De rezar, pensar y el cristianismo.

pensar y rezar.

Luis Pino Moyano[1].

 La foto que fue subida en Facebook por el grupo “No más rosarios en nuestros ovarios”, es la que motiva esta reflexión. La fotografía, que fue tomada en el contexto de una manifestación laica, en abril de este año, en la ciudad de Madrid, me anuncia a lo menos tres cosas más allá de su mensaje directo. Su mensaje directo, o literal, es claramente una denuncia rotunda contra la intromisión eclesial y/o confesional en los asuntos públicos: “Si vienes a rezar a mi escuela iremos a pensar a tu iglesia”. Esto después de muchos años, siglos, de la emergencia de la modernidad, la cual, progresivamente, caminó por las veredas de la secularización, desde el cambio de fundamento para pensar el mundo a la muerte de Dios que preconizaría Nietzsche[2]. Entonces, la irrupción de lo religioso en el espacio público, no sería otra cosa que el déjà vu, de lo medieval, en su sentido originario, de lo peyorativamente adolescente, de la pérdida del “uso de razón”. Lo religioso no se condeciría con los avances ni de la ciencia, de la técnica, ni de la sociedad ni de la cultura. El olor a sacristía es el olor a lo mohoso, a lo que ya debería haberse disuelto en el aire[3]. Entelequia. Anquilosamiento. Conceptos que los defensores del laicismo actual piensan cuando la voz religiosa irrumpe en la escena pública. Sin dejar esto de lado, me detendré en las tres cosas que como cristiano se me vienen a la cabeza al ver una imagen como esta. Evidentemente, estas tres cosas, han pasado ya, desde el momento de la impresión a la reflexión más detenida. No pretendo que estas palabras sean tenidas como un análisis acabado de la cuestión, sino, simplemente, como pensamientos en voz alta.

En primer lugar, pienso en una crítica a la religión. A esa religión que justifica, amparando o guardando silencio, los abusos de aquellos que ejercen el poder oprimiendo a otros, a quienes, de una u otra manera, consideran inferiores. La figura de “la espada y la cruz” como símbolo de la conquista, no es otra cosa que el símbolo del triunfo de la prepotencia. Y dicho acto es innegable. A lo largo de la historia del cristianismo han existido una serie de sujetos, ordenados o laicos, que han actuado de consuno con quienes detentan el control del estado, de las empresas, de los ejércitos. Han avalado dictaduras o a tiranos, y con ellos a sus actos represivos y sus sistemáticas violaciones a los derechos humanos, con bendiciones, sermones, encíclicas y otros. O, guardando silencio frente al abuso, que en contextos como esos, no son, sino, otra forma de complicidad. Por otro lado, aparecen los abusos de menores, el control sobre las conciencias, las emociones y las decisiones, las prácticas usureras de corte mercantilista sustentadas en una falsa idea de prosperidad. Es así como la religión, para ciertas personas huele a mentira, maldad, corrupción, hipocresía, dominación. Por ello, dicho olor pútrido no permite a los cristianos dialogar con otros. O no hay horizontalidad en el diálogo, o no se tiene la ética para establecer un justo juicio sobre problemáticas. Cuando se actúa de esa manera, se piensa que los cristianos están pisando un tejado de vidrio. Pero eso, no es todo. Porque esto es dar cuenta sólo del análisis desde afuera. Desde adentro hay mucho que decir. La Biblia, la única y suficiente regla de fe y de conducta de los creyentes, denuncia y condena todos los ejercicios mencionados. Son muchos los textos bíblicos que hablan contra los opresores, contra aquellos que aplastan al pobre, contra aquellos que ofenden, contra aquellos que justifican la maldad. Bástenos un versículo, breve, sintético, pero que contiene de manera clara y profunda la grandeza de esta verdad. El proverbista señala: “El que oprime al pobre ofende a su Creador, pero honra a Dios quien se apiada del necesitado” (Proverbios 14:31). La grandeza de la expresión bíblica está en que coloca el acto de la bondad con el hermano terreno en la espiritualidad. Porque lo que se ataca acá no es sólo la acción, la conducta, todo aquello que deja una huella en la materialidad, sino fundamentalmente, el lugar donde se origina la ofensa: el corazón del ser humano. Por eso, todo lo señalado en el párrafo es una ofensa a Dios. El ejercicio de amor al prójimo, y todo lo que ello conlleva: la escucha, el respeto, la promoción, la defensa de sus derechos, el rescate de su pensamiento y creatividad, glorifica a Dios, es un acto de adoración que traspasa los muros de los templos hacia la totalidad del mundo. Jesús señaló que dar de comer y beber a los fatigados y sedientos, amparar a quien está desprotegido, estar en la enfermedad o en la prisión con quien padece dichas circunstancias, en definitiva, quien ama incluso a los más pequeñitos de sus hermanos, esos actos los está haciendo para él[4]. Por tanto, quien daña a su prójimo o justifica dichas acciones, cierra y oculta su Biblia, atenta contra las enseñanzas de Jesús, saca a la luz todo lo que es. Pues como dice la enseñanza de Cristo, el árbol es conocido por sus frutos. En síntesis, no soy sordo a esta crítica de la religión, porque me lleva a pensar cómo vivo mi fe, a notar en qué está centrada (¿en la cultura dominante o en las enseñanzas de Cristo?) y si me dejo mellar por el individualismo (fruto de la modernidad que parte con un “ego cogito ergo sum” y que es radicalizado por la relatividad posmoderna que desfragmenta todo para centrarse en la particularidad), olvidando a los otros sujetos que pisan la faz de la tierra, sobre todo a aquellos que padecen. Y es que como dijera Pierre Dubois: “Uno no puede evangelizar al mundo obrero y permanecer extraño a sus aspiraciones de liberación”.

En segundo lugar, miro esta imagen con optimismo y con alegría. Sí. Cómo no sentir alegría si entiendo que mi fe debe ser dialogante con el mundo en el que vivo. El cristianismo no es escapismo ni abstracción de las circunstancias de la vida, no debe ser entendido como una pomada milagrosa que nos curará de los dolores, los problemas, que nos hará parar de sufrir. Por el contrario, me río, lloro, me enojo, siento, vivo. Y, por supuesto, también pienso. Porque los cristianos también hemos sido dotados por un cerebro que nos otorga la facultad de dar vida a la comprensión, al aprendizaje, a la reflexión, a la abstracción. Y, eso, y no sólo “rezar”[5] y cantar, o asistir a un templo o capilla, es para nosotros también un acto de adoración. Mi cristianismo no sólo lo vivo encerrado en cuatro paredes o cuando me junto con mis “hermanos”, con mis compañeros en el pleno sentido de la expresión, porque con ellos comparto el pan, mis alegrías y tristezas, mis fortalezas y debilidades, la vida misma, sino también cuando preparo una clase para el colegio en el que trabajo, pensando en que mis alumnos y alumnas sean beneficiados con ello, y eso trasunta en una exposición desarrollada con excelencia y que abre el espacio al diálogo. Pero no sólo ahí, también en mi casa, con mi esposa y mi hijo, cuando compartimos una película, o una comida preparada por nosotros mismos, en la sencillez de la cotidianidad también está el cristianismo. En síntesis, toda vez que hago algo no puedo retrotraerme de mi condición de cristiano. Como cuando estoy solo no dejo de pensar que soy casado y que soy papá. No tengo un traje de cristiano que me saco o me coloco dependiendo de la ocasión. Y la vida de iglesia también desarrolla espacios de conversación, de diálogo, de reflexión, de debate, y eso no la hace menos religiosa. Por eso, si alguien quiere venir a pensar a nuestras iglesias será bien recibido. Sé que no represento a la totalidad de los cristianos, y jamás me arrogaré dicha representatividad (no soy la voz de la iglesia evangélica chilena, ni siquiera de mi congregación), pero estoy seguro que mis amigos, con quienes vivo la comunidad de fe, piensan de manera similar. Las excepciones que pueden presentarse en las iglesias, de gente recalcitrante que no quiere escuchar a otros, y que se complace sólo en hablar, son similares a las que se nos presentan en ciertos espacios, en los que no se nos permite “rezar”. Y para mí, tan grave como disociarme de mi cerebro, es disociarme de mi espiritualidad. ¿Quieres conversar con un cristiano y ser escuchado por él? Presento acá, como mis amigos y amigas no creyentes pueden certificar, esa disposición. El día que te diga que no pienses es porque me fumé algo o tuve un desvarío místico que me hace creer una suerte de gurú que lava cerebros de otro. Pero cuando uno sigue los pasos de Cristo, el de la Biblia y el de la historia, que es el mismo, y vive sus enseñanzas, esa última alternativa no debe tener correlato empírico jamás. Ah!, y cuando te escuche y respete tus diferencias de opinión y vida, también estaré adorando a Dios.

En tercer lugar, y no es que el optimismo y la alegría se me acaben, sino que miro la imagen desde otro ángulo, y veo en ella intolerancia y discriminación. Sí, tal y como suena, intolerancia y discriminación. Esas palabras que hoy suenan en todas partes casi irreflexivamente. Es como cuando en los medios apareció el bulling, pero con el paso del tiempo la frontera de qué es y qué no es bulling, eso terminó diluyéndose. No hago acá una apología de la violencia, para nada. Fue fuerte darme cuenta, cuando el concepto todavía no estaba en uso, que yo junto a compañeros hice bulling. Pero fue gratificante, a su vez, darme cuenta, que lo que podría haber sido considerado bulling contra mí (chico, de nariz prominente, “malo para la pelota”, “ratón de biblioteca”, de estética setentera –con abrigo negro y boina- que hablaba de política y no de animé y, para colmarla, canuto), no me dañó. O sea no alcanzó a ser bulling. No fue. Y quiero insistir, no hago una defensa de la violencia discursiva y práctica, pero tampoco de la victimización. Y ahí está el problema del actual uso conceptual de la intolerancia y la discriminación. Pareciera ser que si como cristiano no pienso y no práctico las mismas cosas que el otro, estoy discriminando. Y eso no es tolerancia, eso es dominación, es violencia epistémica, porque se está exigiendo que unos tengan pensamientos tan líquidos que puedan ser modificados por los pensamientos sólidos de los otros. Entonces, ya no sólo puedo “no rezar” en el espacio público, sino que tampoco puedo pensar con otro en la iglesia. Y como cristiano soy parte de una cultura, de un “mundo de la vida”[6] al decir de Habermas, que no quiere ser moldeada o dirigida por otra, que quiere hacer tabula rasa de lo que creemos y pensamos. Y es que si me quedo sin mensaje, sin Biblia, sin Cristo, sin apóstoles, sin historia (y vaya que a los cristianos nos persigue “la larga duración”), y sigo el ejemplo de otros hermanos y hermanas en la fe que propugnan un “cristianismo beta” para “sociedades beta”[7],  lo que dicho de otra forma es un cristianismo que es “calco y copia” de la ideología y cultura dominante, ¿qué puedo entregar a la sociedad en la que vivo? Si pierdo lo que me caracteriza, lo que me hace ser diferente, simplemente me convierto en masa, que sólo repite monsergas que otros han dicho ya. Me hago participante de otra religión, de otro mensaje, de otra vida. Y eso, parafraseando a Lutero, no es sano para la conciencia. Sería como pedirle a un marxista o a una feminista que deje sus categorías de análisis a la hora de pensar la realidad. Peor aún, sería pensar que las personas no miran la realidad con preconcepciones o presuposiciones. Sería pensar que uno no tiene un “lugar de producción” a la hora de reflexionar y de mirar[8]. Entonces, resulta irrisorio que se me diga que cuando opino sobre el aborto, sobre la homosexualidad, sobre la explotación, sobre la educación, sobre la movimientalidad social, sobre la desigualdad económica-política-y-social, debo sacarme mis prejuicios religiosos, que son “anticuados” y que obnubilan mi mirada colocando “cortinas de humo” que no me permiten pensar. ¿Y el que pide eso, realiza la misma acción consigo mismo? ¿Deja de tener presuposiciones? ¿Entiende que cuando observa, por el sólo hecho de medir, está modificando lo medido?[9] La respuesta pareciera ser negativa. Y eso es violencia. Es presuponer que “mi relato” es superior, que porta mayor inteligibilidad que el del otro. Y, efectivamente, muchos cristianos creen eso, y piensan que hay que exorcizar a los endemoniados que piensan diferente y que en vez de predicar la redención de la humanidad, posible por la vida, muerte y resurrección de Cristo, destrozan las vidas echando pesadas cargas, creyendo que ellos tienen un poder beatífico para convertir a los demás con su moralidad y por eso llaman a marchas, dizque a favor de la familia, contra los homosexuales[10]. Pero nos guste o no, ellos tienen todo su derecho a pensar y vivir su fe y la vida como crean. Como lo tienen, y hablo desde mi contexto más cercano producto de mi vida universitaria, ciertos compañeros marxistas cuando piensan que toda religión es un opio, o ciertas feministas que no toleran los ripios de una masculinidad que lamentablemente fue sólo formada a partir de negaciones: no-niño, no-mujer, no-homosexual[11]. Ideas que parecen repudiables, pero que forman parte de la cultura de una comunidad que ha trazado su propio “mundo de la vida” y en el que, otros, lamentablemente no tenemos cabida. Y eso no es discriminación, es parte de la selección subjetiva con la que un grupo de personas quiere conformar no sólo el ámbito relacional, sino la configuración identitaria que les permita reconocerse en otros que también son yo.

A modo de síntesis de ese largo párrafo anterior diré que claramente me molesta, y no me identifica, cuando cristianos aparecen haciendo declaraciones homofóbicas y xenófobas, o cuando un cristiano comete ilícitos y acciones fraudulentas, o cuando un cristiano no respeta al otro en su diversidad. Pero también me molesta cuando creen que debido a mi religión he perdido ciertas cualidades mentales y se me esencializa en la figura de un monstruo “fundamentalista” (otro concepto de moda vaciado de su sentido histórico). Como también me molesta la victimización que piensa que “todo es discriminación”, no entendiendo que nuestros lugares de producción o nuestras cosmovisiones[12] son diferentes y que eso nos lleva a nominar las cosas de modo diverso y a elegir a las personas con las que queremos vivir la cotidianeidad junto al “rayado de cancha” que permite la convivencia en nuestras relaciones interpersonales. Y, ¿saben por qué me molesta todo eso? No porque sea un gruñón desencantado de la gente, sino porque sólo muestran las ansias de poder sobre los otros que tienen ciertos sujetos, que no quieren aprender ni respetar ni amar ni dialogar, sino ponerse en un estrado y ya sea, desde el conservantismo o progresismo, dictar los enunciados que deben guiar las vidas y las conductas de los demás. E insisto, aprendizaje, respeto, amor y dialogo no significan homogeneidad de pensamiento. Yo no dejo de ser cristiano, ni su mensaje histórico, cuando me abro al diálogo. Yo sigo pensando y viviendo la fe y desde ahí sigo hablando y construyendo mí relato que puede tener muchos puntos de acuerdo, pero que seguirá teniendo divergencias. Metafóricamente, no paso por el campo una aplanadora que arrasa con todo y con todos, sino que sigo lanzando con mi mano extendida la semilla, tal cual lo ordenó el Maestro de Galilea.

“Ya no basta con rezar”, decía y cantaba con la inolvidable voz del Gitano Rodríguez, una vieja película chilena a comienzo de los años setenta. Sí, no basta con rezar. Pero el hecho de que no baste, no significa que deba dejar de hacerlo. El apóstol Pablo decía en una ocasión algo que los cristianos no olvidamos: “oraré con el espíritu, pero oraré también con el entendimiento”[13]. Nuestra relevancia como cristianos, no está en dejar de lado nuestro mensaje y adaptarnos a las circunstancias. Eso sería actuar maquiavélicamente, dejando de lado nuestra aportación ética en el debate público. Así lo entendieron dos teólogos y pastores que formaron parte de la Iglesia Confesante, una comunidad eclesial que emergió en 1934 como una clara muestra de la oposición a una iglesia muda, silente y cómplice de las ideas del nacionalsocialismo y de su control que pretendía un carácter omnímodo. Me refiero a Dietrich Bonhoeffer[14] y Karl Barth. El primero fue asesinado por los esbirros del nazismo en 1945 y el segundo fue expulsado de Alemania en 1935. Bonhoeffer diría que la iglesia “fue muda cuando debió haber gritado (…) La Iglesia confiesa haber visto el empleo arbitrario de la fuerza bruta, el dolor corporal y anímico de innumerables inocentes, la opresión, el odio y el crimen, sin haber elevado la voz en favor de ellos, sin haber encontrado el camino para correr en su ayuda. Se ha hecho culpable de la vida de los más débiles e indefensos hermanos de Jesucristo”[15]. Esa situación lo llevó a declarar, en otro de sus textos, que: “ciertos cristianos, y en especial los predicadores, creen a menudo que, cada vez que se encuentran con otros hombres, su único servicio consiste en ‘ofrecerles’ algo. Se olvidan de que el saber escuchar puede ser más útil que el hablar. Mucha gente busca a alguien que les escuche y no lo encuentran entre los cristianos, porque éstos se ponen a hablar incluso cuando deberían escuchar. Ahora bien, aquel que ya no sabe escuchar a sus hermanos, pronto será incapaz de escuchar a Dios, porque también ante Dios no hará otra cosa que hablar”[16]. Por su parte, Karl Barth, en su “Esbozo de Dogmática”, declararía elocuentemente, “¡Mejor será salir tres veces de más que una de menos en favor de los débiles; mejor será alzar exageradamente la voz que mantenerla en un tono discretamente bajo allí donde están amenazadas la justicia y la libertad!”[17]. Esta sensibilidad del oído y del alma, que luego se transforma en una clara defensa de los que están agobiados por el sufrimiento de la opresión, nace del entendimiento de que vivir la fe cristiana requiere de dicho compromiso. Ellos no dejan su fe. No buscan la relevancia en argumentos sociológicos o políticos de la época, a pesar de que como todos, eran hijos de su propio tiempo. Su compromiso, su discurso, su acción, proviene del entenderse como cristianos y que como tales deben basar sus enseñanzas en las Escrituras. Si uno ve, la Declaración de Barmen, hecha por la Iglesia Confesante, resultado del “Sínodo de la Confesión del Reino de Dios”, realizado en dicha ciudad, del 29 al 31 de mayo de 1934, más que una declaración de protesta con un carácter partidario militante, es una declaración de protesta bíblica. Es, inclusive, una confesión de fe. En su punto número I señala: “Jesucristo, según el testimonio que de él tenemos en la Sagrada Escritura, es la única palabra de Dios. A ella sola debemos escuchar, en ella sola debemos confiar y obedecerla en la vida y en la muerte. Rechazamos la falsa doctrina según la cual, además y junto a esta una y única palabra  de Dios, la iglesia podría y debería admitir como fuente de su proclamación otros acontecimientos y potencias, otras personalidades y otras verdades como si fueran también revelación de Dios”[18]. En ese sentido, un cristiano encontrará primaria y fundamentalmente el contenido de su fe en la Escritura, en las enseñanzas y en la vida de Cristo. He ahí su relevancia. Porque dicho mensaje no sólo anuncia una hora escatológica, un más allá, sino también, de manera clara y contundente, una palabra para el aquí y el ahora. Palabra de la cual los cristianos no nos debiéramos sustraer para parecer más atractivos y contagiosos en la sociedad. Ese es un riesgo que corremos los cristianos, que para ser tenidos en cuenta en la esfera pública, o para no cometer un suicidio en términos intelectuales, políticos e inclusive laborales, mutamos nuestro discurso, haciendo que este piense y deje de “rezar”. Olvidándonos de que el cristianismo, como dijera Agustín de Hipona, es Cristo. Y ante él no sólo debemos responder con devoción de palabras, con “rezos” y “pensamientos”, sino con vidas con mensaje y sentido, que radicalmente huyan de la cobardía.

Termino citando las palabras de David J. Bosch describiendo la actividad misionera de la iglesia: “Jesús no volaba por las nubes, sino se sumergía en las circunstancias reales de los pobres, los cautivos, los ciegos y los oprimidos (cf. Lc. 4:18s.). Hoy día también Cristo está donde se encuentran los hambrientos y los enfermos, los explotados y los marginados. El poder de su resurrección empuja la historia hacia su final bajo la bandera ‘¡He aquí yo hago nuevas todas las cosas!’ (Ap. 21:5). Igual que su Señor, la Iglesia-en-misión tiene que tomar parte por la vida y en contra de la muerte, por la justicia y en contra de la opresión”[19].

San Bernardo, 1 y 6 de mayo de 2012.


[1] Licenciado en Historia de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Estudiante del Programa de Magíster en Historia de la Universidad de Santiago de Chile.

[2] Nietzsche, Friedrich. Así Habló Zaratustra. Buenos Aires, Gráfico SRL, 2003, p. 249.

[3] Ideas que emergen de la lectura del Manifiesto Comunista. Karl Marx y Friedrich Engels. Manifiesto Comunista. Edición Bilingüe (Español-Alemán), con prólogo de Eric Hobsbawm. Barcelona, Editorial Crítica, 1998. Como señal de agradecimiento por esta valiosa edición debo decir que fue un obsequio de mi pastor y amigo Vladimir Pacheco. Una muestra concreta de que los cristianos estamos abiertos a pensar.

[4] El pasaje bíblico al que me refiero aparece en Mateo 25:31-46.

[5] Ocupo el concepto rezar, para seguir la lógica de la fotografía que provocó esta reflexión, a pesar de que por mi contexto evangélico latinoamericano me sienta más cómodo con la expresión orar.

[6] Véase Jürgen Habermas. Teoría de la acción comunicativa. Tomo 1: “Racionalidad de la acción y racionalización social”. Madrid, Taurus Ediciones, 1998.

[7] Aquí aludo a las ideas de Luis Tapia. “Cristianismo ‘beta’ en un mundo ‘beta’”. Lupa protestante. 28 de junio de 2011. http://www.lupaprotestante.com/redsocial/index.php/opinion/2442-cristianismo-qbetaq-en-un-mundo-qbetaq. Revisada en mayo de 2012.

[8] Véase a Michel De Certeau. La Escritura de la Historia. México D.F., Universidad Iberoaméricana, 1997. Fundamentalmente, el capítulo titulado “La operación historiográfica”, pp. 67-118.

[9] Dos textos que podrían ser leídos para profundizar este punto son: Hans Georg Gadamer. Verdad y método I. “Fundamentos de una hermenéutica filosófica”. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1977 y, desde otra vereda, Immanuel Wallerstein. Abrir las Ciencias Sociales. Informe de la Comisión Gulbenkian para la reestructuración de las ciencias sociales”. México D.F., Siglo XXI Editores y Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de la UNAM, 1997.

[10] Para esto podríamos recordar el texto de Jonathan Muñoz. Por qué no marcho. En: http://luispinomoyano.wordpress.com/2011/07/29/por-que-no-marcho/. Revisada en mayo de 2012. Esta nota fue publicada originalmente en el Facebook de este pastor presbiteriano.

[11] Estas ideas se las debo a mi esposa, Mónica González (Asistente Social de la Universidad del Bío Bío).

[12] Sobre el tema cosmovisional desde una perspectiva cristiana, véase a: Charles Colson y Nancy Pearcey. Y ahora… ¿Cómo viviremos? Miami, Editorial Unilit, 1999. Para un acercamiento sintético véase Jonathan Muñoz. “Cosmovisión Bíblica: Una (muy) breve introducción”. Estudios evangélicos. Junio de 2010. En: http://www.estudiosevangelicos.org/Fundamentales/Cosmovision%20Biblica.pdf. Revisada en mayo de 2012.

[13] Dicho texto se encuentra en 1ª Corintios 14:15.

[14] Sobre Bonhoeffer, véase la excelente lectura de Manfred Svensson. Resistencia y gracia cara. El pensamiento de Dietrich Bonhoeffer. Barcelona, Editorial CLIE, 2011.

[15] Dietrich Bonhoeffer. Ética. Madrid, Editorial Trotta, 2000, pp. 110, 111.

[16] Dietrich Bonhoeffer. Vida en comunidad. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2003, pp. 90, 91.

[17] Karl Barth. “Una palabra sincera”. Instantes. Textos para la reflexión escogidos por Eberhard Busch. Santander, Editorial Sal Terrae, 2005, p. 110. El texto fue tomado de Karl Barth. Esbozo de dogmática. Sal Terrae, Santander 2000.

[18] La Declaración de Barmen fue tomada del sitio web: http://www.lareconciliacion.cl/spanisch2/ielch/DECLARACIONBARMEN.pdf. Revisada en mayo de 2012.

[19] David J. Bosch. Misión en transformación. Cambios de paradigma en la teología de la misión. Grand Rapids, Libros Desafío, 2005, p. 520.

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