Metanoia, secularización y el devenir de Chile.

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* Publicado originalmente en Metanoia, en dos partes.

Primera parte. Segunda Parte

Desde el año 2016 he tenido el privilegio-y-deber de trabajar como asesor de los jóvenes del Presbiterio Centro de la Iglesia Presbiteriana de Chile. En el marco de dicho trabajo, y en la lectura de la realidad de la juventud de nuestra iglesia, surgió la idea de trabajar con este concepto: “Metanoia”. Cuando lo hicimos, tuvimos en mente la fuerza de esta palabra griega, que tuvo como origen una orden militar, muy parecida al contemporáneo “¡media vuelta, mar…!”, que, probablemente, hemos escuchado en más de una ocasión. Ahora bien, quisimos relevar no sólo su uso ligado al arrepentimiento, sino por sobre todo, la idea de la transformación de la mente, del corazón y de las emociones realizada en nosotros por el Espíritu Santo, que se fundamenta y se solidifica día tras día en una lectura atenta de la Palabra de Dios.

Fue esto lo que nos llevó a poner un énfasis en la formación cosmovisional, siempre aterrizándola a la práctica cotidiana de la misión en todo lugar donde nos toca estar, con la idea reformada de vivir para la gloria de Dios. Ha sido eso, lo que nos ha llevado a leer[1] y conversar sobre cosmovisión, y luego generar un esfuerzo, ayudado por la gentileza de pastores y hermanos que nos han acompañado en nuestras actividades desde sus áreas de experticia, aterrizando dicha mirada a la situación posmoderna, a la sexualidad, a la cultura, a la política y la justicia social, al arte, a la vida saludable, a la práctica de la piedad producto de la reforma que el Espíritu Santo ha hecho en nosotros, y a la centralidad que tiene el Reino de Dios en nuestra agenda. Pronto estaremos en Recoleta viendo cómo la Reforma Protestante, en el marco de los 500 años de la protesta de Lutero, tuvo una relación con los procesos migratorios, y cómo tuvo y sigue teniendo un mensaje respecto de nuestra relación con el extranjero que vive en nuestra tierra.

La formación cosmovisional que pensamos tuvo en su origen un alcance reactivo respecto de la realidad, producto de la constatación del alto grado de acceso a otras cosmovisiones por medio de escuelas, universidades, medios de comunicación de masas y alternativos-virtuales, lecturas, junto con expresiones múltiples de arte. Pero no podía quedarse en pura reacción, porque la idea no era construir ghettos virtuosos que se configuran en la ciudad pero que viven fuera de ella. Y allí está el componente propositivo. La idea es vivir en la ciudad con una mente transformada, lo que nos permite leer, disfrutar, dialogar y discutir con todas las expresiones que están en derredor. Y eso, sólo puede ser posible porque Cristo es el Señor por sobre todo y porque su Palabra, única y suficiente regla de fe y práctica, la que es leída siempre en comunidad (¡por eso la Confesión de Fe!), como fundamento. Y eso es más que una declaración teológica: es principio de vida. He ahí el énfasis cosmovisional: todo lo que acontece en la historia trazada de principio a fin por el Dios vivo y real, lo que sucede a nuestro alrededor, inclusive lo que nosotros hacemos en nuestra intimidad, puede ser conocido y comprendido por medio del cristianismo. El cristianismo, como “verdad total”, nos permite ver el sentido de la historia y dar significado a la realidad[2]. Por ende, para saber qué cosas e ideas podemos (¡y debemos!) asumir, modificar y rechazar necesitamos de una profunda y sólida cosmovisión cristiana. ¡Ora y trabaja!, el viejo lema debe ser revivido en nuestra cotidianidad.

Viendo nuestra realidad y conversando acerca de ella en nuestro contexto eclesial, cada vez más emerge en las voces el concepto secularización, o el adjetivo “secularizado”. La palabra etimológicamente alude a lo relacionado con el siglo. Ahora bien, filosóficamente la idea apunta a un proceso propio de la modernidad que releva el progresivo desgajamiento o desapego de los motivos religiosos a la hora de comprender la realidad natural y social.

Aquí se debe señalar que en la lectura fatalista de la historia que hacen los “progresistas” de hoy, este proceso no tendría vuelta y debe derivar, en su versión moderada, en el desplazamiento del discurso religioso al espacio privado, o en el discurso más radical, a la eliminación de la religión de la sociedad. Dicha lectura yerra el blanco cuando piensa y cree que en la modernidad inmediatamente se habría producido “la muerte de Dios” (según lo planteado metafóricamente por Nietzsche) o la crítica de la “religión opio” (según lo señalado por Marx, simbólicamente también), cuando en Europa tenemos entre Galileo y Hegel a pensadores que adscribían, también, a la dotación de inteligibilidad del relato religioso, siendo algunos de ellos creyentes. Evidentemente, el obstáculo lo puso el cientificismo naturalista con su estatuto de la verdad. Pero dicha forma de entender y hacer la ciencia, de manera posterior a la Segunda Guerra Mundial y hasta la actualidad, tiene un férreo cuestionamiento, sobre todo cuando parte importante de los cultores de las ciencias de la naturaleza y de la sociedad han aceptado la idea de que “quien mide modifica lo medido”. El filtro cosmovisional es relevante a la hora de mirar la realidad, y podría considerarse un acto deshonesto no reconocer ni explicitar dicho punto de mira.

En Chile, el proceso de secularización, quizá por ripios coloniales, ha tenido en la larga duración su disputa en el ámbito legal. Y aquí debemos poner atención a esto: la pulsión chilena por el orden y lo legal no discrimina entre conservadores y progresistas, pues como diría María Rosaria Stabili hay un “‘pequeño Portalesque vive dentro de cada chileno[3]. Tanto así, que esto también alcanza a nuestra mirada desde la religión[4]. El proceso de secularización del país ha estado ligado desde sus inicios a la libertad de culto. No por nada Francisco Bilbao, filósofo chileno de mediados del siglo diecinueve, en un texto que en su época le valió de ser acusado de “sedicioso, blasfemo e inmoral”, señalara con toda claridad que: “El individuo como hombre en jeneral [sic] pide la libertad del pensamiento, de donde nace la libertad de culto”[5]. Para Bilbao, Dios no es reaccionario ni impide el conocimiento racional, como el catolicismo romano, la religión oficial del estado según la Constitución de 1833, que excluía el ejercicio público de cualquiera otra religión.

A eso se fue a lo que se sumó de manera táctica David Trumbull cuando pujó por la separación de la iglesia y el estado, teniendo en su horizonte de expectativas lo siguiente:

“Aún aquí en las repúblicas Sud-americanas hay síntomas que indican semejantes tendencias de romper con las tradiciones erróneas del pasado, de emplear la razón y de escudriñar las escrituras. Esparcidos rayos de luz indican, esperanzadamente, la proximidad del alba aún en Chile. El sol de justicia de Dios está trepando las cimas de los Andes, y creemos que no estará distante el día de la regeneración religiosa de la nación chilena. Cuando el clero del país dirija sus miradas al cielo y no a Roma; cuando estas iglesias descansen sobre Jesucristo, la Piedra viva, verdadera y divina, y no sobre concilios ambiciosos y sectarios; y cuando el pueblo chileno lea y estudie la Biblia para conocer y obedecer la revelada verdad de Dios en Cristo; entonces se verá una reformación, saludable y permanente en el sentido del verdadero cristianismo”[6].

La esperanza de Trumbull no fue cumplida en 1865 cuando se promulgó una ley interpretativa del artículo 5 de la Constitución del ’33. Tampoco en 1925 cuando el estado se separó de la iglesia en el documento constitucional, lo que fue ampliamente celebrado por el mundo protestante. Tampoco se cumplió en 1970 con el primer Te Deum ecuménico celebrado en el país, ni en 1975 con el primer Te Deum evangélico, ni en 1999 con la mal llamada “ley de culto”, ni mucho menos en 2005 con la institución del “Día nacional de las Iglesias Cristianas Evangélicas y Protestantes”. La esperanza de Trumbull no se reducía a lo legal, por lo que su alianza con liberales, masones y radicales de la época era táctica, y no estratégica, por ende, su carácter no era permanente en el tiempo. La esperanza de Trumbull estaba en Jesucristo y en el avance de la misión sostenida por el Señor hasta el fin, lo que hacía que la proclamación del evangelio siempre cumpla su finalidad.

Y es aquí donde la secularización se liga con la cosmovisión en el devenir de Chile (esto no es un capítulo de Los Simpsons, que empieza con un tema y termina con otro). El proceso inconcluso de secularización en el país, que no ha logrado derribar el discurso religioso ni su trama comunitaria, nos reporta una serie de desafíos que presento a continuación:

a. El proceso de secularización que sigue viviendo Chile nos reporta cuál es nuestra batalla principal en el presente. Y sí, está bien que invirtamos energías contra la teología liberal y sus múltiples variaciones modernas y posmodernas. Es excelente que luchemos contra la agenda “progre” que quiere instalar en el país el aborto libre, el matrimonio homosexual y la adopción homoparental. Es necesario que luchemos contraculturalmente con las diversas teorías de género. Pero esos no son nuestros enemigos primordiales hoy. De hecho, en algunas de estas luchas, y quizá en todas (a sabiendas que predecir en ciencias sociales es más que algo riesgoso), dichas batallas estén potencialmente perdidas.

Pero si nos enfocamos en dichas batallas, y probablemente ganemos alguna, luego de la celebración termináremos dándonos cuenta que hemos perdido más de lo que ganamos. Dicho elegantemente, habremos conquistado una victoria pírrica[7]. La batalla principal que debemos dar tiene que ver, una vez más, pero en una situación distinta, con la presencia de lo religioso en el espacio público. Y, aguzando más la mirada, no sólo tiene que ver con el significado correcto de un estado laico que presupone la libre circulación de ideas mientras estas no violenten o pongan en tensión el estado de derecho, ni sólo en las implicancias de su correcta aplicación, sino por sobre todo en el ejercicio del poder. La lucha de hoy tiene que ver fundamentalmente con quien ejerce el suficiente poder como para hegemonizar la sociedad y convertir en sentido común sus ideas en el presente. Mucha razón tuvo Foucault cuando invirtió la máxima de Carl von Clausewitz, llegando a decir que “la política es la continuación de la guerra por otros medios” (¡nada más que gracia común!).

b. El proceso de secularización que sigue viviendo Chile cuando releva nuestra batalla principal, y teniendo la Biblia como fundamento, nos reporta cuál es nuestro enemigo principal en el presente. Nuestro mayor enemigo de hoy es (¡y sigue siendo!) el dualismo pecaminoso que nos lleva a un amor desordenado. El profeta Jeremías señaló: “Son dos los males en que ha incurrido mi pueblo: Me han dejado a mí, que soy fuente de agua viva, y han cavado sus propias cisternas, ¡tan agrietadas que no retienen el agua!” (Jeremías 2:13, RVC). Cavamos cisternas agrietadas cuando “necesitamos” recurrir a discursos prestados, foráneos al cristianismo bíblico, para fundamentar nuestras acciones en el mundo. Cavamos cisternas agrietadas cuando asumimos paquetes ideológicos completos que obnubilan nuestra mirada de lo que dice la Biblia, leyendo la Biblia con los ojos de cualquier hombre o mujer y sus ideas pecaminosas y no con los ojos de Cristo. Cavamos cisternas agrietadas cuando pensamos que hablar de moral es venderse a la derecha, y que cuando hablamos de justicia social es venderse a la izquierda, cuando en realidad ambas cosas las podemos extraer de la Biblia, y en ocasiones, como en el caso de Amós 2:6,7 les encontramos juntos y revueltos porque la cosmovisión que viene de Dios une lo que nos aparece fragmentado: “Así ha dicho el Señor: Por tres pecados de Israel, y por el cuarto, no revocaré su castigo. Porque han vendido al justo por dinero, y al pobre por un par de zapatos; han aplastado en el suelo a los desvalidos, han torcido el camino de los humildes; ¡hijos y padres profanan mi santo nombre al acostarse con la misma joven!” (RVC). Es verdadero pecado contra Dios y contra nuestro prójimo cuando teniendo a la fuente de agua viva, el Señor Todopoderoso que nos da conocimiento, emociones y voluntad para vivir, cavamos cisternas agrietadas. ¡Matemos, con la ayuda del Espíritu Santo, el dualismo que nos hace construir ídolos con pies de barro y bagatelas que no nos permiten aterrizar nuestra fe a la realidad! Arrepintámonos. Reconciliémonos. Porque si algo de lo que Cristo ha botado con su cruz para constituir un solo pueblo se interpone en nuestra comunión, eso no debiese recibir otro nombre que “falso dios”.

Esto reporta tareas: los pastores y todos aquellos que tenemos la responsabilidad de enseñar, debemos colaborar activamente en el fortalecimiento de una mirada cosmovisional en la iglesia; y, por supuesto, tú tienes el deber de educarte en esta área, asistiendo a todas las instancias que puedas y leyendo buena literatura (ve la nota a pie de página número 2, en la primera parte del artículo). Ambas tareas deben presuponer que no existe separación entre una teología recta y una vida santa, porque ambas se producen por el Espíritu Santo que inspiró las Escrituras, que aplicó la obra salvífica en nuestras vidas, y que nos llena de poder individual y comunitariamente.

c. El proceso de secularización que sigue viviendo Chile debiese acercarnos a nuestra Confesión de Fe. Esto es lo maravilloso de la teología reformada que presupone que la iglesia puede seguir siendo reformada por la obra del Espíritu y según la Palabra de Dios. La Confesión de Fe de Westminster fue escrita originalmente en un mundo en el que la monarquía absoluta era la forma de gobierno para la sociedad, cuyo poder también podía penetrar la iglesia. En 1788 los presbiterianos estadounidenses hicieron algunas reformas a la Confesión de Fe, y entre los cambios, que nosotros preservamos en el documento que como oficiales de la iglesia suscribimos haciendo un voto de lealtad, señala lo siguiente respecto del Magistrado Civil:

Los magistrados civiles no deben tomar para sí la administración de la palabra, de los sacramentos. (2ª Crónicas 26:18.) o el poder de las llaves del reino de los cielos, (Mateo 16:19; 1ª Corintios 4:1-2.) ni se entrometerán lo más mínimo en las cosas de la fe. (Juan 18:36; Malaquías 2:7. Hechos 5:29) Sin embargo, como padres pacificadores en el deber de los magistrados civiles proteger la Iglesia de nuestro común Señor sin dar la preferencia sobre las demás a alguna denominación de cristianos, sino obrando de tal modo que todas las personas eclesiásticas, cualquiera que sean, gocen de libertad incuestionable, plena y perfecta en el desempeño de cada parte de sus funciones sagradas, sin violencia ni peligro; (Isaías 49:23.) y además, como Jesucristo ha señalado un gobierno regular y una disciplina en su iglesia, ninguna ley de cuerpo político alguno deberá entrometerse con ella, estorbando o limitando los ejercicios debidos que verifiquen sus miembros voluntarios de alguna denominación de cristianos conforme a su propia confesión y creencia. (Salmo 105:15; Hechos 17:14,15.) Es el deber de los magistrados civiles proteger las personas y buen nombre de todo su pueblo de tal manera que no se permita a ninguna persona que so pretexto de religión o incredulidad haga alguna indignidad, violencia, abuso o injuria a otra persona cualquiera; debiendo procurar además que toda reunión eclesiástica religiosa se verifique sin molestia o disturbio. (2ª Samuel 23:3; 1ª Timoteo 21:2; Romanos 13:4.)”.

Nuestra Confesión nos invita a una mirada correcta de la relación entre la iglesia y el estado, presuponiendo su separación. Ambos están en esferas diferentes, no pudiendo el estado entrometerse en la tarea y roles de la iglesia. Y no sólo eso, garantizando su libertad. Aquí está el fundamento confesional, y por ende comunitario, de lo que debiese ser nuestra comprensión y base de nuestra acción: la separación no sólo es del estado respecto de la iglesia, sino nuestra respecto del estado. No porque quienes hoy dirijan los organismos del estado difieran de los principios de la Palabra del Señor, eso necesariamente tendrá la fuerza de coartar nuestra predicación y vida. Podemos y debemos vivir contraculturalmente. Nuestra obediencia al magistrado civil es relativa y activa, porque nuestra obediencia total está en relación a lo que la Biblia dice. Además de eso, Cristo sigue siendo Señor sobre todo[8].

d. El proceso de secularización que sigue viviendo Chile, visto de manera cosmovisional nos debe llevar a convertir los desafíos y dificultades en oportunidades. Sin lugar a dudas, si los cristianos leyéramos más la Biblia y fuésemos felices de vivir la fe, no viviríamos paranoicamente, con delirio de persecución, victimizándonos innecesariamente y construyendo ghettos virtuosos de gente como nosotros. Muy por el contrario, veríamos al mundo en el que vivimos y las discusiones que emergen en él, pensando en las ricas oportunidades que tenemos para compartir la buena noticia. En otras palabras, valoraríamos las posibilidades de hablar y vivir la verdad con amor. Que se apruebe el aborto en tres causales, cosa que niega los principios de la Biblia, no reduce nuestra fe, nuestra acción en el mundo, nuestro amor y oración hacia todos, aunque no crean lo que nosotros creemos. Si amamos, pavimentamos el camino para decir la verdad y ser escuchados.

Pero si no sucediera ese paso lógico, y llegásemos a ser perseguidos por nuestra fe en Jesús, deberíamos alegrarnos del vituperio en Cristo. Jesús dijo: Bienaventurados serán ustedes cuando por mi causa los insulten y persigan, y mientan y digan contra ustedes toda clase de mal. Gócense y alégrense, porque en los cielos ya tienen ustedes un gran galardón; pues así persiguieron a los profetas que vivieron antes que ustedes” (Mateo 5:11,12, RVC). Ese gozo no es masoquismo, sino que es posible por la fuerza del Espíritu Santo operando en favor de la iglesia y se basa en la esperanza de que un día toda lágrima de nuestros ojos será secada.

Pero todavía eso no ocurre. No nos anticipemos a los hechos. Aquí bien vale la pena recordar lo dicho por el teólogo Jürgen Moltmann:

“Cuanto más conscientes son los cristianos hoy día de una situación minoritaria y pierden la protección de una sociedad ‘cristiana, tanto más pueden aprender de la moral calvinista a hacerse extraños en la propia sociedad y nación por amor de Cristo. En la historia del cristianismo reformado se evidencia claramente el valor de ser distinto de los demás. Únicamente quien es distinto es capaz de ‘existir para los demás’; de lo contrario, es uno más entre la masa”[9].

e. El proceso de secularización que sigue viviendo Chile, visto de manera cosmovisional que nos lleva a convertir los desafíos y dificultades en oportunidades, debiese conducirnos a precisar nuestra esperanza escatológica. A la luz de la Biblia, y desde una perspectiva amilenarista, hay que decirlo, podemos notar que las cosas irán de mal en peor. Pero nuestra esperanza no está en hombres, mujeres ni en proyectos políticos. Nada de lo que los seres humanos hagamos pecaminosamente es obstáculo para el triunfo del Reino de Dios y la proclamación del Evangelio por parte de la iglesia. Dicho triunfo y proclamación no depende de esfuerzos humanos ni de las circunstancias aparentemente favorables, sino de Dios que tiene el control de todo según su plan perfecto y que tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas. Nuestra esperanza es escatológica y no se trata un mero cambio social cosmético y de baja intensidad al lado de la ciudad construida por Dios. Nuestra esperanza está en la redención que aguarda la creación toda. Es el anhelo expresado por el profeta Amós, de que “que fluya el derecho como las aguas, y la justicia como arroyo inagotable” (Amós 5:24, NVI). Eso escapa de nuestras posibilidades de acción. Es Dios, en Cristo, que consumará la historia. Cuando tenemos eso claro, podemos trabajar fundamentados y descansando en Dios. Es allí que se hace patente la verdadera metanoia, la transformación de la mente que nos conduce a mirar con los ojos de Cristo.

Luis Pino Moyano, Asesor de Metanoia.


[1] Durante el año 2016, los líderes de jóvenes, en medio de nuestras reuniones informativas, realizamos estudios basados en el libro de Darrow Miller y Marit Newton. Vida, trabajo y vocación. Una teología bíblica del quehacer cotidiano. Tyler, Editorial JUCUM, 2011.

[2] Sobre el asunto cosmovisional, véase en orden de año de publicación en castellano: Francis Schaeffer. Huyendo de la razón. Barcelona, Ediciones Evangélicas Españolas, 1969; Herman Dooyeweerd. Las raíces de la cultura occidental. Las opciones pagana, secular y cristiana. Barcelona, Editorial CLIE, 1998; Abraham Kuyper. Conferencias cobre el calvinismo. Una cosmovisión bíblica. San José, Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas CLIR, 2010; Darrow Miller. Vida, trabajo y vocación: una teología bíblica del quehacer cotidiano. Tyler, Editorial JUCUM, 2011; John Piper. Piense. La vida intelectual y el amor de Dios. Carol Stream, Tyndale House Publishers, 2011; Timothy Keller. La razón de Dios. Creer en una época de escepticismo. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2014; Albert Wolters y Michael Goheen. La creación recuperada. Bases para una cosmovisión reformacional. Medellín, Poiema Publicaciones y Dordt College Press, 2013; Nancy Pearcey. Verdad total. Tyler, Editorial JUCUM, 2014; Michael Goheen y Craig Bartholomew. Introduçao à cosmovisão cristã. São Paulo, Edições Vida Nova, 2016; Timothy Keller. Una fe lógica. Argumentos razonables para creer en Dios. Nashville, B&H Publishing Group, 2017. Para una lectura introductoria, véase: Jonathan Muñoz. “Cosmovisión cristiana: una (muy) breve introducción”. En: Estudios Evangélicos, http://estudiosevangelicos.org/cosmovision-cristiana-una-muy-breve-introduccion/ (Revisada en agosto de 2017).

[3] María Rosaria Stabili. “Mirando las cosas al revés: Algunas reflexiones a propósito del período parlamentario”. En: Luis Ortega (Editor). La guerra Civil de 1891. 100 años hoy. Santiago, Universidad de Santiago de Chile, 1991, p. 165. Respecto de esta pulsión por lo legal, bien vale la pena referir lo dicho por Timothy Keller: “Mientras que algunos cristianos esperaban que la legislación cambiaría las actitudes de las personas, ha sido la cultura popular, las instituciones académicas, las artes y los medios de comunicación los que han estado formando la mentalidad popular. La política pública ahora simplemente está empezando a seguir los pasos” (Timothy Keller. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012, p. 212).

[4] Uso en este caso el concepto religión de manera positiva.

[5] Francisco Bilbao. “Sociabilidad Chilena”. En: El Crepúsculo. Periódico literario y científico. Nº 2, Tomo 2. Santiago, 1 de junio de 1844, p. 74.

[6] La Piedra, Valparaíso, 30 de agosto 1879, año VIII, Nº 29, p. 182. Citado por: Javier Castro. “David Trumbull, entre masonería y protestantismo: la conformación del frente anticlerial en Chile a fines del siglo XIX”. En: Religião & Sociedade. Vol. 33, Nº 1, Rio de Janeiro,  2013. http://www.scielo.br/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0100-85872013000100006 (revisada en agosto de 2017).

[7] En alusión “a Pirro, rey de Epiro, que derrotó en el año 279 a. C. a los romanos en Ásculo, pero a costa de sufrir numerosísimas bajas”. En: http://dle.rae.es/?id=TBDNMum|TBGDp5s (revisada en agosto de 2017).

[8] Respecto de la acción política y social desde el cristianismo, me parece pertinente invitar a la lectura de los siguientes textos: Sidney Rooy. “Relaciones de la iglesia con el poder político. Modelo reformado”. En: Pablo Deiros (editor). Los evangélicos y el poder político en América Latina. Buenos Aires, Nueva Creación, 1986, pp. 41-72; David J. Bosch. Misión en transformación. Cambios de paradigma en la teología de la misión. Grand Rapids, Libros Desafío, 2000 (especialmente la lectura del Capítulo Doce: “Elementos de un nuevo paradigma misionero ecuménico”, pp. 451-619); Vishal Mangalwadi. Verdad y transformación: Un manifiesto para naciones enfermas. Tyler, Editorial JUCUM, 2010; Herman Dooyeweerd. Estado e soberania. Ensaios sobre cristianismo e política. São Paulo, Edições Vida Nova, 2014; Timothy Keller y Katherine Leary Alsdorf. Como integrar fé & trabalho: Nossa profissão a serviço do Reino de Deus. São Paulo, Edições Vida Nova, 2014 (pronto B&H publicará una edición en castellano); Darrow Miller et al. Reformulación de la justicia social: Redención de la compasión bíblica. Tyler, Editorial JUCUM, 2015; Timothy Keller. Justicia generosa. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2016.

[9] Jürgen Moltmann. “La ética del calvinismo”. En: Leopoldo Cervantes-Ortiz. Juan Calvino: su vida y obra a 500 años de su nacimiento. Barcelona, Editorial CLIE, 2009, pp. 263, 264.

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Neopuritanismo hoy.

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Existe una tendencia dentro del mundo reformado a rescatar el aporte del puritanismo y alguno de sus exponentes, sean éstos históricos o algunos más contemporáneos, que tienden a ser portadores y resemantizadores de las propuestas originarias. Debo decir desde un comienzo que valoro profundamente el tremendo aporte a la teología y la práctica de los puritanos, manifestado en a) su apelación a la piedad que es fruto de la obra del Espíritu en nosotros, b) en el celo evangelístico, c) el amplio interés por la predicación fiel de la Palabra aplicada a la realidad de la iglesia; y d) la ligazón realizada entre avivamiento y justicia social. Creo que hay bastantes cosas que aprender de ellos y, por supuesto, adoptar, con las pertinentes adaptaciones al momento cultural nuestro, desde variables espacio-temporales.

De hecho, existen varios sujetos, algunos amigos entre ellos, que están realizando con mucho esfuerzo, inteligencia y devoción un rescate del puritanismo, y lo hacen teniendo en cuenta nuestra distancia histórica con ellos, junto con tener una mirada sustentada en el evangelio y en la rigurosidad histórica, que ve en ellos santos-pecadores, por ende, ajenos a un “mecanicismo puritano” que calca y copia. Dicho eso, quisiera manifestar algunas preocupaciones respecto de la reflexión y de la acción del reciente movimiento neopuritano.

  1. El flaco favor del neopuritanismo de Facebook.

Muchos “neopuritanos” de Facebook le hacen un flaco favor al movimiento de rescate de su tradición, generando la antipatía del resto, por su exceso de purismo productor de estructura anquilosante. Esto, porque si hubo algo que caracterizó a los puritanos fue su lucha por la libertad. Su “no conformismo” tenía a la Biblia como regla que actúa al modo de rieles en los que un tren puede moverse a toda velocidad y efectividad, y no como un ancla que detiene a un barco en un puerto.

Súmese a ello, una serie de inventos actuales, como el de la salmodia exclusiva, pues si bien resulta evidente que los puritanos defendían el uso de salmos cantados en el culto, no hay ninguna prueba fehaciente del exclusivismo. Es decir, se usa un concepto ahistórico para dar “prueba de blancura” de una práctica cúltica, generando una entelequia que constituye a neopuritanos más puros que otros.

  1. El neopuritanismo como instrumento de consumo.

Me parece perjudicial para la práctica de la fe la venta del puritanismo como lo auténticamente reformado. Y hablo en concepto de mercado de venta, porque parte de su difusión ha logrado construir un producto con una amplia gama de consumidores conspicuos.

El puritanismo no es lo auténticamente reformado sino una de las tantas expresiones de lo reformado. La idea respecto de si acaso es la expresión más fiel de lo reformado puede ser debatida, según las propuestas de cada cual. A mi juicio, insistiendo en el aporte valorable, creo que no es la expresión más fiel, pues en su devenir histórico por algo el presbiterianismo estadounidense se separó de él, teniendo en cuenta un apego confesional a la Biblia como única y suficiente regla de fe y práctica, junto con la práctica de una piedad comunitaria. Todo esto, en detrimento de nuevas revelaciones y de una piedad individual e intimista.

  1. El puritanismo como herramienta de continuidad pentecostal.

Aquí quisiera manifestar una hipótesis respecto de la relectura y difusión de la producción puritana, y que quiero proponer con amplio respeto, toda vez que yo mismo soy parte, en cierto sentido del fenómeno del cual emerge.

Se puede relevar en mucho de lo que se escribe y dice por parte de los neopuritanos un fuerte influjo pentecostal. Es sabido por muchos, el fuerte proceso migratorio de iglesias pentecostales a iglesias reformadas. Gran parte de ellos llegan a través de las “doctrinas de la gracia”, limitando el calvinismo, por lo menos por un buen tiempo, a una doctrina soteriológica, y no como una cosmovisión amplia de toda la realidad.

En dicha recepción, se ha dado que uno de los problemas que se ha presentado a estos nuevos reformados tiene que ver con el dilema cesacionismo y continuismo. Como ex pentecostales, muchos de estos nuevos reformados sigue creyendo en la continuidad de los dones extraordinarios y una de las posibilidades para no encontrar disonancia con su nueva teología se encuentra en el factor puritano. El puritano-calvinista-continuista, permite al neopuritano no romper con su pentecostalidad. Esto se denota fuertemente del discurso que disocia ortodoxia de piedad, llevando a concluir que es posible tener una sana doctrina que no se condice con la práctica de la santidad. Sin duda, podría parecernos que sí en la superficie. Pero en el corazón está el verdadero albergue de la sana doctrina y no en la boca, y eso lo mira con toda claridad el Señor.

  1. El neopuritanismo y las “iglesitas dentro de la iglesia”.

Existe la tendencia en este neopuritanismo a construir “iglesitas dentro de la iglesia”, con la finalidad inicial de renovar la lectura bíblica, la espiritualidad y la piedad. Sin embargo, todos estos intentos derivan en división indefectible, según el barrido histórico hecho por Lloyd-Jones en su conferencia sobre los puritanos del año 1965[1] (“Ecclesiola in ecclesia”).

Sin lugar a dudas, harían bien en observar los neopuritanos que no existen iglesias a la medida de su pureza reformada mental y que la sana teología se manifiesta, también, en amor por la iglesia santa y pecadora a la que se pertenece. Y ojo con esto, la pertenencia es sumamente importante, porque más allá de cualquier ensoñación, no existe reformado que no se somete a la autoridad de un consejo, elegido por el pueblo y conformado por miembros de éste, y que asienta su discurso y práctica en la Palabra de Dios.

Me permito citar, ahora explícitamente, a Martyn Lloyd-Jones, quien señaló que:

“No habría nada más ridículo que convertir la enseñanza, ni más ni menos que de los puritanos, en un nuevo tipo de escolasticismo y malgastar nuestro tiempo meramente citando textos, repitiendo frases y exhibiendo nuestro conocimiento teórico. Eso sería hacer lo mismo que hicieron los grandes oponentes de los puritanos en su época: me refiero a los carolinos y a gente como ellos, los cuales predicaban sermones que consistían, en buena medida, en ristras de alusiones clásicas”[2] (“El conocimiento falso y el verdadero”, 1960).

Los amigos neopuritanos harían mucho bien en tener estas palabras del Doctor como bandera de lucha.

Luis Pino Moyano.


[1] Martyn Lloyd-Jones. Los puritanos. Sus orígenes y sucesores. Edimburg, El Estandarte de la Verdad, 2013, pp. 197-224.

[2] Ibídem, p. 51.

En casa del publicano.

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Publicado originalmente Metanoia.

Una de las cosas que más me ha llamado la atención en este último tiempo, respecto de la reaparición en la escena pública de cristianos evangélicos en Chile, con la intención de plantear ideas, algunas de ellas, en cierto sentido, transversales, tiene relación con la falta de atención en la forma en la que nos relacionamos con quienes no son creyentes cristianos como nosotros. En ese andar reflexivo, y ayudado por los jóvenes de la 7ª Iglesia Presbiteriana de Santiago que me invitaron a conversar sobre este asunto a partir de esta pregunta, a quienes agradezco su gran deferencia y, por supuesto, libero de responsabilidad de lo dicho acá, es que me he propuesto plantear algunas ideas. En primer lugar, quiero ir a la historia relatada en el evangelio de Lucas que nos presenta la relación que Jesús llega a tener con Zaqueo. El evangelio dice:

“Jesús entró en Jericó, y comenzó a cruzar la ciudad. Mientras caminaba, un hombre rico llamado Zaqueo, que era jefe de los cobradores de impuestos, trataba de ver quién era Jesús, pero por causa de la multitud no podía hacerlo, pues era de baja estatura. Pero rápidamente se adelantó y, para verlo, se trepó a un árbol, pues Jesús iba a pasar por allí. Cuando Jesús llegó a ese lugar, levantó la vista y le dijo: ‘Zaqueo, apúrate y baja de allí, porque hoy tengo que pasar la noche en tu casa’. Zaqueo bajó de prisa, y con mucho gusto recibió a Jesús. Todos, al ver esto, murmuraban, pues decían que Jesús había entrado en la casa de un pecador. Pero Zaqueo se puso de pie y le dijo al Señor: ‘Señor, voy a dar ahora mismo la mitad de mis bienes a los pobres. Y si en algo he defraudado a alguien, le devolveré cuatro veces más lo defraudado’. Jesús le dijo: ‘Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues este hombre también es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido’” (Lucas 19:1-10, RVC).

La historia nos muestra a un sujeto llamado Zaqueo, cuyo nombre muy bonito (significaba “puro”, “justo”, o inclusive, “Dios se acordó”), no le representaba socialmente. Zaqueo era jefe de los cobradores de impuestos. Éstos tenían una muy mala reputación social, pues eran símbolo de la explotación imperial que recaía sobre sus coterráneos, por medio del cobro de impuestos que enriquecían las arcas romanas, lo que les constituía en enemigos de Israel. No sólo eso marcaba su reputación, sino el hecho sabido: muchos de los publicanos eran ladrones, cobrando más del impuesto asignado, lo que les permitía obtener un oneroso rédito. Rápidamente estos hombres ascendían socialmente, obtenían lujos que otros no podían alcanzar en su vida, pero un dejo de vacío les terminaba consumiendo. Los cobradores de impuestos vivían a las afueras de la ciudad, alejados de las personas. Nadie quería estar cerca de ellos, ni mucho menos, entrar en sus casas. Ningún padre de familia respetable y celoso de la ley del Señor habría permitido que una hija suya se hubiese casado con un cobrador de impuestos, por ende, la única relación posible (no legítima) con el sexo opuesto se efectuaba con prostitutas. Teniéndolo (aparentemente) todo, eran parias de la sociedad. Esta situación estaba exacerbada en Zaqueo, pues era jefe de los cobradores de impuestos de Jericó. O sea, en su ciudad, Zaqueo era el símbolo por excelencia de la corrupción, opresión e inmoralidad.

El jefe de los publicanos, en la cima de su profesión, pero con una necesidad que nada ni nadie podía llenar, por alguna circunstancia que no aparece en el texto conoce a Jesús. Lo que sí aparece con claridad, es que anhelaba profundamente conocerle. La regeneración operada en su corazón por el Espíritu Santo (¡calvinismo a la vena!), le hace no tener en cuenta su dignidad ni lo que dirían acerca de él. Sin miedo al ridículo, se sube a un árbol para ver a Jesús.

Uno tendería a pensar, a la luz del relato, que el protagonista central de esta historia es Zaqueo, cosa que surge de una mirada rápida. Y no es así. Él no es el protagonista central, porque ese papel recae en Jesús, como en todo el evangelio (y como debiese ser en todos nuestros planes y programas). Es Jesús quien busca a Zaqueo, se acerca y le habla. Es Jesús, en una prerrogativa que los reyes tenían, quien no siendo solicitado actúa invitándose a la casa de quien sólo puede ser un súbdito. Y aquí hay otra muestra de la regeneración: el texto señala que Zaqueo bajó de prisa del árbol y con gusto desplegó los preparativos para recibir a Jesús en su hogar. ¡La gracia es irresistible! Jesús, el protagonista de esta historia, actúa escandalosamente. Es probable, que los papás y las mamás judíos hayan tenido algún dicho similar al “dime con quién andas y te diré quién eres”, que escuchamos repetidamente en nuestros hogares. A Jesús eso poco le importa. Él tiene muestras de compasión y acercamiento con pobres, mujeres, samaritanos, leprosos, endemoniados y, por supuesto, con publicanos. Los toca, conversa con ellos, hasta comparte la mesa y, desde luego, sana las heridas del corazón, transformándoles como sólo él sabe hacerlo. Jesús hace lo que ningún judío respetable y preocupado por su alta reputación habría hecho: entra en la casa de Zaqueo a comer con él. Hay un acto de compasión por el pecador que muestra el amor que, al decir de Pablo, supera con creces nuestro entendimiento.

Aquí ocurre algo muy interesante: sin que Jesús dijera una sola palabra respecto de la baja condición moral de Zaqueo, sin exhortarle a cambiar, éste, por la obra del Espíritu, traducida en frutos de arrepentimiento, se compromete a restaurar el daño causado por él a sus conciudadanos, devolviéndoles, tal y como expresaba la ley del Señor (Éxodo 22:1), cuatro veces lo que había tomado de ellos injustamente. Pero Zaqueo, en “el primer amor” de la conversión, se compromete más allá de lo que la ley establecía, cuando señala que dará la mitad de sus bienes a los pobres. La misericordia de Zaqueo, que refleja que su corazón de piedra fue transformado en uno de carne, se palpa en su mirada respecto de las riquezas y cómo éstas pueden ser utilizadas principalmente en beneficio de los demás, porque “Dar algo al pobre es dárselo al Señor; el Señor sabe pagar el bien que se hace” (Proverbios 19:17, RVC). Luego de esto, Jesús alza su voz por primera vez en aquella casa para señalar que este publicano despreciado había sido salvado (¡sola gracia!, protestantismo a la vena), siendo reposicionado en la familia del pacto como un hijo de Abrahán. Jesús releva, también, algo sobre su identidad: el es quien viene a buscar y salvar a los perdidos. Y eso es tan radical en la vida y misión de Jesus, que él estaba en Jericó de paso, camino hacia Jerusalén, para experimentar el doloroso sufrimiento en la cruz por nuestra redención.

Si creemos y confesamos que la Biblia contiene todo lo necesario para nuestra salvación, y no hay nada que falte en ella, debiésemos tener presente que las palabras dichas por Jesús refieran a la salvación de los perdidos y no sean un mensaje centrado en la moralidad individual. Por lo mismo, quisiera invitarte a hacerte la siguiente imagen mental: ¿a quién, por ningún motivo, le predicarías el evangelio de Jesucristo? ¿La tienes ya en tu cabeza? Cumpliendo éste paso, es necesario que te preguntes si de verdad crees en la salvación por pura gracia. ¿De verdad estás dispuesto a dejar tus prejuicios dominantes y la comodidad de no acercarte a personas diferentes a ti por amor a Cristo y su misión?

¿Cómo miramos a los no creyentes? Nosotros tendemos a mirar a las personas, creyentes o no, sobre todo en los primeros acercamientos, a partir de la diferencia. Y si bien es cierto, es un punto focal legítimo, porque tendemos a aprender de manera significativa por comparaciones, no es la única forma que tenemos de mirar. De hecho, los creyentes tenemos un filtro para mirar a los demás llamado evangelio. El evangelio nos hace ver en los otros a “ovejas sin pastor”, carentes de cuidado, necesitadas de alimento genuino (¡la Palabra de Dios!) y como potenciales receptores de nuestro amor. Pero nuestra tendencia, pecaminosa por lo demás, consiste en ver a los demás como candidatos al infierno o, derechamente, como enemigos. La gracia se diluye en nuestras concepciones mentales cuando vemos a las personas de esa manera. Y aquí es necesario decir lo siguiente: si el cristianismo no bota las barreras étnicas, nacionales, culturales, políticas, entre hombres y mujeres, y de clases sociales, es porque en algo nos estamos adaptando a la individuación del sistema imperante. Podemos llamar de manera bíblica y consistente, que cualquier cosa que se transforme en una barrera a la proclamación del evangelio es un ídolo monstruoso, pues “cuando se sirve a Cristo, ya no hay más rotos ni realeza”, al decir hip-hopero de Elemento en su “Presuntos enemigos”.

Es aquí, entonces, donde la cosmovisión cristiana y la misión de Dios se funden en un solo plano, puesto que el cristianismo no es ascético ni intramuros, sino que se expresa en el mundo de manera concreta y vital como sal y luz. Ninguno de nosotros está llamado a formar ghettos de gente virtuosa en la iglesia y la familia, ni a la construcción de fortalezas de censura que nos impiden ver el fruto de la gracia común que se manifiesta en la ciencia, la técnica, el arte. Tal y como la invitación de Jeremías a los exiliados en Babilonia (Jeremías 29:4-7), somos llamados a apuntar al bienestar de la ciudad mediante el trabajo (mandato cultural), la construcción de familias y posteridad (mandato social) y por la búsqueda del bienestar común. Todo esto, porque de dicha acción depende nuestro propio bienestar. La postura del profeta no es reaccionaria, sino profundamente activa. Shalom no sólo es paz, es justicia social, vida abundante, armonía. Y es más, es sumamente contracultural para los receptores originales, pues lo que el profeta les pide a los exiliados en la ciudad símbolo del pecado y la corrupción, Babilonia, es que colaboren en la propagación del Shalom de Dios en un espacio abiertamente pagano.

Entonces, tenemos desafíos por delante:

  1. A la hora de dialogar con otros, tenemos el deber de reconocer no sólo aquello que atenta contra las verdades eternas de la Palabra de Dios, cosa muy necesaria y justa por lo demás, sino también, reconocer la belleza y verdad que por algunos instantes ciertos no creyentes pueden producir. El problema nunca está en leer, ver o escuchar, sino que siempre está en no pensar y en no abrirse a la posibilidad de dialogar. La correcta contextualización del evangelio en los lugares donde vivimos y trabajamos se da en el reconocimiento de aquello que podemos asumir como propio, transformar por medio del trabajo redentivo y, ciertamente, aquello que debemos rechazar radicalmente como pecaminoso. Pero para eso, lo primero que hay que hacer es conocer y no crear búrbujas que cuando se rompen dejan muchos estragos.
  1. Seamos amigos de las personas. Timothy Keller en su libro “Iglesia centrada” utiliza el concepto de integridad relacional, la que se da en la cotidianidad en el hecho de que nosotros somos iguales que nuestros vecinos y amigos, y a la vez, profundamente diferentes en el plano ético sustentado en la Escritura. Esto requiere de vitalidad y trabajo, porque invita a salir del ensimismamiento individualista de nuestra generación, para pasar a la aventura del conocer y amar a quien es diferente a mí. Ese amor que ha marcado el ejercicio de la hospitalidad cristiana por siglos, no puede ser desdeñado en el presente por nuestra omisión. Una base poderosa para la predicación del evangelio, a lo largo de la historia cristiana, ha sido el amor desplegado por los creyentes. Y no es que la salvación que Dios realiza en las personas dependa de nuestras acciones, sino que éstas son ocupadas por él para propiciar oportunidades para compartir el evangelio e invitar a tu comunidad a quienes son tus amigos. Tú cumple el mandato de predicar dicho mensaje, sin importar cuántas veces lo hagas, aunque no den los resultados que esperas. Y, ¡por favor!, no dejes a tus amigos porque no se convierten. La amistad no es un medio maquiavélico que se desecha cuando alguien no es salvo. Es terrible el dolor de personas que muy posteriormente han experimentado la conversión, y se han visto usadas por amigos que les desecharon, simplemente, por no no lograr lo que ellos esperaban. El amor verdadero de relaciones significativas es un puente para la proclamación del evangelio, no un medio infalible ni tampoco uno desechable. El discipulado se da en el marco del amor y la verdad.

Nunca debiésemos olvidar cuando nos relacionamos con no creyentes, que la única posibilidad de coherencia se alcanza abrazando una sólida cosmovisión cristiana. Pero previamente a eso, uno debe ser abrazado por el Padre. Zaqueo no podía por sí mismo cumplir la ley e ir más allá de ella. Necesitó del abrazo del Padre dado en Jesucristo. ¡Sí!, es sumamente importante decir la verdad que emerge de la Biblia como una lámpara constantemente encendida. Pero eso, nunca es un obstáculo para amar. Pues, si Cristo te miró con amor a ti, depravado totalmente (yo, el primero de esos), ¿por qué no puedes mirar a otros con amor? ¿Por qué te molesta tanto, entonces, que otros no puedan con ellos mismos? ¿Acaso tú puedes contigo mismo, para que en una actitud moralista te atrevas a desechar a quienes no alcanzan tus estándares de vida, inalcanzables para ti también? Necesitamos arrepentirnos y volver al evangelio. Al evangelio anunciado por Jesús en Jericó, en la casa de Zaqueo el jefe de los cobradores de impuestos.

Luis Pino Moyano.

“¡Más familia, menos estado”. Mi lectura del eslogan.

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El denominado “bus de la libertad” ha traído una serie de reacciones en medios de prensa y en las redes sociales. Quisiera comenzar señalando que considero que mis hermanos en la fe, junto a otros sujetos, de los grupos denominados, a veces peyorativamente, como “pro-familia”, están en todo su derecho de hacerlo, ya sea en sus lugares de reunión, en las calles de las ciudades del país o en instituciones en las que se discutan estos temas. La libertad de expresión debe no sólo garantizarse sino defenderse, por más que se esté en desacuerdo de las ideas expresada, teniendo como única consideración de censura, cuando éstas atentan contra el estado de derecho o cuando en el marco de la expresión de ideas se expresan actos de violencia física o de maltrato verbal de sesgo intolerante real. Digo esto, porque he visto mucha victimización, y ésta poco ayuda a la hora de entablar diálogo y discusión en la sociedad y, en mi opinión, ambos sectores en pugna respecto de este tema, han recurrido a este discurso que emociona y/o causa escozor en quien lo ve. Ni el bus, como performance comunicativa, ni las declaraciones de las élites de los movimientos LGBTI son “incitaciones a la violencia”. Las palabras duras no rompen huesos. Lo realmente violento es acallar una voz que legítimamente puede expresarse en la sociedad, acudiendo a la prepotencia de decir “estoy del lado de la ciencia y por ello de la verdad”.

Dicho eso, quiero pasar al eslogan en cuestión. Me lo he topado en los noticieros, en el inicio del Facebook, y hoy, en una calle de Santiago, cuando me topé con el momento final de la marcha de los grupos que defendían la acción simbólico-comunicacional del “bus de la libertad”. “¡Más familia, menos estado!”, así, con signos de exclamación, porque es un grito de lucha. Grito que obnubila la mirada con una media verdad. Explicaré por qué.

Me parece que la lucha por “más familia” es un principio conducente con el mandato social expresado en la Biblia desde el Génesis en adelante. Una familia activa, vital, centrada en la búsqueda de la gloria de Cristo, campo de misión y desarrollo de todas las posibilidades de expresión con las que hemos sido dotados por el Creador. Familia como lugar de discipulado: caminata de padre, madre e hijos e hijas que siguen a Jesús. Lugar de relación, cercanía, amor, crecimiento, maduración. Más familia, sí. Pero de verdad, no mero panfleto. Porque es súper fácil decir “más familia” cuando no se participa en nada de la educación de los hijos, de su crianza, de su discipulado. Es súper fácil decir “no tocas a mis hijos”, cuando ni siquiera tú los tocas, siendo sólo alguien que ha procreado sin ser padre o madre. Un padre y una madre que viven la fe de Jesús entienden que deben ser activos en la educación de sus vástagos sin tercerizar su labor, ya sea en la escuela o en la iglesia.

“Menos estado”. ¿Por qué? Una de las cosas que más me llamó la atención de la marcha con la que me encontré, fueron la cantidad de pancartas y consignas que hablaban desde la “ciencia” y contra la “ideología” (¡…!), cómo si la ciencia estuviera libre y aséptica de presupuestos. De hecho, los grupos LGBTI también se arrogan el habla desde la ciencia y contra la fe. Graciosa similitud, si se quiere, pero en lo que a mí me toca, como protestante, me parece un pensamiento no sólo complejo, sino riesgoso, por lo menos desde el punto de vista comunicacional, toda vez que no hay ningún argumento fuera del campo ideológico que permita decir “menos estado”. La negación de un estado totalitario o de un estado visto como el papá que actúa por una masa se condice con los principios del cristianismo. Vaya un no rotundo a la “estadolatría”. Pero vaya también un no rotundo a la “estadofobia”. “Menos estado” es producto de la “estadofobia” que emerge del pensamiento liberal y no de la Escritura. Si bien es cierto, la Biblia no nos muestra un sistema político acabado por el cual jugarse en su implantación en la sociedad, si nos brinda principios de acción, entre los cuales aparece claramente la autoridad del magistrado civil a la hora de trabajar por el bienestar de la ciudad. En ese sentido, puede que hoy no nos gusten ciertos proyectos de ley relacionados con la familia, pero un estado activo ha permitido la concreción de leyes como la de matrimonio civil, o las que sancionan la violencia intrafamiliar. ¿Te imaginas que ocurriría con “menos estado” frente a una mujer golpeada y llevada a la muerte dentro de un hogar? ¿Nadie debe meterse con la familia? La ideología del “menos estado” se sustenta en las ideas secularizadoras que piensan que el humano es bueno por naturaleza y que en ese marco está dotado de ejercer libertad individual, no comunitaria, sin tener que rendir cuentas a nadie.

Concluyendo: creo que el derecho preferente a la educación de los niños/as es de padres, madres o tutores asignados; creo que dicho derecho genera el deber constante de vivir junto a los hijos/as esforzándose en su educación; creo que el estado no debe coartar la libertad de acción y pensamiento de las familias que educan a sus hijos en una determinada fe; y creo que el estado tiene deberes a la hora de garantizar, por ejemplo el derecho universal a la educación, en los que la escuela cumple un papel, y también en la regulación social que debilita la aparición de sectas que dañan la vida de las personas.

Más familia entonces, con educación desde la casa, reforzada en la escuela con los conocimientos por área de saber y en la iglesia, para los cristianos, respecto de la fe, junto con un estado que garantiza y promociona derechos y al que se le regula desde la ciudadanía con participación democrática activa y constante.

Luis Pino Moyano.

La titiritera televisión y la performance Soto-Villouta.

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El programa “El Interruptor” del canal Vía X fue el escenario del fallido diálogo entre su animador José Miguel Villouta y el mediático “pastor” Javier Soto. Fallido diálogo, pero no fallida performance. Soto no responde, ora y acto seguido extiende en el piso la que él considera la bandera del movimiento LGBT (otro fallo, por lo demás) y la pisa, pues considera que es un “trapo de inmundicia”. Interviene la directora de contenidos del programa, Claudia Aldana, quien cierra la entrevista ante la actitud ofensiva del invitado.

Toda esta performance televisiva, respecto de la que me quiero pronunciar, me hizo recordar las palabras del sociólogo Pierre Bourdieu, quien señaló que:  “La televisión es un universo en el que se tiene la impresión de que los agentes sociales, por más que aparenten importancia, libertad, autonomía, e incluso a veces gocen de un aura extraordinaria (basta con leer las revistas de televisión), son títeres de unas exigencias que hay que describir, de una estructura que hay que liberar de su ganga y sacar a la luz” (Pierre Bourdieu. Sobre la televisión. Barcelona, Editorial Anagrama, 1997, p. 53).

Debo decir, que detesto la actitud del autodenominado “pastor” Soto. Falto de respeto y de misericordia, carente de la verdad bíblica que nunca está disociada del amor, lleno de una fijación moralista que pone acento en los seres humanos y no en el Dios lleno de gracia y poder transformador. Es sumamente reprochable, que él y ciertos sujetos evangélicos por tener figuración pública reclamen para sí la fuerza de la representatividad, porque no existe “la iglesia evangélica” homogénea, unívoca, monofónica. La actitud de Soto es repudiable y no debe aminorarse. Pensarlo como enfermo es hacerlo carecer de voluntad y racionalidad, por ende, de responsabilidad ante lo que realiza.

Pero es evidente que el ejercicio televisivo no es inocente. Villouta no es un neófito en el quehacer televisivo. Sabe que lo que aparece en la pantalla es un “títere” que sale a la luz, aparentando espontaneidad y liberalidad. ¿Acaso no estaban preparados para esta “salida de libreto” de Soto? ¿Acaso no sabían que su performance circense de poca monta lo iba a llevar a hacer un papelón como éste? ¿Nos creen tan ingenuos para tragarnos la idea de la sorpresa? ¿Por qué no se invita a otros pastores o teólogos evangélicos, inclusive, opositores a muchos proyectos propiciados por las élites gay, pero que con sabiduría, tacto, responsabilidad y amor podrían entablar un diálogo asumiendo premisas diferentes?

Yo no olvido. No dejo de recordar que en un programa de la Red hace unos años atrás, cuando Villouta apelando a una entelequia respecto del estado laico, fue contraargumentado y hasta corregido por Jonathan Muñoz, pastor presbiteriano. Mi reacción al ver eso fue: “no les resultó el circo con un pastor evangélico”. Felizmente para nuestras comunidades, Jonathan no es una excepción a la regla. Hay muchos pastores que, parafraseando al apóstol, hablan y dialogan con el espíritu y también con el entendimiento. Pero en la televisión, medio elitista y performático gozan de invitar al pastor que asienta el sentido común y/o mote del “canuto bruto”, la manera más simplona de reducir el argumento divergente. Soto y otros simplemente son títeres de ese espectáculo.

Y aquí es cuando Bourdieu se funde con la sabiduría popular cuando ésta reza que “no es culpa del chancho, sino del que le da el afrecho”. Soto es responsable de lo que dice y hace. El programa de Villouta es responsable de lo que desea instalar en el auditor como de lo que oculta.

Luis Pino Moyano.

* Posteado originalmente en mi Facebook y luego compartido en el sitio de Metanoia.

Cuando la comunidad se rompe por una idea diferente.

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De la película: “Kingsman: the secret service”.

Leyendo una compilación de entrevistas hechas a Violeta Parra entre 1954 y 1967, me encontré con una en la que se le preguntó sobre la opinión que la prensa tenía respecto de ella. Señaló que particularmente los diarios que discordaban de su opinión política (ella habla de “los diarios de derecha, de la burguesía”) no la trataban bien. Acto seguido, señala lo que a mi me parece relevante sacar a colación en este post. Dice Violeta Parra: “Cada vez que me meto en política, esa gente se enoja conmigo; quisieran que sólo fuera cantante. Pero también hay personas pertenecientes a la burguesía que son muy abiertas y me aprecian. Lo que hay que hacer es juntar a todo el mundo… y a veces los enemigos son más interesantes que los amigos”[1].

Me gusta la fuerza de la expresión parriana, porque me lleva a pensar en la realidad de la iglesia. Hay muchos factores que causan divisiones al interior de las comunidades eclesiales, pero sin duda, la más compleja de vivir y derruir es aquella que dice relación con las posiciones políticas. A veces, se espera que ciertos sujetos no den sus opiniones políticas, acallando el pensamiento diverso y la capacidad de pensar. Entonces, “facho”, “amarillo” y “marxista” surgen como adjetivos calificativos, de corte denigratorio, más que como conceptos respecto de una identidad política. Somos veloces para definir a las personas, sin siquiera hacer el ejercicio de escucharles. Todo esto, a expensas de no aprender ni conocer, precisamente, porque no nos abrimos al diálogo con el diferente, con un otro que tiene la fuerza para mostrarnos la debilidad de nuestros argumentos y no simplemente con el otro-igual que nos palmotea el hombro, nos felicita o de buenas a primeras nos da un like de Facebook. Esto es lamentable, porque a veces no-creyentes nos dan lecciones de “amistad cívica” mayores a las que nos encontramos en muchas comunidades (gloria a Dios por la gracia común). Nos alejamos voluntaria y unilateralmente de la posibilidad de encontrar lo “interesante” que existe en el que a simple vista es un “enemigo”.

Todo esto tiene mucha relación con lo expresado años atrás por el apóstol Pablo en su carta a los Gálatas. Documento clave en el contexto de la Reforma Protestante, por ser un emblema de la libertad cristiana. Pablo es sumamente radical cuando dice: “Todos ustedes son hijos de Dios mediante la fe en Cristo Jesús, porque todos los que han sido bautizados en Cristo se han revestido de Cristo. Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús” (Gálatas 3:26-28, NVI). En el contexto vital de la carta, los paganos eran tenidos por los judíos como “perros”, los griegos consideraban a los esclavos “implementos animados”, las mujeres -como en muchos momentos de la historia- eran vistas como sujetos inferiores. Lo que Pablo exhorta acá debe resonar en nuestras mentes y corazones. Todas las barreras sociales, culturales y de género deben ser abandonadas, porque nadie puede salvarse por ellas, ni mucho menos, puede ganar el favor de Dios por una determinada condición. El Señor proclamó la paz entre nosotros botando con el poder de su Espíritu “el muro de enemistad que nos separaba”, haciéndonos parte de un mismo pueblo. Lo que nos identifica plenamente es que somos “hijos de Dios”. ¡No hay mayor apelativo identificador que podamos recibir!

Con la ayuda del Señor la iglesia se transforma en el único lugar que puede vivir la amistad y hermandad de aquellos que, en otros contextos, nada ni nadie los podría unir. Y esto, porque la iglesia no es lugar para la arrogancia, para creerse mejores que los otros. Todos fuimos comprados al mismo precio: a saber, la sangre preciosa de Jesucristo en la cruz. Somos cristianos por encima de cualquier cosa. Somos de Cristo, eso es lo que marca nuestra existencia y nuestras relaciones con los demás.

Esto nos reporta dos desafíos: evaluar todos nuestros pensamientos a la luz de una sólida cosmovisión cristiana, que tiene como fundamento la única y suficiente regla de fe y de práctica. Aún así, es susceptible que sigamos reconociendo diferencias de opinión en la iglesia de Cristo. Entonces, vale la pena decir con fuerza que ninguna de esas divisiones y diferencias vale algo en el pueblo de Dios. En Cristo, somos uno. Y si usted tiene como mayor cualquier cosa ocurrida en el país en el devenir histórico, a un actor político del pasado o del presente o un determinado principio filosófico-político-o-económico, y eso obstaculiza su relación de hermano con otro en la iglesia, está poniendo otra cosa en lugar de Cristo, como señor y dios de su vida, sustituyendo a la fuente de agua viva por cisternas rotas que no retienen agua (Jeremías 2:13). Si usted ama más un determinado proyecto político que a su propio hermano, como lo mandata la Escritura, no está siguiendo uno de los principales mandamientos de quienes siguen a Jesús (Juan 15:17; 1ª Juan 4:7,8,20,21). Tengamos la capacidad de dialogar y de disentir de manera respetuosa frente a las posiciones ajenas.

Que la ideología propia con la que vemos los ídolos de los demás (y que nos hace gozar cuando éstos se desmoronan), no obnubile la mirada respecto de nuestros propios ídolos. La honestidad del corazón, más que necesaria, es urgente. Claramente esto cuesta. Pero “Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5:9, NVI). No seamos culpables de destruir la unidad del cuerpo de Cristo por levantar muros e ídolos que el Señor derribó y derrotó con su sangre en la cruz. Y en esto, Dios no nos pide tibieza ni medias tintas, sino llegar a “dar la vida por los amigos” (Juan 15:13). Eso de “no meto las manos al fuego por nadie”, no forma parte de los principios del Reino sino de la ideología del mundo. Más allá, de que corras el riesgo de quemarte.

Como dice mi amigo Elemento, con la fuerza de su hip-hop, “Porque, ¿qué son las diferencias? / Cuando se sirve a Cristo ya no hay más rotos ni realeza”[2].

 Luis Pino Moyano.


[1] “Violeta Parra: una gran artista chilena”. Entrevista realizada por Hubert Joanneton para Radio-TV Je Vais Tour, Lausana, Suiza. En: Marisol García. Violeta Parra en sus palabras. Entrevistas (1954-1967). Santiago, Catalonia y Periodismo UDP, 2016, p. 109.

[2] Elemento. “Presuntos enemigos”. En el EP: El poeta es un profeta.