#NiUnaMenos. Pensando en voz alta.

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* Publicado posteriormente en Estudios Evangélicos.

“Mis venas no terminan en mí,

sino en la sangre unánime de los que luchan por la vida,

el amor, las cosas, el paisaje y el pan, la poesía de todos”

(Roque Dalton).

“¡Ni una menos!”, un grito desgarrado, doliente, rabioso… necesario. Tan necesario que se hace evidente lo urgente de una reflexión profunda, detenida, que implique acciones coherentes con el discurso. Es decir, hacer que el “Ni una menos”, sea más que un hashtag que se transforme en trending topic de la red del pájaro azul, o en el eslogan de una campaña, o el emblema de una marcha o movilización como la que se realizará esta noche (19-10-2016), en varios lugares del país, como en el extranjero.

 Respecto a lo anterior, decir que en la sociedad de lo transparente todo urge por ser mostrado en la careta pública, el muro de la red social. Hay una compulsión por decir y estar a tono con lo que ocurre. Lamentablemente, lo que ocurre es lo que suena, lo que aparece en los medios, lo que es trending topic, o asegura muchos likes. #JeSuisCharlie, a propósito del atentado sufrido por la revista Charlie Hebdo en enero de 2015, fue la muestra mayor, a mi gusto, de este ser políticamente correctos en la virtualidad. Pura moda decadente que no tiene correlativa con la realidad cuando el mismo Charlie Hebdo se reía de los inmigrantes sirios. La visibilización es necesaria, pero es un camino corto e inconcluso si no tiene aterrizaje a la realidad y queda simplemente como una foto colgada en la web. Se asume la pancarta de moda, pero en el cotidiano no se establecen relaciones significativas y coherentes con lo dicho, y se aplasta con palabras y acciones a quienes nos parecen diferentes. Por otro lado, y en el mismo tono, resulta aberrante que el criterio de evaluación de las luchas por mejores condiciones de vida se realicen en torno a lo que se publica o no en las redes sociales, o si se puso una bandera traslucida en la fotografía de perfil o en el avatar, o una imagen ad hoc.

 Cuando uno señala esto se corre un riesgo: pensar que se está en contra del grito, en este caso, de “¡Ni una menos!”. Nada más lejos de mi intención al plantear esto. De hecho, mi crítica es a la banalización del discurso y no al repudio de la violencia machista. De hecho, me parece carente de sentido y vulgar que, a modo de contrarrestar la campaña del #NiUnaMenos, aparezca el hashtag o imágenes con un #NadieMenos. Sin lugar a dudas, creo y pujo, por un “ni una menos” al igual que un “nadie menos”. No veo la contradicción en ello. Pero sí resulta ofensivo no ponerse en el lugar de quienes sufren estructuralmente mayor violencia, jugar a la lógica del empate y reducir a consigna y panfleto algo que no se vive en la cotidianidad.

 De mi parte valoro y reconozco aportes que ha realizado el feminismo, en sus diversas corrientes, al análisis social y a las prácticas políticas y societales, sobre todo de la primera ola del feminismo. Hablo además, del feminismo reflexivo y político, y no del discurso vulgar que repite entelequias sin sentido. Como también, huelga decir, soy crítico de los fundamentos e implicancias de ciertos discursos, sobre todo emergidos de quienes son mayoritariamente tributarias de la segunda y tercera olas del feminismo, de la instalación artificial y ahistórica de un patriarcado esencializado y de la innecesaria fragmentación práctica que es mala consecuencia de la fragmentación analítica. Pero en esta hora, dichos análisis críticos están de más. Resulta insensible, carente de empatía y hasta vergonzante, que no se tenga la disposición a lo menos de comprender la reacción frente a la violencia machista constante que sufren las mujeres, que adquiere ribetes estructurales, como dije anteriormente. Lucía Pérez, de 16 años violada, empalada y asesinada hace unos días atrás en Argentina; Florencia Aguirre, de 9 años, asesinada y quemada por su padrastro en Coyhaique el sábado pasado; Lorenza Cayuan, mujer mapuche, quien dio a luz esposada y con tres gendarmes vigilándola; todos estos hechos y estas mujeres han salido a la luz en menos de una semana y son razón más que suficiente para protestar contra esto.

 Insistamos en esto: hoy no cabe ni buscar las contradicciones respecto al constructo masculino y las tensiones del ser hombre en una cultura como la nuestra. Tampoco el debate sordo desde el cristianismo con la “ideología de género” es oportuno en este momento. Dejemos la victimización a un lado y la acentuación en la antítesis cosmovisional, que suena muy ortodoxa, pero que no abraza el dolor del Otro como propio, haciéndonos parecer más fariseos que buenos samaritanos. Como señalé en otro lugar, una cosa es reaccionar, y otra cosa es ser “reaccionario”. La fe evangélica no es meramente reaccionaria. La fe evangélica es viva, propositiva, proyectiva. Reacciona frente a la ofensa, la distorsión y la perversión; pero, a la vez, piensa su fe, vive lo que cree y confiesa, y actúa glorificando a Dios y extendiendo su Reino.

 Cuando veo esto, pienso, en primer lugar, en el relato de Génesis 38, que nos muestra la historia de una mujer llamada Tamar. Ella fue una mujer abusada sexualmente y vejada socialmente. Pero la historia no termina allí. Ella, explícitamente en el texto, es amada por Dios, a quien se le ve enojadísimo por esos actos injustos y opresores, trazando una historia en la que ella es justificada no sólo religiosamente sino que, también, socialmente, lo que se traduce en un acto reivindicativo de esta mujer. Además, misteriosamente y en un acto de gracia, Dios incluye a esta mujer en la genealogía de Jesús. ¿Qué nos muestra este texto? Que el libro que sin ser leído ni estudiado y que ha sido declarado como un texto que subyuga a la mujer y fundamenta su opresión (es decir, imponiendo sobre él un estereotipo cargado de violencia), dice algo totalmente distinto: que Dios ama a las mujeres, que las ha creado a su imagen y semejanza por lo que su dignidad no está puesta en duda, que jamás se les ha subyugado a una posición inferior en la Biblia y que, por sobre todas las cosas, Jesús de Nazaret también les ha redimido, libertado de cualquier cautividad y esclavitud de la cual sistemas y hombres cobardes y pusilánimes les han impuesto.

 Y pienso también en el texto de Gálatas 3:26-28 que me correspondió predicar hace unas semanas atrás. Dice Pablo: “Pues por la fe en Cristo Jesús todos ustedes son hijos de Dios, ya que al unirse a Cristo en el bautismo, han quedado revestidos de Cristo. Ya no importa el ser judío o griego, esclavo o libre, hombre o mujer; porque unidos a Cristo Jesús, todos ustedes son uno solo”[1]. El texto que escribe el apóstol es sumamente contracultural. Para el tiempo en que fue escrito, quienes no eran judíos eran considerados “perros”, y aunque fuesen prosélitos de dicha religión, nunca llegaban a ser considerados “hijos de Abraham”; por su parte, la sociedad grecolatina, tenía un desprecio profundo por los esclavos, a los que consideraban un “implemento animado”; súmese tanto para judíos y gentiles, la extrema jerarquización que dejaba a la mujer en completa inferioridad. Todas estas distinciones deben ser abandonadas porque todos somos iguales en Cristo. Dios, en su pueblo, elimina las barreras culturales, sociales y de género, lo que se traduce en que ninguna distinción humana sirve como ventaja en términos de salvación.

 Pero hay un detalle, que es contracultural en dicho texto para el presente. Hay algunas tendencias de moda, que se molestarían mucho con respecto al uso de la palabra “hijos de Dios” y que no se hable, también, de “hijas de Dios”. Aquí me gustaría citar a Timothy Keller, quien comentando este texto y en diálogo con la cultura actual, señala que esa preocupación genera el perderse la “naturaleza revolucionaria” y “radicalmente igualitaria” de la expresión. Dice: “En la mayoría de las culturas antiguas, las hijas no podían heredar propiedades. Por lo tanto, ‘hijo’ significaba un ‘heredero legal’; lo que era un estatus prohibido para las mujeres. Pero el evangelio nos dice que todos somos hijos de Dios en Cristo. Todos somos herederos. De manera similar, la Biblia describe de forma conjunta a todos los cristianos, incluyendo a los hombres, como la ‘novia de Cristo’ (Apocalipsis 21:2). Dios es imparcial en Sus metáforas de género. Los hombres son parte de la novia de Su Hijo; y las mujeres son Sus hijos, sus herederos. Si no dejamos que Pablo llame a las mujeres cristianas ‘hijos de Dios’, perdemos lo radical y maravillosa que es esta afirmación”[2].

 La Biblia no da lugar al machismo, no fundamenta la opresión ni la marginación de las mujeres. También genera una base mucho más rotunda para condenar la idea que justifica o busca paliar el daño realizado, cuando se dice que “las mujeres provocan a los hombres con sus vestidos cortos y bla bla bla”. Cuando Jesús habla del adulterio que se produce en el corazón, da una base trascendental-religiosa contra este tipo de abuso comunicacional (véase Mateo 5:27-30). Ni maltrato, abuso, violación, acoso sexual privado ni callejero ni infidelidad son avalados por el Dios de la vida revelado en la Escritura. Por eso, es mi anhelo que el Cristo Redentor, autor y consumador de la fe, bendiga grandemente a las mujeres, y que nos responsabilice y ayude, como hombres y sociedad, en la tarea de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Él tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas…

 Cada día tiene su propio afán, nos planteaba Jesús (Mateo 6:34). Ni una menos, nadie menos. Pero hoy, en este caso, el grito unánime, acompañado de la acción correspondiente, sin lugar a dudas, debiese ser NI UNA MENOS.

 Luis Pino Moyano.


[1] Tomado de la Biblia Dios habla hoy.

[2] Timothy Keller. Gálatas para ti. Medellín, Poiema Publicaciones, 2014, p. 96.

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Amistad & Reciprocidad.

J.R.R. Tolkien, C.S. Lewis, Charles Williams. Tres amigos.

J.R.R. Tolkien, C.S. Lewis, Charles Williams. Tres amigos.

La amistad nunca es desinteresada, pues siempre requiere de retroalimentación y RECIPROCIDAD. Es en el acto de dar-recibir-dar que la amistad cumple su objetivo: vivir mejor en el otro. Si sólo se recibe, la amistad y la comunidad es puro parloteo vacuo. Palabras, bonitas, pero cero acción.

 Reciprocidad no es dar un kilo y recibir un kilo. Es dar de lo que uno tiene. Eso permite la sensación de estar completo en la amistad. Un buen ejemplo de esto es el planteado por C.S. Lewis, respecto a su amistad con Charles Williams y J.R.R. Tolkien:

 “En cada uno de mis amigos hay algo que solo otro amigo puede sacar plenamente a la luz. Por mí mismo no soy lo suficiente grande como para llamar a todo el hombre a la actividad; quiero otras luces aparte de la mía propia para mostrar todas sus facetas. Ahora que Charles ha muerto, nunca veré de nuevo la reacción de Ronald [Tolkien] a una broma específicamente de Carolina. Lejos de tener más de Ronald, teniéndolo ahora ‘para mí solo’ cuando Charles se ha ido, tengo menos de Ronald. De aquí que la verdadera amistad es el menos celoso de los amores. Dos amigos se deleitan cuando se les une un tercero, y tres por un cuarto […] No poseemos menos a cada amigo, sino más, conforme aumenta el número de aquellos con quienes lo compartimos. En esto, la amistad exhibe una gloriosa ‘cercanía por similitud’ con el cielo […] Porque cada alma, viéndole a ÉL a su propia manera, comunica esa visión singular a todos los demás. Por eso dice un viejo autor, es que los serafines en la visión de Isaías claman ‘Santo, Santo, Santo’ unos a otros (Is 6:3). Cuanto más compartamos así el Pan Celestial entre nosotros, más tendremos todos nosotros”[1].

 Léase también: “Algunas palabras sobre la amistad”.

[1] C.S. Lewis. Los cuatro amores. Citado por Timothy Keller. Iglesia Centrada. Miami, Editorial Vida, 2012, p. 333.

Amor y justicia en El Magnificat.

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El día 16 de agosto de 2015 tuve la hermosa posibilidad de compartir la Escritura con la hermandad muy querida de Iglesia Santiago Apóstol (iglesia anglicana en Santiago centro). Estoy muy agradecido del Pastor Cristóbal Cerón por la invitación y por los hermanos y hermanas que siempre muestran cariño y buena disposición.

Dicho día, hablamos de “El Magníficat”, el bello y potente canto de María, registrado en Lucas 1:46-55.

Respecto a María: Creemos todo lo que la Biblia dice acerca de ella. Una mujer joven, descendiente de David, comprometida y luego esposa de un carpintero llamado José, que fue virgen hasta el nacimiento de Jesús. Siguió obedientemente a Jesús (“hagan todo lo que él les diga”, en las Bodas de Caná), inclusive estando a los pies de la cruz. Integró la iglesia primitiva. Fue humilde, devota, con una vida de mucha profundidad espiritual y dada a la meditación.

Respecto a su canto: Se le conoce así por la primera palabra de este canto en la Vulgata, lo que se traduce como “engrandece” o glorifica”. Se trata del canto de una mujer que asume la voluntad de Dios más allá de los riesgos. El himno está saturado de citas del Antiguo Testamento y sigue la pauta del cántico de Ana (1ª Samuel 2:1-10). El canto está alimentado por la acción de Dios en la historia. A su vez, María elogia los prodigios de Dios en la historia a causa del niño que lleva en su vientre. Este canto nos habla de atributos que nosotros disociamos: amor y justicia, como si estos fueran contradictorios entre sí. El canto de María no disocia los atributos de Dios, sino que alaba a Dios por su amor, manifestado en la gracia del Salvador y la fidelidad del Pacto, y la justicia manifestada de su Reino.

El audio del sermón fue compartido en la página de ISA y puede escucharse haciendo clic aquí.

También pongo a disposición los apuntes del sermón, los que puede descargar aquí.

Un abrazo, Luis Pino Moyano.

Terminar con las (políticas de) memorias en la medida de lo posible. A propósito de las entrevistas a Carmen Gloria Quintana.

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 Hace un par de semanas, la voz de Carmen Gloria Quintana, quien en 1986 fue quemada junto a Rodrigo Rojas de Negri volvió a remecer nuestras conciencias. El “caso quemados” volvió a ser puesto en la palestra, puesto que un ex conscripto decidió alzar su voz, derruyendo el silencio militar. Carmen Gloria Quintana nos habló de aquello que no puede silenciarse, taparse, olvidarse nunca. Remeció nuestras conciencias por cómo abordó el tema, y a eso quiero referirme en este post.

 Carmen Gloria Quintana, luego de contarnos, una vez más, los hechos vividos ese día de junio de 1986, ese acto inmisericorde que marcó su cuerpo y mente para siempre, señaló en la entrevista dada al programa Tolerancia Cero, que durante los primeros años del período postdictatorial, concertacionista, sentía que sus heridas molestaban, a quienes pensaban que había que dar vuelta la página. Los mismos que establecieron que la política la hacían los expertos, que hablaban de “gente” en vez de “pueblo”, que decían que la mejor política comunicacional era no comunicar (Tironi dixit) y que planteaban que había que hacer justicia en la medida de lo posible, esos sujetos con un arcoíris que poco a poco “se desvanecería en el aire”, como la alegría, eran incomodados por esta mujer que llevaba en su cuerpo las señales de una dictadura que no había que recordar. En pos de la reconciliación había que olvidar. Informe Rettig, la “Mesa de Diálogo” y el Informe Valech, que tuvieron una serie de méritos nos mostraban una memoria y una política de memoria “en la medida de lo posible”. Una memoria pacata digna de nuestra democracia pactada, constructo a medio terminar, cual elefante blanco, con verdades a medias tintas. Como diría en una homilía el cura Pierre Dubois, “la justicia que no se ejerce cuando corresponde ya es injusta”. Los/as violentados/as por la dictadura, son los/as dañados por este sistema que olvida y calla. Tenemos que hacer algo respecto a ese dolor que desangra nuestro país. El Estado debiera generar un marco legal que restringiera, por ejemplo, los homenajes a violadores sistemáticos de los derechos humanos, instruir a los institutos armados que de una vez por todas colaboren de a de veras con la justicia y que se acabe el silencio de los nombres contenidos en el Informe Valech, vigente por cincuenta años desde su publicación. Por otra parte, eduquemos a nuestros hijos e hijas, planteándoles que cuando se produce la desvalorización de la vida humana, no hay límite en los actos que devienen. Eduquemos para la paz, para el encuentro, para el diálogo. Fomentemos la memoria, porque esta es “la chispa de la esperanza” (W. Benjamin).

 Pero por otro lado, y eso más en la entrevista realizada en El Informante, no sólo pudimos escuchar la voz del dolor, sino también la de la esperanza. Y eso sí que es confrontador. Hasta el momento sabía de Carmen Gloria Quintana por el desdichado hecho bajo la mano militar. Pero ver a la mujer en un camino reconstruido, que superó el trauma toda vez que le ha puesto palabras a su dolor, que camina por una ruta reconstruida, en la que es esposa, madre, psicóloga, con un doctorado y en vías de otro, trabajando como agregada científica de Chile en Canadá. Nos muestra que hay vida después del paso por el “valle de sombra y de muerte”. Pero, quizá, lo más esperanzador tenga que ver con el uso políticamente incorrecto del concepto de “reconciliación”. Esto, porque para un sector importante de los represaliados por la dictadura militar y de sus familias no concibe, dolor-tortura-asesinato-y-desaparición de por medio, la posibilidad del encuentro y del perdón. Y si bien es cierto, el perdón no se obliga y sólo se hace efectivo si el que perdona lo hace con sinceridad y el perdonado reconoce el error y acepta el perdón que lo restaura, debiésemos contribuir y facilitar dicho ejercicio. ¿Cómo? Ligándolo a la justicia efectiva. Carmen Gloria Quintana señaló que ella no quería venganza, sino justicia, ni más ni menos. Eso y no el silencio facilita el encuentro. Ayuda a la sanidad del corazón de quienes sufrieron los rigores del régimen de facto. Restaura y libera al ofensor, toda vez que le quita aquello que lo autodestruye, que es el ejercicio abusivo del poder. El futuro de este país nos será esperanzador si contribuimos a la verdad que da sustento a la justicia, y con el amor que restaura y reconcilia. Mientras sigamos poniendo la basura debajo de la alfombra y borroneando nuestra historia reciente, el dolor y el desamor seguirán tan vigente como hasta ahora, a casi 42 años del golpe militar. La invención del “Plan Z” es un triste recuerdo. Ya no es tiempo de negacionismos. El encuentro con otros que también son un yo, sólo es posible, en toda su fuerza, con el lazo firme de la sinceridad, cuando se sabe con quién se está hablando y viviendo, con la remoción de las máscaras. Queda mucho por hacer para que la cicatriz sea sólo marca del pasado, y no desgarro inmovilizador en la tarea presente-futura.

 El poeta Armando Uribe señaló el punto clave de este asunto: “No hay justos en la medida de lo posible. No hay justicia en la medida de lo posible, ni verdad a la medida, ni reconciliación y amor mesurados por el metro de lo que ‘se puede’”. Estas palabras develan una perversión presente en gran parte de la sociedad: esa torpe disociación que hace creer que cuando se actúa con verdad no se actúa con amor y viceversa. Amor y verdad pueden y deben caminar juntos. Ese tipo de amor es contracultural, confrontador, pues se relaciona, no bajo la escala del merecimiento, sino, en muchos casos del darse a los demás, matando la individualidad, y actuando, inclusive, en el desmerecimiento. Ese amor, bíblicamente, es siempre un acto de justicia. Por ello, puede echar fuera el temor, por eso no se goza de la injusticia, sino que se alegra por la verdad. Confrontación y restauración van de la mano o no van. ¿Qué estamos haciendo para caminar a eso, para ser aquello que Jesús en el sermón del monte nos invita a ser: artesanos de la paz?

 La oración de Francisco de Asís sigue vigente: Señor, hazme un instrumento de tu paz…

 Amor, verdad, memoria y justicia a secas y no en la medida de lo posible.

Orar y protestar no se contradicen. Leyendo en voz alta a Sidney Rooy y a David J. Bosch.

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En contextos de crisis política y social, muchos cristianos ante la pregunta del qué debo hacer, presentan respuestas que disocian el orar de la protesta. Ante dicha interrogante respondo, me respondo, que “del Señor es la tierra y su plenitud” (Salmo 24:1); que “toda autoridad ha sido puesta por Dios” (Romanos 13:1), que el pecado de Sodoma fue “la soberbia, gula, apatía, e indiferencia hacia el pobre y el indigente” (Ezequiel 16:49), todas acciones que Dios condena. Porque nuestro Dios, el Dios al que sirvo, el Dios de la vida, es el Señor que “hace justicia a los oprimidos, da de comer a los hambrientos y pone en libertad a los cautivos. El Señor da vista a los ciegos, el Señor sostiene a los agobiados, el Señor ama a los justos. El Señor protege al extranjero y sostiene al huérfano y a la viuda, pero frustra los planes de los impíos” (Salmo 146:7-9). Por ende, seguir a Dios implica orar porque “venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo” (Mateo 6:10), con la convicción de que esa oración invita a una acción: amar y obedecer a nuestro Padre implica colaborar con su misión, claramente sostenida en el Salmo recientemente citado. La base de la justicia social para nosotros los cristianos está en la acción de Dios que no sólo es trascendente, absolutamente otro, sino que también  es Señor que reina con sus manos sosteniendo providentemente la historia. Como cristiano protestante que protesta, seguiré orando “por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad” (1ª Timoteo 2:1,2), aunque sean como Nerón y, a la vez, alzaré mi voz todas las veces que sea necesario denunciando los ídolos de nuestra época, teniendo como proyecto histórico la sanidad de los pueblos, la restauración de los heridos y perniquebrados, la caminata que coadyuva a la expansión y consumación del Reino de Dios, que en la definición paulina es “justicia, paz y gozo en el Espíritu” (Romanos 14:17). Porque la verdad siempre camina con el amor (Efesios 5:15), y es inconsistencia teológica disociar aquello que debe caminar junto siempre. Orar y protestar no se contradicen, porque en ambos casos Cristo es suficiente (Colosenses 2:9,10).

 Luis Pino Moyano.


Dicho lo anterior, les invito a leer conmigo unas referencias de Sidney Rooy[1] y David J. Bosch[2].

Sidney Rooy define los siguientes indicadores para la acción política desde un modelo reformado:

“1. La base del quehacer político por parte del cristiano radica en la presencia dinámica del Reino de Dios en todos los aspectos de la realidad histórica.

2. La plena soberanía de Dios, tanto sobre la naturaleza como sobre toda la sociedad humana, exige la obediencia a la ley moral por parte de todas las personas, sean gobernados o gobernantes.

3. La vida plena e integral del hombre incluye los aspectos afectivo, físico y espiritual, sin los cuales no puede llegar a realizarse como ser humano según la meta establecida por Dios.

4. El cristiano tiene la vocación sagrada de responsabilizarse por lo que pase en su área de actuación, particularmente en lo político. No debe actuar como un individuo aislado de los demás, sino como un miembro de una comunidad de personas que se preocupan por el bien de la vida civil.

5. El objetivo primordial del gobierno y por lo tanto del político cristiano es el de alcanzar la equidad y la justicia en todo su territorio, dando prioridad a los pobres y oprimidos. La autoridad de todo gobierno es derivada, secundaria y limitada porque está condicionada al fiel cumplimiento de la tarea que le ha sido encomendada.

6. Los instrumentos que guían al político cristiano son los disponibles en su tiempo y espacio histórico, vistos bajo la luz de la Palabra y el Espíritu divinos.

7. El deber del cristiano como ciudadano particular es el de obedecer las leyes, orar por las autoridades, sufrir si es perseguido, y reclamar por la justicia cuando las autoridades son infieles a su mandato.

8. Se recomienda la resistencia pacífica bajo condiciones normales cuando el gobierno no cumple con su mandato de administrar justicia. Sin embargo, en casos excepcionales podría ser necesario recurrir a una resistencia abierta con el uso de la fuerza como último recurso. Tal acción solo será posible cuando haya sido autorizada por una organización social calificada y después de una consideración profunda y cuidadosa, que haya determinado la necesidad de rebelarse contra un gobierno que sistemáticamente actúa contra el bien de los gobernados.

9. Todo gobierno que traiciona su vocación y en lugar de promover el bien y castigar el mal hace lo inverso, pierde su autoridad para gobernar.

10. La Iglesia cristiana está llamada a realizar una tarea profética frente a las autoridades, una tarea didáctica con referencia a los que están dentro de su esfera de acción, y una tarea de servicio respecto a las víctimas de una política inadecuada o perversa.

11. El sacerdocio universal de los creyentes señala a la necesidad de la participación de todos, sean laicos o pastores, en el quehacer político. La capacitación de ciertos miembros del cuerpo de Cristo con dones especiales requiere la selección y preparación de ciertas personas de la comunidad cristiana para la participación activa en los partidos políticos y en los distintos niveles gubernamentales”[3].

Por su parte, David Bosch, entiende la misión como la acción de creyentes en todas las esferas de la vida, en la que también se encuentran las tareas político-sociales. Dice:

“Tan pronto como entablamos una conversación sobre Dios, en la discusión se incluye al mundo como escenario de su actividad (Hoekendijk 1967a:344). La situación histórica del mundo no es una mera condición exterior para la realización de la misión de la Iglesia; más bien, debe ser incorporada como un elemento constitutivo de nuestro entendimiento de la misión, de su objetivo y su organización (Rütti 1972:231). Tal postura está en pleno acuerdo con el entendimiento que Jesús tenía de su misión, como está reflejado en nuestros Evangelios: Jesús no volaba por las nubes, sino se sumergía en las circunstancias reales de los pobres, los cautivos, los ciegos y los oprimidos (cf. Lc. 4:18s.). Hoy día también Cristo está donde se encuentran los hambrientos y los enfermos, los explotados y los marginados. El poder de su resurrección empuja la historia hacia su final bajo la bandera ‘¡He aquí yo hago nuevas todas las cosas!’ (Ap. 21:5). Igual que su Señor, la Iglesia-en-misión tiene que tomar parte por la vida y en contra de la muerte, por la justicia y en contra de la opresión.

 […]

En vez de buscar conocer el plan de Dios para el futuro del mundo, preguntamos acerca del involucramiento del cristiano en el mundo (:221). Ya no se ve el mundo como un obstáculo sino como un desafío. Cristo ha resucitado y nada queda igual. Fue una victoria estupenda del maligno el habernos hecho creer que las estructuras y condiciones en este mundo no cambiarán ni necesitan realmente de un cambio; el haber considerado que los poderes políticos y sociales (y otros) están investidos de intereses de carácter inviolable; el haberse conformado en condiciones de injusticia y opresión; el haber moderado nuestra expectación hasta el punto de claudicación; el haber perdido la esperanza de una transformación significativa del statu quo; el haber sido ciegos a nuestra propia responsabilidad por el involucramiento en el mundo rumbo a su realización. Al asumir una posición crítica frente a las autoridades, las prescripciones, las tradiciones, las instituciones y las predilecciones ideológicas del orden del mundo existente llegamos a ser un fermento del nuevo mundo de Dios (cf. Gort 1980b:54)”[4].


[1] Sidney Rooy. “Relaciones de la iglesia con el poder político. Modelo reformado”. En: Pablo Deiros (editor). Los evangélicos y el poder político en América Latina. Buenos Aires, Nueva Creación, 1986, pp. 41-72.

[2] David J. Bosch. Misión en transformación. Cambios de paradigma en la teología de la misión. Grand Rapids, Libros Desafío, 2000. Recomiendo la lectura del Capítulo Doce: “Elementos de un nuevo paradigma misionero ecuménico”, pp. 451-619.

[3] Rooy. Op. Cit., pp. 69-70.

[4] Bosch. Op. Cit., pp. 520, 617, 618.

Una lágrima por Galeano.

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Puede parecer exagerado, pero así fue. Iba manejando camino al trabajo cuando me enteré de la noticia: “-hoy, 13 de abril de 2015, ha muerto el escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano, a los 74 años de edad”. Y me cayó una lágrima, sobrecogido por la noticia de la muerte de alguien a quien sólo conocí por sus letras y decires. Recordé que algo similar me pasó cuando murió Benedetti, otro uruguayo-latinoamericano entrañable. Y es que esa es la palabra, entrañable. Galeano no produjo, meramente, herramientas académicas. Sus libros nos hablaron de algo que conocíamos bien, que sufríamos, que soñábamos. Nos habló de ese pasado que nos sigue pesando, de realidades sangrantes como aquellas “venas abiertas” que no han cicatrizado ni menos curado, y de un horizonte que nos parece lejano y dificultoso, pero que seguimos soñando y hacia el cual caminamos. Su producción no es resentida, como dicen algunos comentaristas de redes sociales que ni siquiera leyeron un párrafo, sino sendero del mañana mejor de los hasta hoy desharrapados del mundo.

 Galeano, el periodista que no fue obsecuente y que contó realidades sin cortoplacismos y con bastante lectura de por medio (¡otro periodismo es posible!). El escritor que hacía avanzar sus letras con la misma cadencia de su habla reposada, serena, segura. El narrador que nos habló de pasados sin los clichés del gremio historiador y con mayor fuerza y relevancia, con mayor claridad de su literatura dialécticamente histórica y novelada. El pensador que recogió lo mejor que produjo las ciencias sociales de nuestro continente: la teoría de la dependencia, aquella que nos hizo ver-recordar que el capitalismo no es simplemente mercado e iniciativa privada, sino que además, y por sobre todo, un sistema de acumulación, de empoderamiento de los menos, de racionalización disciplinante, de opresión y de explotación, de anulación del otro en el que nunca hay reconocimiento, como esa figura metafórica del “ladrillo que cae sobre un charquito” y que se releva en que el bienestar de una clase no puede confundirse con el de todo un país. Porque el subdesarrollo no es simple falta de desarrollo, como aparentemente se nos define (como lo hizo la CEPAL, por ejemplo, en los años cincuenta del siglo pasado), sino que es dependencia de un centro que irradia y perpetúa su dominación hacia una periferia. Aquello que es sintetizado en el mapa diseñado a 501 años de la llegada del hombre blanco a estas tierras, ese instrumento aparentemente neutro, pero que nos muestra cabeza abajo. Las palabras de Galeano decían al pie de dicha carta geográfica:

 Hasta el mapa miente. Aprendemos la geografía del mundo en un mapa que no muestra al mundo tal cual es, sino como sus dueños mandan que sea. En el planisferio tradicional, el que se usa en las escuelas y en todas partes, el Ecuador no está en el centro, el norte ocupa dos tercios y el sur, uno. América Latina abarca en el mapamundi menos espacio que Europa y mucho menos que la suma de Estados Unidos y Canadá, cuando en realidad América Latina es dos veces más grande que Europa y bastante mayor que Estados Unidos y Canadá. El mapa, que nos achica, simboliza todo lo demás. Geografía robada, economía saqueada, historia falsificada, usurpación cotidiana de la realidad: el llamado Tercer Mundo, habitado por gentes de tercera, abarca menos, come menos, recuerda menos, vive menos, dice menos.

 Pero Galeano no es el tipo del llanto ni del masoquismo autoflagelante de cierta izquierda. Por el contrario, es el que rescata a sujetos que perviven en la memoria de nuestros pueblos (como el Allende de “El nombre encontrado”), y otros que fueron silenciados hasta el olvido, los nadies. Sin dejar de mencionar a derrotados y a los análisis forzados (tampoco hay autocomplacencia), Galeano es el que nos habla de sueños, esperanzas, proyectos históricos, actos que subvierten esta realidad perversa, de actos de asociatividad expresados en abrazos, en regresos al corazón (el recuerdo en su significado literal), en resistencias que se expresan, por ejemplo, en el fútbol que no es sólo instrumento-opio (la foto no fue casual, refiere a uno de los referentes más importantes del fútbol uruguayo: Obdulio Varela, capitán de la celeste campeona en Brasil ’50), sino alternativamente espacio de libertad y rebelde amistad. Es verba fértil que liga lo indisociable: historia, memoria (que es como el fuego) y política, que no son lo mismo, pero que caminan juntas. Y que, como la utopía, nos sigue haciendo caminar y encontrar. Aquello que hace recordar sus palabras finales en la conclusión de siete años después de la primera publicación de Las venas abiertas de América Latina, siete cortos años pero tan llenos de larga duración, que cambiaron tanto para que todo siguiera igual (fines de 1970 a abril de 1978):

 El subdesarrollo de América Latina proviene del desarrollo ajeno y continúa alimentándolo. Impotente por su función de servidumbre internacional, moribundo desde que nació, el sistema tiene pies de barro. Se postula a sí mismo como destino y quisiera confundirse con la eternidad. Toda memoria es subversiva, porque es diferente, y también todo proyecto de futuro. Se obliga al zombi a comer sin sal: la sal, peligrosa, podría despertarlo. El sistema encuentra su paradigma en la inmutable sociedad de las hormigas. Por eso se lleva mal con la historia de los hombres, por lo mucho que cambia. Y porque en la historia de los hombres cada acto de destrucción encuentra su respuesta, tarde o temprano, en un acto de creación.

 Por eso ha sido, y es, referencia y lectura obligada en las clases y en la conversación amical. Por eso la lágrima de hoy, por tanto aprendizaje significativo, del real, concreto, experienciable y memorizable.

 Por lo mismo, no se puede terminar sin un ¡hasta siempre! Y, desde luego, ¡hasta la victoria!

 Luis Pino Moyano.

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El mapa referido en el post...

El mapa referido en el post…

Cristianismo y los funestos hijos del capital.

boligan Por largo tiempo, intelectuales de uno y otro lado, nos han hecho ver al cristianismo caminando de la mano con el capitalismo, y por defecto, con las posiciones de derecha. Lo han hecho quienes citan la conocida, pero poco estudiada en su contexto de enunciación, sentencia de Karl Marx “la religión es el opio del pueblo”, o por quienes escasamente leyeron a Max Weber -y junto a él a Juan Calvino, hay que decirlo-, para proclamar voz en cuello que la emergencia del protestantismo es causa directa de la construcción del sistema capitalista. Ahora bien, por lo menos, hay aquí un esfuerzo intelectual por reflexionar y problematizar el pasado-presente, aunque se caiga en la caricaturización. Pero hay otro hermanamiento, proveniente de actores e intelectuales cristianos que no han dudado en emplear todos sus esfuerzos para, en lenguaje futbolístico, “meternos un gol de media cancha”. Son los que igualan pensamiento político de derecha a cosmovisión cristiana; los mismos que priorizan temas (mal llamados) valóricos por sobre aquellos que tienen que ver con la justicia social, centralizando sus esfuerzos en discursos moralistas sobre la familia, la sexualidad y la seguridad ciudadana, callando frente a las violencias estructurales de este sistema que exuda opresión y desigualdad; y, por supuesto, son los mismos que han escrito cientos y miles de páginas para denunciar al marxismo y su ateísmo que hace metástasis en la sociedad, según la cara metáfora cancerígena del general Leigh. Es hora de alzar la voz en medio de los muchos desiertos existentes en espacios eclesiales y públicos.

 El capitalismo, quizá la fuerza histórica más revolucionaria que haya sacudido la historia de la humanidad, modificó las formas de organizar el trabajo en pos de una mayor productividad, cambió la manera de entender el tiempo ocupándolo como instrumento de medición y disciplinamiento, coadyuvó a la hegemonía de una clase por sobre otras y de un centro occidental-europeo-y-blanco por sobre una periferia expropiada, expoliada, saqueada en pos de mayor acumulación y una tal “riqueza de las naciones”, que no ha sido otra cosa que el bienestar de los menos. Progreso indefinido para los poderosos de la tierra; progreso “en la medida de lo posible” para unos pocos. Y, por sobre todo, la mayor de las continuidades: la explotación de los seres humanos por otros seres humanos, que ha traído como secuelas la reducción de hombres y mujeres a simple guarismo y fuerza de trabajo, la funcionalización reproductora de los úteros, la educación para el trabajo para la generación de mano de obra barata (de la cual los overoles beige de los estudiantes de los colegios Nocedal son un símbolo potente) y, la institucionalización de la normalidad que teme a la diferencia. Y así llegamos a Chile, el país donde nunca se introdujo capitalismo de verdad, industrializador, productor (salvo la breve intentona estatal del período 1938-1973), en pos del mero extractivismo que aseguraba ganancias a una élite pechoña, empecinada con su lógica hacendal. Lógica estéril acentuada por los funestos hijos mundiales del capital: la idea del “capital cultural” y el “neoliberalismo”. Así el capitalismo se anquilosa y naturaliza mediante la diferencia que se concretiza desde el momento antes de nacer, “la noble cuna”, el buen desayuno con leche-cereales-y-frutas, las escuelas para élites, padres con posgrado y con dos o más idiomas hablados con naturalidad, bibliotecas con muchos libros, vacaciones al otro lado del mundo y un largo etcétera. Un cabro chico depreciado y periférico no tiene ninguna posibilidad de pararse al lado y hacer lo que este sistema busca mediante SIMCE y PSU: competir de igual a “igual”. Desigualdad perversa que se solidifica con un sistema neoliberal impuesto por la dictadura cívico-militar, cuando era un producto inédito empíricamente hablando, que nos ha privatizado hasta los sueños, haciéndonos consumidores incluso de aquello que antaño era público. ¿Qué posibilidades de ascenso social existen hoy con este sistema en el que, al igual que ayer, la billetera es lo que pesa? “Es peligroso ser pobre, amigo”, resuena el canto hasta hoy.

 Chile se nos desmorona, se nos cae a pedazos, una y otra vez, y cada vez más. Mientras unos se llenan los bolsillos, la pasan bien y sonríen burlonamente, a otros se les explota con sueldos paupérrimos, con políticas antisindicales, con ausencia de contratos, con salud-educación-vivienda pública miserable, con AFPs que no paran de ganar asegurando una vejez pobre y llena de incertidumbres a gente que se ha deslomado toda la vida por el pan para la casa. Mientras unos ven como se consolida la marca país en el mercado internacional, otros son reprimidos, golpeados, encarcelados y hasta asesinados por el sólo hecho de soñar “un Chile bien diferente”, al decir de una vieja canción. Y así, meten miedo con el cierre de colegios, siguen privatizando aquello que la dictadura no alcanzó a privatizar, siguen talando bosques y secando ríos como si en algún momento volvieran a aparecer por generación espontánea, en su lógica de “recursos naturales integrados a la industria” [sic]. ¿Estado débil? Dejen que sonría antes de denunciar la mentirosa realidad que se nos vende: que el Estado no sea actor protagónico en la economía nacional no quiere decir que sea débil. Por el contrario, el Estado actual, cuyo fundamento y amarre institucional fue creado por una dictadura y administrado por “demócratas”, es bastante fuerte, fuerte defendiendo a los poderosos de siempre, constituyendo al “derecho a la propiedad privada” como el principal de los derechos civiles. ¿Qué es lo que ha hecho el caso PENTA, la arista SQM y el préstamo express al hijo de la Presidenta? Mostrarnos dos cosas: a) que el Estado es inflexible con quienes lo defraudan (dolo tributario); y b) que las élites de este país siguen operando como “fronda aristocrática”, es decir, en lo público manifiestan sus divergencias partidistas, pero en lo privado, en las camarillas secretas del poder, los nudos de sus redes traspasan dichas fronteras imaginarias, y se basan en la lealtad familiar y amical, como también, en los favores que se pagan con favores. Nada nuevo debajo del sol. Doscientos años de vida republicana con la misma élite tomando las decisiones. Ese es Chile: democracia eunuca, sociedad clasista y pigmentocrática, economía que beneficia a minorías y mata día a día a las mayorías.

 Entonces, veo y choco diariamente “con esta realidad tan charcha”, y me siento y leo mi Biblia y veo que ella no avala, defiende ni justifica nada de esto, y que por el contrario lo llama pecado. Pecado, con todas sus letras. Porque si creo en lo que ella dice, debiera tener presente que el ser humano, hombre y mujer, ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, lo que presupone la dignidad de su existencia. Vería que la ley mosaica buscaba asegurar relaciones armónicas entre los seres humanos, condenando entre otras prácticas la codicia, la falta de solidaridad hacia los pobres, el descuido de la tierra, la injusticia y la falta de equidad entre daño y pena. Misma ley que propiciaba la celebración de años sabáticos y de jubileos, que tenían por finalidad hacer descansar la tierra y proclamar, entre otras cosas, el indulto de muchos condenados. En dicha lectura se podría constatar que los salmos y los profetas nos hablan de un Dios justo, que mira con bondad a quien sufre los rigores impuestos por líderes políticos y religiosos, representados como pastores que sacan la lana de las ovejas gordas para luego engullirlas, dejando a débiles, heridas y perniquebradas a un lado. ¡Cómo quieren que no vea a Jesús de Nazaret diciendo que no se puede servir a Dios y a las riquezas! O a su hermano, Santiago, quien en su carta habla de los ricos opresores y de lo que pasará con sus recursos mal habidos producto del óxido y la polilla. La Biblia siempre habla de la misericordia entre seres humanos como actos de justicia. Por eso vemos siempre escenas de justicia vindicativa (social y religiosa) y redistributiva (económica) en sus páginas. Entonces, miro a quienes avalan todos estos actos en nombre de Cristo y su mensaje, e inclusive los promueven como parte del “ejercicio meritocrático del esfuerzo humano” y no puedo quedarme callado ante la justificación de aquello que la Biblia condena. Y más aún, cuando esas mismas personas son las que usan las iglesias y a sus hermanos como objetos de consumo afirmando en palabra o hecho la teología de la prosperidad, verdadero mensaje de la oferta y la demanda, o cuando esas mismas personas, con una inconsistencia gigante, nos llaman a callar frente al ejercicio opresor de los poderosos porque es “la voluntad de Dios”, pero luego son ellos los que callan y nos invitan a no juzgar a quienes caen en sus emprendimientos corruptos. Es súper fácil para ellos apuntar con todos los dedos de una mano a quienes les parecen progres y libertinos, y que no se condicen con “nuestros discursos”, y no apuntar con un solo dedo a quienes les parecen conservadores y “gente bien”. Y cuando se hace eso, se termina adorando a otro dios, no al Dios de la Biblia, dejando a la fuente de agua viva para cavar cisternas rotas. Un dios, como el que señaló el sacerdote Ronaldo Muñoz en el documental En nombre de Dios, de Patricio Guzmán, que es un dios de la seguridad, de la autoridad, es un dios concebido como una especie de ‘Súper Pinochet’ del universo. En ese dios yo no creo”.

 Evidentemente, como cristiano, entiendo que no basta con pura indignación. Es mi tarea a) orar, y hacerlo diciendo-anhelando que “venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”; b) llamar al arrepentimiento a quien ha dañado a su prójimo y a toda la creación de Dios, y si eso significa motivarle a dejar de ejercer el poder como lo ha estado haciendo, hablar y actuar sin transar nada, entendiendo que verdad-amor y política-ética son indisociables; c) no confundir cosmovisión cristiana con ideologías de turno que lo único que hacen es entenebrecer la lectura simple y relevante del evangelio; d) vivir respetando a los otros que no viven mi fe, sobre todo a quienes sin ser cristianos, en sus vidas cotidianas, hacen muchas tareas que yo debiera estar haciendo; y e) colaborar con la propagación del Reino de Dios, que según las palabras de la Escritura se expresa en real y experienciable justicia, paz y alegría.

 Hoy como ayer, ora et labora…

Luis Pino Moyano.