La titiritera televisión y la performance Soto-Villouta.

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El programa “El Interruptor” del canal Vía X fue el escenario del fallido diálogo entre su animador José Miguel Villouta y el mediático “pastor” Javier Soto. Fallido diálogo, pero no fallida performance. Soto no responde, ora y acto seguido extiende en el piso la que él considera la bandera del movimiento LGBT (otro fallo, por lo demás) y la pisa, pues considera que es un “trapo de inmundicia”. Interviene la directora de contenidos del programa, Claudia Aldana, quien cierra la entrevista ante la actitud ofensiva del invitado.

Toda esta performance televisiva, respecto de la que me quiero pronunciar, me hizo recordar las palabras del sociólogo Pierre Bourdieu, quien señaló que:  “La televisión es un universo en el que se tiene la impresión de que los agentes sociales, por más que aparenten importancia, libertad, autonomía, e incluso a veces gocen de un aura extraordinaria (basta con leer las revistas de televisión), son títeres de unas exigencias que hay que describir, de una estructura que hay que liberar de su ganga y sacar a la luz” (Pierre Bourdieu. Sobre la televisión. Barcelona, Editorial Anagrama, 1997, p. 53).

Debo decir, que detesto la actitud del autodenominado “pastor” Soto. Falto de respeto y de misericordia, carente de la verdad bíblica que nunca está disociada del amor, lleno de una fijación moralista que pone acento en los seres humanos y no en el Dios lleno de gracia y poder transformador. Es sumamente reprochable, que él y ciertos sujetos evangélicos por tener figuración pública reclamen para sí la fuerza de la representatividad, porque no existe “la iglesia evangélica” homogénea, unívoca, monofónica. La actitud de Soto es repudiable y no debe aminorarse. Pensarlo como enfermo es hacerlo carecer de voluntad y racionalidad, por ende, de responsabilidad ante lo que realiza.

Pero es evidente que el ejercicio televisivo no es inocente. Villouta no es un neófito en el quehacer televisivo. Sabe que lo que aparece en la pantalla es un “títere” que sale a la luz, aparentando espontaneidad y liberalidad. ¿Acaso no estaban preparados para esta “salida de libreto” de Soto? ¿Acaso no sabían que su performance circense de poca monta lo iba a llevar a hacer un papelón como éste? ¿Nos creen tan ingenuos para tragarnos la idea de la sorpresa? ¿Por qué no se invita a otros pastores o teólogos evangélicos, inclusive, opositores a muchos proyectos propiciados por las élites gay, pero que con sabiduría, tacto, responsabilidad y amor podrían entablar un diálogo asumiendo premisas diferentes?

Yo no olvido. No dejo de recordar que en un programa de la Red hace unos años atrás, cuando Villouta apelando a una entelequia respecto del estado laico, fue contraargumentado y hasta corregido por Jonathan Muñoz, pastor presbiteriano. Mi reacción al ver eso fue: “no les resultó el circo con un pastor evangélico”. Felizmente para nuestras comunidades, Jonathan no es una excepción a la regla. Hay muchos pastores que, parafraseando al apóstol, hablan y dialogan con el espíritu y también con el entendimiento. Pero en la televisión, medio elitista y performático gozan de invitar al pastor que asienta el sentido común y/o mote del “canuto bruto”, la manera más simplona de reducir el argumento divergente. Soto y otros simplemente son títeres de ese espectáculo.

Y aquí es cuando Bourdieu se funde con la sabiduría popular cuando ésta reza que “no es culpa del chancho, sino del que le da el afrecho”. Soto es responsable de lo que dice y hace. El programa de Villouta es responsable de lo que desea instalar en el auditor como de lo que oculta.

Luis Pino Moyano.

* Posteado originalmente en mi Facebook y luego compartido en el sitio de Metanoia.

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MOVILH, verdad y conservadurismo.

Bandera Gay

Hace una semana atrás, Alexander Núñez, participante de un programa televisivo para el espectro juvenil hace unos años atrás, hizo algunas declaraciones en el farandulero “Primer Plano” que causaron cierta polémica. Entre las cosas que señaló, me permito citar éstas: “No estoy de acuerdo con el matrimonio homosexual (…). No creo en el amor entre un hombre y un hombre. Yo, que fui homosexual, nunca sentí amor por un hombre”; “Necesitaba que Dios quitara esa pena que había en mi corazón. Uno va por algo y el Señor te entrega mucho más”. Lo que Núñez estaba haciendo en dicho relato era nominar su experiencia en clave de redención. Su experiencia es dotada de coherencia por dicho prisma, lugar de producción, ideología, cosmovisión o como quiera llamársele. No hizo nada ajeno al acto comunicativo, pues cada vez que hablamos lo hacemos desde un lugar. Y es lógico que ante la divergencia de lugares, y luego de opiniones y argumentos, exista reacción. Lo que se esperaría en el debate público es que siempre se comience por la presuposición de inteligibilidad al relato del Otro.

 Llama la atención entonces, la reacción que ha tenido el MOVILH, que sirvió de sustento al periodismo que registró la noticia en la web, mediante su declaración titulada “Consideraciones sobre testimonios de supuestos ‘ex homosexuales’”. Allí no se duda en llamar a las palabras de Núñez como “declaraciones homofóbicas”, “peligrosas e intolerables”. Lo que hace esta nominación del relato de Núñez es impedir el debate, defenestrando al interlocutor. Se anula al otro con un juicio de valor. De hecho, lo que me motivó a escribir estas líneas son particularmente los puntos 1 y 4 de la declaración. Cito textualmente: “1.- La ‘orientación sexual’; sea lésbica, gay, bisexual o heterosexual; no es una elección, ni una decisión, es una realidad natural. Ni la cultura, ni un decreto, ni una ley, ni una religión podrán jamás modificar una ‘orientación sexual’ […] 4.- Toda influencia o intento por modificar la ‘orientación sexual’ de las personas constituye un abuso, una violación a los derechos humanos, que merece el máximo repudio social y estatal, en cuanto sólo genera efectos nocivos, asimilables en el corto o largo plazo a la tortura” (el destacado es del original).

 No deja de ser interesante la pulsión por la verdad que tiene la declaración. Ella es taxativa y axiomática, al nivel de apelar a una “realidad natural”. De hecho, más adelante se apela a “estudios exclusivamente científicos” (punto 5), que darían crédito a sus postulados. Dicho asunto releva la fuerza que tiene todavía la mirada naturalista y positivista de la ciencia en nuestro país, en la idea de un constructo libre de ideologías, que siempre dice la verdad. Esa ciencia aséptica es entronizada en el altar secular del viejo iluminismo en pos de leyes universales. Es la sustitución de la religión trascendental por la religión secular, que necesita de tanta fe como la otra. Y de hecho, es una fe exclusivista y excluyente tanto como el enemigo al que se critica. Se está con esta verdad, o se debe, recibir el “máximo repudio”. Parece que se desconocen las atrocidades que se han ejecutado a lo largo de la historia en pos de la ciencia y su verdad normativa, constructora de leyes naturales inviolables e inexorables, entre las cuales está la tortura a la que se compara con los intentos de modificación de la “orientación sexual” (a modo de paréntesis: sería relevante que quienes criticaron a los actores “pro-vida” que compararon el aborto con los asesinatos y desapariciones acaecidas en el contexto de la dictadura cívico-militar chilena digan algo acerca de éste símil, que resulta tan ofensivo como el anterior).

 Pero lo más (pre)potente de la declaración es su conservadurismo. Sí, conservadurismo, con todas sus letras. De hecho, cuando se apela a una realidad natural se presupone lo que más adelante se declara: algo que jamás se podrá modificar. He ahí la base de la contradicción del lenguaje de derechos que naturaliza la conquista política, perpetuándola en su normatividad universal. Y es ahí donde el MOVILH hace recaer su discurso conservador. Es un discurso conservador porque niega la posibilidad de cambio (tanto como los grupos religiosos fundamentalistas que niegan la posibilidad de que un homosexual cambie). Es un discurso conservador porque apela a constituir una realidad histórica, por ende dinámica, como una realidad natural, constituyendo axiomas inviolables. Es un discurso conservador porque busca la punición del pensamiento divergente. Es un discurso conservador porque responde al constructo de una élite dentro del diverso mundo homosexual. Es un discurso conservador, inclusive en la crítica que hace de su oponente, presuponiendo que todo aquél que discute con dicha producción elitaria dota a la homosexualidad un estatuto de “enfermedad”, lo cual carece de correlato empírico (es como criticar “la ideología de género” presuponiendo la homogeneidad de la producción que releva dicho debate). Y es, inclusive, un discurso conservador dentro de las múltiples ideas de género existentes en el mundo y en la historia. No está demás decir que Simone de Beauvoir, Michel Foucault, Judith Butler, Beatriz Preciado, entre otros exponentes no estarían de acuerdo en la naturalización del género, sino que desde sus matices darán cuenta de una opción que se construye y que es afectada por los mandatos culturales (nadie acusaría de homofóbicos a estos exponentes). Por ello, no resulta menor dar cuenta que esta institución elitaria dentro del mundo homosexual tenga dentro de su proyecto histórico la búsqueda del matrimonio igualitario, siendo esta institución una de las perpetuadoras del constructo patriarcal, en la lógica de diversos estudios de género.

 Lo que más hace falta en este debate es la honestidad. El problema en cuestión no es la homofobia (¿literalmente “miedo al igual”?). El problema concreto para el MOVILH consiste en si se le debe dar cabida al discurso religioso en el espacio público. Y es un problema de marca mayor, puesto que su propuesta discursiva se presenta como el de una minoría victimizada, cuando en realidad su producto tiene acceso hegemónico a medios y se presenta como verdad incuestionable. En ese sentido, el MOVILH, en tanto grupo elitario, es una minoría, pero poderosa, pues tiene la capacidad cultural de instalar conceptos como sentido común. Sus ideas dominan. Y como lo dijeran Marx y Engels en “La ideología alemana”, “las ideas de clase dominante son las ideas dominantes de una determinada época”. Lo que es suficiente razón para que sus ideas no dejen de ser sometidas a la crítica.

Luis Pino Moyano.

Jaime Parada, Moisés y el Estado laico.

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¿Cuándo comenzó esta teleserie? Para ser exactos, el domingo 17 de julio, cuando El Mercurio publicó en sus páginas un reportaje titulado “¿Quién es el zar de las series bíblicas y cómo funciona su millonaria industria?”. Horas más tarde, el concejal de Providencia Jaime Parada Hoyl publicó una serie de razones por las cuales estas teleseries son un “peligro real”. Esas son las palabras con las que el titula su reflexión (¿disquisición?). Lamentablemente, algunas de las reacciones de ciertos evangélicos no han estado a la altura de la necesaria discusión, enviándolo al infierno entre otras fórmulas. Aunque, no está de más decir, que ha sido el mismo concejal el que las ha republicado generando un tufillo morboso frente a esta situación. Pero pasemos a la discusión de lo importante.

En primer lugar, quisiera partir por reconocer un mérito en las declaraciones de Parada. Es el énfasis de que el dueño del canal Rede Record es Edir Macedo, fundador y líder de una secta llamada “Pare de Sufrir”. Este no es un grupo evangélico. Es un grupo que sigue a ciegas “las verdades” de un líder, identificándose plenamente con él, quien genera una pesada estructura para el mantenimiento sólido de su discurso y una lealtad inquebrantable. No sólo se rompe con las doctrinas claves del cristianismo histórico, sino que, además, con el principio de sacerdocio universal de los creyentes tan defendido por el protestantismo. Yo no obstaría por ocupar los mismos adjetivos respecto de Macedo: “charlatán multimillonario, pastor, enriquecido”. Esto debieran tenerlo en cuenta quienes ven la serie y son evangélicos, sumado a la idea de que es una producción fílimica, cuyos elementos ficcionales pueden separarse de lo dicho por la Biblia. Esta serie no es la Escritura, no reemplaza su lectura, ni dice con fidelidad todo lo que ella dice.

En segundo lugar, donde creo que Parada equivoca el análisis es con respecto al “peligro real” que esta serie tendría. Peligro real que atentaría contra el “Estado laico”, que tiene un medio de comunicación de masas, a saber, Televisión Nacional de Chile. ¿Dónde equivoca el análisis el concejal? En lo que él significa como laico. Para él un Estado laico no sólo debe estar caracterizado por su “a-confesionalidad”, sino por la ausencia de expresiones religiosas en sus reuniones y medios. Lo que no tiene en cuenta, es que los Estados laicos, que surgieron al alero del protestantismo, buscan garantizar las libertades públicas y el ejercicio de las mismas por parte de la ciudadanía. Entre esas libertades está la profesión pública y privada de cualquier credo religioso (ya no estamos en 1833 con una religión única del Estado). A su vez, el mismo Estado laico se transforma en garante de que estas libertades públicas no atenten contra la vida ni la dignidad de las personas. Sobre esto escribí hace un tiempo en una columna llamada “Laico no es laicista”. Bajo esta definición, ¿en qué atentarían las teleseries “bíblicas” contra el Estado laico? Con todas sus letras: en nada. Absolutamente nada.

¿Dónde está el problema real y manifiesto? En la disputa del espacio público y, en ella, la producción de discursos que buscan constituirse en hegemónicos. El último punto de la reflexión del concejal señala: “Efectivamente: son los evangélicos, una gran mayoría de ellos, los que consideran que la homosexualidad es mala; que la discriminación es admisible en varios aspectos de la vida social y personal; y que el Estado debe ‘volverse a Cristo’. Podrán haber mil excepciones, pero esta es la norma”. He aquí la evidencia de la disputa de dicho espacio. Y aquí también puedo concordar con Parada: todo discurso tiene ideología, en un sentido filosófico positivo. El suyo también. Y eso se denota en la idea de una “minoría victimizada”. En su discurso, el mundo gay (léase, élite gay) es discriminado por producciones discursivas como estas. ¿En qué momento las teleseries han puesto en cuestión lo que Parada señala? ¿Fomentan dicho discurso? ¿O es, simplemente, un palo de ciego? Llama la atención, que los discursos ideológicos que fomenta Parada tengan tribuna en noticieros y programas en horario prime, se instalen como sentido común, y sigan promocionándose como los discursos de una minoría discriminada. Téngase en cuenta el cargo público que detenta Parada, concejal, lo que le otorga tribunas que otros ciudadanos no tienen, facilitando la difusión de sus ideas, y para qué hablar de su origen social que no sólo le dio facilidades en la vida, sino que además le otorgó redes que trascienden las dinámicas partidarias. ¿Podríamos seguir pensando en una minoría víctimizada? En una minoría sí, pero que no es víctima. Más bien, estamos frente a una minoría poderosa, que puede hablar en los medios de comunicación de masas y usarlos a su antojo, tal como las teleseries de Macedo. Y allí, hay ideología, pero en su sentido filosófico negativo, a lo Marx y Althusser, develando que las ideas dominantes de una época son las ideas de quienes dominan en la sociedad. Hoy, las ideas cristianas, cada vez más, no tienen ese alcance societal. Son otras las ideas que se precian de ser la verdad mayoritaria, avalada por estudios científicos y por las estadísticas de popularidad (mala mezcla que tiene correlato con algunas expresiones totalitarias dadas en la historia).

El problema de Parada, no es el Estado laico, es el choque entre discursos antagónicos que pretenden ser hegemónicos en la sociedad. Es decir, el problema tiene que ver más con el poder y quien lo ejerce, que con la religión y su expresión en el espacio público.

Luis Pino Moyano.

Los evangélicos, la política y los medios de comunicación.

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Llevo varios días pensando escribir esta columna de opinión. No lo había hecho hasta hoy, simplemente porque quería ordenar las ideas de tal manera que esto no fuese una mera explosión reactiva, sino que, una comunicación de reflexiones y propuestas de acción. Soy protestante, eso que cotidianamente se conoce como evangélico, y desde ese lugar de producción veo la realidad. No creo en la asepsia a la hora de pensar el mundo, porque no creo en la distancia entre sujeto y objeto propia de la modernidad. Por eso, resulta incoherente cuando ciertos sujetos dicen que los cristianos debemos dejar nuestras Biblias a un lado a la hora de discutir sobre los temas de la contingencia política, porque a diferencia de lo que muchos creen, no existe un traje de cristiano que pueda sacarme o colocarme dependiendo de la ocasión. ¿Entenderán que todas las veces que observamos, por el sólo hecho de estar midiendo estamos modificando lo medido? Y ahí también hay violencia, porque presuponer que existe un pensamiento que debe ser dejado de lado a la hora de pensar-y-hablar, es porque implícitamente –y a veces, en forma explícita- se cree que el relato desde el cual ellos hablan es “superior”. No existe posibilidad de diálogo cuando no se presupone la inteligibilidad del relato del “otro”.

 Y como protestante, teniendo en cuenta lo dicho con antelación, quiero hoy protestar…

 Protesto contra los pastores y hermanos/as que salen a las calles u ocupan los medios de comunicación, haciéndose llamar “evangélicos”, cuando el mensaje que comunican es cualquier cosa menos el evangelio. Evangelio que anuncia que nadie puede salvarse por lo que hace o deja de hacer, sino por la obra de Jesús de Nazaret y su gracia inefable. Y ese mensaje apunta a todos, no sólo a quienes no han abrazado nuestra fe, sino que, prioritariamente, a nosotros los creyentes. Por ello, nuestro mensaje no es moralismo, no es una tabla de “debes hacer” y “no debes hacer”. Por el contrario, nuestro mensaje habla sobre Cristo que tiene la fuerza para hacer nuevas todas las cosas y que su reino consiste en justicia, paz y alegría, que pueden ser reales en el hoy y en el mañana, y para lo cual debemos trabajar y contribuir con esmero. En síntesis, hablar de Jesús es hablar de esperanza.

 Protesto contra quienes con mucha ansia de poder, y para obtener sus limitadas cuotas de poder, hablan arrogándose la representatividad del “pueblo evangélico”. Dicho pueblo evangélico es una entelequia que no existe más que en el relato de algunos. Nosotros no tenemos Papa ni un magisterio que nos diga lo que creer y pensar. Nuestras iglesias tienen declaraciones confesionales propias, en las que pueden haber elementos comunes, pero también hay, en la teoría y en la práctica, elementos divergentes. Nada debería obstaculizar que hablaran a título personal, o a nombre de colectivos claramente identificables (iglesias u organizaciones), en definitiva, no faltando a la lealtad hacia quienes como hermanos no les hemos dado la autorización a hablar en nombre nuestro (recomiendo leer el artículo Evangélicos y política. ¿Qué hacer?, de la revista Estudios Evangélicos).

 Protesto contra los medios de comunicación que, antes de informar, no investigan y lanzan al voleo sus mensajes diciendo cosas como “los evangélicos dicen…”, “el obispo de la iglesia evangélica declara…” y otros similares. Como señalé en el punto anterior, eso corresponde a una entelequia. Y los comunicadores profesionales que han caído en esto podrían argumentar, defendiéndose, que están diciendo lo que otros han dicho de sí mismos, lo que relevaría una falta de profesionalismo mucho peor, toda vez que ya hace muchos años existen una serie de estudios que han profundizado y problematizado sobre el desarrollo histórico del protestantismo chileno y sus distintas expresiones. Sólo por mencionar un par, el clásico de Ignacio Vergara “El protestantismo en Chile” (Editorial El Pacífico, 1962) y, el reciente libro del sociólogo Humberto Lagos “Herejía en Chile. Evangélicos y protestantes desde la Colonia hasta 1925” (Ediciones SBCH, 2010). Dichas lecturas podrían ser bastante útiles para quienes tienen que informar con responsabilidad social.

 Protesto contra los mensajes y acciones de los autodenominados pastores Javier Soto y Marcos Morales, y todo el séquito que les sigue y actúa con ellos a la par, porque lo único que hacen es sembrar odiosidad, intolerancia y miedo. Protesto, porque anuncian sus mensajes de profetas trasnochados ausentes del principio evangélico de decir la verdad con amor y de amar con verdad. Quienes han sido ofendidos y dañados por sujetos de este talante deben buscar justicia y denunciar sus actos en las instancias pertinentes. Como protestante reformado vindico la separación de la iglesia con el Estado, que otorga todas las posibilidades para expresar libremente la religión de cada cual, en lo público y en lo privado, bajo los marcos del Estado de derecho.

 Protesto contra los programas televisivos que se dan todo el tiempo para hacer entrevistas a estos sujetos, o reportajes que versan sobre ellos, simplemente por el morbo que producen sus acciones y decires. Es bastante poco serio darles tribuna a quienes predican la locura de su religión vociferante de ruido supino, con la sola finalidad de hacer circo con ellos, cuando hay tanto pastor, teólogo y/o miembro de iglesia que podría aportar en los diálogos con seriedad, respeto y profesionalismo. Lo más preocupante es lo que se instala en las audiencias de esos programas (basta ver las reacciones en las redes sociales). Porque no olvidemos que el lenguaje como la imagen comunicada tienen un poder performativo, que tiene el poder de crear realidades. Y no, no todos los evangélicos dejamos nuestros cerebros en casa cuando asistimos a la iglesia o damos testimonio de nuestra fe. Al decir del apóstol Pablo, cantamos con el espíritu, pero también cantamos con el entendimiento. En la mayoría de los casos, las generalizaciones hacen un flaco favor en los análisis.

 Protesto contra los análisis de algunos profesionales evangélicos, que cuando analizan las actuaciones del Pastor Soto y otros, “pentecostalizan” la discusión. Hablar del pentecostalismo, ese del “canuto de terno y pandero”, como si ellos simplemente dieran apoyos ciegos a quienes les lideran, actuando como masa. Si bien es cierto, el análisis del sociólogo Christian Lalive d’Epinay nos señalaba en su precursor estudio sociológico (del año 1968) que el pentecostalismo actuaba como “el refugio de las masas”, ya que estos tendían a la apoliticidad y a la escasa participación social. Evidentemente, el estudio de Lalive es, y debe ser lectura obligada, pero otra cosa es establecer un canon a partir de él, toda vez que es una mirada de un profesional que observa, como todos lo hacen, desde su lugar de producción. Y allí, el concepto de “masa” es clave, porque sobre todo para la generación sesentista la acción política estaba ligada de manera intrínseca a la militancia partidaria. El partido es la vanguardia del quehacer político en la sociedad, y quienes siguen pasivamente a candidatos y programas, son masa, que como tal son volubles a los dictámenes de otros. Y allí se produce un desconocimiento del pentecostalismo chileno y de su emergencia en un contexto político y social del país a fines del siglo XIX y principios del XX. El pentecostalismo, al igual que los políticos de élite y hasta los de la clase obrera ilustrada, frente a la “cuestión social” proponían la redención social, la regeneración del pueblo. Y dicha regeneración, los pentecostales la vivieron experimentando la conversión, y sin salir de sus lugares de habitación ni cambiando su condición de clase, como parte del mundo popular, pujaron por predicar el evangelio, llenar Chile con sus iglesias construidas a veces con materiales precarios, “andar en novedad de vida” –lo que tenía correlato con la responsabilidad, honradez y el trabajo que realizaban- y ayudar a otros a salir de la delincuencia, el alcoholismo y la drogadicción sin recibir un solo peso del Estado para ello. ¿Puede llamarse a eso “huelga social”? ¿Puede ser esa acción autónoma, responsable y proyectiva, la acción de una “masa”? Debemos, entonces, leer problematizando, sobre todo si lo hacemos desde la condición de protestantes incluyendo variables teológicas, eclesiológicas y misiológicas, que permitan agregar matices, o de plano instalar nuevos indicadores, en los análisis hecho por investigadores cuyos proyectos no tienen esa finalidad, y por ende, no buscan responder a todas nuestras interrogantes.

 Y protesto, también, contra quienes actúan con delirio de persecución frente al disenso. No estar de acuerdo con los postulados de uno u otro no debe restar posibilidades para el encuentro dialógico. Es deleznable pensar que los evangélicos sólo estamos preocupados de los “temas valóricos”, como si sólo pensáramos en cuestiones que van de “la cintura para abajo”. Sí, tenemos visiones respecto al matrimonio, la sexualidad y el aborto más o menos transversales (“de todo hay en la viña del Señor”, dice el viejo adagio), pero también discutimos-y-proponemos respecto a la ética ligada a la acción política contra la disolución maquiavélica. Hablamos de la justicia social en defensa de los pobres de la tierra y los abusos que se cometen contra el prójimo y el espacio habitado. Hablamos y defendemos la libertad de expresión, que como diría Bilbao a mediados del siglo XIX, nace de la libertad de culto. El cristianismo no es monotemático, por el contrario, es una visión total de la persona, la realidad social y los fenómenos históricos, puesto que para nosotros no todo lo sólido se ha disuelto en el aire. Hablamos desde la certeza, como también lo hacen quienes relativizan todo. Aprendamos a escucharnos y a tolerarnos a pesar de nuestras diferencias. Porque nunca la tolerancia es vaciamiento de las convicciones, es escucha y práctica que busca el bien de la convivencia en la ciudad. Opinar y actuar diferente no es violencia. Es violencia estupidizar el relato del otro. Es violencia la caricaturización y la generalización inconsistente. Es violencia el golpe, literal o figurativamente hablando.

 Pero no quiero cerrar esta columna sólo con protesta. Quiero también proponer. Y mi propuesta va a quienes profesan la fe evangélica, re-emergida en la Reforma Protestante del siglo XVI. Se hace necesario que seamos iglesia reformada siempre reformándose a la luz de la Escritura. Que demos suma importancia a lo relacional y a lo dialógico. Que escapemos de la lógica vociferante que grita sin escuchar, que en todo lugar ve persecución, que encandila en vez de alumbrar. Copemos los espacios, pero con el evangelio, que por definición es “buena noticia”. Metafóricamente, no pasemos por el campo una aplanadora que arrasa con todo y con todos, sino que sigamos parsimoniosamente lanzando con nuestra mano extendida la semilla a la tierra, tal cual lo ordenó el Maestro de Galilea.

Luis Pino Moyano.

El retorno del miedo.

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Portada del diario La Segunda, 9 de septiembre de 2014.

Publicada en El Mostrador con el título “El regreso del Terror”.

El día lunes 8 de septiembre fuimos testigos de un hecho espantoso. Una bomba colocada en un centro comercial, en el basurero de un local de una cadena de comida rápida, a plena luz del día, explosiona dejando una decena de heridos, entre los cuales se encontraba una mujer trabajadora que perdió parte de uno de sus dedos. Sin dudas se trata de un acto violento que debemos repudiar sin ningún ápice de conmiseración. No podemos permitir que estos actos agreguen más incertidumbres a las que ya viven cientos de miles de habitantes de este país en sus vidas cotidianas. ¿Qué esperamos entonces? Repudio social a un acto violento de este tipo, juicio y condena de los responsables según el debido proceso, políticos que actúen a la altura de la circunstancia y no buscando sacar dividendos mezquinos y medios de comunicación que informen entendiendo la función social educativa que está implícita a su labor.

¿Pero qué hemos visto hasta ahora? Hemos visto a políticos, abogados, académicos y otros, de diversos sectores ideológicos, hablar inmediatamente un acto “terrorista” y que quienes perpetraron este acto son “anarquistas”, miembros de colectivos antisistema, con amplias conexiones internacionales (se habla de ligazones con ácratas españoles). Súmese a ello, la portada del diario La Segunda del martes 8, que con grandilocuente título declara “el retorno del miedo”, con una foto que en su costado tiene un borde con los colores rojo y negro, clara alusión simbólica a corrientes de izquierda (es el mismo diario que en el pasado señaló que miristas se mataban entre sí, bajo el título “exterminados como ratones”, además de su declaración de que los desaparecidos no existían). Tenemos el reportaje de Canal 13 que malintencionadamente relaciona este acto violento con el movimiento estudiantil y, desde luego, al senador Moreira que con su verborragia alude al Partido Comunista y a sus redes con violentistas del ayer. ¿Luego de eso, es legítimo preguntarse, quién es el que siembra el terror?

¿Existen posibilidades concretas de establecer un marco de relación con otros actos violentos tal y como lo ha hecho cierta prensa? A todas luces no. Todos los “casos bomba” que tenemos hasta el momento fueron colocados de noche, en lugares que simbolizan algún tipo de poder (político, judicial, policial, religioso, económico) y muy poco transitados, los cuales son reivindicados por alguna organización para que cumplan su función de “propaganda”. Pero el día lunes tenemos una bomba, un extintor cargado con pólvora negra (lo único similar con otros acontecimientos), que fue puesta dentro de un basurero, cerca de las dos de la tarde, en un lugar bastante transitado, y que hasta el momento nadie ha reivindicado. Lo que trae más preguntas: ¿Cómo es que nadie vio, sospechó o disuadió a quienes hacían esto a plena luz del día con gente transitando? ¿Por qué si no hay detenidos in fraganti hay tanta declaración taxativa de que se trata de anarquistas?

Todo esto, por extensión suscita más preguntas: ¿por qué las policías no logran detener a quienes originan los desórdenes en las manifestaciones, queman automóviles y buses del Transantiago, ponen bombas o anuncian que las pusieron sin hacerlo? ¿Acaso no tienen la tecnología ni la capacidad ni los equipos de inteligencia para hacerlo? ¿Puede entenderse que los mecanismos represores de la dictadura tuviesen más éxito en la captura de militantes de izquierda en el pasado sin la posibilidad de control que hoy día tienen los aparatos de control social? Porque estimados lectores: no somos tan inocentes como algunos creen. ¿Acaso los demócratas que crearon “La Oficina” y la “ANI” nos van a venir a hablar de debido proceso y de las debilidades de infiltración? ¿Van a creer que nos vamos a comprar el cuento de que no hay montajes luego del “Caso Bombas”, que no sólo se cayó por la incapacidad de la Fiscalía en el uso de las pruebas, sino precisamente por la carencia de las mismas? ¿Cómo quieren que creamos la idea de que los jueces son garantistas cuando dicho discurso va ligado a la criminalización de los movimientos sociales? ¿Qué hacemos con el principio de presunción de inocencia y con el debido proceso que una ley que emergió en el contexto dictatorial con la finalidad de perseguir a los opositores al régimen obnubila? Son demasiadas dudas y certezas que no podemos dejar de lado.

Son muchas las tareas que tenemos por delante: a) negarnos a llamar “anarquista” a sujetos que todavía no tienen un rostro definido, porque a lo largo de la historia de Chile no han sido los únicos que han hecho explosionar bombas (y de hecho, algunos que hoy día discursean en otros contextos callaban e, inclusive, aplaudían); b) negarnos a llamar “terrorismo” a un acto que no conocemos su finalidad, a la colocación de una bomba y, mucho menos, a una llamada telefónica avisando de una bomba que en la mayoría de los casos ni siquiera existen; c) exigir y cuestionar socialmente como los medios de comunicación tratan las noticias, criticando activamente el sensacionalismo y la expansión del miedo en la población a partir de imágenes, música y palabras (¡por favor! Estudiaron en la universidad no en la DINACOS); d) estudiar de manera profunda los fenómenos de violencia social, haciendo uso de la historia, y analizando no sólo los actos de violencia reactiva, sino los de la violencia estructural; e) cuestionar la repetición de la figura del “enemigo interno”, presente en la “larga duración” del país, los que ayer eran “pipiolos”, liberales rojos, mapuches, comunistas (figurados como “cáncer” y “humanoides venidos de marte” según miembros de la Junta Militar chilena), extremistas, violentistas, hoy son encapuchados y anarquistas; y f) por sobre todas las cosas, no permitir, y luchar si es necesario, para que el utillaje que brindan estos actos sin rostro sirvan para quitarnos derechos sociales, volver a poner sobre la mesa conceptos como la “detención por sospecha”, y repongan actos tan deleznables como la infiltración de organizaciones políticas y sociales, propiciando métodos como detenciones irregulares, testigos encubiertos y la delación.

Debemos resistirnos a la imposición del terror, al “retorno del miedo”, porque eso no nos permite vivir en comunidad ni experimentar la libertad.

Luis Pino Moyano.

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La larga duración que persigue a esta prensa.

De fútbol, opio, nacionalismo y la felicidad.

René Orlando Meléndez, jugando por la selección chilena frente a Panamá en 1952. Para mi Tata el mejor jugador de la historia del fútbol chileno.

René Orlando Meléndez, jugando por la selección chilena frente a Panamá en 1952. Para mi Tata el mejor jugador de la historia del fútbol chileno.

Mientras en Brasil se juega una nueva versión de un mundial, en muchos espacios, reales y virtuales, se discute acerca del fútbol y su impacto societal. Mucho se habla del fútbol como distractor frente a los “problemas reales” de la gente, toda vez que los medios de comunicación se atiborran del seguimiento de jugadores, entrenadores, partidos, resultados, hinchadas y más. ¿Nos faltan motivos de alegría más reales y concretos? ¿Se nos olvida que al otro día debemos seguir trabajando? ¿Dejamos de analizar los problemas que vemos en educación, salud, vivienda y otros temas y problemáticas sociales? ¿Es el fútbol opio de los pueblos que obnubila nuestra mirada de la realidad y nos hace recaer en la entelequia de la nación?

 Comencemos al revés. ¿Es el fútbol opio de los pueblos? Mi respuesta es sí y no. Sería iluso de mi parte decir que el fútbol no ha sido instrumentalizado por las clases dominantes ya sea para homogeneizar, popularizarse y también generar otro foco informativo que haga poner la mirada en otro polo atractivo. Los manejos de la FIFA, son una prueba de ello: a) arreglando torneos para que se den ciertos resultados, cosa que no siempre resulta: ahí tenemos el Maracanazo del ’50 cuando todo se preparó para que Brasil celebrara, sin esperar el batatazo de los charrúas comandados por Obdulio Varela; b) para qué decir del tema comercial que hace que este organismo internacional se meta al bolsillo la legalidad de los países sede (el caso de la venta de cerveza en los estadios en este mundial, cuestión prohibida en la legalidad brasileña) y c) el acto legitimador de la dictadura argentina, haciendo que éste país fuese sede del mundial en 1978, sin siquiera citar la derrota de 6 a 0 de Perú frente al combinado local, de la que quizá fuese la mejor selección blanquirroja de la historia. Argentina celebró en el Monumental de River, ganando en una controvertida final a Holanda, a pasos de uno de los principales centros de detención y tortura de los esbirros dictatoriales: la Escuela de Mecánica de la Armada.

 En Chile también lo hemos vivido. Augusto Pinochet, hincha de Santiago Wanderers, usó a Colo-Colo para legitimar su imagen en el mundo popular. Recibió el cargo de presidente honorario del club y comprometió su apoyo económico para la finalización de la construcción del Estadio Monumental. Platas que nunca llegaron, porque la derrota en el plebiscito de 1988 le hizo recular. Su presencia también se hizo presente en la Universidad de Chile, con su abogado y albacea Ambrosio Rodríguez, quien presidió la CORFUCH en forma paralela a su tarea como Procurador General de la República. En forma más reciente, tenemos la hegemonía de las sociedades anónimas que se han apropiado de los clubes, con criterios economicistas, sin conocimiento ni apego a los clubes, además del criterio populachero, como es el caso de Sebastián Piñera, hincha de la Universidad Católica, que en un momento fue accionista mayoritario de Blanco y Negro.

 Sí, el fútbol es, y ha sido, opio de los pueblos. Pero puede no serlo. Por ende, no caben las oposiciones binarias ni los esencialismos. Existe la posibilidad de que el fútbol no sea opio de los pueblos y esto por varias razones. Desde un punto de vista político, el fútbol ha sido un espacio en el cual se han manifestado rebeldías contra los poderosos de la tierra. Para efectos sintetizadores, podríamos mencionar los casos referidos en el documental “Football rebels”. Ahí están: Rachid Mekhloufi, quien rechaza jugar por la selección francesa en el Mundial de Suecia del ’58, para formar la selección de fútbol del “Frente Nacional de Liberación Argelino”; Carlos Caszely, opositor al régimen dictatorial de Pinochet, quien en la propaganda del NO el ’88 nos contó cómo su madre fue torturada por dicha posición política; Sócrates, quien se opuso a la dictadura brasileña y funda “Democracia Corinthiana”; Predraf Pasic, quien durante la guerra en Yugoslavia, se mantuvo en su país y llevó el fútbol a los niños para sacarlos del ambiente de violencia y darles una alegría; y Didier Drogba, quien luchando por la paz en Costa de Marfil, colabora con la construcción de hospitales, escuelas y campos para el juego del fútbol para quienes están en la periferia, no sólo de la ciudad, sino también de la historia.

 Pero aún más, el fútbol es, y puede ser un espacio, en el que más que valorar la individuación, se puede fomentar y experimentar la comunidad. Por ello, Antonio Gramsci pudo entender el juego del fútbol como “el reino de la lealtad humana”. Lealtad que traspasa de la cancha, al asiento de los estadios, a las casas o en los sucuchos en los que familiares y los amigos conversan, comen y beben mientras se juega. El fútbol es un espacio en el que se valora no sólo la aceptación y cumplimiento de las reglas, sino también la creatividad, la belleza, el arte, el goce. El fútbol es el lugar en el que la derrota puede no ser leída como fracaso, sino como el momento que expresa apego y amor por la camiseta que se porta. Tanto así, que hinchas pueden organizarse y buscar quitarle el club a quienes lo roban y usufructúan por el sólo interés en la ganancia. El fútbol, como nos enseñaron los seleccionados argentinos al apoyar a las Abuelas de la Plaza Mayo, y también los seleccionados chilenos apoyando las demandas estudiantiles por una educación pública, puede ser un espacio de protesta también. Si no, preguntémosle a Maradona por sus dos goles a Inglaterra el ’86. El fútbol es también uno de los pocos espacios en el que sobrevive la meritocracia, aquella que llega a la generación del símbolo de una calle en Puente Alto “Charles Aránguiz”, de la misma manera en las que hay “Matte”, “Tocornal” y “Concha y Toro”. Un chico de una población al lado de los “dueños originarios” de la comuna.

 ¿Y qué pasa con el nacionalismo? En el mundial juegan selecciones nacionales, por lo cual se fomenta ese constructo imaginario por las élites en cada país. El nacionalismo nos hace obviar la diferencia y la violencia de ella. Todo eso es cierto, y lo tenemos muy presente. Pero, también nos hace encontrarnos con otros hijos e hijas de esta tierra, con la lengua materna, aquella que aprendimos con los cantos de cuna, con nuestros sentimientos y costumbres, con la solidaridad, con la comunidad de sentimientos, con el amor a la tierra de nuestros padres. Y aquí no estoy refiriendo las palabras de ningún filofascista sino las de Elisée Reclus, uno de los padres del anarquismo y de la geografía. La violencia vivida no nos hace olvidar la alegría de la construcción de lo nuestro. Celebrar a la Roja, para mí es celebrar a Neruda y De Rokha, a Violeta Parra y a Víctor Jara, a la cueca chora, al vino tinto, al pipeño y la empanada. No es el olvido de la historia, es el rescate de lo que puede ser celebrado de ella. Con Recabarren no celebro la falaz independencia. Pero sí celebro la alegría que emerge del pueblo, de aquél que no sólo reconoce lo nuestro como lo chileno, sino también lo latinoamericano.

 Precisamente aquí está el problema de los marxólogos de turno, aquellos que parafrasean al filósofo alemán diciendo que “el fútbol es el opio de los pueblos”. Primero, porque denotan la ausencia de la lectura de la “Crítica de la filosofía del derecho de Hegel”, puesto que al decir de Marx, la religión que es opio es la que fomenta el valle de lágrimas del aquí y ahora, por la felicidad del más allá, discurso fomentado por una religión opresora y dominante. Ergo, no se trata de una crítica a la religión en sí, sino de una crítica a una que lleva el apellido “opio” u “opresora”. Es decir, en la paráfrasis actual, lo que oprime es “el fútbol opio-opresor” y no el fútbol en sí. ¿Cuál es el centro del problema? Es que los marxólogos de turno olvidan una premisa del materialismo dialéctico: la materia cambia, y, precisamente, es eso lo que permite pensar en la transformación de la realidad. Esa base epistemológica es olvidada por quienes ostentan su intelectualidad y superioridad moral y política, frente a los pelotudos distraídos que nos encantamos por 90 minutos con un juego. Ignorancia supina, simplemente, de quienes tiran la línea sin saber. Y no sólo eso, muestran su impotencia, al no crear ninguna alternativa más atractiva que el fútbol y la tele que lo comunica. En definitiva, mero discurso sin correlato empírico.

 Todo esto me lleva a una reflexión final. El moralismo, venga de dónde venga, es un enemigo que no permite el deleite más que en uno mismo. No se alegra en la comunidad ni en las cosas simples de la vida. Por eso no entiende el fútbol. No entiende el goce del grito de gol ni el sufrimiento del partido que se hace largo cuando el rival ataca sin parar ni la tristeza de la derrota, sobre todo de aquella que no se merecía. Ese moralismo no entiende que quienes disfrutamos del fútbol no olvidamos nada de lo que acontece en nuestro entorno, porque no somos tontos ni pesados, puesto que como diría Rodolfo Braceli: “El fútbol no es culpable ni inocente. No es la causa ni el ombligo. Es sencillamente un espejo, el espejo que mejor espeja nuestras ternuras y crueldades, nuestros optimismos y depresiones, nuestra congénita y perenne absurdidad”. Allí, en el fútbol, también se juega la vida, cómo nos entendemos, cómo somos, cómo nos relacionamos, por lo que si no eliminamos los dualismos, no podrá haber disfrute, solo moral o culpa.

Por eso, por mi parte, prefiero la felicidad, el disfrutar sin mayores aspavientos de la pelota que no se mancha. Tal y como cuando vi el gol de Hugo Rubio en la final del torneo del ’86 frente a Palestino, o la primera vez que fui con mi Tata al Estadio Nacional el ’90, o cuando el Colo-Colo salió campeón de la Libertadores el ’91, o cuando con mis compañeros de colegio vimos a Chile en Francia ’98, o al Colo-Colo de Borghi, o cuando Bielsa nos hizo recordar que para ganar hay que jugar-atacar y no salir a ratonear a un campo de juego, o cuando conversaba con mi Tata, Manuel Pino, o con el tío de mi esposa, mi tío, Manuel García, ambos hinchas de la Universidad de Chile con quienes podía hablar y disfrutar la historia del fútbol, o cuando este año fui al estadio con mi hijo y con uno de mis mejores amigos esperando la ansiada copa número 30 del popular, o cuando a lo lejos juego a la pelota con mis amigos o compañeros estudiantes. En dicha simpleza no hay opio. Hay goce. Y por sobre todo encuentros con “otros” que también son “yo”. ¿Por qué privarnos, entonces, del disfute del juego y de la celebración?

Luis Pino Moyano.

Entrevista a Felipe Berríos s.j. en El Informante.

El 28 de mayo de 2013, en el programa El Informante fue entrevistado el sacerdote jesuita Felipe Berríos. Después de años de silencio mediático, se extrañaba su lucidez y palabras desde el alma. No soy Católico Apostólico y Romano, pero no puedo dejar de adherir a lo señalado por el misionero de la Compañía de Jesús, quien dio cuenta, en muchas partes de la entrevista, del cristianismo histórico. 31 minutos de televisión de calidad.