Facebook.

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Sí, soy un usuario muy asiduo de Facebook. Hablo desde esa realidad. Lo ocupo por varias razones: a) hoy día gran parte del acontecer noticioso y eventos de mi interés se promocionan por esta red social; b) me permite el contacto con personas que no puedo ver con facilidad en días, semanas, meses y años; c) me gusta la fotografía (sin ser pro, como varios de mis amigos en la red); d) me gusta compartir mis reflexiones, posts de mi blog, actividades de la iglesia, momentos jocosos, situaciones de vida alegres o reflexiones respecto de las difíciles; e) en la pulsión histórica, me gusta dejar registro (imaginen lo que significa el “un día como hoy” que nos proporciona una mirada del pasado reciente con tanta facilidad); y f) gran parte de las personas con las que trabajo en la iglesia son usuarios de la red, por lo cual el uso fundamental que le doy es de carácter pedagógico.

Quiero señalar políticas mías respecto del uso de Facebook que sostengo hasta el día de hoy: a) si a alguien le molesta, borro el post o mi comentario, agradeciendo siempre la crítica constructiva que logra percibir lo que yo no miro; b) sólo discuto con amigos de verdad, de carne y hueso, inclusive en los foros; c) si algo no me interesa o no me gusta, “cambio de canal” (muy pocas veces verán una notificación de “me enoja” mía en su red); y d) elimino y/o bloqueo a las personas que discuten sin escuchar, sobre todo aquellos que caen en la difamación.

Ah! y otra cosa que me parece pertinente decir: algunas personas me preguntan por qué publico las cosas que hago. La razón está lejos de la autopromoción. Sólo dos razones: a) el agradecimiento a quienes me invitan a dialogar con ellos, o por la linda experiencia que me toca vivir; y b) señalar que estoy haciendo algo, pues existe la tendencia muy difundida de que quienes trabajamos en la iglesia no hacemos nada, dormimos hasta tarde y suma y sigue (la clásica llamada a las 9:00 hrs. (¡o más!), que parte con la pregunta: “-¿te desperté?”).

Me llama mucho la atención el uso moralista que algunos le dan a la red. Hay personas, que sólo comentan cuando les molesta algo y jamás para una felicitación, o un apoyo en el momento que se necesita. Otros “pegan palos” que no podrían sostener jamás en público. Otros critican a los usuarios asiduos por su presencia amplia en la red, porque supuestamente serían ociosos, a lo que yo me pregunto: ¿y cómo saben del uso? ¿Será que son usuarios compulsivos aparentemente pasivos, ya que no publican nada en su muro, pero ven el de los demás?

Cierro este post explicativo de mi práctica facebookera con la siguiente reflexión más global, y que espero pueda servirte en tu uso de la red:

Facebook, en términos generales, es un juego que principalmente busca compartir emociones, fotografías, diálogos sencillos. Pero si se le ocupa con fines pedagógicos, políticos, religiosos, teológicos y demás debería tenerse muy presente lo siguiente:

a) presentar las ideas de la manera más clara posible; b) entender que no a todo lo que uno diga se le va a poner “me gusta”, o se le escribirá un comentario; c) es más, habrá cosas que uno escriba que la gente no entenderá y pedirá explicaciones, o con las que no estarán de acuerdo, y expresarán ese disenso… la única alternativa es asumir y hacerse cargo de lo que se escribió sin delirio de persecución; d) uno tiene el derecho a cambiar de opinión (sólo la gente “bacán” es discípula de sí misma); e) si consideras que lo que otros comentan puede hacer daño a otras personas, no sólo borres lo que ellas escribieron, parte por moderarte tú (si eres cristiano, recuerda a Jesús diciendo “si tu mano te es ocasión de caer, córtala”… él no mandó a andar cortando las manos de los demás, y dejar a salvo la tuya); f) piensa en lo que el otro escribe, contextualiza, logra descubrir el estilo literario en que escribe, y siempre presupone la buena fe del otro, por lo menos, hasta que le conoces de verdad y no sólo en la apariencia; y g) si alguien dejó de ser tu amigo porque no le interesaba, no le gustaba, no estaba de acuerdo con lo que posteabas, y eso te duele: ¡reflexiona! esto puede haberse convertido en un ídolo que te quita la vida.

Disfruta, sonríe: esto es Facebook, no la vida. No lo conviertas en algo más importante de lo que es.

Luis Pino Moyano.

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Sobre la participación de Hormachea en la franja de Kast.

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  • Hormachea tiene todo el derecho a apoyar y definirse políticamente por un determinado candidato. Eso, como primera cosa. No es un mal en sí mismo participar como cristiano en la política.
  • Lo que complica es que use su posición de “influyente” conferencista evangélico para generar una cooptación clerical. Un líder no puede comprometer la conciencia de los demás creyentes, señalando que una alternativa es más cristiana que otra. Es un infundio decir que tal o cual candidato representa el proyecto histórico del Reino de Dios.
  • ¿Hasta cuándo reducimos la discusión valórica a lo sexual? ¿Acaso no es valórica la discusión respecto a mejores condiciones de trabajo, salarios y pensiones dignos, acceso universal a la educación, y un largo etcétera?
  • No deja de llamarme la atención que muchos que se escandalizan con lo de Hormachea en la franja de Kast, hagan lo mismo reprendiendo o burlándose de hermanos que tienen una opción electoral aparentemente “menos cristiana”. Ojalá esto nos llame al respeto en la divergencia, a un clima de amistad cívica en la iglesia y la sociedad, a una lectura más profunda de la Escritura, a la oración por el país, y por supuesto, al trabajo que glorifica a Dios en el mundo.
  • Lo que es más grave, a mi gusto, en términos teológicos es supeditar el triunfo de Dios a un resultado electoral que poco cambia. Dios es providente y mucho más sabio y poderoso que nosotros. Un día todos los gobiernos de la tierra caerán, y el Reino de Dios permanecerá firme. Nuestra esperanza no está en actores o proyectos políticos de diverso color. Nuestra esperanza es escatológica y está en Jesucristo.

Luis Pino Moyano.

Calvino y la Reforma necesaria.

Congregation Inside Cathedral with John Calvin

Luis Pino Moyano[1].

¿Por qué recordar a Juan Calvino a 500 años de la protesta de Lutero con sus 95 tesis? ¿Se le quiere quitar en algo la figuración a Lutero en esta celebración? La realidad es que no, estamos muy lejos de acometer una empresa como aquella. Lutero es sin dudas el protagonista más preponderante de la Reforma del siglo XVI. Pero aquello, no obsta para señalar que la Reforma no se limita a un acontecimiento histórico, sino que es, más bien, un proceso de más larga data, que con el paso del tiempo, tuvo implicaciones más radicales. Calvino es una buena muestra de aquella acentuación de la Reforma toda vez que el, desde su producción teológica, sus exégesis y sus aproximadamente cuatro mil sermones dio paso a una cosmovisión, en tanto filtro para el análisis de todo cuánto sucede a nuestro alrededor y como un sentido de la vida, en el caro decir de Juan Mackay, que nos hace ser parte del mundo como “teatro de la gloria de Dios”. A su vez, es uno de los aportes que quienes somos calvinistas podemos realizar en esta celebración y recuerdo del inicio del camino a la Reforma.

¿Por qué hablar de la Reforma necesaria según Calvino? El título de esta comunicación es un guiño al tratado del teólogo de la Reforma titulado “La necesidad de reformar la iglesia”[2], que tuvo como destinatario principal al Emperador Carlos V y los príncipes y otras autoridades reunidas en la Dieta en Spires realizada en 1544, en este interés de dar a conocer las verdades del protestantismo a los magistrados civiles, para que no se viese a esta nueva corriente como un elemento disruptivo y cismático del cristianismo histórico. Algunos años antes fue este mismo propósito el que le alentó a dedicar una carta de presentación de su “Institución de la Religión Cristiana” a Francisco I de Francia, en la que señaló que: “La Iglesia de Cristo ciertamente vivió, y vivirá en tanto que Cristo reine a la diestra del Padre: con su mano es sustentada, con su favor es defendida, y con su poder es fortificada. Él sin duda cumplirá lo que una vez prometió: qué él asistirá a los suyos hasta la consumación del siglo. Contra esta Iglesia nosotros no queremos hacer ninguna guerra. Porque de un consentimiento y acuerdo, todo el pueblo de los creyentes reverenciamos y adoramos a un Dios, y a un Cristo Señor nuestro, como siempre fue por todos los creyentes adorado. Pero ellos en no menor forma se han alejado de la verdad cuando no reconocen por iglesia sino a aquella que a simple vista ven, a la que quieren encerrar dentro de ciertos límites en los que ella nunca estuvo encerrada”[3]. Ambas invitaciones tuvieron la finalidad de mostrar la seriedad de la empresa reformada, en otras palabras para mostrar la tarea de restaurar a la iglesia, sacándola de su miserable condición y, a su vez, defendiendo la sana doctrina.

La Reforma era una necesidad, toda vez que se era urgente el rescate de la doctrina bíblica, y con ella, de la adoración la salvación, los sacramentos y el gobierno de la iglesia. En todas estas expresiones del cristianismo se daba abuso, mala administración y tiranía. Por lo que los cambios comenzados por Lutero, y de los cuales el mismo Calvino se consideraba un continuador, se leían como remedios apropiados que debían ser, siguiendo la metáfora farmacológica, “consumidos” en forma inmediata.

Veamos brevemente los asuntos que ameritaban Reforma para Calvino:

1. La adoración. Para Calvino este no era un tema secundario o periférico sino fundamental, porque reporta el modo en que Dios debe ser adorado y el origen de nuestra salvación. Entonces, el rescate parte por el fundamento de nuestro culto, es decir, el reconocer a Dios como Él es: fuente de toda virtud, justicia, santidad, sabiduría, verdad, poder, bondad, misericordia, vida y salvación. La adoración siempre debe ser entendida como una negación del yo. Por eso es que el énfasis de la teología reformada no se halla en cinco puntos, sino en la idea de que Dios es y debe ser glorificado en todo. Y esta glorificación, entre otras cosas, busca tener a Cristo como único mediador entre Dios y los hombres. Por eso el culto reformado debía ser piadoso, eliminando imágenes mentales y físicas de lo que es imposible asir con el intelecto, y suprimiendo todo intento de volver a una suerte de promoción judaizante que se centra en sombras que ya fueron completadas con Cristo que es la luz. La regulación del culto en Calvino no tiene que ver con normas estáticas como algunos calvinistas recientes parecen suponer, sino una bandera de libertad frente a normas ajenas a las Escrituras. Decía Calvino que: “Dios ni habita en ceremonias, ni pone valor alguno en ellas, si se consideran sólo en sí mismas; sino que Él mira la fe y la sinceridad del corazón; y que el único fin por el cual Él las ordenó, y las aprueba, es para que puedan ser ejercidos limpios de la fe, de la oración y de la alabanza”[4]. Dios se complace en la obediencia de su pueblo, por lo que un culto corrupto sólo genera la falsa esperanza de la tarea cumplida, llevándonos a olvidar que ante Dios no somos más que mendigos vulnerables necesitados cada día de su gracia.

2. El origen de la salvación. Para Calvino, como para los reformadores, era un error creer que había obras que nos lleven a recibir la salvación. Es una herida mortal para la iglesia cerrarse a creer en la sola gracia. El reconocer a Cristo como salvador y mediador produce descanso y paz, porque sólo en él se tiene la certeza del perdón. Para Calvino somos incapaces de salvarnos y esto frente a un Dios totalmente justo. Por eso es que el moralismo es un error en la teología calvinista, puesto que invita a poner la mira en los pecados vulgares y visibles, sin pensar en lo mortal y profundo de todos nuestros pecados. Es por esto que el teólogo francés proponía “es que Dios nos reconcilia a sí mismo, sin tomar en cuenta nuestras obras, sino solamente a Cristo; y por una adopción gratuita, en vez de hijos de ira, nos hace sus propios hijos”[5]. Cristo satisfizo la ira de Dios en la cruz y conquistó nuestra redención. Inclusive las recompensas del día final por nuestras obras serán por el puro afecto del Dios de la vida.

3. La administración de los sacramentos. Esto fue un tema muy relevante, particularmente el de la cena del Señor, para los reformadores. Calvino poniendo su vista en la misa señalará que ésta es una performance en la que hay un sacerdote apartado de la comunidad, que come y bebe, mientras la congregación, por mero capricho, sólo come, olvidando que la finalidad de los sacramentos consiste en tomar nuestra mano y dirigirnos a Cristo. Por eso, se debe volver a la simpleza del mismo, desconfiando de cualquier rito externo carente de sentido bíblico, lo que lleva a eliminar la procesión de la hostia y la idea de transubstanciación, y a restaurar la copa al pueblo. El sacramento tiene el misterio, pero eso no obsta a la explicación. Por ello, nuestra mirada de los medios de gracia deben hacernos mirar qué y cuán excelente fruto es el que de allí redunda para con nosotros, y cuán noble es la prenda de vida y salvación que nuestras conciencias reciben de esto”[6].

4. El gobierno de la iglesia. Calvino creía que el objetivo del ministerio pastoral era la edificación de la iglesia con la sana doctrina. Esto conlleva la promoción de un buen testimonio, sustentando en la idea de que los pastores se entiendan como embajadores de Dios y no como gobernantes por sí mismos. El creerse gobernantes por sí mismos conduce a la tiranía eclesiástica y a la mejor excusa de la misma: el sometimiento al Espíritu Santo, generando la tiranía más terrible que es la que produce peso en la conciencia y desautorización de la Palabra. Por el contrario, el pastor debe ser maestro, ministro y guardián fiel de la sana doctrina. De ahí que Calvino declare que “Si un perro ve que se le hace daño a su amo –tanto igual al insulto que se le hace a Dios en los sacramentos- ladra al instante, y expone su vida al peligro cuánto antes, que permitir silenciosamente que su amo sea así maltratado. ¿Deberíamos nosotros mostrar menos fidelidad a Dios que una bestia suele mostrar al hombre?”[7]. El celo por la gloria de Dios es lo que debe hacer que los ministros trabajen y tomen riesgos y no su propia fama. Por eso es que el pastor no debe estar centrado en otras preocupaciones. Para Calvino esta era una regla ministerial: “Que no se envuelvan a sí mismos en asuntos seculares, que no hagan excursiones lejos de sus iglesias, que no se ausenten por mucho tiempo”[8]. El rechazo y la persecución son síntoma de estar realizando bien el trabajo y no algo por lo cual llorar en público y a destajo.

Esta es la Reforma necesaria de Calvino, una en la que Cristo es cabeza sobre todo, en la que la Santa Biblia es creída y predicada, una en la que se vive la libertad de aquellos que han sido reformados, una en la que aquellos que son reformados por el Espíritu, es decir renovados por su acción, dan fruto. Esta es una reforma que nace de la iglesia y que se extiende fuera de sus muros, donde también Dios debe ser glorificado, pues la libertad que viven aquellos que han sido redimidos por Cristo es integral y total. Ejemplo de esto es lo señalado por Giorgio Tourn en su biografía sobre Calvino, cuando releva la influencia de su pensamiento en Ginebra, señalando que: “El mayor éxito de Calvino fue haber creado en Ginebra un nuevo tipo de ser humano, ‘el reformado’, y de haber diseñado los primeros trazos de la futura civilización moderna. Mientras que la Contrarreforma católica llenó a Europa de iglesias barrocas y de pinturas, Ginebra imprimió libros y educó a sus hijos en el colegio. Mientras los nobles italianos y españoles, creyendo representar una realidad política permanente fueron de corte en corte y de fiesta en fiesta, desperdiciando el poco dinero que poseían, los pequeños ginebrinos aprendieron que no se honra a Dios con procesiones y con catedrales o con batallas contra los turcos (Lepanto), sino desarrollando una vida honesta y laboriosa, y que no se es un ciudadano responsable únicamente en la edad adulta sino que también el joven estudioso puede hacer bien sus tareas”[9].

 Ser reformado es más que declarar un par de ideas verdaderas y coherentes. Es una cosmovisión y un sentido de vida. Una expresión de fe que se proyecta del culto a Dios a la vida toda.


 

[1] Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Plantador de la Iglesia Refugio de Gracia. Comunicación presentada en el “Conversatorio sobre Protestantismo”, organizado por la Corporación Sendas, Pensamiento Pentecostal y el Seminario Teológico Presbiteriano, el 24 de agosto de 2017.

[2] Juan Calvino. La necesidad de reformar la Iglesia. Edmonton, Landmark Project Press, 2010.

[3] Juan Calvino. Institución de la Religión Cristiana. Tomo I. Rijswik, Fundación Editorial de Literatura Reformada, 2006, pp. XXXIV, XXXV. Hice una actualización del lenguaje.

[4] Calvino. La necesidad… Op. Cit., p. 39.

[5] Ibídem, p. 49.

[6] Ibídem, p. 57.

[7] Ibídem, p. 82.

[8] Ibídem, p. 59.

[9] Giorgio Tourn. Juan Calvino, el reformador de Ginebra. Barcelona, Editorial CLIE, 2016, p. 86.

Mirando el pentecostalismo chileno a 500 años de la Reforma Protestante.

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Estudio Bíblico de Pastores de la Iglesia Pentecostal Naciente, realizado en la comuna de San Miguel entre los días 12 y 15 de octubre, 1978.

Luis Pino Moyano[1].

Publicado en Pensamiento Pentecostal.

1517, 1909. Wittemberg, Valparaíso. Lutero, Hoover. Siglos y geografías diversas. Mucha historia corriendo con viveza en los actos de hermanos nuestros del ayer. Qué sentido tendría, entonces, escribir algo sobre el pentecostalismo chileno en el marco de la conmemoración que nos convoca este año, a saber los 500 años de la emergencia pública de las 95 tesis del teólogo Martín Lutero. Tiene sentido, y mucho. Jacques Le Goff, destacado medievalista francés señalaba que “los hechos son sólo la espuma de la historia”[2]. Esta metáfora es fascinante, pues puede extenderse con mucha facilidad: los hitos históricos son sólo la espuma de la ola, no la ola ni, mucho menos, el mar. La protesta de Lutero es la espuma de la ola, la Reforma del siglo XVI podría ser la ola (o un conjunto de varias de ellas), mientras que el cristianismo, en la larga duración, viene a ser el mar. El pentecostalismo chileno es otra espuma de la ola, que no puede entenderse fuera del mar.

Debo señalar de inmediato la dificultad de hablar de “pentecostalismo chileno”, en singular, puesto que no damos cuenta de una corriente teológica ni de una denominación eclesial, sino de un movimiento caracterizado por la heterogeneidad y la polifonía de voces, donde cada iglesia y cada pastor construyen un microespacio singular. Sin embargo, hay elementos transversales, o a lo menos similares, que nos permiten presentar un análisis del pentecostalismo chileno, en singular, y siempre desde su movimientalidad. Hablamos de pentecostalismo chileno para relevar su diferencia, en relación al pentecostalismo clásico[3] (proveniente de los Estados Unidos, particularmente, de la mano de las Asambleas de Dios) y del neopentecostalismo como fenómeno de más reciente data. De hecho, es precisamente ese marco de exoticidad que porta el pentecostalismo chileno el que ha generado una amplia preocupación por el análisis de este hecho religioso[4].

¿Cómo generar una ligazón analítica entre la Reforma Protestante y el pentecostalismo chileno? La idea es que lo hagamos desde la utilización de dos conceptos caros para la disciplina historiográfica: continuidad y cambio. Veremos, cuáles elementos de continuidad con la Reforma prevalecieron y/o se mantienen en el pentecostalismo chileno, y cuáles son más bien una ruptura con él, concluyendo con una reflexión final a modo de balance y perspectivas.

  1. Elementos de continuidad con la Reforma Protestante.

 a. La relación con la Biblia.

En los pentecostales chilenos, más allá de los prejuicios que se tienen acerca de él, que llevan a la imposición del mote peyorativo de “ignorantes” (construcción mítica de la que quiero referirme con profusión en un próximo artículo), existe un marcado aprecio por la Biblia, la que se lee desde una consideración literal y devocional, que se memoriza (en porciones a veces extensas) y se aterriza con rapidez a la vida. La lectura bíblica, con regularidad, responde al contexto vital de quien realiza el ejercicio lector. “-¿Qué me dice el texto a mi?”, pasa a ser la pregunta hermenéutica preponderante. La Biblia es la espada, que acompaña siempre, siguiendo la metáfora, al soldado del evangelio.

Existe una fuerte motivación a la proclamación y divulgación de la fe, haciendo uso de la palabra en espacios públicos mediante los “puntos de predicación”, que ya se daban en otras denominaciones protestantes en el Chile decimonónico, pero que los pentecostales radicalizaron producto del avivamiento y de la experiencia vivaz a la que se apela. También se realiza esta divulgación de la enseñanza bíblica por medio de la publicación de revistas y tratados, siendo “Chile Pentecostal” y “Fuego de Pentecostés” ejemplos paradigmáticos.

No es menor decir, que en gran parte del proceso migratorio reciente a iglesias históricas, sobre todo aquellas de cuño reformado, por parte de jóvenes pentecostales, dicho fenómeno emerja de la lectura bíblica y de producción teológica, o por la escucha de predicaciones. Existe una avidez por conocer, lo que puede constatarse en el gusto por aquella predicación que presenta con claridad y fervor lo que la Biblia dice.

b. La relación positiva con la teología protestante.

Existe un fuerte apego a la doctrina trinitaria (salvo el grupo que derivó en unitarismo), la que se expresa en el culto en himnos y cantos, lo que reporta una ortodoxia muy ligada al cristianismo histórico, aunque con énfasis fundamentalista.

Respecto del bautismo, muy interesantemente, y por herencia wesleyano-metodista (que algo recoge de la teología del pacto), los pentecostales chilenos, específicamente la Iglesia Metodista Pentecostal y la Iglesia Evangélica Pentecostal, junto con las iglesias que surgieron de divisiones de ellas, bautizan por mucho tiempo a niños, haciéndolo por aspersión y bajo fórmula trinitaria. Tensiones contemporáneas en el seno de las mismas, responde a la lectura de fuentes anabaptistas, asumiéndolas como propias, haciendo caso omiso de la cuestión del origen: el que las Asambleas de Dios[5] tuviese su origen en iglesias bautistas.

Probablemente, el aspecto de mayor cercanía con los frutos de la Reforma Protestante en el pentecostalismo, tenga que ver con el bagaje doctrinal que lo sustenta. El pentecostalismo chileno no generó una ruptura con la matriz teológica metodista, lo que se ve expresado en los 25 Artículos de Fe, uno añadido a los 24 de Wesley (sobre los gobernantes), que a su vez fueron tomados y resemantizados de los 39 artículos de la Iglesia Anglicana, documento base, por ejemplo, para la Confesión de Fe de Westminster. De allí perviven muchos aspectos relacionados con el cristianismo histórico y el protestantismo. Muy interesantemente, uno de los artículos señala “Ofrecer oración pública en la Iglesia o administrar los sacramentos en una lengua que el pueblo no entiende, es cosa evidentemente repugnante tanto a la Palabra de Dios como al uso de la Iglesia primitiva”[6]. Sin ánimo de polemizar, sino de constatar la realidad polifónica y movimiental del pentecostalismo chileno, este artículo pone en una posición compleja a quienes experimentando una manifestación espiritual hablan en otras lenguas. No puedo cerrar este punto, sin señalar que ha sido la Iglesia Evangélica Pentecostal la más fiel en resguardar la tradición doctrinal metodista, aunque en varios microespacios de la misma, estos no se divulgan (salvo su publicación en el himnario) ni mucho menos son base para un proceso de catecumenado.

c. La concepción de la iglesia.

A nivel eclesiológico es muy interesante relevar el hecho que las iglesias pentecostales fundaron iglesias nacionales (en el sentido de una división legítima por separaciones geográficas e idiosincrásicas, sin el prurito nacionalista), con gobierno propio e independencia en la administración de los recursos económicos.

Otro elemento a relevar acá es la realización de un culto que posee canto, oración y predicación en lenguaje vernáculo, contextualizado en la realidad que les toca por la providencia. Esto es muy importante de destacar, pues el pentecostalismo no sólo fue un espacio de comunicación del evangelio, sino de promoción de la educación, muy similar al perfil redentorista frente a la “cuestión social” del Chile de fines del siglo XIX y principios del XX. Muchos aprendieron a leer con Biblias e Himnarios y enriquecieron su lenguaje con el uso de la Reina Valera (en sus revisiones de 1909 primero, y 1960 después). Me permito un ejemplo de esto: hace unos años yo participaba del ministerio carcelario en el CDP de Puente Alto. Allí uno de los líderes de nuestros hermanos internos me contó que un periodista había ido a realizar un reportaje sobre los evangélicos en la cárcel. Él fue entrevistado. En un momento el periodista detuvo sus preguntas y le pidió hablar en coa, es decir, con códigos carcelarios. Este hermano le respondió: “-Cuando Cristo me redimió, redimió también mi lenguaje”.

  1. Elementos de cambio del pentecostalismo.

 a. La experiencia pentecostal.

Un primer elemento que necesita ser tenido en cuenta es el que constituye lo pentecostal, a saber, la experiencia del bautismo del Espíritu Santo y luego, el ejercicio de los carismas, poniendo mucho énfasis en los dones manifestacionales o extraordinarios. Allí hay debate dentro de los distintos tipos de pentecostalismo, respecto a sí “la experiencia pentecostal” es una segunda o tercera obra de la gracia (conversión-bautismo / conversión-santificación-bautismo). El pentecostalismo chileno tendió a la primera opción, junto con la consideración sobre la evidencia inicial definida como toda manifestación del Espíritu y de poder, poniendo en muchos microespacios especial énfasis a las “danzas”. El planteamiento de la única evidencia del bautismo del Espíritu en el hablar otras lenguas, no es propio del pentecostalismo chileno, teniendo su origen en el pentecostalismo clásico[7].

En mi lectura, debo señalar que el elemento doctrinal distintivo del pentecostalismo se encuentra en esta experiencia, que genera una lectura continuista de los dones de lenguas, profecías y milagros, por lo que ante una ausencia de confesionalidad o de promoción de ella, el cariz polifónico de un movimiento puede preservarse sin generar incoherencias a la hora de la práctica. Es decir, y a modo de ejemplo, un pentecostal puede asumir las llamadas “doctrinas de la gracia” desde el perfil calvinista, sin renunciar ni a la pentecostalidad ni a la membresía de su iglesia, toda vez que eso no pone en cuestión el elemento preponderante. Lo central en lo pentecostal no es el arminianismo mediado por Wesley, sino la experiencia de poder del Espíritu.

b. Lecturas teológicas divergentes de la Reforma.

En su cristología, el énfasis del pentecostalismo chileno es de continuidad con los movimientos de santidad, en la idea de sostener que Cristo es salvador, bautizador en el Espíritu, sanador o santificador, y rey venidero, generando un punto focal distintivo y diferenciador del protestantismo clásico.

Siguiendo al teólogo Juan Sepúlveda los ejes de la teología del pentecostalismo chileno en su etapa inicial (1910-1960), están caracterizados por una visión maniquea del mundo, que tiende a separar radicalmente lo sagrado de lo profano; por el determinismo y pesimismo antropológico; por el reconocimiento de múltiples manifestaciones espirituales y de la realidad de una relación cercana con el Espíritu; por la ausencia de mediación de los profesionales religiosos en la lectura bíblica de los creyentes laicos; y por la configuración de una iglesia militante, a la que se ingresa por conversión y en la que se vive un compromiso total[8].

No puede dejar de decirse algo sobre el premilenarismo dispensacional dentro del elemento diferenciador, porque su adopción por el pentecostalismo chileno, si bien es cierto, tiene que ver principalmente con la lectura escatológica (sobre todo la de corte más popular), genera complicaciones mayores en otros ámbitos. Porque el dispensacionalismo es un método interpretativo de la Escritura en su totalidad y no sólo respecto de los acontecimientos del fin. Mi punto acá no tiene que ver en si hay un rapto secreto o no, o si la iglesia pasa o no pasa por la gran tribulación, sino en que éste sistema atenta contra el pentecostalismo en su base doctrinal y práctica más fundamental, a saber, en la continuidad de las experiencias carismáticas. El dispensacionalismo por definición teológica es cesacionista respecto de los dones espirituales[9]. Cuando se logra reconocer esto, puede entenderse con mayor facilidad la razón de ser de la constante discusión de los pentecostales con “la teología” (a secas), porque ésta mataría la espiritualidad, secando corazones y cerrando mentes a los dones de Dios.

La heterogeneidad teológica de un sector del protestantismo que tiene definiciones fundamentalistas, que es paidobautista, que porta elementos de continuidad del metodismo y de los movimientos de santidad, aquí adquiere una radicalidad polifónica que tensiona el discurso por la práctica.

c. La misiología pentecostal.

El dispensacionalismo, del que nos referimos en el punto anterior, generó en el pentecostalismo chileno una urgencia misional, pues la evangelización se potencia por la noción del “rescate de los perdidos”. Y si bien es cierto, los esfuerzos misionales del pentecostalismo no son mayores que el de otros movimientos y denominaciones en la historia cristiana, sí generó un crecimiento explosivo, que ha llamado la atención de quienes estudian la historia del protestantismo y las misiones en América Latina[10].

La misión, particularmente desarrollada en un arduo proceso de “plantación de iglesias”, estuvo caracterizada por un profundo asentamiento en los sectores populares, por ser un fenómeno eminentemente urbano, por su relevancia contextual (por lo menos, en su primera y segunda generación), junto con un perfil autoeducador y redentorista, por la fundación de iglesias nacionales con fomento de liderazgo autóctono, y por su alto sentido del deber en la misión[11].

d. El poder eclesiástico.

El pentecostalismo chileno, a pesar del papel protagónico dado a los laicos, a lo largo de su historia manifestó particulares problemas con el ejercicio del poder de sus líderes, tendiendo a la construcción de un autoritarismo cooptador y paternalista, llegando en algunos casos, a dirigir muchos aspectos de la vida de los fieles: negocios, matrimonios y hasta las vacaciones. Esto derivó en “pastorlatría”, nepotismo, y muchos procesos divisivos. A muchos líderes eclesiásticos “se les llegó a obedecer a Biblia cerrada y mirándolo[s] hacia arriba”[12].

Lo más lamentable del proceso de migración a otras iglesias, ha tenido que ver con experiencias de abuso espiritual no corregido por adecuados procesos disciplinarios sustentados en el principio protestante del “sacerdocio universal de los creyentes”. Desde el aprecio que tengo del mundo pentecostal, debo decirles que a la migración eclesiástica no sólo se le pone coto con una afirmación doctrinal, sino eminentemente desde la práctica de cuidado de las personas con fuerte sentido pastoral. El abuso espiritual y eclesial debe dejarse de lado por el bien de sus propias iglesias y por el buen testimonio evangélico que debemos dar.

Reflexión final.

 Es indudable que el pentecostalismo chileno ha proporcionado un tremendo aporte a este país, llenando cada ciudad con iglesias construidas con mucho esfuerzo, con sus cánticos alegres sean con instrumentos o a viva voz, con su proclamación del evangelio y por supuesto, con vidas redimidas integralmente. Por otro lado, más allá de las rupturas y elementos de cambio, se han preservado elementos de continuidad con el protestantismo y con el cristianismo histórico. Y es respecto de esto que me quiero permitir una reflexión final.

La gran dificultad del pentecostalismo en el presente se ha vivido porque ha institucionalizado lo que en la primera y segunda generación de pentecostales fue su lógica de movimiento vivaz, convirtiéndolo en pesada tradición. El pentecostalismo fue explosivo no por su novedad, sino por su relevancia, porque tuvo algo que decir al hombre y mujer del siglo XX. El pesado tradicionalismo ha anquilosado al pentecostalismo en formas pasadas, dando poca importancia al diálogo con el presente. Súmese a esto, la ausencia de una confesionalidad propia, que reporte una lectura de la fe desde el pentecostalismo chileno y que no genere incoherencias doctrinales, como la señalada respecto del dispensacionalismo. Esto no puede ni debiese llevar a una ruptura con la producción teológica que otros cristianos hicieron en el pasado.

Lamentablemente, la lectura de la historia acá nos puede jugar una mala pasada. El perfil restauracionista que se le da la Reforma Protestante, como si ésta rompiera con el oscuro pasado medieval, es muy similar al dado al pentecostalismo y el hito fundacional de 1909, como si el cristianismo primigenio, después de un largo intervalo -a lo menos desde el s. III d. C.- hubiese vuelto a existir por la restauración de su pentecostalidad. Ni el protestantismo es una secta de 500 años[13] ni el pentecostalismo chileno es una secta de 108 años. Somos parte de la larga historia de la iglesia de Jesucristo, plural y diversa en tiempos y espacios, pero marcada por la redención conquistada en la cruz.


 

[1] Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Plantador de la Iglesia Refugio de Gracia, Avanzada de la 5ª Iglesia Presbiteriana de Santiago en Maipú. Este artículo fue publicado originalmente en: Daniel Contreras (editor). El libro de los 500 años. Santiago, Sociedad Bíblica Chilena, 2017, pp. 80-86. Para esta edición en Pensamiento Pentecostal, el artículo se ha editado reconfigurando su orden y ampliando algunos de sus análisis, sin perder el carácter de texto de difusión.

[2] “‘Seguimos viviendo en la Edad Media’, dice Jacques Le Goff”. En La Nación, miércoles 12 de octubre de 2005. http://www.lanacion.com.ar/746748-seguimos-viviendo-en-la-edad-media-dice-jacques-le-goff (revisado en julio de 2017).

[3] Véase sobre este asunto: véase: Frederick Dale Bruner. Teología do Espírito Santo. A esperiência pentecostal e o testemunho do Novo Testamento. São Paulo, Editora Cultura Cristã, 2012; y Kittim Silva. La experiencia pentecostal. El despertar que sacudió a la iglesia. Miami, Editorial Carisma, 1996.

[4] Existe literatura clásica al respecto: Christian Lalive d’Epinay. El refugio de las masas. Estudio sociológico del protestantismo en Chile. Santiago, Centro Evangélico de Estudios Pentecostales e Instituto de Estudios Avanzados, 2009; e Ignacio Vergara. El protestantismo en Chile. Santiago, Editorial del Pacífico, 1965. Capítulo tercero “La tercera Reforma”, pp. 109-128. De producción más reciente: Miguel A. Mansilla. La cruz y la esperanza. La cultura del pentecostalismo chileno en la primera mitad del siglo XX. Santiago, Editorial de la Universidad Bolivariana, 2009; José Míguez Bonino. Rostros del protestantismo latinoamericano. Buenos Aires, Nueva Creación, 1995, pp. 57-79. Luis Orellana. El fuego y la nieve. Historia del Movimiento Pentecostal en Chile, 1909-1932. Tomo 1. Concepción. Centro Evangélico de Estudios Pentecostales, 2006. No puede dejar de señalarse acá el relato testimonial de Willis Hoover. Historia del avivamiento pentecostal en Chile. Concepción, Centro Evangélico de Estudios Pentecostales, 2008.

[5] Refiero a esta denominación no sólo por el hecho de ser el correlato con el pentecostalismo clásico, sino por la influencia doctrinal en el mundo pentecostal, particularmente, en los cuadros pastorales y laicos formados luego de la fundación del Instituto Bíblico Pentecostal por el misionero de dicha denominación, el Rev. Pablo Hoff. Véase una de las principales lecturas en el área de Teología Sistemática propiciadas por dicha institución: Myer Pearlman. Teología Bíblica y Sistemática. Miami, Editorial Vida, 1992, pp. 258-261.

[6] Artículos de Fe de la Iglesia Evangélica Pentecostal. Artículo XV. En: http://www.geocities.ws/cuerpojovenes/articulos.pdf (revisada en julio de 2017).

[7] Véase Pearlman, Op. Cit., pp. 203-250. Corresponde al capítulo 10, sobre el Espíritu Santo.

[8] Citado por Míguez, Op. Cit., pp. 66, 67.

[9] Véase respecto de esto: John MacArthur. Fuego extraño: El peligro de ofender al Espíritu Santo con adoración falsa. Nashville, Grupo Nelson, 2014. Desde una perspectiva continuista el análisis de esta lectura por un exprofesor del Seminario Teológico de Dallas, bastión del dispensacionalismo: Jack Deere. Sorprendido por el poder del Espíritu Santo. Miami, Editorial Unilit, 1999.

[10] Véase: Rodolfo Blank. Teología y misión en América Latina. St. Louis, Concordia Publishing House, 1996, pp.200-223; H. Fernando Bullón. Historia de la iglesia y responsabilidad social. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 2008, pp. 194-203; Pablo Deiros. Historia del cristianismo en América Latina. Buenos Aires, Fraternidad Teológica Latinoamericana, 1992, pp. 751-755, 795-800; Samuel Escobar. Cómo comprender la misión. Buenos Aires, Certeza Unida, 2007. Capítulo 7: “El Espíritu Santo y la misión cristiana”, pp. 147-166; Ondina González y Justo González. Historia del Cristianismo en América Latina. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 2012, pp. 373-386; y Ruth Tucker, Ruth. Hasta lo último de la tierra. Historia biográfica de la obra misionera. Miami, Editorial Vida, 1994. Capítulo 12, “El surgimiento del pentecostalismo: ‘Una expansión espectacular’”, pp. 369-372, 379-383.

[11] Esto ha sido trabajado con mayor profusión en: Luis Pino. “Pentecostalismo chileno y plantación de iglesias. Notas reflexivas”. En: Estudios evangélicos. http://estudiosevangelicos.org/pentecostalismo-chileno-y-plantacion-de-iglesias-notas-reflexivas/ (revisado en julio de 2017).

[12] Oscar Pereira. Presencia y arraigo. Protestantismo evangélico en Chile 1845-1925. Santiago, Ediciones Sociedad Bíblica Chilena, 2016, p. 233. Véase, también, respecto de este asunto: Pablo Deiros. Protestantismo en América Latina. Nashville, Editorial Caribe, 1997, p. 61; Pablo Deiros. Historia del cristianismo en América Latina. Buenos Aires, Facultad Teológica Latinoamericana, 1992, p. 754; Kittim Silva. La experiencia pentecostal. El despertar que sacudió a la Iglesia. Miami, Editorial Carisma, 1996, p. 76.

[13] Debo esta idea a mi amigo el Pbro. Carlos Parada.

Exposiciones sobre presbiterianismo en Chile.

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En el marco de los 150 años del presbiterianismo en Chile, y particularmente de la “Iglesia Presbiteriana de Chile”, que se cumplirán el próximo año, la 1ª Iglesia Presbiteriana de Santiago ha estado desarrollando este año una serie de conferencias históricas. En mi caso, me ha tocado participar de dos de ellas, una sobre el presbiterianismo entre 1903 y 1964, y otra sobre la nacionalización de la Iglesia Presbiteriana de Chile en 1964.

Comparto acá los vídeos que registran ambas exposiciones, junto con las diapositivas presentadas en dichas ocasiones, compendiadas en un solo archivo, esperando que sean un aporte a la reflexión sobre la realidad pasada (y presente) de nuestra amada iglesia.

 

Las diapositivas de ambas exposiciones, compendiadas en un solo archivo, puede descargarse haciendo clic aquí.

Les invito a revisar todas las exposiciones, registradas en el canal de YouTube de la 1ª Iglesia Presbiteriana de Santiago.

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Metanoia, secularización y el devenir de Chile.

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* Publicado originalmente en Metanoia, en dos partes.

Primera parte. Segunda Parte

Desde el año 2016 he tenido el privilegio-y-deber de trabajar como asesor de los jóvenes del Presbiterio Centro de la Iglesia Presbiteriana de Chile. En el marco de dicho trabajo, y en la lectura de la realidad de la juventud de nuestra iglesia, surgió la idea de trabajar con este concepto: “Metanoia”. Cuando lo hicimos, tuvimos en mente la fuerza de esta palabra griega, que tuvo como origen una orden militar, muy parecida al contemporáneo “¡media vuelta, mar…!”, que, probablemente, hemos escuchado en más de una ocasión. Ahora bien, quisimos relevar no sólo su uso ligado al arrepentimiento, sino por sobre todo, la idea de la transformación de la mente, del corazón y de las emociones realizada en nosotros por el Espíritu Santo, que se fundamenta y se solidifica día tras día en una lectura atenta de la Palabra de Dios.

Fue esto lo que nos llevó a poner un énfasis en la formación cosmovisional, siempre aterrizándola a la práctica cotidiana de la misión en todo lugar donde nos toca estar, con la idea reformada de vivir para la gloria de Dios. Ha sido eso, lo que nos ha llevado a leer[1] y conversar sobre cosmovisión, y luego generar un esfuerzo, ayudado por la gentileza de pastores y hermanos que nos han acompañado en nuestras actividades desde sus áreas de experticia, aterrizando dicha mirada a la situación posmoderna, a la sexualidad, a la cultura, a la política y la justicia social, al arte, a la vida saludable, a la práctica de la piedad producto de la reforma que el Espíritu Santo ha hecho en nosotros, y a la centralidad que tiene el Reino de Dios en nuestra agenda. Pronto estaremos en Recoleta viendo cómo la Reforma Protestante, en el marco de los 500 años de la protesta de Lutero, tuvo una relación con los procesos migratorios, y cómo tuvo y sigue teniendo un mensaje respecto de nuestra relación con el extranjero que vive en nuestra tierra.

La formación cosmovisional que pensamos tuvo en su origen un alcance reactivo respecto de la realidad, producto de la constatación del alto grado de acceso a otras cosmovisiones por medio de escuelas, universidades, medios de comunicación de masas y alternativos-virtuales, lecturas, junto con expresiones múltiples de arte. Pero no podía quedarse en pura reacción, porque la idea no era construir ghettos virtuosos que se configuran en la ciudad pero que viven fuera de ella. Y allí está el componente propositivo. La idea es vivir en la ciudad con una mente transformada, lo que nos permite leer, disfrutar, dialogar y discutir con todas las expresiones que están en derredor. Y eso, sólo puede ser posible porque Cristo es el Señor por sobre todo y porque su Palabra, única y suficiente regla de fe y práctica, la que es leída siempre en comunidad (¡por eso la Confesión de Fe!), como fundamento. Y eso es más que una declaración teológica: es principio de vida. He ahí el énfasis cosmovisional: todo lo que acontece en la historia trazada de principio a fin por el Dios vivo y real, lo que sucede a nuestro alrededor, inclusive lo que nosotros hacemos en nuestra intimidad, puede ser conocido y comprendido por medio del cristianismo. El cristianismo, como “verdad total”, nos permite ver el sentido de la historia y dar significado a la realidad[2]. Por ende, para saber qué cosas e ideas podemos (¡y debemos!) asumir, modificar y rechazar necesitamos de una profunda y sólida cosmovisión cristiana. ¡Ora y trabaja!, el viejo lema debe ser revivido en nuestra cotidianidad.

Viendo nuestra realidad y conversando acerca de ella en nuestro contexto eclesial, cada vez más emerge en las voces el concepto secularización, o el adjetivo “secularizado”. La palabra etimológicamente alude a lo relacionado con el siglo. Ahora bien, filosóficamente la idea apunta a un proceso propio de la modernidad que releva el progresivo desgajamiento o desapego de los motivos religiosos a la hora de comprender la realidad natural y social.

Aquí se debe señalar que en la lectura fatalista de la historia que hacen los “progresistas” de hoy, este proceso no tendría vuelta y debe derivar, en su versión moderada, en el desplazamiento del discurso religioso al espacio privado, o en el discurso más radical, a la eliminación de la religión de la sociedad. Dicha lectura yerra el blanco cuando piensa y cree que en la modernidad inmediatamente se habría producido “la muerte de Dios” (según lo planteado metafóricamente por Nietzsche) o la crítica de la “religión opio” (según lo señalado por Marx, simbólicamente también), cuando en Europa tenemos entre Galileo y Hegel a pensadores que adscribían, también, a la dotación de inteligibilidad del relato religioso, siendo algunos de ellos creyentes. Evidentemente, el obstáculo lo puso el cientificismo naturalista con su estatuto de la verdad. Pero dicha forma de entender y hacer la ciencia, de manera posterior a la Segunda Guerra Mundial y hasta la actualidad, tiene un férreo cuestionamiento, sobre todo cuando parte importante de los cultores de las ciencias de la naturaleza y de la sociedad han aceptado la idea de que “quien mide modifica lo medido”. El filtro cosmovisional es relevante a la hora de mirar la realidad, y podría considerarse un acto deshonesto no reconocer ni explicitar dicho punto de mira.

En Chile, el proceso de secularización, quizá por ripios coloniales, ha tenido en la larga duración su disputa en el ámbito legal. Y aquí debemos poner atención a esto: la pulsión chilena por el orden y lo legal no discrimina entre conservadores y progresistas, pues como diría María Rosaria Stabili hay un “‘pequeño Portalesque vive dentro de cada chileno[3]. Tanto así, que esto también alcanza a nuestra mirada desde la religión[4]. El proceso de secularización del país ha estado ligado desde sus inicios a la libertad de culto. No por nada Francisco Bilbao, filósofo chileno de mediados del siglo diecinueve, en un texto que en su época le valió de ser acusado de “sedicioso, blasfemo e inmoral”, señalara con toda claridad que: “El individuo como hombre en jeneral [sic] pide la libertad del pensamiento, de donde nace la libertad de culto”[5]. Para Bilbao, Dios no es reaccionario ni impide el conocimiento racional, como el catolicismo romano, la religión oficial del estado según la Constitución de 1833, que excluía el ejercicio público de cualquiera otra religión.

A eso se fue a lo que se sumó de manera táctica David Trumbull cuando pujó por la separación de la iglesia y el estado, teniendo en su horizonte de expectativas lo siguiente:

“Aún aquí en las repúblicas Sud-americanas hay síntomas que indican semejantes tendencias de romper con las tradiciones erróneas del pasado, de emplear la razón y de escudriñar las escrituras. Esparcidos rayos de luz indican, esperanzadamente, la proximidad del alba aún en Chile. El sol de justicia de Dios está trepando las cimas de los Andes, y creemos que no estará distante el día de la regeneración religiosa de la nación chilena. Cuando el clero del país dirija sus miradas al cielo y no a Roma; cuando estas iglesias descansen sobre Jesucristo, la Piedra viva, verdadera y divina, y no sobre concilios ambiciosos y sectarios; y cuando el pueblo chileno lea y estudie la Biblia para conocer y obedecer la revelada verdad de Dios en Cristo; entonces se verá una reformación, saludable y permanente en el sentido del verdadero cristianismo”[6].

La esperanza de Trumbull no fue cumplida en 1865 cuando se promulgó una ley interpretativa del artículo 5 de la Constitución del ’33. Tampoco en 1925 cuando el estado se separó de la iglesia en el documento constitucional, lo que fue ampliamente celebrado por el mundo protestante. Tampoco se cumplió en 1970 con el primer Te Deum ecuménico celebrado en el país, ni en 1975 con el primer Te Deum evangélico, ni en 1999 con la mal llamada “ley de culto”, ni mucho menos en 2005 con la institución del “Día nacional de las Iglesias Cristianas Evangélicas y Protestantes”. La esperanza de Trumbull no se reducía a lo legal, por lo que su alianza con liberales, masones y radicales de la época era táctica, y no estratégica, por ende, su carácter no era permanente en el tiempo. La esperanza de Trumbull estaba en Jesucristo y en el avance de la misión sostenida por el Señor hasta el fin, lo que hacía que la proclamación del evangelio siempre cumpla su finalidad.

Y es aquí donde la secularización se liga con la cosmovisión en el devenir de Chile (esto no es un capítulo de Los Simpsons, que empieza con un tema y termina con otro). El proceso inconcluso de secularización en el país, que no ha logrado derribar el discurso religioso ni su trama comunitaria, nos reporta una serie de desafíos que presento a continuación:

a. El proceso de secularización que sigue viviendo Chile nos reporta cuál es nuestra batalla principal en el presente. Y sí, está bien que invirtamos energías contra la teología liberal y sus múltiples variaciones modernas y posmodernas. Es excelente que luchemos contra la agenda “progre” que quiere instalar en el país el aborto libre, el matrimonio homosexual y la adopción homoparental. Es necesario que luchemos contraculturalmente con las diversas teorías de género. Pero esos no son nuestros enemigos primordiales hoy. De hecho, en algunas de estas luchas, y quizá en todas (a sabiendas que predecir en ciencias sociales es más que algo riesgoso), dichas batallas estén potencialmente perdidas.

Pero si nos enfocamos en dichas batallas, y probablemente ganemos alguna, luego de la celebración termináremos dándonos cuenta que hemos perdido más de lo que ganamos. Dicho elegantemente, habremos conquistado una victoria pírrica[7]. La batalla principal que debemos dar tiene que ver, una vez más, pero en una situación distinta, con la presencia de lo religioso en el espacio público. Y, aguzando más la mirada, no sólo tiene que ver con el significado correcto de un estado laico que presupone la libre circulación de ideas mientras estas no violenten o pongan en tensión el estado de derecho, ni sólo en las implicancias de su correcta aplicación, sino por sobre todo en el ejercicio del poder. La lucha de hoy tiene que ver fundamentalmente con quien ejerce el suficiente poder como para hegemonizar la sociedad y convertir en sentido común sus ideas en el presente. Mucha razón tuvo Foucault cuando invirtió la máxima de Carl von Clausewitz, llegando a decir que “la política es la continuación de la guerra por otros medios” (¡nada más que gracia común!).

b. El proceso de secularización que sigue viviendo Chile cuando releva nuestra batalla principal, y teniendo la Biblia como fundamento, nos reporta cuál es nuestro enemigo principal en el presente. Nuestro mayor enemigo de hoy es (¡y sigue siendo!) el dualismo pecaminoso que nos lleva a un amor desordenado. El profeta Jeremías señaló: “Son dos los males en que ha incurrido mi pueblo: Me han dejado a mí, que soy fuente de agua viva, y han cavado sus propias cisternas, ¡tan agrietadas que no retienen el agua!” (Jeremías 2:13, RVC). Cavamos cisternas agrietadas cuando “necesitamos” recurrir a discursos prestados, foráneos al cristianismo bíblico, para fundamentar nuestras acciones en el mundo. Cavamos cisternas agrietadas cuando asumimos paquetes ideológicos completos que obnubilan nuestra mirada de lo que dice la Biblia, leyendo la Biblia con los ojos de cualquier hombre o mujer y sus ideas pecaminosas y no con los ojos de Cristo. Cavamos cisternas agrietadas cuando pensamos que hablar de moral es venderse a la derecha, y que cuando hablamos de justicia social es venderse a la izquierda, cuando en realidad ambas cosas las podemos extraer de la Biblia, y en ocasiones, como en el caso de Amós 2:6,7 les encontramos juntos y revueltos porque la cosmovisión que viene de Dios une lo que nos aparece fragmentado: “Así ha dicho el Señor: Por tres pecados de Israel, y por el cuarto, no revocaré su castigo. Porque han vendido al justo por dinero, y al pobre por un par de zapatos; han aplastado en el suelo a los desvalidos, han torcido el camino de los humildes; ¡hijos y padres profanan mi santo nombre al acostarse con la misma joven!” (RVC). Es verdadero pecado contra Dios y contra nuestro prójimo cuando teniendo a la fuente de agua viva, el Señor Todopoderoso que nos da conocimiento, emociones y voluntad para vivir, cavamos cisternas agrietadas. ¡Matemos, con la ayuda del Espíritu Santo, el dualismo que nos hace construir ídolos con pies de barro y bagatelas que no nos permiten aterrizar nuestra fe a la realidad! Arrepintámonos. Reconciliémonos. Porque si algo de lo que Cristo ha botado con su cruz para constituir un solo pueblo se interpone en nuestra comunión, eso no debiese recibir otro nombre que “falso dios”.

Esto reporta tareas: los pastores y todos aquellos que tenemos la responsabilidad de enseñar, debemos colaborar activamente en el fortalecimiento de una mirada cosmovisional en la iglesia; y, por supuesto, tú tienes el deber de educarte en esta área, asistiendo a todas las instancias que puedas y leyendo buena literatura (ve la nota a pie de página número 2, en la primera parte del artículo). Ambas tareas deben presuponer que no existe separación entre una teología recta y una vida santa, porque ambas se producen por el Espíritu Santo que inspiró las Escrituras, que aplicó la obra salvífica en nuestras vidas, y que nos llena de poder individual y comunitariamente.

c. El proceso de secularización que sigue viviendo Chile debiese acercarnos a nuestra Confesión de Fe. Esto es lo maravilloso de la teología reformada que presupone que la iglesia puede seguir siendo reformada por la obra del Espíritu y según la Palabra de Dios. La Confesión de Fe de Westminster fue escrita originalmente en un mundo en el que la monarquía absoluta era la forma de gobierno para la sociedad, cuyo poder también podía penetrar la iglesia. En 1788 los presbiterianos estadounidenses hicieron algunas reformas a la Confesión de Fe, y entre los cambios, que nosotros preservamos en el documento que como oficiales de la iglesia suscribimos haciendo un voto de lealtad, señala lo siguiente respecto del Magistrado Civil:

Los magistrados civiles no deben tomar para sí la administración de la palabra, de los sacramentos. (2ª Crónicas 26:18.) o el poder de las llaves del reino de los cielos, (Mateo 16:19; 1ª Corintios 4:1-2.) ni se entrometerán lo más mínimo en las cosas de la fe. (Juan 18:36; Malaquías 2:7. Hechos 5:29) Sin embargo, como padres pacificadores en el deber de los magistrados civiles proteger la Iglesia de nuestro común Señor sin dar la preferencia sobre las demás a alguna denominación de cristianos, sino obrando de tal modo que todas las personas eclesiásticas, cualquiera que sean, gocen de libertad incuestionable, plena y perfecta en el desempeño de cada parte de sus funciones sagradas, sin violencia ni peligro; (Isaías 49:23.) y además, como Jesucristo ha señalado un gobierno regular y una disciplina en su iglesia, ninguna ley de cuerpo político alguno deberá entrometerse con ella, estorbando o limitando los ejercicios debidos que verifiquen sus miembros voluntarios de alguna denominación de cristianos conforme a su propia confesión y creencia. (Salmo 105:15; Hechos 17:14,15.) Es el deber de los magistrados civiles proteger las personas y buen nombre de todo su pueblo de tal manera que no se permita a ninguna persona que so pretexto de religión o incredulidad haga alguna indignidad, violencia, abuso o injuria a otra persona cualquiera; debiendo procurar además que toda reunión eclesiástica religiosa se verifique sin molestia o disturbio. (2ª Samuel 23:3; 1ª Timoteo 21:2; Romanos 13:4.)”.

Nuestra Confesión nos invita a una mirada correcta de la relación entre la iglesia y el estado, presuponiendo su separación. Ambos están en esferas diferentes, no pudiendo el estado entrometerse en la tarea y roles de la iglesia. Y no sólo eso, garantizando su libertad. Aquí está el fundamento confesional, y por ende comunitario, de lo que debiese ser nuestra comprensión y base de nuestra acción: la separación no sólo es del estado respecto de la iglesia, sino nuestra respecto del estado. No porque quienes hoy dirijan los organismos del estado difieran de los principios de la Palabra del Señor, eso necesariamente tendrá la fuerza de coartar nuestra predicación y vida. Podemos y debemos vivir contraculturalmente. Nuestra obediencia al magistrado civil es relativa y activa, porque nuestra obediencia total está en relación a lo que la Biblia dice. Además de eso, Cristo sigue siendo Señor sobre todo[8].

d. El proceso de secularización que sigue viviendo Chile, visto de manera cosmovisional nos debe llevar a convertir los desafíos y dificultades en oportunidades. Sin lugar a dudas, si los cristianos leyéramos más la Biblia y fuésemos felices de vivir la fe, no viviríamos paranoicamente, con delirio de persecución, victimizándonos innecesariamente y construyendo ghettos virtuosos de gente como nosotros. Muy por el contrario, veríamos al mundo en el que vivimos y las discusiones que emergen en él, pensando en las ricas oportunidades que tenemos para compartir la buena noticia. En otras palabras, valoraríamos las posibilidades de hablar y vivir la verdad con amor. Que se apruebe el aborto en tres causales, cosa que niega los principios de la Biblia, no reduce nuestra fe, nuestra acción en el mundo, nuestro amor y oración hacia todos, aunque no crean lo que nosotros creemos. Si amamos, pavimentamos el camino para decir la verdad y ser escuchados.

Pero si no sucediera ese paso lógico, y llegásemos a ser perseguidos por nuestra fe en Jesús, deberíamos alegrarnos del vituperio en Cristo. Jesús dijo: Bienaventurados serán ustedes cuando por mi causa los insulten y persigan, y mientan y digan contra ustedes toda clase de mal. Gócense y alégrense, porque en los cielos ya tienen ustedes un gran galardón; pues así persiguieron a los profetas que vivieron antes que ustedes” (Mateo 5:11,12, RVC). Ese gozo no es masoquismo, sino que es posible por la fuerza del Espíritu Santo operando en favor de la iglesia y se basa en la esperanza de que un día toda lágrima de nuestros ojos será secada.

Pero todavía eso no ocurre. No nos anticipemos a los hechos. Aquí bien vale la pena recordar lo dicho por el teólogo Jürgen Moltmann:

“Cuanto más conscientes son los cristianos hoy día de una situación minoritaria y pierden la protección de una sociedad ‘cristiana, tanto más pueden aprender de la moral calvinista a hacerse extraños en la propia sociedad y nación por amor de Cristo. En la historia del cristianismo reformado se evidencia claramente el valor de ser distinto de los demás. Únicamente quien es distinto es capaz de ‘existir para los demás’; de lo contrario, es uno más entre la masa”[9].

e. El proceso de secularización que sigue viviendo Chile, visto de manera cosmovisional que nos lleva a convertir los desafíos y dificultades en oportunidades, debiese conducirnos a precisar nuestra esperanza escatológica. A la luz de la Biblia, y desde una perspectiva amilenarista, hay que decirlo, podemos notar que las cosas irán de mal en peor. Pero nuestra esperanza no está en hombres, mujeres ni en proyectos políticos. Nada de lo que los seres humanos hagamos pecaminosamente es obstáculo para el triunfo del Reino de Dios y la proclamación del Evangelio por parte de la iglesia. Dicho triunfo y proclamación no depende de esfuerzos humanos ni de las circunstancias aparentemente favorables, sino de Dios que tiene el control de todo según su plan perfecto y que tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas. Nuestra esperanza es escatológica y no se trata un mero cambio social cosmético y de baja intensidad al lado de la ciudad construida por Dios. Nuestra esperanza está en la redención que aguarda la creación toda. Es el anhelo expresado por el profeta Amós, de que “que fluya el derecho como las aguas, y la justicia como arroyo inagotable” (Amós 5:24, NVI). Eso escapa de nuestras posibilidades de acción. Es Dios, en Cristo, que consumará la historia. Cuando tenemos eso claro, podemos trabajar fundamentados y descansando en Dios. Es allí que se hace patente la verdadera metanoia, la transformación de la mente que nos conduce a mirar con los ojos de Cristo.

Luis Pino Moyano, Asesor de Metanoia.


[1] Durante el año 2016, los líderes de jóvenes, en medio de nuestras reuniones informativas, realizamos estudios basados en el libro de Darrow Miller y Marit Newton. Vida, trabajo y vocación. Una teología bíblica del quehacer cotidiano. Tyler, Editorial JUCUM, 2011.

[2] Sobre el asunto cosmovisional, véase en orden de año de publicación en castellano: Francis Schaeffer. Huyendo de la razón. Barcelona, Ediciones Evangélicas Españolas, 1969; Herman Dooyeweerd. Las raíces de la cultura occidental. Las opciones pagana, secular y cristiana. Barcelona, Editorial CLIE, 1998; Abraham Kuyper. Conferencias cobre el calvinismo. Una cosmovisión bíblica. San José, Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas CLIR, 2010; Darrow Miller. Vida, trabajo y vocación: una teología bíblica del quehacer cotidiano. Tyler, Editorial JUCUM, 2011; John Piper. Piense. La vida intelectual y el amor de Dios. Carol Stream, Tyndale House Publishers, 2011; Timothy Keller. La razón de Dios. Creer en una época de escepticismo. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2014; Albert Wolters y Michael Goheen. La creación recuperada. Bases para una cosmovisión reformacional. Medellín, Poiema Publicaciones y Dordt College Press, 2013; Nancy Pearcey. Verdad total. Tyler, Editorial JUCUM, 2014; Michael Goheen y Craig Bartholomew. Introduçao à cosmovisão cristã. São Paulo, Edições Vida Nova, 2016; Timothy Keller. Una fe lógica. Argumentos razonables para creer en Dios. Nashville, B&H Publishing Group, 2017. Para una lectura introductoria, véase: Jonathan Muñoz. “Cosmovisión cristiana: una (muy) breve introducción”. En: Estudios Evangélicos, http://estudiosevangelicos.org/cosmovision-cristiana-una-muy-breve-introduccion/ (Revisada en agosto de 2017).

[3] María Rosaria Stabili. “Mirando las cosas al revés: Algunas reflexiones a propósito del período parlamentario”. En: Luis Ortega (Editor). La guerra Civil de 1891. 100 años hoy. Santiago, Universidad de Santiago de Chile, 1991, p. 165. Respecto de esta pulsión por lo legal, bien vale la pena referir lo dicho por Timothy Keller: “Mientras que algunos cristianos esperaban que la legislación cambiaría las actitudes de las personas, ha sido la cultura popular, las instituciones académicas, las artes y los medios de comunicación los que han estado formando la mentalidad popular. La política pública ahora simplemente está empezando a seguir los pasos” (Timothy Keller. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012, p. 212).

[4] Uso en este caso el concepto religión de manera positiva.

[5] Francisco Bilbao. “Sociabilidad Chilena”. En: El Crepúsculo. Periódico literario y científico. Nº 2, Tomo 2. Santiago, 1 de junio de 1844, p. 74.

[6] La Piedra, Valparaíso, 30 de agosto 1879, año VIII, Nº 29, p. 182. Citado por: Javier Castro. “David Trumbull, entre masonería y protestantismo: la conformación del frente anticlerial en Chile a fines del siglo XIX”. En: Religião & Sociedade. Vol. 33, Nº 1, Rio de Janeiro,  2013. http://www.scielo.br/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0100-85872013000100006 (revisada en agosto de 2017).

[7] En alusión “a Pirro, rey de Epiro, que derrotó en el año 279 a. C. a los romanos en Ásculo, pero a costa de sufrir numerosísimas bajas”. En: http://dle.rae.es/?id=TBDNMum|TBGDp5s (revisada en agosto de 2017).

[8] Respecto de la acción política y social desde el cristianismo, me parece pertinente invitar a la lectura de los siguientes textos: Sidney Rooy. “Relaciones de la iglesia con el poder político. Modelo reformado”. En: Pablo Deiros (editor). Los evangélicos y el poder político en América Latina. Buenos Aires, Nueva Creación, 1986, pp. 41-72; David J. Bosch. Misión en transformación. Cambios de paradigma en la teología de la misión. Grand Rapids, Libros Desafío, 2000 (especialmente la lectura del Capítulo Doce: “Elementos de un nuevo paradigma misionero ecuménico”, pp. 451-619); Vishal Mangalwadi. Verdad y transformación: Un manifiesto para naciones enfermas. Tyler, Editorial JUCUM, 2010; Herman Dooyeweerd. Estado e soberania. Ensaios sobre cristianismo e política. São Paulo, Edições Vida Nova, 2014; Timothy Keller y Katherine Leary Alsdorf. Como integrar fé & trabalho: Nossa profissão a serviço do Reino de Deus. São Paulo, Edições Vida Nova, 2014 (pronto B&H publicará una edición en castellano); Darrow Miller et al. Reformulación de la justicia social: Redención de la compasión bíblica. Tyler, Editorial JUCUM, 2015; Timothy Keller. Justicia generosa. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2016.

[9] Jürgen Moltmann. “La ética del calvinismo”. En: Leopoldo Cervantes-Ortiz. Juan Calvino: su vida y obra a 500 años de su nacimiento. Barcelona, Editorial CLIE, 2009, pp. 263, 264.