Cosmovisión cristiana y posmodernidad.

Entre los días 20 al 24 de enero de 2016, se realizó el “Retiro Metanoia” de los Jóvenes del Presbiterio Centro de la Iglesia Presbiteriana de Chile. Allí, tuve la oportunidad de compartir el tema “Posmodernidad y Cosmovisión Cristiana”.

 Comparto este vídeo como un recurso más para la comprensión de la época en la que vivimos y los desafíos que ésta nos propone como cristianos.

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

cristo-crucificado-pete-lopez

Jesús de Nazaret, un día como hoy, experimentó la cruenta muerte de la cruz, sacrificio que los romanos aplicaban para los insurgentes y para los esclavos. Por su parte, la ley de Moisés señalaba que era maldito todo aquél que era colgado en un madero (Deuteronomio 21:23; y citado por Pablo quien lo aplica a Jesús en Gálatas 3:13). Previo al momento de la cruz, Jesús sufrió una presión enorme en Getsemaní, a solas, mientras sus mejores amigos dormían, en la que en oración avizoraba que le tocaría beber una amarga copa, y que lo haría según la voluntad del Padre.

 Jesús es arrestado y sufre juicios injustos, en los que se les acusa de blasfemia, por hacerse igual a Dios, y ante el procurador romano, se le acusa de proclamarse rey, declaración abiertamente subversiva en la lógica imperial. Tanto a manos de los judíos como de los romanos, Jesús recibió burlas, palabras hirientes, golpes de puño, escupitajos y azotes con el horrendo flagrum romano. Se le colocó una corona de espinas. Y, a lo menos, se le obligó a cargar el poste horizontal de su cruz. El pesado travesaño, la sangre perdida, la noche en vela, la enorme presión emocional y espiritual, le llevó al desplome. Se le pidió a un hombre que pasaba por el camino que cargara su cruz. En el monte de la Calavera, el Gólgota, Jesús es crucificado. Clavos de tosco metal atravesaron sus muñecas o manos y sus pies, fijándole en la cruz. Algunos médicos en tiempos contemporáneos hablan del sufrimiento de la cruz: calambres, dolores de cabeza, problemas de respiración (la muerte común de los crucificados era por asfixia, la que era apresurada con la crurifractura, es decir, quebrándole las piernas a los torturados), pérdida de la conciencia momentánea. Jesús sufrió la burla de los maestros de la ley cómplices y testigos del ignominioso sacrificio, de la gente que pasaba por el camino y, al comienzo, de ambos malhechores a su lado. Jesús, tal y como dijo el profeta, fue herido y molido por nuestras rebeliones. Todo este sufrimiento y presión, Jesús lo experimentó como el humano que era, luego de ese profundo misterio de la encarnación.

 Pero el sufrimiento de la cruz no fue sólo físico y emocional. Lo fue también espiritual. Y dicho sufrimiento no sólo fue experimentado en su humanidad. Cristo no dejó de ser Dios al estar en la cruz. Él es eterno Dios, la segunda persona de la Trinidad. La lectura del evangelio nos lleva a adentrarnos en uno de los momentos más oscuros y terribles de la historia. El momento en que la danza eterna de Dios, como llamaban nuestros antiguos hermanos orientales a la relación intratrinitaria, se detuvo. Hubo un momento del sacrificio de Cristo en la cruz en que Dios, misteriosamente, y empleando lenguaje sencillo, dio vuelta la espalda a su Hijo amado. La Escritura dice:

 “Desde el mediodía, toda la tierra quedó sumida en oscuridad hasta las tres de la tarde. Hacia esa hora Jesús gritó con fuerza: -Elí, Elí, ¿lemá sabaqtaní?, es decir: ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’” (Mateo 27:45,46, La Palabra).

 En ese momento, Jesús padeció lo que nuestra teología llama la muerte espiritual, el descenso al infierno, como lo anuncia el Credo Apostólico. A Jesús no sólo lo puso en la cruz las autoridades religiosas judías, el pusilánime procurador Poncio Pilato, la soldadesca imperial… Dios Padre puso a su Hijo en la cruz. En ese momento, Jesús bebió la copa amarga de la ira de Dios en nuestro lugar. Fue en ese momento que Jesús recibió la paga del pecado en nuestro lugar. Fue en ese momento, en que el Mesías prometido cargó el pecado de todos nosotros. El santo, inocente, justo y misericordioso sumo sacerdote y cordero pascual, realizando el sacrificio único y perfecto por nuestra redención. Jesús sufrió el abandono del Padre para que quienes formamos parte del pueblo de Dios, por el puro afecto de su amor, jamás viviésemos dicho abandono. Fuimos absueltos de la muerte espiritual por medio de este sacrificio que satisfizo la justicia de Dios. Y no sólo eso: hoy hemos recibido vida abundante.

 Juan Calvino señaló respecto de este asunto:

 “Nada hubiera sucedido si Jesucristo hubiera muerto solamente de muerte corporal. Pero era necesario a la vez que sintiese en su alma el rigor del castigo de Dios, para oponerse a su ira y satisfacer a su justo juicio. Por lo cual convino también que combatiese con las fuerzas del infierno y que luchase a brazo partido con el horror de la muerte eterna. […] Por tanto, no debemos maravillarnos de que se diga que Jesucristo descendió a los infiernos, puesto que padeció la muerte con la que Dios suele castigar a los perversos en su justa cólera”[1].

 Por su parte, Sally Lloyd-Jones, en el que a mi gusto es el mejor libro de historias bíblicas, relata lo siguiente:

 “-Si eres en realidad el Hijo de Dios, ¡simplemente bájate de esa cruz! – decían.

Por supuesto, tenían razón. Jesús simplemente pudiera haberse bajado de la cruz. En realidad, pudiera haber simplemente dicho una palabra y todo se hubiera detenido. Como cuando sanó a la niña, o calmó la tempestad, o dio de comer a cinco mil personas.

Pero Jesús se quedó en la cruz.

Como ves, ellos no entendían. No fueron los clavos los que mantuvieron a Jesús en la cruz. Fue el amor.

– ¿Papá? – clamó Jesús, frenéticamente buscando en el cielo-. ¿Papá? ¿Dónde estás? ¡No me dejes!

Por primer vez, y por última vez, cuando él habló, nada sucedió. Hubo solo un horrible e interminable silencio. Dios no respondió. Le dio la espalda a su muchacho.

Las lágrimas corrieron por el rostro de Jesús, el rostro de aquel que limpiaría toda lágrima de todo ojo”[2].

 Amor. Eterno y perfecto amor…

 Lo más maravilloso, es que el relato del evangelio no sólo tiene un alcance teológico respecto de nuestra salvación, sino un contenido pastoral potente. Jesús, estando en la cruz, oró las palabras del Salmo 22 “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. En esto, Jesús también nos sustituyó. Él realizó esta oración angustiosa (una lectio divina en el pleno sentido de la expresión), hecha con un fuerte grito, también sustituyéndonos en ella. ¿Estás pasando momentos de adversidad? ¿Crees que estás solo? ¿Estás experimentando el desamor, el desaliento, la traición, la falta de esperanza, el quiebre de relaciones significativas? ¿Vives lo que Martyn Lloyd-Jones llamó “depresión espiritual”? Quiero darte una buena noticia que espero llegue al desierto de tu vida: jamás podrás hacer esta misma oración. ¡Jamás podrás decir y orar “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” porque Jesús ya vivió eso por ti y por mi en la cruz ignominiosa! Cristo experimentó la soledad y el desamparo de Dios para que tú y yo no lo viviéramos. En la dureza de la vida, no estás solo. Podemos recordar con gozo las palabras proclamadas por el profeta:

 “¿Se olvida una madre de su criatura,

deja de amar al hijo de sus entrañas?

Pues aunque una madre se olvidara,

yo jamás me olvidaré.

Aquí estás, tatuada en mis palmas,

tengo siempre a la vista tus murallas”.

(Isaías 49:15,16, La Palabra).

 Sí, amor. Eterno y perfecto amor…

 Luis Pino Moyano.


[1] Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana. Libro II, Capítulo XVI, Punto 10. Rijswik, Fundación Editorial de Literatura Reformada, 2006, p. 382.

[2] Sally Lloyd-Jones. Historias bíblicas de Jesús para niños. Miami, Editorial Vida, 2012, p. 304.

Clase sobre la Reforma Protestante.

Lutero_lderesprotestantes

Este martes 4 de abril de 2017 fui convidado a realizar una clase sobre la Reforma Protestante en el 8º Básico del Colegio Andino Antuquelén.

¿Qué me propuse? Abordar el proceso histórico, haciendo énfasis en la acción y pensamiento de Martín Lutero y Juan Calvino. Respecto de éste último, hago el esfuerzo de mostrar una faceta distinta a la que los libros de textos muestran limitando al teólogo de la Reforma al tema de la Predestinación.

Comparto acá, precisamente, como una síntesis, las diapositivas de la clase, que podrían servir en algo a la preparación de los actos conmemorativos de los quinientos años de la aparición pública de las 95 tesis de Lutero.

Descargue las diapositivas haciendo clic aquí.

Nada más/menos característico de un reformado.

reformadores-e1477840534612

No hay nada más característico de un reformado que congregarse y participar activamente de su comunidad local y presbiterial, por ende, no creer que Facebook es su comunidad.

No hay nada más característico de un reformado, que si antes vivió otra experiencia eclesial, glorificar a Dios por ella, y leerla en clave de providencia.

No hay nada más característico de un reformado que someterse a los consejos establecidos, entendiendo, que si bien sus miembros son elegidos, no son meros representantes o “diputados” de la iglesia, al cual cobrarles favores. Conciencia atada a la norma de la norma: la Escritura.

No hay nada menos característico de un reformado que menospreciar a hermanos en la fe por no creer lo mismo que uno, lo que muestra en que creen en la idea de una salvación por gracia y algo más.

No hay nada menos característico de un reformado que ser un “llanero solitario”, que no se somete a nadie, que no rinde cuentas a nadie, que cree que no puede aprender de los demás -por muy humildes que sean esos demás- y que vive la ensoñación de una iglesia que no existe: una libre de santos-pecadores, como tú o como yo.

Luis Pino Moyano.

Doce tesis sobre la gracia común y la verdad en los no creyentes.

Abraham Kuyper (1837-1920) aan het werk. Ongedateerd.;

Luis Pino Moyano[1].

Publicado en Estudios Evangélicos.

 A propósito del marco de la celebración memoriosa de los quinientos años de la aparición pública de las 95 Tesis de Martín Lutero, quisiera recuperar algo de dicho género. En mi labor como profesor de historia de secundarios, cuando me correspondía hablar de dicho documento, lo comparaba con los tweets, aunque varios excedían el espacio de los 140 caracteres. Son declaraciones breves, que tienen la finalidad de reaccionar frente a otras ideas y, además, de proponer las propias, buscando abrir la discusión. Dicha discusión, se hacía en los márgenes de un método surgido en el Medioevo llamado disputatio. Entonces, la idea era leer la tesis y abrir el diálogo-discusión. Por ende, cuando hablo de tesis en este texto, lo ocupo en dicho sentido, el de una propuesta y opinión respecto de un tema, sentido refrendado por la Real Academia Española en la primera y segunda acepción de la palabra. Lo hago, fundamentalmente, porque creo que uno de los legados importantes que debemos rescatar de la Reforma Protestante es la capacidad de discutir y de proponer, entendiendo que la fe cristiana es activa en relación a la capacidad de pensar. Capacidad que no es otra cosa que un don de Dios. Sin más preámbulos, pasemos a las tesis:

  1. La gracia común es un concepto eje por el carácter de transversalidad que puede alcanzar en la teología sistemática de cuño reformado. Nos da cuenta de una doctrina que apunta a la creación efectuada por Dios, a la imagen de Dios en el ser humano, a los efectos del pecado en la naturaleza, a la redención conseguida en Cristo, a la comprensión de la gracia y la soteriología, a la obra del Espíritu Santo (¡fuera de la iglesia!), a la misión de Dios a través de la comunidad de creyentes y, de una u otra manera, al avance y consumación del Reino de Dios en la era presente y la porvenir. El concepto atraviesa y liga una trama argumentativa en el discurso teológico.
  1. Sin lugar a dudas, el concepto gracia común es caro y relevante para la teología reformacional, sobre todo, en la propuesta inicial, de la mano de Abraham Kuyper. Y si bien es cierto, esta conceptualización no goza de la aprobación de todos los sectores de la teología reformada[2] (lo que viene a ser una muestra más de la amplitud y polifonía de dicha corriente protestante), es mi impresión que la propuesta kuyperiana es consistente tanto con la obra de Calvino, como con el grueso de la propuesta reformada.
  1. El concepto de gracia común no puede disociarse de una cosmovisión cristiano-bíblica. El cristianismo es religión, expresión de fe, un discipulado, una caminata comunitaria y, también, una mirada omniabarcante de la realidad. Todo lo que acontece en la historia trazada de principio a fin por el Dios vivo y real, lo que sucede a nuestro alrededor, lo que nosotros hacemos incluso en nuestra intimidad, puede ser conocido y comprendido por medio del cristianismo. El cristianismo, como “verdad total”, nos permite ver el sentido de la historia y dar significado a la realidad. En dicha afirmación hay dos cuestiones claves, que deben ser aterrizadas del dogma a la vida: Cristo es el Señor y la Escritura es nuestra única y suficiente regla de fe y de práctica. No somos discípulos sólo de un “maestro bueno”, sino del Señor, cuya Palabra vivificadora es normativa. Es decir, el lente con el que miramos la realidad completa es la Escritura. En otras palabras, a partir de ella, es que podemos evaluar todo tipo de conocimiento y la susceptibilidad de asirlo como propio, ya sea a partir de sus declaraciones y mandatos, y a la vez, de sus principios permanentes[3].
  1. Calvino no ocupó el concepto “gracia común”, pero dicho eje doctrinal queda esbozado en su obra magna, la Institución de la Religión Cristiana. El teólogo de Ginebra plantea respecto al gobierno y sistema político humanos, “que no existe nadie que no esté dotado de la luz de la razón”[4], y que, además, en el ámbito del pensamiento, “existe cierto conocimiento general del entendimiento y de la razón, naturalmente impreso en todos los hombres; conocimiento tan universal, que cada uno en particular debe reconocerlo como una gracia peculiar de Dios”[5]. Esta gracia peculiar de Dios, en el sentido de que es distinta a la salvífica, es resultado de “una gran liberalidad de Dios”, toda vez que si “Él no nos hubiera preservado, la caída de Adán hubiera destruido todo cuanto nos había sido dado”[6]. Pero Calvino va más allá, y deja el camino trazado para algunos de sus futuros herederos, motejados de “neocalvinistas”, aludiendo que el Espíritu Santo es quien aplica esa gracia peculiar de la que habla. Cito in extenso: “Por lo tanto, cuando al leer los escritores paganos veamos en ellos esta admirable luz de la verdad que resplandece en sus escritos, ello nos debe servir como testimonio de que el entendimiento humano, por más que haya caído y degenerado de su integridad y perfección, sin embargo no deja de estar aún adornado y enriquecido con excelentes dones de Dios. Si reconocemos al Espíritu de Dios por única fuente y manantial de la verdad, no desecharemos ni menospreciaremos la verdad donde quiera que la halláremos; a no ser que queramos hacer una injuria al Espíritu de Dios, porque los dones del Espíritu no pueden ser menospreciados sin que Él mismo sea menospreciado y rebajado. […] Dios no cesa de llenar, vivificar y mover con la virtud de ese mismo Espíritu a todas sus criaturas; y ello conforme a la naturaleza que a cada una de ellas le dio al crearlas. Si, pues, Dios ha querido que los infieles nos sirviesen para entender la física, la dialéctica, las matemáticas y otras ciencias, sirvámonos de ellos en esto, temiendo que nuestra negligencia sea castigada si despreciamos los dones de Dios doquiera nos fueren ofrecidos”[7]. Es extemporáneo y contrafactual decir que Juan Calvino creía en la gracia común, pues no existía dicha nominación, pero eso no obsta para decir que su producción teológica es basal en dicha elaboración conceptual y, por ende, que lo planteado por Kuyper y los demás reformacionales después de él, es elaborar una propuesta que interpreta y amplía lo relevado-y-producido en el siglo XVI.
  1. Hasta el momento hemos usado el concepto gracia común sin definirlo. La gracia común es el acto por el cual Dios, que guía y preserva la historia de manera providente, que trabaja de manera activa y constante en su creación y en el tiempo, actúa en la especie humana, en cada sujeto, deteniendo los efectos del pecado, llevándolo con ello a producir bienes individuales y colectivos. La gracia común hace que el ser humano no sea tan malvado como podría serlo y, aún más, que inclusive sin ser un creyente como nosotros, pueda comunicar verdad y belleza, que nosotros debemos admirar y retener como fruto del trabajo que Dios hace en el ser humano. Kuyper dirá que: “Si todo lo que es, existe para la gloria de Dios, entonces se sigue que toda la creación tiene que glorificar a Dios”[8]. Esto es interesantísimo, porque el Coram Deo (esta idea de estar siempre delante de la faz de Dios), tiene su correlato con la gracia común, puesto que toda la humanidad está delante de dicha faz. Y el resultado de ello, es que Dios con dicha gracia manifiesta al mundo en los resultados señalados, termina siendo glorificado por todas sus criaturas, busquen o no hacerlo. Todo lo que respira termina alabando al Señor.
  1. La gracia común produce efectos diferentes que la gracia especial, pero eso no quiere decir que existan dos tipos diferentes de gracia. La gracia de Dios es multiforme, inalcanzable en su totalidad por nuestra mente finita. Por ende, la gracia común es una manifestación de la gracia a secas. Es Dios mostrando su amor, amor que tiene por todo lo que Él ha hecho, puesto que todo lo que Él hace lo hace bien. Con la gracia común no cambia la posición de los no creyentes respecto de su relación con Dios. Y si bien es cierto, ella no es salvífica, tampoco es merecida. No merecemos este amor que nos rescata de todas las consecuencias de la caída, permitiéndonos vivir mejor de lo que podríamos experimentar con el pecado en rienda suelta. Dios es bueno, con sus hijos, y también lo es con los pecadores irredentos. Todos sus dones son perfectos (Léase: Salmo 145:9; Hechos 14:15-17; 17:24-28; 1ª Timoteo 4:10; Santiago 1:17). El error de los no creyentes radica en que viendo estas cosas, no glorifican a Dios. Es el punto de Martyn Lloyd-Jones cuando muestra que: “En realidad lo erróneo de la cultura no es ella misma, es más bien que las personas dirigen su alabanza y adoración a los hombres que han creado las obras en lugar del Dios que los ha capacitado para hacerlas. Pero si consideramos estas cosas bajo el encabezamiento de la gracia común, veremos que todas glorifican a Dios porque Él dispensa estos dones generales a la Humanidad por medio del Espíritu Santo”[9].
  1. Todo lo anterior nos encamina a la necesidad de la interdisciplinariedad a la hora de la reflexión teológica. Al teólogo no le debe bastar la formación doctrinal y bíblica, sino que actúa sabia y prudentemente cuando conoce y aprehende de las otras áreas de saber, de sus teorías, métodos, descubrimientos y productos, lo que resultará en una ampliación focal de los fenómenos que piensa. Si la fe cristiana se expresa y comunica en el mundo, y el sujeto está rodeado de otros seres humanos, se debe hacer todo lo posible por comprender dicho mundo y a los otros que viven en él. Aunque posterior, resulta útil acá el concepto de Michel Foucault de “caja de herramientas”, puesto que dicho ejercicio no se trata de adopción acrítica de fuentes de saber y de metodologías de trabajo, sino de conocimiento y práctica mediatizados por la comprensión omniabarcante del cristianismo en su vertiente calvinista y reformacional.
  1. Debemos tener sumamente claro el objetivo de nuestra lucha, a saber, mortificar el pecado y sus consecuencias y no la gracia común y sus frutos. En una de sus conferencias, Kuyper planteará que: “En la medida en que el humanista se esforzó por sustituir lo eterno por la vida en esta tierra, cada calvinista se opuso al humanista. Pero en la medida en que el humanista contendía clamando por un reconocimiento correcto de la vida secular, el calvinista era su aliado”[10]. Esto es un batatazo a las lógicas anabaptistas de corte contraculturalista, como también lo es para quienes sacramentalizan nuestra dogmática pensando que el trino Dios actúa sólo en los creyentes. Como diría Berkhof: “Todo lo que el hombre natural recibe y que no es maldición y muerte, es el resultado indirecto de la obra de Cristo”[11]. En ese sentido, la gracia común no sólo es obra de Dios, sino además, marco hermenéutico para analizar cada producción humana.
  1. Cada vez que analizamos la producción humana de diverso cuño, debemos tener en cuenta la antítesis. Puede notarse en la obra Dooyeweerd, que existe una oposición entre los principios del Reino de Dios y los del sistema humano dañado por la caída. Dicha tensión espiritual atraviesa también los distintos constructos filosóficos humanos y, por supuesto, “alcanza también el corazón de cada creyente en su lucha para vivir una vida de compromiso integral con Dios”[12]. Esto nos lleva a decir que, cada vez que un no creyente dice la verdad, ésta es resultado de la gracia común. En otras palabras, la verdad no deja de serlo a causa de sus emisores, ni todo lo que dice un emisor se condice con nuestra fe porque en una ocasión éste dijese una verdad. Esto es lo que Dooyeweerd conceptualizó como “momentos de verdad”, puesto que sólo se muestra un aspecto de la realidad y, en ese sentido, cualquier absolutización de dicho constructo teórico es parte del “espíritu de engaño” que promueve medias verdades[13]. La única fuente segura de conocimiento es la Palabra de Dios y no existe posibilidad de consistencia teórica y práctica sin una fundada cosmovisión bíblica. Y este asunto no es sólo cuestión teológica o filosófica, en el sentido de disciplinas académicas, sino necesariamente espiritual, pues para creer (que al decir de Stott, es también pensar), es fundamental ser primero abrazado por el Padre, salvado por su gracia como resultado del amor eterno que tuvo como clímax la cruz de Jesucristo.
  1. Despojándonos de miedos, de pretensiones escapistas del mundo, del terrible veneno del dualismo y de las actitudes reaccionarias, podemos recurrir a la obra de otros seres humanos, que sin ser creyentes producen conocimiento que podemos asumir o, en su defecto, redimir desde un punto cosmovisional. Además, para rechazar una producción de saber, debemos primero hacer el ejercicio de leer e interpretar a la luz de la Palabra de Dios lo dicho por un determinado autor y estar seguros en que lo que se dice contraviene de manera abierta el pensamiento cristiano. Allí debemos diferenciar entre marco cosmovisional, propuesta total de un autor y expresiones particulares que podrían ser “momentos de verdad”. Este trabajo no puede hacerse sólo a partir de la lectura de comentarios, ni mucho menos a partir de panfletos (hoy en forma de memes divulgados en las redes sociales, sin fuente identificable), sino a partir de la lectura directa de un autor. Evidentemente, hay riesgos, en los que pueden producirse miradas eclécticas. Pero la solución no es la prohibición que genera un “Index librorum prohibitorum” al estilo inquisitorio, sino educar(nos) en el conocimiento del Dios santo y su Palabra. El cristiano es un sujeto activo frente a su realidad por la fuerza del Espíritu que le llena de poder para ser testigo de Jesús.
  1. Coincidir en puntos focales a la hora de hacer análisis, como también en argumentos y conclusiones con autores no creyentes, no significa, necesariamente, adherir a la totalidad de la propuesta teórica y práctica de un autor. Presuponer eso, es pensar que la ignorancia siempre es una cuestión de los otros y nunca mía, por ende, es prepotencia epistemológica. Podemos leer y citar a no creyentes sin adherir a su trama cosmovisional. En este punto es pertinente traer a colación la precisión conceptual de Francis Schaeffer cuando planteó que: “los cristianos han de darse cuenta de la diferencia que existe entre un cobeligerante y un aliado. A veces parecerá que estamos diciendo lo mismo que la Nueva Izquierda o que la élite de la Institución. Si hay injusticia social diremos que hay injusticia social. Si necesitamos orden, diremos que necesitamos orden. En estos casos específicos seríamos cobeligerantes, pero el serlo no nos hará alistarnos en ninguno de los campos citados porque no seremos aliados de ninguno de ellos. La Iglesia de Cristo Jesús, el Señor, es totalmente distinta de uno y otro, por completo” [14]. Cobeligerante, no es lo mismo que aliado, de la misma manera que contextualización no es lo mismo que adaptación. Lo que hace relevante al cristianismo es precisamente su diferencia, es decir, su experiencia salvífica y su mensaje a proclamar. Y si el mensaje proclamado y la experiencia vital encuentran relación con expresiones de otros sujetos, aunque no sean creyentes, es primordial para la ejecución de la tarea misional de la iglesia construir puentes y lazos. Defender la justicia social no nos hace marxistas, como luchar contra el aborto no nos hace integristas de derecha. Todo lo que contribuya a la extensión del Reino de Dios que es justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo es parte de la tarea de la iglesia, ¡de nuestra tarea! Y en dicha tarea puede haber coincidencia o martirio, pero eso no es lo importante. Lo importante es la coherencia y la consistencia de nuestra vida y mensaje con el evangelio de Cristo.
  1. Puede que veamos a hermanos nuestros en sus carreras y aprendizajes hacer lecturas de autores que, sabemos, en su propuesta global no se condicen con nuestra cosmovisión cristiana. Recordando que Pablo citó en Atenas a Epiménides de Cnosos y a Arato de Solos, sin dejar de ser ortodoxo en su fe, y sin que dichas referencias dejaran de ser parte del registro canónico, ¿cuál debiese ser nuestra actitud? Propongo las siguientes alternativas: a) Actuar de buena fe. ¿Qué razones tengo para pensar mal de un hermano? ¿Lo conozco tanto como para presuponer que está errando en el camino, adaptándose a pensamientos foráneos a la fe, o cayendo en análisis conspirativos, pensar que está operando en la comunidad con la finalidad de infiltrar su pensamiento en ella? Si no conozco, no juzgo acciones ni motivaciones. Esa debiese ser la premisa; b) Si tengo dudas, acercarme y conversar. ¡No existe ninguna razón válida para dejar de lado el diálogo entre creyentes! Especialmente, cuando éste clarifica nuestras dudas y nos permite ver la fuerza cosmovisional en el relato del otro, y así, ser beneficiados por un aprendizaje nuevo gracias a la perspectiva que enriquece, por su diferencia, nuestros análisis. O, en su defecto, ver las deficiencias, las grietas peligrosas en el pensamiento del otro, y ayudar con el amor y la verdad que no se disocian, a salir de una ruta que lleva a un barranco intelectual. Y en ese caso, no vale la satanización ni mucho menos la instalación del mote de ignorante en el otro. Lo que se debe hacer en ese caso es exponer al sujeto a la predicación del evangelio y a la experiencia acogedora del amor fraternal; c) Analizar de dónde proviene mi prejuicio (en el sentido etimológico de la expresión). Y allí la pregunta es fácil pero puede llevarnos a una problemática profunda: ¿mi lucha por la verdad proviene de lo revelado en la Palabra de Dios o en la ideología que he tomado prestada de otras influencias? Si la respuesta es la primera, actúo según lo dicho en el punto “b”. Si es la segunda, debo arrepentirme y pedir perdón al Dios vivo y verdadero. Porque si algo se interpone entre tú y un hermano, salvado por el sacrificio de Cristo al igual que tú, eso no es otra cosa que un ídolo que busca destruir lo que él conquistó con su sangre. Tal vez, encontrarse con el pensamiento de otro sea la oportunidad que Dios trazó de manera providente para que te encontraras con los ídolos que construyes a tu imagen y semejanza. Dios es muy bueno cuando nos libra de la idolatría. Dios es muy amoroso cuando derriba las tiranías del pensamiento que gobiernan nuestro corazón. Eso también es una expresión de la multiforme gracia de Dios. Puedo dar fe de eso. Dios poderosamente lo hizo en mí.

[1] Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

[2] Véase sobre esta discusión: Louis Berkhof. Teología Sistemática. Grand Rapids, Libros Desafío, 1999, pp. 514-532; y Anthony Hoekema. Creados a imagen de Dios. Grand Rapids, Libros Desafío, 2005, pp. 243-262.

[3] Para quienes quieran introducirse en el estudio cosmovisional cristiano, recomiendo las siguientes lecturas: Francis Schaeffer. Huyendo de la razón. Barcelona, Ediciones Evangélicas Europeas, 1969; Herman Dooyeweerd. Las raíces de la cultura occidental. Las opciones pagana, secular y cristiana. Barcelona, Editorial CLIE, 1998; James Sire. El universo de al lado. Grand Rapids, Libros Desafío, 2005; Darrow Miller et al. La cosmovisión del Reino de Dios. Tyler, Ediciones JUCUM, 2011; John Piper. Piense. La vida intelectual y el amor de Dios. Illinois, Tyndale House Foundation, 2011; Theo Donner. Posmodernidad y fe. Una cosmovisión cristiana para un mundo fragmentado. Barcelona, Editorial CLIE, 2012; Albert Wolters y Michael Goheen. La creación recuperada. Bases bíblicas para una cosmovisión reformacional. Medellín y Sioux Center, Poiema Publicaciones y Dordt College Press, 2013; Timothy Keller. La razón de Dios. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2014; Nancy Pearcey. Verdad total. Tyler, Ediciones JUCUM, 2014; y Michael Goheen y Craig Bartholomew. Introduçao à cosmovisão cristã. São Paulo, Edições Vida Nova, 2016.

[4] Juan Calvino. Institución de la Religión Cristiana. Libro II, Capítulo 1, Nº 13. Rijswik, Fundación Editorial de Literatura Reformada, 2006, p. 185.

[5] Ibídem, Libro II, Capítulo 1, Nº 14, p. 185.

[6] Ibídem, Libro II, Capítulo 1, Nº 17, p. 187.

[7] Ibídem, Libro II, Capítulo 1, Nº 15 y Nº16, pp. 185, 186.

[8] Abraham Kuyper. Conferencias sobre el calvinismo. Una cosmovisión bíblica. San José, Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas, 2010, p. 65. Corresponde a la Conferencia “El calvinismo y la religión”.

[9] Martyn Lloyd-Jones. Dios el Espíritu Santo. Ciudad Real, Editorial Peregrino, 2001, p. 39. Es recomendable ver todo el capítulo titulado “Creación y gracia común”, pp. 34-43

[10] Kuyper. Op. Cit., p. 150. Corresponde a la conferencia “Calvinismo y la ciencia”.

[11] Berkhof. Op. Cit., p. 522.

[12] Este marco definitorio sigue el glosario dooyeweerdiano realizado por Albert Wolters, traducido y ampliado por Guilherme de Carvalho en: Herman Dooyeweerd. Estado e soberania. Ensaios sobre cristianismo e política. São Paulo, Edições Vida Nova, 2014, p. 131. El lector debe tener en cuenta que la referencia es tanto implícita como explícita.

[13] Dooyeweerd. Las raíces… Op. Cit., pp. 43, 72, 91.

[14] Francis Schaeffer. La Iglesia al final del siglo XX. Barcelona, Ediciones Evangélicas Españolas, 1973, p. 50.

MOVILH, verdad y conservadurismo.

Bandera Gay

Hace una semana atrás, Alexander Núñez, participante de un programa televisivo para el espectro juvenil hace unos años atrás, hizo algunas declaraciones en el farandulero “Primer Plano” que causaron cierta polémica. Entre las cosas que señaló, me permito citar éstas: “No estoy de acuerdo con el matrimonio homosexual (…). No creo en el amor entre un hombre y un hombre. Yo, que fui homosexual, nunca sentí amor por un hombre”; “Necesitaba que Dios quitara esa pena que había en mi corazón. Uno va por algo y el Señor te entrega mucho más”. Lo que Núñez estaba haciendo en dicho relato era nominar su experiencia en clave de redención. Su experiencia es dotada de coherencia por dicho prisma, lugar de producción, ideología, cosmovisión o como quiera llamársele. No hizo nada ajeno al acto comunicativo, pues cada vez que hablamos lo hacemos desde un lugar. Y es lógico que ante la divergencia de lugares, y luego de opiniones y argumentos, exista reacción. Lo que se esperaría en el debate público es que siempre se comience por la presuposición de inteligibilidad al relato del Otro.

 Llama la atención entonces, la reacción que ha tenido el MOVILH, que sirvió de sustento al periodismo que registró la noticia en la web, mediante su declaración titulada “Consideraciones sobre testimonios de supuestos ‘ex homosexuales’”. Allí no se duda en llamar a las palabras de Núñez como “declaraciones homofóbicas”, “peligrosas e intolerables”. Lo que hace esta nominación del relato de Núñez es impedir el debate, defenestrando al interlocutor. Se anula al otro con un juicio de valor. De hecho, lo que me motivó a escribir estas líneas son particularmente los puntos 1 y 4 de la declaración. Cito textualmente: “1.- La ‘orientación sexual’; sea lésbica, gay, bisexual o heterosexual; no es una elección, ni una decisión, es una realidad natural. Ni la cultura, ni un decreto, ni una ley, ni una religión podrán jamás modificar una ‘orientación sexual’ […] 4.- Toda influencia o intento por modificar la ‘orientación sexual’ de las personas constituye un abuso, una violación a los derechos humanos, que merece el máximo repudio social y estatal, en cuanto sólo genera efectos nocivos, asimilables en el corto o largo plazo a la tortura” (el destacado es del original).

 No deja de ser interesante la pulsión por la verdad que tiene la declaración. Ella es taxativa y axiomática, al nivel de apelar a una “realidad natural”. De hecho, más adelante se apela a “estudios exclusivamente científicos” (punto 5), que darían crédito a sus postulados. Dicho asunto releva la fuerza que tiene todavía la mirada naturalista y positivista de la ciencia en nuestro país, en la idea de un constructo libre de ideologías, que siempre dice la verdad. Esa ciencia aséptica es entronizada en el altar secular del viejo iluminismo en pos de leyes universales. Es la sustitución de la religión trascendental por la religión secular, que necesita de tanta fe como la otra. Y de hecho, es una fe exclusivista y excluyente tanto como el enemigo al que se critica. Se está con esta verdad, o se debe, recibir el “máximo repudio”. Parece que se desconocen las atrocidades que se han ejecutado a lo largo de la historia en pos de la ciencia y su verdad normativa, constructora de leyes naturales inviolables e inexorables, entre las cuales está la tortura a la que se compara con los intentos de modificación de la “orientación sexual” (a modo de paréntesis: sería relevante que quienes criticaron a los actores “pro-vida” que compararon el aborto con los asesinatos y desapariciones acaecidas en el contexto de la dictadura cívico-militar chilena digan algo acerca de éste símil, que resulta tan ofensivo como el anterior).

 Pero lo más (pre)potente de la declaración es su conservadurismo. Sí, conservadurismo, con todas sus letras. De hecho, cuando se apela a una realidad natural se presupone lo que más adelante se declara: algo que jamás se podrá modificar. He ahí la base de la contradicción del lenguaje de derechos que naturaliza la conquista política, perpetuándola en su normatividad universal. Y es ahí donde el MOVILH hace recaer su discurso conservador. Es un discurso conservador porque niega la posibilidad de cambio (tanto como los grupos religiosos fundamentalistas que niegan la posibilidad de que un homosexual cambie). Es un discurso conservador porque apela a constituir una realidad histórica, por ende dinámica, como una realidad natural, constituyendo axiomas inviolables. Es un discurso conservador porque busca la punición del pensamiento divergente. Es un discurso conservador porque responde al constructo de una élite dentro del diverso mundo homosexual. Es un discurso conservador, inclusive en la crítica que hace de su oponente, presuponiendo que todo aquél que discute con dicha producción elitaria dota a la homosexualidad un estatuto de “enfermedad”, lo cual carece de correlato empírico (es como criticar “la ideología de género” presuponiendo la homogeneidad de la producción que releva dicho debate). Y es, inclusive, un discurso conservador dentro de las múltiples ideas de género existentes en el mundo y en la historia. No está demás decir que Simone de Beauvoir, Michel Foucault, Judith Butler, Beatriz Preciado, entre otros exponentes no estarían de acuerdo en la naturalización del género, sino que desde sus matices darán cuenta de una opción que se construye y que es afectada por los mandatos culturales (nadie acusaría de homofóbicos a estos exponentes). Por ello, no resulta menor dar cuenta que esta institución elitaria dentro del mundo homosexual tenga dentro de su proyecto histórico la búsqueda del matrimonio igualitario, siendo esta institución una de las perpetuadoras del constructo patriarcal, en la lógica de diversos estudios de género.

 Lo que más hace falta en este debate es la honestidad. El problema en cuestión no es la homofobia (¿literalmente “miedo al igual”?). El problema concreto para el MOVILH consiste en si se le debe dar cabida al discurso religioso en el espacio público. Y es un problema de marca mayor, puesto que su propuesta discursiva se presenta como el de una minoría victimizada, cuando en realidad su producto tiene acceso hegemónico a medios y se presenta como verdad incuestionable. En ese sentido, el MOVILH, en tanto grupo elitario, es una minoría, pero poderosa, pues tiene la capacidad cultural de instalar conceptos como sentido común. Sus ideas dominan. Y como lo dijeran Marx y Engels en “La ideología alemana”, “las ideas de clase dominante son las ideas dominantes de una determinada época”. Lo que es suficiente razón para que sus ideas no dejen de ser sometidas a la crítica.

Luis Pino Moyano.

¿Existe una “ortodoxia muerta”?

foto-el-03-02-17-a-las-15-51-2

Vengo masticando esta pregunta desde el culto de clausura del año académico del Seminario Teológico Presbiteriano, en diciembre pasado, cuando el pastor Oswaldo Fernández, refiriendo a consejos de Pablo a Timoteo mostró dos características de la doctrina: que es sana y es buena. Insisto en esto: no es que la sana doctrina pueda no ser buena, y viceversa, sino que son características indivorciables de una misma doctrina, que emana y se sustenta en la Palabra de Dios. Después de la escucha de ese sermón, no he dejado de darle vueltas a dicha proposición. La doctrina sólidamente correcta debe estar siempre acompañada de su fruto, léase, una vida conforme a la ética bíblica, es decir, sujetos marcados por la santidad producida por el Espíritu, por el cual presentamos sacrificios que agradan a Dios (véase Romanos 12:1,2 y Hebreos 13:15,16[1]).

 Es lo anteriormente dicho que origina la pregunta por la existencia de una ortodoxia muerta. He leído varios posts de amigos que refieren a aquello. Lo he escuchado y leído en libros de los más eminentes autores. Lo he pensado por años respecto del riesgo de disociar estudios teológicos y espiritualidad, aferrándome a una idea de características separadas que vienen a complementarse. No basta con teología buena, sino hay que desarrollar una fértil espiritualidad. Y, bueno, al revés también. La ausencia de complemento llevaría al error, al camino de la insolencia y la temeridad. Y, en verdad, me arrepiento de esa mirada que no hace justicia a la doctrina que nace de la Palabra viva y verdadera.

 Estoy peleando duramente con la idea que dice que existe una ortodoxia muerta. ¡No existe ortodoxia muerta! Si hay conocimiento bíblico, si hay sana doctrina, ese sano conocimiento doctrinal nos conducirá por la senda de la justicia, y no por el pecado. Y si incursionamos en el pecado, esa sana doctrina, porque es buena, nos llevará al arrepentimiento, y no a la justificación ni al encubrimiento de nuestro pecado, ni mucho menos a la tibieza vomitiva del “-perdón, pero…” que relativiza la ofensa.

 La ortodoxia no es sólo un acto teórico que se ve reflejado por la pronunciación de ciertos enunciados teológicos y confesionales, sino además, un acto de espiritualidad adoradora del Dios de la vida. No puede ser ortodoxia aquello que declara con su boca que “la Biblia es la única y suficiente regla de fe y práctica”, si dicho principio no se aterriza a la vida, haciendo que la normatividad de la Palabra sea sólo un acto fingido de labios hacia fuera, pues ella no gobierna nuestros pensamientos y acciones. Y lo que es peor, si se afirma que la Palabra es inspirada por Dios, esa doctrina, que no puede ser ortodoxia, no reconoce a Dios en su soberanía. Si gobernamos nuestras vidas, Dios es relegado de nuestro ser, no es reconocido Rey y Señor.

 Como señalaría Calvino: “porque la ‘doctrina’ no será consistente con ‘la piedad’, si no nos instruye en el temor y reverencia a Dios, si no edifica nuestra fe, si no nos entrena en la paciencia, la humildad y en todos los deberes de ese amor que debemos a nuestros prójimos. Por consiguiente, cualquiera que no se esfuerce por enseñar provechosamente, no enseña como debería enseñar; y no sólo eso, sino que la doctrina no es piadosa, ni sana, no importa cual sea su brillantez u ostentación, si no tiene como fin el provecho de los oyentes”[2].

 Dios nos ayude a encaminarnos por la verdadera ortodoxia: por la doctrina sana y buena.

Luis Pino Moyano.


[1] “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Romanos 12:1,2);
“Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre. Y de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios” (Hebreos 13:15-16).

[2] Juan Calvino. Comentario a las Epístolas Pastorales. Grand Rapids, Libros Desafío, 2005, p. 181. Calvino está comentando acá 1ª Timoteo 6:3.