia misma y en una fundada prédica bíblica, aunque haya sido poco contemporánea, el agua viva –y constituye una grave decadencia de la fe el que la pregunta por la actualización del mensaje se vuelva demasiado audible como pregunta metodológica […] Es curioso que aún persista la opinión de que hay que añadir a la exposición del texto algo más, algo presuntamente más concreto. ¿Pero qué podrá haber hoy que sea más concreto que ciertos capítulos del Apocalipsis, de los profetas, del sermón del monte o de la historia del buen samaritano? […] ¿No es acaso eso lo impresionante de nuestra época, que basta tomar cualquier texto y exponerlo de modo claro, agudo y pertinente a la materia, y que con eso ya está ‘actualizado’?”[2]. Un púlpito relevante es aquel que anuncia todo lo que la Biblia enseña. Ese mensaje viejo, repetido, anunciado una y otra vez, pero fresco, vivo, eficaz, poderoso como un martillo que quebranta la piedra tiene un poder transformador inmenso (Jeremías 23:29).

 Un púlpito profesionalizado termina construyendo predicadores ególatras y sabelotodo, que buscan brillar, aunque el alimento que entreguen termine desnutriendo o intoxicando a quienes lo consumen. Ni tú predicador, ni tu sermón, son los que deben brillar. Es Cristo el que debe brillar. Sólo Él. Si la gente que escucha tu sermón sale hablando más de ti que de Cristo es un síntoma de que algo anda mal. Soli Deo Gloria es más que una declaración doctrinal o una expresión culta de día domingo, es un principio de vida de quienes seguimos las pisadas del Maestro de Galilea. Dejemos de lado la profesionalización del púlpito amando la Biblia y glorificando a Cristo, siendo eso fundamento de nuestra pasión y gozo como predicadores de la Palabra.

Quisiera cerrar esta reflexión con las palabras de John Wesley: ¿Qué es lo que estorba la obra? Yo considero que la primera y principal causa somos nosotros. Si fuéramos más santos de corazón y de vida, totalmente consagrados a Dios, ¿no arderíamos todos los predicadores y propagaríamos este fuego con nosotros por todo el país?”[3].

Luis Pino Moyano.


[1] Esta idea es de J. I. Packer y es una de las ideas que sostiene la escritura de su libro Teología Concisa. Miami, Editorial Unilit, 1998. Véase las páginas ix-xi que corresponden a la introducción de ese maravilloso-sencillo libro.

[2] Dietrich Bonhoeffer. Illegale Theologenausbildung: Finkenwalde 1935-1937. Tomado de Manfred Svensson. Resistencia y gracia cara. El pensamiento de Dietrich Bonhoeffer. Barcelona, Editorial CLIE, 2011, pp. 215, 216.

[3] Tomado de Ana Troncoso (compiladora). Lo mejor de Edward M. Bounds. Barcelona, Editorial CLIE, 2001, p. 320.


A modo de complemento de este texto, podría leerse el post “Predicadores como Juan el Bautista”.

Y también, podría verse esta reflexión del Pastor John Piper en este vídeo:

Aprendiendo a hablar con Dios de mi familia.

Martin Luther King orando junto a su familia por los alimentos.

Este domingo 8 de febrero compartí la Escritura en la Iglesia Refugio de Gracia. Se trató del Salmo 127, en un sermón titulado “Aprendiendo a hablar con Dios de mi familia”.

Algunas premisas del Sermón tienen que ver con la oración y con la familia:

La oración no es simplemente comunicación con Dios. Es también disciplina espiritual. Por ende, es algo que se tiene que aprender. ¿Qué debemos aprender? Aprender a conversar con Dios con todo lo que ello implica: a) aprender a leer orando la Escritura, b) cantar con gozo, c) llorar con esperanza, d) pedir con sabiduría, e) arrojar nuestros proyectos a las manos del Señor, f) guardar silencio cuando no sabemos que pedir (¡el Espíritu intercede por nosotros con gemidos indecibles!). Y los salmos son una buena escuela para ello”.

La Biblia nos muestra de manera muy clara qué es la familia y cuál es su misión. Y sí: nos habla de la heterosexualidad del esposo y la esposa, nos habla de la monogamia y su exclusivismo (“dejará el hombre a su padre y su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne”), nos habla de la sexualidad como fuente de placer y procreación, nos habla de la crianza de hijos y de roles que todos debemos cumplir. Pero por sobre todas las cosas, la Biblia nos habla de que la familia no es base de nada, porque sólo Cristo es la roca. Y, por ende, la misión no es la exaltación de los sujetos que la componen, sino que es la gloria de Dios y la extensión de su Reino.

Les comparto el audio de dicha predicación:

http://www.ivoox.com/aprendiendo-a-conversar-dios-mi-familia_md_4055030_wp_1.mp3″

También, les comparto los apuntes, a los que pueden acceder haciendo clic aquí.

Un abrazo, Luis Pino Moyano.

 Muchas gracias al Pastor Cristóbal Cerón de la Iglesia Santiago Apóstol quien me invitó a compartir la Escritura en su comunidad el domingo 25 de enero de 2015, en la serie “Salmos: aprendiendo a hablar con Dios”, que dio pie a esta reflexión bíblica. 

La libertad cristiana.

Martín Lutero quemando la bula papal.

Martín Lutero quemando la Bula Exsurge Domine, el 12 de diciembre de 1520. Lo que comenzó como una protesta en 1517, tomaba con actos como éste, el cuerpo de una Reforma.

En el mes de la Reforma, en la Iglesia Presbiteriana Puente de Vida, estamos compartiendo una serie de mensajes titulada: “Reforma: cuatro conceptos claves”. En el marco de dicha serie, me correspondió compartir el mensaje, basado en Gálatas 5:1-5, titulado: “La libertad cristiana”.

Hablar de la libertad cristiana es un tremendo desafío porque, sin lugar a dudas, es hablar del evangelio. Lamentablemente, de ser una de las verdades más importantes emergidas en el período de la Reforma Protestante, en muchos contextos eclesiales se ha vuelto un tabú. “No, es que hablar de la gracia es demasiado peligroso, porque lleva al libertinaje”, dirán algunos, con mucho miedo. Y sí, existe ese riesgo. Pero el riesgo es disipado toda vez que entendemos que hemos sido liberados para vivir en comunidad: hemos sido liberados para amar. Para amar a Dios y al prójimo. Y aquí hay algo que debemos recordar siempre:

La libertad de los creyentes es fruto de la obra de Cristo y no de nuestros intentos de autodeterminación. Para nosotros no hay verdadera libertad sin “Sólo Cristo” ni “Sola Gracia”.

Sin más preámbulos, les paso a compartir el vídeo de dicho mensaje, predicado el domingo 12 de octubre de 2014.

 Si alguno está interesado en el tema, también pongo a disposición los apuntes de ese sermón, los cuales son tributarios de varias lecturas, escuchas de sermones y, por supuesto, de múltiples conversaciones con amigos. Porque los sermones y la teología también se hacen en comunidad. Pueden descargarlo haciendo clic aquí.

Fraternalmente en Cristo, Luis…

Cuando todo parece oscuro, Jesús nos da certezas.

C-Jueves Santo

El lunes 21 de abril se fue a la casa del Padre una bella y luchadora bebé, hija de mis queridos amigos Cristian y Ruth: Amandita. Entre toda la premura de estos días me correspondió una tarea que nunca hubiese querido tener, pero que, a la vez, considero una tremenda honra: compartir el mensaje del evangelio en los funerales. Para ello preparé esta breve reflexión bíblica, que les comparto hoy, registrando en esta bitácora este hecho triste pero esperanzador.

 Juan 14:1-6 (Nueva Versión Internacional): “No se angustien. Confíen en Dios, y confíen también en mí. En el hogar de mi Padre hay muchas viviendas; si no fuera así, ya se lo habría dicho a ustedes. Voy a prepararles un lugar. Y si me voy y se lo preparo, vendré para llevármelos conmigo. Así ustedes estarán donde yo esté. Ustedes ya conocen el camino para ir adonde yo voy. Dijo entonces Tomás: —Señor, no sabemos a dónde vas, así que ¿cómo podemos conocer el camino? —Yo soy el camino, la verdad y la vida —le contestó Jesús—. Nadie llega al Padre sino por mí”.

Introducción: Poco antes de ir a la cruz, en medio de un momento de incertidumbre y turbación, “un valle de sombra o de muerte” para discípulos que aún no entendían con claridad la misión de Dios por Cristo. Cuando todo parece oscuro, cuando la cruz ignominiosa comienza a mostrar sus sombras, Jesús da certezas a sus discípulos. ¿Cuáles son esas certezas?

I. LA CERTEZA DE LA PAZ (JUAN 14:1).

  1. Jesús no nos prometió “parar de sufrir”. De hecho dijo claramente que en el mundo tendríamos aflicción. Pero cuando todo parece inquietud y turbación podemos tener paz, la paz que da Dios.
  2. La razón de la serenidad que les debe caracterizar es la fe en Dios (el Padre que da a su Hijo) y en Cristo (el Hijo que da su vida).
  3. Es un gran consuelo para nosotros saber que el Señor conoce los momentos en que las tribulaciones nos apremian y nos ayuda en nuestra debilidad para que nuestra fe no falte. En Él hay paz.

 II. LA CERTEZA DEL HOGAR (JUAN 14:2,3).

1. La idea del texto original habla de una casa permanente. Todas las casas de esta tierra, por más fastuosas que parezcan pueden ser destruidas, pero la morada en el hogar, junto al Señor, es y será para siempre. Eternidad y seguridad se funden en el hogar.

2. Esta esperanza es real, y podemos saberlo, porque ya vivimos elementos de ella. La presencia de Cristo, su morada en nosotros, es espiritualmente real. “Ya no vivo yo, Cristo vive en mí”.

3. La muerte es un paso para ello. Pablo decía que: “deseo partir y estar con Cristo, que es muchísimo mejor” (Filipenses 1:23).

 III. LA CERTEZA DEL CAMINO (14:4-6). 

  1. Aquellos que se suponía que después de tres años debían saber cuál era el camino al Padre, seguían teniendo dudas, de lo cual Tomás es la personificación.
  2. ¡El camino al hogar del Padre es Cristo! ¡No hay otro camino!
  3. Jesús es la verdad y la vida. Él está queriendo decir: “Yo soy el camino hacia el Padre porque yo soy la verdad y la vida”.
  4. No hay muchas verdades. Cristo es la verdad acerca de Dios. La vida con Dios es verdadera, abundante y plena.
  5. Nuestra seguridad está en Cristo no en lo que podamos hacer. Y todo esto es por pura gracia. En Jesús la verdad y el amor son indisociables.

Conclusión: Cuando todo parece oscuro, Cristo nos da certezas. No necesariamente sabremos todo respecto a los propósitos de Dios a la hora de pasar por los momentos dolorosos. Pero en medio de ese dolor, en el camino bañado por nuestras lágrimas, de manera gozosa y segura podemos tener la certeza de la paz, del hogar y del camino. Y todo eso se sintetiza en una sola palabra, en un solo nombre: Jesús.

 Luis Pino Moyano.