¿Por qué este nuevo blog?

"Caminante", Fabio Avila.

“Caminante”, Fabio Avila.

Hace varios años atrás, iba en una micro, de esas nunca bien ponderadas amarillas, rumbo a la que era mi casa en Puente Alto. Recién había adquirido un diccionario en una librería de calle Amunátegui. Me gustó mucho la presentación que Alfonso Ropero hacía de dicho texto de consulta, escrito por el ex sacerdote Francisco Lacueva. El prologuista presentaba al autor como alguien que no era discípulo de uno mismo. Esa expresión, “no ser discípulo de uno mismo”, la fui masticando, hasta que llegué a la convicción de hacerla mía.

En esa convicción he vivido ya varios años. Aunque debo declarar que no ha sido fácil y que no siempre mis decisiones, respecto a pensamientos anteriores, han sido las mejores. Por lo que me he visto obligado nuevamente a reformular opiniones, criterios, inclusive más, demoler todo para pararme desde otro “lugar de producción”, desde otra “cosmovisión”. No quiero adelantarme mucho, pero quiero decir que mi trabajo con jóvenes, en la predicación y enseñanza en la Iglesia Pentecostal Naciente; mi paso por el Instituto Bíblico Nacional, lo que me llevó a tomar mis primeras armas en la teología; mi encuentro con Vladimir Pacheco el año 2001, con quien conocí a Calvino más allá de los típicos prejuicios; mi paso por la Universidad Academia de Humanismo Cristiano, donde fui formado en la disciplina historiográfica; la decisión de tomar otra vereda eclesial, en Puente de Vida, que me ha hecho encontrarme con el evangelio y con la reforma constante a la luz de las Escrituras; mi breve paso por el Seminario, que espero retomar con mayor compromiso; la familia consanguínea con quienes crecí, las conversaciones y luchas interminables con mis amigos Pablo y Cristian, la familia que formamos con Mónica y que hoy integran Miguel y Sophía… todo eso ha sido parte de un largo proceso reformacional. Mi proceso reformacional, como le llamo. Proceso que no ha concluido aún. Pero en el que seguiré caminando, confiando y viviendo en-y-por la gracia cara de la que hablara hace muchos años Bonhoeffer.

Todavía estoy en deuda, creo. Me falta escribir algo con más detalles sobre este proceso del que les hablo. Cuando lo escriba, estará aquí, en este blog. Y me encargaré de que llegue a una serie de personas con las que comparto la vida, el pensamiento, la fe, tanto en el balcón como en el camino, porque contradiciendo-complementando a Mackay, no tiene porque trazarse una oposición binaria entre ambos.

Hace unos meses atrás cerré por un tiempo mi Facebook. La idea era dar un paso al costado y marcar un quiebre. Un antes y un después en este camino. El comenzar este blog es otro paso. Es interesante que no parta ex nihilo. He tomado una serie de posts de otros blogs. Blogs que cerraré pronto y que son (¡fueron!) una muestra contundente de cómo estaba viviendo mi cristianismo. Un cristianismo que no era relevante, porque no tenía nada que decir para el aquí y el ahora. Que separaba el “Interpretando para Transformar” del “Pensar y vivir la Fe”. Eso es dualismo. Es no vivir bajo las enseñanzas del Maestro de Galilea, quien reclama no una parte de la vida, sino la vida toda. Incluso, radicalmente, la muerte, para así encontrar la vida. De un tiempo a esta parte, traté de conciliar esto, poniendo los mismos posts en ambos blogs. Pero había que hacer algo más radical. Porque si la mano, al decir metafórico de Cristo, es ocasión de caer, hay que cortarla. Este blog es ese corte. He rescatado 16 “entradas”, de más de cuatrocientas, teniendo como criterio selector, aquellas en las que se percibe la transversalidad cosmovisional. Algunas de ellas puede que tengan ripios, pero espero que sólo sean parte de ese camino, de ese proceso reformacional que aún no termina, y que gracias a Dios no vivo solo, sino con la comunidad de fe, quienes cumplen su labor de edificación.

Hoy este blog, se hace parte de aquello que dijera Abraham Kuyper:

“No hay un centímetro cuadrado en todo el dominio de la existencia humana sobre la que Cristo, quien es soberano sobre todo, no proclama: ‘¡Es mío!’”.

En Cristo, Luis Pino Moyano.

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