Reseña de libros: “Misión Integral en la ciudad”, por Raymond Bakke.

Bakke, misión integral

El libro de Bakke es una compilación de conferencias de contenido misiológico. Éstas fueron realizadas por el autor con la finalidad de proveer una lectura bíblica que dé cuenta del significado del involucramiento misionero desde una perspectiva global. Para el autor toda misión involucra un componente internacional, inclusive en aquellas que se llevan a cabo en el país de origen. Es así, que a lo largo de sus conferencias se preocupará de la Missio Dei en un contexto de opresión y violencia, en pobreza y desarrollo, además de la misión mundial y transcultural.

 Según Bakke, el siglo XXI, es el primero desde el siglo V en que el cristianismo, mayoritariamente, no es una religión occidental. Eso debiese reportar, a los creyentes, el desafío de leer la Biblia desde una perspectiva global y no desde una occidental. Es sumamente interesante que el autor trace un paralelo entre el Imperio Asirio y la Iraq de Saddam Hussein y el desprecio que sentían los judíos de los samaritanos, resultado de la mixtura entre israelitas y asirios, con el desprecio de los estadounidenses hacia los árabes. Dice: “Al igual que los judíos aprendieron a demonizar a los asirios y luego a los samaritanos, los estadounidenses han aprendido a demonizar a los iraquíes. Los iraquíes son árabes, y lo único que conocen los medios sobre estos es que son todos terroristas y/o que son todos obesos jeques del petróleo. Por ello, los árabes son las únicas personas de las que uno puede hablar mal en la cultura estadounidense y seguir siendo ‘politicamente correcto’, incluso en la televisión”[1]. Eso es lo que lleva al autor a realizar una lectura del libro de Jonás, para entender la misión en un contexto de opresión y violencia. Jonás es el único profeta viviente en Israel luego de varios años de opresión asiria. Ante el mandato divino de ir a predicar a Nínive, se va en la dirección opuesta de Asiria. Dios le lleva de vuelta a la misión. ¿Qué es lo que impide a Jonás ir a anunciar el mensaje a los asirios? Es su patriotismo. Bakke señala que el profeta “Había envuelto su teología de la misión con la ideología de Israel. Había envuelto su evangelio con su bandera judía. Su Dios era demasiado pequeño. Jonás no tenía ningún amor por el enemigo de Israel, y entendía que tampoco Dios amaba a esas personas”[2]. Su patriotismo le impide ver la soberanía de Dios en la misión, elemento basal de dicha praxis. Tanto así, que en su obediencia forzada, predica la ortodoxia, pero no entiende el mensaje del arrepentimiento, el cual antes de ser pregonado debe sentirse en el corazón. Es tremendamente decidor, que Dios quiera hacer llegar el mensaje de la reconciliación y del perdón al lugar más violento de la tierra. Dios tiene misericordia de dichas personas, que son invisibilizadas por quienes al sentirse elegidos por Dios, se ven a sí mismos como favoritos. Por ello, es que en el reto de Dios a Jonás aparece su amor por los niños y por quienes alimentan a los niños, el ganado, un mensaje mucho más integral de lo que imaginamos. “Dios es un Dios de misión y no de venganza y represalias”[3], dirá el autor. En toda la humanidad podremos encontrar elegidos de Dios, que para nosotros debiesen ser campo blanco para la siega.

En la conferencia sobre la misión en un contexto de pobreza y desarrollo, Bakke hará una lectura acerca de Irán, un pueblo persa. Eso hace que fije su mirada en los textos de Ester, Nehemías y Esdras, que nos muestran la misión de Dios que vuelve a Israel de la diáspora. Estos libros son de carácter sinóptico, ya que presentan tres miradas a un mismo período. Ester y Nehemías, para el autor, proporcionan las bases para un ministerio laico, en los lugares donde no se menciona a Dios. Esto nos presenta un dilema, que en un determinado contexto histórico separó a fundamentalistas de modernistas (liberales o neoortodoxos): ¿cuál es la finalidad de la misión: la transformación personal o la social? Bakke, plantea que la solución a dicha disputa es la unión de los dos principios. Señala que “necesitamos una teología al estilo de la de Filipenses, que es ‘Cristo en nosotros’. Se trata de una piedad o salvación personal: Cristo en mí… el Cristo desposeído que, según Filipenses 2, deja de lado el poder celestial y viene a vivir en mi corazón y me transforma. De esa manera, no voy a la iglesia: soy iglesia”[4]. Pero, a la vez, necesitamos un Cristo como el de Colosenses. Bakke dice que: “El Cristo sobre nosotros es el Cristo poderoso que existe en la plenitud de la Deidad corporalmente. El Cristo colosense es el que puede hacer que huyan todos los poderes y principados”[5]. No sólo se necesitan ministros ordenados en la misión, como Esdras, sino en misiones de largo plazo, generar contactos con la sociedad, traspaso de aprendizajes y tecnologías y encarnarse en la comunidad, como nos muestran los ejemplos de Nehemías y Ester. El segundo tipo de sujetos, según el autor, tendrá acceso a predicarle a todo tipo de sujeto, cualquiera sea su procedencia.

 La tercera conferencia de Bakke propone una provocación sumamente interesante. Y es la idea de pensar la navidad en clave misional. Señala que fue el olvido de la navidad lo que hizo que emergiera el gnosticismo y su encanto por el Cristo de los cielos olvidando su encarnación. Para el autor, los relatos de la infancia de Jesús son una suerte de “introducción al mensaje principal acerca del método y la misión de Jesús en todo el mundo”[6]. Es teniendo presente esto, que Bakke centrará su mirada en las mujeres nombradas en la descendencia de Jesús, las que no serían otra cosa que los “trapos sucios” de la familia. Tamar, tiene descendencia con Judá haciéndose pasar por prostituta; Rajab, es una prostituta que esconde a dos de los espías que fueron a Jericó; Rut, era una moabita, “su legado es Sodoma”[7]; y, Betsabé, que está marcada por la relación adúltera con David. Todas tenían “historias no aptas para todo público”. Lutero fue uno de los primeros en señalar el enfoque misionero de las abuelas de Jesús, señalando que todas ellas eran extranjeras. Tamar y Rajab eran cananeas, Rut moabita y Betsabé hitita como Urías su esposo. Es así que, no sólo las obras de la misión van hasta lo último de la tierra, sino la familia del Maestro procede de lo último de la tierra. Esto no es otra cosa que un mensaje de consuelo, porque inclusive la genealogía de Jesús nos habla de misión, en tanto “Jesús no sólo derramó su sangre por el mundo, sino que heredó sangre de todo el mundo: la sangre del cananeo, el moabita, el hitita y el judío fue derramada en la cruz por los pecados del mundo. En otras palabras, mi Salvador fue un mestizo. Con su cruce de razas, fue el Salvador del mundo”[8]. En definitiva, el cristianismo, a diferencia de otras religiones, nos muestra el esfuerzo de Dios por acercarse a nosotros y no al revés. No podíamos producir nuestra salvación. Fuimos rescatados desde afuera.

 La siguiente conferencia vio en la iglesia de Antioquía, según relata el libro de Hechos, a una comunidad que inventó la misión transcultural. Dicha iglesia concentra en su praxis, parte importante de lo relatado por Lucas, puesto que, por ejemplo, lo sucedido en Pentecostés sería “el momento en que el Espíritu Santo los tocó, la iglesia, en adoración espontánea, se hizo internacional y multilingüe”[9]. Es en la iglesia primitiva que el nombre de Jesús, a diferencia del de Yahvéh en el Antiguo Testamento, se hizo pronunciable. Tanto así que cuando Saulo y Bernabé son comisionados a salir de Antioquía “sólo conocían un tipo de iglesia —una iglesia que pudiera unir una diversidad étnico/racial, socioeconómica y lingüística de la ciudad, que pudiera llegar hasta los necesitados y los perdidos con la misma integridad. Ese es el tipo de iglesia de ciudad que Saulo y Bernabé salieron a plantar. La Iglesia de Antioquía era su modelo”[10]. Este modelo que traduce el mensaje, que es encarnacional y transcultural, debiese ser tenido, según su autor, como paradigma en el contexto de ciudades que viven altos procesos migratorios.

 En su última conferencia, Bakke centrará su mirada en Onésimo, para dar cuenta del costo y drama de la misión. Comienza refiriendo a Martin Kahler, quien en 1909 señaló que “la misión es la madre de la teología”, en tanto es ella la que “obliga a la iglesia a hacerse nuevas preguntas”[11]. Eso hace pensar que los predicadores no sólo debieran preguntarse por el texto que anunciarán, sino también por la audiencia que tendrán. La misión consiste en rascar a las personas, en el nombre de Jesús, con precisión donde les está picando. Eso es lo que nos muestra el caso de Onésimo. Pablo no sólo invierte tiempo en hablar con Filemón para que éste restaure a quien le ha dañado, sino que está dispuesto a pagar el daño que Onésimo hizo. Frente a esto, el autor dirá: “Sí, el discipulado es caro. Reclutar y evangelizar a las personas en necesidad y en situación de riesgo siempre nos cuesta, como estoy seguro que muchos misioneros les pueden decir con lujo de detalles. Uno nunca deja de pagar por los conversos, de un modo o de otro. La misión tiene que ver justamente con eso. Es un llamado para el resto de su vida, y más vale que sus presupuestos comiencen a reflejar eso. Ustedes no pueden evangelizar sólo con un ‘toco y me voy’: la evangelización de ciudades sólo se establece a un alto precio”[12]. El alto precio involucra tanto el gastar la vida como todos los recursos de los que se disponga. En otras palabras, salir de la posición de comodidad por la entrega del mensaje de Cristo.

 Quisiera, para concluir, reflexionar en algunos planteamientos de Bakke que nos permitirán pensar en la misión desde una perspectiva global:

 a. Bakke plantea que “La misión en el contexto de la violencia y el terrorismo requiere una manera de pensar acerca de un Dios soberano a quien le importan las personas por quienes nosotros no sentimos ningún agrado”[13]. ¿En cuántas ocasiones nos hemos sentido sólo dispuestos a comunicar el evangelio a personas que parecen iguales a nosotros, discriminando a otros no sólo étnicamente, sino política, cultural, social, económicamente? El caso de Jonás nos confronta, puesto que en algunas ocasiones deberemos presentar el evangelio, sintiendo en el corazón el arrepentimiento y el perdón, de quienes por distintas razones históricas se constituyeron en nuestros enemigos. Debemos tener sumo cuidado en considerar que la elección nos constituye en favoritos, cuestión que regularmente trasunta en fanatismos que hacen de las iglesias ghettos virtuosos donde nadie más tiene cabida.

 b. El autor señala: “Jamás realicen un ministerio social y olviden dar un testimonio personal del evangelio a los pobres —o viceversa. La misión tiene que hacer ambas cosas porque los pobres necesitan esa doble esperanza: liberación personal y liberación pública”[14]. Lo que nos hace relevantes como cristianos es el mensaje de Jesús, mensaje que procura la redención de todas las cosas. Las separaciones dicotómicas no se condicen con el pensamiento reformado que ve en el cuerpo la expresión espacio-temporal del alma, por ende, en las condiciones materiales de existencia también cabe la redención. Todo debe ser sometido a los pies de Cristo, por ende la tarea nuestra es coadyuvar a la consumación del Reino.

 c. “La historia de Navidad trata de un inmigrante intercontinental llamado Jesús, que nació en un establo prestado, vivió en el África, volvió para ser asesinado como criminal y enterrado en una tumba prestada, pero que resucitó de entre los muertos y ahora es el Salvador triunfal del mundo. Como ven, no contamos la historia de la Navidad de esta manera. La hemos envuelto en oropel de clase media. Hemos difamado la historia. La hemos sacado de su contexto misional”[15]. La encarnación de Cristo no es sólo un hecho teológico, sino también misiológico. Nuestra constante lucha aspiracional nos hace olvidar que el Maestro de Galilea se vistió de pobreza siendo rico. Ese vestirse no fue simplemente un acto estético, sino ético. Fue el ejercicio empático que debiese motivarnos a nosotros también a renunciar a prestigio, fama y poder por estar con-y-en el mundo de quienes son los potenciales receptores del mensaje. ¿Estamos dispuestos a ese acto de renuncia que mata nuestro ego para que nuestra vida sea Cristo?

 He querido centrar este espacio final en estas reflexiones más que en un cuestionamiento de la lectura de Bakke, porque sus palabras me han confrontado. Más que una lectura técnica ha sido una voz de alerta, un recordatorio de que mi paso por el Seminario no es para ser un teólogo profesional, sino para ser un pastor. Un pastor que no rehúye, en la cara metáfora de Juan A. Mackay el balcón, pero que se deleita estando en el camino. Un pastor que huele a oveja tanto como a libros y papeles. Un pastor que lee tanto su Biblia como los signos de los tiempos.

Luis Pino Moyano.


[1] Raymond Bakke. Misión integral en la ciudad. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 2002, p. 12.

[2] Ibídem, p. 13.

[3] Ibídem, p. 28.

[4] Ibídem, p. 33.

[5] Ibídem.

[6] Ibídem, p. 54.

[7] Ibídem, p. 58.

[8] Ibídem, p. 65.

[9] Ibídem, p. 73.

[10] Ibídem, p. 85.

[11] Ibídem, p. 99.

[12] Ibídem, p. 114.

[13] Ibídem, p. 28.

[14] Ibídem, p. 52.

[15] Ibídem, pp. 67, 68.

Reseña de Libros: “Igreja? tô fora!”, de Ricardo Agreste.

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Igreja? tô fora![1], del pastor presbiteriano Ricardo Agreste es un libro que nos presenta de manera breve, sucinta y provocativa una serie de principios respecto a las iglesias en un contexto posmoderno y urbano. La idea del autor es que los lectores reconozcan sus comunidades desde adentro hacia afuera, es decir, sus prácticas, postulados y su diálogo con la cultura y los sujetos, lo que hace necesario plantear la necesidad de configurar y repensar la iglesia desde un prisma misional.

Agreste comienza enunciando el contexto de producción del libro. Se trataría de varias conversaciones con personas que nunca han tenido una relación con la iglesia, las que han relevado un gran interés por conocer de Dios y sus principios, pero, a la vez, aversión por la iglesia. Es la lógica de gustar de Jesús, pero no de sus seguidores. Existen varias razones, según el autor, para el desarrollo de dicha resistencia a lo eclesial: a) muchas personas tuvieron una mala experiencia en una iglesia en su infancia; b) en otras ocasiones, a pesar de aceptar alguna invitación a asistir a una iglesia la experiencia fue desagradable; c) por otro lado, algunas personas han tenido una mala experiencia con personas que frecuentaban una iglesia; y d) sumados los problemas de imagen de la iglesia, producidos por los casos de pedofilia o de escándalos financieros en las iglesias católica y evangélica. A pesar de este dificultoso momento, que ha ido en desmedro de la membresía católica, se ha podido ver en Brasil un explosivo crecimiento de las iglesias evangélicas. Ello debiese trasuntar en que la iglesia deje la insensibilidad y de mirarse a sí misma y entender que su labor principal está fuera de ella. En el contexto posmoderno y urbano, la iglesia debe asumir el compromiso de mantenerse fiel a la persona y al mensaje de Jesús y construir una iglesia más relevante culturalmente.

Lo anterior debe llevarnos a repensar la iglesia. Y allí resulta sumamente importante que dentro de nuestra propia comprensión nos sepamos pecadores, pero que nuestra identidad está en Cristo, quien nos llama santos. Con eso, no proclamamos nuestras virtudes, sino las de Cristo que nos ama, perdona y restaura. Agreste dirá que lo que nos capacita para estar en la iglesia no es nuestro currículum anterior. Entender eso, es entender la esencia misma del evangelio. Eso hace que no brindemos falsas expectativas de una fuerza y potencial humano, porque podemos notar, con el autor, que el pasado deja huellas, que el presente trae profundas luchas, pero en el Padre aguardamos con esperanza la redención final de todas las cosas. Es Dios es quien nos ha lavado, justificado y santificado, lo que capacita a la iglesia a vivir intensamente en esa gracia y actuar también de manera graciosa, cuidando a los hermanos y hermanas en la común fe.

Esta autocomprensión nos permite hacer el otro ejercicio, mirar hacia afuera, a la cultura. Agreste, desde el pensamiento reformado dirá que la cultura es resultado de la producción humana, y que los seres humanos son racionales, relacionales y creativos. Por ende, en la cultura podemos encontrarnos tanto con la imagen y semejanza de Dios, como con la desconexión valórica y práctica con el Creador, la diada de la creación y la caída. El autor señalará que comunicamos el mensaje de Dios a hombres y mujeres insertos en la cultura. Ahora bien, dicho acercamiento no es pasivo, sino es profundamente activo, crítico. Señalará que la cultura configurada por la sociedad capitalista occidental está marcada por la producción bienes y servicios. Eso amenaza nuestro entendimiento. Somos consumidores y consumidos, dirá Agreste, lo que hace recordar la fórmula del sociólogo chileno Tomás Moulian en El consumo me consume. Muchas iglesias han caído en esa vorágine, tanto así que se ven como prestadoras de servicios, sus pastores se transforman en gerentes y sus membresías en consumidoras de lo que éstas pueden ofrecerle. Esto no puede seguir siendo así. Nuestro acercamiento hacia afuera debe resistir a dicha cultura. ¿Cómo? Rindiéndonos a Dios y experimentando la transformación conforme a su voluntad, no conformándonos a este siglo, sometiéndonos a la mente de Cristo, dejando de lado nuestros sofismas. El sometimiento total es la base de nuestra contraculturalidad. Y dicho sometimiento permite el reconocimiento de otros, cuestión también contracultural, puesto que la interdependencia de la vida comunitaria, no es una casualidad, es un mandato. La práctica de la espiritualidad siempre es con otros creyentes.

La mirada hacia afuera, nuevamente trae la mirada hacia adentro. En primer lugar, esta nueva mirada a la que invita Agreste se centra en los líderes. Él plantea que lo que distingue a los líderes no son los carismas, sino su carácter. Por ello, la existencia de falsos profetas y de autodenominados apóstoles no debiera conducir a las congregaciones a una vida disoluta, sino a tomar la determinación de participar en comunidades que practican una espiritualidad consistente y madura, de tal manera que el paso conducente sea la aceptación y el sometimiento a la autoridad de pastores que basan su enseñanza y práctica en la Escritura. En segundo lugar, el autor planteará que las iglesias cristianas son lugares en las que se reúnen personas que reconocen su impotencia y por eso se someten a la gracia de Dios. En tercer lugar, y a partir de una lectura al libro de Hechos, señalará que la iglesia está pensada para los de afuera, siguiendo la lógica de Bonhoeffer. Esta comprensión, conlleva a la idea de una iglesia que está en permanente movimiento y progreso y que es capacitada y guiada por el Espíritu Santo. Todo esto debiese provocar que constantemente la iglesia repiense sus formas y estrategias en diálogo con la cultura. Nunca nuestra agenda debe suplir la acción del Espíritu, recordando el modelo antioqueño registrado por Lucas: una iglesia caracterizada por la diversidad cultural, por la unidad de propósito y por su compromiso con la agenda de Dios. Nuestra tarea está, entonces, en romper todas las barreras culturales para que los hombres y mujeres acepten el evangelio. Todo eso lleva a concluir a Agreste que el modelo de la iglesia no debe ser un hospital ni una pequeña empresa. El modelo debe ser misional, lo que conlleva a centrarse en la naturaleza de la iglesia, a transformar a los pastores en mentores y a los miembros en discípulos, lo que hace que el papel principal del pastor se dé en el equipamiento y que la relación con los miembros de la comunidad esté mediada por la enseñanza. Se trata, entonces, de una iglesia que es sensible a la cultura, reconociendo en ella sus peligros y oportunidades, produciendo vidas maduras, crecimiento integral, multiplicación y una disciplina que restaura. En definitiva, una iglesia cuyo centro está en el Dios de la misión.

En definitiva, el libro de Agreste es una invitación. Una invitación a repensarnos como comunidades eclesiales. Estamos viviendo un tiempo al cual debemos dejar de ver como problemático, con delirios de persecución, o con sentido de ghetto virtuoso. Debemos, más bien, centrar nuestra mirada en las oportunidades que tenemos y en el potencial de la iglesia para impactar la cultura. Potencial que no está dado por las capacidades propias de sus líderes y miembros, porque acá no se trata de encontrarnos con “el campeón que hay en ti” y todo ese discurso de autoayuda que prevalece en muchas congregaciones, sino en la fuerza del Espíritu Santo que capacita y orienta a la iglesia.

Quizá ahí esté uno de los principios más importantes de la propuesta del autor: nuestra imbricación con la agenda de Dios. No son nuestros planes, metodologías ni siquiera nuestro diálogo intercultural lo que produce nuestra relevancia, sino nuestra fidelidad a Cristo y a su mensaje. La pregunta es, ¿cuánto tiempo pasamos más preocupados en nuestros tiempos, agendas, estrategias que en los planes de Dios, tanto que la iglesia que buscamos plantar o revitalizar se transforma más en una obra nuestra que en la de Dios? Cualquier pregunta metodológica que sustituya a la fidelidad del mensaje es una traición y no una traducción. La idea es “poner el sentido” del texto que anunciamos tal y como lo que hacía Esdras y los sacerdotes al leer la Ley al pueblo.

Esta autocomprensión es la que nos permite volcar nuestra mirada hacia afuera y resemantizar nuestras prácticas en clave misional. Aquí no se trata de ser atractivos simplemente, sino de serlo con contenido y no huérfanos del sentido. Es la comprensión del mensaje de la gracia lo que orienta nuestro trabajo no sólo a la confrontación, sino al perdón y a la restauración. Se trata de llevar el agua viva a quienes tienen sed, rompiendo las barreras que impiden a dichos sujetos tomar de esa agua para saciarse y vivir la transformación.

Quienes estamos involucrados en la plantación de iglesias, no encontramos en las palabras de Agreste un parloteo vacuo. Por el contrario, nos encontramos con herramientas que nos llaman a pensar desde nuestros propios contextos y realidades dicho ejercicio.

Luis Pino Moyano.

[1] Ricardo Agreste. Igreja? tô fora! Sao Paulo, SOCEP Editora, 2007.

Reseña de Libros: “Caminos olvidados. Reactivemos la iglesia misional”, de Alan Hirsch.

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Alan Hirsch busca con su libro[1] hacer emerger una expresión “más auténtica” de la iglesia, en un contexto de grandes cambios culturales, experimentados fundamentalmente en los últimos cincuenta años. Y lo hace desde una presuposición: da por sentado la existencia de un paso a la posmodernidad o a la modernidad líquida. Eso hace entender el giro deconstructivo que propone, para el cual hay que cavar hondo y tomar decisiones radicales que construyan un nuevo paradigma para la iglesia. Dicho nuevo paradigma debe ser configurado en clave misional, puesto que cuando la iglesia “cumple su verdadero llamamiento, cuando se ocupa de lo que Dios se ocupa, es con diferencia la fuerza más potente de cambio y transformación que se haya visto jamás en el mundo”[2].

 Para el autor es sumamente importante tramar un paralelo con la iglesia primitiva, en clave restauracionista. Señala que ésta vivía en clandestinidad, que no edificó templos, que sus miembros no tenían las Escrituras como las conocemos (no estaba cerrado el Canon), que no eran una institución ni tenían un liderazgo profesional, que no disponían de una agenda de actividades como las del presente y, además, tenían un riguroso proceso de catecumenado. Lo que explica su crecimiento constante y exponencial es su “Carácter Apostólico”, cuyos elementos son definidos como ADN misional (ADNm). Los elementos constituyentes del ADNm son: Jesús es Señor; Hacer Discípulos; El impulso misional-encarnacional; el entorno apostólico; los sistemas orgánicos; Communitas, no comunidad. Para Hirsch es importante declarar que todo el pueblo de Dios porta la fuerza transformadora de los primeros cristianos y que es el vigor misional lo que trae renovación a la iglesia. Ergo, la tarea se trata de revitalizar la iglesia. Y dicha revitalización coadyuva a la construcción de una iglesia que planta iglesias y cuya metodología es intercultural, rompiendo con los modelos de “talla única”.

 Por su parte, para Hirsch, el estar centrados en Jesús conduce a la adoración, al discipulado y a la misión. Dicho discipulado consiste en el proceso de aprendizaje de la misión de Cristo y de llevar a cabo su tarea. Esto requiere una profunda renovación que va de lo tangible a lo intangible, rompiendo con todo centralismo y estructura anquilosante de tal manera que la mayoría de la iglesia estuviese involucrada en la responsabilidad de seguir las pisadas de Jesús mediante el discipulado. Esto invita a una rebelión santa, a romper con la idea obsoleta de la iglesia, a romper con el constructo de la Cristiandad. Todo esto, porque “Parece ser que el patrón de esta versión altamente institucional del cristianismo ha empapado de tal forma la psique colectiva, que inadvertidamente la hemos llevado más allá de la crítica profética. Hemos divinizado de tal manera este modo de iglesia a través de siglos de teología sobre la misma, que hemos acabado por confundirla con el Reino de Dios”[3]. La historia sofocante de los sistemas debe ser sustituida por una historia alternativa que conduzca a la sustitución de paradigmas. Se trata de una revolución al estilo Einstein, de hecho, Emerging Misional Church, lleva la sigla EMC. La creatividad y el espíritu vanguardista deben caracterizar este tipo de iglesia. Pero, además, es un reconocimiento a la obra del Espíritu Santo, en tanto él colocaría la M de misional a la iglesia emergente. Para Hirsch, eso hace que ésta no sea una moda. Para el autor, “el principio organizativo auténtico y verdadero de la iglesia es la misión. La iglesia es verdaderamente iglesia cuando es misión”[4]. Esto es, según el autor, aferrarse al evangelio y desatar su poder transformador.

 También Hirsch se esfuerza por buscar un paralelo con la iglesia clandestina en China. Dirá que “en una iglesia clandestina hay que librarse de todo el desorden de las innecesarias interpretaciones tradicionales y de la parafernalia teológica. No hay ni tiempo ni capacidad interna para mantener los dogmas y las pesadas teologías sistemáticas. Hay que ir ‘ligero de equipaje’”[5]. Es la cristología sencilla la que conduce a una fe bíblica en que salvación y el señorío están ligados. Para el autor no se debe limitar a Dios de manera dualista a la presencia en un espacio sagrado, ya que todas las cosas deben ser puestas bajo el reinado de Cristo.

 Otra de las preocupaciones del autor tiene que ver con el liderazgo. El tal debe desarrollarse de tal manera que esté imbricado a la misión, cuyo catalizador es el discipulado. Este seguir las pisadas de Jesús está siempre ligado “con la idea de convertir a los seguidores en líderes por derecho propio”[6]. La tarea es la encarnación. Hacer que la gente viva en los evangelios. En el ministerio encarnacional se da una presencia constante, proximidad, carencia de poder y proclamación. El líder salvaguarda el mensaje, expande el cristianismo y siembra en ADNm. Por ello, “plantar una nueva iglesia, o rehacer una de existente, según este enfoque no tiene mucho que ver con locales, alabanza, cultos, tamaño de la congregación o cuidado pastoral, sino más bien con engranar a toda la comunidad en torno al discipulado natural entre amigos, la adoración como estilo de vida y la misión en el contexto de la vida cotidiana”[7]. Es esta estructura de red la que cuida al proyecto de caer en un institucionalismo religioso. Y, como está la comparación con la iglesia perseguida se fomenta la sustitución de la comunidad por la communitas. Dice Hirsch: “la communitas se da cuando los individuos se ven forzados a encontrarse mutuamente por medio de una experiencia común de ordalías, humillación, transición o marginación. Comporta intensos sentimientos de unidad social y de pertenencia como resultado de haber tenido que confiar unos en otros para poder sobrevivir”[8].

 Es difícil no estar de acuerdo con varios de los postulados referidos por Hirsch en su libro. El acercamiento a la iglesia primitiva, en tanto paradigma bíblico, como el carácter misional marcado por un discipulado capacitador, es relevante. Su crítica al peso de la institucionalidad, en tanto anquilosa toda posibilidad de movimiento no deja de tener razón. En ese sentido, la propuesta de Hirsch no debe ser dejada de lado del todo.

 Pero hay una serie de elementos tensionantes. Eso de hacer tabula rasa de la historia del cristianismo, en pos de un supuesto restauracionismo, es como tirar el agua de la tina junto con el bebé. Es como la aspiración de la modernidad por volver a la herencia greco-latina llamando oscurantismo y adolescencia (Edad Media) a todo el largo período intermedio. No es menor que los reformadores, entre ellos Juan Calvino, buscase rescatar dicha herencia de aquello que Hirsch llama Cristiandad, que es con todo lo que hay que barrer en “santa rebeldía”. ¿Con qué finalidad? Con la finalidad de construir organismo y no institución. ¿Acaso la iglesia emergente, con su molde de excavación y rescate, no es también una institución, con pesados y sólidos roles? Es precisamente, esa presuposición de la existencia de una condición posmoderna, lo que obnubila que mucho del contexto actual es radicalización de la modernidad, en tanto la retórica de la no retórica se constituye en otra retórica. En este caso la no retórica es el organismo y la retórica la institucionalidad. La ortodoxia y la solidez de lo relativo es tremendamente pesada y limitante para quienes la experimentan.

 Mención aparte merece la comparación con la iglesia clandestina. Es sumamente facilista construir una analogía ahistórica y carente de todo correlato empírico con la realidad desde la comodidad que viven los miembros de la communitas, construyendo una clandestinidad con sabor a cuarto de libra con queso y Coca-Cola. ¿Hasta qué punto este rescate es sólo ideológico que critica a Estados pero obnubila el accionar de otros en el sueño americano?

 En síntesis, son muchas dudas para un libro que buscaba traernos sólo certezas.

Luis Pino Moyano.

 

[1] Alan Hirsch. Caminos olvidados. Reactivemos la iglesia misional. Edición Digital tomada de http://es.scribd.com/doc/36844334/Caminos-Olvidados-Allan-Hirsch (Revisada en: octubre de 2013).

[2] Ibídem, p. 7.

[3] Ibídem, p. 45.

[4] Ibídem, p. 78.

[5] Ibídem, p. 83.

[6] Ibídem, p. 119.

[7] Ibídem, p. 193.

[8] Ibídem, p. 235.